Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 10
Los bandidos asustados se arrojaron sobre las armas, que habían abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete hombres espantosos se agruparon en actitud de defensa, uno con su machete, otro con su llave, otro con la barra de hierro, los otros con tenazas, pinzas y martillos. Thénardier cogió su cuchillo; la mujer cogió un enorme adoquín que estaba en el ángulo de la ventana, y que servía á sus hijas de taburete.
Javert volvió á ponerse el sombrero, dió dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.
--¡Alto ahí!--dijo.--No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos peligroso. Sois siete, nosotros somos quince. No nos agarremos como ganapanes. Seamos formales.
El Colmenero sacó una pistola que llevaba oculta bajo la blusa, y la puso en la mano de Thénardier, diciéndole al oído:
Es Javert. Yo no me atrevo á disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?
--¡Pardiez!--respondió Thénardier.
--Pues bien; tírale.
Thénardier tomó la pistola y apuntó á Javert.
Javert que se hallaba á tres pasos de él le miró fijamente, y se contentó con decirle:
--¡No tires! El tiro te va á fallar.
Thénardier apretó el gatillo; el tiro falló en efecto.
--¡Cuando yo te lo decía!--prorrumpió Javert.
El Colmenero arrojó su rompecabezas á los pies de Javert, diciéndole:
--¡Eres el rey de los diablos! Me entrego.
--¿Y vosotros?--preguntó Javert á los otros bandidos.
--Nosotros también.
Javert repitió con calma.
--Bien, bueno; ya decía yo que seríais formales.
--Sólo pido una cosa,--añadió el Colmenero,--y es que no se me niegue el tabaco mientras esté guardado.
--Concedido,--dijo Javert.
Y volviéndose y llamando detrás de él, dijo:
--¡Entrad ya!
Una escuadra de municipales sable en mano, y de agentes armados de bastones y garrotes, se precipitó en la habitación y ató á los bandidos á la voz de Javert.
Aquella multitud de hombres, apenas iluminados por una vela, llenaba de sombra la madriguera.
--¡Esposas á todos!--gritó Javert.
--¡Acercaos un poco!--rugió una voz, que no era voz de hombre, pero de la que nadie hubiera podido decir: «es voz de mujer».
La Thénardier se había atrincherado en uno de los ángulos de la ventana, y ella era quien acababa de lanzar aquel rugido.
Los municipales y agentes retrocedieron.
Se había quitado el pañuelo, pero conservaba puesto su sombrero; su marido, agachado detrás de ella, desaparecía casi bajo el pañuelo caído; además, ella le cubría con su cuerpo, levantando con ambas manos por cima de su cabeza el adoquín, con el balanceo de un gigante que va á lanzar una roca.
--¡Cuidado!--gritó.
Todos se agolparon hacia el corredor, quedando un gran trecho desierto en medio del desván.
La Thénardier dirigió una mirada á los bandidos que se habían dejado maniatar, y murmuró con acento gutural y ronco:
--¡Cobardes!
Javert sonrió, y se adelantó por el espacio vacío que la mujer llenaba con sus feroces miradas.
--¡No te acerques! ¡Vete,--gritó ella,--ó te aplasto!
--¡Qué buen granadero!--prorrumpió Javert.--Vaya, aunque tengas barbas como un hombre, yo tengo uñas como una mujer.
Y continuó avanzando.
La mujer, desmelenada y terrible, abrió las piernas, dobló el cuerpo hacia atrás, y arrojó el adoquín á la cabeza de Javert con furia loca.
Javert se bajó, la piedra pasó por encima de él, dió en la pared de enfrente, haciendo saltar un gran pedazo de yeso, y volvió repercutiendo de un ángulo á otro al través del desván, vacío por fortuna, á morir á los pies de Javert.
En el mismo instante llegaba Javert junto á la pareja Thénardier. Una de sus anchas manos cayó sobre el hombro de la mujer, y la otra sobre la cabeza del marido.
--¡Las manillas!--gritó.
