Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 26
Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y Yaye la oyó murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante á un suspiro:
--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, caballero! ¡cuánto os debo! ¿sin vos qué hubiera sido de mí?
Yaye no supo qué contestar y contestó á la ventura lo primero que se le ocurrió.
--Dios sin duda os hubiera amparado, dijo.
--Y ¿quién sino Dios, ha podido llevaros á mi lado en la terrible situacion por que acabo de pasar?
--¿Creeis que haya sido Dios quien me ha traido á vuestro lado? dijo Yaye pronunciando tambien estas impías palabras á la ventura, porque estaba trastornado.
--Y ¿quién sino Dios, respondió con acento sonoro y solemne Estrella, ha podido valerse de vos para que consoleis á una pobre madre moribunda, y ampareis á una huerfana infortunada? ¿Quién sino Dios pudo haber hecho que nos encontráramos y nos conocieramos en aquel meson de las Alpujarras? ¿quién sino Dios, ha podido inspirar á mi madre, á mi infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? ¿Creeis que Dios no habla por la boca de los moribundos?
--¿Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclamó Yaye que seguía hablando abandonado á sí mismo, ó por mejor decir, abandonado á aquella situacion que le presentaba á Estrella con el triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio.
La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una atmósfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de sueños desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado, loco, y sin voluntad, por decirlo así, de una manera instintiva, como atraido por una influencia magnética, se sentó en el divan al lado de Estrella.
--Sí, sí; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la jóven; Dios ha tenido compasion de mí, y al herirme tan profundamente en mi amor de hija, ha abierto para mí una fuente de consuelo, presentándome un alma noble, á la cual unir mi alma...
Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada á su dolor, á su necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brilló en medio de su delirio.
Yaye no se atrevió á pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella.
Pero como nuestro corazon es siempre exigente y despótico y siempre sale vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo habia gozado del desesperado afecto de su madre á la que acababa de perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la habia puesto su situacion, ó, tal vez desesperada, importándola poco todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continuó infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su magnífica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor.
--¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!
--¡Sola! esclamó Yaye con un tímido acento de reconvencion.
--¿Cómo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he olvidado todo... ¡Oh, Dios mio! ¡mi cabeza! ¡tengo aquí un infierno!
Y se oprimió con ambas manos la frente.
Yaye la tomó las manos, las separó de su cabeza y las retuvo entre las suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos jóvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flúido irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian.
Entrambos estaban pálidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas, entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer.
Sin embargo, Yaye al contestar á la pregunta de Estrella, mintió en cierto modo, no sabemos por qué.
--Me llamo Juan de Andrade, la dijo.
--¡Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: ¿por qué me engañais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma?
Estrella iba á decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura á la frase.
--¡Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido á deciros que me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfíes de las Alpujarras.
--¿Y qué importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto mejicano: somos hijos y señores de dos pueblos dominados por los españoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos enemigos. ¿No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan?
Yaye se acordó, estremeciéndose, del extraño y terrible desposorio efectuado con los dos por una moribunda, y detrás de aquel solemne y sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vió pasar la sombra de Isabel de Válor, pálida, triste, desesperada.
--¡Que Dios ha querido que nos unamos! exclamó.
Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no pudo notar el profundo terror de que eran hijas las últimas palabras de Yaye.
--¡Oh! y oíd, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce algunos años de reposo sobre la tierra, será necesario que nuestras almas se unan, porque yo os amo.
Por esta vez Estrella no vaciló al pronunciar las palabras que expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanzó con una entonacion firme, sonora, vibrante, llena de voluntad.
Yaye exhaló un grito que tanto podia parecer de espanto, como de alegría, como de placer.
Y era que el amor de Estrella, producia en él al mismo tiempo aquellas sensaciones.
