Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 8
Entonces Jondrette se llegó hasta la mesa. Inclinóse por encima de la vela, cruzó los brazos, aproximando su mandíbula angulosa y feroz al rostro sereno del señor Leblanc, y avanzando cuanto podía, sin que este se retirase, y en aquella postura de fiera montaraz que va á morder le gritó:
--Yo no me llamo Fabantou, ni me llamo Jondrette; ¡me llamo Thénardier! ¡Soy el posadero de Montfermeil! ¿Lo ois bien? ¡Thénardier!... ¡Vaya! ¿Me conocéis ahora?
Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Leblanc, que contestó sin que la voz le temblase y sin levantarla con su ordinaria placidez:
--Tampoco.
Mario no oyó esta respuesta. Quien le hubiese visto en aquel instante en la obscuridad, le habría hallado atontado, estúpido, como herido de un rayo. En el momento en que Jondrette había dicho llamarse Thénardier, Mario se había extremecido, teniendo que apoyarse en la pared, como si hubiese sentido el frío de una espada que le atravesase el corazón. Luego su brazo derecho, pronto ya á dar la señal, se había bajado lentamente; y en el momento en que Jondrette había repetido: «_¿Lo ois bien? ¡Thénardier!_» los desfallecidos dedos de Mario habían estado á punto de dejar caer la pistola. Jondrette, al descubrir quien era, no había conmovido al señor Leblanc, pero había trastornado á Mario. Aquel nombre de Thénardier, que el señor Leblanc parecía no conocer, Mario le conocía. Recuérdese lo que este nombre era para él.
Ese nombre le llevaba sobre su corazón, escrito en el testamento de su padre; le llevaba en el fondo de su pensamiento, en el fondo de su memoria, en esta sagrada recomendación. «Un tal Thénardier me ha salvado la vida. Si mi hijo le encuentra hará por él todo lo que pueda». Recuérdese que este nombre era uno de los cultos de su alma; iba mezclado con el nombre de su padre. ¿Cómo? ¡Era aquel el Thénardier, el posadero de Montfermeil, á quien había buscado en vano durante largo tiempo! ¡Le hallaba al fin! ¡Pero cómo! El salvador de su padre era un bandido; aquel hombre por el que Mario hubiera querido sacrificarse, era un monstruo. Aquel libertador del coronel Pontmercy estaba á punto de cometer un atentado, cuya forma no veía aún Mario distintamente, pero que se parecía á un asesinato. ¡Y el asesinato de quién! ¡Gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amargo sarcasmo de la suerte! Su padre le mandaba desde el fondo de su ataúd que hiciera todo el bien posible á Thénardier; hacía cuatro años que Mario no tenía otra idea que pagar esta deuda de su padre, y en el instante en que iba á hacer que la Justicia cogiera á un criminal en el acto de cometer un crimen, el destino le gritaba: ¡Es Thénardier! Iba, en fin, á pagar la vida de su padre salvada entre una granizada de metralla en el campo heroico de Waterloo, ¡y pagarla con el cadalso! Habíase prometido, si llegaba á encontrar á Thénardier, no acercarse á él sino echándose á sus pies, y le hallaba en efecto; pero para entregarlo al verdugo.
Su padre le había dicho:--¡Socorre á Thénardier!--Y él contestaba á esta voz adorada y santa aniquilándole. ¡Dar por espectáculo á su padre en su tumba al hombre que le había librado de la muerte con peligro de su vida, ejecutado en la plaza de Santiago por culpa de su hijo, de aquel Mario á cuya protección le había encomendado! ¡Qué irrisión! ¡Haber llevado tan largo tiempo en su pecho la última voluntad de su padre, escrita de su mano, para hacer horriblemente todo lo contrario! Pero, por otra parte, ¡asistir á aquella emboscada premeditada y no impedirla! ¡Cómo! ¿Condenar á la víctima y salvar al asesino? ¿Por ventura debía Mario conservar la menor gratitud á semejante miserable?
Todas las ideas que Mario tenía hacía cuatro años se hallaban como trastornadas por aquel golpe inesperado. Temblaba. Todo dependía de él; tenía en su mano, sin que ellos lo supiesen, la suerte de aquellos seres que se agitaban allí bajo sus ojos.
Si disparaba el cachorrillo, el señor Leblanc se había salvado, y Thénardier estaba perdido. Si no tiraba, Leblanc era sacrificado, y ¿quién sabe? Thénardier se salvaba. Precipitar al uno, ó dejar caer al otro; remordimiento por ambos lados.
¿Qué hacer? ¿Qué escoger?
¡Faltar á los más imperiosos recuerdos, á tantos y tantos compromisos como consigo mismo había contraído, al más santo deber, al texto más venerado! ¡Faltar al testamento de su padre ó dejar que se consumase un crimen! Parecíale por un lado oir á su «Úrsula» suplicarle en nombre de su padre, y por otro al coronel que le recomendaba á Thénardier. Estaba loco; doblábansele las rodillas; no tenía tiempo para deliberar, porque la escena que tenía ante los ojos se precipitaba furiosa hacia el desenlace. Era como un torbellino, del cual se había creído dueño y le arrastraba consigo. Estuvo á punto de desmayarse.
Entre tanto Thénardier, á quien ya no nombraremos de otro modo, se paseaba á lo largo y ancho por delante de la mesa en medio de una especie de extravío y de triunfo frenético.
Cogió el candelero y le colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe tan violento, que le faltó poco para apagarse la vela, y salpicando de sebo la pared.
Luego se volvió hacia el señor Leblanc, y en ademán espantoso vomitó, mejor que pronunció, estas palabras:
--¡Chamuscado! ¡Ahumado! ¡Guisado! ¡Mechado!
Y volvió á pasear nuevamente en el más alto grado de paroxismo.
--¡Ah!--gritaba.--¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor millonario raído! ¡Señor regalador de muñecas! ¡Viejo bragazas! ¡Ah! ¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fué á Montfermeil, á mi posada, hace ocho años, la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se llevó de mi casa la hija de Fantina! ¡La Alondra! ¡No sois vos quien llevaba un carric amarillo, no! ¡Y un paquete de trapos en la mano, como el de esta mañana!
¡No es verdad, mujer! ¡Parece que es su manía, llevar á las casas paquetes de medias de lana! ¡Viejo caritativo! ¡Ya, ya! ¿Sois gorrero, señor millonario? ¡Regaláis á los pobres los géneros de vuestra tienda, santo varón! ¡Qué farsante! ¿Con que no me conocéis? Pues bien; yo sí os conozco, os reconocí enseguida, en cuanto metisteis aquí el hocico. Al fin va á verse que no es todo rosas el ir así á casa de las gentes, con pretexto de que son posadas, vistiendo miserablemente, con el aire de un pobre á quien se le puede dar una limosna, para engañar á las personas, hacerse el generoso, quitarles su modo de ganarse la vida, y amenazar en el bosque; y que no es una indemnización, cuando esas personas están arruinadas, el ir á llevarles un gabán desproporcionado y dos malas mantas de hospital, ¡viejo miserable, ladrón de criaturas!
Detúvose un momento pareciendo hablar consigo mismo. Hubiérase dicho que su furor caía como el Ródano en algún agujero. Luego, como si acabase en alta voz cosas que había comenzado á decirse interiormente, dió un puñetazo en la mesa, y exclamó:
--¡Con su aire bonachón!
Y apostrofando al señor Leblanc, continuó:
--¡Pardiez! ¡Bien os burlasteis de mí entonces! ¡Sois causa de todas mis desgracias! ¡Por mil quinientos francos adquirió una muchacha que yo tenía, y que seguramente procedía de gente rica, la cual me había producido ya bastante dinero, y en que tenía yo que sacar para ir pasando toda mi vida! ¡Una chica que me hubiera indemnizado de todo lo que perdí en aquel abominable bodegón, donde se corrían grandes francachelas, y donde me comí como un imbécil toda mi santa fortunilla! ¡Oh! ¡Quisiera que todo el vino bebido en mi casa se volviese veneno para los que lo bebieron! ¡En fin, no importa! Decidme: ¡Os debí parecer muy grotesco cuando os llevasteis mi Alondra! ¡En el bosque teníais vuestro palo! Érais el más fuerte; ahora lo soy yo. Hoy tengo yo los triunfos. ¡Estáis cogido, amiguito! ¡Oh! Pero es cosa de risa; ¡y es para reir de veras! ¡Cómo habéis caído en el garlito!
Le dije que era actor, que me llamaba Fabantou, que había trabajado con la célebre señorita Mars y con la Muche; que mi casero quería ser pagado mañana 4 de febrero, sin ver que es el 8 de enero y no el 4 de febrero cuando vence el plazo. ¡Estúpido babieca! ¡Y me trae cuatro malos luises! ¡Canalla! ¡Ni aún ha tenido valor para llegar á los cien francos! ¡Y cómo creía en todas mis simplezas! ¡Era divertido! Yo me decía: ¡Anda, majadero! ¡Ya te cogí! ¡Esta mañana te lamía las manos, pero te arrancaré el corazón esta noche!
Thénardier se calló. Estaba sin aliento. Su estrecho y reducido pecho resollaba como el fuelle de una fragua. Su mirada estaba llena de esa ignoble satisfacción de una criatura débil, cruel y cobarde, que consigue al fin derribar al que ha temido, é insultar al que ha halagado; alegría de un enano que pusiera su talón sobre la cabeza de Goliat; alegría de un chacal que comienza á destrozar un toro enfermo, suficientemente acabado para no defenderse ya, y bastante vivo todavía para poder sufrir.
El señor Leblanc no le interrumpió; pero le dijo cuando hubo acabado:
--No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y estoy muy lejos de ser millonario. No os conozco; me tomáis sin duda por otro.
--¡Ah!--rugió Thénardier.--¡Me gusta el zarandeo! Os empeñáis en seguir la broma. ¡Ah! ¡Os escurrís, buen viejo! ¿Con que no os acordáis? ¿Con que no sabéis quién soy?
--Perdonad,--respondió el señor Leblanc con un acento de política, que era en semejante momento algo extraño y poderoso;--estoy viendo que sois un bandido.
¡Quién no ha observado que los seres odiosos tienen su susceptibilidad y que los monstruos son quisquillosos! Á la palabra bandido, la mujer de Thérnadier se levantó de la cama, y el marido cogió una silla como si fuera á romperla entre sus manos.--¡No te muevas!--gritó á su mujer. Y volviéndose al señor Leblanc, añadió:
--¡Bandido! Sí, ya sé que nos llaman así los señores ricos. ¡Calle! ¡Es verdad, he quebrado, me oculto, no tengo pan, no tengo un céntimo, soy un bandido! ¡Tres días hace que no como, soy un bandido! ¡Ah! Vosotros os calentáis los pies; vosotros tenéis zapatillas de Sakoski; usáis gabanes entretelados como unos arzobispos; vivís en piso principal, en casa con portero; coméis trufas, y espárragos á cuarenta francos el manojo en el mes de enero, y guisantes, y os atracáis; y cuando queréis saber si hace frío, miráis en el periódico los grados que marca el termómetro del ingeniero Chevalier. Nosotros, nosotros sí que somos los termómetros. No necesitamos ir á la esquina de la Torre del Reloj para ver á cuántos grados está el frío, sino que sentimos coagularse la sangre en nuestras venas, y llegarnos el hielo al corazón, y decimos: «¡No hay Dios!». ¡Y vosotros venís á nuestras cavernas á llamarnos bandidos! ¡Pero ya os comeremos! ¡Os devoraremos, entes miserables! ¡Ah! Señor millonario, sabed que yo he sido un hombre con establecimiento propio; que he pagado contribución, que he sido elector. ¡Soy ciudadano; y vos, vos acaso no lo seáis!
Aquí Thénardier dió un paso hacia los hombres que estaban junto á la puerta, y añadió con cierto extremecimiento:
--¡Cuando pienso que se atreve á venir á hablarme como á un remendón!
Luego, dirigiéndose al señor Leblanc con recrudescencia de frenesí, añadió:
--¡Y sabed también, señor filántropo, que yo no soy un hombre obscuro, no! Yo no soy un hombre cuyo nombre se ignora, que va á robar criaturas á las casas. ¡Yo soy un antiguo soldado francés, que debería estar condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla á un general llamado el conde de no sé qué. Me dijo su nombre, pero su maldita voz era tan débil que no le entendí. Oí sólo _Mercy_. Más hubiera querido tener su nombre que su agradecimiento. Así habría podido encontrarle luego. Este cuadro que estáis viendo, y que pintó David en Bruqueselles, ¿sabéis qué es lo que representa? Pues me representa á mí. David quiso inmortalizar este hecho de armas. Yo llevo al general sobre mis hombros y atravieso por en medio de la metralla. ¡Tal es la historia! ¡Nunca hizo por mí nada el tal general; no valía mucho más que los otros! ¡Y con todo yo le salvé la vida á riesgo de la mía; y llevo llenos los bolsillos de certificados! ¡Soy soldado de Waterloo, mil rayos de los demonios! Y ahora que he tenido la bondad de deciros esto, concluyamos: ¡me hace falta dinero, mucho dinero, una suma enorme, con mil truenos y centellas!
Mario había cobrado algún imperio sobre sus angustias y escuchaba. La última posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Aquél era efectivamente el Thénardier del testamento. Mario se extremeció al oir la reconvención de ingratitud dirigida á su padre, y que él estaba á punto de justificar tan fatalmente. Redoblóse su perplejidad.
Por lo demás, había en todas las expresiones de Thénardier, en el acento, en el gesto, en la mirada que hacía brotar llamas de cada palabra, había en aquella explosión de una naturaleza perversa al descubierto, en aquella mezcla de fanfarronada y de abyección, de orgullo y de pequeñez, de rabia y de tontería; en aquel caos de agravios positivos y de sentimientos falsos; en aquel impudor de un malvado saboreando la voluptuosidad de la violencia; en aquella desvergonzada desnudez de una alma repugnante; en aquella conflagración de todos los sufrimientos combinados con todos los odios, había algo que era horrible como el mal, y doloroso como la verdad.
El cuadro de David, la obra maestra de pintura cuya adquisición había propuesto al señor Leblanc, no era como el lector habrá adivinado, sino la muestra de su figón, pintada, ya se recordará, por él mismo, único resto que había salvado de su naufragio de Montfermeil.
Como Thénardier había cesado de interceptar el rayo visual de Mario, éste podía ya mirar aquella cosa, y en aquellos brochazos distinguió realmente una batalla, un fondo de humo, y un hombre que llevaba á cuestas otro. Era el grupo de Thénardier y de Pontmercy, el sargento salvador y el coronel salvado. Mario estaba como ebrio; aquel cuadro le hacía, en cierto modo, el efecto de su padre vivo; no era ya la muestra del figón de Montfermeil, era una resurrección, era una tumba que se entreabría, un fantasma que se levantaba. Mario sentía latir su corazón en sus sienes, tenía el cañón de Waterloo en los oídos; su padre ensangrentado, vagamente pintado en aquel lienzo siniestro, le aterraba; parecíale que aquella figura informe le miraba de hito en hito.
Cuando Thénardier cobró otra vez aliento, fijó sobre el señor Leblanc sus sangrientas pupilas, y le dijo con voz baja y breve:
--¿Qué tienes que decir antes que te ensarten?
El señor Leblanc no contestó.
En medio de aquel silencio, una voz ronca lanzó desde el corredor este lúgubre sarcasmo:
--Si hace falta partir leña, aquí estoy yo.
Era el hombre del mazo, que se chuleaba.
Al mismo tiempo apareció en la puerta una enorme cara, erizada y terrosa, sonriendo espantosamente, y enseñando, no dientes, sino garfios.
Era la cara del hombre del mazo.
--¿Por qué te has quitado la careta?--le gritó Thénardier enfurecido.
--Para reir,--replicó el hombre.
Hacía algunos instantes que el señor Leblanc parecía seguir y espiar todos los movimientos de Thénardier, el cual, cegado y deslumbrado por su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la confianza de tener la puerta guardada, de estar armado contra un hombre indefenso, y de ser nueve contra uno, aún suponiendo que la mujer no se contase más que por un hombre.
En su apóstrofe al del mazo, volvía la espalda al señor Leblanc. Éste aprovechó el momento, rechazó la silla con el pie, la mesa con la mano; y dando un salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thénardier hubiera tenido tiempo de volverse, estaba en la ventana. Abrirla, escalarla y montarse el antepecho, fué obra de un segundo. Ya tenía fuera la mitad del cuerpo, cuando seis robustos puños le cogieron y le volvieron á meter enérgicamente adentro. Eran los tres «fumistas» que se habían lanzado sobre él. Al mismo tiempo la Thénardier le había asido por los cabellos.
Al pataleo que se armó acudieron los otros bandidos del corredor. El viejo que estaba en la cama y parecía borracho, se levantó también, y llegó vacilante con un martillo de picapedrero en la mano.
Uno de los «fumistas», cuyo rostro tiznado iluminaba la vela, y en quien Mario, á pesar de su tizne, había reconocido á Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, levantaba sobre la cabeza del señor Leblanc una especie de maza formada por dos bolas de plomo en los dos extremos de una varilla de hierro.
Mario no pudo resistir á este espectáculo, y ¡Padre mío, pensó: perdonadme!
Y su dedo asió el gatillo de la pistola.
Iba ya á salir el tiro, cuando la voz de Thénardier gritó:
--¡No le hagáis daño!
Aquella tentativa desesperada de la víctima en vez de exasperar á Thénardier, le había calmado.
Existían en él dos hombres: el hombre feroz y el hombre diestro. Hasta aquel instante, en el desbordamiento del triunfo, ante la presa abatida é inmóvil, el hombre feroz había dominado. Cuando la víctima intentó luchar y se movió, el hombre diestro volvió á reaparecer tomando su ascendiente natural.
--¡No le hagáis daño!--repitió;--y sin sospecharlo siquiera, en primer lugar detuvo la pistola de Mario, pronta á disparar, y luego paralizó la acción del joven, para el cual desapareció la urgencia, no viendo inconveniente ante esta nueva fase en esperar aún.
¿Quién sabe si no había de surgir algún incidente que le libertase de la horrible alternativa de dejar perecer al padre de Úrsula, ó de perder al salvador del coronel?
Habíase empeñado una lucha hercúlea. De un puñetazo en la espalda, el señor Leblanc había echado á rodar al viejo en medio del cuarto; de un revés de cada mano había tirado á dos de los que le atacaban, y tenía sujetos á otros dos bajo las rodillas; los miserables se ahogaban bajo aquella presión, como bajo una mole de granito, pero los otros cuatro habían cogido al temible anciano por los dos brazos y la nuca, y le tenían doblegado sobre los dos «fumistas», que yacían en el suelo.
Así, dueño de unos y dominado por los otros; aplastando á los de abajo y ahogado por los de arriba, oponiéndose en vano á todos los esfuerzos de los que se agrupaban sobre él, desaparecía el señor Leblanc bajo el grupo horrible de bandidos, como un jabalí bajo la aulladora traílla de mastines y sabuesos.
Consiguieron echarle sobre la cama más próxima á la ventana, y detener allí sus esfuerzos. La Thénardier no le había soltado de los cabellos.
--Tú,--díjole el marido,--no te mezcles en eso. Te vas á desgarrar el pañuelo.
Ella obedeció como la loba obedece al lobo con un gruñido.
--Vosotros,--añadió Thénardier,--registradle.
El señor Leblanc parecía haber renunciado á toda resistencia.
Le registraron. No tenía más que una bolsa de cuero que contenía seis francos, y su pañuelo.
Thénardier se guardó el pañuelo en el bolsillo.
--¡Cómo! ¿No lleva cartera?--preguntó.
--Ni reloj,--respondió uno de los «fumistas».
--Es igual,--murmuró con voz de ventrílocuo el hombre enmascarado que llevaba la gran llave;--es un viejo duro.
Thénardier fué al rincón de la puerta; allí cogió un manojo de cuerdas, y se las arrojó, diciéndoles:
--Atadle al banquillo.
Y viendo al viejo que había permanecido tendido en medio del cuarto del puñetazo que le había asestado el señor Leblanc, y notando que no se movía, preguntó:
--¿Está muerto acaso Boulatruelle?
--No,--respondió el Colmenero,--está borracho.
--Barredle á un rincón,--dijo Thénardier.
Dos de los «fumistas» empujaron al borracho con el pie hasta el montón de hierro viejo.
--Babet, ¿por qué has traído tanta gente?--dijo Thénardier por lo bajo al hombre del garrote.--Era inútil.
