Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 65
--Bien venido sea vuesamerced entre nosotros: por mi parte, mi casa y cuanto en ella tengo está para serviros y á ese honrado hidalgo que os acompaña: juro á Dios que no os ha de faltar nada y en cuanto á la tropa, yo haré de modo que á cada soldado se le aposente como si fuera un rey.
--Bien harás en eso Ansarí, porque tanto como un rey vale un soldado español, y tal andais vosotros que os importa estar bien con la gente de guerra; que nadie sabe lo que acontecerá, y ocasion podria llegar, en que sea mas útil la amistad de un soldado que la del mismo Preste-Juan de las Indias.
--Si esa ocasion llega, ya procuraremos que los buenos soldados del rey no puedan quejarse de nosotros.
Tras estas palabras Tomás el Ansarí se llevó consigo hácia su casa al capitan Herrera y á su cuñado, y los arcabuceros fueron alojados en las mejores casas del pueblo.
Al atravesar la plaza el capitan Herrera, detuvo de repente su caballo.
--¡Juro á Dios que no la hubiera conocido! exclamo mirando á una moza que pasaba á la sazon y que se detuvo á su voz y clavó una penetrante mirada en el capitan; ha crecido y está hecha una reina: será preciso volver á travar conocimiento con esta muchacha.
Aquella muchacha era Mariblanca, que despues de haber mirado por un momento el capitan, siguió su camino haciendo un mohin de desprecio.
--¿Conoces á esa prenda? dijo el capitan al Ansarí, siguiendo adelante.
--Es Mariblanca, contestó lacónicamente el xeque.
--Cuando yo se la quité á su padre para hacerla mia, repuso con desvergüenza el capitan, se llamaba Alida.
--Entonces era mora.
--Es verdad: recuerdo que por casarse conmigo se bautizó.
--Y entonces la pusieron María: despues como es blanca como la nieve, han dado en llamarla Mariblanca.
--¿Y se ha casado?...
--Es ama del licenciado Juan de Ribera, beneficiado de la iglesia de la villa.
--¡Ah! ¡ah! ¡querida de un clérigo!... bien... pues mira aposenta á mi cuñado en tu casa, que yo voy á aposentarme en la del beneficiado.
--Como guste vuesamerced, dijo el Ansarí.
Diego de Herrera, como quien conocia el pueblo, se fué derecho á la casa del beneficiado.
Cuando llegó á ella no habia nadie mas que el niño de coro que servia á Mariblanca, porque en cuanto al clérigo solo se dejaba servir por la jóven.
Era demasiado persona un capitan de infantería española en aquellos tiempos y en tales circunstancias, para que un vecino, y mucho menos un niño, se opusiese á su voluntad. El capitan metió por sí mismo el caballo en la cuadra donde el beneficiado tenia su mula; entróse como por su casa en las habitaciones interiores, y en la mejor se echó sobre un ancho mueble, especie de sofá que el beneficiado, hombre cómodo si los habia, tenia para su regalo, y clavó sus espuelas en el damasco de los almohadones, sin importársele de ello un ardite.
--¿Dónde está tu amo? dijo el capitan al niño de coro que le habia seguido absorto.
--Está en la iglesia, señor, contestó aturdido el muchacho.
--¿Y no hay quien me dé de almorzar?
--No, no señor, contestó mas aturdido el muchacho: la señora Mariblanca está fuera.
--¿Quién está ahí? dijo una voz sonora y fresca á la puerta del aposento.
El muchacho por toda respuesta señaló al capitan que estaba echado sobre el sofá una pierna sobre la otra, y desceñido el talabarte.
--¡Ah! dijo Mariblanca, de la manera mas natural y aun con alegría, con la alegría de quien ve al cabo de mucho tiempo de ausencia á una persona á quien ama: ¡bien venido sea el señor capitan!
El muchacho se habia ido: Mariblanca y Diego de Herrera estaban solos.
Reconozcamos á estas dos personas.
Era ella una mujer como de veinte y cuatro á veinte y cinco años, pero con el brillo de una juventud extremada, alta de frente, ancha de hombros, un tanto largo el cuello, prominente el pecho, delgado el talle, y gallardamente pronunciadas las caderas; era muy blanca, hasta el último punto que puede ser blanca una mujer; levemente sonrosada en las mejillas y los labios húmedos y muy rojos: tenia los cabellos muy negros y muy abundantes: las cejas y las pestañas negrísimas y espesas; los ojos garzos; torneados el cuello, los brazos y las piernas, y muy pequeños y muy gruesecitos los piés y las manos: era una de esas moriscas cuyo tipo se conserva aun en las Alpujarras, que enamoran á una piedra, que derriten con su mirada el hielo, y que desesperarian á un pintor.
