Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 9
Era evidentemente una alma inaccesible al miedo, é ignorante de lo que fuese la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las situaciones apuradas. Por extrema que fuese la crisis, por inevitable que fuese la catástrofe, no había allí nada de la agonía del ahogado que abre debajo del agua ojos horribles.
Thénardier se levantó sin afectación, fué á la chimenea, separó el biombo, que arrimó contra la cama inmediata, dejando al descubierto la hornilla llena de ardientes ascuas, en la que el prisionero podía ver perfectamente el escoplo, enrojecido hasta el blanco y moteado de brillantes estrellitas bermejas.
Luego Thénardier volvió á sentarse inmediato al señor Leblanc.
--Continúo,--dijo,--Podemos entendernos; arreglemos esto amigablemente. Hice mal en incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he ido demasiado lejos, y he dicho mil barbaridades. Por ejemplo, porque sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho dinero, enorme cantidad de dinero. Esto no sería razonable; tenéis la suerte de ser rico, pero tendréis también vuestras obligaciones; ¡quién no tiene las suyas! No quiero arruinaros; al fin y al cabo, yo no soy un desollador. No soy de ésos que porque tienen la ventaja de la posición se aprovechan de ella para ridiculizarse. Oíd, pues; yo cedo algo, y hago un sacrificio por mi parte. Necesito solamente doscientos mil francos.
El señor Leblanc no dijo una palabra.
Thénardier prosiguió:
--Ya veis que dejo de aguar bastante mi vino. No conozco el estado de vuestra hacienda; pero sé que no tenéis mucho apego al dinero; y un hombre benéfico como vos, bien puede dar doscientos mil francos á un padre de familia que no es feliz.
Vos sois ciertamente razonable, y ya calcularéis que no me habré tomado el trabajo de hoy, y organizado la cosa de esta noche, que es un trabajo muy acabado, según confesión de estos señores, para ir á pediros solamente con que echar un trago de lo tinto de á doce y comer ternera en casa de Desnoyers. Doscientos mil francos es lo que esto vale.
«Una vez desembolsada por vos esta bagatela, yo os respondo que todo queda concluido, y no tenéis ya que temer nada absolutamente. Me diréis: «¡Pero yo no tengo aquí doscientos mil francos!». ¡Oh! No soy exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. Tened la bondad de escribir lo que voy á dictaros».
Aquí Thénardier suspendió su arenga, y luego añadió, acentuando mucho sus palabras, y dirigiendo una sonrisa hacia el lado del hornillo:
--Os advierto que no admitiré la escusa de no saber escribir.
Un inquisidor general hubiera podido envidiar aquella sonrisa.
Thénardier empujó la mesa inmediata al señor Leblanc, y sacó tintero, pluma y papel del cajón, que dejó entreabierto, y en el cual brillaba la ancha hoja del cuchillo.
Puso el pliego de papel delante del señor Leblanc.
--Escribid,--dijo.
El prisionero habló por fin:
--¿Cómo queréis que escriba si estoy atado?
--Es cierto; ¡perdonad!--prorrumpió Thénardier.--Tenéis muchísima razón.
Y volviéndose hacia el Colmenero, le dijo:
--Desatadle el brazo derecho al señor.
Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, ejecutó la orden de Thénardier.
Cuando estuvo libre la mano derecha del prisionero, Thénardier mojó la pluma en el tintero, y se la presentó.
--Tened muy presente,--dijo,--que estáis en nuestro poder, á nuestra discreción; que ningún poder humano puede sacaros de aquí, y que nos afligiría verdaderamente el vernos obligados á recurrir á extremos desagradables. No sé ni vuestro nombre, ni las señas de vuestra casa; pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que vuelva la persona encargada de llevar la carta que vais á escribir. Ahora tened la bondad de poner.
--¿Qué?--preguntó el prisionero.
--Lo siguiente:
El señor Leblanc cogió la pluma.
Thénardier comenzó á dictar:
--«Hija mía...».
El prisionero se estremeció, y levantó los ojos hasta Thénardier.
--Escribid: «Mi querida hija»,--dijo Thénardier.
El señor Leblanc obedeció.
Thénardier continuó:
--«Ven al momento...».
