Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 66
Y se encaminó con Cisneros á un oscuro ángulo de la caverna, y se metió por otro pasadizo.
--¡Ah! con que es decir, preguntó Cisneros, que solo hemos visto como quien dice, la antecámara.
--Menos aun, amigo mio; hemos pasado el zaguan, y estamos en las escaleras: ¿no notais que descendemos?
--Si por cierto.
--¿No reparais que por esta rampa cabe una cabalgadura?
--Si.
--Dentro de poco llegaremos á las galerías, solo que las galerías son mas estrechas que las escaleras.
--¿Qué bulto es aquel que hay allí? dijo deteniéndose Cisneros: parece un hombre echado sobre sus manos.
--Paréceme que teneis miedo, Cisneros.
--¡Yo!
--Si, y que el miedo os enturbia los ojos: lo que os parece un hombre acurrucado, no es otra cosa que un asno de las Alpujarras, que come tranquilamente su pienso.
--¿Y qué hace ese asno aquí?
--Vos supondreis, que yo no habia de reducirme á vivir en una casa completamente desamueblada siendo rico, es decir, habiendo traido conmigo oro y alhajas.
--¡Ya..!
--Habeis de saber, que cuando buscando yo un lugar apartado y seguro de tropiezos, me encontré en los alrededores de este sitio, oí una voz que me decia: á gritos:
--¡Eh! ¡amigo! ¡buen amigo! ¡deteneos! ¡no deis un paso mas! Levanté la vista al lugar de donde salia la voz y vi un pastor que en una vereda aguijaba sus cabras.
Supuse que habia cerca de mí algun peligro, y me detuve.
--Si quereis salir al camino venid para acá, me dijo el pastor.
Encaminéme á él.
Cuando llegué le pregunté, que por qué me habia detenido.
--¿Sois forastero? me dijo.
--Forastero soy, le respondí.
--Ya se conoce, repuso: si vos hubiérais estado en las Alpujarras algun tiempo, hubiérais oido hablar de la _princesa encantada_.
--¿Y qué princesa encantada es esa?
--Dios os libre de conocerla, me dijo, porque moririais si no os acontecia una desgracia peor.
Y entonces me relató la historia del encantamento de la princesa, que es tal, que darian de buena gana tres ducados por saberla Torres Navarro ó Lope de Rueda. Se puede hacer con ella una comedia que daria muchas ganancias. Ya os la referiré en otra ocasion.
Seguí con el pastor algun tiempo. Durante este espacio, el pastor me dijo que en el lugar donde estaba encantada la princesa habia un palacio encantado tambien, solo que en vez de estar la princesa encantada en el palacio, el palacio estaba encantado en la princesa.
--He ahi una singularidad que no he visto en ningun libro de caballerías, por mas que los tales libros están llenos de disparates.
--Eso consiste en que el vulgo tiene el privilegio de inventar los mas disparatados disparates: sin embargo, dentro del palacio encantado estamos: hemos pasado el zaguan, hemos bajado las escaleras, pasado junto á las caballerizas y nos revolvemos por los corredores.
--Pues si este ha sido palacio, tal le ha puesto el encanto que no le conociera el alarife que le construyó.
--¡Eh! hasta el fin no podemos juzgar. Aun no hemos llegado al fin. Dejadme que acabe de relataros mi conversacion con el pastor.
--¿Y decís, le pregunté, que nadie se atreve á pasar ni á tres tiros de arcabuz á la redonda junto á la sima de la princesa encantada?
--Nadie, ni los pájaros, me contestó: cuando una cabra se pierde hácia allá preferimos perderla á acercarnos en su busca al sitio maldito: y se pierden muchas, señor: yo creo que las atraen los brujos que viven en el palacio, para devorarlas.
--Mirad no hayan corrido esa voz los monfíes para tener un albergue seguro.
--Ningun monfí se atreveria á llegar al sitio á donde vos llegásteis cuando os llamé: y eso que los monfíes son valientes como demonios.
--¿Y conoceis vos á los monfíes? cuasi nadie los conoce.