--Si, yo os amo: el dia en que os ví en el meson de las Alpujarras os estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido, profundamente preocupado; no sé qué teniais en vuestra mirada de sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprendí que erais desgraciado. ¡Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un vínculo bastante fuerte para acercar la una á la otra á dos almas desesperadas. Despues cuando os hablé, me ofrecisteis con toda la expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confié en ella, como siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo sé, yo no he medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas íntimo el recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba: no sabia cuándo ni cómo os presentariais á mi vista; pero yo estaba segura de volveros á ver, segura de que me salvariais, segura de que un dia seriais para mí mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un hermano: estaba segura de que seriais mi alma.
La expresion del semblante y de la mirada de Estrella llegó al último desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la esperanza: Yaye sintió como que su alma se fundia, por decirlo asi, en aquella mirada; una fruicion suprema ensanchó, dilató todo su ser, se sintió trasportado á un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fácil: decimos que se sintió, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su fascinacion, de su trasporte, atrajo hácia sí á Estrella.
La jóven se dejó arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estampó en sus labios, exhalando por él todo el volcan que ardia en su alma, la despertaron de su delirio y rechazó á Yaye.
--Aun está caliente el cadáver de mi madre, exclamó con un acento en que vibraban á un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo.
Yaye despertó á su vez y comprendió que envuelto por la fascinacion que habia arrojado sobre él á torrentes Estrella, habia dado un paso del cual no podia volver atrás sin dar derecho á una mujer á que le llamase infame.
Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su semblante se entristeció, se doblegó sobre el divan y se cubrió el rostro con las manos.
Estrella se conmovió; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se acercó á Yaye, le apartó las manos del rostro, como antes habia hecho Yaye con ella, le miró frente á frente con una expresion dulcísima y con los ojos llenos de lágrimas, y le dijo:
--Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para mí una nueva vida y ya no estoy sola en el mundo: me amais... ¡oh! ¡sí! ¡me amais! Sed mi esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo con toda mi alma... ¡pero abrir los brazos á la felicidad cuando mi pobre madre... cuando aun no está santificada nuestra union...! ¡oh! ¡no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os hayais dejado arrebatar por vuestro amor... ¡Oh! ¡Dios mio! ¡cuanta desgracia y cuanta felicidad á un tiempo!
Y Estrella rompió á llorar; pero de una manera convulsiva, en una de esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas se medita en el valor de lo que se ha perdido.
Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer.
En aquel momento se oyó un golpe recatado en una de las puertas interiores, y Yaye se dirigió á Estrella.
--Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado á dejaros sola y quiero dejaros mas resignada.
Resonó otro golpe mas fuerte y mas impaciente.
--¡Dejarme sola! exclamó Estrella.
--Sí; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven á llamarme y con insistencia. Oid.
Habia resonado un tercer golpe.
--Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasará... id donde os llaman.
--Pero estais desesperada... y lo temo todo...
--¡Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor.
Yaye estrechó una mano que le presentó Estrella, la besó y salió.
Apenas habia salido Yaye, Estrella se levantó de una manera enérgica: sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia fija en la inmensidad; estaba pálida, temblorosa y su boca entreabierta tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles.
Luego cayó de rodillas, levantó sus brazos y sus manos al cielo, y exclamó con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma:
--¡Oh madre mia! ¡madre mia! perdóname si cuando acabo de perderte me he atrevido á hablar de amor! ¡Estoy sola en el mundo y necesito vengarte! Ese hombre te vengará, sí, te vengará aunque me vea obligada á ser su manceba, su esclava! ¡ese hombre te vengará! ¡yo te lo juro!
Luego se alzó y se sentó pensativa en el divan: despues de su juramento habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego la reflexion se fue apoderando de ella y arrojó una mirada indagadora al fondo de su alma.
--¡Oh, Dios mio! exclamó: ¿le amaré acaso...?
Se pasó la mano por la frente, palideció aun mas, y luego dijo como traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones:
--¡Oh, sí, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le ví, y hace un momento, á pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha arrastrado, y he estado á punto de ser suya... ¿y él, él me amará? ¡oh! ¡sí! ¡ha sido generoso! ¡ha respetado mi dolor y mi pudor! ¡pero Dios mio! ¡sino me amara! ¡si solo hubiese cedido á mi dolor y... á mi hermosura! ¡si solo me hubiese respetado por caballero! ¡oh, Dios mio! ¡al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! ¡oh, Dios mio! ¡ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! ¡permite que sea su esposa!
