Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 72
La jóven salió entonces al huerto.
Durante algunos instantes el aposento permaneció desierto; al fin, se abrió la puerta y apareció Mariblanca llevando de la mano al capitan Herrera.
Este venia casi ébrio y se arrojó cansado sobre una silla.
Mariblanca salió y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.
--¿Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos estado bebiendo de lo lindo mi cuñado Ocampo, el alférez de la compañía y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes á descansar como dos buenos casados: no sé, no sé cómo he podido trepar por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. ¡Vive Dios y qué hermosa está la muchacha!.... ¿Sabes, Mariblanca, que me se va quitando la borrachera?
--¿Sabeis, señor mio, que á mi no me gustan los hombres borrachos? dijo sonriendo dulcemente Mariblanca.
--¡Ira de Dios! á fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo Dios, no me acordaba de tí, y sino te veo... ¡bah! no hubiera vuelto á acordarme... pero asi que te ví... ven y dame un abrazo Alida.
--No he de acercarme á tí, mientras estes de ese modo.
--Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma... como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas acostumbrando á esto.
--Diego, comiendo se quita la embriaguez.
Y Mariblanca servia un plato al capitan.
--¡Comiendo, eh! ¡pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y tengo apetito. ¡Ah! ¡ah! ahora el señor beneficiado estará en la iglesia bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo.
El capitan comia con apetito.
Mariblanca se sirvió del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo á la boca se puso pálida y se estremeció; sin embargo comió.
--¡Qué felices vamos á ser Diego! dijo Mariblanca: ¡oh! ¡que felices! ¡vamos á estar eternamente juntos!
--Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jóven y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un modo...
--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.
--No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... ¡diablo! no parece sino que sabes cuando vamos á morir.
Mariblanca soltó una carcajada que heló la sangre al capitan.
Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcástica, tan llena de crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos.
--Tienes una manera muy singular de reir, niña, dijo el capitan.
--Es verdad, cuando te conocí reia de otro modo. Es verdad que entonces era feliz y confiada... despues... han pasado diez años, diez años de vergüenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta convertirse en esa risa de odio y de venganza.
Y soltó otra carcajada mas terrible.
El capitan se levantó: Mariblanca se levantó tambien.
--¿Qué significa esto? exclamó: ¿qué burlas son estas, Alida?
--Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no confio mucho en el puñal que ya me engañó una vez, y te hiero de una manera mas segura, capitan Herrera.
--Vamos, tú estas loca Alida, dijo el capitan sentándose de nuevo: con todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga malo. Dejémonos de niñerías, sigamos nuestra cena, y hablemos como buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas.
--Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje.
--¿Qué viaje?
--El que vamos á hacer juntos dentro de un momento á la eternidad.
--¡Un viaje á la eternidad! exclamó el Ferih saliendo de repente de detrás de las cortinas de la alcoba.
--¡Un monfí! exclamó el capitan.
--Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y soltó otra carcajada.
--Pero ese manjar que has comido... estas pálida, lívida..... hija mia, exclamó el Ferih que al fin era padre.
--Eran truchas, con hongos venenosos de las humbrías de la cañada de San Juan; en la salsa habia jugo de yerbas.
--¡Ah! ¡infame ramera! exclamó el capitan que aun conservaba sus fuerzas, lanzándose sobre Mariblanca.
Pero el Ferih le asió del cuello y ciego de furor, le dió de puñaladas.
El capitan cuando le soltó el Ferih, cayó desplomado debajo de la mesa.
--¡Mata ahora á tu hija, padre! exclamó Alida, repitiendo otra horrible carcajada.
--¡Oh! ¡matarte! ¡matarte, hija mia! ¡no, no! yo te perdono: yo quiero que vivas: yo durante mi destierro de España no te he olvidado un solo dia: yo no me hubiera atrevido á matarte.
--Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra vez... he visto al miserable... le amo... y él... él no me amaba... solo pretendia volver á burlarme...
--Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro...
--¿Para qué?... ¿para que la justicia encuentre aqui al capitan asesinado?
--¡Oh! ¡Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas pálida...
--Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba.....
--Está en la montaña, exclamó con desesperacion el Ferih.
Y luego añadió con un acento de resolucion suprema.
--Pero no importa... no... yo te salvaré.
Y asiendo de su hija, la cargó sobre sus hombros; salió al huerto, buscó el postigo, dejó por un momento á Alida en tierra, violentó el postigo con sus fuerzas de toro y dió á correr con ella, por las desiertas calles hácia la salida de la villa.
En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga, tocaban á la misa del gallo las campanas de la iglesia.
--Es de noche, decia Alida dejándose conducir, y con voz ya bastante débil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.
El Ferih rugia.
