Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 56

Chapter 563,973 wordsPublic domain

--Nada tiene esto de extraño. Habia venido á la ligera y no queria presentarme con el lodo del camino. Afortunadamente encontré á mano al marqués que se prestó á venderme un traje, y él mismo ha elegido este entre los suyos.

--Pues debeis estar muy agradecido á vuestro amigo. Por mi parte quiero que le pregunteis donde ha obtenido tan hermosa tela. Yo creo que solo en Venecia podrá encontrarse hoy y á un precio exorbitante. Reparad, reparad, padre mio, lo fino, lo bello de este brocado; es de tres altos y está bordado de aljofar. Con que ¿preguntareis al marqués?...

--¡Oh! de seguro señora.

--Las literas esperan á vuecencias, dijo un lacayo á la puerta.

La hermosa dama llamó á una de sus doncellas, la pidió un manto, y esta le trajo uno de terciopelo en que se envolvió completamente.

Despues, asiéndose con la mayor lisura al brazo derecho de Aben-Aboo.

--Vamos, señor Diego Lopez, dijo: estoy impaciente porque viendo á la Angélica, comprendais que el marqués de la Guardia vuestro amigo, tiene tanto gusto para sus amores como para sus brocados.

Aben-Aboo, seguido de don Alonso, condujo á la jóven hasta el patio donde esperaban dos literas: en la una entraron el padre y la hija, y en la otra Aben-Aboo.

Esta circunstancia favoreció al jóven. Se encontraba solo, y por decirlo asi encerrado, y para aumentar mas aquella especie de aislamiento, corrió las cortinillas de los cristales, y se entregó á la meditacion de lo que habia observado durante la comida.

Por muchas razones habia sospechado que quien le habia dado un bolsillo de oro en la ermita de San Sebastian, y el que le habia convidado á su casa eran una misma persona: en aquel caso don Alonso debia ser el emir de los monfíes y su hija Amina, aquella misteriosa hermosura que nadie conocia: tenia además razones para sospechar que la mujer rival de Angélica fuese la hija del emir, y otras razones no tan claras para creer que doña Inés, Amina, y la Dama blanca de la montaña eran una misma persona.

Pero todas sus suposiciones se estrellaban contra el aspecto y las palabras tranquilas con que doña Inés habia oido y contestado las palabras intencionadas que habia permitido á sus recelos Aben-Aboo: ni al oir el nombre de Angélica ni el del marqués de la Guardia se habia conmovido la jóven, ni un solo músculo de su semblante se habia contraido, al saber que el marqués de la Guardia estaba enamorado de la comedianta.

Extrañábale, ademas sobre manera, que una dama de la calidad y del estado que mostraba doña Inés, se hubiese entrometido, por mas que hubiera querido justificarlo, en la calidad del brocado que vestia y en su procedencia. Y en verdad que esto era de extrañar, tratándose de un hombre á quien doña Inés veia, ó por lo menos hablaba, por la primera vez. Todos estos pensamientos eran bastantes para revolver el seso á otro menos cabiloso que Aben-Aboo, y como si esto no bastase, punzábale el corazon un sentimiento agudo, amargado por un sin número de dudas y de temores: este sentimiento era un amor naciente, puro, dominador y tirano, aun en su principio, que habia aspirado Aben-Aboo en la hermosura de doña Inés y de la atmósfera de misterios que la rodeaba.

Antes de que el jóven hubiese encontrado la mas leve solucion á sus pensamientos, paró la litera. Entonces, se encontró á la puerta del corral del Carbon, á la que afluia una multitud inmensa. La funcion debia haberse empezado, ó estaba á punto de empezarse, porque ya el bobo y su tambor habian desaparecido. Sudando y codeando por hacerse visible entre la multitud, aparecia maese Pertiñez vestido de dia de fiesta y con su capa nueva de paño fino. Dos lacayos de don Alonso abrian plaza, y al cabo, Aben-Aboo, siguiendo al padre y á la hija, se encontró primero en unas escaleras, despues en un corredor, luego delante de una puerta, que abrió con llave un lacayo, y al fin dentro de un pequeño espacio cuadrado, cubierto de tapices en las paredes y en el techo, y de alfombra en el suelo y cerrado por delante por una celosía. Ademas en el centro, y por razon de lo frio de la habitacion, habia una copa de plata con fuego.

Tres sillones estaban colocados delante de la celosía: sentóse en el de la derecha doña Inés, en el del centro Aben-Aboo, y don Alonso, despues de haber cerrado la puerta del aposento con la llave que le entregó un lacayo, se sentó en el sillon de la izquierda.

Solo entonces y cuando estuvo segura de que de nadie podia ser vista mas que de Aben-Aboo y de su padre, se despojó doña Inés de su velo, dejando descubiertos ante Aben-Aboo, tesoros de hermosura en los redondos hombros, y en el seno cuasi cubierto por un exagerado descote.

Aben-Aboo estaba en malas condiciones para consagrarse á la observacion de lo que pasaba, de lo que se veia mas allá de doña Inés; pero nosotros que no estamos enamorados ni dominados por las pasiones que Aben-Aboo, podemos salirnos de aquella especie de cajon en que estaban encerrados los tres personajes, y dedicarnos á la contemplacion del aspecto que presentaba el corral.

Tres de sus lados mostraban sus ventanas y corredores henchidos de damas, aderezadas, pintadas, ó afeitadas, como se decia entonces, luciendo su desnudez á pesar del frio; entre las damas cubiertas de plumas y de relumbrones, caballeros jóvenes, maduros y viejos, no menos enjalbegados y aliñados muchos de ellos, mas que las mujeres: en un aposento grande, al frente, se veia el tribunal del Santo Oficio de la Inquisicion; en otro al lado, el capitan general y sus tenientes y oficiales; mas allá el aposento de la Chancillería, y luego el de la ciudad: todos estos aposentos tenian en sus balaustradas, asi como los ocupados por las damas y caballeros particulares, ricas colgaduras de seda ó de terciopelo, del color y con las armas que correspondian á cada corporacion ó familia, lo que, siendo muchos los colores y harto diferentes los blasones y las empresas, formaba un peregrino contraste: solo habia una colgadura ó repostero que no tenia armas ni empresa; pero en cambio era tan rico, tan recargado de oro y adornos, que valia él solo por todos los del corral: este repostero era el del aposento del llamado don Alonso de Fuensalida.

Descendiendo al patio, allí era tambien grande la variedad de colores, cintas y preseas: ocupaban las sillas hombres, en general, y algunas damas galantes en la delantera junto á los músicos: á medida que las sillas estaban mas lejos de la escena, era menor el lujo de los que las ocupaban, y al fin, allá en último término, estrujándose, apretándose, pisándose, apostrofándose, produciendo un ruido infernal, estaba la gente de á pié, compuesta de hidalgos pobres y de gente valdía.

El cuarto lado del corral, estaba enteramente ocupado por el escenario y por los tapices que encubrian los cuartos provisionales donde se vestian los actores: el escenario, propiamente dicho, formado por dos pabellones de damasco rojo y un tapiz de Flandes, sobre un tablado de una vara de altura, estaba inclinado notablemente hácia la derecha, y de tal modo, que el aposento mas cercano á él, era el de la celosía.

Esto tenia sus razones sin duda, pero los que ocupaban los aposentos y la sillas de la izquierda, se quejaban con razon, porque desde sus puestos no podia verse bien lo que pasaba en el escenario.

El cielo estaba radiante y despejado, y como ya eran las dos largas de la tarde, el sol iluminaba únicamente la parte alta de la pared oriental del patio.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, con su hija y su huésped, cuando, como si solo hubieran esperado su llegada, rompieron las guitarras de la música, acompañadas de trompetas y tambores, que se habian llevado porque la comedia era de moros y cristianos, y habia, por lo tanto, que tocar al arma. Todos estos instrumentos juntos, mal tañidos y peor concertados, formaban un estrépito infernal, que solo podia ser tolerable por la costumbre, y sobre todo, por lo corto de su duracion. Concluida aquella especie de obertura salvaje, se corrió la cortina, quedando descubierto un espacio cuadrado, formado por tapices, y salió el bobo, vestido de pastor, con zurron, cayado y pellica.

