Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 55
--¿Y quién os manda ceder hasta tal punto á los caprichos de esa mujer? Hemos ganado un rio de oro, en un año que andamos representando por Andalucía, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha desaparecido.
--Vos no conoceis á esa mujer, maese Godinez.
--Sé que es muy difícil encontrar una dama tal como ella: sé que sin ella no ganariamos ni la décima parte de lo que ganamos; pero en cambio no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran señora, no hay medio de que se avenga á lo que otras damas se avienen; los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles, brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo ó humedad en las calles, litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla representar, aunque la entrada esté hecha. Decís bien, no sé quien es, porque esa mujer es un misterio, pero sé que todo lo que por ella se gane se gastará con ella, y que en vez de ahorrar nos empeñaremos.
--Pues ved ahí por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don Fernando de Válor; porque á no dudarlo, esta tarde no habrá funcion, habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y será necesario devolverle el dinero; ¡si al menos esto pasase! pero tiene trazas de haber empezado para no concluir tan pronto.
--Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor, me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia mas pobre.
--¡Oh! ¡separarme de ella! ¡imposible! ¡imposible de todo punto; Godinez! la amo con toda mi alma.
--Pues ved ahí, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se dice, no sé con qué fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido de ella.
--¡Es verdad! ¡es verdad! hubo un tiempo en que creí que esa mujer me amaba: pero me engañé. Aun espero el primer favor.
--Dicen ademas que ella tiene un amante á quien adora, y que el tal amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido á esa hermosura, tras la cual andan tantos desesperados.
--¡Ah! ¡el marqués de la Guardia se jacta...! tiene razon... porque ella le adora!
--¿Y lo sufrís?
--Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento cerca del de Angélica, siento todas las noches por delante de mi puerta los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Angélica abre y entra; despues sale por la mañana, muchas veces sin recatarse de nadie.
--No comprendo vuestro amor.
--Es porque yo amo de veras y soy esclavo.
--Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo.
--¿Qué quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un príncipe poderoso era mi esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer terrible se puso entre el príncipe y yo...
--La hija del emir de los monfíes...
--¡Cómo! ¡exclamó Cisneros asustado! ¿quién os ha dicho eso?
--¡Bah! yo sé quién sois, quién es Angélica, quién es la hija del emir. Vos no sabeis quien soy yo... no os lo digo, porque necesito imponeros respeto para salvaros.
--¡Para salvarme!
--No quiero que seais la víctima de esa mujer.
--¡Y sabeis quién es esa mujer!
--Vaya si lo sé. Como sé quién os hirió la noche que la conocisteis.
--¡Que sabeis...!
--Si por cierto: fue vuestro amigo el marqués de la Guardia.
--¡Que rondaba la casa de la hija del emir...!
--Y vió entrar al príncipe y tuvo zelos.
--¡Ah! pero cuando tanto sabeis, quién sois....
--¿Que quién soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo mismo. Oid; unas veces soy jóven: otras viejo: suelo llamarme príncipe, ó caballero, ó rufian, ó comediante: unas veces tengo un nombre, otras otro: Angélica me conoce demasiado bajo otra forma: ¿pero preguntadle si conoce á Salvador Godinez? ¿si sabe quién es? De seguro que no piensa que yo soy una moneda falsa. Yo sé cambiar de semblante, de cento de edad, aun de estatura: sé adaptarme á todas las condiciones. Ya me habeis visto representar....
--Y lo haceis á las mil maravillas. He tenido zelos de vos.
--No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famosísimo Cisneros, la delicia de las damas de la córte, que lloran vuestra ausencia, y la admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cómico que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo, entre las gentes. Tan cómico soy que Angélica, vuestra adorada Angélica, que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece á un tiempo; que sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni de propósito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que se la acercase, no desconfia de mí, y me cree simplemente Salvador Godinez, comediante y autor de la compañía del señor Andres Cisneros.
--¡Qué, amais á Angélica! exclamó Cisneros que solo esto habia oido de las últimas palabras de Godinez.
--¡Que si la amo! ¡sino la amara viviria!
--¡La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar á todo el mundo.
--Os engañais. A esa mujer la sucede lo que á otras muchas. Las aman todos, menos el hombre que las posee.
--Es decir que el marqués de la Guardia....
--No la ama, porque ama á otra.