--La nieve cubre la montaña... no encontrareis la yerba, repetia con voz mas débil Alida.
El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.
--La muela del Hermitaño donde se encuentra la yerba está lejos, y habré muerto antes de que llegues.
El Ferih corria y lloraba.
De repente Alida se retorció entre sus brazos y dió un horrible grito.
El Ferih sintió un estremecimiento de horror.
--¡Padre! ¡padre! exclamó Alida llorando: mátame, porque padezco horriblemente.
El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion.
Estaba en el campo á la salida del pueblo, y se habia parado bajo el saliente de una roca.
El horror, la fatiga, le obligaron á descansar un momento; se sentó y al poner la mano sobre el suelo se estremeció de alegría.
Habia creido tocar la yerba salvadora.
Arrancó algunos tallos y los mordió.
Entonces lanzó una exclamacion indescribible.
--¡La bendita yerba de San Juan! exclamó.
--Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.
--¡Tarde hija mia! ¡tarde! ¡Dios nos favorece! toma: la yerba de San Juan te salvará.
--Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: véngame padre... un cristiano me ha asesinado.
El Ferih pretendió introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el dolor: cuando arostrándolo todo el Ferih logró abrir con su puñal los dientes de Alida, la cabeza de esta cayó desplomada.
Ya todo era inútil: la infeliz habia muerto.
En aquel momento repicaron á _gloria_ las campanas de la iglesia de la villa.
El monfí que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se alzó rígido y trémulo.
No dió un solo grito, no derramó una sola lágrima, pero exclamó de una manera terrible:
--¡Los cristianos! siempre los cristianos! ¡ayer mi honra! ¡hoy su vida! ¡Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!
Y se llevó á la boca una bocina y la tocó, haciendo retumbar las breñas.
Y luego de breña en breña se oyeron á la redonda bocina de bocina, y aquella señal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en círculo y á la carrera sobre Cádiar los monfíes.
Las campanas seguian repicando á gloria.
CAPITULO XXVI.
De cómo fue para la villa de Cádiar y para otras muchas en las Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568.
Apenas los monfíes en un número considerable habian cargado sobre la villa, cuando aparecieron en un repecho cercano, dos bultos informes.
Iban envueltos en capas, y bajo ellas asomaban dos largos arcabuces, á juzgar por las apariencias.
--Ha llegado el momento amigo mio, dijo uno de aquellos bultos al otro: las campanas de la villa han dado sin saberlo la señal á las bocinas de los monfíes. La jornada va á ser caliente, con que preparaos, señor Cisneros.
--Tan desesperado estoy Godinez, repuso Cisneros, que me importa muy poco lo que pueda suceder. ¿Pero qué diablos vamos á hacer en la villa?
--Ya veremos: aproximémonos entre tanto y esperemos una ocasion favorable, yo os avisaré. Hasta entonces andad y callad.
Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se perdieron en un barranco.
Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban la iglesia en que se celebrara la misa del gallo.
El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas luces brillaban en él.
El órgano trocando las graves notas de la música sagrada, por las ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armonía, unido á las voces de los niños de coro, y á las de algunas mujeres á quienes por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor Medrano.
Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pié de las gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas enhiestas, dos á cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una respetable guarda de soldados de la compañía de Diego de Herrera, mandada por un sargento.
Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en Cádiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto sin recelo ciertas señales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion celebraba su misa tranquilo.
El corregidor por su parte, habia acudido á la iglesia rodeado de alguaciles armados, con ánimo de rondar por la villa asi que concluyese la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia á sus conocidos sin respeto al lugar en que se encontraba:
--No os extrañe la falta de mi cuñado, porque se ha ido á soplarle el ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras está entretenido en la iglesia.
Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los villancicos, la misa tocaba á su fin, y el pueblo parecia tranquilo.
De repente se oyó á lo lejos una campana que tocaba apresuradamente á rebato.
Aquella campana era del convento de San Francisco: poco despues sonaron en la plaza arcabuzazos, y algunos vecinos se lanzaron despavoridos en la iglesia gritando:
--¡Cerrad las puertas! ¡cerrad las puertas, y á las armas! ¡Los monfíes estan en la villa!
Sucedió á estas palabras un alarido general y una confusion horrorosa: los mas valientes de los hombres desnudaron sus espadas: los demás y las mujeres corrian sin saber á donde, y los moriscos que habia en la iglesia se levantaron armados, y corrieron al presbiterio donde estaban aturdidos el inquisidor Medrano, el beneficiado Juan de Ribera y el licenciado Arias.
Y en medio de aquel primer tumulto, de aquella confusion, entre los disparos que sonaban en la plaza, entre los gritos de terror de los cristianos se oia gritar á los moriscos que empezaban á herir en la multitud y abrirse paso hasta el altar:
--¡Le ille Allah!
