Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 27
--El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor, segun le llaman los cristianos, á Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos nosotros.
--¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese delito á don Diego de Válor.
--¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los ancianos.
--No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder? ¿De quién la fuerza?
--Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino. ¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido en la prision de don Diego de Válor?
--Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura mano sobre el Koran.
--¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?
--Lo juro.
--Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, añadió volviéndose á los demás xeques; ¿admitimos por nuestro capitan al emir?
--Si, dijeron á una voz todos.
--En cuanto á lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continuó el Homaidi, primero es triunfar de los cristianos.
--Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.
--Despues, continuó el Homaidi, el reino te elegirá ó no por su rey.
--El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyándose en una prescripcion del Koran, y yo que venceré al cristiano, venceré tambien al que quiera disputarme la corona.
--Eres valiente á pesar de tus pocos años, emir, dijo otro de los ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos serás un esclarecido rey.
--¿Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de lleno en sus funciones de capitan de la empresa.
--Con cuatro mil.
--¿Todos fuertes?
--Todos valientes y experimentados.
--¿Tienen armas?
--Sí.
--¿Dinero?
--Sí.
--¿Están ordenados en taifas?
--A una señal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual irá á reunirse al lugar que le está señalado.
--¿Quienes son sus capitanes?
--Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.
--Pues, bien; id á avisar á vuestra gente que estén dispuestos para mañana á la noche á la primera señal: tú Homaidi, y tú Abd-el-Gewar, permaneced conmigo.
Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.
Agrupáronse alrededor de la mesa y se pusieron á tratar de los preparativos en la insurreccion.
CAPITULO XXII.
Del tristísimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en Granada.
Al dia siguiente, como á las doce de la mañana, atravesaba por el lugar de Alfargue, próximo á Granada, un caballero como de sesenta anos, ginete en una mula y defendiéndose del sol, que picaba demasiado, con una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo, ginete tambien en una mula, y detrás, caballeros en rocines, iban como una docena de lacayos jóvenes y robustos, armados á la gineta.
Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro, una acémila cargada con dos grandes cofres.
El que parecia señor de toda esta gente, el caballero de los sesenta años, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombrío, de mejillas pálidas, de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los cabellos canos y muy cortos. Vestía un sayo negro de raja de Florencia sencillo y sin cuchilladas, unos gregüescos de lo mismo, gorguera de cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una pequeña pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza: sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con guardamano, y dos pedreñales en sus fundas en el arzon delantero.
Por último, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago.
Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su numerosa servidumbre, demostraba que era un señor y un señor de los grandes de aquellos tiempos.
El escudero que le acompañaba, vendria á tener sobre poco mas ó menos su misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y por su desembarazo á caballo y por cierto sabor militar, de haber sido en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba á su amo, como si se hubiera tratado de un enfermo.
Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios, coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un largo arcabuz á la derecha de la silla.
Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda á su amo, y no caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian á la sazon por una cuesta bastante empinada.
Notó el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se volvió displicente á su escudero.
--Saez, haz caminar mas deprisa á esos bergantes. ¿No sabes que el capitan general nos necesita en Granada esta tarde?
--Aun no son las doce, señor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de plata voluminoso y semi esférico; hemos salido de Guádix al amanecer y ya estamos á media legua de Granada.
--Si, pero ahora amanece á las tres de la mañana, dijo el caballero.
--No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cuán agria es la cuesta por do vamos.
--Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando roncamente el señor excelentísimo.
--Por lo mismo, señor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente á su magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. ¿Qué importa á vuecelencia que los moriscos se subleven ó no?
--Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de que me contrarien. ¿Qué me importa que se subleven los moriscos? allí donde se levante un rebelde al rey, allí está mi odio. ¡Los vencidos rebeldes! ¡ah! ¡daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de España! ¡Infames! ¡Bandidos!
--Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no han hecho ningun daño á vuecelencia.
--No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin tener al lado mas que afectos interesados.
--¡Señor! exclamó con acento de respetuosa reconvencion Saez.
--No hablo por tí; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de mi palacio de Guádix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.
--Ya he aconsejado á vuecelencia que viva en la córte.
--¡En la córte yo! ¡para irritarme entre la turba palaciega de extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono del emperador Don Cárlos! ¿qué habia yo de hacer en la córte? No, no; necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra ¡vive Dios! la guerra que tratándose de los moriscos será larga y peligrosa, porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una pelota de arcabuz, una lanza ó una saeta, mejor, tanto mejor... así acabaré de sufrir.
Guardó silencio aquel extraño personaje y el escudero no se atrevió á sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se irritase.
Habíase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas desembarazadamente, y en poco espacio llegaron á la puerta de Fajalauza y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.
Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto á la iglesia de San Gregorio el Alto.
