Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 36

Chapter 364,039 wordsPublic domain

--Por lo mismo el servicio que voy á pedirte es mas humilde, mas degradante, que el oficio que tienes delante de todo el mundo, siendo alferez de los tercios viejos de Flandes.

--Y te traigo muy buenas nuevas, señor.

--Dejémoslas para mas adelante. ¿Cuándo has llegado?

--Hace una hora; quise veros al momento; pero me dijeron que estabais con la poderosa sultana Amina.

--Para guardar el honor de la sultana, es necesario que busques cuatro de nuestros monfíes, los mas astutos, los mas feroces, los mas callados, con los cuales cumpliras el decreto que voy á darte.

El emir escribió algunas lineas en caracteres árabes, y entregó despues el papel donde las habia escrito, á Harum, que dijo despues de leerle:

--Vuestras órdenes se cumplirán, poderoso señor.

--Cuenta con equivocaros: las señas son claras.

--Si, si, señor; plazuela de Peranton, rinconada: una claraboya redonda sobre la puerta, y una reja de madera á la izquierda.

--No sé cómo recompensarte el sacrificio que me haces encargándote de este servicio. Pero no me fio de nadie... de nadie... y á veces ni aun de mí mismo.

--Vos ordenais, señor, y lo que ordenais debe ser justo. Vos sois el señor, yo el vasallo: vos la cabeza, yo la mano. Ignoro el delito de esas gentes. Pero vos las condenais y basta.

--Si, justicia, justicia severa... véte Harum. Mas tarde me hallarás dispuesto á escuchar las nuevas que me traes.

--Pero esas nuevas, señor...

--Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa máscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamaré, Harum.

El leal monfí se inclinó profundamente y salió.

* * * * *

Lo que pasó en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija del emir de los monfíes; con el marqués de la Guardia, fue horrible.

Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron á las ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que, saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad.

Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontró la puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian acogido á la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos á puñaladas sobre un lago de sangre.

Un niño como de unos cinco años, jugaba arrastrándose por el suelo y manchándose de sangre, á la luz de una lámpara, con algunas monedas de oro: la justicia recogió los muertos, el niño y las monedas, se guardó estas últimas, entregó el niño á una moza de vida alegre llamada la Sastra, que le pidió para adoptarle, y envió los cadáveres al cementerio.

Nada mas se supo acerca de este lúgubre asunto: ni por mas que la justicia se ocupó dos dias en averiguar quiénes fuesen los asesinos, pudo dar con ellos.

CAPITULO V.

De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.

Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que, á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.

Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que él podia verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo, que nos obliga á anteponer una mujer á todo otro amor, á todo otro interés, aun á nosotros mismos: ¿qué mas podremos decir cuando digamos que don Juan habia prometido solemnemente á Amina ser su esposo, y que al prometerlo habia pensado cumplir rígidamente su promesa?

Cuando su tio le oyó decir que iba á pedir por esposa su hija al duque, palideció y sintió un terror mucho mayor que el que habia sentido su sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina: una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino, emancipado de su tutela: esto importaba muy poco á don César de Arevalo, pero importábale muchísimo primero verse obligado á rendir cuentas de unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian dar buenos rendimientos.

Don César acusó de loco á su sobrino: púsole ante los ojos desde el primero hasta el último de los inconvenientes del matrimonio: recordóle los muchos maridos que él mismo habia modificado, y, á propósito, la hipocresía, el talento y la astucia satánica de las mujeres para engañar á sus maridos, respecto á lo cual apelaba á la experiencia propia del marquesito: apuró toda la infame lógica de los libertinos; apeló á las armas del ridículo; al egoismo, á todos los elementos enemigos del matrimonio. Su sobrino le dejó hablar, y cuando el tio, creyendo que habia causado en el marquesito un magnífico efecto su perorata, hubo concluido, el jóven pronunció con un aplomo que daba á conocer lo irrevocable de su resolucion:

--Me caso.

--Pues yo os digo que no os casareis.

--Me casaré.

--Yo no os daré mi consentimiento.

--Me le dará el rey.

--El duque no os dará su hija.

--Se la robaré.

--No teneis poder para ello.

--Lo veremos.

--Lo veremos.

Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.

Y es el caso que aquella frase de su tio: «_el duque no os dará su hija_» habia impresionado sobremanera al jóven, causándole una triple herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia dicho el jóven estrechándola en sus brazos:

--Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.

--Mi padre no os dará mi mano, habia respondido Amina suspirando.

--¿Y porqué? la habia preguntado anhelante el marqués.

La _hermosa duquesita_ solo habia contestado con otro suspiro.

Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa á pesar de los cielos y de la tierra.

Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la de Amina, tomó una resolucion heróica.

Fuese en derechura á la casa del duque, y se hizo anunciar.

Inmediatamente fue introducido.

Al ver á Yaye experimentó por primera vez ese sentimiento de respeto hácia todo lo que concebimos superior á nosotros. Ya hemos dicho que Yaye, á pesar de sus cuarenta y mas años, de sus desgracias, de su lucha, se conservaba vigorosamente jóven, como en los dias en que enamoraba por caridad á doña Isabel de Válor. El marquesito concibió perfectamente que el duque de la Jarilla, á quien no conocia, fuese padre de Amina, y que á no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que á despecho de los años se estacionan; una de esas juventudes que han perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqués de la Guardia se sintió, pues, dominado, y perdió mucho del valor audaz de que iba provisto.

--¿Tengo la honra, dijo inclinándose cortesmente, de hablar al señor duque de la Jarilla?

--Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicándole con la mas perfecta cortesanía un asiento.

--Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqués sentándose; nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.

--¡Qué quereis! aunque vivo en la córte ando muy retirado de ella: solo he venido á Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como hacen muchos, porque será difícil, muy difícil que mi hija se case; sino porque no se fastidie en un rincon de nuestras montañas.

--¿Decís que es muy difícil que vuestra hija, la hermosísima duquesa de la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion, creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida en la córte, circunstancia que sabia todo el mundo: ¿y podria preguntaros, sin parecer indiscreto, por qué es muy difícil que se case doña Esperanza?

--Sí por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy á contestaros; entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.

--¡Reina! exclamó atónito el marqués.

--Si por cierto, mi hija no se casará sino con un rey.

El marquesito miró fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo, como contestando á aquella mirada:

--Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casará con un rey.

--¿Estais enteramente decidido á ese empeño?

--De todo punto.

--¿Y contais con que vuestra hija?...

--En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden: obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija piensa como yo, enteramente como yo.

--Permitidme que lo dude.

--Dudad cuanto querais.

--Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.

--Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.

--¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...

--Sé que venís á pedírmela por esposa.

--Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado....

--¡Por su amor!

--Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven, sin medir las consecuencias de su dicho.

--Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo: bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche: porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo quiso.--Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser vuestra esposa.

--¡Señor duque!

--No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema felicidad de la posesion de mi hija.

--¡Señor duque!

--Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?

El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de Yaye, que continuó.

--No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin, mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.

--¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os hacen desistir de vuestro extraño propósito?

--Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.

--¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?

--Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.

--¿Y me ama?

--Vais á juzgar por vos mismo. ¡Ola!

Al llamamiento del duque, se abrió una mampara y apareció un criado.

--Decid á la señora duquesa que la espero, dijo Yaye.

Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos de mujer, acompañados del crugir de un trage de seda; se levantó el pestillo de una puerta, y al fin, Amina se presentó en la cámara de recibo de su padre.

Al ver al marqués se puso letalmente pálida, retrocedió un paso, ahogó un grito, y se llevó involuntariamente la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en él un golpe de muerte: despues quedó inmóvil, fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.

Yaye se acercó á ella, la asió de una mano, y llevándola junto al marqués, la dijo:

--El señor marqués de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad: esta se reduce, á que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de buen ó mal grado los deseos del señor marqués: yo te juro, por la memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo serás. Ahora puedes responder al señor marqués.

--Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto á su alteracion, y cuya palidez mate era la única señal que conservaba de la emocion que habia causado en ella la inesperada vista del marqués: yo os agradezco con toda mi alma, el que os hayais acordado de mí para hacerme vuestra esposa; jamás olvidaré que habeis venido á ofrecerme lo que indudablemente me haría muy felíz; vuestro nombre y vuestra fé; pero yo no puedo aceptar.

--¡Que no podeis! ¡es decir que!....

--No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don Juan.

--Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no quiere ser vuestra esposa.

Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.

--Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos: fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo agradezco: yo os perdono.... á pesar de que me habeis causado una herida que siempre brotará sangre.

--Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.

--¿Cuál? contestó con amargura Yaye.

Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz resuelta:

--Tomad mi sangre, señor.

--¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.

Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.

Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente, como pudiera haber llorado una mujer desesperada.

--¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo conmovido Yaye.

Hubo un momento de solemne silencio.

Yaye tomó entrambas manos al jóven.

--¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.

--¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la salvacion de mi alma.

--Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.

Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven marqués.

--¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro extraño empeño?

--No, no por cierto: mi hija, vuestra _Esperanza_ se casará con un rey: esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.

Causó tal impresion aquella nueva extravagancia en el ánimo del marqués, que miró fijamente al duque, temiendo habérselas con un loco; pero en los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.

Don Juan temió volverse loco si permanecia un momento mas en aquella casa, y salió delirante, frenético, sin despedirse del duque.

Este se quedó murmurando:

--¡Fatalidad! ¡la mano que mató al padre, no debe matar al hijo!

CAPITULO VI.

Del medio que eligió el marquesito de la Guardia para irritar el amor de Amina.

Ciertamente era necesario un obstáculo de gran monta para detener en su carrera al voluntarioso don Juan.

Acostumbrado á que todo se rendiese á sus deseos, era un torrente cuyo curso se hacia cada vez mas rápido, y sus aguas mas turbias: al fin habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejándola enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al torrente de las pasiones del marqués.

Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le sonreian, abriéndole sus brazos, ó virtudes fáciles que cedian en el momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jóven. Esto en cuanto á las mujeres. En cuanto á los hombres, como el marqués era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas esforzados, nuestro jóven campaba entre ellos por su respeto, puesto que el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse comprometido en un lance desastroso.

Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres, considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la _hermosa duquesita_, por aquella otra singularidad femenina, por aquel hermosísimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los empeños de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente de acero de la murmuracion femenil.

El marqués, que como hemos dicho, antes de conocer á Amina, se habia sentido arrastrado hácia ella por un impulso instintivo; que al verla se habia enamorado en un solo momento, como jamás se habia enamorado de otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella niña magnífica en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su boca su vida; se vió sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo, que como hemos visto, habia dado el paso, en él extraño y casi milagroso de pensar en el matrimonio.

Don Juan se habia transformado de repente, de señor en siervo, de burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de que el amor se habia valido.

Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para dominar al soberbio don Juan.

Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no sé qué dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la enérgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las fuerzas que conocemos.

Don Juan se sintió humillado; pero al ser humillado se sintió engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el desprecio público; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo que le humillaba dominándole, porque para él todo dominio era humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que á todo se sobrepone y que dominándolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia apoderado del alma del marqués, le habia hecho gozar por un momento de un cielo para despeñarle despues á la tierra y decirle:--No pasarás de ahí.

Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse á aquel cielo, conoció que sus alas se habian quemado; que era un ángel rebelde, caido entre el lodo, y solo aspiró lo nauseabundo, lo fétido de aquel lodo, cuando quiso levantarse á otra region mas pura, y no pudo; cuando lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueño de impureza que habia dormido desde su infancia, oyó una voz terrible, la de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una resolucion irrevocable:--No quiero ser vuestra esposa.

¿Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la fatalidad coloca á la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba á la _hermosa duquesita_, era amado de ella. ¿Acaso aquel padre que parecia tan terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pública, tendria por objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero él se habia presentado decidido, resuelto á ser esposo de la duquesita y se le habia rechazado. ¿Seria que efectivamente padre é hija estuviesen locos ó fuesen tan soberbios, que aspirasen á un trono? ¿Y qué trono podia ser este? ¿El de España? ¿El que ocupaba el tremendo, el frío, el calculador Felipe II?

Esto era un absurdo, un sueño insensato, y sin embargo, pensó en ello el marqués de la Guardia, á pesar de lo monstruoso del pensamiento.

¿Acaso se contaria con el príncipe de Asturias?

Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos años. Contábanse de este príncipe en los círculos íntimos de la córte, vicios repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos impuestos al príncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada habian influido respecto á las viciosas inclinaciones del príncipe. Las damas de la reina se veian á cada paso obligadas á quejarse de las tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas, desaparecian del cuarto del príncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo, sus gentiles-hombres, sus caballerizos, á trueque de no irritarle, encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado á cerrar los ojos y los oidos á muchas cosas, para no verse en la dura necesidad de castigarlas; para no dar el escándalo de reducir á una prision rigorosa al heredero inmediato de la corona.

Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la confianza del príncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros.

Pero si Yaye, conociendo el carácter voluntarioso del príncipe, y contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en ponerla por este medio en el trono de las Españas, era necesario deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles.

En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de España, y cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un imposible, con un milagro. Si él se casaba secretamente... esto era tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don Juan creia, alcanzaban á todas partes; pero contando con la maldad de que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado suponer que el príncipe se rebelase contra su padre, procurase destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese á la altiva nacion española una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros títulos á la corona que el capricho del príncipe.

Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos (que, segun opiniones muy autorizadas, era víctima de una feroz monomanía), ¿pero cómo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla y para su hija, que se prestasen á tales proyectos? Siendo asi, el duque era un traidor, un infame, y doña Esperanza una miserable prostituta; porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion á su amor, se casa con un rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su alma por un trono.