Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 14
--Es verdad, dijo profundamente el extranjero: mi impaciencia por rescatar á las prendas de mi alma, me hizo ser imprudente... recuerdo que fuí preso como un ladron, en el momento en que penetraba en la casa de ese capitan infame. Recuerdo que me encerraron en un calabozo... recuerdo tambien que aquella misma noche entró un hombre en aquel calabozo, y me procuró la libertad; pero á cambio de terribles condiciones.
--Solo te pedí que dilataras tu venganza: para ello tenia mis razones: el capitan Sedeño es uno de mis mejores espías entre los cristianos: me sirve de mucho. Yo te he respondido de la honra de tu hija y de la vida de tu esposa.
--¡Oh! ¡mi esposa! ¡mi hija! exclamó con acento rugiente el extranjero.
--Han llegado á tal punto las cosas, continuó Yuzuf, que muy pronto me hará Sedeño sus últimos servicios: aviseme del dia en que la Chancillería, el capitan general y la Inquisicion esten descuidados: sorpréndalos yo en sus hermosos palacios de Granada con mis monfíes, y entonces ese hombre de quien anhelas con justa causa vengarte, es tuyo: entre tanto, espera, Calpuc, espera y ayúdame.
--Y en qué puedo ayudarte, dijo Calpuc, á quien seguiremos dando este nombre.
--Revélame lo que has hecho esta noche.
--¡Ah! si, es cierto: ayer recibí un mensajero tuyo con el que me avisabas que llegase á esta misma rambla á la media noche. En efecto inmediatamente me puse en camino. Cerróme en él la noche; descendia yo á buen paso por una montaña en direccion á Cádiar, cuando oi pasos de algunos hombres: el sitio era solitario, podia ser funesto un encuentro, y habiendo hallado en el barranco por donde descendia una profunda gruta, me oculté en ella.
Poco despues los hombres que habia sentido penetraron en la cueva: yo me habia retirado al fondo y como no traian antorchas ni luz alguna, no pudieron reparar en mí; luego entró un hombre á quien reconocí por la voz: era Reduan, el monfí que pasa por ventero en el camino de Orgiva.
--¿Y que sucedió? preguntó nuevamente Yuzuf.
--Aquellos hombres trataron de un asesinato pagado infamemente por dinero.
--¿Y como no impedíste ese asesinato, Calpuc? añadió con doble severidad el anciano.
--¿Acaso no lo he impedido? ¿acaso Miguel Lopez no está en mi asilo, curado y con grandes esperanzas de vida? ¿acaso no han quedado mordiendo el polvo en el barranco dos de los asesinos?
--Has obrado como noble y valiente Calpuc: queria saber de tí hasta qué punto ha habido traicion contra ese hombre.
--Ha sido un asesinato infame meditado y llevado á cabo por don Diego de Válor.
--Cuenta Calpuc que acusas á un pariente mio.
--Lo he oido yo, he seguido paso á paso á los asesinos, arrastrándome tras ellos como la serpiente de los bosques de mi patria; he oido el crímen y he podido evitarlo: si me hubiera separado de aquellos lugares para avisarte, tal vez no hubiera podido impedir la muerte de Miguel Lopez.
--¿Y has llegado á conocer el motivo por qué don Diego de Válor queria la muerte de ese hombre? dijo el emir mirando profundamente á Calpuc.
--No; solo he oido concertar el asesinato y pagar el dinero.
Quedóse un momento pensativo el emir.
--Ven, dijo al fin, asiendo á Calpuc de la mano.
Y llevándole la rambla arriba, torció una roca tajada y señaló á Calpuc una encina seca, cuyas ramas descarnadas se extendian como los múltiples brazos de un esqueleto.
Aquella encina por sí sola hubiera inspirado tristeza; pero con las adiciones que se notaban en ella causaba horror. Aquellas adiciones consistian en siete monfíes ahorcados, del cuello de cada uno de los cuales pendia una bolsa, llena al parecer de dinero; algunos otros monfíes, con las ballestas afianzadas, guardaban aquel árbol de justicia.