Por aquella calle tomaron el noble señor, su escudero y sus lacayos.
Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata dobló el ángulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que se empinaban para mirar á un centro comun, se agolpaban en la puerta de la iglesia.
--¿Que es eso Saez? ¿qué miran esos galopos? dijo el caballero.
--Lo ignoro, señor.
--¡Que lo ignoras! ¡que lo ignoras! no te he preguntado para que me respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es.
Acercó la mula el escudero, y miró cómodamente por encima de la multitud lo que la multitud miraba, mientras que su señor, no queriendo ponerse en contacto con la plebe, se mantenia á una distancia medida por el orgullo.
Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, ó por mejor decir, los dos cadáveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos cuáles eran aquellos cadáveres. El de doña Inés de Cárdenas habia sido amortajado con un hábito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y á pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una niebla fantástica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi á raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadáver, cuya blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba á la diáfana blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera indudable eso que se llama distincion de raza.
En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado; tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vacía manga izquierda de su jubon á un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lívido á su semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y á través de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una espuma sanguinolenta.
Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto de los dos cadáveres, que su señor hubo de llamarle: pero Saez no le oyó: repitió el incógnito personaje una, dos y tres veces su llamamiento, y tampoco le oyó. Entonces uno de los lacayos creyó que debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo acercándose á él y tocándole en el hombro:
--Señor Gabriel, su escelencia os llama.
--¡Eh! dejadme, exclamó volviéndose todo hosco al lacayo.
Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas vió los cadáveres, habia sido singular.
Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto, luego se puso tan pálido como los dos cadáveres y se extremeció todo.
--¡Oh! ¡no no puede ser! murmuró: seria horrible: ¡doña Inés mi señora y el capitan Alvaro de Sedeño! le conozco, sí, le conozco; á pesar de esa pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el rostro. Sí, sí, es necesario creerlo, á menos que el diablo se esté burlando de mí; esa es doña Inés: mas vieja... ¡ya se vé! han pasado veinte años... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadáver á la hermosa niña de quince años que era la alegría de la casa: y él... él... sí, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en quien mi señor se habia empeñado en ver un valiente hidalgo y un hombre de bien: valiente si, hidalgo pase, ¡pero hombre de bien...! ¿y cómo es que están aquí juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al menos en la casa de mi señor?
El escudero necesitó salir de dudas acerca de este último punto, y creyó que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por órden superior estaba de guarda junto á los cadáveres.
Inclinóse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido, á pesar de las múltiples conversaciones de los curiosos.
--¡Eh! ¡señor ministro! ¡señor ministro! ¿tiene vuesamerced la dignacion de escuchar una palabra?
Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con mucha consideracion á las gentes de justicia.
Volvióse el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas á hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los curiosos, y asiéndose al arzon, dijo con semblante propicio:
--Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese.
--Gracias, señor ministro. Ahora, bien, ¿para que tienen ahí á esos dos difuntos?
--Están expuestos para ver si hay alguien que los conozca.
--¡Qué! ¿nadie los conoce?
--Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relató ce por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la justicia con los dos difuntos en la casa del capitan.
--Preguntóse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia en aquella casa, prosiguió el alguacil, y nadie supo decir si no que era un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En cuanto á la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que viviese en tal casa una mujer.
--¿Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?...
--Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden decir.
--Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida.
Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su bolsillo á todo evento, la sacó conteniendo un doblon de á ocho, que con gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el escudero trataba con buenos modos á las gentes de justicia, sabia que esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto con tal de que lo paguen bien.
Entreabrió un tanto con disimulo la mano el corchete, miró rápidamente y de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se dulcificó aun mas y guiñando maliciosamente un ojo, dijo á Gabriel.
--Ciertamente que sois un honrado hidalgo, á quien no se puede negar nada; pero inclinad un poco mas la cabeza á fin de que nadie nos oiga y prometedme que guardareis secreto.
--Pues ya se ve, y callaré mas que un muerto.
--Pues señor, habeis de saber que el señor Andrés Zorcillo, escribano que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarreña, garrida donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos tiene á mi mujer y á mí, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la cara. Pues, bien, el señor Andrés Zorcillo me ha dicho, que nada menos que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de infanteria española Alvaro de Sedeño.
--Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama...
--¿Qué dama?...
--La difunta.
Miró rápida; pero profundamente el corchete al escudero, y contestó.
--Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los médicos que han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho.
--¿Y por dónde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? preguntó con interés Saez.
--¿Cómo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan era un perro monfí, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia consigo dos esclavas: la difunta, y otra...
--¿Y esa otra esclava? exclamó con anhelo Saez.
--Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mató al capitan.
--¿Y quién es ese hombre?
--Un mejicano rebelde: uno de esos perros idólatras de Nueva España, que acometen las villas españolas, roban las doncellas y los niños y despues de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos.