--No los conocerán las justicias, ni los cuadrilleros, ni los soldados del rey: pero los pastores de la sierra es distinto: como que nos compran cabras y corderos y muchas noches duermen en nuestras majadas. Si no fueran moros y tan crueles, son buena gente: buenos mozos, gastadores, y bravos, eso sí, como lobos: á los pastores nos tratan bien: pero desdichado del pastor que dice que los ha visto...
--¿Con que tambien esos valientes monfíes tiemblan de acercarse á la sima maldita?
--Ya os digo que se dejarian coger y arcabucear por los soldados del rey antes de pasar de ciertas piedras que están puestas como señales alrededor de la síma.
--Pues os agradezco el que me hayais salvado de tal peligro.
--No habeis tenido mala suerte en que yo os vea. Ahora bien, he aquí el camino de Orgiva.
--Es que yo no iba á Orgiva, le contesté: por lo que me decís, me he perdido.
--¿Pues á donde ibais?
--A Cádiar.
--¡Diablo! pues teneis que desandar el camino, y un mal camino: atravesar el puerto que estará cerrado...
--No importa, solo que estoy cansado.
--Pues meteos en una cortijada, descansad y tomad un guia.
--No, no, prefiero otra cosa. ¿Me vendeis vuestro asno? le dije señalando el que llevaba en el hato.
--Es un jumento nuevo y de buena casta que puede cargar con una iglesia, me dijo.
--Pues mejor, asi podrá aguantar una buena jornada.
--Es que yo no le venderé en menos de diez ducados.
--No quede por eso tomad doce.
Y sacándolos del bolsillo los di al pastor.
--Vamos á aquella cortijada, me dijo; descargaré al pollino y os le llevareis.
Poco despues, y habiéndome dado el pastor las señas del camino por donde debia ir para llegar al puerto, me encontraba cabalgando en mi asno por la senda de un áspero desfiladero.
A mis piés veia la especie de embudo donde está situada la sima de la princesa encantada.
Estaba enteramente solo; descendí, llegué á las quebraduras; ví la roca á quien creen una mujer encantada, y encontré esta gruta: ¡ah! ¡á propósito! deteneos un momento Cisneros: ¿veis ese agujero abierto debajo de esa enorme roca?
--Sí.
--Pues ahí hay un barril de pólvora.
--¡Un barril de pólvora! ¿y para qué?
--En el centro de la primera gruta, me habia olvidado de deciroslo, hay otro, y otro á la entrada de la galería, junto al lugar que sirve de establo al asno. Estos tres barriles son mi defensa.
--¡Ah!
--Si, estoy ya escarmentado: si en otra ocasion hubiera tomado las mismas precauciones, mi suerte seria otra, y acaso otra la vuestra, porque entonces no hubiera venido á España con Angiolina.
--Pero no comprendo...
--Mis proyectos son tales, que puede suceder que me vea perseguido ya por los tercios del rey, ya por los mismos monfíes. En un extremo, al entrar en la gruta pongo fuego á la primera mecha, despues á la segunda, por último á esta.
--Pero os sentenciais á volar hecho pedazos.
--No por cierto: la explosion se efectúa siempre de abajo arriba: nunca de arriba á abajo.
--Deben ser terribles vuestros proyectos cuando de tal modo os preparais.
--Vamos adelante Cisneros y sabreis parte de esos proyectos. Os anuncio que vamos á penetrar dentro de poco en un verdadero palacio.
--¿Será verdad lo del encantamento?
--Si lo del encantamento no es verdad, estoy seguro que si estas rocas habláran podrian contarnos alguna historia, y aun historias de mucho interés.
--¿Y creeis vos que se hayan abierto exprofeso estas galerías para hacer un palacio en las entrañas de la tierra?
--No amigo mio: estas galerías se han abierto para otro objeto; esta es sin disputa una antigua mina romana, ó acaso mas antigua; á poco trabajo encontrareis sobre el terreno escorias de fundiciones de plata; mirad un pequeño fragmento.
Y Laurenti levantó del suelo una partícula de una materia gris oscura y esponjosa.
