Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 12
Por aquéllos de éstos que se refieren al derecho hereditario por la gracia de Dios, se cree que habiendo nacido las revoluciones del derecho de insurrección, tienen también el derecho de rebelión. Esto es un error, porque en las revoluciones, el insurrecto no es el pueblo; es el rey. Revolución es precisamente lo contrario de insurrección.
Siendo, toda revolución, el cumplimiento de una función normal, contiene en sí su legitimidad; legitimidad que algunas veces deshonran los falsos revolucionarios; pero que persiste, aún deshonrada; que sobrevive, aún ensangrentada.
Las revoluciones surgen, no de un accidente, sino de la necesidad. Una revolución es la vuelta de lo ficticio á lo real; existe, porque debe existir.
Los antiguos partidos legitimistas no por eso dejaron de atacar la revolución de 1830 con todas las violencias que brotan del falso raciocinio.
Los errores son excelentes proyectiles.
Hiriéronla diestramente por donde era vulnerable; en el vacío de su coraza, en su falta de lógica; atacaban á la revolución en su majestad real, y gritaban: «Si eres Revolución, ¿por qué tienes rey?». Las facciones son ciegos que apuntan en lo cierto.
Los republicanos daban este mismo grito; pero en ellos era lógico.
Lo que era ceguedad para los legitimistas, era lucidez en los demócratas.
La revolución de 1830 había hecho bancarrota para el pueblo, y la democracia indignada se lo echaba en cara.
Entre el ataque del pasado y el ataque del porvenir, rebatíase el establecimiento de julio.
Representaba al momento, luchando por un lado con los siglos monárquicos y por otro con el derecho eterno.
Además, con respecto al exterior, no siendo ya revolución, y trocándose en monarquía, 1830 se veía obligado á seguir el paso de Europa. Debía, pues, conservar la paz, y esto aumentaba la complicación. Una armonía deseada contra el sentido natural, es muchas veces más onerosa que una guerra.
De este sordo conflicto, siempre amordazado, pero gruñendo siempre, nació la paz armada, ese ruinoso expediente de la civilización, recelosa de sí misma.
La monarquía de julio, á pesar de ser monarquía, se encabritaba enganchada entre los arreos de los gabinetes europeos.
Metternich le hubiera echado de buena gana las correas. Impulsada en Francia por el progreso, impulsaba en Europa á las monarquías retrógradas; siendo remolcada, remolcaba.
Entretanto, en el interior, pauperismo, proletariado, salario, educación, penalidad, prostitución, suerte de la mujer, riqueza, miseria, producción, consumo, repartición, cambio, moneda, crédito, derecho del capital, derecho del trabajo, todas estas cuestiones se multiplicaban sobre la superficie de la sociedad; terrible gravamen.
Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos, se manifestaba un nuevo movimiento.
Á la fermentación democrática respondía la fermentación filosófica. La parte más culta estaba conmovida como la turba; de otra manera, pero tanto.
Los pensadores meditaban, mientras que el suelo, es decir, el pueblo, atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba á sus pies por no sé qué vagas sacudidas epilépticas.
Estos pensadores, aislados unos, otros reunidos en familias y casi en comunión, removían las cuestiones sociales, pacífica, pero profundamente; mineros impasibles, que abrían tranquilamente sus galerías en las profundidades de un volcán, distraídas apenas por las sordas conmociones y los fuegos lejanos que se entreveían.
Aquella tranquilidad no era por cierto uno de los peores espectáculos de aquella época agitada.
Aquellos hombres dejaban á los partidos políticos la cuestión de los derechos, ocupándose de la cuestión de la felicidad.
El bienestar del hombre: he aquí lo que pretendían extraer de la sociedad.
Llevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de industria y de comercio, casi hasta la dignidad de una religión.
En la civilización, tal como se va produciendo, un poco por Dios y un mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se amalgaman hasta formar una verdadera roca dura, según una ley dinámica pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la política.
Aquellos hombres que se ocupaban bajo distintos nombres, pero que puede uno designarlos á todos con el título genérico de socialistas, trataban de horadar esta roca y hacer salir de ella el agua viva de la felicidad humana.
Desde la cuestión del patíbulo, hasta la cuestión de la guerra, sus trabajos lo abrazaban todo. Al derecho del hombre proclamado por la revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del niño.
Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí á fondo bajo el punto de vista teórico las cuestiones promovidas por el socialismo. Nos limitamos á indicarlas.
Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden reducirse á dos problemas principales.
Primer problema:
Producir la riqueza.
Segundo problema:
Repartirla.
El primer problema importa la cuestión del trabajo.
