Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 24
Una vez en la cámara de su esposo, doña Elvira encendió de nuevo su luz en una lámpara que ardia delante de un Cristo de talla sobre un reclinatorio, fué á la puerta secreta, la abrió, bajó las escaleras y se puso á escuchar.
--Nadie, no hay nadie, dijo: sin duda se han ido aquellos hombres que hoy al bajar me detuvieron: pero ¿por donde han entrado esos hombres? ¿quién los ha traido? Ellos son sin duda los que me han robado á Yaye.
Doña Elvira al pronunciar el nombre del jóven, exhaló un gemido, se llevó una mano sobre el corazon, y se apoyó en la pared un momento, como si hubiera necesitado de aquel apoyo para no vacilar y caer: luego rehaciéndose, merced á su indomable voluntad, acabó de bajar los escalones, y entró resueltamente en la mina y la recorrió, llegando á la otra escalera que comunicaba con la casa del capitan Sedeño.
A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doña Elvira habia pasado sin reparar en ella junto á la abertura practicada en uno de los costados de la mina por Harum el monfí.
Se detuvo un momento al pié de la escalera de la casa del capitan, y luego pintóse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella.
No tardó en llegar á la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia quedado abierta, y doña Elvira se encontró en la cámara del capitan.
Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa extraña; pero doña Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la rabia y la desesperacion.
Doña Elvira siguió adelante, y recorrió la casa del capitan, hasta llegar á la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el terror de doña Elvira, habia pasado algunas veces junto á la puerta de la cámara mortuoria, donde yacía doña Inés de Cárdenas, sin que se le hubiese ocurrido que allí habia una habitacion en la cual no habia entrado.
Maravillóla, sí, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una casa donde no se encontraba á nadie.
Doña Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba á la calle ó á un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corrió los cerrojos y abrió uno de los grandes postigos de aquella puerta.
En aquel momento un ginete arremetió por ella, y á poco no atropella á doña Elvira que se hizo un paso atrás, dejó caer la lámpara y exaló un grito de espanto al reconocer al ginete.
Aquel ginete era don Diego de Córdoba y de Válor.
--¡Ah! ¡ah! dijo don Diego; ¿sois vos señora? En verdad, en verdad, que yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aquí.
La situacion en que se hallaba doña Elvira era tan extraña que solo contestó fijando en su marido una mirada de terror.
--Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que sé algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no haberlas ejecutado.
Doña Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma facilidad para dominarse, se repuso y contestó á don Diego:
--No comprendo lo que me quereis decir, esposo y señor.
--¿Que haceis aquí, señora? dijo don Diego atando á una argolla del portal su caballo, del que habia descabalgado.
--En verdad que no lo sé, dijo doña Elvira recogiendo del suelo con gran serenidad la lámpara; al veros de repente ante mí me he sorprendido, porque no esperaba veros en esta casa, en la que á mí misma me causa gran extrañeza el encontrarme. Encended mi lámpara en uno de esos faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros.
Sorprendido don Diego del aplomo con que doña Elvira le hablaba, ni mas ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tomó maquinalmente la lámpara, la encendió y la entregó á su esposa.
--Vamos de aquí, dijo ella, trasladémonos á nuestra casa; tengo que revelaros sucesos importantes.
--¡Ah! ¿teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo mal su cólera don Diego.
--Si por cierto; pero ante todo decidme: ¿por qué razon habiendo estado un mes ausente, venís á esta casa antes que á la vuestra?
--Tenia mis razones para pretender llegar á cierto punto de mi casa sin ser sentido.
--¡Ah! ¿y á qué punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido, caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio, á no ser que pensáseis darme el placer de una sorpresa.
--Si por cierto, queria sorprenderos doña Elvira.
--Y efectivamente me habeis sorprendido presentándoos ante mí en un lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado encontraros.
--Perdonad si no os digo en qué lugar queria sorprenderos; porque estamos en una casa extraña y podria escucharnos alguno de los criados del capitan Alvaro de Sedeño.
--¡Ah! ¡esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeño! En verdad que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con nosotros, y habeis hecho mal en no advertírmelo, porque...
--Seguid, seguid adelante, señora, y callad: basta con que hayais dado el escándalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qué razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros asuntos.