--¡Qué quieres!--replicó el del garrote.--Todos han querido ser de la partida; el tiempo es malo, y apenas se hacen negocios.
El lecho sobre el que el señor Leblanc había sido derribado, era una especie de cama de hospital, sostenida por un par de banquillos de madera y toscamente labrados.
El señor Leblanc les dejó hacer.
Los bandidos le ataron sólidamente, derecho, y con los pies sujetos al banquillo más separado de la ventana y más próximo á la chimenea.
Cuando quedó apretado el último nudo, Thénardier cogió una silla y fué á sentarse casi enfrente de Leblanc.
Thénardier se había trasformado; en breves instantes su fisonomía había pasado de la violencia desenfrenada á la dulzura tranquila y astuta.
Mario apenas podía conocer en aquella sonrisa política de oficinista la boca casi bestial que momentos antes espumeaba. Contemplaba estupefacto aquella metamorfosis fantástica y alarmante, y sentía lo que sentiría un hombre cualquiera que viese á un tigre cambiarse en procurador.
--Caballero...--dijo Thénardier.
Y apartando con el gesto á los ladrones, que aún tenían puestas las manos sobre el señor Leblanc, añadió:
--Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.
Todos se retiraron hacia la puerta.
Thénardier prosiguió.
--Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque hubierais podido romperos una pierna. Ahora, con vuestro permiso, vamos á hablar tranquilamente. Ante todo debo comunicaros una observación que he hecho, y es que todavía no habéis lanzado el menor grito.
Thénardier tenía razón; este detalle era positivo, aún cuando en su turbación Mario no lo había notado.
El señor Leblanc apenas había pronunciado algunas palabras sin alzar la voz, y hasta en su lucha junto á la ventana con los seis bandidos, había guardado el más profundo y singular silencio.
Thénardier prosiguió:
--¡Vive Dios! que aún cuando hubierais gritado: ¡ladrones! no me habría parecido inconveniente. Se grita á veces: ¡al asesino! y esto no lo habría yo tomado á mal. Es muy natural que se meta un poco de ruido cuando uno se encuentra con personas que no le inspiran suficiente confianza. Aunque lo hubierais hecho, no por eso os habríamos incomodado; ni aún siquiera os habríamos puesto una mordaza. Y voy á deciros porqué. Este cuarto es muy sordo. No tiene más que esta cualidad, pero la tiene. Es una cueva. Aunque reventase aquí una bomba, el ruido que se sentiría en el cuerpo de guardia más próximo no pasaría de ser lo que el ronquido de un borracho. Aquí el cañón haría ¡bun! y el trueno ¡puf! Es un alojamiento cómodo. Pero, en fin, no habéis gritado, tanto mejor; os felicito en verdad, y voy á deciros lo que pienso de ello. Cuando se grita, mi buen señor, ¿quién acude? La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; vos no habéis gritado; luego no os interesa más que á nosotros el que acudan la justicia y la policía. Ya hace tiempo que me lo sospechaba. Vos tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra parte, tenemos el mismo interés: Así pues podemos entendernos.
Hablando así, parecía que Thénardier, fija su pupila en el señor Leblanc, trataba de hundir sus puntas agudas que salían de sus ojos hasta la conciencia de su prisionero. Por lo demás, su lenguaje, sazonado con cierta insolencia suave y socarrona, era reservado y casi escogido; y en aquel miserable, que poco antes era un bandido, se revelaba entonces «el hombre que ha estudiado para clérigo».
El silencio guardado por el prisionero, aquella precaución que llegaba hasta el olvido de cuidar de su vida, aquella resistencia opuesta al primer movimiento de la naturaleza, que es gritar; todo unido, es preciso decirlo, desde que había sido observado y realizado, importunaba á Mario y le asombraba dolorosamente.
La fundada observación de Thénardier obscurecía aún más para Mario las misteriosas sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y extraña, á la que Courfeyrac había puesto el apodo del señor Leblanc.
Pero, fuese quien fuere, atado, rodeado de verdugos, medio sumido, por así decirlo, en una zanja que se abría debajo de él más y más á cada instante, ya ante el furor, ya ante la dulzura de Thénardier, aquel hombre permanecía impasible, y Mario no podía menos de admirar en semejante momento aquel rostro soberbiamente melancólico.