--¡A otra!
--Si, á una mujer á quien yo amaria tambien, si mi amor hácia ella no fuese insensato; un martirio á que me condenaria inútilmente. El marqués de la Guardia ama á la hija del emir de los monfíes, y porque la ama finge amor á Angélica.
--Nos os comprendo.
--La hija del emir se ha perdido para el marqués. Pero el marqués sabe que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jamás para la mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza, cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que tiene Angélica.
--Con que la hija del emir y Angélica....
--Son enemigas, enemigas á muerte por la sola razon de que aman á un mismo hombre.
--Lo que no comprendo bien, es por qué me haceis estas revelaciones, dijo con intencion Cisneros.
--Porque ha llegado ya el momento de obrar. Angélica sabe que tiene cerca á su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza y obrará. Es mas: yo la ayudaré á que obre. Por lo mismo para ayudarla, me veré obligado á estar separado de ella largas temporadas: yo puedo trasformarme: pasar por monfí entre los monfíes, por soldado entre los soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa Angélica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros: pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama á otro, sin recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas pruebas tengo yo....
--¡Que yo he cometido delitos!
--Si, y ya que me habeis traido á un lugar donde nadie puede escucharnos, voy á hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado por casualidad á la vida de comediante, para lo que poseeis grandes talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas, casi recibido en la córte: entrabais en ella por el postigo es verdad, pero aquel postigo os llevaba á donde no llevaba á otros la puerta principal. Hace algunos años trabásteis conocimiento con el príncipe don Carlos, como lo traban generalmente con los grandes señores los hombres que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio: á título de proteccion del gran señor, hácia el gran comediante. El príncipe no tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal inclinado: era ambicioso, incorregible, déspota, amigo de escesos y enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad, le irritaba. Vos comprendísteis todo esto, como lo habian comprendido otros, ú otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas cualidades del príncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien un gran señor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoció que debia aprovecharse de vos y se aprovechó. El vínculo que unia á un tiempo al príncipe, al emir y á vos era el amor de una mujer: el amor voraz, voluntarioso, impaciente, que el príncipe sentia hácia la hermosa duquesita. ¿Quereis que invierta mas tiempo probándoos de qué manera poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando á la rebeldia al príncipe, irritando sus deseos por doña Esperanza, y sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfíes? Vos habeis escrito cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y esas cartas Cisneros estan en mi poder.
--¡Es decir que me imponeis condiciones!
--Me constituyo en vuestro señor, representando al diablo á quien os habeis vendido por ambicion.
--¿Y no temeis que esté desesperado?
--No porque aun sois ambicioso.
--¿Y qué me podeis vos dar?
--Puedo daros, si os resistis á servirme, una muerte horrible. Porque ¿qué creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos, envenenando al corazon de su hijo, impulsándole á la traicion, le habeis obligado á matar al príncipe?
Cisneros calló.
--Por el contrario si me servís bien, os enriqueceré; es mas: os pondré en ocasion de ser. ¿Quereis ser walí de un rey moro..? pues bien: podrá suceder que lo seais. ¿Quereis conquistar la gracia del rey de España y su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora.
--¡Cómo! ¿vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me separa de la córte, fuera de la cual no vivo?
--Lo puedo.
--Y sin embargo, ¿teneis paciencia para vivir con un miserable salario..?
--¡Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: ¿habeis creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en pagar la compañía, y en sostener los caprichos de Angélica?
--El público ha pagado muy caro....
--Por muy caro que hubiera pagado el público, las entradas no hubieran bastado para pagar la compañia, que es muy numerosa y muy buena, porque vos no quereis trabajar con malos cómicos. Quien ha pagado he sido yo: como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de ello, he hecho al revés de otros que roban: he aumentado... he aumentado diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os importe que los moriscos se revelen ó no: mejor para nosotros... nada importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven, oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo demás, y ya que os prestais á servirme, tened muy en cuenta el no ser débil con Angélica, revelándola una sola palabra de lo que hemos hablado; continuad, como siempre; tratadme delante de los demás con la soberbia que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las doce, y voy á ponerme á despachar las entradas.
--¿Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta mañana pueda haber funcion?
[imagen: Encuentro de Angélica y Aben-Aboo.]
