Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 13

Chapter 133,847 wordsPublic domain

Mientras tanto, tras los propósitos y las palabras, tras los indicios escritos, comenzaban á despuntar hechos materiales.

En la calle Popincourt, en casa de un prendero, se cogieron en el cajón de una cómoda siete pliegos de papel gris, todos doblados del mismo modo, á lo largo, en cuatro partes; estos pliegos contenían veintiséis cuadrados del mismo papel gris, en forma de cartucho, y una tarjeta, en la cual se leía:

Salitre, 12 onzas Azufre, 2 onzas Carbón, 2 onzas y media Agua, 2 onzas

El proceso verbal de embargo hacía constar que el cajón despedía un fuerte olor á pólvora.

Un albañil, al volver á su casa después del trabajo, se dejó olvidado un paquetito en un banco cerca del puente de Austerlitz. Este paquete fué llevado al cuerpo de guardia: le abrieron, y encontraron dos diálogos impresos, firmados por _Lahautière_, una canción titulada: _Obreros, asociaos_, y una caja de hoja de lata llena de cartuchos.

Un obrero, bebiendo en compañía de un camarada, le hacía tentar su cuerpo para que viese cuánto calor tenía; el otro tentaba una pistola bajo la blusa.

En una zanja en el camino de ronda, entre el cementerio del Padre Lachaise y la barrera del Trono, en el paraje más desierto, jugando unos chicos, descubrieron bajo un montón de virutas y mondaduras un saco que contenía un molde de hacer balas, otro de madera para hacer cartuchos, una cazuela con granos de pólvora de caza, y una marmita pequeña de hierro, cuyo interior ofrecía señales evidentes de plomo fundido.

Los agentes de policía entraron de repente á las cinco de la mañana en casa de un tal Pardón, que perteneció después á la sección de la Barricada-Merry, y murió luego en la insurrección de abril en 1834, encontrándole de pie junto á su cama, con cartuchos en la mano, que estaba haciendo todavía.

Á la hora en que descansan los obreros, se había visto encontrarse dos hombres entre el portillo Picpus y el de Charentón, en un caminito de ronda entre dos tapias, cerca de una taberna que tiene un juego de bolos delante de la puerta.

Uno de ellos sacó de bajo la blusa una pistola y se la dió al otro.

Pero en el momento de dársela, notó que la trastroca de su pecho había humedecido algo la pólvora. La cebó, añadiendo pólvora á la que tenía en la cazoleta.

Después se separaron.

Un tal Gallais, muerto después en la calle Beaubourg en los sucesos de abril, se envanecía de tener en su casa setecientos cartuchos y veinticuatro piedras de fusil.

El Gobierno recibió un día aviso de que se acababan de distribuir armas en el arrabal y doscientos mil cartuchos.

La semana siguiente se repartieron treinta mil cartuchos; y es de notar que la policía no pudo coger ninguno.

Una carta interceptada decía: «No está lejos el día en que en el término de cuatro horas se pongan sobre las armas ochenta mil patriotas».

Esta fermentación era pública, y casi puede decirse que tranquila.

La insurrección inminente preparaba la tempestad con calma frente del Gobierno.

Ninguna singularidad faltaba á esta crisis, subterránea todavía, pero ya perceptible.

Los burgueses hablaban pacíficamente á los obreros de lo que se preparaba, y les decían: «¿Cómo va el motín?». Del mismo modo que podrían haber dicho: «¿Cómo está vuestra mujer?».

Un almacenista de muebles de la calle Moreau preguntaba:

--Y ¿cuándo atacáis?

Otro tendero decía:

--Se atacará muy pronto, ya lo sé. Hace un mes érais quince mil; ahora sois veinticinco mil.

Éste ofrecía su fusil, y un vecino suyo ofrecía un cachorrillo, que quería vender en siete francos.

Por lo demás, la fiebre revolucionaria adelantaba. Ningún punto de París ni de Francia estaba ya libre de ella.

La arteria latía en todas partes. Lo mismo que esas membranas que nacen en ciertas inflamaciones y se forman en el cuerpo humano, la red de las sociedades secretas empezaba á extenderse sobre el país.

