Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 25

Chapter 253,993 wordsPublic domain

A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso terrible; siguió adelante, atravesó algunas habitaciones, y al fin abrió la puerta de la cámara mortuoria.

Al entrar encontró en el centro de ella un hombre que fijaba en él una mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella mirada.

Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia encontrado muerta á su esposa.

Al ver ante sí á Sedeño, se encaminó gravemente á la puerta, y la cerró por dentro. Luego adelantó hasta el capitan, que permanecia asombrado en el centro de la cámara, mirando con una fascinacion horrible el cadáver de doña Inés.

Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para que diese lugar á palabras ni á recriminaciones.

Calpuc desenvainó su espada con una calma horrorosa, y punzando en un brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvió en un movimiento colérico:

--¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!

--En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando convulsivamente su espada: ese cadáver colocado entre los dos pide sangre: defiéndete.

Y empezó un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en el lecho aquel cadáver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de los combatientes.

Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar á una parada: conocíase en ambos la decidida intencion de matar á su adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas vigorosas: cubríanse y reparábanse con un cuidado exquisito, con una sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos enemigos.

Pero á poco que se observase á aquellos dos hombres, se conocia que la ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeño fuese cojo y manco, defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna y el brazo que tenia sanos, sino porque, á pesar de su valor y de su sangre fria, Sedeño estaba aterrado, su terror crecia de momento en momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de Dios.

Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera atrevido á decidir rotundamente acerca de cuál de aquellos hombres seria el vencedor.

Conocíalo esto asimismo Calpuc, y se afianzó mas en su posicion y se hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; notó que Sedeño, á pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del género de ataque que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.

Asi es que, con una destreza maravillosa, le marcó un golpe al rostro; hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relámpago por delante del único ojo del capitan, y rebatiendo la mano, á tiempo que Sedeño acudia á la parada por arriba, le metió la espada en el pecho hasta la empuñadura.

Calpuc dejó la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse con ella la vida del capitan: este lanzó una horrible blasfemia al sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pié y su pata para no caer; pero al fin vaciló y cayó sobre el costado donde habia sido herido.

--Mi esposa ha muerto: exclamó Calpuc, acercándose á él, pero mi hija vive: ¿sabes qué ha sido de mi hija?

--¡Ah! exclamó con una feroz alegria Sedeño: ¿has encontrado muerta á tu esposa, y no sabes qué ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues, mas tranquilo. Doña Inés no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me servia... ¡deshonrada! ¡ah! ¡hermosa ramera!

Una tos profunda, hirviente, interrumpió al capitan, que lanzó un vómito de sangre.

--Contesta, contesta y te perdono... exclamó Calpuc: ¿qué has hecho de mi hija? ¿dónde está mi hija?

--¿Para qué quiero yo tu perdon? exclamó con la voz enronquecida Sedeño: yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque sé que no tardarás en acompañarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi venganza.

Un nuevo vómito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fácil, como rebosa el agua de una fuente, interrumpió de nuevo al capitan.

Calpuc se aterró ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre crueles labios del moribundo.

--¡Mi hija! ¡mi hija! gritó Calpuc inclinándose sobre el capitan, y sacudiéndole furioso.

Tornó á él Sedeño la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se contrajeron de una manera horrible, y exclamó en medio de una carcajada débil, dolorosa; pero sarcástica y acerada:

--¡Tu esposa! ¡tu hija! ¡las dos! ¡y luego tú!

Su voz se apagó, se agitó en un débil esfuerzo, y faltándole el brazo sobre que se apoyaba, cayó y quedó inmóvil.

Estaba muerto.

Aquella muerte abrió un vacío profundo en el alma de Calpuc.

--¡Ah! exclamó: he sido un insensato: le he matado, y no he podido saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... está muerto... ¡muerto...!

Calpuc quedó inmóvil como una estátua, con una ansiedad mortal pintada en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvió de una manera insensata hácia el lecho, se arrojó sobre él, y besó una y otra vez delirante, la fria boca del cadáver.

Luego se alzó, cortó con su daga uno de los negros rizos de dona Inés, y le envolvió en un pedazo de las ropas del lecho que cortó tambien con su daga: despues besó de nuevo al cadáver, y dijo como si este pudiera oirle:

--¡Adios, Inés! ¡Inés de mi alma! yo moriria junto á tí... pero mi vida no me pertenece... ¡pertenece á nuestra hija! ¡tú, cuyo espíritu está sin duda en el seno de Dios, guíame para que pueda encontrarla, fortaléceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por nuestra Estrella!

Despues de esto, Calpuc se levantó de sobre el cadáver y se separó algunos pasos; pero volvió de nuevo: parecia que un poder invencible le ataba, le retenia junto al cadáver de su esposa. Por una, dos y tres veces, pretendió en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento esfuerzo y salió frenético de la cámara.

Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvió su rostro hácia el interior, y rompió á llorar como una mujer desconsolada.