--¡Ella esclava del capitan! murmuró de una manera ininteligible Saez, ¡otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado muerte en su propia casa á Sedeño...! ¡Oh! ¡oh! Y decidme señor ministro, ¿cómo se ha averiguado que ese idólatra ha muerto al capitan?
[imagen: ¿Para qué tienen ahí á esos dos difuntos?]
--¡Ah! para la justicia no hay nada oculto, señor escudero: figuraos que el señor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y supo les daba dinero á mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mandó prenderlos, y cuando los registraron en la cárcel para ver si tenian algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... ¿no reparais en que falta á la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijéramos, de la parte del corazon?
--Si, si que lo veo.
--Pues bien, ese rizo se encontró sobre el mejicano, envuelto en un pedazo como de tela de sábana que estaba cortado al parecer con un puñal: comprobados el rizo y el paño, se halló que era indudablemente el rizo aquel el que se habia cortado á la difunta, y el paño... el paño faltaba de las sábanas de la cama donde se encontró el cadáver, y comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con la falta que habia quedado en la sábana.
Cuando el alguacil llegaba á este punto de su revelacion fue cuando impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de Gabriel, le llamó, y cuando el lacayo le avisó de que su señor le llamaba.
--¿Dónde vivís, señor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho, hubo despedido bruscamente al lacayo.
--Vivo en la Calderería Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el alguacil, al lado de la carnicería, preguntad por Picote, y todo el mundo os dará razon.
--Pues bien, iré á veros esta noche, y á Dios que mi señor se impacienta.
Revolvió Gabriel su mula, y de nuevo se puso pálido y tembló; pero mas profundamente que la vez primera: impacientado el incógnito de la pesadez de su escudero, habia ido á avisarle por sí mismo; al acercarse, dominando, por razon de la altura de su mula, el círculo de curiosos que rodeaban á los dos cadáveres, su vista habia chocado con el de doña Inés.
El desconocido lanzó un grito horrible, en el momento en que Gabriel Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atónita, fascinada, mortal con que su amo miraba el cadáver: luego, el incógnito, y antes de que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendió los brazos hácia el cadáver, y gritó con un acento desgarrador, inmenso, como si se hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo:
--¡Hija de mi alma!
Y cayó inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera valerle.
Aquel incidente lúgubre, dramático, en todo su horror, aterró á los circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tiró mas que se apeó de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus caballos, corrieron á socorrerle: el interés era general; hasta el mismo alguacil Picote se conmovió: el incógnito, segun dijo un médico que se apareció como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado, y fue conducido á una casa inmediata que se le abrió francamente, probando una vez mas la característica caridad española; la curiosidad pública, cambiando de objeto, se apartó de los cadáveres para volverse á aquella casa, á la que no tardó en acudir la justicia, que siempre se mezcla por España á todo: un cuarto de hora despues salió Gabriel pálido, trémulo, de la casa á donde habia sido conducido su señor, y, acompañado de un alcalde y de un escribano, adelantó hácia los cadáveres á los que rodeaba un nuevo círculo de curiosos.
Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el alguacil Picote, y Gabriel, con las lágrimas en los ojos, dijo con voz conmovida, pero que todos pudieron oir:
--Habeis puesto esos cadáveres á la vista de todo el mundo para que declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que este cadáver es el de mi noble ama la excelentísima señora doña Inés de Cárdenas, hija única del excelentísimo señor don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla.
--¿Y ese otro, preguntó el alcalde?
--Ese otro, dijo con cólera Saez, es el del infame capitan de infantería, Alvaro de Sedeño.
Gabriel no se apartó de allí hasta que dejó depositado en una capilla de la iglesia el cadáver de su señora, convenientemente alumbrado, y guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado á otros dos en busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la construccion de un féretro magnífico, volvió triste y cabizbajo á la cabecera del lecho de su amo.
CAPITULO XXIII.
Los desfiladeros de Dar-al-Huet.
Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra, esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en silencio algunas tropas como en número de quinientos hombres.
Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compañias diferentes, á juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros, otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban á pié, y todos llevaban arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqués de Mondéjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arnés á la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirviéndole de escolta como hasta veinte rocines. Comprendíase que aquella gente habia sido reunida de pronto, para acudir á un peligro, y que no se habia cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos, detrás de los caballos que constituian la guardia del capitan general.
Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el marqués de Mondéjar, y el presidente de la Chancillería y el corregidor, tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir gente bastante para contrarrestarles en el término de un dia.
Verdad es que muchos caballeros é hidalgos de los alrededores habian acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente llegaba á penas á doscientos hombres, en la generalidad mal montados, peor armados, y poco acostumbrados á la guerra.