El segundo, la cuestión del salario.
En el primer problema se trata del empleo de las fuerzas.
En el segundo, de la distribución de los goces.
Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.
De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.
Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.
De estas dos cosas combinadas, poder público en el exterior y felicidad individual en el interior, nace la prosperidad social.
Prosperidad social, esto quiere decir: el hombre dichoso, el ciudadano libre, la nación grande.
Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que sólo es completa por un lado, la lleva fatalmente á estos dos extremos; opulencia monstruosa, miseria monstruosa. Todos los goces para algunos; todas las privaciones para los demás: es decir, para el pueblo; el privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo nacen del trabajo mismo.
Situación falsa y resbaladiza que asienta el poder público sobre la miseria particular, y que arraiga la grandeza del Estado en los padecimientos del individuo.
Grandeza mal compuesta en que se combinan todos los elementos materiales, y en la cual no entra ningún elemento moral.
El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Pero se engañan.
Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición de carnicero, que mata lo que reparte.
Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: Matar la riqueza, no es repartirla.
Ambos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos; las dos soluciones deben estar combinadas de manera que formen una sola.
No resolviendo más que el primer problema, seréis Venecia, ó seréis Inglaterra; tendréis, como Venecia, un poder artificial, ó como Inglaterra, un poder material; tendréis el mal del rico, y moriréis por la vía del hecho, como ha muerto Venecia, ó por la bancarrota, como caerá Inglaterra.
Y el mundo os dejará morir y caer; porque el mundo deja caer y morir todo lo que no es más que egoísmo, todo lo que no representa para el género humano una virtud ó una idea.
Entiéndase bien que con las palabras Venecia é Inglaterra, designamos, no los pueblos, sino las construcciones sociales, la oligarquía sobrepuesta á la nación, y no la nación misma.
Las naciones tienen siempre nuestro respeto y nuestra simpatía. Venecia como pueblo, renacerá; Inglaterra como aristocracia, caerá; pero Inglaterra como nación es inmortal.
Dicho esto, prosigamos.
Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre; suprimid la miseria; poned término á la explotación del débil por el fuerte; poned freno á los inicuos celos del que está en camino contra el que ya ha llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el desarrollo de la infancia, y haced de la ciencia la base de la virilidad; desarrollad las inteligencias ocupando al mismo tiempo los brazos; sed á la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices; democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de manera que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir la riqueza y sabed repartirla, y tendréis entonces reunidas la grandeza material y la grandeza moral, y entonces seréis dignos de llamaros Francia.
He aquí lo que, fuera y por encima de algunas sectas que se extraviaban, decía el socialismo: eso era lo que buscaba en los hechos, lo que bosquejaba en los espíritus.
¡Esfuerzos admirables! ¡Tentativas sagradas!
Estas doctrinas, estas teorías, estas resistencias, la necesidad inesperada para el hombre de Estado de contar con los filósofos, confusas evidencias vislumbradas, una política nueva que crear, de acuerdo con el mundo antiguo y sin grandes discordancias con el ideal revolucionario, una situación en la cual era preciso emplear á Lafayette en defender á Polignac, la intuición del progreso transparente bajo el motín de las cámaras y la calle, las competencias para equilibrarse en torno suyo, su fe en la revolución, tal vez cierta resignación eventual nacida de la vaga aceptación de un derecho definitivo superior, el deseo de continuar siendo como los de su raza, su espíritu de familia, su sincero respeto al pueblo, su propia honradez, preocupaban á Luis Felipe casi dolorosamente, y por momentos; y por más fuerte y animoso que fuese, le anonadaban bajo la dificultad de ser rey.
Sentía bajo sus pies una desgregación temible, que no era, sin embargo, un puñado de polvo, porque la Francia era más Francia que nunca.
Tenebrosos nubarrones cubrían el horizonte.
Una sombra extraña que iba aproximándose, se extendía poco á poco sobre los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas; sombra que procedía de la cólera y de los sistemas.
Todo lo que había sido ahogado precipitadamente, se removía y fermentaba.
Á veces la conciencia del hombre honrado retenía su aliento; tal era el malestar que había en aquel aire, donde los sofismas se mezclaban con las verdades.
Los ánimos temblaban en la ansiedad social, como las hojas cuando se aproxima la tempestad.
La tensión eléctrica era tal, que en ciertos momentos un cualquiera, un desconocido, iluminaba; y después volvía á caer la obscuridad crepuscular.
Á intervalos, profundos y sordos murmullos podían hacer juzgar de la intensidad del rayo que encerraba la nube.