Aquí se detuvo á preguntar:
--La tuteáis, ¿verdad?
--¿Á quién?--preguntó Leblanc.
--¡Pardiez!--exclamó Thénardier,--á la chica, á la Alondra.
El señor Leblanc respondió sin la menor emoción aparente:
--No sé lo que queréis decir.
--De todos modos, continuad,--dijo Thénardier; y se puso á dictar nuevamente:
--«Ven enseguida. Necesito absolutamente de ti. La persona que te entregará esta carta lleva el encargo de acompañarte donde yo estoy. Te aguardo. Ven confiada».
El señor Leblanc lo había escrito todo.
Thénardier añadió:
--¡Ah! Borrad el _ven confiada_; esto podría hacer suponer que la cosa no es natural, y que la desconfianza es posible.
El señor Leblanc borró las dos palabras.
--Ahora,--prosiguió Thénardier,--firmad. ¿Cómo os llamáis?
El prisionero dejó la pluma, y preguntó:
--¿Para quién es esta carta?
--¡Bah! Ya lo sabéis,--respondió Thénardier;--para la chica, acabo de decíroslo.
Era evidente que Thénardier evitaba nombrar á la joven de que se trataba.
Decía «la Alondra», «la chica», pero no pronunciaba el nombre. Precaución de hombre hábil, guardando su secreto entre sus cómplices. Decir el nombre, hubiera sido entregarles todo el negocio, y enseñarles más de lo que tenían necesidad de saber.
Continuó:
--Firmad. ¿Cuál es vuestro nombre?
--Urbano Fabre,--dijo el prisionero.
Thénardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el bolsillo y sacó el pañuelo cogido al señor Leblanc. Buscó la marca y se aproximó á la luz.
--U. F. Eso es. Urbano Fabre. Pues bien; firmad U. F.
El prisionero firmó.
--Como se necesitan las dos manos para cerrar la carta,--dádmela,--la cerraré yo.
Hecho esto, Thénardier añadió:
--Poned el sobre, _Señorita Fabre_, en vuestra casa. Sé que no vivís muy lejos de aquí, por los alrededores de Santiago de Haut-Pas, pues que allí vais á misa todos los días; pero no sé la calle. Veo que comprendéis vuestra situación. Como no habéis mentido al decir vuestro nombre, tampoco mentiréis para vuestra dirección. Ponedla vos mismo.
El prisionero permaneció un momento pensativo; luego cogió la pluma y escribió:
--Señorita Fabre, casa Urbano Fabre, calle Saint Dominique d'Enfer, número 17.
Thénardier tomó la carta con una especie de convulsión febril.
--¡Mujer!--gritó.
Acercóse la Thénardier.
--Aquí tienes esta carta. Ya sabes lo que hay que hacer. Abajo encontrarás un coche. Marcha inmediatamente, y vuelve ídem.
Y dirigiéndose al hombre del mazo, le dijo:
--Tú que te has quitado el tapa-bocas, acompaña á la ciudadana. Subirás en la trasera del coche. ¿Sabes dónde has dejado la carraca?
--Sí,--contestó el hombre.
Y dejando su mazo en un rincón, siguió á la mujer de Thénardier.
Cuando ya se iban, Thénardier sacó la cabeza por la puerta entreabierta, y gritó en el corredor:
--¡Cuidado con perder la carta! Mira que van en ella doscientos mil francos.
La voz ronca de la mujer respondió:
--Descuida. La he guardado en el pecho.
No había transcurrido un minuto, cuando se oyó el chasquear de un látigo, que fué disminuyendo y se apagó rápidamente.
--¡Bien!--murmuró Thénardier.--Van á buen paso. Como sigan corriendo de este modo, la ciudadana estará aquí de vuelta, dentro de tres cuartos de hora.
Acercó una silla á la chimenea, y se sentó cruzando los brazos, acercando sus botas enlodadas al hornillo.
--Tengo frío en los pies,--dijo.
Ya no quedaban en el desván con Thénardier y el prisionero, más que cinco bandidos.