--Ahi faltan dos hombres, dijo sombríamente Calpuc.
--¡Don Diego y don Fernando de Válor! ¡es verdad! repuso el emir; pero si yo hiciese justicia en esos dos hombres, creerian los moriscos de Granada que los habia asesinado por temor. ¿Acaso no sabes que don Diego de Córdoba se titula en el Albaicin, en las alquerías de la vega y en las tahas de Guadix y del Marquesado del Zenete, rey de Granada?
--¿De modo que has dejado en libertad á esos hombres?
--No, no por cierto: esos hombres tienen que responderme de una vida preciosa: de la vida de mi hijo, de la vida del emir de los monfíes.
--¡De tu hijo! ¡se habrán atrevido....!
--¿A qué habia yo de haber avanzado con mis valientes monfíes, casi hasta los linderos de la vega, sino por mi hijo? ¿por quién estoy resuelto á llevar á sangre y fuego á Granada, sino por él? ¡Oh! ¡si! pero ¡por la santa Kaaba! tomaré una venganza horrible de esos hombres si mi hijo ha perecido.
--¡Dios vela por los reyes! dijo solemnemente Calpuc.
--Pero á pesar de esto, bueno es que los reyes velen por sí mismos. Ahora bien, Calpuc: ¿está el herido en disposicion de contestar á mis preguntas?
--Acaso el sueño á que le he dejado entregado restaure sus fuerzas: acaso cuando despierte pueda hablar sin peligro.
--Condúceme á donde está ese hombre, Calpuc.
--Eres padre, emir, y comprendo tu ansiedad: sin embarco, tú solo hace horas que dudas de la suerte de tu hijo... hace diez años que yo tiemblo por la vida y por la honra de mi esposa y de mi hija.
Yuzuf estrechó fuertemente la mano de Calpuc: despues llevó á sus labios una pequeña corneta de caza y tocó por tres veces.
Oyeronse entonces en todas direcciones pasos fuertes y acompasados y poco despues adelantaron en círculo, y se estrecharon alrededor del emir, unos cien monfíes.
--Esos hombres, dijo severamente Yuzuf, señalando á los siete que estaban colgados de la encina fatal, esos homdres, vendieron la vida de un hombre por dinero: ved lo que he hecho con esos hombres: vedlo y escarmentad.
--¡Viva el emir! gritaron en una aclamacion informe los monfíes.
--Que las aves carnívoras los despedacen, añadió Yuzuf: cada uno de esos hombres tiene pendiente del cuello el oro vil con que le pagaron su crímen; ¡ay de aquel de vosotros que toque á una sola de esas monedas!
--¡Viva el emir! gritaron de nuevo los monfíes.
--A vuestros apostaderos: tú Abd-el-Malek, y cuatro mas, conmigo: ¡Mi caballo! ¡Calpuc, á tu caverna! Es necesario que yo hable sin perder un momento con Miguel Lopez.
Los monfíes se dividieron en grupos, y partieron en distintas direcciones, trepando por las quebraduras. Poco despues Yuzuf, en su potro salvaje, saltaba sobre las breñas, precedido de Calpuc, cuyo vigor era maravilloso, y seguido de su escasa escolta de monfíes.
La horrible encina quedó abandonada con los siete repugnantes cadáveres que se balanceaban al impulso del viento de la montaña, pendientes de los descarnados brazos del gigantesco esqueleto.
* * * * *
Trasladémonos á la vivienda subterránea de Calpuc.
De pié, inmovil y con la vista profunda y amenazadoramente fija en Miguel Lopez, estaba Yuzuf acompañado de Calpuc.
Pero esto no sucedia inmediatamente despues de la escena que acabamos de referir á nuestros lectores. Desde entonces hasta el momento en que el emir estaba delante de Miguel Lopez, habian pasado algunos dias.