Vestia al uso del pais, y su corto zagalejo dejaba ver las deliciosas extremidades en que se sustentaba: se nos olvidaba decir que era alta y robusta, y que en sus ojos, en su boca y en la actitud de su cabeza, habia algo de duro, altivo y fiero, que en vez de perjudicarla aumentaba su hermosura, porque asociaba á ella la idea de la fuerza, del valor y de la dignidad.
Diego de Herrera era un hombre de cuarenta años; alto, robusto, membrudo, con picaresco semblante de soldado, curtido por el sol, por el aire, y por el polvo y el humo de las batallas; procacidad en los ojos, cinismo en la expresion de la boca, audacia en sus maneras, y rudeza y sabor soldadesco en todo su conjunto; todo como cubierto, velado y dulcificado por cierto espíritu de nobleza de raza, que hacia comprender que se trataba de un noble, aventurero y soldadote eso sí, pero de _pur sang_.
--¿Sabías tú que yo vivia en esta casa, Diego? dijo Mariblanca, posando en el capitan una mirada entumecida, no sabemos si por el odio, pero que podia haberlo sido del mismo modo por el amor.
--¿Pues si tú no vivieras en esta casa vida mia, á qué habia yo de haber venido á ella?
--Pues has tardado en venir, contestó Mariblanca.
--¿Qué quieres? En primer lugar el soldado es del rey en cuerpo y alma, y es necesario ir á donde nos manda su magestad, sin que nos duelan prendas del alma: ademas que la última vez que nos vimos me trataste de un modo que no demostraba que tuvieses muchas ganas de volverme á ver.
--Te dí de puñaladas.
--Pero no me mataste, como me estas matando con tus ojos.
Y el capitan se sentó en el sofá, y echó á un lado el talabarte con la daga y la espada.
Mariblanca se habia acercado, y habia apoyado una mano en el hombro del capitan.
--¿Es verdad que mis ojos te matan? le dijo.
--¡Ah, diablo! me parece que respiro con dificultad, Alida, repuso el capitan rodeando con sus dos manos su cintura.
--A veces el tiempo que pasa hace milagros, dijo con un leve sarcasmo la jóven.
--Sí, si por cierto; el tiempo que pasa, cuando pasa como ha pasado por tí, hace el milagro de convertir á una niña bonita en una moza como tú ¡cien rayos! ¿sabes que seria capaz por tí de matar á todos los clérigos del mundo?
--¿Y por qué?
--¿No eres ama de un beneficiado?
--¡Y bien!
--Ama y manceba...
--Son dos cosas distintas...
--¿De veras?
--Te lo juro.
--Si se pudiera creer eso...
--La que dió de puñaladas al amante que la engañaba, no es mujer de tener mas que un amante.
--¡Oh! ¡oh! si yo llego á creer eso...
Y el capitan trajo hácia sí con tal fuerza á Mariblanca, que aunque esta era fuerte, no pudo evitar que la diese un sonoro beso en el cuello.
Mariblanca, sin embargo, saltó atrás y quedó libre.
--Estas son locuras, dijo.
--¡Cómo! exclamó el capitan: ¿no quieres ser mi mujer?
--No digo eso: sino que venir á esta casa, y despues enamorarme en ella, son locura sobre locura.
--¿Pues qué he de hacer?
--Ven á verme esta noche.
--¿Esta noche?
--Sí.
--¿A hablarte por la reja? no me acomoda.
--Toma: dijo Mariblanca yendo á una espetera y tomando una llave.
--¿Y para qué esto?
--Para que entres esta noche en el huerto por el postigo.
--Hace mucho frio para estar al sereno.
--Al huerto da la ventana de mi aposento.
--¡Ah! eso es distinto. Pero es el caso, que yo no daré con ese postigo.
--Pues es muy fácil; mira (y Mariblanca señaló al huerto que se veía por una puerta del fondo): ¿ves aquella higuera?
--Sí.
--Sus ramas salen fuera de la tapia.
--Sí.
--Junto á esa higuera, está el postigo.
El capitan tomó la llave y la guardó en el bolsillo de sus gregüescos.
