Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 11

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Puede ser, y es útil que sea revolucionario, es decir, partícipe personal de esta revolución, por haber puesto en ella la mano, ó haberse comprometido ó distinguido en ella, ó haber tocado el hacha ó manejado la espada.

¿Cuáles son las cualidades de una dinastía?...

Debe ser nacional, es decir, revolucionaria á cierta distancia; no por sus actos consumados, sino por las ideas aceptadas; debe componerse de lo pasado, y ser histórica; componerse del porvenir, y ser simpática.

Todo esto explica porqué las primeras revoluciones se contentan con encontrar un hombre, llámese Cromwell ó Napoleón; y porqué las segundas quieren, absolutamente, encontrar una familia, la casa de Brunswick ó la casa de Orléans.

Las familias reales se asemejan á esas higueras de la India, cuyas ramas se encorvan hasta la tierra, echan raíces, y se convierten en nuevos troncos. Cada rama puede ser una dinastía; con la única condición de bajarse hasta el pueblo.

Tal es la teoría de los hábiles.

He aquí, pues, el arte sublime: hacer que un acontecimiento suene algo á catástrofe, para que los que se aprovechen de él tiemblen; sazonar con un poco de miedo un paso de hecho; aumentar la curva de la transición hasta el retardamiento del progreso; endulzar la obra; denunciar y apartar las molestias del entusiasmo; cortar los ángulos y las uñas; acolchar el triunfo, arropar el derecho; envolver al gigante pueblo con mantillas de bayeta y acostarle presto; imponer dieta á ese exceso de salud; tratar á Hércules como convaleciente; diluir el acontecimiento en el expediente; ofrecer á los ánimos sedientos del ideal ese néctar aguado con tisana; tomar sus precauciones contra el éxito demasiado grande: tapar la revolución con una pantalla.

En 1830 se practicó esta teoría, aplicada ya en Inglaterra en 1688.

La de 1830 fué una revolución detenida á media cuesta; progreso á medias; casi derecho. Pero la lógica ignora el casi, absolutamente lo mismo que el sol ignora que haya velas.

¿Y quién detiene la revolución en mitad de la pendiente? La burguesía.

¿Por qué?

Porque la burguesía es el interés satisfecho; ayer era el apetito, hoy es la plenitud, mañana será la saciedad.

El fenómeno de 1814, después de Napoleón, se reprodujo en 1830, después de Carlos X.

Se ha querido equivocadamente hacer de la burguesía una clase. La burguesía es buenamente la parte satisfecha del pueblo. El burgués es el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una casta.

Mas por querer sentarse demasiado pronto se puede detener la marcha del género humano; y ésta ha sido casi siempre la falta de la burguesía.

No constituye una clase el cometer una falta. El egoísmo no es ninguna de las divisiones del orden social.

Por lo demás, debemos ser justos, aun con el egoísmo; el estado á que aspiraba, después de la conmoción de 1830, esa parte de la nación que se llama burguesía, no era la inercia, que se complica con la indiferencia y la pereza, y que es algo vergonzosa; no era la somnolencia, que supone un olvido momentáneo, accesible á los ensueños: era un alto.

Hacer alto es una frase que tiene un doble sentido singular, y casi contradictorio; tropa en marcha, quiere decir movimiento; alto, quiere decir reposo.

Hacer alto es reparar las fuerzas; es el reposo armado y despierto; es el hecho consumado que pone centinelas y se mantiene en guardia. El alto supone combate ayer, y combate mañana.

Éste es el intermedio de 1830 á 1848.

Lo que aquí llamamos combate puede también llamarse progreso.

Necesitaba, pues, la burguesía, como los hombres de Estado, un hombre que representase esta palabra: ¡Alto! Un Sin embargo, un Por qué, una individualidad compuesta que significase revolución y estabilidad; ó en otros términos, afianzamiento del presente por medio de la compatibilidad evidente del pasado con el porvenir.

Este hombre «se encontró fácilmente». Llamábase Luis Felipe de Orléans.

