Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 10

Chapter 104,088 wordsPublic domain

Dió dos vueltas el marqués á la carta, quedóse pensativo y no sabemos por qué presentimiento vago, renunció á su aventura y se decidió á ir á la cita que se le pedia á nombre de una jóven de diez y seis años que casi podia llamarse su ahijada.

Siguió al acólito y muy pronto estuvo frente al lecho del moribundo.

--Vos por un capricho, por una locura de jóven, le dijo el párroco de san Luis, á las pocas palabras que hablaron, causásteis la muerte del padre, no causeis, señor, por impremeditacion la pérdida de la hija: doña Elvira no ha nacido para el claustro; si abandonada y desesperada profesa, blasfemará, perderá su alma; si sale del convento sin el apoyo de una persona que la ame, que la proteja, se perderá porque es hermosa; pero aun es tiempo, velad por ella, salvadla: no está pervertida, tiene un corazon ardiente, impresionable... vos, señor, que aun sois jóven, que aun podeis haceros amar, ¿por qué no embelleceis el otoño de vuestra vida con el amor de esa niña haciéndola vuestra esposa?

--¿En qué convento vive? dijo profundamente pensativo el marqués.

--En el de santa Isabel la Real.

--¿Y decis que es hermosa y digna de un caballero?

--Os lo juro, señor, y os digo mas: la amo como á una hija y no moriré tranquilo sino me jurais que vos, que hoy sois su padre adoptivo, la amparareis.

--Esa jóven corre por mi cuenta, dijo el marqués pronunciando estas vulgares palabras de tan ambiguo sentido con una entonacion singular.

--¿Quereis que os nombre su tutor en mi testamento? ¿quereis que os dé un testimonio de lo que habeis hecho por ella?

--No, no, de ningun modo, no quiero que sepa que yo he hecho nada por ella.

--¡Oh! ¡que generoso sois señor! Dios os bendiga.

--Dejad la tutela de esa jóven á la abadesa.

--Lo haré así.

--Y ahora ved si os queda algo que satisfacer en el mundo para que yo lo satisfaga por vos.

--¡Ah! no señor; desgraciadamente quedé huérfano y sin pariente alguno muy jóven; he vivido consagrado á mi ministerio y nada tengo que hacer mas que legar la mitad de mis cortos ahorros á los pobres, la otra mitad á doña Elvira, á doña Elvira que es mi corazon, señor, añadió el buen sacerdote mirando de una manera anhelante al marqués.

--Descuidad, descuidad en mí, señor licenciado; si Dios ha dispuesto que murais, morid tranquilo: si en mí consiste doña Elvira será feliz.

--¡Oh! ¡gracias, gracias! ¡ahora dejad que os bendiga!

El marqués mas por costumbre que por veneracion, dobló una rodilla y el sacerdote bendijo con mano trémula y moribunda aquella cabeza llena de vacios pensamientos, que en aquel mismo punto agitaba algo horrible dentro de sí respecto á la pobre huérfana, que era tan jóven y tan hermosa.

* * * * *

El marqués de la Guardia, pues, no habia sabido hasta entonces el paradero de la hija de Juan de Céspedes y por lo tanto no habia podido visitarla.

Aquella misma noche en uno de los lugares _escéntricos_ en que se encontraban todos los dias el marqués de la Guardia y don Diego de Válor, frente á frente y vaso en mano, hablaban con la mayor irreverencia del mundo, del legado que habia dejado el párroco de san Luis al marqués.

--Pero formalmente don Gabriel, decia al marqués que así se llamaba, don Diego, ¿estais resuelto á hacer _dichosa_ á esa muchacha?

--¿Y por qué no? dijo don Gabriel Coloma, que este era el apellido del noble marqués, aun no he cumplido cuarenta años; paso aun entre los buenos galanes sin que las damas reparen en la diferencia, y, sobre todo, esa aventura tiene para mí un encanto misterioso, un no sé qué seductor; decididamente, mañana voy al convento, pasado mañana la saco, al dia siguiente...

--¿Qué la sacais? ¿creeis que ella se prestará á huir con vos?

--¡Huir! la sacaré con los derechos que me asisten.

--¡Los derechos! indudablemente los teneis: pero nadie los conoce mas que el cura de san Luis, y ha muerto.

