Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 11

Chapter 113,981 wordsPublic domain

Don Diego se aterró, y por mas que quiso dominarse, palideció densamente: de tal importancia era la carta á que se referia Miguel Lopez; tan graves los secretos que en ella estaban consignados, que bastaban para perderle. Impaciente don Diego, estimulaba en aquella carta al emir para una sublevacion de los moriscos apoyada por los turcos, que decia ser de todo punto necesaria, en atencion á que la presion de los españoles se hacia cada dia mas insoportable.

--¿Creeis, pues, dijo Miguel Lopez notando el terror de don Diego, que esa carta no basta para perderos, para entregaros al verdugo?

--En efecto, dijo don Diego recobrando su calma: os habeis armado bien para entrar en batalla conmigo.

--Aun os queda un medio, dijo con su inalterable insolencia Miguel Lopez.

--¿Quereis decirme cuál?

--Ganar tiempo ofreciéndome que vuestra hermana será mi mujer, y huir despues con ella y con vuestra familia á las Alpujarras. Asi perderiais una cosa: vuestra hacienda, que el rey os confiscaria, pero ganariais tres á saber: primero que vuestra hermana no se casase conmigo, despues la vida, y en fin la honra.

--¡La honra! exclamó don Diego no pudiendo contenerse ya y levantándose con ímpetu; habeis dicho la honra.

--Sí, la honra he dicho, porque si no casais conmigo á vuestra hermana, ella se irá con otro.

--¡Hablad! ¡hablad! ¡explicadme eso... que no comprendo!...

--¡Ya se ve...! ¡son tan calladas las dueñas y las doncellas de vuestra hermana! ¡tan descuidado vuestro hermano don Fernando que no han podido apercibirse de lo que yo me he apercibido!

--¿Y de qué os habeis apercibido vos?

--Yo... ¡bah! me he apercibido de muchas cosas. En primer lugar, me he apercibido de que vuestra hermana espera todas las tardes asomada á las celosías de sus ventanas á un gallardo mancebo: que el mancebo, que es su vecino, antes de entrar en la casa la saluda: además que se ven y se hablan por cierta galería que da á los jardines: lo primero lo he visto oculto en una de las casas de la calle del Zenete, lo segundo desde un mirador de otra casa desde donde se descubren los jardines de la casa de vuestro hermano don Fernando, y de la de el tal mancebo.

--¿Y podria ver yo eso mismo?

--Cuando querais: pero dejadme que concluya de deciros otras cosas que he descubierto; por ejemplo, el poderoso emir de los monfíes Yuzuf-Al-Hhamar viene con mucha frecuencia á Granada: cuando viene se le ve acompañado muchas veces de Abd-el-Gewar, y de ese mancebo que se llama el señor Juan de Andrade. ¿No os parece que el emir trata con demasiado amor á ese jóven para que sabiendo que tiene un hijo á quien nadie ha visto ni conoce, se crea que el señor Juan de Andrade es su hijo?

Miguel Lopez acababa de avivar las sospechas que acerca del mismo asunto habia tenido don Diego.

--Ademas, ya sabeis que yo sé, que por el testamento de vuestro padre estais obligado á casar á vuestra hermana con el hijo del emir de los monfíes de las Alpujarras; el emir es un hombre que se ha criado como quien dice entre cristianos, y que entre ellos ha adquirido unas ideas muy extravagantes. El emir ha querido sin duda que los dos jóvenes se amen antes de conocer su verdadera posicion. El emir ha conseguido que se amen aproximándolos el uno al otro; pero el emir no sabe otra cosa que yo he descubierto, á saber: que el señor Juan de Andrade podia querer á vuestra hermana como manceba, pero como esposa nunca... porque os desprecia... os aborrece... os llama los renegados.

--¡Miguel Lopez! exclamó don Diego enteramente fuera de sí.

--No os irriteis y meditad á sangre fria: dándome vuestra hermana salvais á un tiempo la hacienda, la vida y la honra: es cierto que os exponeis á la enemistad del emir, pero el emir es generoso y se contentará con despreciaros. Del otro lado teneis mi venganza, que yo os juro que no os perdonará.

--¿Y no creeis que tenga otro medio de librarme de todas esas afrentosas condiciones?