Aquellos hombres, á través de las caretas ó de la untura negra que les cubría el rostro, parecían, según el miedo de quién los mirase, carboneros, negros ó demonios; tenían el aire embotado y triste, por el que se conocía que ejecutaban un crimen como un trabajo cualquiera, tranquilamente, sin cólera y sin lástima, con cierta especie de aburrimiento. Hallábanse en un rincón amontonados como bestias. Thénardier se calentaba los pies y se callaba.
El prisionero había vuelto á caer en su taciturnidad. Una sombría calma había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos antes.
La vela, que había producido un largo pábilo, iluminaba apenas el inmenso tugurio; el fuego había palidecido, y todas aquellas cabezas monstruosas proyectaban sombras deformes en las paredes y en el techo.
No se oía otro ruido que la tranquila respiración del viejo borracho que dormía.
Mario esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más impenetrable que nunca. ¿Quién era aquella «chica» á quien Thénardier había llamado la Alondra? ¿Era su «Úrsula?». El prisionero no había parecido conmovido al oir esta palabra, la Alondra, y había contestado lo más naturalmente del mundo: «No sé lo que queréis decir». Por otra parte, las dos letras U. F. estaban explicadas: era Urbano Fabre, y Úrsula no se llamaba ya Úrsula. Esto era lo que Mario veía más claro.
Una especie de fascinación horrible le retenía clavado en su sitio, desde donde observaba y dominaba toda la escena. Estaba allí, casi imposibilitado de reflexionar y de moverse, como aniquilado por ver de cerca cosas tan altamente abominables.
Aguardaba un incidente cualquiera; no importaba cuál, no pudiendo reunir sus ideas, y no sabiendo qué partido tomar.
--De cualquier modo,--decía, si la Alondra es ella, la veré, porque la mujer de Thénardier va á traerla aquí. Entonces todo acabará; daré mi vida y mi sangre, si es menester, pero la libertaré. Nada me detendrá.
Después de pasar así una media hora, Thénardier parecía absorto en una tenebrosa meditación; el prisionero no se movía.
Sin embargo, Mario creía oir por intervalos, y desde hacía algunos instantes, un ligero ruido sordo hacia el lado del prisionero.
De pronto Thénardier apostrofó á este último:
--Señor Fabre, atended lo que voy á deciros desde luego.
Estas pocas palabras parecían ser el principio de una declaración. Mario prestó oído.
Thénardier continuó:
--Mi mujer va á volver; no os impacientéis. Creo que la Alondra es verdaderamente vuestra hija, y encuentro muy natural que la guardéis vos. Pero oíd: con vuestra carta ha ido mi mujer á buscarla. La había dicho yo que se vistiese, como habéis visto, para que vuestra hija consienta en seguirla sin dificultad. Las dos subirán al carruaje, y mi camarada en la trasera. Hay en cierta parte, fuera de puertas, una «carraca» enganchada en dos buenos caballos. Llevará allí á vuestra hija; se apeará del coche, mi camarada subirá con ella en la «carraca», y mi mujer volverá aquí á decirnos: «Ya está hecho». En cuanto á vuestra hija, no se le hará ningún daño; la «carraca» la llevará á un sitio donde estará tranquila; y en cuanto me hayáis dado esos miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra, y listos.
El prisionero no articuló una palabra. Después de una pausa, Thénardier prosiguió:
--Esto como veis, es sencillísimo. No habrá nada malo, si vos no queréis que lo haya. Os cuento simplemente la cosa; es decir, os la anticipo para que la sepáis.
Se detuvo; el prisionero no rompió el silencio, y Thénardier continuó:
--Cuando mi esposa haya vuelto y me haya dicho «la Alondra está en camino», os soltaremos, y seréis dueño de ir á dormir si gustáis á vuestra casa. Ya veis que no tenemos malas intenciones.
Espantosas imágenes cruzáronse por la mente de Mario. ¡Cómo! Aquella joven á quien robaban, ¿no iba á ser llevada allí? ¿Uno de aquellos monstruos iba á arrebatarla en la sombra? ¿Dónde?... ¿Y si era ella? ¡Y claro está que lo era! Mario sentía apagarse los latidos de su corazón.
¿Qué hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia á todos aquellos miserables?
Pero no por eso el hombre horrible del mazo dejaría de estar fuera de todo alcance con la joven, y Mario pensaba en estas palabras de Thénardier, cuya sangrienta significación entreveía: _Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra_.