--¡Diablo! ¡es verdad!

--De modo que para doña Elvira sois un desconocido como otro cualquiera.

--¡Diablo! ¡diablo!

--Y como supongo que no os querreis casar con ella...

--¡Por Cristo vivo! hartos sinsabores me dió mi difunta, para que yo piense en casarme de nuevo... la haré mi querida.

--¡Ah! dijo don Diego; pero se me figura...

--¿Qué?

--Que si habeis de contar con doña Elvira para que abandone por vos el convento, empresa acometeis.

Picóse el orgullo de don Gabriel Coloma, que aun se creía, recordando sus buenos tiempos y fiando demasiado en el éxito que le procuraban sus doblones entre las mujeres, un seductor irresistible.

--¿Quereis que hagamos una cosa, don Diego? dijo.

--¿Qué cosa?

--Una apuesta.

--¿A propósito de qué?...

--Acometamos los dos esta empresa.

--Acepto.

--Vos no conoceis á Doña Elvira mas que lo que la conozco yo. Como yo sabeis que está en el convento de santa Isabel la Real, que es huérfana, que está bajo la tutela de la abadesa.

--Muy bien: ¿y qué apostamos?

--Vuestro caballo _Infante_, contra mi yegua _Niña_.

--Es decir que si os gano, me quedo con vuestra protegida y con vuestra yegua.

--Cabalmente.

--Determinemos la apuesta.

--El que saque del convento legítimamente ó no á doña Elvira, en una palabra, el que sea preferido por ella, gana.

--Aceptado.

--¿En cuánto tiempo?

--En quince dias, dijo don Diego de Válor.

--Sea en quince dias.

--Ademas hagamos otra apuesta, dijo don Diego, que era muy previsor.

--¿Cuál?

--Podrá suceder que para sacar á doña Elvira del convento sea necesario casarse con ella.

--¡Diablo!

--Yo lo preveo todo: una vez empeñados, no repararemos en nada, y como es hidalga y hermosa, y entrambos estamos libres... ¿quién sabe?...

--Teneis razon.

--En el caso que vos ganárais, don Gabriel, ya sea que ella se vaya con vos, ya que os caseis con ella, podeis tener por seguro que yo procuraré soplaros la dama ó la mujer.

--Lo mismo procuraré yo, don Diego, si la suerte os favorece.

--Determinemos aun mas: si solo es querida de uno de los dos, la apuesta será vuestro coselete de Milan cincelado, contra la magnífica espada de Damasco que he heredado yo de mis abuelos y que tanto os agrada.

--Sea.

--Pero si doña Elvira fuese esposa de uno de los dos...

--Entonces, don Diego, tenemos apostada la vida á estocadas.

--Me habeis comprendido.

Los dos calaveras se estrecharon las manos, apuraron los vasos y no volvieron á hablar de aquel asunto.

Cuando se separaron, don Diego recordó que tenia una parienta amiga de la abadesa de santa Isabel la Real; fuése á su casa muy temprano, á la hora en que la buena señora oia su misa cotidiana, y la expuso la necesidad que tenia de depositar por algun tiempo á su hermana doña Isabel en un convento.

La anciana parienta se prestó y despues de la misa fueron al locutorio.

La casualidad favoreció á don Diego.

Como sabemos, la abadesa llevó consigo al locutorio á doña Elvira.

Vióse esta mirada por la primera vez de una manera ardiente; vió tambien por la primera vez de su vida á un hombre que era casi tan hermoso como ella, y se enamoró.

Don Diego, por su parte, se enamoró tambien.

Aquella misma tarde el andadero del convento tuvo medio de poner en las manos de doña Elvira una carta de don Diego.

Aquella carta encerraba las primeras palabras de amor que se habian dirigido por un hombre á doña Elvira.

Esta, sin embargo, no contestó.

Al dia siguiente la abadesa llamó á su celda á doña Elvira, y la dijo toda trémula y asustada que el marqués de la Guardia la pedia por esposa.

Doña Elvira dijo que no conocia al marqués, y que no pensaba casarse con él.

Aquella tarde el andadero dió á doña Elvira dos cartas: la una era de don Diego de Válor, la otra del marqués.

La jóven entregó esta última rasgada al andadero para que la devolviese á don Gabriel Coloma, y otra cerrada para don Diego de Válor.

