Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 15

Chapter 154,032 wordsPublic domain

--Los mejicanos tambien luchan: tambien en las fronteras del desierto, los españoles caen á centenares inmolados á los manes de nuestros padres degollados, de nuestras esposas deshonradas, de nuestras doncellas cautivas.

--¡Tú eres mejicano!

--¡Yo soy Calpuc, el rey del desierto! exclamó el extranjero; yo soy el rey elegido por los mejicanos libres, y soy el padre de esa jóven con quien hablaste, de la hermosa doncella á quien te negaste á salvar.

Miguel Lopez se estremeció: habia un acento tal de dolor y de venganza en las últimas palabras de Calpuc, que lo temió todo de aquel hombre.

Sin embargo, como en otras situaciones difíciles, recurrió á su audacia.

--¡Que eres tú el rey de los rebeldes de Méjico! exclamó soltando una carcajada que podremos llamar artificial. ¡tú! ¡un gitano vagabundo, á quien, no sé por qué, conoce el emir de los monfíes!

--Continúa respondiendo á mis preguntas, Miguel Lopez, dijo con gravedad el mejicano, que despues sabrás quién soy y de qué modo he llegado aquí.

--En verdad, en verdad, dijo Miguel Lopez, cediendo al mandato del rey del desierto, yo no ví en tu hija, si hija tuya es, mas que una esclava rebelde que pretendia librarse de su señor, y me negué á ayudarla: es mas, referí lo que me habia acontecido con ella al capitan Sedeño, que desde entonces guardó á tu hija con mas cuidado. Hé aquí la razon de que yo conozca é esas mujeres.

--El capitan ha desaparecido de las Alpujarras. ¿Sabes tú dónde ha ido?

--Sí, á Granada, dijo Miguel Lopez á quien interesaba servir á Calpuc, porque habia comprendido que Calpuc era capaz de todo.

--¡A Granada! no basta eso. El capitan puede vivir en una casa y tener ocultas en otra á mi esposa y á mi hija: las casas del Albaicin se comunican unas con otras por medio de minas y seria muy difícil saber el paradero de mi hija y de mi esposa.

--El capitan y tu esposa y tu hija viven en la calle de San Gregorio el alto: las tapias de su huerto lindan con el huerto de la casa de don Diego de Válor; estas dos casas se comunican por una mina.

--Ten mucha cuenta de no engañarme, Miguel Lopez.

--No, no te engaño; ¿pero qué me darás en recompensa de los servicios que te hago?

--Te daré tu esposa: es decir haré que tu esposa sepa que vives.

--Puede no creerte.

--Tú me darás una carta para ella.

Miguel Lopez miró fijamente al mejicano.

--Un grave interés debes tú tener en que doña Isabel no se crea viuda para que no pueda casarse con el emir de los monfíes, no con el viejo Yuzuf, sino con el jóven Yaye, en quien ha abdicado.

--Nada te importa el interés que yo tenga en ello; cualquiera que sea, yo me obligo á devolverte tu esposa; pero aun me queda mas que exigir.

--¿Qué mas?

--Estoy seguro de que cierta carta que posees, carta de don Diego de Válor al emir Yuzuf, en la cual ha jugado su cabeza, y por cuya carta le tienes en tu poder, la tendrás puesta á buen recaudo.

--¿Y qué te importa esa carta? exclamó con cuidado Miguel Lopez.

--Tanto me importa que sino me procuras los medios para que esa carta caiga en mis manos eres hombre muerto.

--Pero esa carta es mi defensa: por ella he logrado que don Diego me dé su hermana; por ella pienso alcanzarlo todo.

--¿Y qué mas quieres alcanzar que la vida?

--¡Eres un demonio! exclamó con despecho Miguel.

--Demonio contra demonio, el mas fuerte vence.

--¿Y qué uso vas tú ha hacer de esa carta?

--Te repito que nada te importan mis proyectos. Voy á traerte papel, pluma y tinta. Escribe una carta para la persona que sin duda tiene depositada por tí la carta de don Diego de Válor, en la que le prevendrás que me la entregue, y otra despues para tu esposa doña Isabel de Válor.

Dicho esto Calpuc abrió el arcon, sacó del recado de escribir, le llevó al lecho y dijo á Miguel Lopez:

--Incorpórate y escribe.