Luego se alejó á paso lento, y salió de la casa, cuya puerta dejó abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda desesperacion:

--¡Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!

CAPITULO XIX.

De cómo la justicia fue á cerrar la casa del capitan, dejándola enteramente deshabitada.

Aquella misma noche algunos monfíes enviados por Yuzuf, entraban en Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el nombre del Obispo don Gonzalo.

Aquellos monfíes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la noche y por la soledad del Albaicin, á las casas de algunos moriscos principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria á Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil monfíes.

Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que al momento viniesen á Granada con los caballeros particulares y gente de guerra y del comun que pudiesen reunir.

No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeño, un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria las silenciosas calles, entró en la de San Gregorio: al pasar por delante de la casa de Sedeño, maravillóle ver la puerta abierta y las luces del zaguan encendidas.

--Pues segun los bandos, dijo el alcalde, á estas horas debia estar ya cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere, que la justicia castiga por su descuido al dueño de esa casa, en dos ducados para obras pías.

Adelantó el corchete con su linterna, y entró.

--¡Ah de casa! dijo.

Nadie le contestó.

Asió entonces la cuerda de la campana y la agitó: tampoco sobrevino contestacion alguna.

Salióse el corchete.

--Señor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona viviente, que un caballo que está enjaezado en el zaguan.

--Volved á llamar, maese Barbadillo, volved á llamar.

Llamó de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente; pero no recibió mas contestacion que las veces anteriores.

Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre ágrio y seco, de cincuenta años, enhiestó la vara de justicia, y alegrándose, con esa alegría característica de los curiales cuando les cae que hacer, esto es, con una alegría maligna, se entró de rondon por la puerta franca, seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia á la puerta.

Despues de un escrupuloso registro, que dió por resultado encontrar una casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma viviente y con dos cadáveres, el alcalde, aumentada su alegría en una proporcion maravillosa, mandó á un alguacil para que buscase de una manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, á fin de que acudiese con sus sepultureros.

El escribano libró testimonio de cómo en una casa grande de la calle de San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueño no se sabia aun, por no haber habido lugar á la indagatoria, y en una de las cámaras de aquella casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Córte, Anton de Zalduendo, los cadáveres de una dama como de cuarenta años, muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus divisas, capitan de infantería española, manco del brazo izquierdo, cojo de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto á hierro y al parecer en riña: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rávago, cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que mandase conducir los dos difuntos á la iglesia, y que al dia siguiente los pusiese en sendas cajas de ánimas en la puerta de la parroquia, á fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues de lo cual, y habiéndose llevado los difuntos los sepultureros, y quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que tenia sobre sí el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que le atravesaba de parte á parte, y la otra espada en la mano, sin señal alguna de sangre, se procedió al inventario y embargo de los muebles de la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el otro en la cuadra, cerrándose y sellándose todas las puertas por la justicia, y entregándose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo, en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al alborear el dia 1.º de julio del año de 1546.

Como se vé, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes, que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no encontró en la casa persona alguna.

Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del capitan difunto con la de don Diego de Córdoba y de Válor, puesto que ni una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta.

Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillería, constaba que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se habían hallado papeles interesantísimos para la salud de la república y el servicio del rey.

CAPITULO XX.

Estrella.

La casa que el walí de los monfíes Harum, habia procurado á su señor el poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, era, como hemos dicho, una bellísima casa; mas aun, un pequeño alcazar situado en una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las _Tres Estrellas_, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en cuestion existen.

Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco árabe agramilado de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un símbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos confeccionar una leyenda á la que titularemos, Dios mediante, _Las Tres Estrellas_.

Mas, volviendo á nuestra narracion, nos permitirán nuestros lectores que digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando acontecian los sucesos que vamos refiriendo.

Su fachada era pequeña y formaba uno de los lados del segundo ángulo recto de la calle: la pequeña y sencilla, pero bella puerta ogiva de herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el primer ángulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el Alto; el muro á que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion, ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeño agimez de estuco labrado, con columnas de mármol blanco de Macael, que correspondia á un pequeño mirador con cúpula, situado sobre el tejado de la casa, encima del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que estaba situado á la derecha de la casa, y que se veia desde la calle, merced á la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del ángulo recto que determinaba la calle.

Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos años hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo que si hubiera sido de carton, ó como las hojas secas de un árbol.

Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro, pavimentado de mármol, con faja de mosáico ó alicatado en la parte inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales faltaba luz. Frente á la puerta habia un delicado arco que daba paso á un patio muy pequeño, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una fuente abierta en el pavimento, de mármol como el del zaguan; al fondo de este patio habia una puerta mas pequeña que daba á una estrechísima y oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto, desembocando en una galería, situada á la izquierda del patio, con barandilla ó balaustrada de pino tallado y agramilado.

El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el piso bajo, y en la galería que hemos citado en el alto. Esta galería estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas; otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el de la galería, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y triángulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa. Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas de azulejos ó mosáicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos, diferenciándose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la galería.