Esta última decia únicamente:

«Caballero: el señor marqués de la Guardia, á quien no conozco, ha pedido á la madre abadesa mi mano. Vos decís que me amais, ¿por qué no haceis lo mismo?--Elvira de Céspedes.»

Don Diego se habia enamorado perdidamente de doña Elvira, y habia comprendido á la primera ojeada que la jóven no saldria del convento sino por la puerta del matrimonio.

Esta certidumbre dió por resultado que dos dias despues la abadesa llamase de nuevo á doña Elvira á su celda y que la dijese muy tranquila, por qué su primera negativa á una demanda de matrimonio la habia hecho creer en la vocacion de la jóven al claustro, que don Diego de Córdoba y de Válor la pretendia por esposa.

Doña Elvira, con gran terror y sentimiento de la abadesa, contestó poniéndose encendida como una guinda:

--Decid á ese caballero, que le acepto por esposo.

* * * * *

Ocho dias despues el marqués de la Guardia envió con un escudero suyo á don Diego de Válor su yegua _Niña_, enjaezada con un caparazon de brocado azul, cabezon, cincha y pretal de lo mismo, y freno y estriberas de plata cincelada.

A mas de esto, en el caparazon, y dentro de ricas fundas iban dos magníficas pistolas cargadas.

--Comprendo: dijo para sí don Diego de Válor al ver las pistolas, y al reparar que iban cargadas: he ganado la primera apuesta casándome con doña Elvira, y estamos empeñados en la segunda: veremos quien á quien.

Por su parte el marqués habia dicho al poner las pistolas en el caparazon:

--Le he criado, como quien dice, la novia, se la he dotado, le pago con mi mejor vicho una apuesta perdida... mil doscientos cincuenta ducados por una parte... mil trescientos valor de la yegua, por otra... dos mil los jaeces y las pistolas... cuatro mil seiscientos cincuenta ducados en suma... pues señor, es preciso que yo me cobre de todo esto en su mujer.

Como vemos, las consecuencias de la burla hecha por el marqués al difunto padre de doña Elvira, continuaban en una progresion horrible.

Una vez casada se reveló el verdadero carácter de doña Elvira.

Era una mujer altiva y dura, y al poco tiempo de casada, apenas lanzada la influencia del convento, á las primeras lecciones recibidas del mundo, se convirtió en una de esas personas que todo lo calculan bajo el influjo de la mas descarnada razon; no amaba á don Diego: habíase casado únicamente con él para salir del convento, que la horrorizaba, pero como jamás habia amado no se habia visto obligada á hacer ningun sacrificio: ella era extremadamente hermosa y estaba muy pagada de sí misma; pero en cambio don Diego era un mancebo hermosísimo, que sino interesaba su corazon conmovia sus sentidos; en una palabra, aunque el alma de doña Elvira no acogia á don Diego, sus deseos la arrastraban á él: los primeros meses, pues, del matrimonio de estos dos seres tan semejantes entre sí, que nunca debieron haberse casado, fueron un continuo delirio. Pero no era don Diego hombre á quien pudiesen fijar, apartándole de sus viciosas inclinaciones, la virtud, la hermosura y las candentes caricias de una mujer tal como doña Elvira: paso á paso don Diego fue volviendo á su antigua vida, y como jamás se habia recatado del mundo, no se recató de su esposa: la altiva doña Elvira no era mujer que mirase sin un ardiente deseo de venganza la ofensa hecha á su hermosura, á su orgullo: desapareció enteramente el amor material que le habia inspirado don Diego, y solo pensó en vengarse: una herida en el orgullo se paga con otra herida semejante: doña Elvira dejó de ser la hasta entonces honesta y malcarada dueña, y tuvo sonrisas para adoradores que ya habian desesperado, no solo de obtenerla sino aun de ser mirados sin enojo: entre ellos el marqués de la Guardia se habia dado por vencido y habia dicho á don Diego á los tres años despues de su casamiento:

--Amigo mio: podeis llamaros feliz: apostamos á bulto sin conocerla acerca de doña Elvira, y encontrásteis en ella una niña hermosísima de quien os hicísteis amar: me ganásteis pues, la primera apuesta: la hermosa jóven ha sido y es una mujer fuerte: aunque la dais mala vida, os ama y guarda vuestro honor, á pesar de que, sin contar conmigo, que la he pretendido de mil maneras, la han rodeado los galanes mas peligrosos. He perdido mi segunda apuesta y vuestro es mi coselete de Milan. Sin embargo no lo siento; vuestra mujer me ha dado el ejemplo de las mujeres santas en el matrimonio, y yo voy á buscar otra semejante, por mejor decir la he encontrado ya: os convido, pues, á mi segunda boda dentro de ocho dias. Llevad con vos á vuestra mujer.