--¡Es qué...! dijo ferozmente el morisco.

--Escribe ó mueres, le interrumpió con doble ferocidad el rey del desierto.

Miguel Lopez comprendió que estaba enteramente á merced de aquel hombre y se incorporó, tomó la pluma y la puso sobre el papel.

--Escribe clara y naturalmente, en letra lisa, sin signos ni señal alguna; porque para tí será el daño si esa carta es ineficaz.

Miguel Lopez escribió con rapidez algunos renglones y firmó.

--Mira si te contenta, dijo á Calpuc.

Este tomó la carta y leyó su contenido, que era el siguiente:

«Señor capitan Alvaro de Sedeño: os envio uno de mis mayores amigos, á quien entregareis la carta que teneis en vuestro poder, y que ya sabeis de quién es: ademas de esta carta, y segun tenemos convenido, el dador os mostrará la sortija que conoceis. No soy mas largo porque la diligencia importa.--Vuestro humilde criado.--Miguel Lopez.»

--¿Y qué anillo es ese de que hablas?

--Es un anillo que tiene un grueso diamante rodeado de perlas, dijo Miguel Lopez.

--Dámele, pues.

--Ese anillo ha sido mi anillo de bodas, y está en poder de doña Isabel.

--¡Ah!

--Doña Isabel te lo entregará.

--¿Dónde vive doña Isabel?

--Debe permanecer en casa de su hermano don Diego.

--Escribe para tu esposa lo que yo te dicte.

Miguel Lopez escribió bajo la palabra de Calpuc la siguiente carta:

«Mi amada esposa y señora doña Isabel de Córdoba y de Válor: he sido herido gravemente por bandidos en el camino de las Alpujarras: un hombre caritativo me ha recogido y curado: á Dios gracias mi vida no corre peligro. El dador se encarga de comunicároslo. Os ruego que le entregueis la sortija que os dí en arras de mi matrimonio con vos, que me importa. Nada sé de vuestros hermanos. Guardeos Dios y os conserve para mi felicidad muchos años.--Vuestro esposo que bien os ama y lejos de vos padece.--Miguel Lopez.»

Cuando estuvo escrita y cerrada esta carta, Calpuc la guardó con la otra en su bolsa.

--Creo que aun podremos ser amigos, Miguel, le dijo: si no me has engañado y estas cartas producen el efecto que deseo, antes de dos semanas estarás al lado de tu esposa. Adios.

--¡Y me dejas aquí, solo, abandonado!

--No, no por cierto: todos los dias vendré una vez á asistirte y curarte. Adios.

--¡Pero esto es horrible! ¡si te sucede alguna desgracia, si no puedes volver...!

--Morirás aquí como en una tumba, dijo friamente Calpuc, en lo que no perderan nada doña Isabel, ni el emir.

Miguel dió un grito de espanto. Calpuc trepó lentamente por las escaleras, llegó á la puerta, cerró sus triples candados, y adelantando por la excavacion subterránea, torció por una estrecha galería, despues de haberse provisto en uno de los senos de una piqueta.

Al cabo de muchas vueltas y revueltas por una especie de laberinto en que cualquiera otro que Calpuc se hubiera extraviado, llegó á una gran excavacion cónica, cuya altura se perdia en las tinieblas. Aquella excavacion estaba practicada en roca viva, y aquí y allá, hasta una gran altura, se veian bocas de nuevas galerías, suspendidas sobre aquella especie de abismo.

La cortadura sobre que estaban abiertas aquellas galerías era tan perpendicular, tan tajada, que no se concebia pudiera llegarse á ellas sino por medio de grandes escalas; sin embargo, Calpuc levantó la lámpara para alumbrar una de aquellas bocas, situada á gran altura, la miró atentamente y despues se dirigió á la roca tajada, llegó á su pié, se puso el cabo de la lámpara entre los dientes y asiéndose con piés y manos á las asperezas de la roca, trepó con una agilidad y una fuerza maravillosa, como hubiera podido trepar una araña, á la oscura boca de la galería que habia examinado.

Aquella galería se extendia perdiéndose en un fondo oscuro, adelantó Calpuc, y despues de haber torcido varias veces por las sinuosidades de la mina, se detuvo en un lugar del pavimento en el cual habia tres rocas que parecian haber sido desprendidas, del techo por un accidente casual. El mejicano levantó con gran trabajo una de aquellas rocas, la removió, y en el lugar que habia dejado descubierto, cabó con la piqueta; poco despues la piqueta produjo un ruido seco y opaco, como si hubiera chocado en una tabla, y al fin quedó descubierta una como arca pequeña, que por algunos adornos tallados en su superficie, parecia haber sido construida por un artífice árabe.

Calpuc levantó aquella tapa y se vió en el interior un emboltorio de piel de gamo adobada; sacóle, le desenvolvió, y aparecieron algunos paquetes envueltos cuidadosamente en paños de seda y un legajo de papeles: el mejicano tomó primero los papeles y los guardó cuidadosamente en una ancha cartera que ocultó bajo su jubon: luego examinó por fuera cada uno de los otros paquetes, como buscando uno particular, y cuando pareció estar seguro de cuál era el que buscaba, le abrió y sacó de él... una magnífica perla vírgen, íntegra, que aun no habia sido horadada, como si acabase de salir de la concha en que se habia desarrollado.

En el paquete quedaban otras treinta perlas exactamente iguales á aquella, lo que, atendido su enorme tamaño y su igualdad, constituia un tesoro.

Calpuc guardó la perla, envolvió de nuevo cuidadosamente los paquetes en la piel de gamo, depositó aquella en el fondo del cofre, echó sobre él la tapa, le cubrió de tierra, puso de nuevo la roca sobre la tierra removida, y observó cuidadosamente si quedaba algun vestigio de la operacion que acababa de ejecutar.

Nadie que despues de esto hubiese pasado por aquella excavacion, hubiera podido sospechar que bajo una de aquellas enormes rocas, que parecian naturalmente desprendidas del techo, existia oculta una inmensa riqueza.

Calpuc desandó lo andado, llegó al borde de la gran excavacion, descendió con la misma seguridad con que habia subido, dejó la piqueta en el mismo lugar de donde la habia tomado y salió por la gruta á la montaña.

Apenas estuvo al aire libre miró al cielo que estaba diáfano y despejado.

--Aun faltan tres horas para amanecer, se dijo, y tengo tiempo bastante.

Y tomó por un sendero, entre los encinares, á buen paso.

A poco que anduvo, se encontró en un claro y delante de una casita, que á ser de dia, se hubiera visto que estaba construida con tapiales de tierra y cubierta de bálago, junto á la cual pasaba un ruidoso arroyo que fecunda un pequeño huerto plantado de hortaliza y de árboles frutales, y defendido al norte por una peña tajada.

Calpuc abrió con llave la puerta y penetró en la casa: el espacio en que entró estaba oscuro, pero al fondo de él se percibía un escaso resplandor á través de una puerta entreabierta.

El rey del desierto se encaminó á aquella puerta, la empujó, y se encontró en una pequeña habitacion muy pobre, en la que solo habia un lecho, una silla, una mesa con algunos libros, y sobre la mesa, colgada en la pared, una estampa de la vírgen de las Angustias, delante de la cual ardia una lámpara.

Calpuc se descubrió, se arrodilló delante de la estampa de la Vírgen y rezó: luego se levantó, encendió otra luz, salió de la estancia, se encaminó á un establo, donde habia un caballo fuerte y de poca alzada; le embridó, le ensilló, le sacó fuera, cerró la puerta de la casita, montó y se puso en camino.

A punto que amanecia y se abria la puerta del Rastro de Granada, llegó á ella Calpuc, dió cortésmente los buenos dias á los guardas y entró en la ciudad.

Poco despues llamaba á una pequeña puerta bajo los soportales de la plaza de Bib-Arrambla, cercana á la puerta que hoy se llama de las Orejas.

Abrióse la puerta á que habia llamado el mejicano y apareció un viejo encorvado y de semblante receloso.

--Dios os dé muy buenos dias, hermano Franz, dijo Calpuc.

--Dios os guarde señor Gaspar de Ontiveros, contestó el saludado con marcado acento extranjero.

Por lo visto, Calpuc, para encubrir su orígen, habia adoptado entre los europeos el nombre con que le habia saludado el viejo, que, á todas luces, por su nombre y por sus rasgos característicos, era aleman.