De la asociación de los Amigos del Pueblo, pública y secreta á la vez, nacía la sociedad de los Derechos del Hombre, que fechaba así una orden del día: «Pluvioso, año 40 de la era republicana», y la cual debía sobrevivir aún después de las sentencias de los tribunales de jurados ordenando su disolución, y que no vacilaba en dar á sus secciones nombres tan significativos como éstos:

--_Picas._

_Somatén._

_Cañón de alarma._

_Gorro frigio._

_21 de enero._

_Mendigos._

_Truhanes._

_Adelante._

_Robespierre._

_Nivel._

_Esto marcha._

La sociedad de los Derechos del Hombre engendraba la sociedad de Acción. Eran éstos los impacientes que se separaban y corrían adelante.

Otras sociedades trataban de reclutarse en las grandes sociedades-madres. Los seccionarios se quejaban de verse atraídos. De ahí nació «la sociedad gálica» y «el comité organizador de las municipalidades». De ahí las asociaciones para «la libertad de imprenta», para «la libertad individual», para «la instrucción del pueblo contra los impuestos indirectos»; además la sociedad de los Obreros Igualadores, que se dividía en tres fracciones: los niveladores, los comunistas y los reformistas.

Luego había el Ejército de las Bastillas, especie de cohorte organizada militarmente, que tenía para cada cuatro hombres un cabo, para cada diez un sargento, para cada veinte un subteniente, para cada cuarenta un teniente, y en la cual no había más de cinco que se conociesen; creación en que la precaución estaba combinada con la audacia, y la cual parece llevaba el sello de Venecia.

Del comité central, que era la cabeza, nacían esos dos brazos, la sociedad de Acción y el Ejército de las Bastillas.

Una asociación legitimista, los Caballeros de la Fidelidad, se movía en medio de estas afiliaciones republicanas; pero había sido denunciada y repudiada.

Las sociedades parisienses tenían ramificaciones en las principales ciudades: Lyon, Nantes, Lila y Marsella, tenían su sociedad de los Derechos del Hombre, la Carbonaria, y los Hombres libres, Aix tenía una sociedad revolucionaria, que se llamaba la Cougourde. Ya hemos escrito otra vez esta palabra.

En París, el arrabal de San Marcelo no estaba menos conmovido que el de San Antonio, y las escuelas no menos entusiasmadas que los arrabales.

Un café de la calle de San Jacinto y el fumadero de los Siete Billares, calle de Mathurins Saint Jacques, servían de punto de reunión á los estudiantes.

La sociedad de los amigos del A B C, afiliada á los mutualistas de Angers y á la Cougourde de Aix, se reunía, como ya se ha visto, en el café Musain. Estos mismos jóvenes se reunían también en una hostería cerca de la calle Mondetour, llamada Corinto.

Estas reuniones eran secretas; otras eran tan públicas como podían serlo; y puede juzgarse de su atrevimiento por el siguiente trozo de un interrogatorio en uno de los procesos ulteriores:

--¿Dónde se celebró esa reunión?

--En la calle de la Paz.

--¿En casa de quién?

--En la calle.

--¿Qué secciones asistieron?

--Una sola.

--¿Cuál?

--La sección Manuel.

--¿Quién era el jefe?

--Yo.

--Sois muy joven para haber tomado sólo la grave resolución de atacar al Gobierno. ¿De dónde recibíais instrucciones?

--Del comité central.

El ejército estaba minado al mismo tiempo que el paisanaje, como lo probaron después los movimientos de Beford, de Luneville y de Epinal. Se contaba con el quincuagésimo-segundo regimiento, y con el quinto, el octavo, el trigésimo tercero y con el vigésimo ligero.

En Borgoña y en las ciudades del mediodía se plantaba _el árbol de la Libertad_; es decir, un mástil con un gorro encarnado.

Tal era la situación.

Entonces el arrabal de San Antonio, más que ningún otro grupo de población, como hemos dicho ya al principio, aparecía temible y caracterizaba la situación. Allí era donde se sentía el dolor de costado.

Aquel antiguo arrabal, poblado como un hormiguero, laborioso, animado y colérico como una colmena, se estremecía esperando y deseando la conmoción. Todo se agitaba en él, sin que por esto se interrumpiese el trabajo.

