Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 7

Chapter 73,966 wordsPublic domain

--¡Voy, voy!--contestó ella.--¡No hay tiempo para nada en esta casucha!

Poniéndose á tararear:

Si me abandonas para irte á la gloria, Mi triste corazón te seguirá.

Lanzó una mirada postrera al espejo, y salió, cerrando tras sí la puerta.

Poco después Mario oyó el ruido de los pies descalzos de las chicas en el corredor, y la voz de Jondrette que les gritaba:

--¡Mucho cuidado! La una del lado del portillo, la otra á la esquina de la calle del Petit-Banquier. No perdáis de vista un minuto la puerta de la casa; y en notando la menor cosa, inmediatamente aquí. ¡En un brinco! Tenéis ya llave para entrar.

La hija mayor murmuró:

--¡Estar de centinela con los pies descalzos sobre la nieve!

--Mañana tendréis botas de seda color de escarabajo,--dijo el padre.

Bajaron las muchachas la escalera, y algunos segundos después el golpe de la puerta principal, que se cerraba, anunció que estaban fuera.

No quedaban ya en la casa más que Mario y los Jondrette, y probablemente también los misteriosos seres entrevistos por el joven á la luz del crepúsculo, detrás de la puerta del cuarto deshabitado.

XVII =Empleo de la moneda de cinco francos de Mario=

Mario creyó que había llegado el instante de volver á ocupar su puesto en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la ligereza de sus pocos años, se encontró de nuevo junto al agujero del tabique divisorio.

Observó y miró.

El interior de la habitación de los Jondrette ofrecía un aspecto singular, y Mario se explicó la extraña claridad que en ella había observado. En un candelero de cobre ardía una vela de sebo; pero no era ésta la que alumbraba realmente el cuarto. Todo el desván aparecía iluminado por la reverberación de un gran hornillo de palastro colocado en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Era el brasero que la mujer de Jondrette había preparado por la mañana. El carbón estaba hecho ascua, y el hornillo enrojecido; una llama azulada vagaba oscilante sobre el fuego, y ayudaba á distinguir la forma del escoplo comprado por Jondrette en la calle de Pierre Lombard, el cual se enrojecía metido entre las ascuas. En un rincón cerca de la puerta, y como para un uso ya previsto, se veían dos montones, que parecían ser uno de objetos de herraje y otro de cuerdas. Todo esto, para el que no hubiese sabido lo que se preparaba, hubiera hecho vacilar la imaginación entre una idea siniestra y otra muy sencilla. El desván, así iluminado, parecía antes una fragua que una boca del infierno; pero Jondrette, con aquella claridad, tenía más aires de demonio que de herrero.

El calor del brasero era tal, que la vela colocada sobre la mesa se deshacía por el lado del fuego, consumiéndose como cortada á bisel. Una antigua linterna de latón, digna de Diógenes convertido en Cartouche, estaba sobre la chimenea.

El hornillo, colocado en el mismo hogar al lado de los tizones casi apagados, enviaba su vapor hacia el conducto de la chimenea, y no despedía mal olor.

La luna, entrando por los cuatro cristales de la ventana, arrojaba su luz blanquecina en el purpúreo y flamante desván; y á la poética imaginación de Mario, soñador aún en el momento de la acción, parecíale como un pensamiento celeste, mezclado con los deformes desvaríos terrenales.

Una corriente de aire que entraba por el vidrio roto, contribuía á disipar el olor del carbón y á disminuir el calor.

La cueva Jondrette estaba, si se recuerda cuanto hemos dicho sobre la casucha de Cuervo, admirablemente situada, para servir de teatro á un hecho violento y sombrío, y de envoltorio á un crimen. Era el cuarto más retirado de la casa más aislada del boulevard más desierto de París. Si las sorpresas criminales no hubiesen existido, allí se hubieran podido inventar.

Todo el espesor de una casa y una multitud de cuartos deshabitados, separaban aquel antro del boulevard, y la única ventana que tenía daba á solares desiertos, cerrados con tapias ó empalizadas.

Jondrette había encendido su pipa; estaba sentado sobre la silla rota y fumando. Su mujer le hablaba por lo bajo.