Yaye entró en aquel momento.
--Suceden cosas gravísimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es imposible vengar á vuestra madre.
--¡Qué os es imposible vengar á mi madre! exclamó profundamente Estrella.
--Si por cierto, porque el capitan Sedeño ha sido muerto esta misma noche á estocadas.
--¡Muerto á estocadas! ¿y por quién? exclamó con anhelo Estrella.
--Aun no puedo deciros quién es el hombre que le ha muerto: debe ser un hombre que salió de la casa del capitan algun tiempo despues que este habia entrado en ella de vuelta de un viaje.
--¿Con que el infame capitan Sedeño ha sido muerto por otro hombre en su misma casa, acaso delante del cadáver de mi pobre madre?
--Tal vez.
--¿Y quién os ha dado esas noticias? añadió Estrella, cuyo interés crecia.
--Uno de mis mas leales servidores, á quien dejé con algunos de los mios en observacion de la casa del capitan.
--¿Y no podrá averiguarse quién ha sido el hombre que ha matado á Sedeño?
--Acaso, puesto que uno de mis monfíes ha seguido recatadamente á ese hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla.
--¡Muerto el infame Sedeño!
--Y no es esto solo; poco despues una ronda entró en la casa que encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio á quien acompañaban... algunos sepultureros.
--¡Ah! exclamó Estrella cuyo dolor se avivó: ¡ya no volveré á ver á mi pobre madre!
--Su cadáver y el de Sedeño fueron sacados de la casa y conducidos á la iglesia: uno de mis monfíes se hizo el encontradizo con uno de los alguaciles á quien por acaso conocia, y supo por él que el capitan habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma cámara de vuestra madre.
--¡Oh! ¡y cuán justiciero es Dios! exclamó Estrella.
--Pero no es esto lo que me obliga á separarme de vos; asuntos que conciernen al pueblo, cuya corona ciño, me imponen el imperioso deber de ir á ocupar el puesto de honor que me corresponde.
--¿Vais á combatir con los cristianos? exclamó anhelante Estrella.
--Es muy probable.
--Podeis morir en el combate.
--Es muy posible.
--¿Y yo...?
--Vos sereis...
--Detúvose indeciso Yaye...
--¿Qué seré yo...?
--Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en defensa de su pueblo oprimido.
--Partid, partid, señor, dijo Estrella cediendo á su amor y arrojándose en sus brazos: partid; Dios no querrá que murais, porque Dios no querrá hacer mas grande mi desesperacion.
Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye lloró.
--Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantándola entre sus brazos; para cuidar de vos, señora, queda un hombre que velará por vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompañaros. Vais á conocer á ese hombre.
Estrella se separó de los brazos de Yaye y se enjugó las lágrimas.
--¡Ola! ¡wali Harum! dijo Yaye asomándose á la puerta.
Harum, que venia completamente vestido á la castellana, apareció en la puerta y se inclinó profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un wali antiguo ante un califa de Córdoba.
Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva de una sultana.
--Mientras yo esté ausente, dijo Yaye, servirás y obedecerás á esta señora, como me servirias y me obedecerias á mí mismo. Si yo muriese, seguirás sirviéndola y obedeciéndola como si fuese mi hermana.
--Será como querais que sea, poderoso señor.
--Ahora, doña Estrella, adios, dijo el jóven acercándose galantemente á ella y besándola una mano.
--¡Adios! ¡adios! dijo Estrella; ¡que la Santa Vírgen os proteja y os dé ventura!
Los ojos de Estrella se arrasaron de lágrimas, y la fue necesario hacer un violento esfuerzo para contener su llanto.
Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brotó libremente, y Estrella exclamó entre sus sollozos.
--¡Que me sirva como si fuera su hermana! ¿por qué no ha dicho que me respete y me sirva como si fuera su esposa?
Entre tanto Yaye decia á Harum.
--¿Para atender á las necesidades de esa dama mientras yo esté ausente tienes oro bastante?