Nuestros lectores nos permitiran que les demos una idea de lo que era una representacion teatral en aquellos tiempos, en que el arte escénico estaba en su infancia: ya hemos descrito la manera como se adornaban los corrales en que estas representaciones se hacian: réstanos decír, en cuanto á la parte material, que no habia decorado, sino muy raras veces, representando generalmente los cómicos entre cortinas ó tapices, tras los cuales aparecian ó desaparecian por una abertura, según que lo requeria la marcha del asunto: representaban de memoria y sin apuntador, y su declamacion era un tanto cantada, armónica, particularmente en las obras en verso. En cuanto al órden de los espectáculos, vamos á presentar, como muestra, el de la funcion que iba á representarse aquella tarde en Granada por la compañía del famoso Cisneros.

Primeramente el introito, con una loa de Torres Naharro, autor dramático, que floreció á principios del siglo XVI. Despues la comedia en cuatro jornadas, y en verso, de un autor desconocido, titulada: «Reina Moraima». En tercer lugar, un coro y baile, titulados «El amor». En cuarto, el «Paso del convidado», de Timoneda; autor valenciano, que floreció por aquellos tiempos: y últimamente, el «Paso del ciego», de Lope de Rueda, que de batidor de oro, se habia convertido en insigne autor y comediante.

En la imposibilidad de ofrecer á nuestros lectores toda esta funcion, diálogo por diálogo y punto por punto, vamos á trascribirles la loa ó introito que declamó el bobo (asi se llamaba entonces á los graciosos), no solo para que juzguen del gusto dramático de entonces, sino para que observen con cuánta libertad hablaban entonces al público los autores y los comediantes.

Hé aquí la loa que el bobo declamó con gran desemboltura y maestría á vuelta de botargadas, que se recibian muy bien en aquella época.

«Dios mantenga y remantenga mia fé á cuantos aquí estais, y tanto pracer os venga como creo que deseais.

* * * * *

Pues pobretos, que quereis vivir sugetos al mundo y á su cebico, en mi tierra los discretos al contento llaman rico. Por probar ora os quiero preguntar: quien duerme mas satisfecho, yo de noche en un pajar ó el Papa en su rico lecho? Yo diria quel no duerme, todavia con mil cuidados y enojos; yo recuerdo á medio dia y aun no puedo abrir los ojos. Mas veran: que dais al Papa un faisan y no come del dos granos; yo tras los ajos y el pan me quiero engollir las manos. Todo cabe, mas aunque el papa me alabe sus vinos de gran natio, menos cuesta y mejor sabe el agua del dulce rio. (_aplausos generales_.) Yo, villano, vivo mas tiempo y mas sano, y alegre todos mis dias, y vivo como cristiano con aquestas manos mias. Vos, señores, vivís en muchos dolores y sois ricos de mas penas, y comeis de los sudores de pobres manos agenas. (_aplausos de la gente de á pié._) Y infinitos, que teneis los apetitos tan buenos como palabras, no comiérades cabritos si yo no criase cabras. Concrusion: pues os demando perdon me lo debeis conceder, y pues que fué mi intencion venir á daros prazer; y será: que una comedia verná Reina Moraima llamada. Sabed que no faltará de graciosa ó desgraciada.

A continuacion, el bobo charló en verso el argumento de la comedia, y, concluido, retiróse dentro, llevando consigo una salva de aplausos.

Despues de esto é inmediatamente debia salir la reina mora, y decir al público, que su padre habia sido asesinado, su esposo asesinado, sus hijos asesinados, y que iba por el mundo en busca de un caballero que la vengase del hombre que habia asesinado á su padre, á su esposo y á sus hijos.

Sin embargo, Angélica que debia representar la reina mora, no parecia; el público empezaba á impacientarse, y á murmurar, y á silbar al fin, y armar un verdadero alboroto.

Veamos en qué consistia la tardanza de Angélica.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, cuando maese Pertiñez, se deslizó por una escalera de mano, que mas allá, apoyada en la balaustrada, daba al escenario, y pasando entre moros y cristianos, llegó á un espacio cerrado por tapices, levantó uno y se encontró frente á frente con Angélica.