Los polizontes entraron en tropel, y algunos segundos después la orden de Javert estaba cumplida.
La mujer, abatida, miró sus muñecas agarrotadas y las de su marido, y dejándose caer en el suelo, exclamó llorando:
--¡Hijas mías!
--Están ya á la sombra,--dijo Javert.
En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y le sacudían á puñadas y empellones.
Despertóse balbuceando:
--¿Acabó ya eso Jondrette?
--Sí,--respondió Javert.
Los seis bandidos amarrados estaban de pie, conservando todavía sus caras de espectros; tres tiznados de negro y tres enmascarados.
--Guardad vuestras caretas,--dijo Javert.
Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo á los tres «fumistas»:
--¡Hola! Colmenero. ¡Hola! Brujón. ¡Hola! Dosmillones.
Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre del mazo:
--¡Hola, Tragamares!
Y al hombre del garrote:
--¡Hola! Babet.
Y al ventrílocuo:
--Salud, Chascasueldos.
En aquel instante distinguió al prisionero de los bandidos, el cual desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía cabizbajo:
--Desatad al señor,--dijo Javert,--y que nadie salga.
Dicho esto, se sentó soberanamente ante la mesa donde habían quedado la vela y el tintero, sacó papel sellado del bolsillo, y comenzó su sumario.
Cuando hubo escrito las primeras líneas, que no eran sino las fórmulas de siempre, levantó la vista:
--Haced que se acerque el caballero á quién estos señores habían atado.
Los agentes miraron en derredor.
--Y bien,--preguntó Javert,--¿dónde está?
El prisionero de los bandidos, el señor Leblanc, el señor Urbano Fabre, el padre de Úrsula ó de la Alondra, había desaparecido.
La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.
En cuanto se vió libre, y en tanto que Javert sumariaba, aprovechóse de la confusión, del tumulto, de la multitud, de la obscuridad, y de un momento en que la atención no estaba fija en él, para arrojarse por la ventana.
Un agente corrió á ella y miró. No se veía nadie afuera.
La escala de cuerda temblaba todavía.
--¡Diablo!--exclamó entre dientes Javert.--Éste debía ser el más listo.
XXII =El chiquillo que lloraba en la segunda parte=
Al día siguiente en que se verificaron estos acontecimientos en la casa del boulevard del Hospital, un muchacho, que parecía venir del lado del puente de Austerlitz, subía por la línea de la derecha en dirección á la barrera de Fontainebleau.
Era ya bien entrada la noche.
Aquel chico estaba pálido y flaco; iba vestido de harapos, con un pantalón de lienzo en el mes de febrero, y cantaba á grito pelado.
En la esquina de la calle de Petit-Banquier una vieja encorvada andaba buscando entre un montón de basura, á la luz del farol. El chico la empujó al pasar, y retrocedió enseguida, exclamando:
--¡Calle! ¡Y yo había tomado esto por un enorme, enormísimo perro!
Pronunció la palabra enormísimo con un ronquido gangoso y burlón, que solo con letras mayúsculas podría expresarse: ¡Un enorme, ENORMÍSIMO perro!
La vieja se enderezó furiosa.
--¡Desvergonzado!--murmuró.--¡Si no hubiera estado agachada, ya sé donde te hubiera dado con el pie!
El chico estaba ya bastante lejos.--¡Kiss! ¡Kiss!--gritó volviendo la cara;--ya veo que no me había engañado.
La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor del farol dió de lleno en su cara lívida, angulosa y arrugada, con patas de gallo que le bajaban casi hasta los ángulos de la boca. El cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Habríase dicho que era la máscara de la Decrepitud recortada por una luz nocturna.
El muchacho la contempló un momento.
--Señora,--dijo,--no es éste el género de belleza que me convendría.
Y prosiguió su camino, cantando:
El rey de loe zuecazos se marchaba á la caza, á la caza de cuervos...
Al acabar el tercer verso se interrumpió.
Había llegado delante del número 50-52, y encontrando la puerta cerrada, había comenzado á descargar sobre ella sendas patadas, patadas resonantes y heroicas, que revelaban más bien los zapatos de hombre que llevaba, que los pies de niño que tenía.