--Uno solo podiais tener si yo no fuera previsor: matarme. Pero el matarme os perderia, porque la carta que os pone á mi merced, no está en mi poder, sino en poder de quien, si me sucede una desgracia, la presentará al presidente de la Chancillería.

Don Diego comprendió que estaba enteramente cogido.

--Os pido veinte y cuatro horas para contestaros, dijo á Miguel Lopez.

--Tomaos si quereis cuarenta y ocho ó ciento. No me corre gran prisa.

--Quiero ademas ver algo de lo que vos habeis visto.

--¡Ah! ¿quereis ver si vuestra hermana ama al señor Juan de Andrade? En buen hora. Id mañana al amanecer á mi casa. Entre tanto, que os guarde Dios: os dejo en libertad para que mediteis.

Y salió.

Por mas que meditó don Diego no encontró medio para salir del atolladero en que le habia metido la traicion de Miguel Lopez. Por mas vueltas que le dió, solo encontró una solucion: la de casar á su hermana con aquel bandolero, y estar en acecho de una venganza terrible.

Al dia siguiente al amanecer, don Diego acompañado de Miguel, vió desde una de las celosías de una casa situada á espaldas de la de su hermana, á Yaye y á Isabel que hablaban indudablemente de amor, cada cual en sus respectivas galerías.

Esto tenia lugar algunos dias antes de la noche en que se vieron en el jardin Yaye é Isabel.

Don Diego apremiado por Miguel, le concedió sin condiciones, y con un cuantioso dote la mano de su hermana.

Don Diego vendia cobardemente á la pobre Isabel.

Isabel se vió intimada de una manera dura á casarse con Miguel Lopez; entonces en su desesperacion pensó en huir con Yaye y le citó y le arrojó la llave del postigo del jardin.

Don Diego vió el significativo arrojo de la llave desde su acechadero.

Aquella noche don Diego y Miguel entraron furtivamente en el jardin de la casa de don Fernando, y ocultos tras un cenador de jazmines presenciaron la breve y desgarradora escena habida entre Yaye é Isabel.

Don Diego activó las bodas, contando ya con el asentimiento que la desesperacion habia arrancado á su hermana.

El mismo dia y á la misma hora en que iba á celebrarse el casamiento, Yaye habia aparecido de repente pálido y convulso ante don Diego.

Hé aquí la razon de que, al ver al jóven, don Diego se sorprendiese y se aterrase.

Volvamos á aquella situacion.

--Creo no equivocarme dijo Yaye descubriéndose cortesmente, con el rostro densamente pálido, y con la voz temblorosa por una cólera mal contenida, creo no equivocarme creyendo que hablo con don Diego de Córdoba, señor de Válor.

--Asi es, caballero, contestó don Diego descubriéndose á su vez y con un duro acento de extrañeza: creo tambien no equivocarme creyendo que vos sois el señor Juan de Andrade.

--Necesito de todo punto hablaros, dijo con precipitacion Yaye.

--¿Y no podriamos hablar en otra ocasion? porque ahora, siento decíroslo, me esperan para un asunto muy importante: doña Isabel mi hermana se casa, me esperan en la iglesia.

--Pues porque vuestra hermana se casa, es cabalmente por lo que me urge hablaros: es necesario que ese casamiento no se haga.

--No comprendo caballero, dijo palideciendo con la palidez de la irritacion don Diego de Córdoba, con qué derecho pretendeis ser importuno en esta ocasion.

--Leed, dijo Yaye, sacando de un bolsillo de sus gregüescos la carta que la noche antes le habia dado su padre.

--Permitid que os diga que vuestra tenacidad raya en ofensiva: no tengo tiempo; venid mas tarde.

--Leed lo que os escribe mi padre Yuzuf Al-Hhamar: leed: os lo mando yo, yo el emir de los monfíes.

Y al decir estas palabras, que pronunció con la arrogancia de un rey que amenaza, pero en acento tan bajo que solo pudo ser oido por don Diego, Yaye se cubrió como un superior delante de su inferior.

Don Diego por inadvertencia ó por asombro, permaneció descubierto, fijó una mirada atónita en Yaye, y quedó enmudecido por la sorpresa.

Al fin se rehizo, tomó la carta, reparó en que Yaye se habia cubierto, se cubrió, abrió el pliego y leyó.