Calpuc, que entre los misterios de su vida contaba el de ser un excelente médico, habia declarado que la vida del herido peligraba si se le hacia experimentar una sensacion cualquiera.
Yuzuf se habia visto obligado á reprimir su impaciencia.
Entre tanto Calpuc y Muhamad, anciano y sabio médico del emir, habian velado continuamente al lado del herido.
El peligro habia pasado; las heridas habian empezado á cicatrizarse y tenian muy buen aspecto: Miguel Lopez podia sufrir sin peligro un interrogatorio.
Yuzuf descendió al subterráneo, acompañado de Calpuc.
Miguel Lopez dormia.
Contemplóle un momento ferozmente Yuzuf y luego dijo á Calpuc.
--Déjanos solos.
Calpuc obedeció.
Entonces el emir movió bruscamente á Miguel Lopez: este abrió los ojos despavorido, y pasado ese primer momento de confusion que experimentamos al despertar, reconoció á Yuzuf, se agitó en su lecho y lanzó un grito de espanto.
--Haces bien en estremecerte, Jerif-ebn-Aboó, dijo el emir, nombrando á Miguel Lopez por su nombre moro: haces bien en estremecerte, porque me has ofendido, me has sido traidor, á mi, á tu señor, á quien todo lo debes, y te tengo en mi poder.
--Yo creia, dijo reponiéndose y con cierta audacia Miguel Lopez, yo creia que un emir tan poderoso y un tan cumplido caballero como tú, magnífico Yuzuf, no te atreverias á amenazar á un pobre herido que ha estado á punto de ser asesinado por los tuyos.
--Los que han puesto en tu pecho su puñal, se mecen, colgados de una encina, en la montaña.
--Pero viven, sin duda, don Diego y don Fernando de Válor.
--Son tus señores.
--¡Son mis enemigos!
Una llamarada de irritacion, de cólera sombría y letal, subió de una manera febril á los ojos de Yuzuf, que palideció profundamente.
--¡Infame renegado! exclamó: ¿no te has atrevido á poner los ojos en una doncella de sangre real que estaba destinada á un hijo de mi sangre?
--Isabel de Válor es mi esposa, exclamó el audaz morisco.
--Isabel de Válor es el tósigo que te mata Jerif-ebn-Aboó: ¡tu esposa la vírgen descendiente de Mahoma! ¡la amada del emir de los monfíes! ¡Isabel de Córdoba y de Válor tuya!
--¡Ah! ¡has renunciado tu corona en tu hijo! ¿y donde está tu hijo Yuzuf, que no se me presenta en tu lugar á pedirme cuenta de su amada?
Habia tal sarcasmo en la pregunta de Miguel Lopez, que el emir tembló á un tiempo de cólera y de terror.
--¿Que quieres decir hombre fatal? exclamó: ¿sabes tú lo que ha sido de mi hijo?
--¡Cómo! ¿no sabes lo que ha sido de tu hijo, emir?
--¿Si lo supiera vivirias?
--Los Válor se detienen poco ante el asesinato, contestó con cierta feroz complacencia Miguel Lopez.
--¿Y crees que se hayan atrevido....?
--En primer lugar, Yuzuf, tú has sido muy imprudente al elegir la crianza de tu hijo; has querido que sea moro y cristiano, que sepa tanto como un inquisidor, y que aborrezca, como tú los aborreces, á los conquistadores: tu hijo ha vivido entre los castellanos y no ha faltado una castellana impura que le ame, ni una doncella morisca que palidezca de amor por él. Ya sabes quien es la doncella. La hermana de don Diego. ¿Quieres saber ahora quién es la mujer adúltera que ama mas que á su alma al hermoso Yaye? Esa mujer es doña Elvira de Céspedes, la esposa de don Diego de Córdoba y de Válor.
--¡Mientes! exclamó con cólera Yuzuf ¿cómo has podido tu conocer á mi hijo?
--¡Ah! ¡ah! ¡noble y poderoso señor! tú quisieras que todos los que te sirven, todos los que se doblegan ante tí, fueran topos: pero hay hombres... como yo... que están á tu servicio y que son feroces como el lobo y astutos como el raposo. ¡Ah! ¡ah! era necesario ser muy torpe para no conocer que aquel hermoso mancebo que no conocia á sus padres, á quien siempre acompañaba el sabio Abd-el-Gewar, á quien tú mirabas con tanto amor, por el que te atrevias á entrar en Granada, á meterte en medio de tus enemigos, no era tu hijo, el hermoso hijo de doña Ana de Córdoba y de Válor: ¡ah! ¡ah! yo lo sabia todo esto, mi noble señor... y anoche... yo habia visto tambien muchas veces á doña Isabel: yo la amé... ¡yo que nunca habia amado! la amé con toda la fuerza de mi alma... y me propuse que fuera mia... otro acaso no hubiera podido conseguirlo, encontrándose en la pobre situacion en que yo me encontraba, sin nobleza heredada, zafio, nada hermoso, reducido por mi suerte á la servidumbre; pero en mal hora don Diego me habia elegido para ser su correo para contigo: una sola carta de don Diego escrita para tí y depositada en una persona de confianza, me ha servido para que don Diego no se atreviese á negarme su hermana. ¿Qué quieres, emir? el amor nos arrastra á todo ¿No sabes que por una mujer somos capaces de perder la vida y el alma? ¿Acaso no es una mujer la causa de que yo me encuentre en este lecho y en tu poder? El amor de Isabel me arrastró...
--¡Y vendiste por una mujer á tu patria, y ofendiste á tus señores, y jugaste tu vida á un dado!
--Ya te he dicho que por una mujer como doña Isabel de Válor, se juega la vida y la salvacion del alma.
--Escucha, Jerif-Aboó, dijo conteniéndose Yuzuf: por la menor cosa de las que has hecho mereces la muerte.
--Lo sé, contestó con la misma audacia Miguel Lopez.
--De modo que don Diego de Válor trayéndote al matadero, no ha hecho mas que usar de su derecho.
--¿Y por qué antes de entregarme su hermana no me ha matado frente á frente?
--Eso hubiera sido leal y tú has sido traidor.
--Eso no es mas sino que don Diego te tiene mas miedo á tí, que á mí, á pesar de las pruebas de que sabe puedo usar y que le perderian. Pero ya que hablo de perder, estamos perdiendo el tiempo. Tú has venido á verme por algo, poderoso emir.
--Sin duda: he venido á que me des alguna luz sobre el paradero de mi hijo.
--¡Ah! ¡tu hijo se ha perdido! ¡El hermoso Yaye-ebn-Al-Hhamar, el noble emir de los monfíes no parece!
--Ignoro su suerte, dijo Yuzuf, y soy capaz de perdonarte...
--¿Si te digo donde está Yaye?
--¿Lo sabes?
--No, pero lo presumo.
--Habla y pide.
--Primero es pedir que hablar: yo sé que eres noble y grande Yuzuf; yo sé que no hay ningun rey en el mundo que pueda jactarse como tú de respetar la fe de su palabra. ¿Si te doy indicios por los cuales puedas encontrar á tu hijo, me perdonarás mi traicion?
--Sí.
--¿Me dejarás volver al lado de mi esposa?
Meditó un momento Yuzuf.
--Si ella se resigna á vivir contigo, sí.
--Acepto; exclamó Miguel Lopez con alegria, porque conocia la virtud de doña Isabel.
--Es necesario ademas que te comprometas á otra cosa.
--¿A qué?
--A entregarme la carta escrita para mi por don Diego, y de la cual te has valido para conseguir por medio del terror á doña Isabel.
--Te lo prometo, dijo el morisco: cuando doña Isabel, que ya es mi esposa, sea mi mujer.
