Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 13

Chapter 133,964 wordsPublic domain

--El mismo. Pero tú debes conocer á ese hombre, Farix, añadió Reduan dirigiéndose al que habia hablado.

--Si por cierto; es el renegado Miguel Lopez, á quien tengo grandes deseos de antecoger delante de mi ballesta. Es un traidor.

--¿Y cómo sabeis vosotros que Miguel Lopez acompañaba á don Diego y á don Fernando de Válor?

--Esta mañana el wali Harum nos ordenó en nombre del poderoso emir, que observásemos el camino, sin dejar de reparar si iban ó venian golillas, hidalgos ó soldados.

--Es verdad: se nos aprieta tanto por ese endiablado rey de España, que será necesario romper por todo y hacer lagos de sangre cristiana para bañarnos en ella. Dia llegará en que... pero por ahora pensemos en nuestro negocio: el asunto de que se trata es un asunto particular de don Diego de Córdoba y de Válor. Ya sabeis que es pariente del emir, y que estamos obligados á servirle, sobre todo, cuando tan bien lo paga.

--Es muy justo.

--Pero importa que nadie sepa que le hemos servido. Ya sabeis que el emir castiga á sangre toda muerte que se hace, como no sea en combate ó por órden expresa.

--¿De modo que á don Diego le estorba ese renegado?

--Algo debe de haber: lo que yo sé es que á media tarde llegó un lacayo de don Diego y me dió una carta: aquella carta decia en arábigo: «Es necesario que, para servicio de Dios y del emir, tengas prevenidos para esta noche algunos de los monfíes mas valientes que se encuentren por los alrededores.» Os avisé. Despues llegaron don Dieg, don Fernando y Miguel Lopez. Cenaron, y luego Miguel Lopez se encerró en un aposento aparte y en otro los dos hermanos. Los lacayos se fueron al pajar: yo entonces subí al aposento de don Diego por la ventana del cuarto, segun me lo habia dicho don Diego, aprovechando un descuido del Lopez, que se muestra muy receloso, y cuando estuve dentro me dijo que os ofreciera cien doblones por matar un hombre y que, si consentiais, os llevase al huerto y que él mismo hablaria con vosotros. Puesto que consentís seguidme.

Los monfíes siguieron en silencio á Reduan, descendieron á una rambla y á través de algunas quebraduras llegaron á las bardas de un huerto, y uno tras otro las saltaron con la agilidad y el silencio del gato montés.

Apenas habian desaparecido entre las quebraduras, cuando salió de la cueva otro hombre que, sin duda, habia estado oculto en su fondo entre las tinieblas, por lo que los monfíes no habian reparado en él.

--¡Oh! ¡oh! dijo aquella sombra: se trata de un asesinato infame. Pues bien, es necesario impedir ese crímen.

* * * * *

Y se puso en seguimiento de los monfíes, pero á larga distancia y recatándose.

* * * * *

Miguel Lopez, entre tanto, velaba, entregado á encontrados pensamientos; parecíale por una parte que su recelo era infundado: por otra un secreto instinto le decia que desconfiase, y entre seguridad y desconfianza, llegó hasta las ánimas sin acostarse, dando paseos á lo largo del aposento y lanzando de tiempo en tiempo una feroz mirada á los pedreñales (pistolas se llaman ahora), que tenia sobre la mesa.

Pero acordóse una y cien veces que tenia sujeto á don Diego por medio de prendas que podian perderle; que para atentar á su vida no hubiera esperado á hacerle esposo de su hermana, y sobre todo, que despues del aprieto en que ponia á los moriscos el edicto del emperador, nada tenia de extraño que el emir de los monfíes hubiese llamado al morisco mas influyente de Granada, y que este morisco, es decir, don Diego, se prestase dócil y aun voluntariamente á obedecer las órdenes del emir.

