Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 64

Chapter 644,102 wordsPublic domain

--Pues bien, los cristianos te han dicho lo que debes hacer.

--¡Oh! ¡oh! ¿debo hacer con los cristianos lo que los cristianos han hecho con nosotros....? ¡bien! lo haré.

--No olvides lo que hemos hablado.

--¡Oh! es muy dificil olvidarlo: mi madre y mi tia aman al emir: el emir ama á mi madre; el marqués de la Guardia está casado con la sultana Amina y tiene de ella una hija... ¿Sabeis donde está la hija de la sultana? exclamó de repente Aben-Aboo.

--Puede ser que lo sepa.

--¿Y por qué no he de saberlo yo?

--Te he dicho que puede ser que lo sepa, lo que quiere decir que no lo sé.

--¿Y teneis medios para saberlo?

--Los buscaré...

--Y entonces...

--Lo sabrás.

--¡Ah tio, tio! conozco que sois un demonio, y sin embargo me parece que me voy á condenar con vos.

--O á salvarte.

--El olor de la sangre y de la carniceria me da ya en las narices.

--Procura que ese olor no te desvanezca: si oyes mis consejos, y eres valiente y leal, hijo, grande suerte te espera. Pero por el momento muéstrate con Aben-Humeya como un hermano; con Aben-Farax como con un amigo.

Aben-Aboo; estrechó la mano de Aben-Jahuar.

--Ahora es necesario que te vayas, dijo este á Aben-Aboo: Espero á una persona que no quisiera te viese conmigo.

--Pues entonces adios, tio.

--No te olvides de ir esta tarde á puestas del sol, á las quebraduras de la rambla de los Ciegos: yo iré tambien. Adios.

Aben-Aboo, salió, y poco despues, su tio le sintió bajar por las escaleras.

--Hé ahí un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores manos no podría haberse puesto lo de Cádiar. Esta noche se verá claro en las calles aunque no haga luna.

Y se puso á pasear meditabundo á lo largo de la habitacion.

Como se vé, el amor hácia su cuñada doña Elvira, y su anhelo por poner las cosas á punto de que él fuese la única cabeza de la rebelion de los moriscos, hacian meditar á don Fernando de Válor ó Aben-Jahuar, horribles crímenes: para llegar á su objeto era preciso que se ensangrentase en su misma familia, que matara á sus sobrinos; que desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo traidor y horrible á Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le habia dado continuamente oro y proteccion, y á cuya influencia debia el no haber muerto en galeras, ó á lo menos en un encierro como murió su hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doña Elvira y la corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hácia aquellos objetos: ni aun la sangre de los suyos.

Oyéronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabrió la puerta, y una voz clerical, dijo:

--_Deo gratias._

--A Dios sean dadas, contestó don Fernando.

Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la iglesia parroquial de Cádiar, estaba de pié y caperuza en mano, delante de Aben-Jahuar.

CAPITULO XVI.

De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.

Miróle este por un momento fijamente.

--¿Has concluido ya tus negocios? le preguntó.

--Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced, porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la Inquisicion, y qué sé yo cuántas cosas.

--Bien, siéntate.

--Estoy así bien, señor.

--Siéntate.

Barbillo se sentó.

--¿Has dicho á alma viviente lo que has hablado conmigo?

--¡Cómo, señor! ¿desconfia vuesamerced de mí?

--Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres.

--¿Y yo?

--Tú, á la socapa, tienes por novia á la morisca mejor moza de la villa.

--¿Quién ha dicho á vuesamerced tanto? exclamó con cuidado Barbillo.

--Me alegro que nada me niegues: yo sé que el ama del beneficiado Juan de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado casaros.

--Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado.....

--¿Quién sabe lo que el beneficiado vivirá? pero volviendo al asunto: quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como Mariblanca, está expuesto á ser imprudente.

--¡Quiá! ¡no señor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la hay mas garrída en la córte del rey: es verdad que he andado y ando y andaré trás ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir.

--Yo sé que mi cuñada doña Elvira, viene algunas veces encubierta á Cádiar, y que aunque no vea á su cuñada doña Isabel, siempre ve á Mariblanca.