Nada podría dar idea de aquella fisonomía viva y sombría. En aquel arrabal hay dolorosos infortunios bajo el techo de una buhardilla, y hay también inteligencias ardientes y raras. En materia de infortunio é inteligencia, es precisamente más peligroso el que los extremos se toquen.

El arrabal de San Antonio tenía además otras causas conmovedoras; porque allí se siente la reacción de las crisis comerciales, de las quiebras, de la carestía, de la falta de trabajo, inherentes á los grandes estremecimientos políticos.

En tiempo de revolución, la miseria es á la vez causa y efecto. El golpe que la hiere, rebota.

Aquella población, llena de altiva virtud, capaz del mayor grado de calórico latente, siempre dispuesta á tomar las armas, pronta en las explosiones, irritada, profunda, minada; parecía que sólo aguardaba la caída de una chispa.

Siempre que flotan en el horizonte algunos resplandores impulsados por el viento de los sucesos, no puede uno desviar el pensamiento del arrabal de San Antonio, y en la temible fatalidad que ha colocado á las puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.

Las tabernas del _arrabal San Antonio_, mencionadas más de una vez en el bosquejo que acaba de leerse, tienen celebridad histórica. En tiempo de turbulencias embriaga en ellas, menos que el vino, la palabra. Una especie de espíritu profético, un efluvio de porvenir, circula allí, llenando los corazones y engrandeciendo las almas.

Las tabernas del arrabal San Antonio se parecen á aquéllas otras del monte Aventino, edificadas sobre el antro de la Sibila y en comunicación con los profundos soplos sagrados; tabernas cuyas mesas son casi trípodes, y donde se bebía lo que Emilio llamaba el _vino sibilino_.

El arrabal de San Antonio es un depósito de pueblo.

La conmoción revolucionaria hace allí grietas, por donde se filtra la soberanía popular.

Esta soberanía puede hacer daño; engañarse como otra cualquiera; pero aún engañada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella como del cíclope ciego: _Ingens_.

En 1793, según era la idea que flotaba buena ó mala, según era la luz del fanatismo ó del entusiasmo, partían del arrabal de San Antonio, ora legiones salvajes, ora falanges heroicas.

Salvajes. Expliquemos esta palabra. Aquellos hombres de erizado cabello que en los días genesíacos del caos revolucionario se lanzaban haraposos, feroces, blandiendo la cachiporra, levantada la pica en alto, aullando contra el viejo París trastornado, ¿qué querían?

Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin del sable; querían el trabajo para el hombre, la instrucción para el niño, la dulzura social para la mujer; la libertad, la igualdad, la fraternidad; el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén: el progreso.

Y esa cosa santa, buena y dulce, el progreso, la reclamaban terriblemente, medio desnudos, con la mano en la maza y el rugido en la boca. Eran los salvajes, sí, pero los salvajes de la civilización.

Proclamaban furiosos el derecho; querían obligar al género humano á entrar en el paraíso, aunque fuese por medio del terror y del espanto.

Parecían bárbaros, y eran salvadores; reclamaban la luz con la máscara de la noche.

Enfrente de estos hombres feroces y espantosos, convenimos en ello, pero feroces para el bien, hay otros hombres, risueños, bordados, dorados, engalonados, con medias de seda, plumas blancas, guantes amarillos, botas de charol, que apoyando los codos en una mesa cubierta de terciopelo al lado de una chimenea de mármol, insisten templadamente en la conservación y permanencia de lo pasado, de la Edad media, del derecho divino, del fanatismo, de la ignorancia, de la esclavitud, de la pena de muerte, de la guerra, glorificando, á media voz y con finura, el sable, la hoguera y el cadalso. Por nuestra parte, si nos viéramos obligados á elegir entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos á los bárbaros.

Pero á Dios gracias no nos hallamos en esta alternativa; no es necesaria ninguna caída brusca ni hacia adelante ni hacia atrás.

Ni despotismo, ni terrorismo. Queremos el progreso por una pendiente suave.

Dios provee á él. La suavización de las pendientes constituye la política divina.

VI =Enjolrás y sus tenientes=

Poco más ó menos hacia dicha época, Enjolrás, previendo la posibilidad de los sucesos, hizo una especie de recuento misterioso.