--Quedamos convenidos. Habla, pues, lo que sepas acerca de mi hijo.
--El mismo dia y en el mismo momento en que yo esperaba en la iglesia del Salvador á que llegara don Diego para celebrar la ceremonia de mi casamiento con doña Isabel, se presentó en casa de don Diego tu hijo.
--¿Estas seguro de ello?
--Tan seguro, como que me lo dijo uno de los escuderos de don Diego llamado Ayala, entre otras cosas graves que me reveló y que me obligaron á que se efectuase la ceremonia antes de la llegada de don Diego.
--¿Y qué presumes?
--Si tu hijo no ha parecido, debe estar en casa de don Diego de Válor: preso tal vez, acaso herido.
--¡Herido! ¡preso!
--Tu hijo amaba á doña Isabel, es altivo: don Diego es valiente y fiero; si han mediado dicterios y amenazas... además recuerdo que cuando despues de salir de la iglesia, fuimos á casa de don Diego, no salió á recibirnos su esposa doña Elvira; que don Diego estaba turbado; que nos pretextó que doña Elvira no podia presentarse porque se encontraba enferma, y despidió á los convidados; despues me dijo que era necesario que le siguiese á las Alpujarras: que tú nos llamabas... lo demás ya lo sabes.
--Si no me has engañado Jerif-ebn-Aboó, cuenta con tu perdon... despues... despues, si encuentro á mi hijo, con mi recompensa.
Y Yuzuf volvió la espalda para salir.
--Espera, emir, espera, dijo con ansiedad Miguel Lopez.
--¿Qué quieres? contestó volviendo Yuzuf.
--¿Me dejas solo en poder de ese gitano?
--Ese gitano, como tú le llamas, y que Dios sabe si lo es, Jerif-ebn-Aboó, es el hombre á quien debes dos veces la vida; primero salvándote de los asesinos, despues curándote las heridas. ¿Qué tienes que temer de ese hombre?
--Ese hombre es un demonio, Yuzuf.
--No, no por cierto: todo consiste en que tú eres cobarde, y como cobarde receloso. Ademas, ese hombre es mi esclavo, y nada se atreverá á hacer contra un hombre á quien yo protejo.
--¡Ah! ¡Dios te libre del gitano, emir!
--Pídele que te libre de tu miedo. Adios, Jerif-ebn-Aboó, adios. Necesito buscar yo mismo á mi hijo. Nada tienes que temer si has sido leal. Y en cuanto á ese hombre, ya te he dicho que es mi esclavo. Adios.
Pronunció el emir con tal resolucion estas palabras, comprendió de tal manera Miguel Lopez, que una nueva réplica solo serviria para irritarle, que le dejó ir sin pronunciar una palabra mas.
El emir empezó á subir lentamente las escaleras: antes de llegar á ellas le habia parecido sentir un breve y furtivo paso que se alejaba con gran rapidez; pero aquel ruido podia haber provenido tambien de las escamas de alguno de los reptiles que anidaban en el subterráneo, al deslizarse por la piedra. Cuando llegó á lo alto notó que la puerta estaba cerrada. Apenas tocó á ella la puerta se abrió y apareció Calpuc, con una lámpara en la mano.
Mas allá estaba Abd-el-Malek y los otros cuatro monfíes.
--Calpuc, dijo el anciano, te recomiendo el cuidado de ese hombre. Su vida me importa demasiado. Adios.
--Ve en paz, rey de la montaña, ve en paz: tus deseos son para mí preceptos.
--Yo ruego á mi hermano, dijo Juzuf, estrechándole la mano.
--Yo amo á mi padre, dijo Calpuc, poniendo aquella mano sobre su frente.
Poco despues Yuzuf montaba á caballo fuera de la gruta, y se alejaba pensando para sus adentros:
--Jerif-ebn-Aboó es un zorro que no se engaña: ¿qué habrá encontrado de terrible en el indiano...? ¡oh! ¡oh! ¿se atravesará alguna vez este hombre en mi camino? ¡Oh! ¡Dios sabe lo oculto! ¡Dios me inspirará!
