Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 37

Chapter 374,003 wordsPublic domain

Don Juan cerró con disgusto, con horror, los ojos de su alma á estas suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian, le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los acompañan: la venganza.

Don Juan necesitó salir á todo trance de aquella terrible duda, y para salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el duque viudo y en la duquesa de la Jarilla.

Por la primera vez pensó don Juan en presentarse en el alto círculo de la córte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la forma. Nada le placia mas que ese género de reuniones, donde se puede estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las mancebías, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un mundo aparte, en el cual se respiraba mas fácilmente; en que lo bello era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rígidamente oculto por apariencias de virtud. Don Juan comprendió que se puede ser malo pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le separó de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia á aquel otro círculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado.

No hay que decir que fue acogido con un completo éxito, porque esto se comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqués. En la córte tambien, aunque bajo la máscara de una refinada hipocresía y con formas convenientes, encontró don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que, aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos de promesas; opulentas y nobilísimas herederas que le sonreian diciéndole harto claro que era un marido codiciable: las altas cortesanas distinguieron á don Juan del mismo modo que las cortesanas aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas.

Don Juan notó que tambien en la córte habia cieno; pero cubierto de césped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta sobre aquel florido césped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba en su provecho los filones riquísimos que se ocultaban bajo aquel cesped. Pero don Juan fue prudente.

En vez de revolcarse á diestro y siniestro por aquel lodo, se echó á buscar entre él una víctima que le ayudase, sin saberlo, en sus proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado á la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto á ciertas gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta línea de conducta, tenia dos objetos: frecuentaba las primeras casas de la córte, veia en ellas á Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaña, y Amina sabia distinguir entre cien mujeres á la favorita del marqués.

Este habia tenido tacto: para dar zelos á Amina habia elegido una mujer notabilísima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus singularidades.

Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti. Una de las tres singularidades de la córte de Felipe II en aquellos dias, como dijimos al principiar esta segunda parte.

No le fué tan fácil á don Juan, como habia creido, la conquista de la princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus primeras vistas. Frecuentó su trato don Juan, la galanteó de una manera delicada y ella se dejó galantear hasta cierto punto; pero cuando don Juan se lanzó al fin á una declaracion decisiva, la princesa le contestó con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo:

--No puedo aspirar á la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy casada.

Don Juan, respecto á las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente experiencia; creyó que en la princesa italiana habia encontrado una virtud á prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado, por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empeñó en el sitio de la durísima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de éxito pidió informes á sus amigos.

Esto equivalia á reconocer las obras avanzadas de la plaza.

--Os habeis metido en una empresa diabólica, amigo mio, le dijo el marqués del Vasto, á quien don Juan abrió su pecho. Nada conseguireis de la princesa.

--¿Y por qué razon, amigo don Alonso? repuso el marqués.

--Por la sencilla razon de que en cuatro años que lleva en la córte, ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de poseerla.

--¡Ah! ¡ah!

--Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se encontraban los interlocutores en un ángulo de un salon de la casa del duque del Infantado).

--Os engañais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella.

--Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la córte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un prodigio; ved qué cabellos, qué frente, qué ojos... qué todo. Pues bien: lo que mas hace codiciable á esa mujer, no es su hermosura, sino la situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la _casada-vírgen_.

--¡Bah! siempre he tenido eso por una exageracion ó por una burla.

--Pues no es ni burla ni exageracion.

--¿Sabeis algo acerca de esa singularidad?

--¡Bah! lo sabe todo el mundo.

--Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo sé.

--Pues vais á saberlo, para que todo el mundo lo sepa.

--Os escucho.

--Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana.

--Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serenísima república.

--La princesa se ha criado en Roma.

--No son tampoco vestales todas las romanas.

--Sea como quiera, Angiolina quedó huérfana á los diez y seis años. Su padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma, cosido á puñaladas. Sola y sin amparo Angiolina, salió de Roma, pasó á Toscana, y entró en un convento en Lierna. Conocióla por un accidente en el cláustro, el príncipe romano Maffei Lorencini; comprendió que Angiolina no tenia vocacion al cláustro, en el que solo habia entrado por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La habló, la pidió su mano, y aunque el príncipe no era ni jóven ni hermoso, Angiolina prefirió el mundo al lado de un esposo poco agradable, al cláustro junto á monjas menos agradables que el príncipe. Aceptó y se casó con él. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en la cámara nupcial, la dijo:

[imagen: La princesa Angiolina Vizconti.]

--Entrásteis por necesidad en el cláustro, y no quiero que por necesidad os sacrifiqueis á un hombre que no puede agradaros. En vez de ser vuestro marido seré vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os pasará por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado mi heredera: vos sois jóven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y princesa.

--El señor Maffei Lorencini fue un héroe, dijo don Juan.

--No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce; á pesar de que, por lo mismo, Angiolina está enteramente libre, ha guardado de tal modo la honra del príncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuéntase (el marqués del Vasto bajó la voz), que su magestad ha deseado tambien á la princesa, y que ha salido tan mal parado como todos los demás.

--¿Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar á un amante?

--¡Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; está enamorada de sí misma. Solo se la ha conocido una pasion.

--¿Cuál?

--La de la envidia, y esta no se la conoció hasta que se presentó en la córte la hermosa duquesita.

--¡Ah! exclamó profundamente don Juan.

--Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la córte, la reina de la hermosura, hasta que se presentó ese nuevo sol, esa doña Esperanza, que la ha eclipsado.

--Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en práctica un pensamiento brillante que habia concebido.

--Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy á daros, añadió el marqués del Vasto. Si no quereis sentenciaros á un sufrimiento inútil, no volvais á pensar en la princesa.

Estrechó don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la princesa, fué á sentarse en ella.

[imagen: El marquesito]

El pensamiento que habia concebido el marqués, era el siguiente: siendo cierto que la princesa envidiaba á la duquesita, debia aborrecerla. Si don Juan lograba que doña Esperanza se mostrase enamorada de él hasta el punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer conocer á la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su amor.

Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar á la mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones.

CAPITULO VII.

La una por la otra.

Habíase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion de espíritu muy favorable para conseguir su intento. Habíase colocado entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre él una atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que seriamente empeñado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente, y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jóven sultana, excitaba sus deseos.

Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por ella.

Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello mórvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas, dulcemente arqueadas y negrísimas; negros los ojos, rasgados, resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestañas, que no sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada ó para aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente pálida, lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivísimo, puro, fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza, de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rígido contorno, la magestuosa armonía, la extremada belleza de la estatuaria griega, de los buenos tiempos en que los griegos robaron á la naturaleza sus mas bellas y puras formas para animar con ellas el mármol.

Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.

Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no sé qué de severo, de casi duro, de las formas enérgicamente correctas, el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual é incitante, y la mirada lánguida, velada, dulcísima. Esto, se entiende, en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando, por efecto de su envidia y de su rivalidad hácia Amina, rivalidad hasta entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la princesa tenia toda la siniestra, sombría y terrible expresion del angel caido.

Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, ó cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.

Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible, de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos siendo desdeñado, ó devorado por un amor frenético, exigente y zeloso, siendo amado.

Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis años, á penas representaba veinte.

Cuando se presentó por primera vez en la córte de las Españas con su viejo marido el príncipe Lorencini Maffei, causó una sensacion profunda.

Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia española no tenia rival en Europa, la córte de las Españas era muy concurrida de gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en ella las mujeres hermosas; encontrábanse á cada paso, en las iglesias, en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo extremadamente enérgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto por lo relativo al extranjero, que en cuanto á lo relativo al interior, al género de casa, la córte era una admirable y variada exposicion de fidalgas vascongadas, montañesas, asturianas y gallegas, con su candor y su nítida blancura; de andaluzas y estremeñas con su mirada volcánica; de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enérgico y duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura, y por último de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en galanteos, y sus artes y sus aliños que suplen á la hermosura. El aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que, ademas de las blancas, las trigueñas, las morenas y las doradas, no faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el ébano y hermosas, con arreglo á su tipo, que servian de doncellas esclavas, en la mayor parte de las casas de la nobleza.

Difícil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese, brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de bellezas. Sin embargo, á su aparicion en la córte, Angiolina alcanzó un éxito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeños, y se hicieron codiciables una mirada suya, una sonrisa ó una inclinacion de cabeza algo expresivas.

Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un empeño; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como casada-vírgen, y las exageraciones que con relacion á ella se citaban, la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion de Amina en la córte, que fue una singularidad de mas monta.

Llevábala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia á Yaye); conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca, tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran prestigio á Amina.

Por otra parte Yaye habia entrado en la córte, asombrándola con su inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas á las mas altivas grandes de España y se ponderaban los tesoros de la _duquesita_. Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria, con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrería eran las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como hubiera convenido á su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto á lo demás, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, á muchas de las riquísimas y faustosas señoras de la córte.

Esto y su rivalidad con Amina, eran los únicos sinsabores que amargaban el corazon de la princesa: por lo demás, tenia un excelente marido, ó mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia á hacerla una brevísima visita de año en año, y que la dejaba enteramente entregada á sí misma y dueña de sus acciones, libertad de que, segun fama pública, no habia abusado en lo mas leve la princesa.

Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqués de la Guardia para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto, podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido á sus deseos.

La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano á mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la princesa se encontrasen demasiado próximas aquella noche en la casa del duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase vacío el único sillon que las separaba, en el que se sentó don Juan.

Cuando un hombre que vale tanto como el marqués valia, se encuentra colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion especial que generalmente es fecunda en consecuencias.

Amina, que antes de llegar el marqués, se habia mostrado indiferente y altiva con la princesa, al saludar don Juan á esta, se puso pálida; al sentarse el jóven se la comprimió el corazon, y sus ojos se fijaron con ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al saludo del marqués.

Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la situacion. Don Juan tomó familiarmente, como un hombre que está autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y á propósito de su mérito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se nubló; su altivez rugió poderosamente dentro de su alma, y las oleadas de aquella tempestad salieron á su rostro, tanto mas determinadas cuanto la jóven luchaba por ocultarlas: don Juan dejó que Angiolina gozase de su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para amargar aquel triunfo, para empeñar, en una palabra, á la princesa: aquella ocasion no tardó en presentarse: algunos músicos, con guitarras y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de la época.

Entonces el marqués se volvió á Amina, y mirándola de una manera tal que parecia decir: «á vos, sola á vos amo,» la invito á bailar.

Amina entregó su mano á don Juan, se levantó en un movimiento nervioso, y clavó una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contestó con otra mirada de amenaza.

Amina y el marqués se lanzaron en el baile: la princesa se negó á todos los que llegaron á invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre los brazos del marqués, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba una mirada rápida, fugitiva como un relámpago, pero llena de insultos, á la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi, el alma de Angiolina y hacia asomar á su semblante las oscilaciones de una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tomó una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion decidida; y cuando, terminada la danza, el marqués volvió con Amina y se sentó de nuevo junto á la princesa, esta se apresuró á decirle:

--Cuento con vuestra cortesanía, don Juan.

--Quien os ha ofrecido su corazon, señora, contestó el marqués, está siempre dispuesto á serviros.

--Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aquí; respirar el aire libre; mis criados aun no habrán venido; es temprano. ¿Quereis acompañarme, señor marqués?

Don Juan se levantó, saludó á Amina, y dió el brazo á la princesa.

Amina sintió que el corazon se la rompia al recibir la mirada indescribible con que Angiolina se despidió de ella: comprendió cual era la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla la posesion de don Juan: pero existe una ley tiránica que encadena á la mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneció aniquilada en su asiento, mientras el marqués y la princesa salian juntos, causando con su salida uno de esos sordos escándalos, que se hacen por un momento dueños exclusivos de la sociedad en donde pasan; que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la conversacion de todos.

--¿Quereis que pida una litera? dijo el marqués cuando estuvieron en el zaguan.

--No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.

El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.

--Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.

--Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.

--¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?

--¿_Para que vayais_? Contestó la princesa subrayando con su intencion particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa, no venís vos tambien?

--¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os acompañe?

--No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva de guia?

--Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.

--¿Quién sabe?

--Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he notado que alguien nos sigue.

--¿Y qué me importa? ¿Qué os importa á vos?... Sigamos: mirad que noche tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y que nos sigan en buen hora.

--Creo señora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo singular; os estremeceis toda.

--Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco viento de la noche.

Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.

Empezaron á rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho bastante; él se habia propuesto que ella lo dijese todo.

Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon á Angiolina.

--Qué pensareis de mi don Juan, le dijo.

--¿Qué quereís que piense? dijo don Juan.

--¿Que qué quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.

--Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando habeis necesitado de alguno que os acompañe.

--¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?

--Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera de vuestros conocidos.

--Pues os habeis engañado.

--¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?

--¡Oh! ¡si!

Y aquel ¡_oh_! ¡_si_! de la princesa equivalia á decir: _yo os amo_.

Don Juan se hizo el torpe.

--Pues no tengo motivos para creer... dijo.

--¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma impaciencia la princesa.

--¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!

--¿Y qué os he dicho?

--Que no podeis amarme.

--Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.

--¡Ah señora!