--Podeis estar tranquilo, dijo doña Elvira; nadie nos escuchará porque esta casa está deshabitada.
--¡Deshabitada!
--Si por cierto, seguidme y os convencereis.
Doña Elvira tomó por la escalera principal, y don Diego la siguió, dominado por lo extraño de lo que le acontecia.
Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el uno tras la otra por las escaleras arriba.
Doña Elvira entró en los corredores, y de ellos pasó á una antecámara, en la que antes no habia entrado.
En aquella antecámara habia un fuerte olor á cera quemada: era la antecámara mas allá de la cual habia muerto doña Inés.
Doña Elvira siguió fatalmente adelante y se encontró en el aposento mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugías encendidas que proyectaban una luz opaca sobre el lecho.
--Aquí hay una mujer que duerme, dijo don Diego.
Doña Elvira miró el lecho, y mas perspicaz que su marido lanzó un grito de horror.
--¡Esa mujer está muerta! exclamó.
--¡Muerta! exclamó don Diego arrebatando la lámpara á doña Elvira que habia quedado yerta de espanto, y acercándose al lecho: ¡muerta! ¡sí muerta! pero... ¿quién es esta mujer?... ¡ah! ¡la muerte se cruza en mi camino cuando vengo á buscar una prueba de mi deshonra!
--¡De vuestra deshonra! exclamó en un acento indefinible doña Elvira.
--Sí, sí, seguidme, señora, seguidme y concluyamos de una vez.
Y asió brutalmente de un brazo á doña Elvira y la arrastró consigo fuera de la cámara; atravesó la antecámara, salió á los corredores y luego, como quien conocia bien aquella casa, torció por una puertecilla, atravesó un pasadizo, entró en el aposento del capitan Sedeño, y se encaminó á la puerta secreta.
Aquella puerta estaba abierta.
--¿Habeis entrado por aquí, señora? la dijo.
--Por aquí he entrado, contestó con acento severo y duro doña Elvira, como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego.
--¿Y quién os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra casa? preguntó con un acento no menos duro y severo don Diego.
--Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion.
--¡Que la habeis descubierto! ¿y cómo? hay alguna distancia desde el aposento subterráneo aquí y no parece natural...
--Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido Sidy Yaye.
--¡Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclamó con un acento indescribible don Diego: ¡es decir que se os ha escapado!
--Solo sé deciros que esta noche cuando bajaba á traerle la cena, encontré la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la puerta; nadie conoce la entrada del subterráneo por nuestra casa mas que vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cómo podia haber huido, y recorrí la mina: al fin de ella dí con una escalera, al fin de la escalera con esta puerta que encontré franca; recorrí la casa, menos esa habitacion donde hemos visto ese cadáver, y no encontré persona alguna: llegué al zaguan, y... abrí maquinalmente la puerta...
--Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye, dijo don Diego cediendo á una suspicaz suposicion: ¡oh! si, si, veo en esto la mano de los monfíes; vos no habeis querido que vuestro amante esté privado del sol y del aire.
--¡Mi amante! exclamó verdaderamente aterrada doña Elvira; pero sobreponiéndose á su terror, ¿habeis dicho mi amante? añadió con altivez.
--Venid, exclamó trémulo de furor don Diego.
Y arrastrándola consigo, descendieron por las escaleras: un instante despues se encontraron en el aposento subterráneo donde habia vivido un mes Yaye.
Don Diego revolvió en torno suyo una mirada de tigre y acercándose á un sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tomó de sobre él un riquísimo justillo de mujer y una gargantilla, que doña Elvira había dejado allí abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser sorprendida en la habitacion de su amante.
--¿Qué significa esto, señora? dijo con acento opaco don Diego: ¿habeis elegido por vuestra cámara de vestir, este aposento, y por camarera á Yaye?
Doña Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lívida y miró con los ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la mostraba.
--Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclamó con acento ronco don Diego; conócese que el hermoso emir apreciaba sobre todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros de esta rica gargantilla: á falta de sol y de aire vos llenábais de flores, de perfumes y de amores su encierro. ¡Oh! razon tenia yo en querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros, pero os sorprendo á vos sola... el infame... el infame se ha escapado llevándose mi honor: pero yo sabré encontrarle: yo sabré matarle aunque le protejan todos sus monfíes.