--En lo que no cabe duda, es en que algun rico bandido, ó algun señor rebelde se han aprovechado de estas y otras minas para ocultarse y de que, para hacerlas mas cómodas han construido en ellas algunas habitaciones con el bello gusto de los árabes. He aquí que llegamos á un punto en que podeis admirar esa delicada arquitectura.
En efecto tenian delante un arco árabe estucado, medianamente conservado, pero sin puerta.
--¡Ah! dijo Cisneros, esto se parece á la Alhambra.
--¡Si! el mismo adorno, el mismo primor, pero mas reducidas las habitaciones: bajad la cabeza sino quereis tropezar en el arco.
Entraron y se encontraron en una pequeña habitacion cuadrada embaldosada de marmol, estucada, con techo de bovedillas.
Al fondo habia una puerta mas alta que la anterior que daba paso á una galería, á cuyos costados habia algunas puertas, y á cuyo fin se abria otro arco, por el que se ingresaba en una gran cámara.
--Esto es muy bello, dijo Cisneros.
--Ya lo creo; es un verdadero alcázar algo deteriorado.
--Y en el que hace algun frio.
--Lo que prueba que el aire tiene comunicacion.
--¡Cómo! ¿no estais seguro de ello?
--No he tenido tiempo de recorrer la mina. Las únicas habitaciones que existen son las que habeis visto y las que corresponden á la puerta por junto á las cuales acabamos de pasar. Esta cámara, no tiene mas que una entrada y dos alcobas: mirad: el pavimento es magnífico: de mosáico aunque empolvado y sucio: mirad qué bella es la fuente del centro; lo que prueba que hay algun valle ó barranco mas abajo del nivel de esta habitacion adonde puedan ir á parar las aguas: el encañado debe estar en buen uso, porque ayer la fuente corria: Cuando salí al aire libre vi que habia llovido.
--Pues ha sido un hallazgo este escondite, dijo Cisneros, porque yo no sabia donde meterme: me conoce el emir de los monfíes, me conocen Aben-Humeya y Aben-Aboo, me conocen en fin otras muchas personas por temor de encontrarme con las cuales, he andado á salto de mata, durmiendo en los ventorrillos y aperreándome por los cerros.
--Agradecedme, pues, el que haya pensado en vos, al establecerme aquí.
--¡Como!
--Aquel es vuestro aposento, dijo Laurenti señalando uno de los alhamies ó alcobas: venid y juzgad.
Dirigiéronse allá, y Cisneros con gran asombro encontró un lecho y una pequeña mesa con algunas botellas.
--Es cuanto aquí nos hace falta, dijo Laurenti: vino que beber y lecho en que descansar.
--Y el vino es bueno, dijo Cisneros empinando una botella.
--Es de la tierra.
--Pero falta algo mas.
--¡Qué!
--Algo que comer.
--Mi olla debe estar cocida, dijo Laurenti.
--¡Diablo! sois un hombre que de nadie necesitais.
--Si tal, he necesitado de un jumento que traiga nuestras camas, nuestros víveres y nuestra leña, á mas de dos buenos arcabuces que hay en aquel rincon.
--Sois todo un hombre, señor Godinez.
--Voy á traer leña, la encenderemos, pondremos junto á ella nuestra mesa, comeremos, beberemos, y acabaremos de entendernos.
Algun tiempo despues, sentados en dos taburetes de pino, teniendo en medio una mesa, en que se veian dos botellas, un vaso y una fuente de estaño, en que humeaba una olla podrida, al lado de una hoguera que ahumaba la habitacion, comian y bebian callando, en uno de esos primeros momentos de la comida, en que solo se atiende á un apetito exigente, Laurenti y Cisneros.
--Vamos á ver, dijo el primero al segundo, sacando un enorme reloj de bolsillo: son las once del dia, hasta las cuatro de la tarde en que necesitamos ponernos en marcha, van cinco horas: en cinco horas de buena conversacion, se puede convenir en muchas cosas.