Entretanto, aquella misma vieja con quien había tropezado en la esquina de la calle de Petit Banquier, corría detrás de él, exclamando y prodigando gestos desmesurados.
--¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Santo Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están echando abajo la casa!
Las patadas continuaban.
La vieja gritaba á más no poder:
--¡Es así como se trata ahora á las casas!
De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.
--¡Cómo! ¿Eres tú, Satanás?
--¡Calle! Es la vieja,--dijo el muchacho.--Buenos días, Bourgonmucha. Vengo á ver á mis ascendientes.
La vieja respondió con una mueca del orden compuesto, admirable improvisación del odio, sacando partido de la caducidad y de la fealdad, que se perdió desgraciadamente en la obscuridad.
--No hay nadie, carátula.
--¡Bah!--replicó el chico.--¿Entonces dónde está mi padre?
--En la cárcel de la Fuerza.
--¡Calle! ¿Y mi madre?
--En la de San Lázaro.
--¡Bravo! ¿Y mis hermanas?
--En las Magdalenas.
El chico se rascó detrás de la oreja, y mirando á la tía Bougón, le dijo:
--¡Ah!...
Después giró sobre sus talones, y un momento después la vieja, que se había quedado en el umbral de la puerta, oyó que iba entonando con voz clara y tierna, perdiéndose entre los negros olmos que estremecía el cierzo del invierno:
El rey de los zuecazos Se marchaba á la caza, Á la caza de cuervos, Andando sobre zancas; Y por pasar entre ellas Dos sueldos le pagaban.
CUARTA PARTE EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO
LIBRO PRIMERO ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA
I =Bien cortado=
Los dos años que siguen inmediatamente á la revolución de julio 1831 y 1832, son uno de los momentos históricos más particulares y más notables. Estos dos años, en medio de los que los preceden y de los que les siguen, aparecen como dos montañas: tienen la grandeza revolucionaria; descúbrense en ellos precipicios. Las masas sociales, los mismos asientos del edificio de la civilización, el grupo sólido de los intereses sobrepuestos y adherentes, los perfiles seculares de la antigua formación francesa, aparecen y desaparecen á cada instante al través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las pasiones y de las teorías. Tales apariciones y desapariciones han sido calificadas de resistencia y movimiento. Á intervalos se ve brillar entre ellas la verdad, luz del alma humana.
Esta época notable está muy circunscrita, y principia á alejarse bastante de nosotros, para que puedan apreciarse desde ahora sus líneas principales.
Vamos á probarlo.
La Restauración había sido una de esas fases intermedias, difíciles de definir, en que se encuentra cansancio, zumbido, murmullos, sueño y tumulto; que no son más que la llegada de una gran nación á una etapa. Estas épocas son singulares, y engañan á los políticos que quieren explotarlas. Al principio, la nación no pide más que el reposo; no tiene más que sed de paz, ni más ambición que ser pequeña. Lo cual es la traducción de permanecer tranquila. Los grandes acontecimientos, las grandes casualidades, las grandes aventuras, los grandes hombres, á Dios gracias, se han visto tanto, que llega á fatigarnos. Hay ocasiones en que se daría á César por Prusias, y á Napoleón por el rey de Ivetot. «¡Qué buen reyezuelo era aquél!». Cuando se ha caminado desde el amanecer, cuando se ha andado una jornada larga y penosa, cuando se ha hecho la primera parada con Mirabeau, la segunda con Robespierre, y la tercera con Napoleón, se encuentra uno derrengado del todo, y cada cual pide su cama.
La fidelidad cansada, el heroísmo envejecido, las ambiciones satisfechas y las fortunas adquiridas, buscan, reclaman, imploran y solicitan, ¿qué? Un lugar de descanso. Y le tienen; toman posesión de la paz, de la tranquilidad, del ocio; y catadlos satisfechos. Entretanto, surgen ciertos hechos, se dan á conocer, y llaman á la puerta cada uno por su lado. Estos hechos salen de la revolución y de las guerras, y existen, viven, tienen el derecho de instalarse en la sociedad, y se instalan; y la mayor parte del tiempo los hechos son aposentadores y furrieles, que no hacen más que preparar la habitación á los principios.