Estos pensamientos le tranquilizaron algun tanto: dilatáronse las profundas rugas que hasta entonces habian plegado su frente, y su imaginacion tomó un rumbo distinto. Acordóse de su desposada, de la hermosa doña Isabel, de quien tan brúscamente habia sido separado: representóse en su imaginacion la alegre fiesta de bodas que indudablemente hubiera tenido lugar aquella misma noche, á no haber mediado el urgente mandato del emir de los monfíes. Sucesivamente fueron pasando por su imaginacion cien tentadoras imágenes, cien esperanzas defraudadas por el acaso, ese eterno burlador de la dicha humana; suspiró ruidosamente, y, no teniendo otra cosa que hacer, se recogió al lecho, y perdido de todo punto su recelo, reconcentró su pensamiento en el recuerdo de doña Isabel, y poco despues dormia y soñaba.

Pasaron una, dos, tres horas. La luz del belon que habia dejado el ventero, empezó á debilitarse falta de pábulo; osciló algunos momentos y al fin se apagó.

Luego solo se oyó el poderoso aliento producido por el pecho de toro de Miguel Lopez, que continuaba durmiendo.

Si no hubiera dormido tan profundamente, hubiera podido percibir cierto leve murmullo de voces que hablaban juntas, que cesaban, que volvian á escucharse, que se acercaban, que se alejaban. Hubiera percibido, al fin, los pasos de una persona que se acercaba recatadamente, que se detenia junto á la puerta y escuchaba, retirándose despues: hubiera oido, por último, unos pasos mas fuertes que cesaron delante del aposento; luego ruido de pisadas de caballo y cierto tráfago en la parte baja de la venta: pero Miguel Lopez nada de esto oyó, y fue necesario que diesen sobre la puerta tres fuertes golpes para que despertase.

--¡Voto á mil legiones! exclamó; me han quitado el sueño mas hermoso del mundo; como que me figuraba que...

Miguel Lopez concluyó con un ruidoso suspiro estas frases que habia pronunciado medio dormido, y luego, notando que la luz se habia apagado, se levantó de un salto, tomó á tientas uno de los pedreñales que habia puesto sobre la mesa, y dijo con voz ronca y amenazadora:

--¿Quién va?

--¿Quién ha de ir ni venir? dijo detrás de la puerta la voz de don Diego de Válor: vestios pronto hermano, que suceden grandes cosas.

--¡Ah! ¿sois vos, don Diego? dijo dejando el pedreñal sobre la mesa Miguel Lopez; pues bien, creo que puedan suceder grandes cosas y que sea necesaria gran diligencia; pero si quereis que me vista pronto, entrad y dadme luz: la mia se ha apagado.

Abrió la puerta el morisco, y don Diego entró con una vela de sebo encendida, puesta en una palmatoria de barro cocido.

--¿Qué hora es, hermano? preguntó soñoliento Miguel Lopez.

Don Diego sacó de entre su ropilla un enorme reloj de oro semiesférico, objeto de gran lujo en aquel tiempo, y dijo consultando la muestra:

--Las doce y veinte minutos.

--¿Y podemos fiarnos de ese embeleco?

--Como que está fabricado en Bruselas, y es mas seguro que la máquina de la torre de Santa María de la Alhambra.

--En efecto, muy grave debe de ser el asunto que nos hace madrugar tanto, dijo Miguel Lopez atacándose los gregüescos.

--Como que tenemos encima al emir.

--¡El emir!

--Sí, el emir con seis mil monfíes, que adelanta hácia Granada, á la que piensa llegar antes del amanecer.

--¡Diablo! ¡diablo! ¿es decir que hoy mismo tendremos batalla?

--Es mas que seguro; por lo mismo importa que nos preparemos cuanto antes: en Cádiar hay un capitan del rey con algunos soldados y un alcalde con treinta cuadrilleros: es necesario sorprender á esa gente para que no puedan dar aviso á Granada y prevenir á nuestros enemigos. Asi, pues, acabaos de ajustar las agujetas del jubon y á caballo.

--¿Os ha enviado algun correo el emir? dijo Miguel Lopez acabándose de apretar las hevillas de las espuelas.

--Sí, sí por cierto; me ha enviado uno de sus walíes.

--¿Y dónde está ese walí?

--Ha partido con toda diligencia á poner en armas las taifas de monfíes de la taha de Lanjaron, donde tambien hay gente del rey.

--Pero os habrá dejado á lo menos un guia.

--No, pero me ha avisado el lugar donde podré encontrar al emir.

--¿Y qué lugar es ese? dijo Miguel Lopez saliendo con don Diego de la habitacion.

--A un tiro de arcabuz de Orgiva, en el lecho del rio.

--Vamos, pues.

Por prudencia, segun creia Miguel Lopez, no hablaron ni una palabra mas. Bajaron tranquilamente las escaleras, don Diego pagó el gasto al fingido ventero, y él, Miguel Lopez y don Fernando de Válor, montaron en los caballos que les tenian los criados, y seguidos de estos, tambien á caballo, salieron de la venta y tomaron ostensiblemente el camino de Orgiva.

La noche era un tanto clara, y lo hubiera sido enteramente merced á la luna, á no ser por los densos nubarrones que cruzaban el espacio: de cuando en cuando se veia lucir un relámpago en lontananza, allá entre las profundas quebraduras, y empezaban á escucharse truenos lejanos.

--Famosa noche ha elegido el emir para su empresa, dijo Miguel Lopez que caminaba delante, y que al parecer habia perdido hasta la última sombra de recelo.

--Guardad silencio, hermano, dijo don Diego, que no sabemos quién puede escucharnos, y aguijad vuestro caballo á fin de que lleguemos pronto. Hasta que nos encontremos al lado del emir y entre los monfíes, nos hallamos en peligro.

Y para dar el ejemplo, don Diego aguijó su caballo y pasó adelante.

Los tres ginetes y los lacayos siguieron marchando en silencio.

A poca distancia de la poblacion, don Diego revolvió su caballo y empezó á descender por un oscuro sendero, perdido en la penumbra de un profundo barranco, formado por la abertura de dos montañas; á medida que adelantaban se percibia mas distintamente el ronco ruido de la corriente del rio de Orgiva, corriente rapidísima á causa del gran desnivel del terreno; el fondo del barranco, por el centro del cual corria, saltando entre las breñas, un arroyo, se iluminaba de tiempo en tiempo por la brillante y fugitiva luz de un relámpago.

Hallábanse á la mitad de la garganta, cuando, de repente, el caballo de don Diego se detuvo, lanzó un relincho agudo y resistió á la espuela.

--Debemos estar cerca del emir, dijo Miguel Lopez; vuestro caballo siente las yeguas.

--¡Callad! ¡callad en nombre de Dios! exclamó don Diego; callad y detened vuestros caballos.

--¿Pues qué sucede? dijo Miguel Lopez.

El zumbido de un venablo que pasó cortando el aire por cima de las cabezas de nuestros personajes, fue la contestacion que obtuvo Miguel Lopez: don Diego, su hermano y los lacayos, se habian lanzado con las espadas desnudas en la direccion que parecia haber traido el venablo.

--¡Ah! ¡Dios de Dios! exclamó Miguel Lopez, echando mano á sus pedreñales; esta es, sin duda, ó una traicion de esos miserables, ó un mal encuentro con bandidos: pues bien, es necesario vender cara nuestra vida.

Y apeándose del caballo, porque el terreno era mas á propósito para defenderse á pié que cabalgando, llevó al animal hasta una breña y se parapetó con el.

Pero apenas habia tomado posicion, cuando nuevos venablos pasaron silbando, y el caballo cayó desplomado, como si le hubieran herido en el corazon ó en la cabeza.

Miguel Lopez no tuvo tiempo mas que para disparar uno de sus pedreñales sobre algunos bultos, al parecer de hombres, que adelantaban rápidamente hácia él, saltando por cima de las quebraduras.

En aquel momento brilló un relámpago y Miguel Lopez vió que los que le acometian eran monfíes.

Pero tambien vió, antes de que se extinguiese la rápida llamarada del fuego, que uno de aquellos hombres habia saltado sobre su terreno y caido herido por una saeta, cuyo silbido parecia marcar que quien la habia disparado estaba á espaldas de Miguel Lopez, y frente á los monfíes.

La suerte de su compañero irritó á los monfíes, que se lanzaron dando alaridos de rabia sobre Miguel Lopez: este no tuvo tiempo de ver mas; sintió sobre sí aquellos hombres, luego la aguda punta de sus puñales en el pecho y se desmayó.

* * * * *

Cuando volvió en sí se encontró fuertemente vendado y postrado en un lecho en un lugar extraño.

El espacio en que se encontraba era un aposento cuadrado, abovedado segun las líneas de la arquitectura árabe, y revestido de una argamasa reluciente, á la que el tiempo habia dado un color gris negruzco.

En aquel espacio no habia mas muebles que un arcon pintado de negro, una mesa de nogal y dos sitiales. Sobre la mesa habia un belon de cobre, dos de cuyos mecheros encendidos, alumbraban todo lo que hemos descrito: ademas, sobre aquella mesa habia un crucifijo negro, algunos libros en folio, y yerbas, trapos blancos, hilas, vasijas y redomas.

Nada mas habia en esta habitacion, ni Miguel Lopez pudo reparar en todo esto, á causa del estado de desvanecimiento y de debilidad en que se encontraba.

Reparó, si, que estaba absolutamente solo, que no se percibia ruido alguno, y que aquella habitacion no tenia otro respiradero que una puerta estrecha, de arco de herradura, en la cual empezaba una escalera que ascendia.

Aquel espacio era sin duda un subterráneo.

La perplejidad mas natural, el temor mas lógico, asaltaron la imaginacion de Miguel Lopez: á causa de la debilidad en que le habian constituido sus heridas, apenas recordaba confusamente lo que le habia acontecido antes de acometerle los monfíes: la primera pregunta que se hizo á sí mismo, fue la de quién le habia herido, y quién le habia llevado allí.

Pero como no veia persona alguna que aclarase sus dudas, pretendió salir de ellas provocando la llegada de alguno.

--¡Ah de casa! exclamó; pero con acento tan débil que hubiera sido imposible oirle á pocos pasos de distancia.

El esfuerzo que hizo para hablar le causó un dolor agudo en el pecho.

--¡Ah! murmuró. ¡Alma del diablo! ¡pues estoy herido y no como quiera, sino gravemente! ¡herido en el pecho...! ¿y quién ha podido herirme?

Hizo un esfuerzo Miguel Lopez para evocar sus recuerdos y como los recuerdos obedecen á la voluntad, y la voluntad de Miguel Lopez era poderosa, lentamente fueron eslabonándose sus ideas y al fin recordó de todo punto lo que le habia acontecido.

--¡Los miserables! exclamó: ¡si, si! ¡no hay duda! ¡ellos han sido! Esta mañana han pasado en aquella casa cosas extrañas: el mancebo que se presentó á don Diego, segun me dijo Ayala... aquel hermoso mancebo que ha sido amante de doña Isabel... y luego el pretexto de don Diego de que nos llamaba el emir... nuestra detencion en una venta sospechosa... y despues los monfíes... si, si, ellos han sido... ellos que me han sacado de Granada para asesinarme... ¿pero cómo se ha atrevido don Diego, sabiendo que tengo en mi poder pruebas que pueden perderle...? ademas, ¿quién me ha traído aquí...? ellos no deben de haber sido: hubieran acabado de asesinarme... ¿los monfíes? los monfíes no se hubieran tomado el trabajo de curarme las heridas. ¿Quién ha sido, pues?

Este razonamiento, demasiado largo para el estado en que se encontraba Miguel Lopez, le desvaneció, volvieron á embrollarse sus ideas y recayó en su postracion.

En medio de ella notó el ruido de los pasos de una persona que descendia por la escalera que empezaba en la puerta: luego vió brillar una luz sobre la argamasa abrillantada del muro, y al fin descendió y entró en la habitacion un hombre.

Todo esto lo veia de una manera fantástica, por decirlo asi. Aquel hombre era alto, esbelto y vestia un trage de campaña castellano: acercóse levemente al lecho y examinó con una fria atencion al herido.

Luego fue á la mesa, tomó una taza que habia sobre ella é hizo beber algunas gotas de su contenido á Miguel Lopez.

Este sintió calmarse la ardiente sed que le devoraba, y haciendo de nuevo un poderoso esfuerzo de voluntad, logró fijar sus ideas y ver claro.

Entonces pudo hacerse cumplidamente cargo de la persona que habia entrado en el aposento.

Era un hombre alto, esbelto, fuerte, ágil, moreno, con grandes ojos negros, cabellos ensortijados y barba escasa y corta: á primera vista podia decirse que no era español, ni menos morisco: diferencias esenciales de raza lo demostraban; su mirada era móvil, astuta, recelosa, en contraposicion de la fija penetrante y franca mirada de los hombres oriundos de Arabia: su color no era el moreno y pálido color de los hijos de esta raza, sino un moreno dorado, encendido, vigoroso; su frente, un tanto deprimida, sus cejas sutiles, el óvalo de su rostro demasiado prolongado, todo demostraba en él un extranjero.

En cuanto á su vestido ya hemos dicho que pertenecia á la moda de los hidalgos castellanos, aunque se notaban en él algunas singularidades: llevaba en la cabeza una gorra de paño color de hoja seca, plegada al lado izquierdo por un herrete de acero; debajo de un capotillo casi burdo en el exterior y forrado en el interior por pieles blancas de cordero, llevaba un coleto de ámbar exactamente igual á los que usaban por aquel tiempo los soldados de los tercios viejos de España: este coleto estaba sujeto en la cintura por un talabarte de cuero de Córdoba, color de avellana, de dobles tirantes, del que pendia una espada corta y ancha y un puñal á la derecha; pendiente del mismo talabarte, llevaba á manera de limosnera una bolsa de piel de zorra; los gregüescos eran de paño de igual color y calidad que el de la gorra, sin cuchilladas, lazos ni adornos, y por último, sus fuertes calzas atacadas de lana azul, estaban cubiertas, desde sus piés y hasta media pierna, por unas abarcas y los ligamentos de estas.

Este hombre parecia contar cuando mas, á juzgar por las apariencias, cuarenta años; se desprendia de él un no sé qué de noble y poderoso, y su trage le sentaba á las mil maravillas.

Observó profundamente al herido, y como viese que Miguel Lopez hacia esfuerzos por hablar, le dijo con esa voz llena de autoridad de los mas fuertes, y con marcado acento extranjero, aunque en buen castellano:

--Os prohibo que hableis: en ello os va la vida: reposad.

Y sin decir mas, se separó del lecho, tomó un taburete, le puso junto á la mesa, se sentó dando la espalda á Miguel Lopez, tomó uno de los libros en folio que habia sobre la mesa y se puso á leer.

Quien hubiera arrojado una ojeada sobre aquel libro, hubiera visto que era una magnifica copia en latin de la Santa Biblia, y que el extranjero leia en ella un pasaje del libro de Job.

Era aquel el pasaje en que Dios arrebata á Job sus hijos.

Durante mucho tiempo, Miguel Lopez estuvo contemplando con ansiedad al extranjero, que leia en silencio, y sin atreverse á hablarle, puesto en temor por la autoridad de su palabra y por lo grave de su pronóstico.

Al fin, como emanado de un lugar distante y á través de los muros, se oyó el toque de una corneta: entonces el extranjero cerró la Biblia, se levantó, fué al lecho y contempló profundamente al herido, que tenia fijos en él los ojos, dilatados á un tiempo por la curiosidad y el temor.

--¿Quién sois? dijo Miguel Lopez.

--Nada os importa quien yo sea, contestó el desconocido; pero si os importa mucho el reposar: no hableis: tiempo sobrado tendremos de hablar mas adelante: el hablar os cuesta un esfuerzo y ese esfuerzo os es muy dañoso: estais gravemente herido: esperad: voy á daros una medicina que os servirá de mucho.

Dicho esto fué á la mesa, tomó una redoma de vidrio, vertió parte de su contenido en un vaso de la misma materia, fué al lecho y dió á beber un líquido blanco y un tanto espeso al herido.

Despues se quedó observándole: lentamente se fueron cargando los ojos de Miguel Lopez y al fin se durmió.

Entonces el extranjero fué á la mesa y encendió la lámpara con que habia venido alumbrándose, á tiempo que sonaba de nuevo y mas de cerca la corneta.

--Mucha impaciencia es esa, dijo, y debe suceder algo importante: veamos lo que es.

Y trepó por las escaleras, llegó á su fin á una puerta chata, cerrada por una sola hoja forrada de hierro mohoso, que el extranjero abrió, saliendo á un pasadizo oscuro y abovedado: cerró de nuevo, corrió un cerrojo, le afianzó con dos vueltas de una llave que sacó de su bolsa, y luego adelantó por la mina, que era tortuosa y á trechos ascendia ó descendia: á un lado y otro quedaban otras galerías: al fin se vió una claridad fria al fin de la mina, y cuando el extranjero salió de ella, entró en una caverna anchurosa, por cuya boca penetraba la luz del alba: aquella gruta estaba encubierta y como defendida por una espeso robledal, que coronaba la cumbre de una colina.

Entonces se escuchó por tercera vez la corneta, pero de una manera vibrante, enteramente perceptible y á poca distancia.

El extranjero apagó la lámpara, la ocultó en una grieta de la caverna y sacó de esta grieta un largo arco de acebo y algunas saetas que atravesó en su talabarte. Despues salió de la caverna, y tomó á buen paso por un sendero estrecho, tortuoso, cubierto de musgo, perdido entre las breñas, y que, á poca distancia, penetraba en el robledal.

Muy pronto el incógnito, á gran paso, se internó en el bosque; siguió las sinuosidades del sendero, y rodeando una colina, penetró en una ancha rambla, cuyo aspecto era terriblemente brabío y selvático.

Un pequeño arroyo la atravesaba é iba á formar en la parte abierta de la rambla un pequeño lago, que se perdia pintorescamente entre un bosque de mimbres, bañando sus nudosos troncos: alrededor solo se veian rocas tajadas, abiertas, como calcinadas por la accion del rayo: las asperezas, las peñas que acá y allá brotaban sobre el terreno, como excrescencias, estaban cubiertas de musgo, y la arena que servia de lecho y se extendia en una estrecha márgen á los lados del arroyo, era de color negruzco; lo demás del terreno estaba cubierto por una especie de liquen musgoso, en el que resbalaba la planta.

Aquel lugar que parecia destinado á la mas absoluta soledad, estaba entonces concurrido por muchos seres humanos, entre los cuales se veia un solo caballo; uno de esos caballos pequeños, pero ágiles, fuertes, fogosos; un verdadero caballo de montaña.

Las gentes, que en número como de cien personas, ocupaban la parte superior de la rambla, eran monfíes: algunos de estos, mas avanzados, parecian estar de centinela: al desembocar en la rambla el extranjero, uno de los centinelas armó su ballesta, y gritó:

--¡Alto! ¿quién va?

--¿No me habeis llamado? dijo con acento irritado el extranjero ¿porqué pues me deteneis con la puntería de vuestras ballestas?

--¡Es el cazador de la montaña! dijo otro de los monfíes.

--Dejadle llegar, dijo una voz breve y al parecer acostumbrada al mando.

Desarmó el monfí su ballesta é hizo seña al extranjero de que adelantase: este trepó por las breñas con la agilidad de un gamo, pasó de la línea de los centinelas, y llegó á la parte alta de la rambla, donde le salió al encuentro un anciano enteramente vestido á la usanza mora.

Aquel anciano era Yuzuf, el padre del emir de los monfíes.

El semblante del noble anciano estaba contraido por una sombría expresion: dulcificola, sin embargo, á la presencia del incógnito, y tendiéndole la mano, le dijo:

--¡Bien venido sea mi amigo el rey del desierto!

--¡Rey! exclamó con sarcasmo el extranjero; el imperio de mis abuelos está muy lejos, y en estas regiones no soy otra cosa que tu esclavo, rey de la montaña.

--Mi esclavo no, mi hermano, dijo con dulzura Yuzuf ¿acaso no te he amparado? ¿no te he procurado un asilo impenetrable en mis dominios? ¿no tienes cuanto has menester?

--Sí, todo, todo, menos mi venganza, tras la que ando recorriendo el mundo hace diez años.

--No porque tu venganza tarde será menos segura.

--Pero entre tanto ese infame capitan tiene en su poder á mi esposa y á mi hija: ¿acaso no has protegido tú á ese infame? ¿acaso no has impedido tú que me vengue, que rescate á las prendas de mi alma y vuelva con ellas entre los mios, allá al otro lado de los mares donde soy verdaderamente rey, rey fuerte, poderoso, y vengador de las desdichas de mis abuelos?

--¡Espera!

--Hace un año que estoy esperando desde mi llegada á estas montañas.

--Recuerda que sin mi ayuda, haria tambien un año que dormirias en la tumba.