Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 9
--Si señor, dos: en la una entraron doña Isabel y su dueña, en la otra las dos doncellas.
--¿Y te vió doña Isabel?
--Si señor, y al verme se puso pálida, muy pálida... y me miró de una manera que sin duda queria decir: cuenta á tu señor que me has visto vestida de blanco, con corona de rosas blancas, y pálida como una muerta.
El berberisco pronunció con una profunda intencion estas palabras.
Yaye se extremeció y apretó mas el paso hasta casi correr.
No se habló una palabra mas entre amo y esclavo.
Al fin Yaye se detuvo en la calle del Agua, delante de una casa de noble apariencia, que mostraba un enorme escuson de piedra berroqueña encima de su gran puerta de roble escultada.
Yaye se lanzó á aquella puerta y asió su enorme llamador.
Pero antes de que pudiese llamar se abrió la puerta y apareció un caballero ricamente vestido de negro.
Este caballero se sorprendió al ver á Yaye, retrocedió un paso y le miró con extrañeza y aun con cuidado.
En el zaguan de aquella casa, que al abrirse la puerta habia quedado á la vista, se veia una dama que se preparaba á entrar en una litera cuando se abrió la puerta y apareció Yaye.
Al verle aquella dama que era notablemente hermosa, se detuvo, se puso densamente pálida, ahogó un grito y fijó una intensa mirada en Yaye.
La extrañeza del caballero y la palidez y la conmocion de la dama á la vista de Yaye, nos obligan á que antes de pasar adelante demos á conocer á estos dos nuevos personajes, y á algun otro mas de los que figuran en nuestra historia.
Aquella dama y aquel caballero, eran esposos.
Ella se llamaba doña Elvira de Céspedes: él don Diego de Córdoba y de Válor.
El casamiento de estos dos seres habia sido una consecuencia de consecuencias.
Doña Elvira era una dama cuya juventud parecia extremada: apenas demostraba diez y ocho años; pero nosotros sabemos por los apuntes que nos hemos visto obligados á entresacar de antiguos papeles para escribir esta verídica historia, que doña Elvira en 1546 habia cumplido veinte y tres años y que se habia casado á los diez y siete con don Diego de Córdoba y de Válor. Sabemos tambien que doña Elvira era hija del licenciado Juan de Céspedes, hidalgo por su casa y pobre por desgracias de sus padres, cuyas desgracias le habian obligado á estudiar como sopista en la universidad de Alcalá, desde la cual, concluidos sus estudios y mediante la proteccion del cardenal don fray Francisco Jimenez de Cisneros, para el cual era recomendable todo jóven de talento, aplicado y honesto en las costumbres, habia pasado á ocupar un oficio de alcalde de la Sala de Casa y Córte en la Real Audiencia de Granada.
Allí y por causa de un embrollado proceso conoció el licenciado Juan de Céspedes á una viuda hermosa, ó que se lo pareció, pero pobre, y el resultado de este conocimiento fue, que algunos meses despues el señor Juan de Céspedes, ya hombre maduro, casó con doña Irene de Avendaño que hacia mucho tiempo que habia dejado de ser una rapaza.
En 1523 doña Elvira de Céspedes y Avendaño, fue el fruto de bendicion que dió Dios á los esposos; fruto tardio de la dueña cuarentona doña Irene, que sucumbió á un parto demasiado laborioso, dejando por único consuelo al afligido alcalde de Casa y Córte una hermosísima niña.
La educacion de una hija no era lo mas á propósito para un hombre á quien habian hecho duro y abstracto la pobreza y los estudios, cualidades que se habian exacervado con el continuo ejercicio de sentenciar á horca y galeras, á todo vicho viviente que se le habia venido á las manos entre las fojas de un proceso. El licenciado Céspedes que hasta entonces nada habia encontrado grande y difícil mas que la recta aplicacion de la ley, sintió que le habia caido encima una montaña con la muerte de su esposa, que le sentenciaba por entero á la crianza de su hija.
Pero consideró que en cinco años á lo menos no urgia pensar en la educacion decisiva de doña Elvira, y contó muy prudentemente con que en aquellos cinco años se le ocurriria bien un medio de salir del atolladero.
Pero hé aquí que apenas la niña habia salido de la lactancia, se encontró el licenciado, con que, sin haberlo pretendido, el emperador y rey don Carlos V, le nombraba oidor de la Real Audiencia de Méjico, que acaba de crearse.
La obligacion de justificar el carácter de nuestro personaje, con la apreciacion de su educacion y de su vida íntima, nos pone en el caso de hacer otra digresion relativa al por qué se habia dado al licenciado Céspedes, sin que lo pretendiese, un oficio codiciadísimo, en el riñon de aquel tesoro de la corona de Castilla que se llamaba Nueva-España, oficio á que él no habia osado aspirar en sus mas insensatos sueños de ambicion.
Todo tiene su causa en este mundo: todo consistia en que el licenciado Céspedes despues de haberlo pensado y repensado durante dos años, habian encontrado que el mejor medio de procurar á su hija una educacion conveniente era darla una segunda madre.
Una vez ejecutoriada esta providencia en el censorio del alcalde de Casa y Córte, halló que para cumplirla necesitaba de todo punto casarse, para casarse tener novia, para tenerla buscarla.
Y la halló, como quien dice, debajo de la mano, en una su vecina, hija de un capitan inválido de los tercios de Italia, pobre pero honrada, sobre honrada jóven, y como complemento de conveniencias, exceptuando la pobreza, fresca y robusta.
No era hombre el licenciado Céspedes que á los cuarenta y cinco años se anduviese con _telégrafos_ (que hoy se dice) ni con billetes, ni con otras gerzonias, diametralmente opuestas á su carácter natural, y sobre todo á su carácter judicial: asi es que, despues de haberlo maduramente decidido, se puso un dia su loba mas rica, su mejor golilla y su reluciente espadin de córte, y se presentó casa de su vecino el valiente capitan de los tercios de Italia Illan de Aponte, al que redondamente pidió su hija por esposa.
El capitan no encontró razon para echar á la calle aquella fortuna tan inesperada, que tan de rondon y tan formal se metia por las puertas de su casa.
Entonces no se contaba para nada con la voluntad de las mujeres, ya se tratase de casarlas, ya de emparedarlas en un convento. El capitan Aponte dió palabra formal de soldado honrado al alcalde de Casa y Córte, de que su hija seria su esposa.
Dióse traslado á la parte, esto es: á doña Clara, que así se llamaba la pretendida.
Esta se sobrecogió, se puso pálida y tartamudeó algunas palabras que su padre atribuyó al pudor natural de una doncella de veinte años.
El padre se engañó.
Lo que causaba el sobrecogimiento de su hija era que estaba enamorada de un mancebo noble, hermoso y rico, y comprometida con graves compromisos, de que pudiera haber dado testimonio cierto postigo situado en cierta calleja.
Ello es el caso que el amante supo que se le habia metido entre su amor y su amada, como una cuña de hierro, á la que servia de mazo la autoridad paterna, todo un alcalde de Casa y Córte.
A grandes males grandes remedios: el noble y rico mancebo, se puso su mas rico trage de brocado, su cadena de mas valía y sus mejores preseas, y acompañado de lacayo y escudero, se presentó en la casa del capitan de Italia y dejó oir en ella el aristocrático y altisonante nombre del marqués de la Guardia.
Apresuróse á recibirle el capitan. El noble marqués le dijo sin rodeos que queria ser esposo de doña Clara.
¡Ira de Dios y quien podria contar la impresion que causaron estas palabras en el honrado veterano! Levantóse delante de él como una horrenda fantasma la palabra que habia dado al alcalde de Casa y Córte, porque, al fin, teniendo para su hija un marqués jóven y poderoso, era indudablemente una desgracia tenerse que contentar con un golilla, ya casi viejo, casi pobre y mas de un casi feo.
El capitan tardó quince minutos en contestar; al fin haciendo un esfuerzo y tragando saliva, dijo que tenia empeñada su palabra, y que no faltaria á su palabra por nada del mundo.
El marqués iba preparado á esta respuesta y la contestó sin detenerse un punto.
--Vos no os habreis comprometido á casar vuestra hija sino en España.
Miró con asombro el capitan al marqués porque no le comprendia.
--Quiero decir que si ese hombre á quien habeis dado vuestra palabra se viese obligado á pasar los mares y á llevarse vuestra hija....
--Indudablemente, esa circunstancia me dejaría en libertad, dijo el señor Illan.
--Pues os juro que quedareis libre... solo os pido.
--¿Qué...?
--Que dilateis con cualquier pretexto el casamiento de vuestra hija durante quince dias, solos quince dias, y que guardeis un profundo secreto acerca de nuestra vista.
El capitan lo prometió solemnemente: esto era una especie de conspiracion contra el alcalde de Casa y Córte: una traicion, pensando severamente; pero el caso era cubrir las apariencias, y sobre todo se trataba de un golilla, de uno de esos hombres que estan tan acostumbrados y tan prácticos para buscar callejuelas á la ley.
El alcalde era tratado en su propio terreno y con sus propias armas.
El marqués escribió aquel mismo dia á un su amigo de la córte, hombre poderoso y muy privado de los privados del emperador; á su carta acompañaba un libramiento de buena ley de mil ducados.
A los doce dias, sin saber cómo ni por donde, el alcalde de Casa y Córte recibió una provision de oficio de oidor de la Real Audiencia de Méjico.
En los primeros momentos de júbilo el licenciado Céspedes se trasladó provision en mano casa de su futuro suegro.
Pero este con gran asombro suyo le dijo gravemente:
--¿Y pensais aceptar, señor Juan de Céspedes?
--¡Que si pienso aceptar! exclamó con extrañeza el alcalde: pues decidme: ¿qué harías vos si os nombrasen virey de Méjico ó de Santiago de Cuba?
--Aceptaria con toda mi alma: ya lo creo.
--Pues ved ahí que con toda mi alma acepto yo.
--Pues en ese caso... dijo con una verdadera turbacion el capitan, en ese caso, yo os retiro la palabra que os he dado.
La turbacion del capitan consistia en que el buen hidalgo no habia ejecutado nunca dobles papeles y le repugnaba la intriga.
--¡Qué... me retirais vuestra palabra!... es decir, ¿cuando puedo acumular sin ofender á Dios ni á la justicia grandes riquezas? exclamó el alcalde poniéndose pálido.
--No son las riquezas las que me mueven... dijo balbuceando de nuevo el capitan, porque le repugnaba la mentira tanto como la intriga, pero yo habia contado con que no saldríais de España: bien sabeis, puesto que sois jurista, que no podríais obligar á vuestra mujer á que se embarcase.
--¿Con que es decir?...
--Que ó renunciais á ese oficio de oidor, ó á mi hija.
Meditó algunos segundos el alcalde.
--No puedo renunciar, dijo, una fortuna que Dios me envia... si yo fuera solo... pero tengo una hija.
--¿Cómo que teneis una hija?
--Sí señor, una hija de mi difunta esposa...
--¡Sois viudo!...
--Ciertamente....
--Hé aquí otra circunstancia que me dispensa de mi palabra... nada de vuestra viudez ni de vuestra hija me habíais dicho.
--Pero lo sabe todo el barrio...
--Pues ved ahí, yo no lo sabia.
--Decididamente...
--Yo no he dado mi palabra ni á un viudo con hijos, ni á un oidor de las Indias.
--Estais en vuestro derecho, dijo roncamente el alcalde de Casa y Córte, ó mejor dicho, el oidor de la Real Audiencia de Méjico. Y así, adios, señor capitan Aponte.
--¿Quedamos, pues, recíprocamente libres?
--De todo punto. Podeis casar á vuestra hija con quien mas os convenga.
Separáronse, pues, de una manera ruda.
Ocho dias despues, doña Clara de Aponte era marquesa de la Guardia.
El señor Juan de Céspedes comprendió entonces por qué le habian hecho oidor sin solicitarlo.
Ocho dias despues de haber sido elevada á marquesa doña Clara, el presidente de la chancilleria de Granada llamó al señor Juan de Céspedes.
--Señor licenciado, le dijo, siento daros una mala noticia.
Juan de Céspedes solo contestó poniéndose pálido.
--Se me encarga de órden de S. M. Cesárea, que os recoja la provision de oidor de la Real Audiencia de Méjico, que no puede llevarse á efecto... porque os la han enviado por una equivocacion.
Juan de Céspedes comprendió entonces que habia sido burlado.
Esto consistia, no en que el marqués de la Guardia hubiese influido para aquella segunda peripecia, sino en que los mil ducados enviados á la córte, habian sido bastantes para que en las secretarías de Estado se hiciese aquella infame farsa, sorprendiendo el ánimo del emperador; pero no bastaban, de ningun modo, para comprar un oficio tal como el de oidor en Indias, que entonces era considerado como una mina de oro.
Juan de Céspedes enfermó de rabia y de dolor porque ya se habia consentido y aun infatuado con su carácter de oidor.
La enfermedad concluyó pronto, pero concluyó en la tumba.
Doña Elvira quedó enteramente huérfana.
El marqués de la Guardia, que era un calavera capaz de jugar una sangrienta pasada al mismo diablo, y que solo se habia casado con doña Clara, porque todos los hombres tienen un cuarto de hora en que se casan, no era por esto infame. Sintió que su burla al pobre alcalde hubiese tenido tan negro desenlace, encontró bajo aquella burla una pobre huérfana, sin mas amparo que la caridad pública, y reconoció como un deber el protegerla.
[imagen: Don Diego de Córdoba y de Válor.]
Sin embargo, su proteccion no fue muy espléndida. Se fué al párroco, y en confesion le entregó por una parte seiscientos cincuenta ducados que debian servir para atender á la manutencion, vestido y educacion de doña Elvira en un convento, durante trece años, esto es, hasta que cumpliese los diez y seis, á razon de cincuenta escudos por año: y por otra mil ducados, que debian servirla de dote, ya eligiese el claustro ó el matrimonio.
La huerfanita fue llevada por el párroco al convento de santa Isabel la Real.
Doña Elvira, pues, se habia educado en un convento.
Pero no es en un convento donde mejor puede educarse á una jóven.
Mimaron las buenas madres á doña Elvira, y doña Elvira se hizo voluntariosa.
Enseñáronla á leer y escribir y un poco de latin, con el objeto de hacerla monja.
Como educacion de adorno, enseñáronla á cantar monjunamente y á hacer dulces y flores.
La halagaron, y la hicieron soberbia.
La llamaron hermosa, y la llenaron de vanidad.
Habláronla mal del mundo para que renunciase á él, y doña Elvira ansió conocer una cosa tan mala.
A los diez y seis años, el deseo de respirar otro aire que el contenido en las paredes del convento, fue para doña Elvira una necesidad.
Los deseos comprimidos son los mas fuertes, los mas tenaces.
Doña Elvira era alta, esbelta, con cabellos semejantes á sedosas hebras de oro, frente cándida y pura, ojos celestes como el cielo, y sonrisa aseñorada, aunque un tanto altiva y amarga.
Era, pues, una dama, en toda la extension de la frase, y á mas de esto hermosa á maravilla.
La habian dejado espejo, y doña Elvira, despues de haber visto en el espejo su hermosura, la habia comparado con el aspecto de las buenas madres, y las habia encontrado pálidas, verdinegras, con ojos hundidos, bocas lívidas, feas cuanto puede ser fea una mujer que se ha agostado robada á la naturaleza y al amor: aquellas mujeres, alguna de las cuales habia sido una flor, se habian transformado en ortigas: doña Elvira se punzaba dolorosamente á su contacto, y acabó por aborrecerlas: pero obligada á mostrarse con ellas dulce y cariñosa, habia contraido otro terrible defecto: se habia hecho hipócrita, falsa, intencionada.
La horrorizaba pronunciar unos votos que debian ligarla por toda la vida á aquellas mujeres, incrustarla, por decirlo asi, en aquel claustro del que no debia salir ni aun despues de muerta, una vez pronunciados sus votos, y á pesar de esto, se mostraba dispuesta á ser monja.
Pero á lo que en verdad estaba predispuesta doña Elvira, era á arrostrar cualquier locura, por trascendental que fuese, á trueque de escapar de aquel ataud de vivos.
Como vemos, las consecuencias de la burla hecha al alcaide de Casa y Córte, Juan de Céspedes, por el marqués de la Guardia, continuaban; porque las consecuencias de una falta, mejor dicho, de un crímen son interminables, incalculables.
Aquella burla habia causado la muerte del padre.
[imagen: Doña Elvira de Cespedes.]
Acaso las consecuencias de aquella burla, que eran la burla misma, debian causar tambien la desgracia de la hija y un infinito número de crímenes.
Porque un crímen sembrado en el mundo, da generalmente un fruto de ciento por uno.
Un dia, una parienta de la abadesa se presento en el locutorio. La abadesa, aficionadísima como todas las monjas á lucir las flores del convento, llevó consigo al locutorio á doña Elvira.
Pero la parienta de la abadesa no estaba sola; la acompañaba un jóven caballero, que iba á informarse de las condiciones bajo las cuales podria habitar algun tiempo en el convento, durante una ausencia de sus hermanos, una huérfana hermana suya.
Aquel caballero era don Diego de Córdoba y de Válor, que á la sazon contaba veinte y seis años.
Don Diego de Córdoba y de Válor, era un morisco convertido, hombre de gran calidad y riqueza; subiendo por el altivo tronco de su árbol genealógico, se llegaba á los califas Omniades de Córdoba, á los de Damasco, y por último á la familia del Profeta, del cual descendia por la madre de aquel hombre extraordinario, conocida entre los musulmanes bajo el nombre de Fatimah, la santa: inútil es decir que poseedor legítimo del voluminoso rollo de pergaminos, que tan esclarecida genealogía justificaban, don Diego de Córdoba era orgulloso cuanto puede serlo una criatura humana, y tenia mucho del aspecto dominador y de la palabra breve y despótica que parecia haber recibido como un legado de raza de sus cien regios ascendientes: pero era por cierto gran lástima que á tal aprecio de si mismo, á tal soberbia, no hubiese reunido don Diego las grandes virtudes que han solido resplandecer, formando la parte luminosa de su carácter, en muchos de los tremendos reyes, de cuyos nombres está llena la historia de la humanidad esclavizada. Don Diego era valiente, pero no con el valor espontáneo entusiasta y leal de los héroes: el valor de don Diego, rayando siempre en la ferocidad y siempre conducido por una intencion dañina y desleal, era, preciso es decirlo, el valor del bandido. Era espléndido y generoso, pero jamás estas prendas produjeron una buena accion: tiraba su dinero con la misma indiferencia con que se arroja lo que nada vale; jugaba y perdia sumas enormes sin alterarse ni entristecerse, y del mismo modo sin afan ni alegría, las ganaba; favorecia á todo el que á él se acercaba, ó por mejor decir, á todo el que por su vida escandalosa y aventurera y por sus libres costumbres, habia adquirido la funesta nombradía de camorrista, burlador, taur ó maton; gustábanle á perder esa clase de hombres audaces que viven descuidadamente sobre el país y sobre el presente, sin meterse á considerar quienes eran, de donde venian ni á donde iban: los lugares de su mas asídua asistencia eran los garitos, las mancebías y las tabernas, en las que se entraba sin pudor alguno á la luz del sol, y delante de las gentes, con la frente alta y como desafiando á la opinion pública; en nada invertia con mas placer su dinero que en corromper la virtud de las mujeres, produciendo la vergüenza ó la desesperacion de un padre, de un esposo ó de un amante; sus mancebas, de las cuales tenia á un tiempo un número escandaloso, ostentaban un fausto insolente y despues de algun tiempo, abandonadas y corrompidas, iban á aumentar con sus vicios la hedionda corriente de cieno que de tal manera inficionó las costumbres de España en el siglo XVI.
Tal era el primer hombre _del mundo_ que veia ante sí doña Elvira de Céspedes, y decimos del mundo por que su confesor, el capellan, el sacristan y el andadero de las monjas, á quienes veia todos los dias, eran hombres del claustro, y viejos, feos, sucios, en contraposicion de don Diego de Válor, que era jóven, hermoso, de mirada audaz, gallardo y riquísimamente vestido.
Don Diego en efecto tenia, como sabemos, una hermana: doña Isabel, y ademas un hermano menor llamado don Fernando.
Su padre, Muley Mahomad-ebn-Omeya, uno de los walies de Granada que mas se distinguieron en su juventud en la conquista, habia pasado al servicio de los Reyes Católicos, se habia convertido bajo el nombre de don Juan de Córdoba y de Válor, recibiendo en premio una carta de nobleza y el amayorazgamiento de sus bienes con el título de señor de Válor, y habia casado, por último, y siendo ya hombre de cierta edad, con una morisca parienta suya llamada Inés de Rojas.
Esta le habia dado sucesivamente dos hijos y una hija, poco despues de lo cual murió don Juan, dejando su mayorazgo y su título á Don Diego, y la curaduría de sus tres hijos á su esposa doña Inés.
Murió esta años adelante, y dejó la tutela de sus hermanos menores á don Diego.
Parecia, pues, que este iba legítimamente á tratar de la entrada de su hermana doña Isabel en el convento.
Pero no pensaba ciertamente en ello; era un pretexto: don Diego habia sabido por el marqués de la Guardia, hombre ya machucho, el mismo de la burla que mató al padre de doña Elvira, su grande amigo, tan disipado como él y tan tremendo calavera, aquella historia de desdichas, la existencia de doña Elvira en el convento de santa Isabel y la fama de su hermosura.
¿Cómo el marqués de la Guardia no habia visitado nunca á doña Elvira?
La razon era muy sencilla: al procurarla medios de subsistencia, al dotarla, solo habia pensado en reparar de algun modo una falta: habia buscado un eclesiástico: le habia entregado como _fidei comiso_ y bajo confesion aquel dinero, y despues se habia ausentado de Granada con su esposa.
Durante muchos años anduvo vagando por España é Italia, gastando gentilmente sus rentas, hasta 1539, en que murió su esposa y se volvió á Granada viudo y sin hijos, entregándose desde entonces con toda libertad á los excesos del otoño del calavera, que es la época mas azarosa de la vida de esta clase de gentes, y durante la cual hacen mas daño á la sociedad, sobre todo cuando son tan ricos y tan audaces como el marqués de la Guardia.
Don Diego de Córdoba era una especie de astro entre cierta clase de gentes en Granada y como el marqués de la Guardia por propension y por costumbre se fué á buscar aquella clase de gente encontráronse un dia los dos astros girando en una misma órbita.
Cuando dos hombres de este jaez se encuentran, sucede irremisiblemente una de estas dos cosas: ó se chocan duramente y se matan, ó se unen y se hacen camaradas de libertinage.
Esto ultimo aconteció al encontrarse don Diego y el marqués de la Guardia: el segundo casi doblaba la edad al primero; pero por lo demás en cuanto á fortuna, conducta y aficiones eran iguales.
Durante dos años fueron en Granada una epidemia social; una de esas pústulas crónicas y malignas que solo se curan á yerro ó á fuego.
A principios de 1541 y cuando una noche el marqués se preparaba para salir á una aventura galante, se encontró en su casa con un humilde acólito que le entregó de parte del cura de la parroquia de san Luis, un papel en que bajo una enorme cruz se leian estas breves y solemnes palabras.
«Señor marqués de la Guardia: en este momento me hallo próximo á rendir el alma al Criador. Hace trece años me entregásteis, bajo confesion, cierta suma, mediante la cual debia educarse en un convento y dotarse, llegada que fuese á los diez y seis años, una pobre huérfana. He cumplido como debia el encargo de vuecelencia; pero estando próximo á morir, habiendo llegado la época en que doña Elvira entre en el claustro como religiosa ó vuelva al mundo, un grave deber de conciencia me obliga á suplicaros que vengais á verme al momento. El dador os guiará. Guarde Dios á vuecelencia. De mi lecho de muerte á 16 dias del mes de enero, año de nuestro Señor de 1541.--El licenciado Pero Ponce.»