Apenas hubo leido algunos renglones de aquel escrito, que lo estaba en árabe, se volvió, infinitamente mas pálido y convulso á uno de sus servidores.

--Ayala, le dijo en voz baja, id al momento á la colegiata del Salvador, llamad aparte al licenciado Periañez, y decidle que dé la bendicion á los novios en el momento; que para que no se extrañe mi falta invente cualquier pretexto... que no se me espere, en fin. Id, id al momento.

El servidor que tenia visos de ser uno de esos hidalgos pobres que no tenian á deshonra servir á los grandes señores en aquellos tiempos, partió.

--Y vos doña Elvira, añadió don Diego, volviéndose á la dama que hasta entonces habia presenciado con una viva curiosidad aquella escena, volveos á vuestros aposentos. Vosotros idos, añadió dirigiéndose á la servidumbre y vos caballero seguidme.

--¿Y no seria mejor que nosotros mismos fuésemos? dijo Yaye sin moverse de su sitio.

--No, no, seria imprudente: vuestra presencia en la iglesia podria producir un escándalo, y luego... mi mensaje se obedecerá.

--Ved don Diego que vuestra hermana es mi vida.

--Si Dios quiere, tendreis vuestra vida... si por desgracia, si por casualidad fuera imposible... quejaos á vos mismo, primo. Ahora venid.

Yaye cedió, y siguió á don Diego: en su preocupacion no reparó que el berberisco Kaib, habia seguido á Ayala en el momento que este habia salido de la casa para cumplir el encargo de su señor.

CAPITULO VII.

En que se relatan extraños é importantes sucesos.

Doña Elvira saludó ceremoniosamente á su esposo cuando este la mandó que volviese á sus aposentos, arrojó una última mirada á Yaye, y acompañada de dos doncellas, subió unas descomunales escaleras, atravesó un ancho corredor, abrió una mampara de marroquí rojo, atravesó una rica antecámara, entró en una magnífica cámara y sentándose en un sillon, dijo á sus doncellas:

--Dejadme sola.

Las doncellas salieron: mientras resonaron sus pasos doña Elvira permaneció inmóvil en el sillon donde se habia sentado, y profundamente pensativa; luego cuando el ruido de los pasos de las doncellas se hubieron extinguido en las habitaciones interiores, se levantó, atravesó la puerta por donde aquellas habian salido y cerró por dentro otra segunda puerta, despues volvió á la cámara y se fué en derechura á un gigantesco espejo de Venecia, que la reprodujo por entero.

Doña Elvira lanzó una mirada ansiosa al espejo, ese confidente de la mujer que tanto podria revelar si Dios por un milagro le animase y le diese memoria y voz.

Luego atravesó en paso leve y furtivo la cámara, abrió silenciosamente una puerta y entró en un retrete oscuro.

Una vez allí se colocó tras el tapiz de una puerta.

Desde allí se veia una habitacion de hombre; pero bella y ricamente alhajada.

En aquella habitacion habia dos hombres que acababan de entrar.

Don Diego de Córdoba y de Válor, y Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El jóven estaba cubierto aun del polvo del camino, pero su trage era muy bello, le caia muy bien y sobre todo ganaba sobre su gallarda y esbelta persona.

Estaba cansado, anhelante, dominado por una ansiedad profunda, densamente pálido, y con la mirada impregnada de una ardiente melancolía.

Doña Elvira no le habia visto nunca tan hermoso, y sintió que el corazon se la comprimia, se la desgarraba; nunca habia sufrido tanto.

Don Diego estaba visiblemente contrariado.

Notábase que sentia respeto y aun temor delante de Yaye, como si se hubiera encontrado delante de un rey á quien hubiese tenido que rendir estrecha cuenta de sus acciones.

En efecto, considerando que Yaye era rey de los monfíes por la abdicacion de su padre, abdicacion que Yuzuf participaba á don Diego en la carta que le habia entregado Yaye, don Diego se veia obligado á respetarle: el valor indomable y tenaz, los sacrificios por la patria, la conservacion de las tradiciones de su ley, todo daba á los monfíes un prestigio merecido entre los moriscos y á su rey un poder terrible.

Por lo tanto y en cierto modo, don Diego ante Yaye era un vasallo y un vasallo culpable.