--Si señor.
--Antes de emprender mi expedicion, que será al momento, yo dejaré dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi corona, lo que baste para atender á la subsistencia honrada de esa dama durante toda su vida.
--¡Morir! ¡señor! ¡morir tan jóven y tan valiente! ¡eso no puede ser! el Altísimo y Único velará por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro pueblo.
Como llegaban entonces á las puertas de la casa, Yaye que habia tomado una capa, una gorra y una espada, salió solo y se encaminó á largo paso á la calle del Zenete, á la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y en donde habia conocido á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
CAPITULO XXI.
Los xeques del Albaicin.
El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí al jóven.
En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió, como un niño ó como un loco.
--¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?
--He estado en las entrañas de la tierra y ahora salgo de ellas.
Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion á Yaye.
Abd-el-Gewar le ponderó el mortal cuidado en que habia tenido á su padre y á él mismo su pérdida; los esfuerzos que se habian hecho por encontrarle, por último, que habiendo llegado el caso de un levantamiento general, era necesario que le acompañara para darle á reconocer como emir de los monfíes al lugar donde debian reunirse los xeques y los principales moriscos de la ciudad.
Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y subiendo por las agrias cuestas que conducian á la torre del Aceituno, entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una seña que rindió á la puerta Abd-el-Gewar.
Hiciéronles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bóveda alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de sus paredes y por su pavimento resbalizo y húmedo, parecia una cisterna ó algibe.
Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaños.
En aquellas sillas y en aquellos escaños habia como hasta treinta hombres, la mayor parte de ellos ancianos.
Todos tenian impreso en su semblante el sello típico de la raza mora; todos estaban sobreexcitados, pálidos y con las miradas chispeantes.
Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano de rostro noble y enérgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia la palabra á los demás, segun la altura á que se encontraba, su peroracion, decia:
--Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos, ¿sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? ¿Qué importa que don Diego de Córdoba y de Válor, el hombre que estábamos decididos á proclamar rey despues del triunfo, si el Altísimo se digna concedérnoslo apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la desgracia, qué importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y que cuando, extrañando su tardanza se ha ido á buscarle á su casa, se nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? ¿no hemos lanzado ya todo temor? ¿no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decís que, sin duda, don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas, ennoblecido por el rey de España, nuestro enemigo, y honrado con mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen hora: asi nos ha avisado á tiempo de que es traidor á su ley y á su patria, y podemos volver los ojos á otra persona mas digna y mas valiente para ceñir á su cabeza la corona del reino. Pero decís: si don Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El capitan general no puede tener mañana mas soldados que los que tiene hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducirá á doscientos ó trescientos hombres mas, poco acostumbrados á la guerra, que podrán venirle de las villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de Granada vendrian á ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, mañana mismo, y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar á los seis mil monfíes que llegarán mañana con Muley Yuzuf de la montaña, y á falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Válor nombrar uno entre nosotros.
--Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al orador.
--Es Abd-el-Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.
Todos se levantaron y saludaron á Abd-el-Gewar.
Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia presidir aquella reunion revolucionaria:
--¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?
--Ese capitan es el jóven que me acompaña.
--¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la suerte del reino?
--¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?
--¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.
--¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la expresion de mi voluntad.
--¿Quién eres tú que asi te atreves á insultarnos? exclamó con cólera el Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dejó la mesa y se vino furioso hácia Yaye.
El jóven le asió con una mano de hierro, le doblegó y exclamó con acento vibrante:
--¡De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfíes!
--¡El emir de los monfíes! exclamaron absortos todos los circunstantes.
--Sí: el emir de los monfíes, el magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye á pesar de su educacion medio castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente y la terrible altivez de los déspotas musulmanes; sí, el emir de los monfíes es el que teneis delante.
--¡La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras los demás miraban con recelo á Yaye y á Abd-el-Gewar; ¡la prueba de que ese mancebo es el emir!
--¿Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye?
--Es verdad.
--¿No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntábais si era mi hijo ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso señor?
--Sí.
--Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.
Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á decir: