Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 34
La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.
Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.
Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.
--¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha adivinado... estoy segura de ello.
--Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento profundo... yo no quería... pero tú te empeñaste... tú tienes la culpa... ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de nuestro hijo.
* * * * *
Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente cerrada.
Aquella carta contenia estas solas palabras:
«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios del mayordomo del príncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada. Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.
--¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo, con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el rostro en sus puños crispados.
Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.
--Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que sin pérdida de tiempo deseo verle.
CAPITULO IV.
La fuerza de la mujer.
Yaye no permaneció mucho tiempo solo.
Abrióse silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelantó, completamente vestida de negro, doña Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un sillon junto á su padre.
Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni reparó en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado intensamente durante algunos segundos, le dijo:
--Padre: la fatalidad nos persigue.
Volvió el duque la cabeza, miró fijamente á su hija con una mirada extremadamente lúcida y la dijo con acento opaco:
--¡Te has vestido de luto, Amina! ¡has hecho bien!
[imagen: Don Juan siguió con su carga sin hablar una palabra.]
--Vengo preparada á todo, padre, contestó Amina, á quien seguiremos dando este nombre.
--¿Con que es verdad?
--Yo no sé mentir.
--Y quién ha sido... exclamó con voz temblorosa Yaye, y se detuvo.
--Escúchame padre, y mata despues á tu hija: pero sabe antes; que si ha olvidado un momento lo que te debia, lo que á sí misma se debia, la ha arrastrado la fatalidad.
--¡Estaba escrito! exclamó con doloroso sarcasmo Yaye.
--Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplirá padre. ¿Qué somos sobre la tierra? una hoja seca que arrastra delante de sí el viento del destino.
Yaye se estremeció.
--Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos años nos contó, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel habia destinado para que nos entretuviese á sus hijas y á mí, con hermosos cuentos.
Yaye miró con asombro á su hija.
La jóven continuó sosteniendo con su diáfana mirada, la mirada sombría de su padre.
--Hé aquí la leyenda que nos refirió la esclava, dijo al fin:
[imagen: La duquesita.]
«Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es eterno, jóven é inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes épocas; pero nadie sabe en qué lugar del desierto está situado. Algunas mañanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que atraviesan los ardientes arenales, suelen ver á lo lejos, tras una diáfana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad está rodeada de bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el viento, se escucha á lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la música mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida, habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron á ella sus pasos; pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se dejaba ver, para patentizar á los hombres las delicias del paraiso, donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez á los errantes árabes, no pretendian llegar á él, sino que se prosternaban y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altísimo, hasta que con los primeros rayos del sol desaparecia.--Cuando Dios queria que un justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las delicias del paraiso, le inspiraba el deseo ó la necesidad de ir á una ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon á quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado, abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar á un cercano oasis, apenas entraba en él, Dios le inspiraba un sueño profundo, del cual despertaba instantáneamente al eco de una música superior en armonía á cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finísimo césped, salpicado de florecillas de vivísimos colores, era superior en belleza á la mas preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavísima fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aquí, y allá, y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era diáfano y transparente y en medio de él, inundándole de resplandores que no ofendian á la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los árboles, y de los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza crió: los arroyos y los lagos parecian de líquidos diamantes, y entre la sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magníficos alcázares, de los cuales había sido el único artífice la palabra de Dios. ¿Cómo se podría contar la belleza de lo que solo podía ver con los ojos de su alma un justo? ¿ni cómo compararla con el lodo y la escoria de la tierra? El que entraba allí solo salia para contar á los hombres tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram.--Pero la maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados aromáticos y blandos á la planta, como un mullido lecho; ni sus espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmóvil en un eterno dia; ni sus alcázares ni sus flores, sino la hada de juventud inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor mas preciada. Muy pocos habían logrado ver su hermosura, y estos habian desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la mañana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi enteramente de suavísimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian á través de sus negrísimas pupilas; su semblante daba á quien le veia la paz de los cielos, y su resplandeciente túnica dejaba ver bajo su tela sutilísima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fácil. El hombre mas impuro se hubiera tornado casto como un arcángel del sétimo cielo por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca.--La hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza á Dios, solían ir á confortar al cansado peregrino del desierto, próximo á sucumbir á la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos tan diáfana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas, corriendo tras las mariposas.--Pero un dia, el eterno enemigo del cielo y de los hombres, Satanás, el envidioso y el soberbio, sintió envidia por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las mujeres de la tierra.--Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el espíritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una hermosa apariencia. Satanás habia sabido ocultar su sonrisa impura, apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura tal como la que habia perdido, ó mas bien lo consintió Dios.--La inocente salió á su encuentro y le sonrió: entonces Satanás la estrechó en sus brazos, la besó en la frente, y desapareció.--La hada arrojó un grito agudísimo de dolor, y desde entonces ni flotó en los aires, ni en la superficie de los lagos, ni corrió tras las mariposas: en su frente habian quedado impresos, como una marca negra los hermosísimos labios de Satanás, y su corazon ardía en deseos impuros: continuamente recordaba aquel hermosísimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por él, y en su delirio se habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por esto solo á su pureza y á su eternidad.--El jardin de Hiram habia desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta á las miserias de la vida mortal.--Su planta se fatigaba y se veía reducida á calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos y ásperos árboles, y el aguacero, y el trueno y los relámpagos de la tormenta, la obligaban á buscar asilo en las horrorosas grietas de las rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, á revolar en torno de su cabeza y á ponerse en sus manos; huian de ella, y durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los bramidos de las bestias hambrientas.--Un dia, en fin, Dios permitió que un rayo de su divina luz inundase el espíritu de la hada, y este le reconoció y le invocó.--El Altísimo tuvo compasion de ella; pero quiso que antes de que volviese á ser lo que desde el principio habia sido, quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si Dios no la hubiese perdonado.--La bondad de Dios habia vuelto la paz y la inocencia á la hada; pero aun no habia vuelto á su perdido jardin de Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y pensativa sentada sobre las breñas al borde de un precipicio, por cuyo fondo se despeñaba un espumoso torrente.--De improviso una mariposa de alas diáfanas y matizadas, vino á revolar á su alrededor; vióla la hada, y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huyó y fué á posarse en un espino; la hada se levantó, se acercó recatadamente, tendió la mano, y cuando esperaba tener asida á la mariposa, se sintió punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo diáfano, mas diáfano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se desvanece.--El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la hada, habia aparecido una rosa purpúrea, cuya fragancia embalsamaba el ambiente. ¡Cuán hermosa era aquella flor! ¡cuán pura! pero llegó un viandante, la vió, la codició, arrancó despiadadamente del tronco el gentil tallo en que se balanceaba, y aspiró ansioso su fragancia y la besó. La pobre flor perdió su fragancia, su color y su frescura, y el viajero, no encontrándola ya hermosa, la arrojó marchita al torrente, que primero la enlodó y la despedazó despues. ¡Pobre flor! cada primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola, goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando le ve marchito, le arroja al torrente. ¡Ay y cuan pocas rosas se salvan del abandono y del olvido! ¡ay cuan pocas dejan de enlodarse en la corriente bramadora!»
Détuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, y luego añadió con acento meláncolico y triste:
--Cuando la esclava llegaba á este punto de su leyenda, añadia siempre: «la rosa es la mujer, hijas mías; el espino la representacion de sus dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin de Hiram.»
Détuvose la jóven, posó en su padre tras un velo de lágrimas una mirada desesperada y guardó silencio.
Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia, especialmente en aquellas circunstancias, la fábula oriental que habia oido su hija de boca de la esclava destinada á entretener con hermosos cuentos á las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y severamente:
--¿Y á qué propósito me has relatado esa leyenda?
--Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija.
Yaye inclinó la cabeza y quedó en la actitud del que escucha, y no quiere perder ni una sílaba.
--Desde el momento en que la esclava nos relató el cuento que acabas de oir, padre, mis compañeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas tú, cuando nadie nos escucha. Me llamaron Saruhl-Hiram: ¡Flor de Hiram! esto ya era fatal: era como decirme: tú eres esa rosa puesta por la fatalidad al lado de la via pública, al borde del torrente. Tú eres esa naciente flor expuesta á las codiciosas miradas del viandante. Un dia, tú, pobre flor, marchita y deshojada, serás arrojada al torrente.
Yaye se estremeció: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija: se anonadó, inclinó aun mas la cabeza, y oprimiéndose el pecho con la mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmuró de una manera opaca é ininteligible:
--¡Oh, padre! ¡padre! ¡y cuán terrible herencia me has dejado!
Amina continuó, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye:
--Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, ¿no crees, padre, que es un modo singular de apartar á las mujeres de la impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy morales en el fondo, pero en su lenguaje... ¡Oh! siempre el vicio hermoso, halagando á la mujer, enloqueciéndola, extraviándola: siempre el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado, los ojos que desfallecen de placer. ¿Qué vale presentar despues las horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar á la vírgen llena de vida y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la mujer? ¿Qué vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? ¿Cómo querer formar á la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vírgen, desgarrando sin piedad, á ciegas, giron á giron, su velo de pureza?
--¡Amina! exclamó Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas, aunque indirectas reconvenciones de su hija.
--Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continuó la inflexible jóven; tienen un harem donde las encierran: horribles esclavos que las guardan: una vírgen, que no hubiese perdido la virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa estátua inanimada: es necesario que la esposa ó la esclava, compongan ó canten, hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera; que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer... y ¡horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovístas de su pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo, marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no han visto, hasta que han tocado su fondo, ¡oh! entonces no hay castigo bastante para la esposa adúltera ó la virgen perdida: el hoyo de arena, ó el saco de cuero y las ondas del mar.
La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso material la cabeza de su padre.
Amina, continuó.
--Criada bajo el ardiente sol del Africa, á los doce años, tú lo sabes, padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma), ibas á visitarme durante algunos dias á la Casbá del dey, me sentabas sobre tus rodillas y me llamabas tu pequeña mujercita.
Yaye lanzó un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le desgarraba el alma; irguió la cabeza y mirando frente á frente á Amina, la dijo:
--Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha desgarrado mi pecho; jamás esa lanza me ha causado tanto dolor como cada una de tus palabras: pero continúa, continúa, porque quiero que llegues al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de mi hija.
--Padre, compréndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque... perdóname si te desgarro el corazon, padre: tu hija está deshonrada.
Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunció una sola palabra; pero un estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaña agitada por un volcan, estremeció su cuerpo de los piés á la cabeza.
--A los doce años, pues, era ya una mujer en toda la extension de la palabra, y se habia procurado enseñarme tanto, que mi espíritu estaba enteramente formado. En los pocos dias que cada año pasabas á mi lado, procurabas informarte por tí mismo, si se me habia dado la enseñanza que tú habias querido se me diese. Recuerdo que cuando me hablabas en castellano, al ver la pureza con que yo te contestaba, decias:
--Es maravilloso: un español te creeria andaluza; hija de ese pais bendito, donde todo es hermoso; el cielo, la tierra y la mujer.
Yo no sabia entonces nuestra historia y me maravillaba de que se me hubiera hecho aprender un habla que nadie usaba en torno mio, sino los cautivos españoles, los pobres viejos, con los cuales, durante algunos años, se me hacia hablar muchas horas seguidas al dia. No comprendia tampoco para qué se me habia instruido en la religion cristiana, cuando se me repetia que aquella religion era una impostura, que no habia mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, y su profeta Mahomet. ¡Oh! esto era tambien fatal: la una religion me prescribia la caridad, la humildad, la pureza: me decia que una mujer, una santa vírgen, era la madre del Redentor del mundo; me daba una parte en el paraiso como al hombre, me hacia su igual, su compañera por el matrimonio; me daba derecho al amor exclusivo de un esposo, amor al que debia ser fiel, vínculo que no consiente una tercera persona, dulce alianza que constituia en uno á dos seres durante la vida: el islamismo me decia: la mujer es una esclava, una cosa que ningun derecho tiene: la mujer debe ser solo de su esposo ó de su señor; pero no debe tener zelos si su esposo y su señor son de otra ó de otras muchas: tu corazon no debe latir, tu cabeza no debe pensar; eres para tu esposo ó para tu señor menos que su arco, su lanza ó su caballo.
Entre tan opuestas doctrinas, mi razon fluctuaba; no creia en ninguna de ellas; pero me decidí por la que me daba mas derechos: esto era natural: sabia que existia una religion bajo la cual era igual al hombre, en la cual tendria familia, esposo, hijos, hijos mios que nadie me arrebataria, y me decidí por el cristianismo. Despues... pérdoname, padre, porque sé que aborreces á los cristianos: perdóname... pero ¿quieres saber lo que guardan mi corazon y mi cabeza, y quieres saber lo de un dia solemne, en un dia en que la Iglesia conmemora la pasion de Jesucristo; en un dia en que he elegido esposo?... Yo soy cristiana, cristiana con todo mi corazon, porque Dios ha hablado á mi entendimiento é iluminándole con un rayo de su divina luz, ha salvado mi alma.
Otro extremecimiento comovió á Yaye, que como si se hubiese resignado á todo, continuó callando.
--Pero la fe, por poderosa que sea, no ha podido arrancar de mi la influencia de la educacion que se me habia dado: yo no conocia el placer, pero conocia el amor: le conocia porque me lo habian dado á conocer de una manera tentadora, en una y otra leyenda, en uno y otro romance. Tú mismo has dicho muchas veces despues de haberme oido cantar, despues de haberme visto ejecutar una de esas lúbricas danzas musulmanas:
--¡Oh! ¡hermosa, hermosa como el amor! ¡irresistible! ¡tú serás la tentacion que ayudará á mi espada!
Yo no comprendia entonces estas palabras; despues cuando conocí nuestro pasado y nuestro destino, comprendí que todo lo sacrificabas por tu patria: ¡hasta el corazon y la honra de tu hija!
--¡Oh, padre! ¡padre! murmuró de nuevo Yaye.