Apenas había transcurrido veinte meses desde la revolución de julio, y ya el año 1832 había empezado con aspecto amenazador.
La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último príncipe de Condé que había desaparecido en las tinieblas; Bruselas expulsando á los Nassau, como París á los Borbones; Bélgica ofreciéndose á un príncipe francés y entregada á un príncipe inglés; el odio ruso de Nicolás; detrás de nosotros dos demonios del Mediodía, Fernando en España y Miguel en Portugal; la tierra temblando en Italia. Metternich extendiendo la mano sobre Bolonia, Francia haciendo frente al Austria en Ancona, en el norte cierto ruido siniestro del martillo que remachaba los clavos de Polonia en su ataúd, en toda Europa miradas irritadas que acechaban á Francia; Inglaterra, aliada sospechosa pronta á empujar lo que cayese, y á echarse sobre lo que hubiera ya caído; la cámara de los Pares, apoyándose en Beccaria para negar cuatro cabezas á la ley; las flores de lis borradas del coche del rey, la cruz arrancada de la catedral de Notredame, Lafayette en decadencia, Laffitte arruinado, Benjamín Constant muerto en la indigencia, Casimiro Perier muerto en la decadencia del poder, la enfermedad política y la enfermedad social declarándose á la vez en las dos capitales del reino, la una en la ciudad del pensamiento, y la otra en la ciudad del trabajo; en París la guerra civil, en Lyon la guerra servil; en ambas ciudades el mismo resplandor de un horno; un cráter de púrpura en la frente del pueblo; el Mediodía fanatizado, el Occidente turbado, la duquesa de Berry en la Vendée, los complots, las conspiraciones, los levantamientos y el cólera, añadían al sombrío rumor de las ideas el tumulto de los acontecimientos.
V =Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora=
Hacia fines de abril todo se había agravado. La fermentación se había trocado en ebullición.
Desde 1830 había habido aquí y allá, pequeños tumultos parciales, fácilmente reprimidos, pero que retoñaban enseguida; señal de una vasta conflagración subyacente.
Algo terrible se estaba formando.
Entreveíanse bosquejos, aún poco marcados y mal iluminados, de una revolución posible.
La Francia se fijaba en París, y París en el arrabal de San Antonio.
El arrabal de San Antonio, sordamente caldeado, entraba en ebullición.
Las tabernas de la calle de Charonne estaban graves y tempestuosas por más que la unión de estos dos adjetivos parezca singular aplicada á las tabernas.
El gobierno era allí, pura y simplemente, el objeto de la cuestión; discutíase públicamente «la cosa para combatir ó para permanecer tranquilos».
Había trastiendas en que se hacía jurar á los obreros que saldrían á la calle al primer grito de alarma, y «que pelearían sin contar el número de los enemigos».
Una vez admitido el compromiso, un hombre sentado en un rincón de la taberna, «alzaba una voz sonora» y decía: _¡Lo oyes! ¡Lo has jurado!_
Algunas veces subíase al primer piso, á un cuarto cerrado, y allí pasaban escenas casi masónicas. Se hacía prestar al iniciado juramentos «para socorrerle como á los padres de familia». Tal era la fórmula.
En las salas bajas se leían folletos «subversivos». _Fustigábase al gobierno_, dice un informe secreto de aquel tiempo.
Oíanse frases como éstas: «Ignoro los nombres de los jefes. Nosotros no sabremos el día sino con dos horas de anticipación».
Un obrero decía: «Somos trescientos; demos cada uno diez sueldos, y se reunirán ciento cincuenta francos para hacer balas y pólvora».
Decía otro: «No digo seis meses; no digo ni aún dos: antes de quince días nos pondremos al igual del gobierno. Con veinticinco mil hombres ya se le puede hacer frente».
Otro decía: «No me acuesto, porque durante la noche hago cartuchos».
De cuando en cuando algunos hombres, vestidos «de caballero y con buenos trajes», venían dándose «importancia», y con aire de «mando» daban apretones de manos «á los más principales», y se iban. Nunca estaban más de diez minutos.
Se cambiaban en voz baja palabras significativas: «el complot está maduro; la cosa está rebosando».
«Y todos los que estaban allí murmuraban esto mismo», según la frase de uno de los concurrentes.
La exaltación era tal, que un día, en medio de la taberna, exclamó un obrero: ¡No tenemos armas!
Y uno de sus camaradas respondió: «Los soldados las tienen», parodiando así, sin saberlo, la proclama de Bonaparte al ejército de Italia.
«Cuando tenían algo más secreto, añade un informe, no se lo comunicaban». Apenas se comprende lo que podían ocultar después de decir lo que decían.