Si Mario hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de los hombres que se ríen en todos los casos de la vida, habría soltado la carcajada cuando su mirada topó con la mujer de Jondrette. Llevaba un sombrero negro con plumas, bastante parecido á los sombreros de los heraldos cuando la consagración de Carlos X; un inmenso pañuelo tartán cubriendo su refajo de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la mañana. Este tocado es el que había arrancado á Jondrette aquella exclamación:

--_¡Bueno! ¡Te has vestido! ¡Has hecho bien! Es preciso que puedas inspirar confianza._

Jondrette no se había quitado el sobretodo nuevo y holgadísimo para él, que le había dado el señor Leblanc, y su traje seguía ofreciendo el contraste de la levita y pantalón, que constituía á los ojos de Courfeyrac el ideal del poeta.

De pronto Jondrette alzó la voz:

--¡Á propósito: ahora se me viene á la imaginación! Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende la linterna, cógela y baja. Quédate detrás de la puerta. En el momento en que oigas parar el carruaje, abrirás enseguida y le alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras él entra aquí, tú bajarás á todo escape, pagarás al cochero y despedirás el carruaje.

--¿Y el dinero?--preguntó la mujer.

Jondrette rebuscó en los bolsillos del pantalón, y le entregó una moneda de cinco francos.

--¿Qué es esto?--exclamó la mujer.

Jondrette respondió con dignidad:

--Es el monarca que dió el vecino esta mañana.

Y añadió:

--¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?

--¿Para qué?

--Para sentarse.

Mario sintió recorrer por su cuerpo un estremecimiento glacial al oir á la mujer dar esta sencilla respuesta:

--¡Pardiez! Voy á buscar las del vecino.

Y con un rápido movimiento abrió la puerta del desván y salió al corredor.

Mario no tenía materialmente tiempo para bajar de la cómoda, ir hasta la cama, y acurrucarse.

--Toma la luz,--gritó Jondrette.

--No,--dijo ella,--me estorbaría, tengo que cargar con las dos sillas. La luna alumbra lo bastante.

Mario oyó la pesada mano de aquella mujer buscar á tientas en la obscuridad la llave de su cuarto. Abrióse la puerta. Mario se quedó clavado en su puesto sobrecogido de sorpresa y estupor.

La mujer entró.

La ventanilla abuhardillada dejaba pasar un rayo de luna entre dos grandes manchas de sombra. Una de aquellas manchas cubría enteramente la pared, á la cual estaba pegado Mario, de modo que desaparecía en la obscuridad.

La mujer Jondrette levantó los ojos sin ver á Mario, cogió las dos sillas únicas que éste poseía, y se marchó, dejando que la puerta se cerrase ruidosamente detrás de ella.

Y entró de nuevo en su madriguera.

--Aquí están las dos sillas.

--Y aquí la linterna,--dijo el marido.--Baja enseguida.

Obedeció ella inmediatamente, y Jondrette quedó solo.

Colocó las dos sillas á los dos lados de la mesa, dió una vuelta al escoplo en el brasero, puso delante de la chimenea un biombo viejo que ocultaba el hornillo; luego fué al rincón donde estaba el montón de cuerdas, y se bajó como para examinar alguna cosa. Mario conoció entonces que lo que había tomado por un montón informe, era una escala de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para colgarla.

Aquella escala y algunos gruesos utensilios, verdaderas mazas de hierro que estaban entre un montón de herraje detrás de la puerta, no se hallaban por la mañana en el domicilio de los Jondrette, y evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la ausencia de Mario.

--Son herramientas de cerrajero,--pensó Mario.

Si hubiera sido un poco más entendido en aquel oficio, habría reconocido en lo que tomaba por herramientas de cerrajero, ciertos instrumentos buenos para forzar una cerradura ó desquiciar una puerta, y otros á propósito para hendir ó cortar: las dos clases de instrumentos siniestros que los ladrones llaman _ganzúas_ y _ruiseñores_.