Porque don Diego creia, que al reconocer Yuzuf á su hijo, al entregarle su corona, le habria revelado el contrato que existía entre las dos familias, contrato á que don Diego habia faltado entregando su hermana á otro hombre.

Lo que don Diego no podia comprender era cómo Yaye, que dos noches antes habia despreciado la mano de su hermana, se mostraba entonces tan ansioso de ella.

De lo que no podia dudar don Diego, era de que Yaye estaba perdidamente enamorado de doña Isabel.

Esta certidumbre le aterraba porque preveía fatales consecuencias.

Durante algun tiempo, guardó silencio. Yaye se habia sentado y estaba cubierto. Don Diego permanecia descubierto y de pié. Doña Elvira que conocia la altivez de su marido no sabia explicarse la causa de aquella posicion humillante á que don Diego se resignaba.

--Espero, dijo Yaye al fin, que contareis con medios bastantes para impedir ese casamiento, y que no me obligareis á tomar en vos una venganza implacable.

--Estad seguro, señor, de que sino hubiesen mediado gravísimas razones, yo nunca me hubiera atrevido á faltar por mi parte al solemne convenio celebrado por nuestros padres, y mediante el cual vuestro casamiento con mi hermana era una cosa decidida.

--¡Cómo! ¿existia un convenio entre nuestros padres? exclamó con violencia Yaye, ¿y vos os habeis atrevido...?

La voz de Yaye temblaba, se habia puesto de pié y miraba de una manera amenazadora á don Diego.

--Escuchadme, señor, y no me condeneis sin oirme.

--Antes de conocer á mi padre, cuando solo me creia moro, me inspirábais aversion como renegado: ahora que sé de quien soy hijo, ahora que el poder de mi padre ha pasado á mis manos, encuentro que á mas de renegado sois traidor.

--Mi traicion es hija de un horrible compromiso, dijo todo desconcertado don Diego: no sabeis hasta que punto he sido engañado por ese infame Miguel Lopez: pero no importa: Ayala habrá llegado: de todos modos hasta que yo hubiera ido no se hubiera efectuado el casamiento: yo soy su hermano mayor, su padre en una palabra...

--¡Y la habeis vendido...! ¡la habeis obligado!

--Me hallé vendido y obligado, señor; ese Miguel Lopez es un morisco renegado, un infame delator... tiene papeles que me comprometen... papeles escritos por mí á vuestro padre... papeles que no sé en poder de quién estan: de otro modo ya hubiéramos encontrado medio de deshacernos de ese hombre... ¿quién habia de pensar, que vos, el amante de mi hermana, habiais de presentaros para decirme: dame tu hermana Isabel, porque yo soy el poderoso emir de los monfíes?

--¡El, emir... rey...! exclamó con orgullo doña Elvira que seguia escuchando tras el tapiz.

--Pero el matrimonio de mi hermana con ese hombre no se hará: mi hermana será vuestra, y de este modo, al mismo tiempo que vos y ella sereis felices se conciliaran todos los intereses de entrambas familias: es verdad que vos, rey de la montaña, teneis la fuerza, y hasta cierto punto el derecho; es verdad que las Alpujarras os pagan tributo, que os obedece un ejército de valientes monfíes; pero tambien es cierto, que yo Aben-Humeya, descendiente del Profeta, nieto de los califas de Córdoba, tengo tambien derechos que reconocen los moriscos de Granada, y los de las alquerías de la Vega: los de Almería y los del marquesado del Zenete cuentan conmigo: al primer levantamiento, al primer grito de guerra, yo seria proclamado rey de Granada; esto se comprende perfectamente: los moriscos desprecian de tal manera la memoria de Muley Abd-Allah, que sus descendientes no pueden tener esperanza de que los moros de Granada los sienten en el trono de su abuelo. Fuera de la descendencia de Muley Abd-Allah, ¿qué otro mas que vos ó yo podemos ser reyes de Granada? vos, como emir de los monfíes, teneis las Alpujarras: yo, como descendiente de los Omeyas, lo demás del reino... una alianza entre nosotros es de todo punto necesaria para evitar una guerra civil, que, si por dicha triunfásemos del cristiano, volveria á ponernos destrozados en su poder. Aquí ha habido mucho de fatal: antes de anoche vos mismo despreciásteis la mano de mi hermana.

--Yo os creia renegado.

--¡Oh! ¡fatalidad! yo sabia que amábais á mi hermana: pero creí que erais un hidalgüelo castellano, destinado á llevar una golilla ó un roquete. Culpad al misterio en que os ha envuelto vuestro padre: yo ignoraba que fuéseis lo que sois.

--Yo mismo lo ignoraba ayer.

--¡Fatalidad! ¡fatalidad!

--Mi noble padre quiso que antes de que ciñese su corona, supiese conocer á los hombres.

--En fin, no hablemos mas de eso y vamos á lo que importa. El casamiento de mi hermana con Miguel Lopez no se hará. Si por desgracia, y como no es de suponer, mi enviado ha llegado tarde... Miguel Lopez morirá.

--¡Oh, alentais una duda y permaneceis aquí, entreteniéndome acaso para ganar tiempo! exclamó Yaye encaminándose violentamente á la puerta.

--¿Qué quereis hacer, exclamó don Diego, que en efecto, temiendo mas á la denuncia de Miguel Lopez que á la venganza del emir, habia preferido la última y entretenia á Yaye, qué quereis hacer? ¿á dónde vais?

--¿En qué iglesia se casa vuestra hermana?

--¡Oh! ¡un escándalo!

--¡Corred! ¡corred vos mismo! ¡yo os espero!

--¡Ira de Dios! exclamó don Diego tomando al fin una resolucion desesperada: por nada me obligareis á dar un paso que pondria mi nombre en boca de todo el mundo.

--¡Ah! ¡me habeis engañado! ¡me habeis entretenido, para que entre tanto!... pero... no os salvareis... yo... mis monfíes... talaremos vuestros Estados de las Alpujarras... si escapais de mis manos... os entregaré al rey de España con cartas semejantes á las que os han obligado á vender á vuestra hermana á ese Miguel Lopez...

Don Diego exhaló un grito: se encontraba enteramente perdido.

--Una palabra señor, exclamó arrojándose á los piés de Yaye: tened compasion de mí y protejedme: yo os seguiré; seré uno de vuestros mas fieles vasallos...

--¡Tu hermana!

--¡Oh! exclamó don Diego, esperad: voy yo mismo: puede que aun sea tiempo...

Y se dirigió á la puerta de la estancia.

En aquel momento apareció en la puerta un paje que dijo:

--Señor, vuestra noble hermana y su esposo acaban de llegar.

El paje volvió á cerrar la puerta. Don Diego arrojó un grito de espanto, y se volvió desesperado y anhelante á Yaye: este al escuchar las terribles palabras «vuestra hermana y su esposo acaban de llegar» hizo un movimiento semejante al de quien ha sido herido de muerte: se puso rojo, mas rojo; la mirada de sus ojos se hizo atónita, se contrajo su boca, y cayó al suelo como herido por un rayo.

Entonces se levantó el tapiz, tras el cual escuchaba doña Elvira, y apareció esta pálida como una muerta.

--¡Ah! venis á tiempo, señora, dijo don Diego que no estaba en estado de reparar en lo extraño de la llegada de su esposa, ni en su palidez, ni en su conmocion: ved si podeis hacer volver en sí á ese caballero... yo os disculparé con esas gentes.

Y partió.

Por la primera vez doña Elvira se quedaba sola con Yaye. ¿Pero en que situacion? levantóle del suelo, con mas facilidad de la que podia suponerse en una mujer delicada, y era que el amor la daba fuerzas; le colocó en un sillon, le abrió el justillo, roció su rostro con agua, y sin considerar si podia ó no ser vista se arrodilló á sus piés, asió sus manos, las estrechó contra su seno, y exclamó alzando al cielo los ojos cubiertos de lágrimas:

--¡Señor! ¡señor! ¡mi salvacion por su vida!

Y permaneció de rodillas delante de Yaye.

Al cabo de algun tiempo Yaye suspiró.

Aquel suspiro, fue para el corazon de doña Elvira como un bálsamo maravilloso para una herida: con el consuelo recobró la reflexion y se alzó.

Yaye abrió los ojos, pero en sus ojos estaba pintada la expresion de la locura.

Empezó á delirar: su sangre se habia agolpado á su cabeza y habia trastornado sus facultades.

Afortunadamente habia perdido la memoria de la causa de su accidente, y no pretendia levantarse del sillon.