--Es verdad, pero eso consiste...

--¿En qué?

--En que Mariblanca y yo, servimos á doña Elvira.

--En sus amores...

--Cierto que sí.

--¿Pero tú sabes con quién tiene sus amores?

--Ayer no lo sabia, pero hoy lo sé.

--Y... ¿quién es?

--Un caballero muy principal.

--¿Como de cuarenta y cinco años?

--Si señor.

--¿Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro?

--Eso es.

--¿Y sabes cómo se llama ese caballero?

--Lo que sé, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera.

--¿Y cómo le conocias de antes?

--De una manera muy sencilla: á causa de doña Elvira. Antes de conocerme á mí, doña Elvira habia conocido á Mariblanca.

--¿Y cómo conoció mi cuñada á tu novia?

--El padre de Mariblanca es morisco.

--Ya lo sé.

--Un morisco feroz.

--Es mas que morisco: es moro: es monfí: se llama Abd-el-Melik el Ferih.

--Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se enamoró de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez años: Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonró... y la robó de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado Mariblanca.

--Sigue, sigue.

[imagen: El comediante Cisneros.]

--Como decia, el capitan la sacó de su casa, jurándola que seria su esposa, y la escondió, y gozó de ella cuanto quiso, y cuando se fastidió de ella, empezó á distraerse y á requebrar á otras... entonces Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra, á lo que el capitan la contestó, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces Mariblanca se fué á buscar al beneficiado.

--¿A Juan de Ribera?

--Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidió que la bautizase. El beneficiado la bautizó, y ella, con la partida de bautismo en la mano, volvió á Diego de Herrera y le dijo:

--Yo he dejado por tí la casa de mi padre, que si me encuentra me matará: yo te seguí, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: tú me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana: cúmpleme tu promesa.

El capitan volvió la espalda á la muchacha, que se iba quedando á trás, y que al ver este desprecio de su amante, cegó de cólera y de venganza, y echando mano á un pequeño puñal que llevaba consigo, le hirió á traicion. El capitan cayó: Mariblanca creyendo que le habia muerto, huyó, y se refugió en la iglesia, donde tomó asilo. Entonces el beneficiado, Juan de Ribera, la llevó á su casa, y antes de tomar ninguna resolucion, fué á la casa del capitan: le encontró en el lecho herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo acabar de perder á una mujer á quien ya habia hecho bastante daño, habia dicho que le habian herido los monfíes. Condolióse, pues, de la muchacha el beneficiado, ó enamorado de ella, segun dicen malas lenguas, aunque Mariblanca lo niega, y la recibió por su ama, á pesar de que entonces la muchacha solo tenia diez y siete años.

Pasó mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huyó de su casa habia desaparecido de Cádiar sin que nadie le hubiese vuelto á ver, permaneció fuera, hasta que una noche, hace dos años, cuando Mariblanca volvia de la fuente, se encontró de repente con un monfí. Era su padre.

--¡Ah! ¡ah! ¡un encuentro endiablado! ¿Y cómo es que hasta hace dos años no se habia presentado el padre á la hija?

--El Ferih habia estado en Africa.

--¿En Africa durante ocho años?

--Sea como quiera, el Ferih no se presentó á su hija sino despues de ocho años que su hija habia huido; pero cuando la vió ante sí...

--No la maté puesto que vive; pero sin duda procuró matarla.

--Nada de eso: la miró por un momento fijamente mientras la pobre temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:--Sígueme muchacha.

[imagen: Sentados en dos taburetes de pino.... comian y bebian.]

--¿Y le siguió Mariblanca?

--¿Qué habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrás, salieron de la villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y señalando á su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una luz, la dijo:--Vé allí; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando entrares en una habitacion, cuya puerta encontrarás tambien abierta, dirás á una dama que verás allí: el monfí me envia.--La muchacha siguió adelante hácia la casa, empujó la puerta, subió las escaleras, abrió otra puerta y se encontró en una pequeña habitacion donde habia una dama muy hermosa.

--¿Quién eres? la dijo la dama.

--El monfí me envia; contestó con voz medrosa Mariblanca.

--¿Has conocido á ese monfí? replicó la señora.

--¡Es mi padre! exclamó toda trémula Mariblanca.

--¿Y sabes por qué tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que has echado sobre él?

--No lo sé, señora; dijo Mariblanca.

--Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha prometido no tocar á uno solo de tus cabellos.

--¡Ah! ¡Dios se lo pague á vuesamerced, señora! exclamó Mariblanca cayendo de rodillas.

La dama se inclinó sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:

--Te he salvado la vida para que me sirvas.

--¡Ah! ¡serviré á vuesamerced de rodillas! exclamó juntando las manos Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la súbita presencia de su padre.

--No; quiero que me sirvas de pié y con gran discrecion, levántate.

--¿Y en qué he de servir á vuesamerced?

--Conoces tú á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

--¡Ah! ¡si señora! contestó Mariblanca; la conozco mucho, porque va con frecuencia encubierta, á hablar con mi señor el beneficiado.

--¿Que va á hablar con tu señor?

--Si señora: muchas veces mi señor está en la iglesia, y doña Isabel le espera; es un ángel: me habla con cariño porque soy morisca convertida...

--¿Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y salir libremente en casa de doña Isabel?

--Si señora.

--Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces puedas, que observes, que veas... ademas de eso tú debes de tener un amante...

Mariblanca se turbó, tartamudeó, y al fin confesó que era mi novia.

--¡Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama de un beneficiado; así todo se queda en casa: pues bien, es necesario que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doña Isabel, y vea quién entra y quién sale, ó quién ronda ó no.

Mariblanca prometió á la dama servirla á su placer, y salió mas muerta que viva, temiendo encontrar de nuevo á su padre; pero su padre habia desaparecido: vínose á casa del beneficiado, y mientras este dormia aquella noche su primer sueño, me contó todo lo que la habia acontecido. De esta manera fue como Mariblanca conoció á vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura, que la sé de memoria sin que en ella falte ni un ápice.

--Me has dicho en esa relacion que doña Elvira habia salvado la vida al Ferih.

--Asi lo dijo doña Elvira á Mariblanca.

--Esto lo sabré yo por la misma parte interesada; dijo para sí Aben-Jahuar, y luego añadió alto:

--¿Y qué vísteis Mariblanca y tú?

--Mariblanca, que empezó á frecuentar, á pretexto de conocimiento y de cariño á doña Isabel, vió que estaba siempre muy triste, que hasta dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos años que, segun cuentan, y estando de recien casada con él, murió su marido: que ama mucho á su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y muy cristiana.

--¿Y no vió nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?

--Si señor, los parientes del difunto marido de doña Isabel.

--¿Y nadie mas?

--Nadie mas.

--¿Y tú qué vistes en tus rondaduras?

--Os diré, señor: yo he visto mucho y no he visto nada.

--Explícate.

--He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este último año un bulto con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las bardas de la huerta donde vive doña Isabel.

--¿Rondarlas nada mas?

--Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde.

--¿Y no pudiste entender lo que hablaban?

--Sí, sí señor; una noche por encargo de doña Elvira, que deseaba mucho saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgué á todo, y aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las manos, me tendí cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por donde solian hablar el caballero y el esclavo del señor Diego Lopez; poco despues de estar allí oí ruido entre las matas, y sentí acercarse á un hombre que se detuvo y silbó como una culebra: al silbido sentí que por dentro se acercaba una persona que trepaba á la barda, y al fin oí la voz de Alí, á quien conozco mucho, que decia:

--¿Sois vos señor?

--Sí, yo soy, contestó el de fuera: ¿qué tienes que decirme?

--He puesto la carta de vuestra señoría, sobre la mesa del aposento de mi señora; me he puesto en acecho; cuando mi señora ha entrado y visto la carta se ha puesto pálida, la ha tomado y la ha leído temblando; despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho nada; á Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado.

--¿Y nada mas? dijo el caballero.

--Sí, si señor, contestó Alí: he robado un ramo de flores del búcaro de la señora, y una de las marañas de cabello de su peinado. Ahí va todo junto: los cabellos en las flores.

--Paréceme que hubiera querido mucho mejor el incógnito, dijo Aben-Jahuar, las flores en los cabellos.

--Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal señor está perdidamente enamorado de doña Isabel.

--¿Y lo sabe eso doña Elvira?

--¡Pues no ha de saberlo! como que yo la escribí relatándola, sin faltar letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Alí.

--¿Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana?

--Nunca. Sabríalo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como antaño.

--Continúa.

--Pues señor, doña Elvira quiso á todo trance saber con certeza quién era el desesperado amante de doña Isabel, y... ayer vino á Cádiar.

--Ya lo sé.

--Se ocultó en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.

--Lo sé tambien: casa de la viuda de un mudéjar.

--Eso es: con la viuda mandó llamar á Mariblanca.

--Lo sé tambien: es decir que Mariblanca fué á ver á doña Elvira, pero no sé lo que hablaron.

--Doña Elvira queria á todo trance, que yo con algunos amigos me apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como pagaba bien doña Elvira, busqué al organista y al barbero, que son dos mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos á nuestro hombre por el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos aporreó: á pesar de la noche le conocí: esta mañana le ví en la sacristía.

--¿Con qué es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?

--¿Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que conoce.

--Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.

--¡Cómo! ¡qué! exclamó abispado, como suele decirse, Barbillo.

--Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos entendamos: vamos á otra cosa. Mariblanca seguirá frecuentando la casa de mi hermana.

--Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cariño y amistad Mariblanca, que doña Isabel ha llegado á amarla y á no poder pasar sin ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta á su visita, la envia á buscar doña Isabel.

--¿Y qué sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi sobrino Diego Lopez á su casa?

--¡Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo de disculparse con su madre.

--¡Ola! ¡Ola! ¿con qué de tal modo falta mi sobrino al respeto á mi hermana?

--Hace algun tiempo que el señor Diego Lopez está desconocido, antes era alegre y decidor; iba á todas partes, galanteaba á las mozas, y hacia finezas á Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegué á tener zelos: jugaba á la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte llevaba en la palestrilla[23]. ¡Pero ahora! ni tiene un requiebro para las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino, pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaña.

--¡Bah! ¡bah! ¡la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.

--Burlaos cuanto querais, pero no por eso será menos cierto que anda por nuestras montañas ese duende maldito, que hace mal de ojo á los ganados, y mucho será que no se lo haya hecho al señor Diego Lopez.

--Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo demasiado larga y tengo que hacer.

--¿Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? ¡Ya se ve! ¡quiere vuesamerced saber tanto!

--Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido á vivir desde hace tres días á la casa de mi hermana.

--Esa dama es muy hermosa.

--Lo sé.

--Y muy principal.

--Lo sé tambien.

--Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.

--Vamos al asunto maese Barbillo.

--Pues el asunto es, que el señor Diego Lopez se presentó en su casa el lunes en la noche, trayendo á esa dama á la grupa de su caballo, y que dijo á su madre, segun vuestra señora hermana ha dicho á Mariblanca, que era necesario que la tuviese en su compañía. La dama, que se llama, quisiera no equivocarme, doña Angélica, dijo á vuestra hermana que era viuda de no sé qué príncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el señor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de doña Isabel, á que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un hidalgo jóven. Doña Isabel por amor á su hijo, y viéndose tambien sola, ha dicho en el pueblo que la doña Angélica es una parienta suya, que ha venido á vivir una temporada en las Alpujarras. ¡Pobre madre!

Callóse Barbillo, porque no tenia mas que decir.

--Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su bolsillo y dándolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy agradecido. Ahora cuídate de no decir á alma viviente, ni aun á Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.

--¿Y no me encargais nada, señor?

--Será muy posible que no necesite de ti, contestó Aben-Jahuar con voz cavernosa.

--Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de tratar á las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.

--Si te necesito otra vez te buscaré.

Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado servilmente, salió.

--No gozarás ese dinero, sino lo gastas de aquí á la noche, dijo el capitan general de los moriscos: sé cuanto necesitaba saber: ahora empecemos á obrar.

Y yendo á la puerta gritó:

--Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.

Un momento despues salia del meson y de Cádiar á un mismo tiempo.

CAPITULO XVII.

El capitan Diego de Herrera.

Los pobres moriscos de la villa estaban consternados.

En primer lugar desde el dia anterior se sabia una noticia en extremo alarmante.

El hecho á que aquella noticia se referia, era el siguiente:

Acostumbraban los escribanos y los alguaciles de la audiencia de Ujijar de Albacete, villa de las Alpujarras, ir á pasar las vacaciones de Pascuas en Granada, donde los mas de ellos tenian sus familias, y al hacer el camino, como los moriscos estaban acobardados y ellos lo sabian bien, porque eran los que los acobardaban, llevábanse á su paso, gallinas, pollos, miel, fruta y dinero, todo arrancado con amenazas, ó mejor dicho: robado.

Cinco de estos escribanos y alguaciles, entre los que iban dos ferocísimos, Juan Duarte, y Pedro de Medina, salieron de Ujijar el martes veinte y dos de diciembre llevando por guia á un morisco, é hicieron por los lugares por donde pasaron desórdenes y tropelías, con el mismo descuido que si las Alpujarras hubieran estado en perfecta tranquilidad, y no agitadas y preparándose para un alzamiento; á las noticias de estos desórdenes, salió á ellos con algunos monfíes nuestro antiguo conocido Harum-el-Geniz, y encontrándolos en una senda cerca de la villa de Poqueira les cortaron el camino y los pasaron á cuchillo, no pudiendo escapar mas que el escribano Pedro de Medina y el guia morisco, que fueron á ampararse á la villa de Orgiva. Del mismo modo los monfíes mataron y quitaron los caballos á cinco escuderos que habian salido de Motril.

Temian, pues, los moriscos, que, como en otras ocasiones, pagasen justos por pecadores, es decir, que el corregidor de Ujijar enviase al término donde aquellos fracasos habian acontecido y aun mucho mas lejos; algunas escuadras de soldados, y no pudiendo haber á los monfíes, ó no atreviéndose á ellos, extremasen sus crueldades y sus licencias con los que ninguna parte habian tenido en el caso.

Lo que en segundo lugar los tenia como suele decirse con la mosca sobre la oreja, era que se sabia de cierto que la Inquisicion iba á Cádiar á hacer su visita, y lo que en su lugar los aterraba era la llegada á la villa del capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, hombres crueles, que con cincuenta soldados y una carga de arcabuces, habian venido de Granada, causando á su paso por los pueblos agravios, cometiendo desafueros, y tratando á los naturales como cosas viles de las cuales dispone á su antojo su dueño.

Aquella mañana antes de que entrasen los dos hidalgos cuñados con su gente, sabíase en la villa, y encontrábanse en la plaza los moriscos divididos en corros, hablando animadamente: pero notábase que cambiaban, aunque con gran disimulo, de conversacion cuando pasaba junto á ellos algun alguacil del corregidor, ú otro de los castellanos de los que vivían en el pueblo con fueros y soberbia de autoridad, ya fuese por su oficio, ya por su amistad con los oficiales del rey.

Un observador hubiera notado que los moriscos trataban algo y algo terrible.

Como á las nueve de la mañana oyéronse en la parte baja de la villa pífanos y tambores, y cambió como por ensalmo la expresion de los semblantes de los moriscos, de tal modo que nadie los hubiera creido sino los mas contentos y felices hombres del mundo: poco despues entraron en la plaza con la bandera tendida los cincuenta arcabuceros, llevando delante dos pífanos y dos tambores, tras ellos Diego de Herrera y su cuñado Juan Hurtado Docampo, ginetes en dos rocines, con las espadas desnudas, y con mas fueros, autoridad é hinchazon que podia haber traido el mismo rey.

--¡Eh! ¡tú, Tomás el Ansarí! dijo el capitan Herrera á un anciano que estaba entre los moriscos y á quien conocia por haber estado antes de presidio en la villa: mis muchachos vienen cansados, necesitan buen almuerzo, buena cama, y buenas mozas: conque mira de qué modo se les aposenta, que no tengan que enojarse con vosotros.

El Ansarí, que era el xeque de la talla de Cádiar, noble anciano descendiente de la esclarecida familia de los Abencerrages, se acercó al capitan con la gorra en la mano, y le dijo con la sonrisa en los labios: