Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 54
Era tan concluyente el mandato, que el hostalero, tomó dos bugías de sobre un anden donde habia otras muchas, encendió la una, y tomando una única llave de una larga espetera, llave que estaba colocada bajo un número sesenta y nueve, salió precediendo á Aben-Aboo y á Pertiñez.
A penas se habian aventurado en el corredor cuando se oyeron pisadas de mujer, fuertes, como de buena moza, acompañadas del crugir de una falda de seda.
--Alto, dijo con un acento malicioso é insinuante maese Pertiñez; alto, señor Diego Lopez; el corredor es estrecho y será bien que nos hagamos á un lado para que pueda pasar su magestad la reina mora.
--¡Ah! ¡sois vos! maese rapista, dijo una mujer que llegó á punto y cuyo semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbró á Aben-Aboo por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y á vosotros tambien, señores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo: ¿os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que está cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros de terciopelo franjado tan ricos.
--¡Ah! ¡ah! allí sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y palidecer.
--O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado una mujer y un caballero.
--¡Ah! ¡ah! os han dicho...
--Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, señor Pertiñez; por lo mismo os espero en mi aposento. Número 13. Con que hasta luego. Adios señor hidalgo, añadió dirigiéndose á Aben-Aboo, á quien durante su corto diálogo habia mirado con una extraña insistencia. Adios, maese Briviesca, añadió dirigiéndose al hostalero.
Y se alejó ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de ruiseñor una copla de entremés.
--La mejor ave de mi casa, exclamó Briviesca, pero dura de desplumar como un grajo.
--¡Oh! la cómica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclamó el barbero.
--¡Ah! ciertamente que es una mujer hermosísima, dijo con un acento particular Aben-Aboo: ¿Y la llaman la reina mora?
--Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero.
--Hemos llegado al número sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta á la llave de una puerta.
Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ángulos habia un fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y media luna de espejo en un marco negro...
--Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca.
--Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiñez, venid despues á afeitarme. Por ahora dejadme solo.
--Y decís bien; aunque me hubiérais necesitado en el momento, os hubiera suplicado me dejaseis libre para ir á ver que me quiere la reina mora.
--¿Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca.
--No, únicamente mi maleta que está en mi caballo á la puerta de maese Pertiñez, y una taza de caldo de gallina.
--¿Y vino?
--No bebo vino, ¡ah! maese Pertiñez: haced que cuiden á mi caballo.
--Muy bien; descuidad por vuestro caballo.
--¡Ah! si viene preguntando á vuestra casa por mí el criado del capitan...
--Por supuesto, le enviaré. Que Dios os guarde.
--Yd con Dios.
A penas se quedó solo murmuró Aben-Aboo, obedeciendo al encendido recuerdo que le habia dejado la comedianta:
--¡Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida no he visto una mujer tan hermosa! ¡La reina mora! es singular.
Pero dejando á Aben-Aboo entregado á tales pensamientos, que nada tenian de extraños en quien como él solo contaba veintidos años, edad en la que el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de uno á otro, sigamos aunque nos salgamos del epígrafe de este capítulo, á maese Pertiñez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad, hácia el aposento número trece donde decia vivir la reina mora.
Tenia ademas en esto un grave interés el rapista: un interés puramente pecuniario; el interés que tiene por hacer un buen negocio un corredor de amores.
Era el caso que don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, como mejor queramos, en el momento en que en la primera representacion de la compañía de cómicos se habia presentado en la escena Angélica, se habia enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido á la puerta del apartado donde se vestian las cómicas, solicitando entrar para saludar á la dama. Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta á cuarenta años, cegijunto, enérgico, y un si es no es altivo, le dió con la puerta en las narices diciéndole: que en su compañía no estaban en uso aquellas costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas.
Don Fernando, pues, se volvió, echando ternos inútiles, y hubo de contentarse con arrojar á Angélica el joyel de diamantes de su gorra, en el momento en que el entusiasmo público enviaba una salva de aplausos á la comedianta.
Al dia siguiente, se presentó en la hospedería, preguntó por el número de la habitacion de la dama y sabido este llegó á la puerta y llamó. Abrióle una doncella, que contestó á la cortés demanda de don Fernando, con que su señora estaba enferma y no podia recibir á nadie.
Don Fernando, que iba preparado á todo evento, entregó á la doncella un billete perfumado de que iba provisto y se retiró.
El billete que habia dejado Aben-Humeya contenia las palabras siguientes:
«Hermosa señora: soy el caballero que tuvo el placer de ofreceros ayer tarde su homenaje de la manera que pudo, arrojando á vuestros piés el joyel que llevaba sobre su cabeza. Hoy ha venido á poner á vuestros piés su corazon, que espera levanteis hasta unirle con el vuestro. Si hoy, por un acaso, no puedo veros, os suplico me digais, contestándome, á que hora podré veros mañana.--Quien os adora por hermosa y discreta: don Fernando de Válor.»
Al volver don Fernando á su casa despues de otros quehaceres, encontró sobre su mesa, una preciosa caja de oro cincelada, con guarnicion de piedras preciosas, y junto á ella un billete. Llamó á su lacayo y este le dijo que aquellas dos cosas las habia traído una doncella.
El billete contenia estas brebes palabras:
«Señor don Fernando de Válor: ignoro si la joya que os devuelvo es la misma que ayer me arrojasteis á la escena _rindiéndome un homenage_: como no he encontrado papel á mano para envolverla, os la envio dentro de una caja, que encontré tambien á mis piés, no sé de quien, y que recogí, porque las cómicas nos vemos obligadas á hacer delante del público, lo que como mujeres nunca hariamos. Si habeis creido que con ese joyel pagabais la entrada en mi aposento particular, como por algunos maravedises habeis comprado el derecho de juzgar de mi escaso ingenio, os habeis engañado. Mi aposento no se abre con oro. Mi corazon necesita de mas noble llave para abrirse. Perdonad si os he ofendido, obrando no como una dama de comedias, sino como quien soy.--Vuestra servidora.--Angélica, la comedianta.»
Hombre de mundo á pesar de su juventud don Fernando, creyó que la comedianta adoptaba aquella posicion digna y á todas luces mas noble, para hacerse mas preciosa, y se obstinó, apuró cuantos medios se conocen para obtener una cita de una mujer, y ya desesperado, se dirigió á maese Pertiñez, que tenia una tremenda fama de corredor experimentado. Ofrecióle oro á montones si le ayudaba á rendir aquella fortaleza, pero en vano, aunque obraba con toda la fuerza y á toda la altura de su codicia excitada, pretendió hablar á solas con Angélica: como maese Pertiñez era una especie de omnipotencia en al corral del Carbon y en la adjunta hostería tuvo mil veces ocasion de estar al lado de Angélica; pero esta jamás se encontraba sola: jamás habia podido el rapista decirla una sola palabra del asunto. Se concibe, pues, con cuanta ansia iria á la cita que de una manera tan inesperada habia recibido de la comedianta.
Llamó, latiendole el corazon de esperanza, esperanza que se refería á los doblones que debia recibir, si el negocio se llevaba á cabo, de don Fernando de Válor, y al punto que llamó se abrió la puerta. Era Angélica en persona.
--Entrad, entrad, maese, le dijo, tengo que preguntaros muchas cosas.
Pertiñez, restregándose las manos de alegría, atravesó, siguiendo á la comedianta, dos habitaciones y entró en una inundada por un hermoso sol de medio dia y tan ricamente alhajada como hubiera podido estarlo la de la dama mas principal.
Pertiñez abrió tanto ojo: aquellos muebles á todas luces no pertenecian á maese Bribiesca, que era miserable y raquítico con sus huéspedes.
--¡Ah! ¡ah! exclamó el rapista: ¿sabeis, señora, que debe de llevaros un sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca?
--¡Ah! dijo Angélica, no os he llamado para eso: sentaos.
Y le señaló un magnífico sillon.
--Pero ved, señora, que voy á dejar inservible este hermoso terciopelo de Utrech.
--¿Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta.
--¡Ah! ¡ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda clase de vichos grasientos: ¡qué vida la nuestra!
--¿Me vais á contestar en verdad á lo que os pregunte maese? le dijo Angélica sin escuchar sus últimas palabras.
--Os contestaré á todo lo que querais y á mas de lo que querais, hermosa señora, contestó el rapista.
--Decidme, continuó Angélica, inclinándose hácia Pertiñez, sobre uno de los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: ¿por qué está cubierto con celosías el primer aposento del lado derecho de la escena?
--¡Ah! eso es lo que no podré deciros: por un capricho: lo que sé es que quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la Chancillería para tenerle cerrado.
--Bien: ¿pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese aposento?
--Las personas son un hombre y una mujer.
--¡Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engañado.
--Y, permitidme, señora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me entremeto en lo que no debo: ¿qué razones teneis para pensar que haya una mujer tras de las celosias?
--Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan por mí. Vais á ver.
Angélica se levantó, fué á una especie de secreter de ébano, marfil, concha y plata, le abrió y sacó de él un cofrecillo, con el cual fué á sentarse en el sillon: cuando abrió aquel cofrecillo, se deslumbró el barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.
--Escuchad, dijo Angélica y como si nada la interesasen aquellas joyas; vos habeis visto la comedia que hacemos.