Todos estaban en conciliábulo en el café Musain. Enjolrás, mezclando con sus palabras algunas metáforas medio enigmáticas, pero significativas, decía así:

--«Conviene saber dónde estamos y con quién se puede contar. Si se quieren combatientes, es preciso hacerlos. Tener con qué herir, no puede estorbar.

«Los que caminan tienen más peligro de recibir una cornada cuando hay bueyes al paso, que cuando no los hay. Contemos, pues, el rebaño. ¿Cuántos somos?

«No se trata de dejar esto para mañana. Las revoluciones deben ir siempre deprisa, porque el progreso no tiene tiempo que perder. Desconfiemos de lo inesperado, y no nos dejemos coger desprevenidos. Se trata de planchar las costuras que hemos hecho, y ver si están firmes; y este negocio debe quedar apurado hasta el fondo hoy mismo.

«Courfeyrac, tú verás á los politécnicos; hoy miércoles es día de salida. Feuilly, tú verás á los de la Glacière. Combeferre me ha prometido ir á Picpus; allí hay un hormiguero excelente. Bahorel visitará la Estrapada.

«Prouvaire, los masones se entibian; tú nos traerás noticias de la logia de la calle Grenelle Saint Honoré. Joly irá á la clínica de Dupuytren, y tomará el pulso á la Escuela de Medicina. Bossuet dará una vuelta por la Audiencia y hablará con los pasantes de abogado. Yo me encargo de la Cougourde».

--Vedlo, todo arreglado,--dijo Courfeyrac.

--No.

--¿Qué falta pues?

--Una cosa importantísima.

--¿Qué es ello?--preguntó Combeferre.

--El portillo de Maine,--respondió Enjolrás.

Quedóse Enjolrás un momento como absorto en sus reflexiones, y añadió:

--En el portillo de Maine hay marmolistas, pintores, los prácticos de los talleres de escultura. Es una familia entusiasta, pero sujeta al enfriamiento, y no sé lo que tienen hace algún tiempo; piensan en otra cosa, y se entibian; pasan el tiempo en jugar al dominó. Sería urgente ir á hablarles un poco y firme. Se reúnen en casa de Richefeu, donde se los encontrará entre doce y una. Es preciso soplar en aquellas cenizas; yo había pensado para esto con el distraído de Mario, quien en el fondo es bueno; pero ya no viene. Necesito uno para el portillo de Maine, y no le tengo.

--¿Pues y yo?--dijo Grantaire.

--¿Tú?

--Yo.

--¡Tú, adoctrinar republicanos! ¡Tú volver el calor, en nombre de los principios, á los corazones enfriados!

--¿Por qué no?

--¿Acaso puedes tú servir para algo?

--Tengo la vaguedad de la ambición,--dijo Grantaire.

--Tú no crees en nada.

--Creo en ti.

--Grantaire, ¿quieres hacerme un favor?

--Cuantos quieras; hasta limpiarte las botas.

--Pues bien; no te mezcles en nuestros asuntos. Bebe tu ajenjo.

--Eres un ingrato, Enjolrás.

--¡Serías tú hombre para ir al portillo de Maine! ¡Serías capaz!

--Soy capaz de bajar por la calle de Grés, atravesar la plaza de San Miguel, torcer por la calle de Monsieur le Prince, tomar la calle Vaugirard, pasar los Carmelitas, volver á la calle de Assas, llegar á la calle de Cherche Midi, dejar atrás el Consejo de Guerra, medir la calle de las Viejas Tullerías, pasar de una zancada el boulevard, seguir la calzada de Maine, salir del portillo y entrar en casa de Richefeu. Soy capaz de todo esto; mis zapatos son capaces de lo mismo.

--¿Conoces algo á nuestros camaradas de Richefeu?

--No mucho. Nos tuteamos únicamente.

--¿Y qué vas á decir?

--Les hablaré de Robespierre, pardiez; de Dantón; de los principios.

--¡Tú!

--¡Yo! Veo que no me hacéis justicia; cuando me comprometo, soy terrible. He leído á Proudhomme, conozco el Contrato social, sé de memoria la Constitución del año dos. «La Libertad del ciudadano concluye allí donde empieza la Libertad de otro ciudadano». ¿Me tienes acaso por un bruto? Tengo un antiguo asignado en mi gabeta. Los Derechos del Hombre, la soberanía del pueblo, ¡caramba! Soy además un poco hebertista; y puedo estar hablando seis horas de reloj, con reloj en mano, de cosas soberbias.