Estaba la comedianta deslumbrante de hermosura; tenia en la cabeza sobre las pesadas trenzas de sus cabellos, un adorno de plumas y diamantes, un riquísimo collar sobre el casi desnudo seno, y una magnífica y ancha túnica de brocado blanco de tres altos: tenia en la mano su papel plegado, en el que no estudiaba; por el contrario, le rompia lentamente y con cólera en pequeños pedazos. Sobre una mesa inmediata habia un objeto de poco volúmen envuelto en un pañuelo de encaje.

Cuando entró Pertiñez, Angélica se levantó sobrexcitada.

--¡Gracias á Dios que habeis venido! le dijo. ¿Traeis la llave del aposento de las celosías?

--Es que... me habiais prometido otra llave, que ya no sirve, porque don Fernando de Válor...

--Sí, si: ya sé que don Fernando ha hecho una de las suyas y anda huyendo; pero no importa, dad mi llave al señor Diego Lopez.

--Pero el señor Diego Lopez, no me pagará...

--Acabárais de una vez; os pagaré yo. Tomad mi llave, añadió sacando una de su limosnera, y esta carta para el señor Diego Lopez. Dadme la llave del aposento de la dama encubierta.

--Pero...

--¡Ah! me habia olvidado de que era necesario pagaros: tomad.

Y se quitó su magnífico collar, que no le hacia falta, porque su cuello desnudo era mas hermoso.

--Pero... repitió Pertiñez.

--¡Oh y que cansado! tomad y dadme.

Pertiñez sacó de sus gregüescos una llave que entregó á Angélica, y esta le dió el collar.

--Oid: haced de modo que el señor Diego Lopez reciba mi carta y mi llave esta misma noche. Adios.

Y rápida como el pensamiento, salió de entre sus tapices, atravesó el interior del escenario, trepó por la escalera de mano, y se encontró en el corredor de los aposentos del público, que estaba desierto á causa de haberse empezado la funcion. Los lacayos de don Alonso que habian quedado á la puerta del aposento de su señor, creyendo que no harian falta, se habian escurrido para pillar algo de la funcion entre la gente de á pié, y Angélica pudo llegar sin que nadie se lo impidiese á aquella puerta, y metió en la cerradura la llave, abrió con mano trémula y se precipitó dentro.

Al ruido, doña Inés volvió la cabeza, al mismo tiempo que su padre y Aben-Aboo. Angélica habia puesto sus manos sobre los dos hombros desnudos de doña Inés, y la miraba frente á frente.

--¡Oh! ¡no me habia engañado! exclamó, ¡eras tú!... ¡tú!... ¡siempre tú!

--¿Qué quereis señora? dijo con asombro don Alonso.

Palideció aun mas que lo estaba Angélica, temblaron sus labios, y sin duda iba á pronunciar alguna palabra inconveniente, porque se la vió hacer un esfuerzo sobre sí misma. Habia visto junto á sí á Aben-Aboo, que la miraba admirado.

--¡Perdonad! dijo, me he engañado señora: perdonad, señor caballero, pero las cómicas tenemos corazon: yo creia que una mujer á quien aborrezco de muerte, de quien he jurado vengarme, y de quien me vengaré, me habia arrojado para humillarme desde este aposento estas tres joyas (y Angélica desemvolvió el pañuelo de encaje); perdonad otra vez: si yo hubiera encontrado aquí á esa mujer la hubiera arrojado estas joyas á la cara; pero... me he equivocado... sin embargo, os suplico que volvais á admitir estas joyas, que para nada me hacen falta, y que podrán aliviar la suerte de muchos desgraciados.

--Guardadlas, Angélica, guardadlas como un recuerdo mio, dijo dulcemente doña Inés. Yo cuido ya bastante de los desgraciados que conozco. Por lo demás, siento mucho que hayais podido creerme enemiga vuestra...