He aquí entonces lo que se presenta á los filósofos políticos.
Al mismo tiempo que los hombres cansados piden el reposo, los hechos consumados piden garantías. Las garantías para los hechos son como el reposo para los hombres.
Es lo que Inglaterra pedía á los Estuardos después del Protectorado; lo que Francia pedía á los Borbones después del Imperio.
Estas garantías son una necesidad de los tiempos, y es preciso concederlas. Los príncipes las «otorgan», pero en realidad las da la fuerza de las cosas; verdad útil y profunda que ignoraron los Estuardos en 1662, y lo que los Borbones no entrevieron tampoco en 1814.
La familia predestinada que volvió á Francia cuando cayó Napoleón, tuvo la inocencia fatal de creer que era ella la que daba, y que lo que había dado lo podía volver á tomar; que la casa de Borbón poseía el derecho divino; que la Francia no poseía nada, y que el derecho político concedido en la Carta de Luis XVIII no era más que una rama del derecho divino, separada por la casa de Borbón, y concedida graciosamente al pueblo, hasta el día en que el rey quisiera recogerla de nuevo.
Sin embargo, la casa de Borbón podía haber conocido por el mismo disgusto que le causaba el otorgarle, que no procedía de ella esta concesión. Presentóse esquiva en el siglo XIX; puso mala cara á las expansiones de la nación; y para servirnos de una palabra trivial, es decir, popular y verdadera, regañó los dientes. El pueblo lo vió.
Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de ella como una decoración de teatro, sin conocer que ella había venido de la misma manera. No vió que estaba en las mismas manos que había quitado de allí á Napoleón.
Creyó que estaba arraigada en el pueblo, porque era lo pasado; y se engañaba. Era una parte de lo pasado; pero todo lo pasado era Francia. Las raíces de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino en la nación; aquellas raíces profundas no constituían el derecho de una familia, sino la historia de un pueblo, y estaban en todas partes, menos debajo del trono.
La casa de Borbón era para la Francia el nudo ilustre y sangriento de su historia; pero no el elemento principal de su destino, ni la base necesaria de su política. Podía pasar perfectamente sin los Borbones, como había ya pasado sin ellos veintidós años. Había habido una solución de continuidad, pero ellos lo dudaban. ¿Y cómo no habían de dudarlo ellos, que se figuraban que Luis XVII reinaba el 9 de termidor, y que Luis XVIII reinaba el día de Marengo? Nunca; desde el origen de la historia, había habido príncipes tan ciegos en presencia de los hechos y de la parte de la autoridad divina que esos hechos contienen y promulgan; nunca esa pretensión humana, que se llama el derecho de los reyes, había negado hasta tal punto el derecho de lo alto.
Error capital que condujo á esta familia á poner mano en las garantías «otorgadas» en 1814, en las concesiones, como ella las calificaba. ¡Triste cosa en verdad! ¡Llamar concesiones suyas á lo que eran nuestras conquistas; llamar usurpaciones á lo que eran nuestros derechos!
La Restauración, cuando le pareció llegada la hora, cuando se creyó victoriosa sobre Bonaparte, y arraigada en el país; es decir, cuando se imaginó fuerte y profunda, tomó bruscamente su partido, y se arriesgó á dar un golpe. Una mañana se levantó encarándose con Francia, y alzando la voz, disputó el título colectivo y el título individual; á la nación la soberanía, y al ciudadano la libertad. Ó en otros términos, negó á la nación lo que la hacía nación, y al ciudadano lo que le hacía ciudadano. Ésta es la esencia de esos actos célebres, que se llaman los Decretos de julio.
La Restauración cayó.
Y cayó con justicia, aunque debamos decir aquí que no fué absolutamente hostil á todas las formas del progreso. Hiciéronse grandes cosas, estando ella al lado.