Y el marqués y don Diego se estrecharon las manos y bebieron como el dia en que habian hecho la apuesta.

Doña Elvira á pesar de su orgullo ofendido y de su determinacion de tomar en el honor de su esposo unas terribles represalias, nada hizo que pudiera ofender á la honra de don Diego.

Es cierto que durante algunos dias coqueteó y estuvo comunicativa, risueña y amable con mas de un enamorado; pero de repente, volvió á su antigua austeridad, ó como podriamos decir valiéndonos de una figura: el sol de sus favores se ocultó de nuevo tras una sombría nube.

¿Consistia esto en que doña Elvira comprendiese que las mayores faltas en un marido, los mas crueles tratamientos, las mas profundas heridas en el corazon y en la vanidad, no autorizan á la esposa para ser adúltera?

No por cierto: esto consistia en que doña Elvira era mujer, en que como mujer estaba propensa á amar, y en que el hielo que cubria su corazon se habia disuelto bajo el intenso fuego de su amor hácia un hombre.

Doña Elvira amaba con toda la violencia de su carácter voluntarioso: pero bajo un profundo disimulo, mejor diremos hipocresía, habia guardado aquel amor que nadie, ni aun el mismo objeto amado habia llegado á conocer.

Vamos á decir á nuestros lectores quien era el objeto de aquel amor.

Por el mismo tiempo que el desenfreno y el libertinaje de don Diego, habian impulsado á doña Elvira á una resolucion desesperada, conoció al hombre que debia fijar su destino.

Un dia le habia visto en misa en la colegiata de San Salvador: era un jóven como de diez y nueve á veinte años, pero ya perfectamente formado, blanco pálido, de frente noble y pensadora, y ojos negros y profundamente melancólicos.

Se habian encontrado en la pila del agua bendita: luego hizo la casualidad, causadora de tantas desdichas, que se encontraran colocados frente á frente en los escaños.

Aquel dia puede decirse que doña Elvira no oyó misa; el jóven por su parte no mostró tampoco mucha devocion, pero no fue doña Elvira la causa: ni una sola vez la habia mirado, á pesar de que doña Elvira era una mujer demasiado notable por su hermosura, para que no se reparase en ella.

La indiferencia es uno de los medios mas eficaces que pueden emplearse para la conquista de ciertas mujeres: cuando la indiferencia es verdadera, la mujer que de tal modo se contempla impotente acaba por contraer una pasion incalculable por el hombre á quien de tal modo es indiferente. Una fea suele resignarse por que comprende la causa de aquella indiferencia: á una hermosa infatuada con su hermosura, como lo estaba doña Elvira, acostumbrada á ser adorada por todos, la indiferencia del hombre á quien ama la vuelve loca.

Doña Elvira vió durante tres años, pero siempre en la estacion del verano, al indiferente jóven en la misa de doce de la iglesia del Salvador: siempre habia notado la misma indiferencia en él, y estaba resuelta á romper por todo, cuando al abrir su marido la puerta de su casa para asistir al casamiento de su hermana doña Isabel le encontró en el dintel.

Porque el hombre de quien tan locamente enamorada estaba doña Elvira, era Yaye ebn-Al-Hhamar.

Esto esplica por qué una palidez profunda cubrió al verle el rostro de doña Elvira: veamos ahora en que consistia la estrañeza y aun el temor que se habia pintado en el rostro de don Diego al ver á Yaye.

Don Diego sabia, porque no podia menos de saberlo, puesto que por el matrimonio con su tia doña Ana habia emparentado con su familia Yuzuf, que este, emir de los monfíes, embreñado en las Alpujarras y dueño de la fuerza, tenía adquiridos derechos á la corona de Granada.

Sabia además, lo que Yuzuf no habia tenido ocasion de decir á Yaye, esto es que el casamiento de Yuzuf con doña Ana de Córdoba y de Válor habia sido una verdadera alianza, una refundicion de derechos.

Su padre don Juan de Válor habia estipulado solemnemente con Yuzuf que si de su casamiento con doña Ana tenia un hijo, este hijo casaria con una hija de los Válor, ó viceversa que, si cuando el hijo ó la hija de Yuzuf y de Ana llegasen á la edad de contraer matrimonio, no pudiese este efectuarse por carencia de varon ó de hembra hija ó nieta de don Juan, en la familia, el pacto quedaría roto, y cada familia de por sí, la de los Al-Hhamar y la de los Beni-Omeyas podrian cuestionar su derecho.

Ahora bien: don Juan de Válor, hermano de doña Ana, habia tenido dos hijos y una hija: don Diego, don Fernando y doña Isabel: Yuzuf al-Hhamar habia tenido un hijo: Yaye; don Juan de Válor y Yuzuf, habian contratado solemnemente el matrimonio de doña Isabel con Yaye, y al morir don Juan habia encargado expresamente en su testamento á su hijo primogénito don Diego que procurase por cuantos medios estuviesen á su alcance, cumplir aquel contrato matrimonial.

Don Diego habia quedado al frente de la casa como tutor de sus hermanos: al casarse con doña Elvira, por amor á su hermana doña Isabel no quiso que viviese á su lado bajo la férula de su esposa. Puso casa á parte y dejó en el solar paterno á doña Isabel al amparo de su hermano don Fernando, aun soltero, y bajo la guarda de una respetable dueña.

Todos los años en las largas temporadas que Yuzuf pasaba en Granada, guardando todas las apariencias de un morisco convertido, don Diego comunicaba con él: hablaban como individuos de una misma familia, de las esperanzas de recobrar la perdida libertad, de sus proyectos domésticos y entre ellos del matrimonio concertado entre Yaye y su hermana doña Isabel.

Don Diego no conocia á su primo: siempre que espresaba á Yuzuf el deseo de conocerle, Yuzuf le contestaba:

--Cuando yo haya puesto mi corona sobre la frente de mi hijo, y tu hermana haya sido su esposa, le conoceras.

Don Diego se veia obligado á satisfacer con estas palabras brevísimas del inexorable anciano su curiosidad por conocer á su primo.

Pero aconteció que un dia Yuzuf compró en el barrio del Zenete de Granada una hermosa casa que lindaba con la en que vivia doña Isabel. Aquella casa fue suntuosamente alhajada y un mes despues fueron á vivir á ella un anciano y un jóven.

El anciano era Abd-el-Gewar, y don Diego le conocia como uno de los servidores mas allegados del emir; el jóven era Yaye, pero don Diego no le conocia.

La circunstancia de ser Abd-el-Gewar ayo de Yaye, la frecuencia con que entraba en la casa Yuzuf y el extremado amor con que trataba al jóven, hicieron sospechar á don Diego si Yaye era hijo del emir.

Pero prudente como se lo aconsejaba la reserva del anciano, guardó sus sospechas y solo se redujo á observar si aquella mudanza tan cerca de su casa, tendria por objeto el que los dos jóvenes se conociesen y se amasen espontáneamente antes de saber que estaban destinados desde antes de su nacimiento el uno para el otro.

Don Diego observó que Abd-el-Gewar y Yaye solo estaban en Granada durante el verano; pretendió averiguar la causa de estas ausencias periódicas, y supo que el señor Juan de Andrade, cuyos padres no se conocian, y que estaba confiado al cuidado de Abd-el-Gewar, era estudiante en Salamanca: esto desvaneció sus sospechas. Don Diego no podia comprender que Yuzuf destinase á su hijo á clérigo ó á oidor; pensar en esto era absurdo; pero observó sí, que su hermana doña Isabel pasaba los meses del invierno triste v retirada, y que á la venida del verano ó por mejor decir de Yaye, se hacia mas comunicativa y alegre.

Don Diego quiso saber si habia amoríos entre el estudiante Juan de Andrade y su hermana. Nada consiguió. La dueña, encubridora de doña Isabel, ó ignorante de sus amores con Yaye, le afirmó que su hermana no amaba á nadie, ni pensaba amar: y en cuanto á su hermano don Fernando no habia visto rondaduras en la calle ni nada que demostrase que hubiese galan, enamorando á doña Isabel.

Don Diego se cansó al fin de unas pesquisas que nada le habian revelado, y se resignó á esperar á que el emir de los monfíes sacase á luz á su misterioso hijo.

Pero entre tanto se cruzó un incidente en el proyectado enlace, que vino á probar que el hombre propone y Dios dispone.

Don Diego vivia en completa comunicacion con Yuzuf, en la continua y sorda conspiracion que sostenian los moriscos contra los cristianos, como todo pueblo vencido contra su vencedor.

El hombre que mas confianza inspiraba á don Diego para ser portador de sus cartas y mensages á Yuzuf, era un morisco llamado Miguel Lopez entre los cristianos, y entre los moriscos Xerif-aben-Aboó.

Era un morisco de buen linage, pero poco considerado por sus costumbres licenciosas: apreciábase el solo por su valor, y por su ciego odio á los cristianos. Tenia otra cualidad recomendable: una reserva sin límites, y una actividad suma para todos los negocios que tenian relacion con la libertad de su patria.

Por estas dos cualidades se servia de él don Diego.

Entraba Miguel Lopez libremente tanto en la casa de este como en la de su hermano don Fernando, y habia tenido ocasion de ver una y otra y cien veces á doña Isabel.

Miguel Lopez se enamoró de ella.

Pero al enamorarse comprendió que tenia ya cuarenta años, que era mas que medianamente feo y zafio, y ademas, que el orgulloso don Diego de Válor, jamás consentiria en darle una hermana suya siendo como era pobre, y estando ademas oscurecido y en la humillante condicion de un hombre que sirve por un salario.

Miguel Lopez procuró dominar su amor: pero su amor pudo mas que él y le dominó.

Entonces Miguel Lopez pensó que un pobre y un criado cuando sirve en ciertos negocios, es un cómplice de su amo, y que un cómplice puede hacerse á veces tan temible, que no pueda negársele nada.

Miguel Lopez meditó y tramó un plan diabólico, y cuando estuvo seguro de su éxito, se presentó una mañanita, muy de mañana, en casa de don Diego.

--Tengo que hablaros á solas, le dijo.

Pensó don Diego que se trataba de alguno de los asuntos en que comunmente empleaba á Lopez, y se encerró con él.

--¿De qué se trata? dijo don Diego.

--Trátase, contestó Miguel Lopez, entrando de lleno y bruscamente en el asunto, de que es necesario que me deis por mujer á vuestra hermana doña Isabel.

Don Diego ofendido gravemente por la extraña é insolente proposicion de Miguel Lopez, se sorprendió y adoptó para con su hasta entonces confidente, una actitud altiva y despreciadora que nunca habia usado. El noble señor se erguia ante la insolente demanda del siervo, y en aquella altivez habia mucho de amenaza.

Miguel Lopez no se desconcertó.

--Sabia, dijo á don Diego, de qué modo habiais de recibir mi peticion: hace mucho tiempo que habia pensado en ello y no os he pedido á vuestra hermana hasta estar seguro de que no me la podiais negar.

--¡Me amenazais! contestó con acento reconcentrado don Diego.

--No os amenazo: os advierto.

--¿Y de qué me advertis?

--De que si no me dais vuestra hermana, yo daré al rey vuestra cabeza.

Un rayo de luz, pero un rayo de luz sombría, iluminó la inteligencia de don Diego; comprendió que su hasta entonces fiel y dócil instrumento se le rebelaba, y abusando de su confianza le imponia condiciones.

Don Diego era hombre de mundo, y se puso á la altura de la situacion: ocultó la cólera que hervia en su corazon bajo un semblante impasible, y dijo friamente á Miguel Lopez.

--¿Es decir, que estais resuelto á obligarme á que... os entregue mi hermana?

--Decidido de todo punto.

--Y decidme: ¿contais con poder bastante para obligarme? ¿habeis meditado bien las consecuencias de la lucha á que me retais?

--Todo lo he meditado, y os afirmo que cuento con tanto poder, que estoy seguro no solo de venceros, sino de teneros sujeto.

--Veamos vuestros medios.

--¡Mis medios! la última carta que me dísteis para el emir de los monfíes de las Alpujarras.