--¿Pues no he de haberla visto? contestó maquinalmente el rapista que no quitaba ojo de la pedreria.
--¿Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la muerte de su padre el rey Mirtilo?
--¡Oh! ¡vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais miedo, señora; tan al vivo lo haceis.
--Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y toquillas, y en medio de todo esto ¿qué diriais que cayo á mis piés?
--¡Oh! ¿quién sabe, señora?
--Pues bien, cayó este collar. Y la comedianta asió por un extremo su magnífico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levantó ante los ojos admirados del barbero.
--¿Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos?
--¡Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un tesoro.
--¿Y no sabeis quien pueda haber sido...?
--Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, miré ansiosamente á todas partes: deseaba conocer á la mujer que se habia desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como hubiera recibido una bofetada: con cólera: este collar era para mí un insulto... la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto humillarme... vos no conoceis á las mujeres, añadió Angélica comprendiendo la estúpida expresion de asombro que se pintaba en los ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este collar, quien me decia sin palabras: «toma y deja de ofrecer tu hermosura y tu ingenio á la soez admiracion del vulgo,» era sin disputa una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas, que pudiese hacerme sospechar que era la dueña de esta joya: las mujeres lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado con celosías... tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer.
--Si sabiais que la habia ¿á qué me habeis preguntado?
--Os diré; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion, encargué á un comediante que procurase informarse de qué personas habia en el aposento misterioso: cumplió su encargo y me dijo que habia visto salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si la dama encubierta habia salido ó no del aposento cerrado, porque habia mucha gente y se habia confundido: pero me aseguró que de todas las damas que habia visto solo aquella llevaba manto.
--¡Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran señora os ha ofrecido un hermoso regalo...!
--¿Qué entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Angélica. Dejadme seguir porque os cuento únicamente esto para que me ayudeis en mis sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada á esperar otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el público me aplaudia con frenesí, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las celosías vi abrirse una de estas, asomar una blanquísima mano de dama y arrojar á mis piés este brazalete.
Y Angélica mostró á maese Pertiñez, cuyo estupor crecia, una segunda y riquísima joya.
--Ya no podia tener duda, continuó la comedianta, de que en aquel aposento estaba la dama que se atrevia á insultarme. Tenia preparado como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del aposento de las celosías, acompañada de un caballero de mas de cuarenta años habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido á una casa grande y principal en el Albaicin, junto á la parroquia de San Miguel. Encarguéle que se informase de quien era aquella dama, y solo pudo decirme que se llamaba doña Inés de Fuensalida, que salia muy poco, y siempre cuidadosamente encubierta, y por último que iba todos los dias al amanecer á la primera misa á San Miguel. Irritada de que mi emisario no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma á aquella mujer, me levanté al dia siguiente antes de que fuese de dia, y me fuí á la iglesia de San Miguel á esperar á esa dama tan misteriosa: al fin al segundo toque de la misa de alba, entró una dama tapada, y aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el rostro: he procurado corromper á sus criados y los he encontrado incorruptibles: por último, en la tercera función recibí un nuevo ultrage, viendo á mis piés estas arracadas que valen tanto como cualquiera de las dos joyas.
--¿Y nada habeis podido averiguar mas claro?
--No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco...
--Si, si por cierto, del señor Diego Lopez á quien conoceis.
--¡Qué yo conozco al señor Diego Lopez! dijo palideciendo Angélica.
--Si por cierto, es el hidalgo á quien encontrásteis conmigo en el comedor, y á quien habéis saludado hace un momento.
--¡Ah! ¡ese jóven moreno, pálido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclamó profundamente pensativa Angélica.
--Si, si señora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman á don Fernando de Válor Aben-Humeya.
--¡Aben Aboo! ¡Aben-Humeya! repitió Angélica.
--Y si supiérais, dijo envistiendo de frente el rapista, cuán loco, cuán enamorado por vos está don Fernando de Válor.
--¡Qué está enamorado de mí!
--Cómo que me ha ofrecido no sé cuantas riquezas, si consigo de vos que le permitais hablaros una sola vez.
--¡Ah! murmuró Angélica; y reponiéndose, añadió: hablemos de la dama: vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.
--Es verdad; pero jamás paso de un aposento del piso bajo, donde me recibe y me paga el mayordomo.
--Vos habeis revendido ese aposento cerrado á esa familia.
--Es verdad.
--Debeis, pues, haber visto á esa dama.
--Si, pero cubierta con el manto.
--¡Oh! ¿y no habéis tenido curiosidad?
--Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del aposento.
--De modo que no la conoceis.
--Ni mas ni menos que vos.
Golpeó impaciente Angélica el pavimento con su pequeño pié.
--Pues yo necesito ver frente á frente á esa mujer, dijo.