--Sé formal,--dijo Enjolrás.

--Soy terrible,--respondió Grantaire.

Enjolrás pensó algunos segundos, é hizo el gesto del hombre que ha tomado una resolución.

--Grantaire,--dijo gravemente,--consiento en ponerte á prueba. Irás al portillo de Maine á hablar con los artistas.

Grantaire vivía en una casa de huéspedes cerca del café Musain. Salió y volvió á los cinco minutos; había ido á ponerse un chaleco á la Robespierre.

--Rojo,--dijo al entrar,--mirando fijamente á Enjolrás.

Y después, con enérgico ademán, cruzó sobre el pecho las dos solapas escarlata del chaleco.

Y aproximándose á Enjolrás, le dijo al oído:

--Queda tranquilo.

Se puso el sombrero resueltamente, y salió.

Un cuarto de hora después, la sala interior del café Musain estaba desierta. Todos los amigos del A B C se habían ido, cada uno por su lado, á cumplir su misión. Enjolrás, que se había reservado la Cougourda, partió el último.

Los de la Cougourde de Aix, que estaban en París, se reunían entonces en el llano de Issy, en una de aquellas canteras abandonadas, tan abundantes por aquel extremo de París.

Enjolrás, caminando hacia aquel lugar de la cita, iba pasando revista á la situación.

La gravedad de los sucesos era visible. Cuando los hechos, precursores de una especie de enfermedad social latente, se mueven con torpeza, la menor complicación los detiene y enreda, fenómeno de donde salen los hundimientos y los renacimientos.

Enjolrás descubría un levantamiento luminoso bajo los tenebrosos velos del porvenir. ¿Y quién sabe? Se aproximaba el instante tal vez.

¡El pueblo reasumiendo el derecho! ¡Qué hermoso espectáculo! La Revolución volviendo á tomar majestuosamente posesión de la Francia, y diciendo al mundo: «Se continuará».

Enjolrás estaba contento. EL horno ardía.

En aquel mismo instante tenía un reguero de pólvora de amigos extendido por París. Componía en su imaginación, con la elocuencia penetrante y filosófica de Combeferre, el entusiasmo cosmopolita de Feuilly, la verbosidad de Courfeyrac, la risa de Bahorel, la melancolía de Juan Prouvaire, la ciencia de Joly y los sarcasmos de Bossuet, una especie de chisporroteo eléctrico que comunicaba á la vez el fuego en todas partes.

Todos á la obra. De seguro el resultado correspondería al esfuerzo. Aquello marchaba.

Pero aquello mismo le hizo pensar en Grantaire.

--¡Calla!--se dijo.--El portillo de Maine está casi en mi camino. ¡Si yo llegase hasta casa de Richefeu! Veamos lo que hace Grantaire, y dónde está.

Daba la una en el campanario de Vaugirard cuando Enjolrás llegó al fumadero de Richefeu. Empujó la puerta, entró, cruzó los brazos, dejando cerrarse la hoja que le dió en la espalda, y miró en la sala, llena de hombres, de mesas y de humo.

De en medio de aquella bruma salía una voz vivamente cortada por otra voz. Era Grantaire disputando con su adversario.

Grantaire estaba sentado enfrente de otro, al lado de una mesa de mármol jaspeado sembrada de granos de salvado y llena de fichas de dominó, y golpeaba el tablero con el puño.

He aquí lo que oyó Enjolrás:

--Seis doble.

--Cuatro.

--¡Diablo! No tengo.

--Estás muerto, con dos.

--Seis.

--Tres.

--Un as.

--Me toca á mí.

--Cuatro puntos.

--Difícilmente.

--Ahora tú.

--He cometido una falta enorme.

--Vas bien.

--Quince.

--Siete más.

--Con estos son veintidós. (Pensando). ¡Veintidós!

--¿No esperabas el doble seis? Ya lo creo. Si le hubiese puesto al principio habría cambiado todo el juego; y perdía la partida.

--Dos otra vez.

--As.

--¡As! Pues bien, cinco.

--No tengo.

--¿No tienes, eh? Buena te espera.