Los 221 hicieron rey á Luis Felipe; Laffayette se encargó de la consagración, llamando á la nueva monarquía _la mejor de las repúblicas_. La casa Ayuntamiento de París reemplazó á la catedral de Reims.

Esta sustitución de un medio trono á un trono completo, fué la «obra de 1830».

Cuando los hábiles hubieron concluido, apareció el vicio inmenso de su solución: todo se había hecho fuera del derecho absoluto.

El derecho absoluto gritó: ¡Protesto! Y después, y esto fué lo más formidable, se volvió á la sombra.

III =Luis Felipe=

Las revoluciones tienen el brazo terrible y la mano buena; pegan firme y escogen bien. Aun incompletas, aún bastardeadas y prematuras, aún sofocadas y reducidas al estado de revolución menor de edad; como la revolución de 1830, les queda casi siempre bastante lucidez providencial para no caer mal.

Su eclipse no es nunca abdicación.

Sin embargo, no nos envanezcamos demasiado; las revoluciones se engañan también, y se han visto grandes equivocaciones.

Volvamos á 1830. 1830 en medio de su extravío tuvo acierto. En el establecimiento, que se llamó orden después de la revolución, detenida de súbito, el rey valía más que el realismo. Luis Felipe era un hombre raro.

Hijo de un hombre, á quien la historia juzgará seguramente con circunstancias atenuantes, y tan digno de aprecio, como lo fué su padre de censura, tenía todas las virtudes privadas, y algunas públicas; era cuidadoso de su salud, de sus bienes, de su persona y de sus negocios.

Conocía el valor de un minuto, y no siempre el de un año; sobrio, sereno, pacífico, sufrido; buen hombre y buen príncipe.

Dormía con su mujer, y tenía en su palacio lacayos encargados de enseñar el lecho conyugal á los burgueses; había alhajado su alcoba con un lujo regular, útil después de las antiguas ostentaciones ilegítimas de la rama principal.

Poseía todas las lenguas de Europa, y lo que es más notable, sabía y hablaba el idioma de todos los intereses; admirable representante de la «clase media»; pero siempre superior á ella, y más avanzado que ella.

Tenía el singular talento, sin dejar de apreciar la sangre de su familia, de medirse por su valor intrínseco; y en cuanto á la cuestión de raza, declararse Orléans y no Borbón, primer príncipe de la sangre, mientras no había sido más que alteza serenísima; pero hombre campechano desde el día en que fué majestad.

Difuso en público, conciso en la intimidad; avaro señalado pero no probado; económico en el fondo pero fácilmente pródigo con relación á su fantasía ó su deber; literato, poco sensible á las letras; hidalgo, pero no caballeresco; sencillo, sereno y fuerte; adorado de su familia y de su casa; de conversación seductora; hombre de Estado desengañado; frío interiormente, dominado por el interés inmediato; gobernando siempre lo más preciso; incapaz de rencor ni de agradecimiento; gastando sin compasión los talentos superiores en cosas medianas; hábil en quitar la razón, por medio de las mayorías parlamentarias, á esas unanimidades misteriosas que murmuran sordamente bajo los tronos; expansivo y, á veces, imprudente en su expansión, pero de maravillosa destreza en esta imprudencia; fecundo en expedientes, en fisonomías, en máscaras; dando miedo á la Francia con Europa, y á la Europa con Francia.

Amante seguramente de su país, pero mucho más de su familia.

Apreciando más la dominación que la autoridad, y la autoridad más que la dignidad; disposición que tiene algo de funesta, porque dirigiéndose únicamente al éxito, admite la astucia y no repudia absolutamente la bajeza; pero que tiene también algo de útil, porque preserva á la política de los choques violentos, al Estado de las rupturas, y á la sociedad de las catástrofes.

Minucioso, correcto, vigilante, atento, sagaz, infatigable; contradiciéndose alguna vez y desmintiéndose otras; arrogante contra el Austria en Ancona; tenaz contra Inglaterra en España; bombardeando á Amberes, y pagando á Pritchard; cantando con convicción la Marsellesa; inaccesible al abatimiento, al cansancio, al gusto de lo bello y de lo ideal, á las generosidades temerarias, á la utopía, á la quimera, á la cólera, á la vanidad y al temor.