--Os digo en verdad, amigo Godinez, contestó Cisneros, que me encuentro en las Alpujarras, y metido segun creo en una grande empresa, sin que yo me dé otra razon de andar en estos pasos, mas que mi empeño por una mujer, que se ha burludo de mí, que se ha burlado, por lo que entiendo de vos, cuya historia es un misterio, y cuyo fin podrá ser desastroso. Yo he tenido amores con muy nobles y hermosas damas; he gozado del favor y de la amistad de poderosos señores; he manejado á mi antojo á un príncipe, y he jugado con mi fortuna, sin pararme nunca á considerar en qué vendrian á parar mis aventuras: nunca una mujer ha dominado mi corazon como le domina la princesa: si me hubieran dicho que por esa mujer habia yo de olvidar mis proyectos, mi conveniencia, cuanto me interesa; que me habia de ver reducido á una vida casi miserable, sin dinero, sin amistades, aislado enteramente, sujeto como un niño, y corriendo trás ella por cerros y valles, no lo hubiera creido.
--No hay burlas con el amor, dijo Laurenti: esa mujer os arrastra, os lleva consigo, os atrae, os desespera: teneis zelos: zelos mortales: teneis sed, una sed inextinguible de hacerla vuestra, y junto con esto, la rabia de veros burlado, porque esa mujer se ha burlado de vos.
--Es verdad.
--Yo tambien voy detrás de esa mujer, pero con distintas intenciones: yo la conocí por una venganza, y por una venganza me apoderé de ella: se la robé á su padre: pero cuando se toma por medio de venganza una mujer tal como Angiolina, nuestra venganza nos hiere, porque nos hace esclavos: al poco tiempo de haberme apoderado de Angiolina, la amaba; la amaba, no sabré deciros cómo, porque yo nunca habia amado, pero me parecia que el ser de ella, se habia trasladado al mio; que respiraba con su aliento, que mi corazon latia en el suyo... ¡ah! fuí muy imprudente en tomar por instrumento de una horrible venganza á Angiolina: ella me recuerda mi venganza: me la recuerda todos los días, á todas horas, porque desde que me apoderé de ella, hasta hoy (y han pasado diez años), no he dejado de verla continuamente, á excepcion de dos meses, el año pasado, que vine á Granada: siempre que la veo, tan hermosa, y al parecer tan pura y tan casta, se levanta ante mis ojos, detrás de ella, otra mujer hermosa, que en mal hora dejó de ser casta y pura: otra mujer que me mira con sus dulces ojos grandes y melancólicos y que me acusa. Nunca que miro á Angiolina, dejo de ver el espectro de esa otra desdichada: nunca veo esa figura sangrienta, sin que mi corazon se hiele y se estremezca, por mas que mi semblante continúe impenetrable: ese fantasma que vive eterno detrás de Angiolina, es mi remordimiento, mi horrible remordimiento, mi infierno.
--¿Fue una mujer que abandonásteis por Angiolina? dijo con interés Cisneros.
--No; contestó roncamente Laurenti; fue una mujer á quien maté: á quien maté á puñaladas, á pesar de que pedia á gritos la vida; la vida, no para ella, sino para el hijo que llevaba en sus entrañas.
Laurenti se estremeció de una manera visible, y calló.
--Mucho debió ofenderos esa mujer, cuando tan cruel fuísteis con ella: ¿era acaso vuestra esposa?
--Era mi hermana, contestó con acento sepulcral, horrible, tremendo como una blasfemia, reconcentrado como el rugido de un leon á quien devora la calentura.
Cisneros se puso de pié de una manera instintiva, y miró con terror á Laurenti.
--¡Matásteis á vuestra hermana! exclamó.
--Si, pero sentaos: la maté... y ya no tiene remedio: pero esa catástrofe horrible, aumentó mi amor por Angiolina: durante diez años la he seguido á todas partes encubierto, disfrazado, sirviéndola, tendiéndome á sus pies como un esclavo, procurando hacerme amar de ella, y recibiendo solo en pago, indiferencia; la indiferencia de un mal amo respecto á su criado: pero al menos no tenia zelos: si Angiolina no me amaba, al menos no amaba á nadie; pero una noche, Angiolina entró en su casa con un hombre: con la frente alta, sin recatarse de sus criados, é introdujo á aquel hombre en sus mismas habitaciones como si hubiera sido su marido. ¿Y qué creeis que hice yo?...