--¡Oh! ¡no! he dicho simplemente, señora, que creia que quien tras tantos misterios, tras estas celosías, me arrojaba á la escena estas joyas, era una mujer á quien aborrezco, y que tiene muchos motivos para aborrecerme. Una mujer á quien yo conocí cuando era una gran señora, como vos lo sois y como yo misma espero volver á ser. Perdonadme, pues, mis primeras palabras, hijas de mi equivocacion, y adios, porque veo que la loa ha concluido y hago falta en la escena.

--No, no recibiré esas joyas: son una muestra de mi entusiasmo hácia vos. Reparo que os falta collar, dijo doña Inés, tomando el de perlas que estaba entre el pañuelo; teneis un hermoso cuello, y os estará á las mil maravillas. Permitidme, añadió levantándose: quiero ponérosle yo misma.

Y como nadie la viese por haberse vuelto, mas que Angélica, la lanzó una mirada de amenaza, de odio, de desprecio y de mando á un tiempo.

Angélica inclinó su hermosa cabeza hácia doña Inés, que, al ponerla el collar, la dijo al oido con un acento casi imperceptible, pero que la comedianta escuchó perfectamente.

--Me le has robado, me has robado mi honra, y me debes tu vida.

--Odio por odio, y odio á muerte, exclamó Angélica en el mismo acento.

Y luego, alzando Angélica la cabeza:

--¡Oh! ¡cuanto tengo que agradeceros, señora! exclamó: ¡cuán buena sois!

--¡Ah! nada me agradezcais, guardad esas joyas en amor mio, y contad siempre... siempre... con que seré la misma para vos.

--Adios señora, y perdonad otra vez mi error; adios, caballeros: ya he faltado á mi obligacion y el público se alborota.

Y salió como un relámpago, dejando abierta la puerta.

Don Alonso se levantó á cerrarla. Aben-Aboo entre tanto, decia á doña Inés que se mostraba tranquila:

--¡Esa mujer está loca!

--Y es lástima, dijo doña Inés, porque es muy hermosa y tiene mucho ingenio.

No se volvió á hablar una palabra mas, ni Aben-Aboo, aunque estaba gravemente alarmado por aquella nueva singularidad que parecia iluminar el caos de sus dudas, notó una sola mirada de inteligencia entre el padre y la hija.

Entre tanto seguia el tumulto del patio, cuando hé aquí, que cesa como por encanto, y le sucede una tempestad de aplausos y de víctores: tan hermosa y tan bien prendida habia aparecido Angélica, y con tal donaire habia avanzado hácia el proscenio.

Pero cuando el entusiasmo público, no tuvo límites, fue cuando, despues de haber hecho la reina mora la exposicion de sus amores y de sus desgracias, exclamó con un arranque sobrenatural en una transicion magnífica:

Montes, árboles, fieras, venid, y aprendereis de mil maneras, como, pidiendo fuerzas á los cielos, una amante infeliz venga sus duelos.

Tras esto, siguió la representacion y siguieron los aplausos á Angélica y á Cisneros, que hacia admirablemente el papel de traidor enamorado.

Angélica fue tambien aplaudida con frenesí en la cancion y en el baile, y, por último, al oscurecer, terminado el espectáculo con gran contentamiento de todos, empezó á salir la gente.

Al salir por los corredores de los aposentos, y como Aben-Aboo, habia quedado un tanto rezagado de don Alonso y de su hija, sintió que le tiraban con impaciencia de las faldetas del jubon.

Volvióse y encontró bajo su vista la exigua figura de maese Pertiñez.

¿Qué me quereis? le dijo.

Escuchad una palabra al oído y mostrad una mano. La reina mora, la de la comedia, me ha dado para vos esta carta y esta llave: la llave por si no os lo dice en la carta, es la del corredor de su aposento: el número 13. Teneis mucha suerte, señor, mucha suerte: todas os aman.

Y el hombrecillo se escurrió, dejando en las manos de Aben-Aboo la carta y la llave.

CAPITULO VIII.

El panderete de las brujas.