--Lo creo, murmuró el rapista, no encontrando otra cosa mejor que contestar á la comedianta.
--Y es que vos me vais á procurar que la conozca.
--¿Y cómo?
--Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.
--¿Estais en vos?
--Sé que os pido un gran servicio, pero os lo pagaré.
--¡Cómo!
--Dándoos una carta de cita para don Fernando de Válor.
Alegróse en lo íntimo de sus entrañas el barbero, pero se mantuvo firme.
--Me pedís una cosa muy arriesgada para mí, señora. Yo puedo proveeros, á cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es la que creeis...
--¿Y qué medio es ese?
--El señor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el barbero, está convidado á comer con ella, y va á vivir en su propia casa.
--Esa mujer será capaz de comer con antifaz, y de hablar á oscuras con Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiñez, y por la llave del aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de Válor.
--¡Dádmela!
--Cuando me hayais entregado la llave.
--Pues dentro de una hora.
--Pues hasta dentro de una hora.
Pertiñez salió contando ya en su imaginacion los brillantes doblones, que esperaba recibir de Aben-Humeya á cambio de la cita de Angélica, y esta se quedó murmurando:
--¡Aben-Humeya! ¡Aben-Aboo! ¡el uno me solicita loco de amores, y el otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin encuentro el principio de mi camino.
CAPITULO VI.
En que continúa un asunto suspendido en el anterior.
Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia establecido maese Bribiesca: habíanle llevado el agua, el caldo y la maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiñez se habia presentado á rasurarle, ni el lacayo del marqués de la Guardia, el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage anhelado.
Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un volcan en una palabra; pensaba á un tiempo en Aben-Humeya, que le arrancaba la corona con que habia soñado; en la Dama blanca de la montaña, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por último, flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje ennegrecido, la magnífica mujer, la cómica, que habia visto un momento al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la hosteria.
Eran estas bastantes impresiones para que el jóven estuviese profundamente preocupado, pasando de la una á la otra en un continuo torbellino, uniéndolas á veces como si fueran partes de un solo cuerpo, como si hubiese entre aquellas mujeres una relación extraña.
Demasiadamente excitado su cerebro, empezó á embrollarse su pensamiento y el oscuro chirivitil en que se encontraba á dar vueltas en torno suyo. Se sentó para dominar aquella especie de vértigo, en una de las sillas que estaban arrimadas á la pared, y permaneció inmóvil procurando dominar sus pensamientos.
De repente oyó ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta; luego la voz de dos personas que hablaban con interés.
De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por algunas palabras para él demasiado interesantes.
--Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el castellano, que don Fernando acabará por perderse.
--¡Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levísima cierto acento extranjero; y ¿qué os importa á vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda ó se gane?
--¡Oh! mas de lo que os parece, señor Godinez, os he traido á este aposento apartado porque aquí nadie puede oirnos ¿sabeis lo que ha hecho don Fernando de Válor?
--Alguna cosa como suya, dijo Godinez.
--Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perpétuo de la Ciudad.
--¿Y quién no lo sabe?
--Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado á su padre por delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado á su hijo por gracia y con arreglo á una sentencia de la sala de Granada. Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don Fernando se vió horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el tal oficio. Don Fernando, pues, al empuñar su vara de regidor perpetuo, se encontró con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de envidias, y además de esto porque don Fernando ha tratado á todo el mundo con tanta altanería, que á todos los tiene ofendidos, y nada hay que extrañar en lo que le sucede.
--¿Pero qué le sucede?
--Esta mañana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla, todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que llevan á sus escuderos ó criados; pues bien, á pesar de esta costumbre reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don Fernando de Válor entró en cabildo con la daga en la cintura.
--¡Un olvido!
--Ó una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado esto que creyó descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dávila, advirtióle con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia armas. Replicó descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don Luis Dávila irritado por su descortesia, le echó mano á la daga para quitársela, y á esta accion, tambien imprudente, sucedió un tumulto espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba al cielo y á la tierra, y yendo el escándalo en aumento, el corregidor llamó traidor á grandes voces á don Fernando y le mandó llevar preso. Mas este, que sin duda estaba preparado, rompió daga en mano por medio de los que se acercaban á prenderle, dejóse herido un portero, ganó la puerta de la sala, la antecámara y las escaleras, montó á caballo y escapó, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto para ponerse á la cabeza de la rebelion. Los tercios se han encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de lanza y coselete que corren á presentarse al capitan general, y este, el presidente de la Chancillería, el corregidor y el alcalde mayor estan en consejo. ¿Y creeis que esto no me importe nada?
--Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos á Sevilla de donde hemos venido, punto redondo.
--¡Volvernos á Sevilla! ¿sabeis señor Godinez que estamos arruinados?