--¿Y á qué hora he de venir, luz de mis ojos?
Quedóse un instante meditando Mariblanca.
--Esta noche es noche de Navidad, dijo al fin.
--Es verdad, repuso el capitan.
--A las doce dirá la misa del Gallo el señor Juan de Ribera.
--Y entre tanto tú te quedarás sola en la casa.
--Sí, porque pretextaré que estoy enferma para no ir á misa.
--Bien, muy bien: con que es decir, que esta noche á las doce.
El capitan se levantó, y se dirigió á Mariblanca con notoria intencion de abrazarla.
--Quieto, quieto, señor mio, dijo la jóven: aunque estamos solos puede entrar gente de un momento á otro. Vete. Hasta la noche.
--Sea como tú quieras, Mariblanca: adios.
El capitan se fué á la cuadra, sacó su caballo, montó en él, y fué á hospedarse casa del Ansarí murmurando por el camino:
--Está hecha una prenda de rey: y me ama: me ama aun: las mujeres no olvidan nunca á su primer amante: vive Dios que esta Noche Buena, vá á ser la mejor noche que haya pasado en toda mi vida.
CAPITULO XVIII.
El palacio encantado.
Aun no eran las once de la mañana, cuando salia de Cádiar una larga procesion, en medio de los moriscos que la miraban con un mudismo de mal agüero.
Componian esta procesion, unos cuarenta frailes entre donados y de misa, franciscanos descalzos, con sus hábitos cenicientos, sus anchas sandalias y sus estrechos cerquillos, llevando su pendon y su cruz: trás estos, iba la clerecía de la iglesia parroquial, con sus albas y sus bonetes, llevando delante estandarte y ciriales, y detrás el señor beneficiado, cubierto con una riquísima capa de coro, llevando á la derecha un diácono, y á la izquierda un subdiácono; seguia el corregidor con el escribano, y la turba alguacilesca, despues los vecinos mas ricos del pueblo, entre los que se contaba Tomás el Ansarí, y por último, el capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, vestidos de gala, llevando trás sí, al compás de la marcha de pífanos y tambores, los cincuenta arcabuceros que habian traido á la villa, no menos engalanados y empenachados.
Toda esta gente salia á recibir al señor Molina de Medrano, inquisidor de la Suprema del Santo Oficio de la general Inquisicion, que con un secretario, algunos alguaciles y un resguardo de cuadrilleros de la Santa Hermandad, esperaba aquella procesion en la venta de la Mala-noche, á un cuarto de legua de Cádiar, para entrar con ella en la villa, con la pompa, decoro y aparato que correspondian al Santo Oficio.
Llegaron á la venta los que recibian, se incorporaron á ellos los recibidos, y tomaron el camino de Cádiar, aumentándose el ruido de los pífanos y tambores de la infantería, con los clarines de los cuadrilleros y los sordos timbales del Santo Oficio.
Apenas el insigne maese Barbillo, que armado de sobrepelliz y sotana, atalayaba desde la torre de la iglesia el camino, vió que los que iban, se habian reunido á los que venian, cuando, satisfaciendo la impaciencia de los monaguillos, les mandó echar las campanas á vuelo.
Aquel alegre toque, penetró como una amenaza terrible en las casas de los moriscos del pueblo: los hombres miraron con temor á sus mujeres como si las viesen por la última vez, y estas abrazaron llorando á sus pequeñuelos.
¡La Inquisicion se acercaba!
Sin embargo, esta consternacion, este dolor eran un delito, y debian quedar ocultos en el fondo del hogar: fuera era necesario, no solo mostrar el semblante alegre, sino tambien salir engalanados al encuentro de la Inquisicion.
Esta, con las gentes que la acompañaban, entró al fin en el pueblo; pero apenas habia entrado, cuando de una breña cercana se levantó un hombre.
Aquel hombre era el emir de los monfíes.
Llevaba Yaye el mismo trage castellano, con que aquella mañana habia hablado á Juan de Ribera, con el nombre de don Alonso de Fuensalida.
Junto á él, oculto en las quebraduras, estaba su caballo.
Silbó Yaye, y un momento despues saltaron por las rocas del barranco dos hombres.
Era el uno su wazir, Harum-el-Geniz, el otro, brabío, terrible, casi salvaje, era el tremendo Ferih de los Berchules.