--¡Bah! todo ello no pasará de ruido: ya vereis como se nos llena al corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin órden del corregidor.
Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha á la pared para oir mejor, sintió que los del aposento inmediato se dirigian á la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo.
Luego los pasos de los dos se perdieron á lo largo del corredor.
--¿Con que ese señor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ¿ni esa comedianta es lo que parece, ni el señor Cisneros por lo visto se contenta con ganar su dinero representando? ¡Aben-Humeya, toma un pretesto para la rebelion! ¡Amina ama al marqués de la Guardia! ¡la comedianta tambien! ¡estas dos mujeres se conocen y son enemigas! ¡El señor Godinez alienta proyectos! ¡Oh! ¡por el Dios Altísimo, que mi buena suerte me ha traido á esta hostería. Creo que al fin de este laberinto está mi suerte buena ó mala! la tumba ó el trono! Pues bien: es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo reuniré á los tres. Yo procuraré no perderlos. ¡Y el marqués de la Guardia! ¡mi buen amigo! ¡oh! ¡oh! ¡Ahora mas que antes me impacienta la tardanza del criado del marqués! y bien mirado ¿para qué necesito yo sus vestidos? ¿No vengo de viaje? No se por qué tengo impaciencia de conocer á esa doña Inés de Fuensalida; me parece que este es otro cabo que me presenta mi fortuna.
Habíase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se detuvieron junto á su puerta y una mano llamó á ella.
Era el lacayo del marqués que traia un emboltorio bajo el brazo izquierdo y una espada y una daga de córte en la mano derecha.
CAPITULO VII.
De como hasta el fin del capítulo no pudo sacar nada en claro Aben-Aboo acerca de sus inquilinos.
A punto que daban las doce, llegaba Aben-Aboo, bizarramente vestido con un trage de brocado escarlata, calzas de grana y zapatos acuchillados, á la puerta de la casa de don Alonso de Fuensalida, ó, por mejor decir, de su casa.
Al atravesar la ciudad habia observado profundamente el aspecto de ella y nada habia encontrado de extraño: era muy posible que los tercios estuviesen renuidos, instalados en consejo el cabildo y la Chancillería y que se hubieran tomado algunas precauciones; pero las gentes iban tranquilamente por la calle como de costumbre, salian de oir misa de las iglesias multitud de damas ataviadas como la que va á misa tarda para ser vista, y muchos soldados alféreces y capitanes, andaban, á su paso, y á sus negocios, como si absolutamente no amenazara ningun peligro.
[imagen: Acercáos, don Fernando, acercáos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa...]
El acontecimiento, pues, de aquella mañana en las casas consistoriales habia quedado completamente aislado.
Aben-Aboo, se entró por el zaguan, y pidió á uno de los lacayos que vagaban por él, le anunciase á su señor.
Inmediatamente aquel hombre le introdujo, precediéndole para guiarle por unas anchas escaleras de mármol, alfombradas en el centro y unos corredores, alfombrados tambien, á una antecámara y una cámara donde le salió al encuentro un caballero como de cuarenta y seis años, enteramente vestido de negro, de fisonomía enérgica, y hermosa.
--El señor Diego Lopez, á quien esperaba vuecencia; dijo el lacayo á penas vió á su señor, retirándose en seguida.
--Bien venido seais, caballero, le dijo el señor excelentísimo á Aben-Aboo, y tanto mas, cuando mi hija y yo empezábamos á estar cuidadosos por vos.
--¡Oh! permitidme que me enorgullezca de haber sido el objeto del cuidado de esa hermosa señora.
--Nada tiene esto de extraño caballero, cuando mi hija doña Inés os debe muchas atenciones.
--¡Atenciones!
--Sí por cierto: cuando tuvísteis la complacencia de cedernos vuestra casa...
--Decid la necesidad, señor don Alonso: si yo no hubiera venido á la pobreza en que me hallo...
--No hablemos de esto, sois pobre por que sois honrado, y la honra es el primer caudal de un hidalgo. Dejadme ahora probaros como os debe atenciones mi hija. Cuando supísteis que venia á vivir á vuestra casa una dama, vos, que del ajuste de arriendo habiais exceptuado cuatro habitaciones, que eran para vos un santuario, las que habia vivido vuestra madre, habitaciones que debian permanecer cerradas, os apresurásteis á ofrecerlas á mi hija para su uso. Doña Inés aceptó con placer vuestro ofrecimiento, ha vivido en esas habitaciones y ha aspirado el perfume de santidad, de sufrimiento, de dulzura que en ellas ha dejado vuestra madre. Doña Inés vive en la misma habitacion en que vivió vuestra madre, Aben-Aboo.