Las reuniones eran algunas veces periódicas; y á ciertas, de ellas sólo asistían ocho ó diez, siempre los mismos.
En otras entraba el que quería, y la sala se llenaba de tal modo, que tenían que estar de pie.
Unos asistían por entusiasmo y pasión; otros porque «era su camino para ir al trabajo».
Lo mismo que durante la gran revolución, había en estas tabernas mujeres patriotas que abrazaban á los neófitos.
Observábanse con frecuencia otros hechos expresivos.
Un hombre entraba en una taberna, bebía, y salía diciendo: «Tabernero, la Revolución pagará lo que debo».
En una taberna situada enfrente de la calle de Charonne, se elegían agentes revolucionarios. El escrutinio se hacía en las gorras.
Otros obreros se reunían en casa de un maestro de esgrima, que daba asaltos en la calle de Cotte; allí había un trofeo de armas, formado con espadones de madera, estoques, garrotes y floretes.
Un día quitaron los botones á los floretes, y decía un obrero: «Somos veinticinco, pero no cuentan conmigo, porque me miran como una máquina». Esta máquina fué después Quenisset.
Las cosas que se premeditaban tomaban poco á poco una extraña notoriedad. Una mujer, estando barriendo en el portal, le decía á otra: «Hace mucho tiempo que trabajan sin descanso en hacer cartuchos».
Se leían en medio de la calle proclamas dirigidas á los guardias nacionales de los departamentos. Una de estas proclamas estaba firmada por «Burtot, comerciante en vinos».
Un día, á la puerta de un licorista del mercado Lenoir, un hombre barba corrida y acento italiano, se subió á un guarda cantón, y leyó en alta voz un escrito singular, que parecía emanar de un poder oculto.
Los grupos que se habían formado á su alrededor le aplaudían, y los pasajes que impresionaron más á la multitud fueron recogidos y anotados.
«...Nuestras doctrinas son perseguidas; nuestras proclamas se hacen pedazos; nuestros fijadores de carteles son acechados y encarcelados».
«La baja que acaba de verificarse en los algodones ha traído hacia nosotros á muchos partidarios del justo medio».
«...El porvenir de los pueblos se elabora en nuestras obscuras filas».
«...He aquí la cuestión clara: acción ó reacción; revolución ó contra-revolución. Porque en nuestra época no se cree ya en la inercia ni en la inmovilidad. Por el pueblo ó contra el pueblo; ésta es la cuestión, y no hay otra.
«...El día en que no os convengamos ya, rechazadnos; pero hasta entonces, ayudadnos á marchar».
Todo esto en pleno día.
Otros hechos, más atrevidos aún, eran sospechosos al pueblo á causa de su misma audacia.
El 4 de abril de 1832, un transeúnte subía en el guarda cantón situado en la esquina de la calle de Santa Margarita y gritaba: «¡Soy babuvista!». Pero bajo la máscara de Babeuf, el pueblo adivinaba á Gisquet.
Entre otras cosas, decía aquel transeúnte:
--«¡Abajo la propiedad! La oposición de la izquierda es infame y traidora. Cuando quiere tener razón predica la revolución; es demócrata para que no se la ataque, y realista para no combatir. Los republicanos son animales de pluma; desconfiad de los republicanos, ciudadanos trabajadores».
--¡Silencio, ciudadano polizonte!--gritó un obrero.
Y este grito puso fin al discurso.
Sucedían algunos incidentes misteriosos.
Al anochecer un obrero se encontraba junto al canal con «un individuo bien vestido», que le decía:
--¿Adónde vas, ciudadano?
--Señor,--respondió el obrero,--no tengo el honor de conoceros.
--Yo te conozco mucho.
Y el hombre añadía:
--No temas. Soy el agente del comité. Se sospecha que no eres muy fiel: sabes que si descubres algo se te vigila.
Y después daba al obrero un apretón de mano y se iba diciendo:
--Pronto nos volveremos á ver.
Los escuchas de la policía recogían, no sólo en las tabernas, sino en la calle, diálogos singulares:
--Haz que te reciban pronto,--decía un tejedor á un ebanista.
--¿Por qué?
--Habrá fuego que hacer.
Dos transeúntes cubiertos de harapos cambiaban estas respuestas notables, llenas de aparente _jacquería_[1]:
--¿Quién nos gobierna?
--El señor Felipe.
--No, la burguesía.
Se equivocará el que creyese que usamos la palabra _jacquería_ en mal sentido. Los _jacques_ eran los pobres.
