Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 35

Chapter 354,083 wordsPublic domain

--Si; acaso sea verdad que soy irresistible. Un príncipe real, exclamó con amargura Amina, un pobre loco, arde por mí en deseos impuros, y por mí es capaz de atentar á los de su padre. Ese mismo padre, el taciturno y grave Felipe II, no ha podido ser siempre tan prudente, que yo no haya visto en él alguna vez una chispa de deseo en una mirada; los grandes mas grandes de la córte, se arrastran á mis piés, olvidada la soberbia que les inspiran sus blasones y sus riquezas. Llámaseme por excelencia, y con gran envidia de las damas de la córte, la hermosa duquesita, y acaso, acaso, soy irresistible. Pero el adquirir ese poder tentador me ha costado la paz de mi alma. Tú no sabes, padre, de qué modo han llenado mi pensamiento despierta, y mi sueños dormida, todas esas ardientes imágenes de los cuentos de hadas y de amores; tú no sabes, padre, de qué manera lenta, pero segura, se ha ido formando en mi alma, un amor intenso, ardiente, roedor, que me hace necesario un ser á quien unir mi alma, á quien enamorar con todo el amor que mi alma encierra; á quien enloquecer con mi hermosura desnuda, incitante, palpitante, con toda la tentadora fuerza de mis ojos; tú no sabes de qué manera se ha ido formando dentro de mí un ser imposible, por lo hermoso, por lo grande, por lo enamorado; un conjunto de perfecciones; un amante divino, á quien yo veo solo con cerrar los ojos: tú no sabes cuánto le acaricia mi alma, cuanto le ama, cuanto desea verle ante sí, como una realidad que se toca, no como un sueño que huye. Tú no sabes cuán hermoso es el satanás que ha besado mi frente, dejando impresos en ella sus hermosos labios, empalideciendo mi semblante, y arrojándome del perdido jardin de Hiram de mi pureza. Tú no sabes cuán desesperado, cuán ansioso, cuán muerto á la esperanza está el corazon de tu Esperanza.

Este terrible juego de palabras, hizo levantar la cabeza á Yaye y fijar una mirada infinitamente ansiosa en su hija.

En efecto, el semblante de Amina, revelaba una desesperacion tan profunda, que Yaye se sintió completamente aniquilado.

--¡Pero ese hombre..! ¡ese hombre..! ¡ese esposo á quien has elegido! exclamó el duque con un acento supremo por lo desesperado: ¿no le amas?

--No lo sé aun.

--¿Has sido suya en un momento de delirio?

--Si.

--¡Oh! exclamó Yaye.

Y aquella exclamacion era al mismo tiempo una blasfemia y un rugido de amenaza.

--Desde que fui presentada en la córte, poco despues, continuó Amina, oí hablar de un hombre con quien los ociosos habian tenido á bien casarme de una manera singular: supe que, por un capricho, habian dejado de llamarme la hermosa duquesita para llamarme la mujer del marquesito.

--Pero ¿quién era este marquesito?

Un jóven de mi misma edad ó poco mas, de quien se decian maravillas; las damas hablaban de él con deseo, y los hombres con envidia; sin saber como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyéndole todas las prendas que yo soñaba en el hombre de mi amor, amé sin conocerle al marqués, pero con delirio, como únicamente puedo amar yo.

Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de verle en la córte; pero el marquesito jamás concurria á ella. Al fin, ayer, cuando incendiado el tabernáculo del templo, huia despavorida, sentí que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba consigo hasta un lugar solitario donde me dejó en tierra. Brillaba la luna. Ante mí habia un jóven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como no habia visto ninguno. Sentí que mi corazon se rompia, que me arrastraba hácia aquel hombre, y cuando en un accidente de la conversacion brevísima que se cruzó entre nosotros, supe que aquel hombre...

--Era él... observó roncamente Yaye.

--Si, el _marquesito_: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueño, por ese sueño fatal de amores: lo olvidé todo: para mí no existia nadie en el mundo mas que él: me dejé conducir á donde quiso, y cai en el abismo que se me habia preparado, envenenando mi alma.

Detúvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra.

--Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantándose y arrodillándose á sus pies, mátame; mátame, porque te he deshonrado; mátame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el amor que yo habia soñado: porque al perder mi pureza he conocido que era pura; porque no puedo volver á mi hermoso sueño que era mi edem, porque... porque si tú no me matas, me mataran el dolor... y la vergüenza.

Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo é inundados de lágrimas, era el mas bello trasunto del ángel de la desolacion.

--¡El nombre! ¡el nombre de ese hombre! exclamó Yaye levantándose con impetu.

--¡Ese hombre se llama el marqués de la Guardia! respondió Amina.

Al oir esta revelacion el duque, cayó de nuevo desplomado sobre el sillon.

--¡El marqués de la Guardia! ¡El marqués de la Guardia! ¡Fatalidad! ¡Horrible fatalidad!

Luego, como saliendo de un horrible sueño, exclamó:

--Yo no puedo matar á ese hombre: tú no puedes ser su esposa.

--¿Y quién te pide su muerte? exclamó palideciendo Amina.

--¡Le amas!

--¡Oh! ¡no lo sé! ¡no lo sé! ¡aun no le conozco bien! ¡pero si él me amase, si él me amase como yo le amaria!... y luego... ¿Tiene la culpa de haber encontrado en su camino una virtud tan frágil que se ha roto al primer choque!... ¡matarle! ¿y por qué? ¡yo soy la que debo morir!

--Si yo no fuese lo que soy, serias su esposa, Amina: si se negaba á ser tu esposo, seria asunto de hacerle pagar con la vida la felicidad de haberte poseido, y de encerrarte donde nadie pudiera ver tu deshonra. Pero ese casamiento es de todo punto imposible por varias razones. Sobre todas está la de que tú debes ser esposa del príncipe don Carlos.

--¡El príncipe don Carlos! exclamó con terror Amina; con un terror que no habia demostrado, durante su audaz revelacion á su padre, ni cuando le pedia que la matase.

--Si, dijo Yaye: la fatalidad quiere que tú seas reyna.

--Pero, padre mio: ¿olvidais que para ello es necesario hacer de el príncipe un parricida? ¿á tal malvado quereis unirme?

--Mira, Amina: allí, y el duque extendió su brazo rígido y fatal hácia el Oriente: allí hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el vencedor: allí se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su familia, á ancianos cubiertos de canas, á hombres en la fuerza de su vigor: allí los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: allí se destila gota á gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al otro lado de los mares, tras la inmensidad del océano, un pueblo que tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceñirá un dia tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencérsele por la fuerza: Satanás le ayuda: es necesario acercarse á él como la serpiente, acechar su sueño, y morderle antes de que despierte, en el corazon: tú y yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergüenza nuestra frente: ¿qué importan los medios con tal de que nos lleven al fin apetecido?

--¡Pero si aun asi no logramos salvar á esos desgraciados! ¡si nos perdemos inútilmente!...

--Habremos luchado con todas nuestras fuerzas.

--¡Esposa del príncipe don Carlos!... murmuró mortalmente pálida Amina.

--Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado dolorosa para que queramos prolongarla. ¡Dios lo ha querido, y es necesario resignarse á su voluntad! vete: déjame solo; quítate esas lúgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de tristeza; preséntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Guárdalo tú tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqués.

Y despues de esto, llegó á su hija, la besó en la frente, la asió de una mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cámara.

Amina desapareció tras el tapiz.

Yaye permaneció algun tiempo inmóvil, como una estátua, con la mirada fija, abstraida; luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante, adoptó de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser su expresion característica; fué á la mesa, abrió un cajon con llave, sacó cuidadosamente unos papeles y se puso á hojearlos.

Poco despues se levantó, puso los papeles en un armario, cuya llave guardó cuidadosamente en un bolsillo, y se fué á la puerta.

--No ha venido aun el señor Cisneros, dijo con acento breve.

--Ah, señor duque, dijo otra voz á la puerta opuesta de la antecámara; aquí me teneis, y no muy á tiempo por cierto, porque creo que os impacientais.

--Si, me impaciento, Cisneros, dijo el duque dejando pasar á su cámara á este segundo personaje y cerrando tras él la puerta.

--Perdonad, dijo Cisneros; pero me he acostado anoche muy tarde, y aunque ya han dado las diez de la mañana, hoy es para mí muy temprano.

--Sentaos.

El duque señaló un sillon á Cisneros y se sentó en otro junto á una chimenea, cuyo fuego se puso á arreglar de la manera mas natural.

Tenemos delante dos personajes, la fisonomía de uno de los cuales se habia modificado, mientras la del otro nos es enteramente desconocida.

Yaye era por aquel tiempo un hombre jóven aun, de poco mas de cuarenta años, y de mediana estatura; era aun, sin embargo, gallardo sobremanera, y de todos sus movimientos, de todas sus actitudes rebosaban nobleza y distincion; esa especie de distincion que solo poseen los que desde la cuna han vivido en la opulencia, mandando y siendo obedecidos. A mas de su juventud y su gallardía, conservaba su poderosa hermosura, su tez blanca, densamente pálida, y tersa y límpida, tanto en su semblante como en sus manos, que revelaban por su forma que ningun rudo trabajo las habia ocupado jamás: sus cabellos negrísimos, rígidamente cortados segun la moda de la nobleza española, eran tan espesos que contrastaban de una manera decidida con la mate y diáfana blancura de su frente: sus cejas y su barba, convenientemente recortada, eran tan negras y tan tupidas como el cabello, y sus negros ojos habian adquirido un no sé qué de dominador, de fijo, de valiente, de incontrastable: aquellos ojos eran un abismo en cuyo fondo solo se leía nobleza y talento, y á veces, cuando nadie le veía, desesperacion y remordimiento. Su boca, aun sin hablar, mandaba, por su configuracion particular, y su nariz, un tanto aguileña, acababa de armonizar las líneas rígidas, bellas y magestuosas de su semblante.

Yaye debia imponer consideracion, respeto ó miedo á la persona con quien hablase, con arreglo á la situacion ó al carácter de esta persona.

Lo que indudablemente inspiraba al comediante Cisneros era miedo, lo que se comprendia por mas que este quisiese disimularlo.

Pertenecia Cisneros á otro tipo enteramente distinto: era buen mozo, bien proporcionado, de buen talante; pero habia en su belleza un decidido sabor picaresco, audacia baja en su mirada y mucho de rufianesco en sus maneras: todo esto encubierto y como velado por un baño de córte, y por su trage rico, término medio entre las ropas usadas por la nobleza y los hombres ricos de la clase media. Llevaba espada de gabilanes ancha y larga, un tanto mas de lo que consentian las pragmáticas; limosnera y jubon bordados, pero con una profusion y una riqueza de mal gusto; un arete en la oreja izquierda y las manos cuajadas de cintillos: la hipocresía ó el fanatismo estaban representadas en él, por un rosario de cuentas gordas y relucientes, sujeto en su cinto al lado de la espada, y por lo demás, unas calzas de grana, unas botas rizadas de gamuza, sin espuelas, y una capa larga, de paño fino de Segovia, completaban su trage.

Desde el momento en que Cisneros se encontró sentado frente á frente con Yaye, fijó en él una mirada ambigua, que tanto tenia de audaz como de recelosa. Yaye parecia no reparar absolutamente en Cisneros y seguia arreglando sus tizones.

--Hace un buen frio, dijo.

--El invierno se alarga mas de lo justo, contestó Cisneros.

--Y no deben ser las noches muy á propósito para pasarlas al sereno corriendo aventuras.

--¡Ah, señor duque! estas noches son mucho mas á propósito para pasadas al lado de una chimenea entre dos cosas que se parecen mucho en la figura y en los efectos.

--¿Y cuáles son esas dos cosas que se parecen tanto?

--Una botella y una mujer.

--¡Ah! ¿y habeis pasado de tal suerte la noche el príncipe y vos?

--¿El príncipe y yo?

--¡Qué! ¿no le habeis acompañado?

--No señor; pero me ha tenido de ronda toda la noche observando á otras rondas que han andado de acá para allá, buscando como sabuesos, y sin poder dar con lo que buscaban.

--¿Y qué buscaba el príncipe?

--Buscaba á vuestra hija, contestó con una audacia infinita Cisneros.

--Solo se busca lo que se ha perdido, contestó friamente el duque, y mi hija no ha estado perdida un solo momento.

--Sin embargo no volvió con la córte al alcázar, y se dice ó se decia anoche de público, que habia desaparecido entre el desórden causado en el Buen-Suceso, por el incendio del monumento.

--Es cierto; pero mi hija aterrada, apenas se vió por un milagro en la calle, tomó el camino del monasterio de las Vallecas, que como sabeis, está cerca del Buen-Suceso, en la calle de Alcalá, donde recientemente ha profesado una parienta nuestra por parte de mi difunta esposa. Doña Esperanza ha pasado la noche en el convento. Avisáronme algo tarde de ello, cuando ya sabia yo que mi hija habia desaparecido, y cuando me habia puesto en su busca, razon por la cual, no he podido saber su paradero hasta que al amanecer he vuelto á mi casa.

--Pues si vos no me hubiérais afirmado en mi creencia de que el convento de las Vallecas está en la calle de Alcalá, dijo Cisneros doblando su audacia, al saber de vuestra boca que mi señora doña Esperanza ha pasado la noche en un convento, hubiera creido que el tal convento era un casuco en la plazuela de Peranton, que está, por cierto, mas cerca que las Vallecas del Buen-Suceso.

--¿Quién os ha dado tales noticias? dijo Yaye posando una mirada profunda y amenazadora en Cisneros.

--Me lo han dicho mis ojos.

--¿Vuestros ojos?

--Si, por cierto.

--¿De modo que vos visteis salir á mi hija de la iglesia?

--No por cierto, aunque en la iglesia estaba.

--¿Habrá habido en esto alguna infamia?

--No, no, señor: el marqués de la Guardia guardará probablemente un profundo secreto acerca de esta aventura. No es doña Esperanza una dama cuyos secretos se tiran asi por la ventana: es demasiado hermosa, vale mucho, para que no inspire un amor respetuoso y discreto.

--¿Es decir, repuso Yaye con la misma serenidad, y el acento tan seguro como pudiera haberlo usado al tratarse de una dama enteramente extraña á él, es decir, que hay quien sabe que el marqués de la Guardia ha pasado la noche bajo el mismo techo que mi hija?

--Lo sé yo, y lo saben indudablemente los dueños de aquella casa: pero estos deben ignorar el nombre de vuestra hija, aunque conocen demasiado al marqués, á quien han prestado diferentes veces servicios semejantes al que le prestaron anoche.

--Seguid, maese Cisneros, seguid, dijo Yaye con su inalterable calma, á fin de que sepamos lo que debemos hacer: pero tened mucha cuenta con no engañarme.

Unicamente tras esta palabra brilló una mirada amenazadora en los ojos de Yaye; mirada tal y tan poderosa que hizo temblar á Cisneros.

--Me interesa tanto serviros, dijo con un marcado servilismo el comediante, que me guardaré bien de engañaros. Si vos no me hubiéseis llamado, yo mismo hubiera venido á veros, porque sé muy bien que el asunto que nos ocupa es grave. Voy por lo mismo á contaros todo lo que sucedió, y vereis como ha podido la casualidad ponerme en la verdadera situacion de este negocio.

Anoche estaba yo en el Buen-Suceso, cuando aconteció aquel endiablado incendio: naturalmente, y creyendo de mas gravedad el acontecimiento, pensé en ponerme en salvo; pero al huir perdí mi gorra. Habeis de saber, señor duque, que la gorra que perdí era de mucho valor y que la tenia en gran estima por haberla bordado una dama amiga mia. Echéme, pues, á pesar del peligro, á buscar la gorra, y á poco que tenté por el suelo, encontré esta que veis.

Y Cisneros mostró al duque una de terciopelo negro de Utrech, prendida al lado izquierdo con un joyel de diamantes.

--¿No sabeis de quién es esta gorra? continuó Cisneros.

El duque se encogió de hombros.

--Pues esta gorra es ni mas ni menos que del marqués de la Guardia; la conozco demasiado porque este joyel de diamantes se ha perdido y se ha ganado hace algunas noches por cien veces seguidas á los dados y habia quedado definitivamente en poder del marqués.

--Pero si el marqués es jugador, dijo con una expresion de repugnancia y de hastío Yaye, puede haber perdido este joyel, y haber pasado á manos de otro.

--No, no, señor; estos dias el marqués está en ganancias, y aprecia mucho esta joya porque era de su madre. Tanto la aprecia, que solo en uno de esos momentos en que un jugador es capaz de echar á un dado su honra, la echó sobre el tapete.

Alegréme, pues, de que habiendo perdido el marqués su joyel, hubiese venido á dar en mis manos, porque era lo mismo que si no le hubiese perdido, y me encaminé á cierta mancebía, seguro de encontrarle, porque el marqués estaba citado con un príncipe aleman, para darle el desquite de una gruesa suma que le habia ganado la noche anterior.

A pesar de que el marqués es todo un caballero y nunca falta á empeños de juego, de amor ó de honra, dieron las ánimas, hora de la cita, y el marqués no pareció: dieron las nueve, tampoco: temióse, conociendo su puntualidad, que le hubiese sucedido alguna desgracia, y muchos de sus amigos fuimos á buscarle á los lugares á que sabiamos que él podia concurrir.

En aquellos momentos otro de nuestros amigos nos trajo del alcázar la noticia de que se habia perdido en el Buen-Suceso vuestra hija. Como otros dos concurrentes, pronunciasen á propósito ¡la mujer del marquesito! nombre que, como sabeis, se da tambien á vuestra hija...

--Fatalidad, murmuró Yaye.

--... estas dos frases me hicieron formar una idea atrevida; pero posible: yo habia encontrado la gorra del marqués en la iglesia del Buen-Suceso. Doña Esperanza habia desaparecido de la iglesia. ¿No podia ser muy bien que hubiese tropezado vuestra hija con el marqués, y que en un momento de desmayo, de terror, la hubiese arrastrado consigo? Habia ademas en abono de mi pensamiento, el que solo por una dama tal como mi señora doña Esperanza, hubiera faltado el marqués á dar un desquite de juego.

Sin decir á nadie nada, y calculando á qué lugar mas cercano á la iglesia del Buen-Suceso, podia haber conducido el marqués á una dama, me acordé de cierta casa de la plazuela de Peranton. En efecto, fuí á ella, llamé, me ví obligado á alborotar para que me abriesen, señal clara de que la casa estaba ocupada dignamente, y cuando pregunté por el marqués, me le negaron de tal manera, que no tuve duda de que estaba en la casa.

Como la noche estaba fria y húmeda, y era además Jueves Santo, me retiré á mi posada y estaba haciendo mi colacion, cuando hé aquí que recibo un recado de Garci Alvarez Osorio, en que, de órden del príncipe me mandaba ir al alcázar por el Campo del Moro. Fuí y encontré al príncipe furioso por la pérdida de vuestra hija. Doña Esperanza ha acabado de volver loco á su alteza, señor duque, y haremos del príncipe lo que queramos.

--Continuad, continuad, dijo secamente Yaye.

--Ya conoceis el carácter voluntarioso é impaciente del príncipe: despues de haber recorrido conmigo todos los lugares donde, de una manera insensata y villana, creia podian tenerse noticias de doña Esperanza, apeló á la justicia y á la Inquisicion: pagó á peso de oro alguaciles y familiares, y puede decirse, señor duque, que no ha habido posada, ni casa pública, ni lugares de sospecha, que no hayan sido registrados. Esto ha producido la prision de mucha gente menuda que se ha encontrado mal entretenida...

--¡Y en tales lugares buscaba el príncipe á mi hija!

--Los zelos son villanos, señor duque. Pero, á pesar de ellos, tan bien oculta y en tan buenas manos estaba doña Esperanza, que ni alguaciles ni familiares pudieron dar con ella.

Poco antes del amanecer, transido de frio y trémulo de zelos y de corage, se volvió su alteza al alcázar, y viéndome libre, me propuse llegar hasta el fin de mis investigaciones, solo en servicio vuestro, señor duque. Me fuí á la plazuela Peranton, me hice abrir la puerta de una taberna, á pesar de que aun no habia amanecido, y mediante un ducado, conseguí que me dejaran ponerme en acecho en una ventana baja, desde la cual se veia perfectamente la puerta de la casa, donde estaba seguro que se hallaba el marqués de la Guardia.

Poco antes del amanecer se abrió aquella puerta y salió un hombre embozado, en cuyo talante reconocí al marqués, á la dudosa luz del alba.

Amaneció, volvió á abrirse aquella puerta, salió la dueña de la casa y poco despues volvió. La acompañábais vos, y tras vos venia una litera conducida por dos ganapanes. Entonces no tuve duda de que doña Esperanza era la dama que habia pasado la noche en aquella casa.

Calló concluida su exposicion Cisneros, y durante algunos segundos Yaye se puso á arreglar de nuevo los tizones, en una posicion en la cual Cisneros no podia ver su rostro.

Levantóse al fin el duque: estaba perfectamente tranquilo. Miró de una manera glacial á Cisneros y le dijo:

--El trage que vistes; el oro que gastas; las ganancias que te dan tus funciones en el corral de la Pacheca; el silencio de la justicia acerca de tus truanerías y de tus delitos, todo me lo debes, Cisneros: sin mí estarias representando con una mala comparsa por los villorrios de Castilla, y aunque tienes habilidad é ingenio para tu oficio, nunca llegarias á capa de raja.

--En cambio, señor duque, yo soy el demonio que habeis puesto al lado del príncipe. Por mí, una desmedida ambicion se ha apoderado de su alma, y anda en tratos con los Hugonotes de Francia y los herejes de los Paises-Bajos. Me pagais bien: pero me pagais mi cabeza, señor duque; porque sirviéndoos soy traidor al rey, y ya sabeis lo que hace el rey con los traidores cuando los descubre.

--Bien, basta. Es necesario que nadie sepa donde ha estado mi hija esta noche. El marqués de la Guardia, callará. En cuanto á los dueños de esa infame casa, callarán tambien. Si se divulga en la córte este secreto, tú solo habrás sido la causa, me habrás hecho traicion, y en cuanto á los traidores soy yo un rey mas terrible que don Felipe.

Levantóse tras esto Yaye, abrió el armario donde antes habia dejado en un secreto unos papeles, y sacó un pesado saco que entregó á Cisneros.

--Mi hija ha pasado la noche en el convento de las Vallecas. ¿Lo entiendes?

--Si señor, dijo Cisneros levantándose y poniéndose el pesado talego bajo el brazo.

--Vete, dijo Yaye.

--Guárdeos Dios, señor, dijo el comediante inclinándose profundamente, y salió.

Apenas habia salido, se abrió una puerta, y se le presentó un hombre membrudo, atlético, de fisonomía noble y simpática, un tanto pálido, de ojos negros y mirada profunda é inteligente.

Aquel hombre demostraba contar cuarenta y cinco años de edad, y llevaba preseas, armas y coleto de soldado.

--Dios te guarde, Harum, le dijo el emir á quien seguiremos dando su verdadero nombre originario: te he mandado llamar para un grave empeño.

--Mandad á vuestro esclavo, magnífico señor.

--Hace mas de veinte años que me sirves con una lealtad y un valor á toda prueba.

--Es mi obligacion: ademas de eso me habeis recompensado magníficamente, señor: cuando empecé á serviros era walí, y me hicísteis vuestro secretario; ahora soy vuestro wazír.