Su locura era una locura tranquila.

Se reia pero su risa era horrible.

De una manera horrible sufria tambien doña Elvira.

Ella hubiera dado su vida por verse amada de aquel modo: unos zelos mortales la devoraban: al mismo tiempo sentia una ansiedad horrible: temia por la vida de Yaye: su delirio era cada vez mas intenso, don Diego no volvia y doña Elvira no se atrevia á llamar á nadie.

Al fin, resonaron pasos: se abrió una puerta: era don Diego.

--¿Vive? dijo con afan.

--Si, contestó doña Elvira, valiéndose del dominio que tenia sobre sí misma para no demostrar mas conmocion que la natural en aquellas circunstancias: vive, pero creo que está en peligro de muerte.

Don Diego examinó un momento á Yaye, luego fué á un lugar de la tapicería, oprimió un boton dorado, y se abrió una puerta secreta: tras ella se veia una escalera oscura recta y estrecha.

--Ayudadme, señora, la dijo volviendo junto á su esposa, ayudadme y concluyamos.

Entre tanto don Diego habia encendido una bugía.

--¿Qué pensais hacer? dijo doña Elvira.

--Es necesario conducirle al subterráneo.

Doña Elvira no contestó, ayudó á don Diego á cargar con Yaye, y con gran trabajo le introdujeron por aquella puerta que don Diego cerró tras sí: bajaron las escaleras y atravesando una estrecha mina, llegaron á un aposento espacioso y bien amueblado en que habia un lecho.

Aquella puerta secreta, aquella mina que se prolongaba mas allá de la habitacion donde los dos esposos habian introducido á Yaye, y aquella habitacion, eran un lugar seguro de refugio, preparado por don Diego, para el caso en que por un accidente desgraciado, ó por una traicion de sus parciales invadiese su casa la justicia del rey. Aquello era un escondite: mas adelante veremos que era tambien una comunicacion.

Estas minas y estos aposentos son muy comunes en el Albaicin de Granada. Apenas habrá una casa de moros que no tenga alguna de estas comunicaciones subterráneas, de las cuales se conocen muchas.

Cuando Yaye estuvo colocado en el lecho, don Diego le desciñó el talabarte, le quitó la daga y la espada, y dijo á su esposa.

--No sabeis cuánto nos interesa la salvacion de este jóven: pero si muere, lo que está en manos de Dios, nos interesa tambien sobre manera que no se sepa que le ha matado el amor de mi hermana. Si muere no saldrá de aquí. Escuchad: yo voy á ausentarme.

--¡A ausentaros! exclamó, conteniendo mal su alegría doña Elvira.

--Si, es preciso; preciso de todo punto: mi ausencia será á lo mas de quince dias: cuidad vos entre tanto al enfermo: pero vos sola.

--¡Yo sola! ¡abandonado...! ¡sin los auxilios de la ciencia...!

--No, no he querido decir tanto: antes de marchar avisaré á nuestro médico; es un buen morisco, un noble anciano y guardará el secreto: solo he querido deciros que vos, sola vos, sereis la enfermera.

--Os amo tanto, esposo y señor, dijo hipócritamente doña Elvira, que no perdonaré por vos ningun sacrificio.

--Si, si, ya lo se, doña Elvira, y mereceis que yo... os prometo corregirme... dejarme de locuras... pero adios: no olvideis lo que os he encargado.

--Id tranquilo, señor, no lo olvidaré.

Don Diego salió dejando sola á su mujer con el hombre á quien amaba.

Un momento despues, tranquilo y sonriendo entraba en la gran cámara de recibo de su casa.

En ella estaban doña Isabel de Válor, pálida, pero con la palidez mas hermosa, su hermano don Fernando de Válor, los testigos que habian asistido á la ceremonia y algunos convidados, entre los cuales se contaba don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia.

Miguel Lopez, el reciencasado, estaba allí tambien:

Era un hombre como de cuarenta años, moreno oscuro, cegijunto, estrecho de frente, sesgado de boca y avieso de mirada: estaba ricamente vestido, pero á pesar de la riqueza de su trage se notaba lo villano de sus maneras: estaba sombriamente ceñudo y miraba con recelo en torno suyo; don Diego se acercó á él sonriendo, pero, á pesar de su sonrisa, densamente pálido.