Los soldados de la fe, los alguaciles y algunos hombres esforzados se batian desesperadamente al fondo de la iglesia, en tanto que Juan de Ribera, el licenciado Arias, Molina de Medrano y maese Barbillo escapaban por la puerta de la sacristía.
Pero al entrar en ella el inquisidor se sintió cogido y al volverse vió dos ojos ardientes como dos brasas, fijos en los suyos.
--Yo soy Aben-Aboo, le dijo quien le habia cogido: yo soy quien he jurado beber tu sangre, miserable lobo, y ha llegado la hora.
Y arrastraba hácia la iglesia al inquisidor.
Ya en otro lugar hemos tenido ocasion de dar á conocer que si la crueldad era el pecado culminante del inquisidor Medrano, no tenia ni un tanto de la noble virtud que ha ceñido una aureola á la frente de los mártires del cristianismo: carecia absolutamente de valor, y por lo tanto de dignidad.
Asi es que rompió á llorar y á pedir piedad á gritos.
Pedir piedad á Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar, suavidad á la zarza, agua á una roca.
Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hácia la iglesia con un gozo feroz.
Cuando Aben-Aboo asomó á la puerta de la sacristía, el espectáculo que presentaba el templo era terrible.
El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud horrible por los monfíes.
Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados, y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo género de excesos cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, y de sus esposos.
Herian, los monfíes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de furor.
--No mateis á las mujeres, decia un monfí, cuyos ojos irradiaban una mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado á nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota á gota la sangre de los castellanos; gota á gota como ellos han bebido la de nuestros padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el combate, sino como matan los clérigos en la Inquisicion. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!
Y aquel hombre que blandia con furia un largo puñal ensangrentado, soltó una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco.
Aquel hombre era Melik-el-Ferih.
El padre de Mariblanca.
* * * * *
El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al llegar á este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos; porque lo que el autor va á contaros, no es el aborto monstruoso de una imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion brutal de un despotismo sombrío y cruel, ejercida sobre los moriscos del reino de Granada en un espacio de setenta y seis años: durante ellos, los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de que disponia á su antojo el feroz conquistador: cuantas rapiñas pueden inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero segura en la gran masa del pueblo español; no se habia cuidado de aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la política, y para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido á destruirlos: España, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes beneficios que debia á la civilizacion de los árabes y de sus descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era originaria de árabes; si se habia suavizado la gótica rudeza de sus costumbres, á su contacto contínuo con los árabes lo debia: si su agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido transformados en fértiles campiñas por los canales de riego, aquellos canales los habian abierto los árabes: si sus médicos, si sus letrados sabian algo, aquellos médicos, aquellos letrados habian ido á beber la ciencia á las escuelas de Córdoba, ó la habian encontrado en los libros que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas: el espíritu civilizador del pueblo árabe, se habia infiltrado de una manera profunda en el pueblo español: de ellos habia tomado este, en el lenguaje un número incalculable de voces, en sus códigos gran número de leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la dominacion de los árabes en España, el gefe de las fuerzas marítimas de los solariegos, de los españoles indígenas, se llamaba almirante; alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus trages, sus armas, tomaron su bello carácter oriental que las distingue de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados contemporáneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un testimonio irrefragable de la influencia de los árabes sobre los solariegos, el misal mozárabe: ellos, con sus órdenes religiosas de los rabits y los morabithos, dieron la norma de las órdenes religioso-militares, y hasta en las diversiones públicas nos legaron las justas, las cañas, la lidia de toros: en poesía, en música, nos dieron su carácter y sus instrumentos: la buena poesía española de nuestros tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperbólica de la poesía árabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer; el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseñas de honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al triunfo, no son las águilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos heredado de los romanos el estandarte, copia del lábaro; pero la bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiñadas taifas de los sectarios del Profeta.
¿Pero á qué esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los árabes?
Basta pisar el territorio español para encontrar las profundas huellas del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa, la campiña, muestran por do quier en España la forma del pueblo árabe: su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas, conservan aun vivo entre nosotros el espíritu de aquel pueblo, que pasó, como un meteoro, con el rápido vuelo de la conquista, desde el Yemen basta los Pirineos, dejando por do quiera las señales indelebles de su paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la sangre española es sangre árabe; en una palabra, que si fueron nuestros abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por Tarik y por Muza.
¿Quereis conocer una mujer típicamente árabe? Id á Andalucía y á Valencia.
¿Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de su indolente y magnifica hermosura?
[imagen: Degüello de los cristianos en Cádiar.]
Enriscaos en las Alpujarras; recorred nuestro litoral del Océano desde Huelva á Gibraltar, el del Mediterráneo desde Gibraltar á Valencia: mezclaos entre sus habitantes, escuchad su lenguaje, observad sus costumbres, estudiad sus pasiones, y habreis conocido en toda su pureza á la mujer de la raza de Oriente importada á España por los árabes.
Oid la poesía de ese pueblo.
Encontrareis el romance árabe con toda su síntesis, con toda su expansion, con todo su sentimiento: un poema de amor, de dolor, ó de esperanza en cuatro versos, en una copla; poemas no escritos, improvisados por el corazon, cantados por la felicidad, por la desesperacion ó por el deseo.
Y presenciad sus bailes, acompasados por una guitarra y acompañados por ese canto; contemplad el corto zagalejo de la que baila, con sus rayas de vivos colores; su corpiño de pana negra ceñido á un talle, á una espalda, á un pecho y á unos brazos incomparables; ved ese pañuelo de mil colores que apenas cubre una magnífica cabellera, y se anuda ligeramente bajo la barba de un semblante encantador ligeramente moreno ó deslumbrantemente blanco, cuyos ojos negros ó garzos despiden relámpagos de pasion, y cuya boca sonrie, como ayudando á los ojos en su guerra contra el corazon del que los ve sonreir y mirar; observad á ese jóven moreno que baila con ella, con su pañuelo en la cabeza, su chupa ó su chaqueta, su ancha faja encarnada, sus anchísimos zaragüelles, ó su ajustado calzon, su media y su alpargata, ó su botin labrado y su zapato blanco: observad la contera de la vaina del cuchillo, ó el extremo de las cachas de la navaja saliendo del bolsillo interno del lado izquierdo de la chaqueta: oid el repique de las castañuelas, las palmas de las gentes del corro, acompañando á la guitarra, á la copla, al baile; mirad el paisage esplendoroso que os rodea, levantad los ojos al radiante cielo que inunda de una luz fuertemente meridional el cuadro, y podreis afirmar que casi habeis visto una zambra árabe.
Tan fuertes raices habia echado en el suelo español ese pueblo, de tal manera habia mezclado su sangre de vencedor con la sangre del vencido, que la única diferencia esencial que existia entre ambos pueblos eran dos libros, por otra parte muy semejantes: quitad á los árabes de España el Koram y dadles la Biblia, ó quitad la Biblia á los solariegos y dadle el Koram, y no encontrareis mas que un solo pueblo, pero un pueblo maravilloso.
[imagen:--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.]
Dícese que los árabes españoles tenian mucho del carácter de los solariegos.
Nosotros decimos que los solariegos habian tomado mucho, todo lo que habian podido tomar de sus enemigos, y que se parecian mucho á ellos.
Por lo mismo despues de la conquista de Granada, una política tolerante, amplia, fecunda, protectora; simplemente el religioso cumplimiento de los tratados, hubiera sido bastante para refundir á los moriscos, sin violencia, de una manera lenta, si, pero segura, en el pueblo español.
Para esto hubiera sido necesario que los hombres de la conquista hubiesen sido tolerantes é ilustrados y no eran ni lo uno ni lo otro.
Desde el último tercio del siglo XV el estado político de España habia variado completamente de faz: durante la edad media, la nobleza robustecida por las concesiones forzosas de los reyes habia llegado á hacerse prepotente: entonces no existian mas que dos poderes: la alta nobleza en la cual se refundia el alto clero, y el estado llano, ó sea las universidades como llamaban á la muchedumbre en Aragon, ó las comunidades como la llamaban en Castilla: el trono se encontraba anulado, sin fuerza propia, con una autoridad prestada entre la alta nobleza, con sus escandalosos privilegios feudales, y el estado llano con sus fueros populares y su bravio espíritu de independencia: rebelabanse de una parte los nobles por el mas fútil protesto contra la corona; negaba á esta por otra parte subsidios de nombres y dinero en las cortes el estado llano, para lo cual bastaba que la peticion real pareciese atentar, aunque remota y levísimamente á los fueros y libertades del reino: compraba el rey partidarios, en la nobleza con mercedes dispendiosas, en el estado llano con franquicias y fueros que hacian cada vez mas precaria y mas nula la autoridad real. Enrique II se vió obligado para ser rey á repartir en mercedes el patrimonio de la corona: Enrique III llegó hasta el punto de no tener un dia que comer; don Juan el II se vió obligado á pedir á su favorito dinero para comprar su jubon nuevo, y Enrique IV hubo de contemporizar con los bandos, humillarse, deshonrarse, deshonrar á su esposa, desheredar á su hija, sin librarse por eso de ser destituido é insultado en estátua por la faccion rebelde, y de ver proclamado rey á su hermano el infante don Alonso.