Por la puerta inferior se entraba en una cámara oscura; pero riquísima en su pavimento de mosáico, en sus arabescos y en su techo; á los extremos de esta sala habia dos pequeños alhamíes ó alcobas. Por la puerta de la galería se entraba á otra sala enteramente igual; pero mas baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galería habia una pequeña puerta que daba á una escalera, y aquella escalera desembocaba en un pequeño corredor oscuro, que iba á dar al mirador que se veia desde la calle.

Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de extension. Tres de sus costados tenian agímeces cubiertos por celosías y por cortinas de seda carmesí; en el otro costado estaba la puerta. El friso de este mirador se hacia octógono, y sobre él se veian diez y seis bellísimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se levantaba una cúpula de estalácticas, que remedaba con sus colgantes una gruta de hadas.

Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosáico menudo, caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que naciendo de los ángulos, determinaban la figura octógona del friso; los adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado, todo perfectamente concluido; un hermoso sueño de un hábil alarife realizado en miniatura. En aquella pequeña estancia habia un divan de seda y oro; cortinas magníficas en la puerta y en los agímeces y un bello perfumero de plata.

Ademas, pendiente de la cúpula habia una lámpara de seda, y de cuatro de los cupulinos del octógono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian aprisionados cuatro ruiseñores.

Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artística de la casa de las Tres Estrellas. A las demás dependencias, habitaciones de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta situada á espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el muro derecho del patio por una puerta sencilla.

En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos, ennegrecidos por el tiempo.

Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue.

A aquella casa fue á donde Yaye hizo conducir á Estrella desmayada, y á donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el soldado que servia á Sedeño, y las dos sirvientes que habia en la casa.

Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito.

La infeliz jóven tardó mucho tiempo en volver de su desmayo; acompañábala Yaye, que observaba su estado, lleno de interés y de caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye: una caridad _sui generis_; pero al fin el jóven llamaba caridad al dulce sentimiento que le hacia experimentar, en mayor ó menor grado, toda mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos propuesto respetar la conciencia del jóven emir; pero era muy extraño que la caridad de Yaye no se extendiese á los hombres ni á las mujeres feas ó viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional.

Las circunstancias en que habia encontrado Yaye á Estrella habian sido eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su juventud, y por su magnífica hermosura, impresionaba fuertemente el alma entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella á una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le hacia sentir una emocion dulce, lánguida, fresca, odorífera, si se nos permiten estas dos últimas extrañas calificaciones: caridad que era de todo punto independiente del amor que le inspiraba doña Isabel de Válor, amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un impulso caritativo. Doña Isabel era para el jóven la luz de su alma, su amor contrariado, su empeño: doña Estrella, un ser débil, necesitado de proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los piés del emir, y que estaba ante él pálida, privada de sentido, y sufriendo de una manera interna, ó, por mejor decir, orgánica. Yaye se habia dicho, respondiéndose á sí mismo, y como queriendo calificar el lazo que le unia á aquellas dos mujeres, tan jóvenes, tan puras, y tan desgraciadas las dos:

--Estrella será mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa, será mi amante: Isabel será mia.

Pero entre tanto no volvia en sí Estrella; el sacudimiento que habia sufrido el alma de la pobre niña habia sido demasiado fuerte para que el accidente causado por él fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas peligrosa, si la ciencia no acudía al socorro de Estrella. Yaye estaba realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta á Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfíes.

El jóven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en sí. Yaye no se habia atrevido á desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la duracion del accidente, á tomar, contra su voluntad y de una manera desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspiró profundamente y abrió con languidez los ojos, sus hermosísimos ojos negros, á los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos, irresistibles.

Poco á poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levantó sobre el divan, pasó sus pequeñas manos por su frente, se apartó las pesadas bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y miró en torno suyo.

No preguntó donde se encontraba, no nombró á su madre, no se entregó á ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que serian ridículas á no ser por lo terrible de la causa que las motiva. Nada dijo á Yaye, únicamente le asió una mano, y se la besó, dándole las gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada por lágrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies á la cabeza á Yaye.

Luego se replegó sobre sí misma y Yaye la sintió llorar en silencio.

Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel, porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jóven emir lo comprendió asi y dejó á Estrella abandonada á su dolor; pero no se atrevió á dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorrió los tapices de la puerta y de los agimeces y abrió las maderas; frescas oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y uno de los ruiseñores rompió en un magnífico trino.

Yaye tomó la jaula, la descolgó y llevó fuera el ave cantora: parecióle que la alegría tranquila del pájaro debia punzar el alma lastimada de Estrella; los otros tres ruiseñores fueron desterrados tambien á una habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron silencio.

Cuando entró de nuevo Yaye en el mirador, encontró á Estrella mas tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus manos cuyo brazo se hundia en los almohadones.

Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo.