Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 33
Desde el momento en que los jóvenes tuvieron noticia el uno del otro, se desearon; pero de una manera ardiente. Puede decirse que desde el punto en que el nombre del uno sonó en los oidos del otro, empezaron á amarse. Al principio cada uno de ellos se fingió en el otro su bello ideal, y ese amor vago, ese amor que se refiere á un ser que no se conoce, ese amor que de ninguna manera puede ponerse en contacto con el ser amado, llegó á ser un amor violento respecto á personas dotadas de organizaciones tales como las de los dos jóvenes: ella era voluntariosa, él voluntarioso é impaciente: entrambos luchaban con su soberbia íntima: no querian vencerse ni aun ante sí mismos, y no procuraron, por lo tanto, acercarse el uno al otro. Ella se habia dicho:
--Si él conoce mi nombre y desea conocerme, que me busque.
El se habia dicho á su vez:
--Yo no he de buscarla.
Y esto se lo habian dicho entrambos con ese lenguaje misterioso é instintivo del alma, que no formula en palabras sus deseos, que es un sentimiento íntimo, un deseo germinado por una idea puesta en contacto con el espíritu: una de esas simpatías misteriosas que no han podido definirse y que se revelan al simple sonido de un nombre; que es el resultado de un amor instintivo, de un amor que, ó desaparece, dejando una impresion dolorosa en el alma, si al conocer realmente al ser que nos le ha inspirado de una manera abstracta, no corresponde á la idea que de él habiamos concebido, ó crece y se desborda si por acaso la excede.
Colocados en esta situación moral entrambos jóvenes, solo faltaba que una casualidad los reuniese.
Pero las casualidades suelen dejarse esperar mucho tiempo, y como el tiempo es el mejor remedio que conocemos para curar ciertas afecciones, acaso nuestros jóvenes hubieran dejado de pensar el uno en el otro; pero eran dos cometas lucientes que habian aparecido en el firmamento estrellado de la córte, y se hablaba continuamente de ellos: la duquesita oia referir cada dia una nueva aventura de su _hombre_; el marquesito escuchaba con mucha frecuencia el percance desgraciado de algun amador veterano que habia pretendido enriquecer su corona de flores marchitas, con la posesion de _la duquesita_.
No podian, pues, olvidarse.
Sin embargo, la caprichosa casualidad habia hecho pasar tres meses desde que ambos jóvenes se habian conocido de fama pública hasta el jueves santo de 1567.
En aquella época ella era la desesperacion de los cortesanos.
El la expiacion de las cortesanas.
La novedad eterna de la córte ella.
El el escándalo perpétuo.
* * * * *
En aquellos tiempos el espíritu religioso del pueblo español estaba por cima de todo: era, por decirlo asi, un elemento componente de la sociedad de entonces: desde el rey al verdugo, altos y bajos, chicos y grandes, buenos y malos, todos creian en Dios, y todos lo adoraban, dentro de los dominios de la católica España, exceptuando solo un rincon de ella donde, entre breñas, no se rendia al Crucificado mas que un culto de miedo, bajo la presencia inmediata de la Inquisicion, de los obispos, de los párrocos y de las justicias. Este giron, riquísimo sin embargo, se llamaba las Alpujarras.
Por lo tanto, nunca podia admirarse mas el recogimiento y la fe de los españoles, que el jueves y el viernes santo, en las calles, y particularmente en los templos, que se llenaban de una multitud devota y severa.
A las dos de la tarde de aquel jueves santo, que debia formar época en la vida de la duquesita y del marquesito, salió este á la calle, severa aunque ricamente vestido de negro, y se dedicó á recorrer los monumentos.
Un secreto instinto le decia que aquella tarde debia conocer á _su mujer_, y por lo mismo no iba su pensamiento preparado con toda la devocion conveniente á tan sagrado dia.
Una idea le preocupaba sobre todo: la córte, segun costumbre, debia visitar los santuarios: en la córte en la servidumbre de los reyes, debia ir la _hermosa Duquesita_. Pero ponerse en acecho de la córte ¿no era buscarla? El marquesito se habia jurado á sí mismo no robar su privilegio á la casualidad, y tomó una resolucion que debemos llamar heróica: lo dejó á la suerte: para que la suerte fuese el principal agente, se prescribió un número determinado de iglesias y un itinerario rigorosamente lógico; don Juan, vivia en el monte de Leganitos: por consecuencia la primera iglesia que debia visitar era la de Santo Domingo el Real: despues las de Santa María, San Pedro, San Andrés, San Francisco, San Miguel, y por último, la del Hospital del Buen Suceso.