Poseyendo todas las formas de la intrepidez personal; como general en Valmy, como soldado en Jemmapes; probado ocho veces por el regicidio, y siempre sonriente; valiente como un granadero, animoso como un pensador; inquieto solamente ante las eventualidades de una conmoción europea, é incapaz para las grandes aventuras políticas; siempre dispuesto á arriesgar su vida, pero jamás su obra; disfrazando su voluntad con la influencia, á fin de ser obedecido, antes que como rey como inteligencia; dotado de observación, y no de adivinación; parándose poco en los talentos, pero conocedor de los hombres, es decir, necesitando ver para juzgar; buen sentido, pronto y penetrante; sabiduría práctica, palabra fácil, memoria prodigiosa; haciendo uso constante de esta memoria: su único rasgo de semejanza con César, Alejandro y Napoleón.

Sabiendo los hechos, los pormenores, las fechas, los nombres propios, é ignorando las tendencias, las pasiones, los talentos diversos de la multitud, las aspiraciones interiores, los levantamientos ocultos y oscuros de las almas; en una palabra, todo lo que podría llamarse las corrientes invisibles de las conciencias. Aceptado superficialmente, pero poco acorde con la Francia inferior; saliendo adelante con su habilidad, gobernando demasiado y no reinando bastante, siendo él su propio primer ministro; excelente para hacer de la pequeñez de las realidades un obstáculo á la inmensidad de las ideas; mezclando con una verdadera facultad creadora de civilización, de orden y de organización, cierto extraño espíritu de procedimientos quisquillosos; fundador y procurador de una dinastía; teniendo algo de Carlomagno, y algo de abogado. En suma, grande y original figura: príncipe que supo consolidar el poder, á pesar de las inquietudes de la Francia, adquiriendo fuerza exterior á pesar de los recelos de Europa.

Luis Felipe será calificado como una de las eminencias de su siglo; y sería colocado entre los gobernantes más ilustres de la historia, si hubiese amado un poco la gloria, y hubiese tenido el sentimiento de lo grande, como tenía el sentimiento de lo útil.

Luis Felipe había tenido muy buena figura; y viejo ya, era todavía gracioso; no siempre había sido bien acogido por la Francia, pero lo había sido por la multitud; agradaba porque tenía el don de seducir.

Su majestad no se le adaptaba; era rey, y no llevaba la corona; era anciano, y no tenía el cabello blanco.

Sus modales eran del antiguo régimen, y sus costumbres del moderno; mezcla de noble y de burgués que convenía á 1830.

Luis Felipe era la transición reinante; había conservado la antigua pronunciación y la ortografía antigua, poniéndolas al servicio de las opiniones modernas.

Amaba la Polonia y la Hungría; pero escribía _los polacos_ (_polonais_), y pronunciaba _los húngaros_ (_hongrois_).

Vestía el uniforme de la guardia nacional, como Carlos X, y llevaba el cordón de la Legión de Honor, como Napoleón.

Iba poco á la iglesia; nunca de caza; jamás á la ópera. Incorruptible á los sacristanes, á los monteros y las bailarinas; lo cual contribuía algo á su popularidad menestral.

No tenía la menor corte.

Salía con su paraguas bajo el brazo; paraguas que ha formado por mucho tiempo parte de su aureola.

Entendía algo de albañilería, un poco de jardinería y no ignoraba del todo la medicina; sangró á un postillón que se cayó del caballo: porque Luis Felipe no iba nunca sin lanceta, como no iba nunca Enrique III sin su puñal.

Los realistas se reían de este rey ridículo, el primero que ha derramado sangre para curar.

Entre los cargos de la historia contra Luis Felipe, hay algo que descontar. El que acusa al realismo, el que acusa al reinado y el que acusa al rey, tres columnas diversas que dan cada una su total diferente.