--¡Esperásteis á aquel hombre á la salida, y le matásteis...!
--No le maté, ese hombre vive... es el marqués de la Guardia.
--¡Ah!
--Pasé la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jamás, pegado á una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el oído á la pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo y concedió á aquel hombre.
--¿Y no le matásteis al salir?
--No, porque tuve miedo.
--¡Miedo! ¿y de qué?
--Miedo de que me aborreciese Angiolina.
--¡Ah! repitió Cisneros.
--Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun.
--Y entonces, ¿de quién quereis vengaros?
--¿De quién? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al marqués.
--No os comprendo.
--Angiolina jamás hubiera amado, porque era honrada: porque aun cuando ella creia no haber pertenecido á su marido, aunque no le amaba, le estaba agradecida y hubiera respetado su nombre.
--¿Por qué decis que Angiolina creia no haber pertenecido á su marido?
--Porque ese marido, el príncipe Maffei Lorenzini, era una moneda falsa, no habia tal príncipe.
--¿Pues quién era ese hombre?
--Ese hombre era yo: yo que habia tomado un disfraz impenetrable y un nombre supuesto; yo que gastando mis tesoros de bandido, sostenia el fausto con que Angiolina se presentaba en la córte como princesa.
--¡Ah! ¡sois un hombre extraordinario!
--Decia, pues, que Angiolina, por un amor vulgar nunca hubiera manchado ante las gentes el nombre de su esposo. Pero las mujeres en general vienen al mundo con un grave pecado: con el pecado de la vanidad.--Angiolina se habia acostumbrado á ser la reina de las damas de la córte por su hermosura y por su fausto: yo gastaba cuanto era necesario: el homenaje y la envidia de los caballeros y de las damas de la córte, mantenian satisfecha su vanidad; pero cuando se presentó en Madrid la sultana Amina, ó doña Esperanza, ó la hermosa duquesita, como dieron en llamarla...
--La hermosa de las hermosas, la rica entre las ricas: la altiva entre las altivas, observó Cisneros.
--Decís bien: esa fatal mujer á cuya influencia debo la amargura que tengo en el corazon.--A poco de presentarse en la córte la sultana, noté con terror que Angiolina la envidiaba.--Nadie sabe hasta donde puede llevar la envidia á una mujer, y yo lo temí todo.--En efecto, Angiolina notó que la sultana estaba enamorada; buscó el hombre de su amor, le encontró, y por una sucesion de fatales consecuencias, se hizo querida del hombre á quien amaba la sultana, pretendió robárselo... la vanidad y la envidia llevaron á Angiolina respecto al marqués, al mismo punto á que á mi me llevó mi venganza respecto á Angiolina: se enamoró perdidamente del marqués de la Guardia. Pues bien, ¿quién es la causa de que Angiolina haya contraido ese empeño?
--Indudablemente la sultana Amina; pero acaso, acaso, sin la sultana, Angiolina se hubiera enamorado del mismo modo del marqués.
--No la conoceis: el marqués la habia galanteado: y por lo mismo que el marqués estaba reputado entre las damas de la córte por un hombre irresistible, su vanidad hubiera defendido de él á Angiolina.
--¿Quién sabe?
--Sea como quiera, la causa palpable de mi desgracia es la sultana. La causa de haber ido la sultana á la córte, la ambicion del emir de los monfíes. Necesitaba, pues, no atreviéndome á saciar mi corage en Angiolina, no pudiendo, saciarle en otro: hay rabias que necesitan matar. Mi rabia se volvió al emir y á su hija. El rey don Felipe, supo que el duque viudo de la Jarilla era el emir de los monfíes: la córte supo que la hermosa hija del duque, estaba deshonrada por el amor del marqués de la Guardia: el mismo emir, en una ocasion solemne cayó á mis pies bañado en sangre, y la Inquisicion se apoderó de él: libráronle del Santo Oficio sus monfíes: pero no importa; el golpe de gracia, el golpe que acabará de hacer pedazos su corazon, que le exterminará, se lo daré yo aquí, en las Alpujarras, en medio de su ejército: golpe terrible, del cual se encargaran tales manos, que Satanás escribirá mi venganza entre las mas terribles que halla producido el odio humano.
Laurenti, calló, apoyó la cabeza entre sus manos, y quedó profundamente pensativo: Cisneros le miraba con terror.
--Ahora bien, dijo Laurenti alzando de nuevo la cabeza, despues de algunos momentos de silencio; cuento con vos para mi venganza.
--¡Conmigo! ¿y qué he de hacer yo?
--Ya habeis oido que doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor, está en Cádiar. Lo habeis oido de boca del mismo emir de los monfíes.
--¿Y bien?
--El emir ha recomendado al Ferih con un acento particular esa dama.
--¿Y bien?
--Es necesario que vayais á verla.
--¿Y con qué pretexto?
--Por ejemplo: vos conoceis á Aben-Humeya.
--Mucho: como que el tal está tambien enamorado de Angiolina, y travó amistad conmigo para aproximarse á ella por mi medio.
--Pues bien, presentaos á doña Elvira, y decidla: que habiendo escapado su hijo de Granada, y sabiéndose que los moriscos piensan sublevarse, acudís á ella para que por su mediacion, os admita su hijo á su servicio.
--Pero no veo lo que en eso pueda convenirme.
--Esta es una de las primeras mallas de una red, en que os juro se cogeran tantas cosas, contribuyendo vos á ello, que el rey de España os perdonará por lo de marras, y os dará cuanto querrais.
--Pero Angiolina...
--No hay que pensar en ella... ni os ama, ni me ama; esa será otra de las buenas presas que queden en la red: no pudiendo obtener á Angiolina, os importa abriros un camino para volver á la córte: vos fuera de Madrid vivís como el pez de mar en agua dulce: estais mareado: procurad, pues, enmendar vuestra mala suerte, y para eso servidme: yo necesito ser una doble persona: vos sois alentado y astuto, y me convenís.
--¡Qué diablos! dijo Cisneros, mas perdido que estoy no puedo estarlo: haré cuanto querais.
--Y no hareis nada que no sea en provecho vuestro: preparaos, sin embargo, y fortaleceos, porque la empresa es dura y llena de peligros.
--Entre peligros ando hace mucho tiempo, y de todos ellos me ha sacado después de Dios, mi buen aliento.
--Pues por lo pronto, hemos convenido en lo que debemos convenir: esta tarde nos pondremos en camino, y esta noche entraremos en Cádiar. Con que si teneis sueño, que bien podrá ser, segun lo que habeis trasnochado y andado por cerros, dormid, que yo os llamaré cuando sea hora.
Cisneros que comprendió que aquel terrible y misterioso Godinez, que se habia convertido en su señor, no tenia mas ganas de hablar, y sintiéndose por otra parte cansado, se metió en el alhami ó alcoba que Laurenti le habia dicho era su aposento y se acostó, y á poco se durmió.
Laurenti, cuando le oyó roncar, se levantó, fué á un rincón donde tenia su maleta, la abrió, sacó de ella una cartera, y volviendo á sentarse junto á la mesa, sacó de la cartera unos papeles y se puso á meditar sobre ellos con profunda y terrible atencion.
CAPITULO XIX.
El exámen de doctrina cristiana.
A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano, acompañado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco, de algunos clérigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cádiar, entró en la iglesia.
Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales y los alguaciles de la Inquisicion.
Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entró en la iglesia, una campana empezó á tañer un toque lento y acompasado.
Aquel toque llevó el terror á los oídos de todos los moriscos, porque aquel toque era la voz que les llamaba á la iglesia para ser examinados de doctrina cristiana.
Cuando resonaba la campana tañendo de aquel modo, todos los moriscos tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir á la iglesia, sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho á los mismos enfermos.
Apenas empezó el toque, de todas las casas de la villa empezó á salir gente que se encaminó á la iglesia.
Bien pronto esta se encontró llena de una multitud vestida en su mayor parte con el pintoresco trage árabe, notándose solo que las mujeres no llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro.