Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 38
--Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me ofendió.
--¡Ah! me comprendisteis mal.
--No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres, sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.
--¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas perfecta admiracion.
--Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.
--¡Ah! ¡zelos infundados!
--¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.
--Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.
--¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!
--¿No os he dado bastantes pruebas?
--Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.
--Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.
--Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava, pero solamente suya.
--¿Y vuestro esposo?
--Solamente vuestra.
--¿Pero no considerais?
--Nada considero. Si muero por vos moriré contenta.
--¿Pero el mundo?...
--¿Y qué me importa el mundo? ¿qué me importa que ese mundo diga señalandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es al fin la querida del marqués de la Guardia: ha caido como todas? el nombre de querida vuestra será mi orgullo.
--Pero puede evitarse que el mundo sepa...
--¡Evitar yo que el mundo sepa que os amo! ¡que soy vuestra querida! no; yo no soy hipócrita, ni encuentro condiciones para el amor: ó amar ó no amar: ó todo ó nada. Esta noche vais á venir á mi casa y vais á entrar en ella por la puerta principal, dándome el brazo, delante de mis criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de sí... me iré con vos; si vos me abandonais... me meteré en un convento á llorar y orar por vos. Estoy decidida y nadie me hará volver atrás.
¿Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su ardor, ó era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer á la _hermosa duquesita_?
Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un empeño por el marqués y aborrecia á Amina.
Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.
--¡Mi adorada Esperanza es mía!
Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes locos, hasta que llegaron á la casa de la princesa á cuya puerta principal llamó el marqués.
Abrió el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina pidió luces.
Luego la precedieron, alumbrándola con antorchas, dos pajes que se asombraban de que su señora llegase á aquellas horas á pié, y acompañada de un caballero jóven y buen mozo, que continuaba dándola el brazo hasta dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones particulares.
Angiolina despidió desde allí á los pajes, é introdujo á don Juan en una preciosa cámara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al ver al marqués.
--La cena, dijo la princesa quitándose el manto.
La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidió sus doncellas hasta el otro dia.
* * * * *
Para completar este capítulo réstanos decir lo que pasó _sotto voce_ en el palacio del duque del Infantado.
Algunos caballeros jóvenes, que habian extrañado la temprana salida de la princesa acompañada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue comisionado para seguir á la pareja.
El seguidor volvió una hora despues con la estupenda noticia de que la princesa y el marqués, distraidos en una animada conversacion, habian vagado á la ventura por las calles, y de que, por último, la princesa habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al marqués de la Guardia: esta noticia corrió de oido en oido hasta que llegó á los de Amina.
La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia comprendido que la robaba su amante.
Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe terrible su funesta confirmacion. Amina se sintió verdaderamente enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se trasladó á su casa.
Al dia siguiente el leal Harum se presentó al emir.
--La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.
Quedóse por un momento Yaye pensativo.
--Pues bien, dijo al fin: vete á Roma y procura poner de claro en claro la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa. Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de esa mujer encuentres, á la sultana.
* * * * *
Por una coincidencia singular, cuando el marqués de la Guardia se despidió, bien entrado el dia, de la princesa, esta salió de su retrete, atravesó algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y dió dos palmadas.
Al punto, y como lanzado por una máquina, apareció entre el tapiz de una puerta un hombre.
Aquel hombre era jóven; como de treinta y cuatro á treinta y cinco años, y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campiña de Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de paño, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la enorme empuñadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro, vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas, ceñidas por unas calzas de grana y dos piés de excelente forma, calzados por zapatos de ante.
La princesa, anticipando su palabra á la de este hombre, que por su parte permaneció impasible, le dijo con acento familiar:
--Sígueme, Bempo.
Bempo la siguió por una sucesion de habitaciones apartadas y desamuebladas, y entró con ella en un retrete donde habia algunos cofres.
Abrió uno la princesa, buscó en él, sacó un estuche y del estuche un brazalete de perlas y diamantes y le entregó á Bempo.
--¿Para qué es esto? dijo aquel singular personaje.
--Para que lo vendas, contestó la princesa.
--¿Y qué he de hacer con el dinero?
--Ir á Granada: necesito que busques allí noticias de la duquesa de la Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por dia la historia de su familia: esto no te será difícil, por que ha existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la Jarilla, y se han hecho muchas pruebas é informaciones. Nada te importe gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son noticias acerca de la duquesa y pronto.
--¿Y cuando he de partir?
--Mañana.
Al dia siguiente salieron Harum el monfí para Roma: Bempo para Granada.
CAPITULO VIII.
Zelos italianos.
Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el marquesito era amante público de la princesa. Angiolina habia demostrado al marqués que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba de nadie el amor que le tenia, demostrándoselo delante de las gentes, con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo una mujer.
Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen de decir á todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del marqués.
--Hé ahí un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas hermosas de la córte le aman; la una es su querida y la otra desea serlo.
Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales.
Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina.
Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto.
Al leer la princesa los papeles que le entregó el italiano se extremeció de placer: pero aquel placer era el de la venganza.
Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqués no era ya para ella el amante frenético... hacia mucho tiempo que faltaba dias enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas las noches, al mediar, iba el marqués á rondar los balcones del palacio de la duquesa.
Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos un instrumento vengador, se apresuró á aprovecharle.
Esperó á que don Juan se la presentase á la hora de costumbre, esto es, al oscurecer.
Entró don Juan confiado y alegre. Angiolina le asió de una mano.
--Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.
El marqués siguió á la princesa algo interesado por este exordio.
La princesa le llevó á un retrete apartado.
Cuando estuvieron en él, Angiolina cerró las puertas de las habitaciones contiguas y despues las del retrete.
--¿A qué tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqués: ¿no has cifrado tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?
--Si, contestó pálida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie sepa que he sido vilmente engañada.
--¡Que yo te he engañado!
--¡Si! ¡no me amas!
--¡Que no te amo! exclamó afectando la mayor sorpresa el marqués, ¿pues por quién estoy loco?
--Voy á decírtelo: por esa mujer á quien llaman en la córte, no sé por qué, la _hermosa duquesita_.
--¡Bah! y ¿puedes tú tener zelos de doña Esperanza? ¿tu la mujer mas hermosa del mundo?
--Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. ¡Herirme en el corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera!
--La pasion te ciega: quieres mal, no sé por qué, á la duquesa de la Jarilla, y la prueba está en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo ilustre de su cuna.
--Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido.
--¡Ah! ¡perdona, Angiolina! ¡nada de eso sabia yo!
--Puedo contarte su historia: su madre doña Estrella de Cárdenas era conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba allí de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la córte su hija: doña Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias, que las hace semejantes á una naranja con forma humana.
--¡Ah! ¿crees que la duquesita es hija de una india?
--No es que lo creo, tengo la prueba de ello.
--Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.
--Te la contaré, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion escrita y la he aprendido de memoria.
--¿Y quién ha escrito esa relacion?
--La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir á la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo de doña Esperanza, rey ó cacique de los indios rebeldes de Méjico, ha estado encausado por crímenes, y que si el rey le ha indultado ha sido á beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doña Esperanza; unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria española, llamado Alvaro de Sedeño, y por último, una relacion escrita de doña Inés de Cárdenas, abuela de doña Esperanza, y esposa del cacique indio.
--Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y espero con impaciencia esa historia.
La princesa palideció letalmente, porque comprendia el verdadero interés de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se dominó, se reclinó indolentemente en el estrado, echó la cabeza atrás, dejando enteramente descubierta su hermosa garganta y empezó de esta manera:
--Hace treinta y cinco años, en 1522, dos despues del descubrimiento y conquista de Méjico por el gran Hernan Cortés, fue enviado á aquellas remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de Méjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.
Era este don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo de doña Maria de Avendaño, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De este matrimonio solo habia nacido una niña: doña Inés de Cárdenas, que en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba solo catorce años.
Amábala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella. Ciertamente que era un amor muy extraño el de aquel padre, que llevaba aquella hija única, aquella flor delicada, á aquellas regiones remotas, donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar á las cuales era necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan bravos, que imponian espanto á los mas valientes pilotos.
--¿Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desistió de su empeño? Los hombres de aquellos tiempos eran atroces.
--El duque, continuó la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje por amor á su hija.
--¡Extraño amor el de ese padre!
--Lo comprenderás cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos ocupamos, habia corrido, como tú, una juventud borrascosa; que en todo género de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando murió su esposa, no le quedaba mas que el título. Como las Indias son el tesoro donde iban y donde van á reponerse los españoles arruinados, el duque solicitó el oficio de adelantado sobre las fronteras de los rebeldes, y el rey se lo concedió.
--¡Ah! empiezo á comprender: el duque quiso volver á ser rico por amor á su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella.
--Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generacion.
--El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas, aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores. Pero continúa, Angiolina, continúa; te confieso que me va interesando mucho tu cuento.
--Mi historia, don Juan, mi historia.
--Sea en buen hora; pero continúa.
--Despues de una larga navegacion, el duque llegó sin accidente á Méjico, y en seguida se trasladó á su adelantamiento. Hizo bravamente la guerra á los indios, y en solos dos años logró ver reunidas unas riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de aquellas riquezas á España á un mayordomo leal, las rentas del ducado de la Jarilla, fueron desempeñadas, pagadas las lanzas y medias annatas atrasadas, para lo cual bastó, como he dicho, que el duque enviase solamente una pequeña parte de las presas hechas á los indios. Todo parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le cegó, y determinó seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos años mas.
--Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al capítulo de las pérdidas.
--Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos á que me refiero, á los dos años, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque para Nueva España, perdió su hija; el amor que le habia impulsado á aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.
--Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.
--Doña Inés pagó los del suyo de una manera cruel. Figúrate don Juan, que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron consigo á doña Inés.
--Preveo las consecuencias, dijo el marqués: el rey de aquellos bárbaros se casó con la hermosa castellana.
--¿Quién cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa, tú ó yo?
--Perdóname, pero...
--¡Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora á ello, y del mismo modo á saber si el cacique se enamoró de doña Inés ó doña Inés del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.
--Pues no puede ser mas sencilla.
--De una bellota nace una encina, don Juan, y ya verás como los sucesos se complican. Voy á referirte la segunda parte que es mucho mas sencilla, como que se reduce á muy pocas palabras: el duque de la Jarilla buscó en vano á su hija, y en vano durante diez años envió al desierto indios de paz, ofreciendo un crecidísimo rescate por ella. Por último, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los médicos le declararon formalmente que si no volvia á su país natal moriria sin remedio antes de seis meses.
--¿Y se volvió?
--Se volvió pensando recuperar su salud, solamente para volver á buscar de nuevo á su hija: el duque se estableció primero en la córte, y despues se vió obligado, por consejo de los médicos, á ir á buscar, no su salud, porque la habia perdido para no volverla á recobrar, sino su vida, bajo el templado cielo de Andalucía.
El duque se retiró á uno de sus Estados cerca de Guadix.
Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia.
--Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu historia á fuerza de poco interesante, me va causando sueño.
--Espera, espera; este no es un libro de caballerías donde se suceden una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos en la tercera parte.
Era el año de 1546, veinte y cuatro años despues del dia en que el duque salió de España para Méjico y veinte y uno desde el en que le fue robada su hija por los indios.
El duque la habia buscado inútilmente durante diez años en los mismos lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su venida á España en Granada, pero la encontró muerta.
--¡Muerta! exclamó con asombro don Juan.
--¿Ves como mi historia se va haciendo interesante?
--¿Pero cómo fue ese encuentro? ¿Quién habia llevado allí á la hija perdida?
--Voy á entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada, encontró su puerta franca, penetró en la casa y la encontró desamparada, pero en una de sus cámaras encontró el cadáver de una mujer, muerta, al parecer naturalmente, y el de un capitan de infantería española, manco y cojo, atravesado de parte á parte por una espada que aun permanecia en la herida. Preguntóse á los vecinos el nombre del dueño de aquella casa y ninguno le conocia. Entonces la justicia mandó que los cadáveres fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.
--¡Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios.
--Antes de pasar adelante te haré reparar en una circunstancia: al recojer el cadáver de la mujer se notó que le faltaba enteramente un rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparóse tambien que en una de las sábanas faltaba un pequeño pedazo cuadrado de lienzo, cortado al parecer con puñal, navaja ó daga.
--¿Y sirvió esta observacion para algo?
--Ya verás. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sábana, fue hallado sobre el pecho de un hombre á quien se habia preso la mañana siguiente á la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente con un aleman en cuya casa vivia.
El preso á quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el cacique mejicano.
--¡Ah! ¿el preso en cuestion era el cacique?
--Un indio feroz; un hombre cubierto de crímenes; el abuelo de tu duquesita.
--¿Y por qué crímenes le habian preso?
--Por el de traicion al rey.
--¡Traicion al rey!
--Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia declarado el capitan Sedeño, la misma noche que fue asesinado, á don Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union con los monfíes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de doña Esperanza, era muy amigo del emir de los monfíes.
--¿Y me querrás decir Angiolina, qué son monfíes?
--¿Qué sé yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores, gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que incendian. ¡Dignos amigos del abuelo de tu amada!
--¿Sabes que me va interesando demasiado tu historia?
--Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora á un lado al cacique, has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el levantamiento de los moriscos, envió con urgencia partes á las villas y ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los caballeros que acudió con sus criados al llamamiento del capitan general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Cárdenas, que al entrar el dia siguiente en Granada, vió, por acaso, dos cadáveres expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoció á su hija... á su hija doña Inés, que le habia sido robada veinte y dos años antes en Méjico. ¿Crees tú que el duque que era viejo y que estaba loco, no pudo equivocarse? ¿crees que fuese efectivamente aquel cadáver el de doña Inés de Cárdenas?
--Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas, y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debió engañarse.
--La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los ojos una venda de oro. ¡La justicia! ¿Sabes el primer testigo que se tuvo de la certeza del dicho del duque...? un viejo escudero tan achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su señora doña Inés de Cárdenas.
--No conozco el proceso.
--Pues bien, voy á dártelo, porque ya me cansa esta historia, y en él verás lo que dejo de decirte.
La princesa se levantó, salió dejando profundamente pensativo al marqués, que á duras penas habia sostenido su serenidad, y volvió, trayendo un enorme volúmen de papeles.
--Aquí tienes el proceso que me he procurado, deseando saber si la mujer que amas es digna de tu amor:... en él encontrarás que la duquesa de la Jarilla es una mujer de origen dudoso, y que, dado caso que proceda del duque de la Jarilla, siempre será la nieta de un indio y la hija de un hidalguillo oscuro, de un sopista de Salamanca.
--¿Quién piensa en que yo ame mas que á la luz de mis ojos? dijo don Juan disimulando su ansiedad y atrayendo hácia sí á la princesa, y dándola un beso en la boca: tu historia me ha entretenido y nada mas: es muy interesante.
--¡Aparta, aparta traidor! dijo la italiana rechazando las caricias del marqués: ¿por qué esforzarte tanto en disimular el interés que te inspira la historia de la duquesita?
--¡Ah, no! dijo indolentemente el marqués: cosas hay en el mundo que al principio no nos interesan y que despues deciden de nuestra vida.
--¿Y será para tí una de esas cosas la historia que se encierra en este proceso? dijo la recelosa veneciana, posando en don Juan una mirada candente.