El derecho democrático confiscado; el progreso mirado como un interés secundario; las protestas de la calle reprimidas violentamente; la ejecución militar de las insurrecciones; el motín pasado por las armas; la calle Transnonain, los Consejos de guerra, la absorción del país natural por el país ficticiamente legal; el gobierno de cuenta y mitad con trescientos mil privilegiados: representan el hecho del realismo.

La Bélgica rechazada; la Argelia rudamente conquistada como la India por los ingleses, con mayor suma de barbarie que de civilización; la falta de fe con Abd el Kader; Blaye, Deutz comprados, Pritchard pagado: son el hecho del reinado.

Y la política, más de familia que nacional, es el hecho del rey.

Como se ve, deducido el descuento, disminuye el cargo del rey.

Su gran falta fué ésta: Haber sido modesto en nombre de Francia.

¿De dónde provino esta falta?

Vamos á decirlo.

Luis Felipe fué un rey demasiado padre; y esta incubación de una familia que quiere hacerse dinástica, tiene miedo de todo, y no quiere aventurarse mucho; de ahí la timidez excesiva é importuna al pueblo que cuenta un 14 de julio en su tradición civil, y un Austerlitz en su tradición militar.

Por lo demás, si prescindimos de los deberes públicos que exigen el primer lugar, la profunda ternura de Luis Felipe hacia su familia, la familia se la merecía.

Aquel grupo doméstico era admirable; las virtudes se hermanaban con el talento.

Una de las hijas de Luis Felipe, María de Orléans, introducía el nombre de su raza entre los artistas, como Carlos de Orléans lo había inscrito entre los poetas. Habiendo ella hecho de su alma un mármol, al cual había llamado Juana de Arco.

Dos de los hijos de Luis Felipe habían arrancado á Metternich este elogio demagógico: _Son jóvenes como se ven pocos, y príncipes como no se ven_.

He ahí, sin disimular ni agravar la verdad sobre Luis Felipe.

Ser el príncipe _igualdad_, encarnar la contradicción de la Restauración y de la Revolución; tener la parte inquieta del revolucionario que se convierte en confiada en el gobernante; fué ésta la fortuna de Luis Felipe en 1830. Jamás hubo una adaptación más completa entre un hombre y un acontecimiento. Penetró el uno en el otro, y resultó la encarnación.

Luis Felipe en 1830 hecho hombre.

Además, tenía una gran circunstancia para el trono, el destierro. Había estado proscrito, errante, pobre; había vivido de su trabajo.

En Suiza, aquel heredero de los dominios más ricos de Francia, había tenido que vender un caballo para comer. En Reichenau había dado lecciones de matemáticas, mientras su hermana Adelaida bordaba y cosía.

Estos recuerdos, unidos á un rey, entusiasmaban á los menestrales.

Había demolido por su mano la última jaula de hierro del monte de San Miguel, construida por Luis XI, y utilizada por Luis XV.

Era compañero de Dumouriez, y amigo de Laffayette.

Había pertenecido al club de los jacobinos.

Mirabeau le había dado golpecitos familiares en el hombro.

Dantón le había dicho: ¡Hola, joven!

Á los veinticuatro años, en 1793, siendo duque de Chartres, había asistido desde el fondo de una obscura tribuna de la Convención al proceso de Luis XVI, tan bien calificado con el nombre de _aquel pobre tirano_.

La ciega previsión de la Revolución, rompiendo la majestad en el rey, y el rey con la majestad, sin echar de ver siquiera al hombre en la feroz destrucción de la idea; la vasta tempestad de la asamblea tribunal, la cólera pública interrogando. Capeto no sabiendo qué responder, la terrible vacilación estupefacta de aquella cabeza real bajo aquel álito sombrío, la inocencia relativa de todos en aquella catástrofe, así de los que condenaban como de aquel que era condenado. Luis Felipe había visto todo aquello, había contemplado aquellos vértigos; había visto comparecer los siglos á la barra de la Convención; había visto, detrás de Luis XVI, infortunado transeúnte responsable, alzarse en las tinieblas á la formidable acusada, la monarquía; y habíasele quedado en el alma el espanto respetuoso de aquellas inmensas justicias del pueblo, casi tan impersonales como la justicia de Dios.

La huella que en él había dejado la Revolución era prodigiosa. Su recuerdo era como una marea viviente de aquellos grandes años, punto por punto.

Un día, ante un testigo de que nos es imposible dudar, rectificó de memoria toda la letra A de la lista alfabética de la Asamblea constituyente.

Luis Felipe fué un rey en plena luz.

En su reinado, la prensa fué libre, la tribuna libre, la conciencia y la palabra libres. Las leyes de septiembre eran transparentes.

Conociendo como conocía el poder roedor de la luz sobre los privilegios, dejó su trono expuesto á la luz. La historia le tendrá en cuenta esta lealtad.

Luis Felipe, como todos los hombres históricos que han salido ya de la escena, está sujeto al juicio de la conciencia humana; su proceso está aún en primera instancia.

Aún no ha sonado para él la hora en que la historia habla con acento venerable y libre; aún no ha llegado el momento de pronunciar sobre este rey el juicio definitivo; hasta el austero é ilustre historiador Luis Blanc ha modificado hoy su primer veredicto.

Luis Felipe fué el elegido de esos dos _oasis_ que se llaman 221 y 1830; es decir, de un casi parlamento, y de una casi revolución; y en todo caso, desde el punto de vista superior en que debe colocarse la filosofía, no podríamos juzgarle aquí, como se ha podido descubrir en lo que llevamos dicho, sino con ciertas reservas en nombre del principio democrático absoluto.

Á los ojos de lo absoluto, fuera de los dos derechos, el del hombre primero y el del pueblo después, todo es usurpación.

Pero hechas estas reservas, lo que podemos desde ahora decir es que, en resumen y de cualquier manera que se le considere, Luis Felipe, examinado en sí mismo y bajo el punto de vista de la bondad humana, será, sirviéndonos del lenguaje de la historia antigua, uno de los mejores príncipes que se han sentado en el trono.

¿Qué tiene, pues, contra sí? El mismo trono.

Quitad de Luis Felipe el rey, dejando el hombre, y el hombre es bueno; bueno, algunas veces, hasta admirable.

Con frecuencia, en medio de los más graves cuidados después de un día de lucha contra toda la diplomacia del continente, volvía por la noche á su cuarto, y allí, abatido por el cansancio, rendido por el sueño, ¿qué hacía? Tomaba un proceso, y pasaba la noche revisando una causa criminal, creyendo que era algo hacer frente á la Europa, pero que era asunto más importante todavía arrancar un hombre al verdugo.

Disputaba con el ministro de Justicia; defendía palmo á palmo el terreno de la guillotina contra los procuradores generales, _esos charlatanes de la ley_, como él les llamaba.

Algunas veces, un montón de procesos cubría su mesa; los examinaba todos, porque era angustioso para él abandonar aquellas pobres cabezas condenadas.

Un día decía al mismo testigo que hemos citado hace poco: _Esta noche hemos ganado siete_.

En los primeros años de su reinado, estuvo como suprimida la pena de muerte; y la elevación del cadalso fué como una violencia hecha al rey.

Habiendo desaparecido la plaza de Grève, en que se ajusticiaba en tiempo de la rama primogénita, se instituyó una Grève ciudadana, bajo el nombre de Barrera de Santiago; los «hombres prácticos» conocieron la necesidad de una guillotina casi legítima; y en esto fué donde obtuvo una de sus victorias Casimiro Perier, que representaba la parte mezquina de la clase media, contra Luis Felipe, que representaba la parte liberal.

Luis Felipe había anotado por su mano á Beccaria; y escribía después del atentado de Fieschi: _¡Qué lástima que yo no haya sido herido! Hubiera podido perdonar_.

Otra vez, aludiendo á la resistencia de sus ministros, escribía á propósito de un condenado político, que es una de las más generosas figuras de nuestro tiempo: _Su perdón está concedido, no me falta más que obtenerlo_.

Luis Felipe era afable como Luis IX, y bueno como Enrique IV.

Ahora bien, para nosotros, en la historia, donde la bondad es una perla rara, el que ha sido bueno, pasa casi antes que el que ha sido grande.

Habiendo sido Luis Felipe juzgado severamente por los unos, y duramente tal vez por los otros, es muy natural que un hombre que es hoy también un fantasma, y que ha conocido á este rey, venga á deponer en su favor ante la historia; esta declaración, cualquiera que sea, es evidente, y sobre todo desinteresada; un epitafio escrito por un muerto es sincero; una sombra puede consolar á otra sombra; la participación de las mismas tinieblas da el derecho de alabanza, y no es de temer que se diga nunca de dos tumbas en el destierro: «Ésta ha adulado á aquélla».

IV =Grietas en la base=

En el momento en que el drama que vamos narrando va á penetrar en el espesor de una de las nubes trágicas que cubren los principios del reinado de Luis Felipe, no es necesario equívoco alguno, y es preciso que este libro dé explicaciones acerca de aquel rey.

Luis Felipe había adquirido la autoridad real sin violencia, sin acción directa por su parte, por un giro revolucionario, evidentemente muy distinto del verdadero fin de la revolución, pero en el cual el duque de Orléans no había tenido ninguna iniciativa personal.

Había nacido príncipe, y se creía elegido rey.

No se dió á sí mismo este poder, no lo tomó; se le ofrecieron, y lo aceptó; convencido, equivocadamente, es cierto, pero convencido de todos modos, de que el ofrecimiento era conforme á derecho, y de que la aceptación era un deber. De ahí nació una posesión de buena fe.

Pues bien: debemos decir en conciencia, que estando Luis Felipe de buena fe en su posesión, y la democracia de buena fe en su ataque, la cantidad de espanto que se desprende de las luchas sociales no recae sobre el rey ni sobre la democracia.

El choque de principios se parece al choque de elementos.

El océano defiende al agua; el huracán defiende al viento; el rey defiende la dignidad real; la democracia defiende al pueblo; la monarquía, que es lo relativo, resiste á lo absoluto, que es el pueblo; la sociedad vierte sangre en este conflicto; pero lo que es hoy sufrimiento será salud mañana y, en todo caso, no debe culparse á los que luchan; uno de los dos partidos se equivoca evidentemente, porque el derecho no está, como el coloso de Rodas, sobre dos riberas á la vez, con un pie en el pueblo y otro en el trono; es indivisible, está todo de una parte; pero los que se engañan, se engañan sinceramente; un ciego no es un culpable, como un vendeano no es un bandido.

No imputemos, pues, más que á la fatalidad de las cosas, estas colisiones terribles.

Cualesquiera que sean estas tempestades, siempre está entre ellas la irresponsabilidad humana.

Acabemos esta explicación.

El gobierno de 1830 tuvo desde el principio una vida difícil. Nació ayer, y tuvo que combatir hoy.

Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos de tracción el aparato de julio, tan recientemente armado, y tan poco sólido.

La resistencia nació al día siguiente; quizá había nacido ya á la víspera.

Cada mes crecía la hostilidad; y de sorda se trocó en patente.

La revolución de julio, poco aceptada fuera de Francia por los reyes, había sido interpretada en Francia diversamente, como hemos dicho.

Dios manifiesta á los hombres sus voluntades visibles en los acontecimientos, texto obscuro escrito en una lengua misteriosa.

Los hombres le traducen enseguida, y hacen traducciones apresuradas; incorrectas, llenas de faltas, de vacíos y de contrasentidos.

Son escasísimas las inteligencias que comprenden la lengua divina.

Las más sagaces, las más serenas, las más profundas descifran lentamente, y cuando llegan con su texto, todo se ha verificado hace tiempo; hay ya veinte traducciones en la plaza pública.

De cada traducción nace un partido; de cada contrasentido una facción; y cada partido cree tener el único texto verdadero, y cada facción cree poseer la luz.

Frecuentemente el poder mismo es una facción.

Hay en las revoluciones nadadores contra la corriente; son los partidos viejos.