--Al momento, Harum, al momento, dijo Yaye: vé y ordena á Farax-aben-Farax, que con los seis mil hombres que le he entregado, marche sobre Granada: que procure llegar á ella á la media noche; que levante el Albaicin con unos pocos, mientras con los restantes enviste la Alhambra. Que ponga, en fin, en ejecucion cuanto le tengo ordenado. Vé.
Harum partió.
Yaye se volvió al Ferih, y le señaló á Cádiar que se levantaba delante de ellos sobre su vericueto.
--¿Oyes? le dijo.
--¡Los infieles estan alegres! contestó el Ferih.
--Allí vive tu hija, la hija que te ha deshonrado; allí está el que deshonró á tu hija: es necesario que te vengues, Melik.
--Hace mucho tiempo que estoy esperando mi venganza.
--¡Allí tambien está doña Elvira de Céspedes!
--¡Ah, señor! el amor que os tiene esa dama, os puede ser funesto: ¿porqué en estos momentos supremos no satisfaceis ese amor? ¿ignorais que Aben-Jahuar-el-Zaquer, es un traidor?
--No importa: una cabeza mas que cortar.
--Es que Aben-Humeya y Aben-Aboo, son sus sobrinos.
Estremecióse Yaye al escuchar el nombre de sus hijos, y repitió sin embargo.
--No importa: escúchame bien: en Cádiar tenemos ahora mismo un inquisidor infame, un beneficiado hipócrita y cruel, un capitan de infantería aventurero y asesino; una compañía de arcabuceros, un convento de frailes; un corregidor, y una bandada de alguaciles: cerca á la redonda á Cádiar: que no pueda salir ninguno de esas gentes; que cada breña, cada piedra, cada mata, oculte á un monfí.
--Cercaré la villa, señor, y no saldrá ni una mosca de ella.
--Pero cércala bien: con gente sobrada, y de modo que nadie pueda verla.
--Asi lo haré, señor.
--Solo dejarás pasar por el camino de Yátor, al beneficiado Juan de Ribera, y al sacristan Barbillo.
--¿No sabeis, señor, que ese Barbillo es el amante con que ahora se entretiene mi infame hija?
--El beneficiado y el sacristan volverán á Cádiar: cuenta Ferih con que les acontezca algo en el camino.
--¿Y si fuese con ellos alguna otra persona?
--La dejarás tambien pasar.
--Muy bien, señor.
--Vete y espérame en la rambla Roja.
El Ferih desapareció entre las breñas.
El emir desató su caballo de un espino, y siguió una rambla abajo.
Las campanas de la iglesia de Cádiar seguian repicando.
Yaye se perdió entre las quebraduras.
Entonces, de una breña que estaba próxima al lugar donde habian hablado Yaye, Harum y el Ferih, salieron dos hombres.
El uno tenia una capa gris, y el otro una capa negra.
Eran los mismos que habia estado mirando Aben-Aboo desde la ventana del meson del Cojo.
Eran el comediante Andrés Cisneros, y Laurenti ó Bempo ó Godinez, como quieran nuestros lectores.
--¿Habeis oido? dijo Laurenti á Cisneros.
--Si por cierto, dijo el comediante todo trémulo, y me parece que estamos en muy mal lugar.
--Yo os creia mas valiente.
--¿Podeis pedirme mas valor? Por esa mujer he hecho lo que no hubiera hecho por ninguna. Desde que me dijisteis que no la perdiese de vista, desde el domingo por la mañana, la he observado: en acecho estaba cuando entró en su aposento Aben-Aboo, y me dieron tentaciones de entrar y de matarle allí mismo.
--Hubiérais hecho muy mal.
--Los zelos son malos consejeros.
--Vos no debeis tener zelos de esa mujer.
--¿No los teneis vos?
--¡Yo! lo que la tengo es odio. Ademas, no hay que tener zelos. Ella no ama mas que á un hombre, y ese hombre no la ama.
--¿Y á pesar de eso, huye con otro hombre?
--Por vengarse.
--¿Y por vengarse, ha hecho lo que yo la he visto hacer?
--¿Y qué la habeis visto hacer vos?
--He dicho mal, no lo he visto: lo he sentido.
--¿Pero qué habeis sentido?
--Ya os he dicho, que cuando salieron del corral del Carbon los seguí; que cuando salieron de la ciudad los seguí tambien, pagando á los guardas de la puerta del Rastro, para que me dejasen salir como á ellos; que los seguí por el camino, á pesar de que el caballo de ese maldito morisco, andaba mas deprisa de lo que yo hubiese querido; que cuando ellos han entrado en una venta del camino, me he esperado fuera, sin comer, descansando solo el tiempo que han tardado en salir: pues bien, durante esa larga jornada, he sentido en medio del silencio de la noche...