--¡Ah! ¡sabeis mi nombre!
--Porque lo sabemos; porque sabemos que sois primo hermano de Aben-Humeya, que ha cometido hoy, arrastrado por su mocedad y por su imprudencia uno de los mayores desaciertos que pudiera haber cometido, estábamos con cuidado por vos.
--¿Con que sabeis?
--¿Y quién no sabe los pensamientos de los moriscos? Sábelos el capitan general, el presidente, el corregidor... y como vos sois tambien morisco...
--Pero vasallo leal del rey nuestro señor, aunque no me haya honrado tanto como á mi primo hermano don Fernando de Válor, dijo cubriéndose de la mayor reserva Aben-Aboo, por que no sabia el terreno que pisaba.
--¿Y cómo andais Aben-Humeya y vos?
--Nos tratamos como buenos parientes, pero nos vemos poco: él vive generalmente en Válor con su madre doña Elvira, y yo vivo con mi madre en Cádiar, cuidando de unas tierrecillas que nos han quedado.
--¿Y cómo se encuentra vuestra buena madre? Yo la conocí antes de que os diese á luz y era una doncella hermosísima, dulce, sufrida; un ángel en una palabra. Baste deciros que estuve enamorado de ella, y que bien hubiera podido ser que nos hubiésemos casado. A veces una casualidad dispone del porvenir de dos personas: pero no hablemos mas de esto, porque no debe hablarse de las cosas pasadas. Y puesto que ya os tenemos aquí, vamos á tranquilizar á mi hija.
--Una palabra, don Alonso, una sola palabra: desde que recibí vuestra cortés invitacion para venir á vuestra casa, bajo pretexto de que era mia, estoy luchando con la duda de quién habia podido deciros que yo estaba en Granada, cuando me he venido solo, á la ligera y á mata caballo desde mi atalayuela de Cádiar, sin avisar á nadie.
--No lo extrañeis: me ha avisado maese Pertiñez.
Aben-Aboo recordó que el rapista no se habia separado de él ni habia hablado con nadie; aceptó con las muestras de la mayor credulidad la respuesta de don Alonso, pero en su pensamiento se estereotipó por decirlo así esta frase recelosa:
--¿Quién será este hombre? ¿quién será su hija?
Don Alonso le hizo atravesar algunas habitaciones demasiado conocidas para él, y cuyo rico mueblaje encontró en el mismo estado en que se encontraba cuando vivia en aquella casa con su madre, y al fin se acercó con el corazon palpitante á una puerta cubierta de arabescos. Aquella puerta era la de las habitaciones de su madre.
Despues de pasar aquella puerta y una antecámara, don Alonso abrió una mampara de cuero de Marruecos recamado, é hizo seña al jóven para que pasase. Aben-Aboo, al abrirse aquella mampara habia arrojado un grito, involuntario. Delante de él se habia presentado una doble aparicion. Una dama hermosísima, vestida completamente de blanco, con una rozagante túnica de brocado, resplandeciendo toda, con sus joyas, con su mirada, con su hermosura, con sus ropas, y por cima de la cabeza de aquella aparicion casi divina, otra mujer no menos hermosa, vestida de blanco, pura, coronada de flores, é impresa sobre su semblante de niña, la melancólica expresion de un sufrimiento resignado, que la hacia aparecer mas hermosa: entre aquellas dos mujeres, real la una, pintada la otra, que se tocaban y se confundian á la vista de Aben-Aboo, por un accidente de posicion, habia algo de comun, algo de semejante, algo de eso que puede llamarse aire de familia, y que bien podia ser ese misterioso punto de contacto que existe entre dos mujeres hermosas que pertenecen casi á un mismo tipo. Para completar mas esta analogía, en el semblante de la una dama, de la dama que respiraba á dos pasos de Aben-Aboo, habia la misma expresion de sufrimiento dulce y resignado, que en el semblante de la dama pintada en un magnífico cuadro suspendido de la pared al fondo de la cámara. Aben-Aboo no sabia quién era la dama viva, pero sabia si, que la dama pintada era una reproduccion exacta de su madre doña Isabel de Válor cuando solo tenia diez y siete años.