--Allá veremos.

--¿Has puesto tú, creo?

--Sí.

--Blanca.

--¡Tienes suerte! ¡Mucha suerte! (Larga meditación). Un dos.

--Un as.

--Ni cinco, ni as. Esta es la tuya.

--Dominó.

--Nombre de perro.

NOTAS:

[1] Jacquería procede de la frase _Jacques-Bonhomme_, aplicada en la Edad Media por la aristocracia á las clases trabajadoras.

LIBRO SEGUNDO EPONINE

I =El campo de la Alondra=

Mario había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que había dado á conocer á Javert; pero apenas hubo Javert abandonado la casa, llevándose sus presos en tres coches de alquiler, Mario salió también. No eran más que las nueve de la noche, y se dirigió á casa de Courfeyrac.

Courfeyrac no era ya el imperturbable habitante del barrio latino; se había mudado á la calle de la Vidriería «por razones políticas»; aquel barrio era uno de los que servían entonces de asiento á la Revolución.

Mario dijo á Courfeyrac:

--Vengo á dormir á tu casa.

Courfeyrac sacó uno de los dos colchones de su cama, le extendió en el suelo y dijo:

--Ahí tienes dónde.

Al día siguiente, á las siete de la mañana, Mario volvió á la casucha, pagó el alquiler y lo que debía á la tía Bougón, hizo cargar en un carretón de mano sus libros, su cama, su mesa, su cómoda y sus dos sillas, y se fué sin dejar las señas de su nueva habitación; de modo que, cuando Javert volvió por la mañana para preguntar á Mario sobre los sucesos de la víspera, no encontró más que á la tía Bougón, que le respondió:

--¡Se ha mudado!

La tía Bougón quedó convencida de que Mario era cómplice en parte de los ladrones presos por la noche.

--¿Quién lo hubiera creído?--decía á las porteras del barrio.--¡Un joven que tenía el aire de una señorita!

Mario había tenido dos razones para mudarse tan deprisa.

Primera, por el horror que sentía hacia aquella casa en que había visto de tan cerca, y en todo su desarrollo, lo más repugnante y feroz: una fealdad social más horrible aún que el rico malvado; el malvado pobre.

Segunda, porque no quería figurar en el proceso que se seguiría probablemente, y verse obligado á declarar contra Thénardier.

Javert creyó que el joven, cuyo nombre había olvidado, había tenido miedo y había huido, ó no vuelto quizá aún á su casa en el momento de la emboscada. Hizo, sin embargo, algunos esfuerzos para encontrarle, mas no le dieron resultado.

Pasóse un mes, y luego otro.

Mario seguía en casa de Courfeyrac. Había sabido por un pasante de abogado, visitante habitual de las antesalas de la Audiencia, que Thénardier estaba incomunicado, y mandaba cada lunes, al alcaide de la cárcel de la Fuerza, cinco francos para su mujer.

Mario, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos á Courfeyrac; era la primera vez en su vida que pedía prestado.

Aquellos cinco francos periódicos eran un doble enigma para Courfeyrac que los daba, y para Thénardier que los recibía.

--¿Á quién se los mandará?--pensaba Courfeyrac.

--¿De dónde pueden venirme?--se preguntaba Thénardier.

Mario estaba desconsolado. Todo había vuelto á desaparecer por escotillón.

No veía nada delante de sí; su vida estaba sumergida en aquel misterio, donde vagaba á tientas.

Había visto muy de cerca, durante un momento, en aquella obscuridad, á la joven á quien amaba, al viejo que parecía su padre, á aquellos seres desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este mundo; y en el momento en que había creído poder asirlos, se los había arrebatado un soplo desvaneciéndolos como sombras.

Ni un rayo de certidumbre y de verdad había resultado de aquel choque horrendo. No había coyuntura posible.

No sabía ni aún el nombre que creyó antes saber. Seguramente no era el de Úrsula, y el de la Alondra era un apodo.

¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la policía?

El obrero de cabellos blancos que Mario había encontrado en las cercanías de los Inválidos, se le venía á la memoria. Antes le había confundido su aparición hasta dudar de ella; pero ahora era probable que este obrero y el señor Leblanc fuesen la misma persona. ¿Se disfrazaba, pues?