Entre tanto Calpuc bajaba las escaleras que conducian al espacio donde se encontraba postrado Miguel Lopez, murmurando:
--Ese hombre desconfía de mí, me teme... tiene razon, porque él viene á ser para mí el cabo del hilo que ha de guiarme en el laberinto de mi empresa, y ha de servirme para mis proyectos y para mi venganza. ¡Que soy tu esclavo, rey de la montaña! ¡Ah! ¡ah! ¡soy tu hermano, como el oprimido es hermano del oprimido! ¡pero tu esclavo no! y, sobre todo, no te pongas en mi camino... si tú eres fuerte yo tambien lo soy... tú tienes un ejército de bandidos, pero yo tengo tesoros... ¡oh! ¡oh! ¡tu esclavo! ¡lo veremos! ¡lo veremos, emir!
Y pensando esto, entró en la estancia inferior, dejó la lámpara sobre la mesa, y se sentó al lado de Miguel Lopez.
--¿Tienes interés en que tu esposa sepa que vives? le preguntó despues de algunos momentos de silencio.
--¿Que si me interesa, dices, que doña Isabel sepa de mi vida? ¡Oh! ¡sí! y tú...
--Yo puedo ser tu amigo ó tu enemigo: yo puedo salvarte ó perderte.
--Habla.
--¿Conoces tú al capitan Alvaro de Sedeño?, dijo despues de algunos momentos de meditacion Calpuc. Paréceme haberte visto alguna vez á su lado... cuando yo espiaba á ese capitan.
--¿Que espiabas tú á ese capitan? dijo con extrañeza Miguel Lopez.
--Sí.
--¡Ah! ¡ah! ¿conoces á ese hombre?
--Sí, le conozco... desde hace muchos años, dijo sombríamente Calpuc.
--Yo le conozco tambien, pero desde hace poco tiempo.
--¿Y cuál ha sido la causa de que le conocieras?
--Mis continuos viajes á las Alpujarras, donde tengo alguna hacienda y algunos parientes, dijo con reserva Miguel Lopez. En los pueblos pequeños se conoce fácilmente á las personas. El año pasado Alvaro de Sedeño era capitan del presidio de Andarax.
--¿Y en qué consiste que le conoce tambien el emir de los monfíes y es muy su amigo?
--¡Ah! ¡le conoce el emir de los monfíes! ¡es su amigo!
--Lo que no deja de ser extraño, porque Yuzuf-Al-Hhamar es enemigo de Dios y del rey de quien es defensor el capitan.
Miró con cierta expresion de estupor Miguel Lopez á Calpuc.
--Tú pareces extranjero: tú obedeces al emir: tú sabes algunos de sus secretos.
--Sé mas de lo que crees: soy mas poderoso de lo que crees: llego á tí como un amigo, como un hermano, para ayudarte; pero si desconfias de mí, tengo medios para alcanzar por la fuerza, por el terror, lo que necesite de ti.
Extremecióse Miguel Lopez porque comprendió perfectamente que se encontraba á merced del extranjero.
--Y qué necesitas de mí.
--Necesito que me digas cuanto sepas respecto al conocimiento del capitan con Yuzuf.
--¡Oh! para eso será necesario hacer traicion al emir.
--Elige entre serle fiel, ó morir. Por el contrario si me sirves bien, yo te protejeré.
--Y cual es tu poder.
--Ya te he dicho que puedo mas de lo que parece... y sobre todo ¿no te tengo en mis manos?
--Yuzuf me proteje.
--¡Bah! ¿y crees tú, dado caso de que yo me viese obligado á respetar al emir, que me seria muy difícil demostrarle que habias muerto de las heridas?
Extremecióse de nuevo, pero mas profundamente el morisco.
--Ese capitan, se apresuró á decir, impulsado por su miedo, es espia de Yuzuf-Al-Hhamar.
--¡Ah! ¿y has entrado alguna vez casa de ese capitan?
--Si, he entrado muchas veces, en servicio del emir, porque yo tambien le sirvo; yo soy su espia entre los moriscos de Granada.
--¿Y... nada has tenido que reparar en casa del capitan?
--Si por cierto; creo que hay en ella un misterio que consiste en dos mujeres.
--¿Y cómo has conocido á esas dos mujeres?
--Sé que son dos, porque las he visto ir á misa, enteramente encubiertas, con el Sedeño; sé que la una es muy jóven, y la otra sino es vieja, quebrantada y enferma, por su talante: pero solo la conozco por haber hablado una vez á la jóven.
--¿Has hablado una vez á la jóven? dijo con ansiedad Calpuc.
--Si, si por cierto; y si yo no hubiera estado enamorado de dona Isabel de Válor, me hubiera enamorado de ella.
--¿Tan hermosa es? dijo Calpuc con el acento trémulo, á pesar de sus esfuerzos para parecer sereno.
--¡Hermosa! ¡hermosísima! no tan hermosa, sin embargo, como doña Isabel.
--¡No tan hermosa como doña Isabel! exclamó profundamente Calpuc: creo ademas que doña Isabel viene de gran alcurnia.
--Como que desciende nada menos que de la madre del profeta, Fatimah la santa, y sus abuelos han sido califas de Córdoba, contestó con orgullo Miguel Lopez.
--Yo soy descendiente de emperadores, murmuró de una manera ininteligible Calpuc; pero continúa, añadió dirigiéndose al morisco: ¿cómo tuviste ocasion de hablar á la jóven que vive en compañía del capitan Sedeño?
--Hace dos meses, esperaba yo al capitan para comunicarle un aviso importante del emir: una de las puertas de la sala, sin duda por descuido, estaba entreabierta: oíase tras ella el puntear de una guitarra diestramente tañida: poco despues, al sonido de la guitarra se unió el canto de una mujer: aquella mujer cantaba en una lengua extraña. Tuve curiosidad, y me acerqué recatadamente á la puerta del aposento. A pesar de mi recato la persona que habia dentro, me sintió, sin duda, porque calló la guitarra, sentí apresurados pasos de mujer, se abrió la puerta y... me deslumbró la hermosura de la joven.
--¿Quién sois? me dijo despues de haberme contemplado fijamente.
--Soy... un amigo de vuestro padre, la dije.
--¡De mi padre! exclamó con afan; ¿conoceis á mi padre? ¿mi padre os envia?
--No; por el contrario, espero á que vuestro padre vuelva al castillo, la contesté.
--¡Ah! os habeis engañado; el hombre que vive en esta casa, y que está ahora en el castillo, no es mi padre, repuso con desaliento.
--¡Ah! ¡perdonad, yo creia!
--Ese hombre es mi señor, un señor infame, de quien esperamos hace mucho tiempo mi madre y yo que nos salve la justicia de Dios.
--¡Ah! ¡vuestro amo!
--Sí; somos sus esclavas.
--¡Sus esclavas! ¿luego sois...?
--Somos mejicanas.
--¿Y qué quereis de mí?
--Que nos salveis.
--¡Que os salve...! ¿y cómo?
--Oid: buscad un medio para engañar á ese hombre: sacadnos de esta casa, llevadnos á un puerto de mar para que podamos embarcarnos: sino teneis dinero, yo tengo joyas: si sois ambicioso os haremos rico.
--¿Y por qué no salvaste á aquella infeliz? dijo con voz amenazadora Calpuc.
--¿Y qué me importaba...? ademas era una esclava.
--¡Como sois esclavos vosotros los moriscos! repuso Calpuc.
--¡Ah! pero nosotros peleamos, luchamos; las montañas de las Alpujarras estan llenas de monfíes que nos vengan, matando cristianos, de las infamias del vencedor.