El marquesito se veia obligado á recorrer esta extensa periferia, porque en el año de 1567, en que acontecia lo que vamos refiriendo, no habia en Madrid ni aun la mitad de las parroquias, conventos y ermitas que se fundaron despues sucesivamente hasta los tiempos de Fernando VI: ningun itinerario habia encontrado mas cómodo que el que habia elegido, y hé aquí lo lógico de su eleccion; porque siempre elegimos, cuando no tenemos otro interés, lo que nos ofrece mas comodidad y brevedad.
Para no alterar en nada lo natural de los sucesos, el marqués se propuso invertir en cada iglesia el tiempo necesario para las acostumbradas oraciones en aquellos dias, y además no mirar deliberadamente á ninguna mujer.
Asi es, que, cuando llegó al Buen-Suceso, su última estacion, era ya muy cerca del oscurecer, y la córte, segun costumbre, debia haber regresado ya al alcázar.
No dejó de fastidiar al marquesito esta circunstancia: la casualidad le volvia decididamente las espaldas; pero de repente, una voz que retumbó en la iglesia, le conmovió de piés á cabeza, haciendo vibrar un eco desconocido hasta entonces en su corazon: el de la esperanza satisfecha: aquella voz habia dicho:
--¡Sus magestades, el rey y la reina!
Allí estaba la córte: en ella debia venir su desconocida mujer.
Adelantaron, entre tanto los suizos, abriendo calle entre la multitud de fieles; siguieron los altos empleados de palacio, y al fin, el rey y la reina se arrodillaron sobre las almohadas; detrás de ellos se habia arrodillado la córte.
Don Juan no pudo contenerse en las condiciones que se habia impuesto, y rompió la de no mirar deliberadamente á ninguna mujer; sus ojos anhelantes se habian fijado en la pleyada deslumbradora que constituian las damas de la reina; pero la casualidad quiso que no la robase el marqués ninguna parte de su imperio, y don Juan, aunque vió muchas cabezas hechiceras, muchos ojos y muchos rostros deslumbrantes, no vió ninguna dama, que por su juventud, ni por su hermosura especial, pudiese convenir con la idea que él se habia formado de _su mujer_.
Entonces experimentó otro sentimiento desconocido tambien para él:
La decepcion de la esperanza.
De repente, y cuando el jóven exhalaba su primer suspiro de despecho, un resplandor fugaz iluminó la iglesia, y se escuchó un grito general de terror; seguidamente un resplandor mas fijo brilló en el templo, y la gente se agolpó aterrada á las salidas; la gran cortina morada del tabernáculo se habia incendiado: el fuego se habia comunicado á la armazon del monumento, y una inmensa y ancha llama se elevaba hasta tocar la bóbeda, contra la cual se torcia como una serpiente de fuego.
En aquella situacion suprema, don Juan, que ante todo era caballero y leal, se lanzó hácia el sitio donde estaba la reina, como se lanzaron otros muchos; pero embarazado por la multitud, contra cuya corriente iba, antes de llegar al lugar que habia ocupado la córte, sintió que unas manos temblorosas se asian á él, y oyó una voz sonora, grave, llena de ansiedad, que exclamaba:
--¡Salvadme, caballero! ¡salvadme!
Aquella voz, por su timbre particular, por un no sé qué misterioso, se apoderó del alma del jóven, la halagó, como halaga una suave esencia al olfato; le acarició, como acaricia nuestra frente calenturienta la brisa, y le obligó á mirar á la mujer que la producia.
Apenas habia podido ver su rostro don Juan, cuando la asió por la cintura, la levantó en peso, con la misma facilidad que hubiera levantado un copo de seda, y reteniéndola con el brazo izquierdo, y empujando brutalmente con el derecho á los que tenia delante, y saltando sobre ellos, salió por una puerta lateral, atravesó el patio y se encontró, fuera ya, en la carrera de San Gerónimo, que atravesó rápidamente, perdiéndose por una de las calles inmediatas.
La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y alumbraba el centro de la calle.
Don Juan siguió con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela irregular y enteramente desierta.
Entonces se detuvo y dejó que la dama se afirmase en el suelo; pero retuvo sus manos entre las suyas.
Don Juan, por una rapidísima, por una verdadera inspiracion, habia arrojado en la iglesia, al asir á la dama, su toquilla de terciopelo, á pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna, estaba hermosísimo.
La mujer que tenia delante de sí y toda trémula, era muy jóven; apenas representaba diez y seis años; habia perdido su velo y tenia la cabeza descubierta, y sus negrísimos y voluminosos cabellos, peinados en trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados á la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba, por decirlo así, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema alegría, que el autor no se atreve á calificar; pero que enloquecia al jóven y le hacia probar delicias para él desconocidas; á pesar de que la luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que aquella jóven era morena: por lo demás, llevaba una riquísima y gruesa gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de córte, de damasco brocado, y brazalete y ceñidor de perlas; solo la faltaba el velo que habia perdido en el tumulto.
El silencio de entrambos jóvenes despues de su parada y de su mútua é intensa contemplacion solo duró un momento.
El primero que le rompió fue el marquesito con una exclamacion apasionadísima que parecia salir del fondo de su alma:
--¡Vos sois mi mujer! dijo.
Mudó de color la jóven, dejó de mirar de aquella manera irreflexiva al marqués, y contestó con gravedad:
--No comprendo lo que quereis decir, caballero.
--¡Yo soy el marqués de la Guardia! ¡Vos sois la duquesa de la Jarilla! contestó con acento opaco don Juan.
--¡Ah! exclamó involuntariamente la jóven.
Y aquel ¡ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegría, era equivalente á la frase de:
--¡Vos sois mi hombre!
Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jóven, la asió con entrambas palmas las mejillas, y la besó hambriento en la boca.
La jóven dió un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con paso apresurado, se dirigió á una de las tres salidas de la plazuela.
--¿A dónde vais, señora, sola y á tal hora? exclamó el marqués alcanzándola y cortándola el paso.
--¡Haceos á un lado! exclamó con altivez la jóven. Voy á buscar por esas calles un caballero que sepa conducir dignamente á palacio una dama de la reina.
--¿Segun eso, dijo sin alterarse el marqués, no me teneis por caballero?
La jóven tornó á mirar con un desden mas altivo al marqués, y dijo severamente:
--¡Haceos atrás!
--¿Que me haga atrás cuando os encuentro milagrosamente despues de un siglo que ando enamorado de vos en busca vuestra?
--Haceos atrás, repitió con un tanto menos de empeño la hermosa dama.
--Escuchadme, doña Esperanza, dijo amorosamente el jóven, asiéndola de nuevo las manos que ella pugnó ligeramente por desasir de las del marqués; ¿no creeis que Dios no ha hecho que nos encontremos de este modo extraño, sino para que no nos volvamos á separar? ¿No os dice vuestro corazon como á mí el mio, que hemos nacido para amarnos, que no podemos ser felices sino el uno por el otro, que de todo lo que el mundo encierra, nada mas que nuestro amor es lo que para nosotros existe? ¿No me habeis visto nunca antes de conocerme, como yo os he visto antes de veros?
Doña Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la Jarilla, perdió su expresion severa bajo el influjo de las palabras del marqués, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jóven una mirada suplicante exclamó:
--¡Por piedad, caballero! ¡ved que cada momento que pasa es un siglo para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie tendrá nada que decir si me llevais ahora mismo á la córte, que no debe estar lejos.
--Si, si, doña Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en trage de córte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de seguro, con esta clarísima luna, llamaremos la atencion de las gentes al atravesar á Madrid en busca de la córte que, sin duda está ya en el alcázar.
--¡Oh, Dios mio! exclamó la duquesita, conociendo el peso de las razones de don Juan.
--Pero hay un medio, dijo este.
--¿Cuál?
--Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.
--¡Oh! ¡eso jamás!
--Entrar para esperar únicamente que venga una litera.
La duquesa levantó sus magníficos ojos, y los fijó radiantes, límpidos, en el semblante del jóven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo por ninguna otra mujer: comprendió por aquella mirada que la duquesita era su destino, mas que su destino: su señora, la pasion de toda su vida; su alma se anegó en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos partió otra mirada por la que se exhaló toda su alma.
Aquellos dos seres se habian confundido en uno.
Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia reunido.
--¿Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la jóven.
--¡Cómo! ¿Sabeis mi nombre?
--¿No sabeis vos el mio?
--¡Me amais!
--Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras buscan una litera.
El marqués no la contestó.
La asió de la mano, se fué á un casuco situado en un rincon lóbrego de la plazuela, y llamó.
Abrieron poco despues aquella puerta.
Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqués y la persona que habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doña Esperanza y el marqués desaparecieron por el oscuro fondo.
La puerta volvió á cerrarse en silencio.
CAPITULO II.
¡La hermosa duquesita se ha perdido!
El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, causó una sensacion profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la córte.
Y no era por cierto porque á sus magestades les hubiese acontecido ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que, gracias á Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado ligeramente ahumado en la bóveda, y algo mas profundamente chamuscado en el tabernáculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se habia reducido á un buen susto, á algunas contusiones, y á otras tantas caidas: lo que habia hecho célebre al tal incendio, habia sido que á causa de él, la magnífica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.
Al salir la córte de la iglesia, hallaron las dueñas que de su hermoso rebaño se habian descarriado cinco magníficas ovejas: cuatro de ellas, que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito de la Guardia, no parecia.
El rey mandó que la mitad de los gentiles-hombres que le acompañaban, algunas dueñas, y todos los alguaciles que hubiese á mano, se pusieran en busca de la perdida duquesa, y la córte se volvió como si nada hubiera acontecido á palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con el rey; pero el rey contestaba que nada está perdido, que todo se encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso una permision de Dios, para que doña Esperanza de Cárdenas, que era un tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su salvacion entrando á servir á Dios en el cláustro.
Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero disimulada y profunda, á su hijo el príncipe don Carlos de Austria, mozo de veinte y dos años, que marchaba á su lado, cabizbajo y profundamente pensativo y al parecer contrariado.
--Porque, añadia el rey sin dejar de observar á su hijo, el que se pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien pudiera perder á alguien, y no es bien tener en nuestro alcázar dama que entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.
Asi es que el rey, en cuanto llegó al alcázar, tuvo muy buen cuidado de hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla á palacio.
El duque recibió por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres, la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la supiese todo el mundo.
Las dueñas, convenientemente acompañadas, anduvieron dando vueltas, y preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron á palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la señora duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo, estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda la noche.
Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volvía á su palacio, encontró delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena apariencia, y á todas luces de la clase artesana, que llamaba á grandes golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los criados, desde el mayordomo hasta el último marmiton, habian salido en busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente á las mujeres de la servidumbre.
Yaye, que no habia desfogado bastante su cólera con los criados, á pesar de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear á cuatro lacayos, embistió muy de mal talante con aquella mujer.
--¡Con mil legiones! ¿qué quereis vos á las puertas de mi casa? exclamó mirando á la mujer con ojos centelleantes.
--¿Es vuecelencia el señor duque viudo de la Jarilla? preguntó toda trémula aquella mujer.
--Sí, y bien... ¿qué quereis?
--La señora hija de vuecelencia...
--¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?
--La señora duquesa, está en mi casa.
--¡Que mi hija está en vuestra casa!
--Y me ha dado esta carta para vuecelencia.
Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y devoró, que no leyó, el contenido del escrito.
--¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto una litera, y conmigo.
La litera estuvo dispuesta al momento.
--Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.
La mujer echó á andar.
--¿Cuándo fué mi hija á vuestra casa? la preguntó el emir.
--La señora no fué, dijo la mujer.
--¿Cómo que no fué?
--La llevó mi marido que la encontró desmayada en la plazuela.
--¡Ah! ¡la encontró desmayada! ¿y cuándo?
--Despues de oscurecer.
--¿Y por qué no me avisásteis al momento?
--¡Ah, señor! nosotros no sabiamos que la señora fuese hija de vuecelencia.
--¿Cómo que no lo sabiais? ¿pues no os lo ha dicho mi hija?
--La señora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.
--¡Desmayada! ¡Desmayada! ¿habeis llamado á algun médico?
--No, no señor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la conocieran... y se enteráran de que habia estado perdida... y luego... en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos á nada.
--¿Y se atrevió vuestro marido á llevarla á su casa?
--¿Y cómo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, á una señora tan jóven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta á los libertinos y á los ladrones? no, no señor: mi marido hizo muy bien: sábenlo Dios y la justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.
--Pero... ¿por qué no avisásteis á palacio? ¿No sabeis que en estos días solo visten de ceremonia las damas de la reina?
--Nosotros no entendemos de eso, señor, y como nada sabíamos dijimos: cuando vuelva en sí, nos dirá quién es, y lo que debemos hacer. Hay que confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia, habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego, era una bribona consumada.
Al fin llegaron á la casa.
Al ver su pobre aspecto, se le heló la sangre al duque; pero dominó su cólera, á fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera observacion, y dejando á sus criados, con la litera, en la calle, entro en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.
CAPITULO III.
De cómo un niño puede ser el dedo de Dios.
Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.
Era la duquesita.
Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo besándola en la frente.
--¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!
Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su tranquila pureza.
--Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven... apenas recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...
--Te encontraron desmayada.
--Asi es, señor, dijo el marido.
--Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... ¡Oh, Dios mio! luego... yo corria... de repente sentí un vértigo... unas angustias horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas que me habia puesto para acompañar á sus magestades.
Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija, el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda: Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.
--Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.
--Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible aquel oro.
El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:
--¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á la caridad de la señora.
--Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla.
Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.