Doña Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trémulo de cólera, acometió á su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doña Elvira aterrada retrocedió y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada gorguera de encaje de Flandes, se la arrancó y dejó descubierto el cuello y parte del seno de doña Elvira.
Entonces vió don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del mismo metal.
Don Diego arrojó lejos de sí la gorguera, y señaló con un dedo inflexible el relicario.
--Negad ahora, si os atreveis, exclamó.
--¿Y este relicario que os prueba? exclamó con audacia doña Elvira.
--Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que yo la regalé hace un año. Y ¿sabeis lo que hizo mi hermana con ese relicario? le regaló á Yaye, al hombre á quien amaba. ¿Sabeis que la noche en que se separaron Yaye é Isabel pidió ella su relicario al hombre de quien debia separarse para no volverle á ver, y que él, no consintió en separarse de ese relicario? ¿sabeis que yo lo escuchaba todo, oculto? ¿que sé que ese relicario habia quedado en poder de Yaye, y que solo él puede habérosle dado? ¿sabeís que cuando un hombre da una prenda de amor de una amante á otra amante, es porque ama mas á la segunda que á la primera ó porque no ama á ninguna de las dos? ¿Y me quereis negar todavía que sois amante de Yaye?
Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian esperarse sino extremos, y desesperada por la pérdida de Yaye, enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la fiebre, fuera de sí, exclamó con una energía casi salvaje:
--Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le amo, he sido suya y le he perdido.
Don Diego se sintió acometido de un vértigo de sangre, desnudó su daga furioso y acometió á doña Elvira que cayó de rodillas; pero de repente se contuvo; se pasó la mano por la frente, envainó la daga y dijo asiendo á su esposa con una fuerza desesperada por un brazo:
--Aun no es tiempo... aun vive él... vivid vos tambien... una puñalada es poco... necesito mas para vengarme... y me vengaré... me vengaré sin que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra... me vengaré, pero de una manera horrible.
Y sombrío y letal, dejando á doña Elvira doblegada sobre sus rodillas, salió del subterráneo por la casa del capitan Sedeño, cerró perfectamente la puerta secreta, atravesó aquella casa, bajó al zaguan, sacó el caballo fuera, encajó la puerta ya que no podía cerrarla, montó y rodeó el Albaicin para dar lugar á que su esposa se rehiciera, bajó al meson donde habia dejado á su hermano, y dos horas despues de la terrible escena habida con su esposa, llamó á su casa.
Doña Elvira bajó serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa amante, á recibirle y se arrojó en sus brazos.
Don Diego la estrechó en ellos y la dijo al oido estas palabras envueltas en un beso satánico:
--¡Gracias! ¡doña Elvira, me habeis comprendido!
Y asido de su mano se encaminó á las escaleras en cuyo primer peldaño pálida y anhelante le esperaba doña Isabel.
--¡Y mi esposo! exclamó esta.
--Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser asesinado por los monfíes de las Alpujarras.
* * * * *
Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de caballos de órden del capitan general de la córte y reino de Granada, y conducido con grandes seguridades á la Alhambra.
CAPITULO XVII.
Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.
Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doña Isabel.
Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo tres golpes recatados.
Doña Isabel abrió temblando.
--¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en una ancha capa.
--Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.
Doña Isabel cerró.
--¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.
--Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de noche al huerto, contestó doña Isabel.
--Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta parte, temeria que os viesen conmigo.
--Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede vernos.
--¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del capitan Sedeño.
--¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.
Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel, puesto que se apresuró á decirla:
--Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.
Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada favorita.
--Sentaos, le dijo, señalándole el banco.
--Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y os juro que yo os ampararé.
Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana pedia ser amparado.
--Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel, la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.
--¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.
--Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién soy yo.
--Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.
--Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.
--¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?
--De la cuarta parte, contestó el desconocido.
--¿De América?
--Cabalmente: soy mejicano.
--¡Ah!
--¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los españoles como un morisco?
[imagen: ¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!]
--Sin embargo, á pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranías, los españoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.