La inesperada vista de su madre á quien amaba con delirio, puesta de contraposicion con doña Inés, le habia arrancado del corazon un grito de angustia, por decirlo asi, porque al mismo tiempo creia haber encontrado en la jóven y hermosa dama que le contemplaba con una profunda paz, mucho de semejante en el trage y en la actitud, con la misteriosa Dama blanca de la montaña.
Pero Aben-Aboo tardó poco en reponerse, saludó cortésmente á doña Inés, se disculpó de su conmocion con la inesperada vista de su madre á quien dijo haber dejado harto triste en las Alpujarras, y se sentó á la mesa que ya estaba servida y á la que asistieron inmediatamente cuatro lacayos á cuya librea no podia pedirse nada en cuanto á gusto y riqueza.
¡Y cosa extraña! el semblante y las maneras de aquellos lacayos; la precision con que servian; un no sé qué de característico impreso en ellos, que Aben-Aboo, no comprendia bien, le impresionaban tanto, como don Alonso, como su hija, como el recuerdo ardiente en todo cuanto habia pasado por él aquel dia fecundo en aventuras.
Pero Aben-Aboo era sagaz, astuto y prudente y sostuvo á pesar de sus observaciones, con la mayor lisura y naturalidad, la conversacion de generalidades que se sostuvo durante la comida.
Nada vió Aben-Aboo que indicase en doña Inés el deseo de agradarle; le trataba con esa fácil manera á que está acostumbrado todo el que ha tenido trato de gentes; hacia los honores de la mesa de una manera perfecta, y, sin embargo, lo perfumaba todo para Aben-Aboo, que acabó por sentirse impresionado, y, por necesitar de toda su fuerza de voluntad para no perder su aspecto tranquilo. Concluyóse la comida cuando eran las dos, y don Alonso pidió las sillas.
--Esperamos, dijo, que nos acompañareis: no siempre se encuentra en Granada una compañía tal de comediantes como los que ha traido el señor Andrés Cisneros.
Aprovechó la ocasion Aben-Aboo para empezar á utilizar las observaciones que le habia procurado la casualidad en la hostería del Carbon y dijo con suma naturalidad:
--En efecto, mi amigo el señor marqués de la Guardia, á quien he encontrado de una manera imprevista casa de maese Pertiñez, me ha hecho grandes elogios de esos comediantes, especialmente de una Angélica, que dice es un prodigio; yo le habia creido de buena fe, pero despues he dudado acerca de la habilidad de esa mujer.
--¿Y por qué? dijo sonriendo doña Inés; habeis hecho mal: la Angélica es toda una comedianta que se hace aplaudir con entusiasmo.
--Créolo, señora, despues de que vos me lo afirmais.
--¿Y por qué no creerlo por el dicho de vuestro amigo?
--Porque mi amigo que es un loco, señora, un hombre de aventuras, está ciegamente enamorado de la Angélica.
--Y hace bien, porque es muy hermosa, caballero: en fin, vos la vereis y la juzgareis.
--¡Ah! mi opinion, señora, seria muy falsa: criado, como quien dice, en las Alpujarras, entre cerros, siempre aguijando lebreles, y corriendo tras los corzos, soy casi un rústico.
--Pero un rústico, ya que vos lo quereis, que tiene un gusto exquisito, dijo riendo la jóven; perdonad si me tomo con vos alguna confianza: estoy viendo todos los dias á vuestra madre, he acabado por amarla, y esto es bastante título para que trate á su hijo como á un conocido antiguo, casi como á un pariente; os digo esto para que no extrañeis lo que voy á deciros á cerca de vuestro buen gusto.
--Que vos me suponeis.
--Del que llevais sobre vos una prueba indudable.
--¿Sobre mí?
--Si, en el brocado de vuestro trage; es precioso... y rico... las mujeres reparamos mucho en esto, y siempre procuramos informarnos de en donde se venden tan ricas, tan hermosas telas. ¿Donde habeis comprado ese brocado?
--En Granada hoy mismo.
--¡Hoy!
--Elogiando mi buen gusto habeis elogiado el del marqués de la Guardia.
--¡Ah! ¡dispensad! yo creia que vos...