Ahora ya no le detenía solamente el testamento del coronel, sino también su mismo amor, el peligro de la que amaba.
Esta espantosa situación, que duraba ya más de una hora, cambiaba de aspecto á cada instante.
Mario tuvo la fuerza de pasar revista sucesivamente á las más dolorosas conjeturas, buscando, y no hallando, una esperanza.
El tumulto de sus pensamientos contrastaba con el fúnebre silencio de la madriguera.
En medio de aquel silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle, que se abría, y luego volvía á cerrarse.
El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.
--Aquí está la ciudadana,--dijo Thénardier.
Apenas acaba de hablar, cuando, en efecto, se precipitó su mujer en el cuarto, amoratada, desalentada, jadeante, echando chispas por los ojos, y exclamando después de pegar con sus dos manazas sobre sus dos muslos:
--¡Dirección falsa!
El bandido que había ido con ella asomó detrás, y se dirigió á coger su mazo.
--¿Dirección falsa?--repitió Thénardier.
La mujer repuso:
--¡Nadie! En la calle de Saint Dominique, número 17, no vive ningún Urbano Fabre. Nadie da razón de él.
Detúvose sofocada, y luego continuó:
--Mira, Thénardier; ese viejo te la ha pegado; tú eres demasiado bueno. Ya ves; yo que tú le hubiera abierto en canal para empezar; y si se hubiera hecho rogar, le habría asado vivo. Entonces le hubiera sido preciso hablar, y decir dónde está su hija y dónde tiene el gato. Así es cómo hubiera yo manejado el negocio. Bien dicen que los hombres son más bestias que las mujeres. ¡Nada; no había nadie en el número 17! Es una puerta cochera grandísima. ¡En la calle de Saint-Dominique no hay ningún señor Fabre! ¡Y á escape, y propina al cochero, y todo! He hablado al portero y á la portera, que es una buena mujer, y no le conocen.
Mario respiró.
Ella, Úrsula ó la Alondra, aquella á quien no sabía cómo llamar, estaba á salvo.
En tanto que la mujer, exasperada, vociferaba, Thénardier se había sentado sobre la mesa; permaneció algunos instantes sin pronunciar palabra, moviendo su pierna derecha, que colgaba, y contemplando el hornillo con aire de salvaje meditación.
Por fin, le dijo el prisionero con inflexión lenta y singularmente feroz:
--¡Dirección falsa! ¿Qué es, entonces, lo que te has figurado?
--¡Ganar tiempo!--gritó el prisionero con acento expansivo.
Y en el mismo momento sacudió sus ligaduras; estaban rotas. El prisionero sólo quedaba atado á la cama por una pierna.
Antes de que los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la situación y de lanzarse sobre él, Leblanc se inclinó hacia la chimenea, extendió la mano hacia el hornillo, y luego se enderezó. Thénardier, su mujer y los bandidos, rechazados por el asombro al fondo del desván, le miraban estupefactos cómo levantaba por encima de su cabeza el escoplo hecho ascua, del que se desprendía una claridad siniestra, casi libre y en formidable actitud.
La sumaria á que más adelante dió lugar la aventura de la casucha de Cuervo, hizo constar, que en uno de los reconocimientos de la policía se halló en el desván un céntimo cortado y trabajado de un modo particular. Aquella moneda era una de esas maravillas de industria que la paciencia del presidio engendra en las tinieblas y para las tinieblas; maravillas que no son otra cosa sino instrumentos de evasión. Estos productos deformes y delicados, de un arte prodigioso, son en la bisutería lo que las metáforas de la germanía son en la poesía. Hay Benvenutos Cellini en los presidios, como hay Villons en el idioma. El infeliz que aspira á la libertad encuentra medios á veces sin instrumentos, con un cortaplumas, un cuchillo viejo, para serrar un céntimo en dos hojas delgadas, de ahuecar éstas sin tocar el grabado monetario, practicando una muesca ó rosca sobre el corte de la moneda, de modo que las dos hojas se puedan adherir de nuevo. Así se juntan ó separan á voluntad, formando una caja. En esa caja se guarda fácilmente un muelle de reloj, y este muelle, bien manejado, corta los grillos y las barras de hierro. Se cree que el infeliz presidiario no tiene más que un céntimo, cuando posee con ello su libertad. Una moneda de esta clase fué la que halló la policía en sus pesquisas ulteriores, abierta y en dos mitades, debajo de la cama, cerca de la ventana. Se descubrió igualmente una sierrecilla de acero pavonado, que podía ocultarse muy bien en dicha moneda.
Es probable que en el momento que los bandidos registraron al prisionero, llevase consigo esta moneda, la que conseguiría esconder entre los dedos, y que teniendo enseguida la mano libre, la abrió y se sirvió de la sierra para cortar las cuerdas que le ataban, lo cual explicaría el ligero ruido y los movimientos imperceptibles que Mario había observado.
No habiendo podido bajarse por temor de ser descubierto, no había cortado las ligaduras de su pierna izquierda.
Los bandidos habían vuelto de su primera sorpresa.
--No tengas cuidado,--dijo el Colmenero á Thénardier.--Está todavía sujeto por una pierna, y no se irá. Yo te respondo de ello, pues he sido yo quien le he atado la pata.
Sin embargo, el prisionero levantó la voz:
--¡Sois unos miserables: pero mi vida no vale la pena de defenderla tanto! En cuanto á imaginaros que me haréis hablar, que me haréis escribir lo que yo no quiera escribir, que me haréis decir lo que yo no quiera decir...
Y levantando la manga del brazo izquierdo, añadió:
--Mirad.
Al mismo tiempo alargó el brazo, y puso sobre la carne desnuda el escoplo enrojecido que tenía en la mano derecha, cogido por el mango de madera.
Oyóse el chirrido de la carne quemada, esparciéndose por el desván el olor propio de las cámaras de tortura.
Mario vaciló sobrecogido de horror; los bandidos mismos se estremecieron; el rostro del enigmático anciano apenas se contrajo; y en tanto que el hierro enrojecido penetraba en la humeante herida, impasible él y casi augusto, fijaba en Thénardier su tranquila mirada sin odio, en la que se desvanecía el dolor bajo una majestad serena.
En las naturalezas grandes y elevadas, la rebelión de la carne y los sentidos en lucha con el dolor físico, obligan á salir al alma y la hacen aparecer en la frente, como las rebeliones de la soldadesca obligan á aparecer al capitán.
--¡Miserables!--dijo.--No tengáis más miedo de mí que el que yo tengo de vosotros.
Y arrancando el hierro de la herida, lo arrojó por la ventana, que había quedado abierta; el horrible instrumento abrasado desapareció girando en la obscuridad, cayendo á lo lejos, y yendo á apagarse en la nieve.
El prisionero añadió:
--Haced de mí lo que queráis.
Estaba ya desarmado.
--¡Sujetadle!--gritó Thénardier.
Dos bandidos le echaron mano á los hombros, y el enmascarado, con voz de ventrílocuo, se colocó en frente de él pronto á hundirle el cráneo de un llavazo al menor movimiento.
Al mismo tiempo oyó Mario por lo bajo, al pie del tabique, pero de tal modo que no podía ver á los que hablaban, este coloquio sostenido en voz baja:
--No hay más que una cosa que hacer.
--Abrirle en canal.
--Eso.
Eran el marido y la mujer, celebrando consejo.
Thénardier marchó lentamente hacia la mesa, abrió el cajón y cogió el cuchillo.
Mario estaba dando tormento á la culata de la pistola. ¡Perplejidad inaudita! Hacía una hora que se elevaban dos voces en su conciencia; la una le decía que respetase el testamento de su padre, la otra le gritaba que socorriese al prisionero. Aquellas dos voces continuaban sin interrupción su lucha, poniéndole á él en la agonía. Había esperado vagamente hasta aquel momento el hallar un medio de conciliar los dos deberes; pero nada posible había surgido.
Entretanto, el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite de la espera; á pocos pasos del prisionero, Thénardier cavilaba con el cuchillo en la mano.
Mario, alocado, paseaba sus miradas en torno suyo, último y maquinal recurso de la desesperación.
De repente se estremeció.
Á sus pies, sobre la cómoda, un clarísimo rayo de la luna iluminaba como para mostrarle una hoja de papel. En aquella hoja leyó esta línea escrita en grandes caracteres aquella misma mañana por la hija mayor de Thénardier:
--_Los corchetes están ahí._
Una idea, una luz cruzó por la imaginación de Mario; era el medio que buscaba, la solución de aquel horrible problema que le torturaba: librar al asesino y salvar á la víctima.
Se arrodilló sobre la cómoda, alargó el brazo, cogió el papel, arrancó suavemente un yesón del tabique, lo envolvió en el papel, y arrojó el todo por el agujero en medio del desván.
Ya era tiempo.
Thénardier había vencido sus últimos escrúpulos ó sus últimos temores, y se dirigía hacia el prisionero.
--¡Algo han tirado!--gritó su mujer.
--¿Qué es?--preguntó él.
La mujer se había abalanzado y recogido el yeso envuelto en el papel, entregándoselo á su marido.
--¿Por dónde ha venido esto?--preguntó Thénardier.
--¡Pardiez!--prorrumpió ella.--¿Por dónde quieres que haya entrado? Por la ventana.
--Yo lo he visto pasar,--dijo el Colmenero.
Thénardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó á la luz.
--Es la letra de Eponina. ¡Diablo!
Hizo una seña á su mujer, que se acercó vivamente, y le enseñó lo escrito en el papel, añadiendo luego con voz sorda:
--¡Pronto! ¡La escala! Dejemos el tocino en la ratonera, y cedamos el campo.
--¿Sin degollar al hombre?--objetó la Thénardier.
--No hay tiempo.
--¿Por dónde?--preguntó el Colmenero.
--Por la ventana,--respondió Thénardier.--Puesto que Eponina ha tirado la piedra por la ventana, es señal de que la casa no está cercada por este lado.
El enmascarado de voz de ventrílocuo dejó en el suelo su llave, levantó los dos brazos, y abrió y cerró tres veces rápidamente las manos, sin decir una palabra.
Fué como la voz de zafarrancho en una tripulación. Los bandidos que tenían asido al prisionero le soltaron; en un abrir y cerrar de ojos fué desarrollada la escala por fuera de la ventana, y sujetada sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.
El prisionero no fijaba la atención en lo que pasaba en torno suyo. Parecía soñar ó rezar.
Una vez fijada la escala, Thénardier gritó:
--¡Ven, mujer!
Y se precipitó hacia la ventana.
Pero cuando iba á echar la pierna por ella, el Colmenero le cogió bruscamente del cuello.
--¡Todavía no, viejo farsante! ¡Después de nosotros!
--¡Después de nosotros!--aullaron los bandidos.
--Sois unos chiquillos,--dijo Thénardier;--estamos perdiendo el tiempo. Los podencos nos están ya pisando los talones.
--Pues bien,--dijo uno de los bandidos,--echemos á la suerte quién pasará el primero.
Thénardier exclamó:
--¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Vaya un atajo de mandrias! ¡Perder así el tiempo! Echar á la suerte, ¿no es verdad? ¿Echaremos chinas? ¿Echaremos pajas? ¡Escribiremos nuestros nombres, los pondremos en una gorra!...
--¿Queréis mi sombrero?--gritó una voz desde el umbral de la puerta.
Todos se volvieron: Era Javert.
Tenía el sombrero en la mano, y se lo ofrecía sonriendo.
XXI =Se debería empezar siempre por prender á las víctimas=
Javert, al caer de la noche, había apostado su gente, y él mismo se había emboscado detrás de los árboles de la calle de la Barrera de los Gobelinos, que daba frente al casucho Cuervo por el otro lado del boulevard. Había empezado por abrir «su bolsillo», metiendo en él á las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones de la madriguera. Pero sólo había «enjaulado» á Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había desaparecido, y no había podido cogerla.
Luego Javert se había puesto en acecho, atento el oído á la señal convenida. Las idas y venidas del coche le habían llamado la atención. Por fin, había acabado por perder la paciencia, y _seguro de que allí había un nido_, seguro de estar _de suerte_, habiendo conocido á muchos de los bandidos que habían entrado, acabó por decidirse á subir sin esperar el pistoletazo.
Recuérdese que tenía el llavín de Mario.
Había llegado á punto.