--¿Y qué importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del Altísimo? ¿qué importa que persuadidos por su palabra hayamos despreciado á los torpes ídolos á quienes antes rendíamos un culto abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pié de los altares del Crucificado? ¿hemos conseguido por eso que los españoles nos traten como hermanos? Ellos nos han traido á la religion única y verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.
--Es verdad, dijo doña Isabel que como morisca no podia desconocer las infamias de que los moriscos eran víctimas.
--Para esos hombres, continuó el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni mas cielo que los placeres: allí donde alcanzan su garra ó sus ojos, allí van el robo, el asesinato y la impureza: la América es un tesoro vírgen, y las vírgenes de América las mujeres mas hermosas del mundo. ¡Ah! ¡perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas hermosa de ellas. ¡Si conociíeseis á mi esposa! ¡si conocíeseis á mi hija!
La voz del mejicano se hizo trémula y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Doña Isabel perdió todo su terror, que dejó en su alma su lugar á la compasion.
--¡Vuestra esposa! ¡vuestra hija! exclamó con un profundo acento de misericordia ¡Las habeis perdido!
--¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en aquella casa.
Y señaló la del capitan estropeado.
--¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?
--¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.
--¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.
--Como podeis serlo vos mañana.
--¡Yo soy cristiana!
--Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano, que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con toda vuestra alma la religion de Cristo?
[imagen: ¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!]
--Si eso sucede, la religion me servirá y me sirve ya, para sufrir con valor mis desventuras.
--¡Ah! yo procuraré salvaros, como procuro salvar á mi hija y á mi esposa, si aun es tiempo.
--¡Si aun es tiempo!
--He visto una sola vez á mi esposa hace algunos dias despues de diez años de separacion y de lágrimas, y apenas he podido reconocerla. ¡Oh! ¡la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no he podido vengarla: cien veces he tenido junto á mí al infame, y un juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas y luego,... ¡quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...! quiero que me vengue la Inquisicion!
--¡La Inquisicion!
--¡Oh! si: ese hombre es un espia de los monfíes, un renegado de Cristo.
--¿Conoceis á los monfíes?
--El rey de los monfíes contiene mi venganza por un juramento.
--Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.
--Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.
--¡Ah! exclamó doña Isabel.
--Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de bodas?
--Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?
--Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su seguridad.
--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.
--Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será entregada á los ministros del rey de España.
Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.
--No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.
--¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.
--Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey del desierto.
Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.
--La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues, mi historia.
Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los monfíes.
Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.
--¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de vuestra hija? preguntó.
--Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.
--¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....
--No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la impaciencia.
--¡Oh, si! id á salvarlas, id y que Dios os ayude.
--¡Que él os bendiga señora, exclamó Calpuc besando la mano de doña Isabel; que él os lo pague si yo no puedo pagaros!
Calpuc se separó de doña Isabel: esta le vió llegar á la tapia, terciarse la capa, asirse á las asperezas de la pared y trepar silenciosamente por ella.
Poco despues desapareció.
Doña Isabel permaneció algun tiempo en el huerto abstraida profundamente, pero vino á sacarla de su abstraccion un grito horrible, inarticulado, semejante á un rugido, que procedia del interior de la casa del capitan Sedeño.
Tuvo miedo, huyó del huerto, y se encerró en su habitacion de la que salió poco despues á recibir á sus hermanos que habian llamado á la puerta.
CAPITULO XVIII.
Continuacion del anterior.
El capitan Sedeño, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando su alma de tigre en la feroz y para él alegre contemplacion de sus traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia á su casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.
Llegó al fin, y llamó con fuerza desde el caballo; pero nadie le contestó.
Repitió dos golpes mas fuertes, y á su empuje la puerta, que como sabemos no estaba afianzada, cedió y se entreabrió.
--¿Qué es esto, exclamó con un colérico asombro el capitan? ¿no me responde nadie y la puerta está abierta?
Dicho esto empujó mas la puerta, penetró á caballo, y al ver los faroles del zaguan encendidos, gritó:
--¡Ola! ¿qué es esto? ¡vive Dios!
Nadie le contestó.
Entonces el capitan echó pié á tierra, temblando de cólera, corrió los cerrojos de la puerta, y subió, cuanto de prisa se lo permitia la falta de su pierna, las escaleras.