Otras veces oíase al pasar un hombre que le decía á otro:
--Tenemos un buen plan de ataque.
De una conversación íntima entre cuatro hombres acurrucados en una zanja de la rotonda de la barrera del Trono, no pudo sacarse en claro más que eso:
--Se hará lo posible para que él no se pasee ya más por París.
--¿Quién era este _él_? Obscuridad amenazadora.
«Los principales jefes», como se decía en el arrabal, se mantenían al paño; y se creía que se reunían, para ponerse de acuerdo, en una taberna junto al ángulo de San Eustaquio.
Uno llamado Aug--jefe de la sociedad de socorros á los sastres, en la calle Mondetour, pasaba por intermediario central entre los jefes y el arrabal de San Antonio. Sin embargo, hubo siempre mucha obscuridad acerca de las personas de estos jefes, y no hay ningún hecho cierto que pueda debilitar la altivez singular de la siguiente respuesta dada posteriormente por un acusado ante el tribunal de los Pares.
--¿Quién ha sido vuestro jefe?
--_No conocía á ninguno ni reconocí á nadie._
Mas todo esto no pasaba todavía de ser sino palabras transparentes, pero vagas; y algunas veces frases al aire, rumores, noticias. Otros indicios iban sobreviniendo.
Un carpintero, que estaba en la calle de Ruelly clavando las tablas de una empalizada alrededor de un terreno en que se alzaba una casa en construcción, encontró en dicho terreno un fragmento de carta rota, en el que aún se podían leer estas líneas:
«...Es preciso que el comité tome medidas para impedir el reclutamiento en las secciones para las diversas sociedades...».
Y en una postdata:
«Hemos sabido que había fusiles en la calle del Faubourg Poissonnière, núm. 5 (bis), en número de unos cinco ó seis mil, en casa de un armero. La sección carece de armamento».
Lo que hizo que el carpintero se asustase y enseñase la carta á sus vecinos, fué que á pocos pasos recogió otro papel rasgado también, y más significativo aún, cuya configuración reproducimos, á causa del interés histórico de estos raros documentos:
++===+===+===+===+==========================================++ ||_Q_|_C_|_D_|_E_| || || | | | |_Aprended esta lista de memoria; después || || | | | |rompedla. Los individuos admitidos || || | | | |harán otro tanto luego que les hayáis || || | | | |trasmitido órdenes._ || || | | | | _Salud y fraternidad_, || || | | | | _L._ || || | | | | || || | | | |_u og a^1 fe_ || ++===+===+===+===+==========================================++
Los que estuvieron en el secreto de este hallazgo no pudieron comprender hasta mucho después la significación de estas cuatro mayúsculas: _quinturiones_, _centuriones_, _decuriones_, _exploradores_; y el sentido de estas letras _u og a^1 fe_, que era una fecha, que quería decir _el 15 de abril de 1832_.
En la columna de cada mayúscula estaban inscritos nombres seguidos de indicaciones muy características.
Por ejemplo: Q. _Bannerel._ 8 fusiles. 83 cartuchos. Hombre seguro.
C. _Boubière._ 1 pistola. 40 cartuchos.
D. _Rollet._ 1 florete. 1 pistola. 1 libra de pólvora.
E. _Tessier._ 1 sable. 1 canana. Exacto.
_Terreur._ 8 fusiles. Valiente, etc.
Por último, el carpintero halló también en el mismo recinto de la empalizada un tercer papel, en el cual estaba escrita con lápiz, pero muy claramente, esta especie de lista enigmática:
Unidad. Blanchard: Arbre Sec. 6.
Barra. Soize. Sala del Conde.
Kosciusko. ¿Aubry le Boucher?
J. J. R.
Cayo Graco.
Derecho de revisión. Dufond. Four.
Caída de los Girondinos. Derbac. Maubuée.
Washington. Pinzón. 1 pistola. 86 cart.
Marsellesa.
Souver. del pueblo. Miguel. Quincampoix. Sable.
Hoche.
Marceau. Platón. Arbre-Sec.
Varsovia. Tilly, vendedor del _Popular_.
El honrado paisano en cuyas manos fué á parar esta lista, supo al fin su significación. Parece que era la nomenclatura completa de las secciones del cuarto distrito de la sociedad de los Derechos del Hombre, con los nombres y habitaciones de los jefes de sección.
Hoy, que todos estos hechos han quedado en la sombra, ya no pertenecen más que á la historia, y pueden publicarse.
Es preciso añadir que la fundación de la sociedad de los Derechos del Hombre parece haber sido posterior á la fecha en que fué encontrado este papel. Quizá no fué más que un esbozo.