--¡Algun beso!...
--Besos ardientes: besos de enamorados.
--Y bien, ¿no os ha besado tambien Angiolina?
--Si.
--¿No se ha mostrado tan amorosa con vos delante de las gentes, como os han dicho se han mostrado con Aben-Aboo las mozas de las ventas á quienes habeis preguntado, cediendo á vuestros ridículos zelos?
--Si, si; es verdad que hasta que apareció en Granada el marqués de la Guardia, todos me han creido amante de esa mujer.
--Sin embargo nada habeis obtenido de ella.
--Es verdad.
--Y os ha mantenido continuamente en una falaz esperanza.
--Es verdad.
--Pues de la misma manera, aunque todo el mundo la crea enamorada de Aben-Aboo, aunque Aben-Aboo, que si no la ama ya, la amará con toda su alma, se crea amado por ella, os lo afirmo, os lo afirmo yo que la conozco desde hace diez años: Angiolina, que solo ama al marqués, será fiel á sus amores, se vengará del marqués, le matará si es posible: matará si puede á la sultana Amina, á cuantos encuentre ante sus zelos y su rabia: pero guardará puro su amor á ese hombre: vos no conoceis á Angiolina, añadió suspirando Laurenti: no, no la conoceis: si ella me hubiera amado, que bien pudiera haber sido si yo.... pero en fin, no hablemos de esto: hay dolores que hierven en mi corazon, silenciosos, terribles; que se agitan dentro de él, que luchan, que solo conoce esa mujer... no hablemos mas de este asunto: pero vos necesitais vengaros...
--Si... con toda mi alma.
--Yo tambien.
--Pues á vengarnos hemos venido á las Alpujarras, á vengarnos del marqués de la Guardia.
--Nuestra venganza es injusta, dijo moviendo tristemente la cabeza Cisneros.
--¡Oh! yo odio á ese hombre: yo la aborrezco á ella: á él porque ella le ama, á ella porque le ama á él. Pero andad mas de prisa, Cisneros; ¿no habeis oido al emir mandar á sus monfíes que cerquen á Cádiar á la redonda?
--Y es muy posible que si los monfíes nos encuentran y nos prenden, y nos presentan al emir, no podamos dar cima á nuestros proyectos.
--Si me seguís á buen andar yo os juro que no daran con nosotros.
--La primer contra que tenemos es que no conocemos el terreno.
--Vos no; yo si, y os sirvo de guia.
--¿Que conoceis vos las Alpujarras?
--Conozco la parte que necesito conocer.
--Yo creia que nunca habiais venido á ellas.
--Yo presentía que los sucesos me habian de traer á ellas alguna vez, siguiendo á Angiolina, y procuré que me fuesen familiares.
--No sé cuando habeis podido...
--Yo necesito muy poco tiempo para conocer un terreno: como que he sido bandido...
--¡Ah! exclamó Cisneros, mirando con un asombro temeroso á Laurenti, que á cada momento crecia en proporciones fatídicas ante sus ojos.
--Si; he sido bandido, y famoso y terrible: me han perseguido y jamás han podido dar conmigo: basta con que yo vea la estructura de un país para que comprenda sin equivocarme las ventajas que puedo sacar de él. Y sino juzgad, juzgad por vos mismo: ¿no me habeis encontrado junto á vos en las Alpujarras cuando menos lo esperabais?
--¿Y cómo habia de esperarlo? Yo creia que os quedábais en Granada al frente de la compañía.
--¡Que se la lleve el diablo! vos os vinísteis siguiendo á una mujer; yo me vine siguiendo á un hombre.
--¡Al marqués de la Guardia! ¿estará acaso en las Alpujarras?
--En las Alpujarras se encuentra, aunque es muy posible que no lo sepa.
--¿Y dónde está?
--¿Para qué quereis saberlo? Dejaos guiar de mí, no me pregunteis mas de lo que yo quiera deciros, y sobre todo andad mas de prisa. Porque conozco el terreno os aguijo; hasta que salgamos de esta humbria estamos en peligro.
--Es que resbalo sobre el hielo.
--Si no os sentís con fuerzas para la empresa en que os habeis metido volveos.