Bajo la Restauración, la nación se había acostumbrado á discutir en calma, lo cual faltó en tiempo de la República; y á la grandeza en la paz, de lo cual careció durante el Imperio. El espectáculo de la Francia, libre y fuerte, había sido estímulo para los demás pueblos de Europa; la Revolución había tenido la palabra en tiempo de Robespierre, el cañón en tiempo de Bonaparte; pero en tiempo de Luis XVIII y Carlos X le llegó su turno á la palabra de la inteligencia.
Cesó el viento, y resplandeció nuevamente la antorcha; viéndose á la sazón brillar en las serenas alturas la luz del pensamiento. Espectáculo magnífico, útil y agradable.
Vióse trabajar durante quince años en plena paz, en medio de la plaza pública, á esos grandes principios, tan antiguos para el pensador y tan nuevos para el hombre de Estado: la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la prensa, la accesibilidad de todas las aptitudes á todos los empleos. Esto duró hasta 1830.
Los Borbones fueron un instrumento de civilización que se rompió en manos de la Providencia.
La caída de los Borbones resultó rodeada de grandeza, no por su parte, sino por la de la nación.
Dejaron el trono lleno de gravedad, pero desautorizado, su caída, en medio de la noche, no fué una de esas desapariciones solemnes que dejan una emoción sombría en las páginas de la historia; no fué ello ni la tranquilidad espectral de Carlos I, ni el grito de águila de Napoleón.
Se fueron; esto fué todo.
Depusieron la corona, y no conservaron la aureola. Fueron dignos, pero no augustos; faltaron hasta cierto punto á la majestad de su desgracia.
Carlos X, en el viaje de Cherburgo, haciendo cortar una mesa redonda para cuadrarla, pareció más cuidadoso de la etiqueta en peligro que de la ruinosa monarquía. Esta pequeñez entristeció á los hombres fieles que amaban sus personas, y á los hombres graves que honraban su raza.
El pueblo estuvo admirable; la nación, atacada una mañana á mano armada por una especie de insurrección real, se sintió tan poderosa, que no tuvo ni siquiera cólera; se defendió, y se contuvo; volviendo sencillamente las cosas en su lugar; el gobierno á la ley, y los Borbones al destierro; pero ¡ah! se detuvo.
Tomó al viejo rey Carlos X debajo del dosel que había cobijado á Luis XIV, y le dejó en tierra suavemente; no tocó á las personas reales, sino con tristeza y precaución.
Esto no lo hizo un hombre, no lo hicieron algunos hombres; lo hizo Francia, la Francia entera, la Francia victoriosa y embriagada con su victoria, que parecía recordar, y que practicó á los ojos del mundo entero estas graves palabras de Guillermo Du Vair, después de la jornada de las barricadas:
«Es muy propio de los que se han acostumbrado á desflorar los favores de los grandes, saltando como los pájaros de rama en rama, de una situación aflictiva á otra floreciente, manifestarse insolentes contra su príncipe en la adversidad; pero por mi parte, la suerte de mis reyes será siempre venerable, y principalmente la de los afligidos».
Los Borbones se llevaron el respeto, pero no el sentimiento. Como hemos dicho, su desgracia fué más grande que ellos. Desvaneciéronse en el horizonte.
La revolución de julio tuvo inmediatamente amigos y enemigos en el mundo entero. Los unos se precipitaron hacia ella entusiasmados y alegres, los otros le volvieron la espalda, cada cual según su naturaleza.
Los príncipes de Europa, en el primer momento, como búhos de aquella aurora, cerraron los ojos, heridos y estupefactos, y no los abrieron sino para amenazar: temor que se comprende; cólera que se disculpa.
Aquella extraña revolución apenas había sido un choque; no había hecho al realismo vencido ni siquiera el honor de tratarle como enemigo y verter su sangre.
Á los ojos de los gobiernos despóticos, siempre interesados en que la libertad se calumnie á sí misma, la revolución de julio había cometido la falta de presentarse formidable y ser benévola.
Por lo demás, nada se intentó ni maquinó contra ella. Los más descontentos, los más irritados, los que más se estremecieron, la saludaban.
Sean lo que fueren nuestro egoísmo y nuestros rencores, siempre sale un respeto misterioso de los sucesos, en que se descubre la colaboración de alguien que trabaja más alto que el hombre.
La revolución de julio es el triunfo del derecho derrocando el hecho; un algo lleno de esplendor.
El derecho derrocando el hecho. De ahí el éxito de la revolución de 1830, y de ahí también su benevolencia. El derecho que triunfa no tiene ninguna necesidad de ser violento.
El derecho es lo justo y lo verdadero.
Lo propio del derecho es permanecer constantemente hermoso y puro. El hecho, aún el más necesario en apariencia, aún el mejor aceptado por los contemporáneos, si no existe más que como hecho, si no contiene en sí más que poquísimo ó nada de derecho, está destinado infaliblemente á ser, con el tiempo, deforme, inmundo, y tal vez monstruoso.
Si se quiere conocer de una mirada hasta qué grado de miseria puede llegar el hecho, visto á la distancia de los siglos, mírese á Maquiavelo.
Maquiavelo no es el genio del mal, ni es un demonio, ni un escritor cobarde y miserable; no es más que el hecho; y no es solamente el hecho italiano, es el hecho europeo, el hecho del siglo XVI. Parece horrible, y lo es realmente, comparado con la idea moral del siglo XIX.
Esta lucha del derecho y del hecho, existe desde el origen de las sociedades. Terminar el duelo, amalgamar la idea pura con la realidad humana, introducir pacíficamente el derecho en el hecho, y el hecho en el derecho, he aquí el trabajo de los sabios.
II =Mal cosido=
Pero el trabajo de los sabios es uno, y otro el de los hábiles. La revolución de 1830 se detuvo muy pronto.
En cuanto se calma la tempestad revolucionaria, los hábiles se apoderan del buque.
Los hábiles, en nuestro siglo, se han concedido á sí mismos el calificativo de hombres de Estado; si bien esta palabra «hombre de Estado» ha acabado por tener algo de germanía. No se olvide, que allí donde no hay más que habilidad, hay necesariamente pequeñez.
Decir los «hábiles», equivale á decir: «las medianías».
Del mismo modo que decir: «los hombres de Estado», equivale algunas veces á decir: «los traidores».
Á creer, pues, á los hábiles, las revoluciones, como la de julio, son arterias cortadas, y es preciso hacer pronto la ligadura.
El derecho, proclamado en toda su grandeza, estremece; y una vez afirmado el derecho, es necesario afirmar el Estado. Asegurada la libertad, es preciso pensar en el poder.
En esto, los sabios no se separan aún de los hábiles, pero principian á desconfiar. El poder, sea; pero ante todo, ¿qué es el poder? Y luego, ¡de dónde procede!
Los hábiles aparentan no comprender esta objeción, y prosiguen su maniobra.
Según estos políticos ingeniosos, para cubrir las ficciones utilizables con una máscara de necesidad, lo que primero hace falta á un pueblo, después de una revolución, cuando este pueblo forma parte de un continente monárquico, es proporcionarse una dinastía. De este modo, dicen, puede tener la paz después de su revolución; es decir, el tiempo necesario á curar sus heridas y reparar su casa.
La dinastía oculta el andamiaje, y cubre los hospitales de sangre.
Pero no siempre es fácil encontrar una dinastía.
En rigor, basta el primer hombre de genio, ó el primer hombre de fortuna, para hacer de él un rey. En el primer caso, resulta un Bonaparte; en el segundo, un Itúrbide.
Más para hacer una dinastía no basta una familia cualquiera. Debe haber necesariamente cierta cantidad de antigüedad en una raza; y las arrugas de los siglos no se improvisan.
Colocándonos bajo el punto de vista de los «hombres de Estado», hechas todas las reservas convenientes, preguntamos: después de una revolución, ¿cuáles son las cualidades del rey que de ella sale?...