A la misma hora en que el público salia de ver la comedia del corral del Carbon, esto es: al oscurecer, se abrió silenciosamente un postigo en una de las tapias de los huertos del cerro de San Miguel por la parte de la Torre del Aceituno, y salio un hombre embozado hasta los ojos: cerraron de nuevo el postigo y el bulto embozado siguió adelante por el desierto callejon que existia entonces entre las tapias de los huertos y la muralla del obispo don Gonzalo, por un portillo de la cual salió al campo y sin ser notado por los guardas adelantó á buen paso hácia la próxima falda del cerro de Santa Elena.

Tenia un no sé qué de melancólico y fantástico el paisaje á la fria luz del crepúsculo: el pendiente terreno por donde avanzaba el embozado hácia un barranco cercano, era árido seco pedregoso cubierto, acá y allá por tomillos y retamas raquíticas: mirando al frente hacia el Nordeste solo se veia la oscura masa del monte de Santa Elena y la desembocadura de un barranco que cortaba su falda por la parte del Este; pero si se miraba á la derecha el alma podia aspirar un suave consuelo con la vista de Sierra Nevada en cuyo altísimo picacho del Veleta, reflejaba aun el postrer rayo del sol tiñéndole de color de rosa; mas abajo se veia el magnífico anfiteatro de montañas, tendidas á los piés del blanco gigante, y al fin, mas cerca, la roja cordillera de la Silla del Moro, el verde y florido Generalífe, con su viejo y altísimo Ciprés de la Sultana: mas abajo los cármenes del Darro, luego las arboledas de avellanos, en fin, el profundo cauce del rio y las colinas que venian á ser por aquella parte la falda del monte de Santa Elena. A la derecha el horizonte se alejaba, la luz parecía mas diáfana, se perdian en la lontananza las colinas de viñedos, y al fin confundidas en la neblina del crepúsculo, apenas se percibian las distantes cimas de la cordillera de los Dientes de la Vieja.

Reinaba un profundo silencio y en medio de él solo se escuchaba el largo silbido del viento del invierno, que se quebraba entre los barrancos.

El embozado, sin cuidarse mucho ni de la soledad ni del frio, siguió resueltamente un paso apresurado, pero con la cabeza inclinada sobre el pecho en ademan pensativo.

Llegó al barranco y antes de entrar en él se volvió de una manera brusca y como al impulso de un sacudimiento nervioso. La luna que durante la marcha del embozado, habia aparecido sobre la nevada cima del Veleta, inundando con una dulce luz el espacio, hubiera dejado ver á quien cerca de aquel hombre hubiera estado, la terrible expresion de sus grandes ojos negros, fijos en Granada y en la Vega, que desde la altura en que aquel hombre se encontraba, se veian por completo y casi á vista de pájaro.

--Hoy huyo de tí, Granada, dijo aquel hombre extendiendo su brazo derecho hácia la ciudad como en ademan de aplazamiento; hoy me oculto como un malhechor. Pero ¡ay de tus cristianos! ¡ay de tus verdugos, cuando venga á llamar á tus puertas con las trompas de guerra de mis soldados! ¡ay de tí entonces, marqués de Mondéjar! ¡ay de tí, presidente Deza!

Dichas estas palabras que habia pronunciado descuidadamente en voz alta se volvió y al volverse encontró junto á sí un hombre que tenia un caballo del diestro y que estaba tambien embozado.

--¿Quien vá? exclamó el primero haciéndose un paso atrás y empuñando su espada.

--¿Quien ha de ser, contestó el otro con acento un tanto seco, sino quien te está esperando yerto de frio hace una hora?

--¡Ah! ¿eres tu Diego Alguacil? exclamó el primer embozado: de poco desesperas, en empresa nos metemos en que tenemos que esperar mucho, sufrir mucho.

--Entonces bien; pero ahora es distinto: ahora cada instante vale una perla: un descuido puede costarte la pérdida de tus esperanzas.

--¡Cómo! exclamó con cuidado el otro: ¿pues qué sucede?

--Aben-Aboo está en Granada.

--¡En Granada Aben-Aboo! ¿y qué quiere aquí mi amado primo? ¿pretende acaso, suscitarme dificultades?

--Todo está preparado para esta noche: se ha guardado un gran secreto pero la venida inesperada de Aben-Aboo, cuando estaba descuidado en las Alpujarras, demuestra que entre nosotros hay traidores.