--No, no; os seguiré... os seguiré á donde querais.
--Pues bien, seguidme, y por ahora callad; entramos en un terreno nevado, y la nieve ahogará el ruido de nuestros pasos.
--Pero el que pueda oirnos nos puede ver.
--Son dos cosas distintas: pueden oirnos sin vernos: callemos, pues, ya que no podemos hacernos invisibles.
Cisneros siguió en silencio á Laurenti, que á gran paso, por entre pinares lóbregos y estrechos y ásperas quebraduras, alejándose constantemente hácia el Este, anduvo sin parar durante tres horas.
Cisneros le seguia con gran fatiga; al fin en un barranco granítico de altísimas cortaduras que á nada se parecia mas que á una profunda grieta abierta en las rocas, se sentó sobre una piedra exclamando:
--Señor Godinez, yo no puedo mas: si la jornada es mas larga seguid vos solo; en cuanto á mí suceda lo que quiera, y aunque me esponga á ser cogido por los monfíes aquí me quedo.
--Descansad cuanto querais, contestó Laurenti, porque no pasaremos de aquí: este es un escondrijo tan bueno, como que no hay un solo natural de las Alpujarras que se atreva á pasar junto á él, ni en cuatro tiros de arcabuz á la redonda: mirad bien: este es un agujero; ni hay en él arena, ni yerba, ni musgo, la roca pelada, negra y calcárea, únicamente: ni aun las águilas se atreven á anidar en ella: ¿veis ese pico, esa roca informe que se levanta allá abajo, sola y escueta, y cuya parte superior remeda groseramente una cabeza humana desgreñada?
--Si que la veo.
--Pues bien, los naturales pretenden que esa roca ha sentido alguna vez, que ha sido una mujer hermosa...
--Consejas de los montañeses.
--Yo os contaré esa conseja en otra ocasion: ahora solo os diré el nombre de esa roca.
--¿La bruja maldita, acaso?
--No, la princesa encantada. Pues bien, esa princesa nos va á servir de abrigo y refugio, y al lado de un buen fuego y despues de un excelente almuerzo, podremos hablar largamente de nuestros asuntos, puesto que tenemos de plazo hasta la noche.
--¿Y dónde encontraremos ese fuego y ese almuerzo?
--En las faldas de la princesa; conque, levantaos y vamos, que estando parados se hace mas sensible el frio de este aire maldito que zumba entre las cortaduras.
Laurenti se dirigió á la princesa encantada: siguióle Cisneros, dieron la vuelta á la enorme roca, y el comediante vió, que sobre algunas escabrosidades que remedaban bastante bien el repliegue de la falda de una estátua sobre su pedestal, habia una estrecha y negra grieta por la cual apenas cabia un hombre.
Laurenti y Cisneros subieron á ella, recorrieron un pasadizo estrecho y tortuoso, y se encontraron en un espacio densamente lóbrego.
--¿Y qué diablos vamos á hacer aquí á oscuras?
--Esperad, esperad un momento: este es mi palacio en el cual no falta nada.
--¡Ah! ¡teneis el don de hacer milagros!
--Bien podeis decirlo: solo hace tres dias que he descubierto este escondrijo y ya está habitable.
--¿Y como lo descubristeis? No hay senda hasta él, y siendo un lugar de maldicion para los naturales...
--Es verdad: está en el centro de una sierra, lejos de las veredas y de los pueblos; por lo mismo, yo que buscaba un lugar escondido y poco frecuentado, he dado con él.
Y entre tanto Cisneros, arrancaba chispas de un pedernal.
--¿Y como supísteis su nombre y su historia?
--¡Eh! ¡y que curioso sois amigo mio! observó Laurenti, haciendo luz en la yesca encendida con una pajuela de azufre.
--¡Diablo! exclamó Cisneros, al ver á la luz de la lámpara que habia encendido con la pajuela, Laurenti, el gran espacio en que se encontraban: nunca hubiera creido que fuese tan grande el vientre de la _princesa encantada_.
--Donde han dominado mucho tiempo los árabes y los moros, dijo Cisneros, se encuentran cosas muy singulares, especialmente en las montañas: los tales musulmanes son minadores como topos: ademas como andaban siempre en continuas guerras civiles, y en rebeldías contra sus emires ó reyes, necesitaban la mina para escapar en las ciudades, y en las montañas para esconderse, los antros y las grutas: venid, venid conmigo y vereis.