--Necesito hablaros, dijo Calpuc, y aun mas, que me deis posada por algunas horas.

El aleman abrió de par en par la puerta, y dejó paso á Calpuc que tiró de su caballo y penetró.

Entonces el aleman cerró la puerta y llamó, presentándose á poco una criada.

--Lleva este caballo á la cuadra la dijo, y di á Berta que disponga un aposento y un buen almuerzo para el señor Gaspar de Ontiveros. Venid, venid conmigo, amigo mio, puesto que quereis hablarme, y que, segun supongo, el asunto que os trae será para tratado sin testigos.

El mejicano siguió al aleman, que le introdujo en una especie de tienda, á juzgar por un mostrador alto como una muralla y algunos armarios fuertes y cerrados: la luz de la mañana penetraba allí por los postigos de una puerta defendida por candados, cerrojos y barras de hierro, lo que demostraba que en aquella tienda habia mucho que guardar.

--¿Me traeis una de aquellas hermosas perlas que tan caras me habeis hecho pagar, amigo mio? dijo con los ojos cargados de una expresion codiciosa el viejo Franz.

--Si por cierto, una os traigo, dijo Calpuc sacando el paño de seda donde habia envuelto aquel rico producto de los mares; pero será necesario que esta me lo pagueis mejor.

El aleman tomó la perla con delicia, la examinó, fué á uno de los armarios, le abrió con una de las llaves de un haz que desprendió de la cintura, y sacó del armario una cajita de sándalo que abrió. Dentro habia otras seis perlas.

--Igual, exactamente igual, dijo, ¡esto es un prodigio! ¿Dónde diablos habeis ido á buscar estas maravillas, amigo Gaspar?

--¿Y qué diriais si, como yo, hubierais visto juntas perlas de este tamaño, en cantidad suficiente para llenar el cajon grande de vuestro mostrador?

--¡Poderoso Dios de Abraham! exclamó el viejo: vos debeis ser un gran personaje, señor Gaspar, cuando os desprendeis de tales riquezas.

--No pardiéz, yo soy como lo sabeis bien, un traficante de perlas y pedrería: hago de tiempo en tiempo un viaje al Nuevo-Mundo y me traigo conmigo algunas preciosidades; necesario es vivir lo mas cómodamente posible. Y aun asi cuando se arrostran un largo viaje y los peligros del mar, justo es que aspiremos á una razonable ganancia.

[imagen: El capitan Alvaro de Sedeño.]

--Os dí por la última perla hace tres meses, mil doblones.

--No me dareis por esta menos de mil quinientos.

--¡Poderoso Dios de Jacob! ¿y cómo quereis que yo os pague tanto dinero, cuando aun no tengo para hacer un mediano collar?

--¿Creeis que sea fácil encontrar perlas iguales á esa?

--Lo creo imposible y me maravilla que vos las encontreis... pero aun asi...

--¿Cuánto creeis que pagaria un rey por un hilo de tales perlas que llegase al número de cuarenta?

--¡Oh! un tal collar seria digno de la emperatriz! ¡un tal collar costaria muchos cuentos de reales.!

--Por lo mismo, señor Franz, cada perla de esas que yo os traiga os costará mas cara, hasta el punto de que para pagarme la última, no tendreis bastante con el valor de todas las joyas que teneis en vuestros armarios.

--Traédmelas y por ese solo collar, os daré todo cuanto poseo.

--¡Paciencia! ¡paciencia! no es fácil encontrar muchas de estas maravillas: se necesitan para ello muchos viajes. Asi, pues, dadme los mil y quinientos doblones y no hablemos mas.

--¡Oh no! no os daré mas que los mil.

--Entonces, dijo Calpuc, recogiendo la perla, no hacemos nada.

El aleman miró ansiosamente á Calpuc.

--Pero reparad, le dijo, que hasta ahora solo me habeis traido seis.

--Por la primera solo me dísteis doscientos doblones, y esta, os lo juro por lo mas sagrado, no la poseereis ni un maravedí menos de los mil quinientos.

Era tan seguro el acento del mejicano, expresaba una resolucion tan invariable, era de tanto valor la perla, la deseaba tan ardientemente el joyero, que abrió suspirando su fuerte caja de hierro y entregó á Calpuc un bolson de cuero lleno de oro.

--Hay teneis, le dijo, justamente la cantidad que me habeis pedido: la tenia preparada para pagar un libramiento que vence hoy.

--¡Ah! ¡un libramiento para... para el convento de luteranos de Madrid!

--¡Callad! ¡callad! y no digais tales palabras, señor Gabriel, dijo palideciendo densamente el aleman: si alguien os oyera seria cosa de dar en las manos del Santo Oficio... ya sabeis que yo soy católico, apostólico romano, puro y neto.

[imagen: Estrella.]

--¡Cuántos enemigos tiene España! dijo profundamente Calpuc, contando el dinero sobre el mostrador, mientras Franz guardaba cuidadosamente el cofrecillo de sándalo, al cual habia añadido una nueva perla.

--Todos los pueblos que conquistan y quieren llevar su religion, sus leyes y sus usos á otros pueblos, tienen necesariamente enemigos, dijo Franz. Si no fuera tan fuerte España...

--¡Ay si un dia todos los enemigos de España se uniesen bajo una misma bandera! dijo Calpuc acabando de contar el dinero.

--Si, si, en efecto: los moriscos, los judíos, los flamencos, los franceses, los italianos...

--Y los hijos de América, dijo profundamente Calpuc.

--Pues vos pareceis bastante rico, y gastais de tal manera las gruesas cantidades que os he dado en menos de un año, que bien podria creerse...

--Callad, callad, no nos oiga la Inquisicion; ni vos sois luterano ni yo intento nada contra España; vos pagais libranzas de mil quinientos doblones, porque sois mercader, y yo, porque tambien lo soy, vendo perlas y diamantes: nada mas natural, añadió el rey del desierto, levantándose y encubriendo el talego con el capotillo. Ahora, como tengo que hacer dentro de poco, tened la bondad de mandar que me den el almuerzo.

Franz y Calpuc salieron de la tienda y se perdieron en el interior de la casa.

CAPITULO X.

Del resultado que tuvieron las investigaciones de Harum.

Hacia ya algunos dias, cuando Calpuc llegó á Granada, que rondaban bultos de noche por la calle del Agua del Albaicin, á cuyo extremo estaba situado el palacio de don Diego de Válor.

Ni este ni su hermano don Fernando habian vuelto de la expedicion á que habian salido con Miguel Lopez, ni se sabia nada absolutamente por sus allegados de ninguno de los tres.

La única persona que parecia afectarse con esta ausencia, era doña Isabel de Córdoba y de Válor.

En cuanto á doña Elvira, apenas se la veia á las horas del comer y del rezar, y despues se encerraba en la habitacion de su esposo.

Doña Isabel sabia lo que significaba aquel encierro: sufria y callaba.

En cuanto á los bultos que rondaban el palacio de don Diego, forzoso nos será decir que uno de ellos era el walí Harum el Geniz, el terrible monfí, el confidente de Yaye en cuanto á las mejicanas, el que se habia encargado de seguirlas y averiguar su paradero.

Harum, cumpliendo su cometido, habia averiguado que el capitan estropeado y las dos mujeres del carro habian parado en un casaron del Albaicin, situado en la parroquia de San Gregorio el alto, y cuyo huerto lindaba con el jardin de la casa de don Diego de Válor.

El capitan y las dos damas permanecian sin duda en aquel casaron, puesto que Harum veia salir todas las mañanas al estropoado con una cesta, y volver á poco con un muchacho cargado con la cesta llena de provisiones: el capitan daba algunos maravedises al muchacho, y le despedia hasta el dia siguiente. Despues entraba en la casa, abriendo la puerta por sí mismo; no volvia á salir hasta el anochecer, y permanecia en la calle hasta cerca de la media noche.

Harum no vió jamás abiertas las ventanas de aquella casa ni de dia ni de noche, ni entrar ó salir mas persona que el estropeado.

Por consecuencia, morando allí el capitan, era probable que morase allí tambien la doncella morena y hermosa de los cabellos negros y rizados.

Harum se habia dicho:

--El poderoso emir me manda averiguar el paradero de esa doncella: luego esa doncella le interesa: es verdad que no se sabe por ahora dónde para el emir, y que le andamos buscando; pero cuando menos lo pensemos parecerá, y si para entonces le tengo yo aclarado este asunto, sin duda que no me irá mal: entre ellos median prendas, puesto que el magnífico emir me encargó con todo el empeño de un enamorado que procurase dar con ella: procuremos, pues, burlar la vigilancia de ese capitan, y ponernos frente á frente de la hermosa dama.

Harum, pues, se dedicó con toda su actividad y con toda su inteligencia al asunto que se le habia encomendado.

Dióse á espiar de la manera mas cauta del mundo al estropeado, y no solo él, sino algunos de sus muchos conocidos del Albaicin. Es de advertir que los monfíes hacian todos un doble papel: no habia ninguno de ellos que no tuviese parientes y amigos; ya fuese en las villas de la Alpujarra, ya en la ciudad de Granada. Con mucha frecuencia iban y venian á las poblaciones, y aun vivian en ellas: entonces se asemejaban á los moriscos, y como ellos tenian un nombre cristiano, y como ellos se mostraban sumisos y obedientes al rey, á su capitan general y á sus justicias: pero cuando los monfíes estaban en las poblaciones, era para espiar.

Entonces se transformaban: no parecian los terribles bandidos de la montaña, siempre bravos, siempre amenazadores, sino los vencidos sumisos que sufrian, sin quejarse y como sin pena, el dominio del vencedor; muchos de ellos, aunque todavía se permitia á los moriscos hablar en su dialecto natural y vestir su trage acostumbrado, hablaban perfectamente el castellano, y vestian como los castellanos. Harum y los veinte monfíes que habian acompañado á Yaye y Ab-el-Gewar, eran de este número. En cuanto á Harum, se llamaba entre los moriscos y por ante los castellanos Pedro el Geniz, y pasaba por hijo de un rico mercader de sedas en la Alcaicería.

Sus frecuentes y largas ausencias de Granada se justificaban por el comercio de su supuesto padre. Cuando Pedro el Geniz estaba fuera de Granada, el viejo Silvestre el Xeniz, que Dios sabe por qué habia tomado aquel apellido moro, decia á sus conocidos cuando le preguntaban por su supuesto hijo:

--Está en Florencia por _raja_, ó en Flandes por encajes: ha ido á Génova á contratar una partida de telas de damasco con unos mercaderes, ú otra contestacion por este estilo.

Del mismo modo todos los monfíes cuando andaban entre los cristianos, tenian medios para encubrirse y burlar la vigilancia de los castellanos. Los moriscos, como todo pueblo esclavizado, estrechaban sus filas; encubrian sus conspiraciones bajo el mas profundo disimulo; se favorecian los unos á los otros; se entrometian mansamente en todas partes, y de este modo sabian á tiempo cuándo se aprestaban soldados para marchar á las Alpujarras, ó con cuánto resguardo iban las conductas de dinero que se enviaban para pagar los presidios de soldados de las villas y castillos de la montaña; asi es que casi todas aquellas tropas eran batidas por los monfíes, y casi todas aquellas conductas apresadas.

Interesados en no hacerse sospechosos los monfíes, parecian los moriscos mas reducidos y mas conformes con la dominacion castellana, llegando hasta el punto de no vestir el trage moro, de beber vino, de comer tocino y de pertenecer á cofradías religiosas. Sucedia con mucha frecuencia, que engañados por estas prácticas exteriores, el presidente de la Chancillería, el capitan general, el alcalde mayor y el corregidor, usasen como confidentes contra los monfíes, de los mismos monfíes. Estos casos se repiten en nuestros dias. Con mucha frecuencia los conspiradores sirven como polizontes á los gobiernos; esto es, cobran sueldo del gobierno, y se sirven á sí mismos.

Harum era uno de estos hombres; conocíanle en Granada altos y bajos, cristianos y moriscos, el capitan general, el buen don Luis Hurtado de Mendoza casi le tenia cariño, y le tuteaba; el presidente de la Chancillería solia citarle como ejemplo de buenos moriscos, y decia con frecuencia, que si todos fuesen como él, se podria dormir á pierna suelta sin temor á levantamientos y alborotos: y en cuanto al corregidor y al alcalde mayor, nunca dejaban de darle crédito cuando le pedian informes acerca de este ó del otro morisco que se habia hecho sospechoso.