La chimenea y la mesa, con las dos sillas, se hallaban precisamente enfrente de Mario. Estando oculto el brasero por el biombo, sólo iluminaba el cuarto la luz de la vela; el menor objeto colocado sobre la mesa ó sobre la chimenea, producía una gran sombra. La de un jarro de agua destortillado ocultaba la mitad de una pared. Había en aquel cuarto cierta calma terrible y amenazadora. Sentíase como la espera de algo horroroso.

Jondrette había dejado apagar su pipa, grave signo de meditación, y había vuelto á sentarse. La luz hacía resaltar los ángulos fieros y delgados de su fisonomía; grandes fruncimientos de cejas y bruscos movimientos de su mano derecha, parecían indicar como que contestaba á los últimos consejos de un sombrío monólogo interior.

En una de esas obscuras réplicas que se daba á sí mismo, tiró vivamente hacia sí del cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina que allí estaba guardado, y probó el filo sobre su uña. Hecho lo cual, volvió á dejar el cuchillo en el cajón y cerró.

Mario, por su parte, sacó el cachorrillo que tenía en el bolsillo derecho, y lo montó.

La pistola produjo al montarla un pequeño ruido claro y seco.

Jondrette se estremeció y casi se levantó de la silla.

--¿Quién anda ahí?--gritó.

Mario contuvo su respiración; Jondrette escuchó un momento, y luego se echó á reir, diciendo:

--¡Qué torpe! Es el tabique que cruje.

Mario conservó el cachorrillo en la mano.

XVIII =Las dos sillas de Mario frente á frente=

De pronto, la lejana y melancólica vibración de una campana, conmovió los cristales. Daban las seis en San Medardo.

Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Al oir la sexta, despabiló la vela con los dedos.

Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredor, paseó y escuchó nuevamente.

--¡Con tal que venga!--murmuró. Y se volvió á sentar.

Apenas se había sentado nuevamente, se abrió la puerta.

Habíala abierto su mujer, y quedándose en el corredor hizo una horrible mueca de amabilidad, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros de la linterna sorda.

--Pasad, señor,--dijo.

--Adelante, mi bienhechor,--repitió Jondrette, levantándose precipitadamente.

Apareció el señor Leblanc.

Tenía tal aire de serenidad que le hacía singularmente venerable.

Puso sobre la mesa cuatro luises de oro.

--Señor Fabantou,--dijo,--aquí tenéis para el alquiler y para vuestras primeras necesidades. Luego ya veremos.

--Dios os lo pague, mi generoso bienhechor,--dijo Jondrette.

Y acercándose rápidamente á su mujer añadió:

--¡Despide el coche!

La mujer se marchó en tanto que el marido prodigaba sus saludos y ofrecía una silla al señor Leblanc. Poco después volvió á parecer, y le dijo al oído:

--Ya está.

La nieve que había caído todo el día era tan espesa que no se había oído la llegada del carruaje, ni se le oyó marchar.

Entretanto, habíase sentado el señor Leblanc.

Jondrette tomó posesión de la otra silla enfrente del bienhechor.

Ahora, para formarse una idea de la escena que se prepara, debe imaginarse el lector una noche helada, las soledades de la Salpetrière cubiertas de nieve, y blancas á la luz de la luna como inmensos sudarios, la claridad de lamparilla de los reverberos acá y acullá, alumbrando los trágicos boulevares y las largas filas de negros olmos; ni un transeúnte quizá en un cuarto de legua á la redonda. La casucha de Cuervo en su más alto punto de silencio, de horror y de obscuridad; y en medio de aquella soledad, en medio de aquella sombra, el vasto desván de Jondrette, iluminado por una vela de sebo; y en aquella madriguera dos hombres sentados junto á una mesa. El señor Leblanc, tranquilo; Jondrette, risueño y espantoso; su mujer, la madre loba, en un rincón, y detrás del tabique, Mario, invisible, en pie, no perdiendo una palabra, ni un movimiento; la mirada en acecho, la pistola en la mano.

Mario, por su parte, sentía una horrorosa emoción, pero ningún temor. Apretaba la culata de la pistola, y se sentía tranquilo.

--Detendré la acción á ese miserable cuando quiera,--pensaba.

Comprendía, por otra parte, que la policía andaba por allí, emboscada en alguna parte, esperando la seña convenida y pronta á extender el brazo.

Esperaba, además, que de aquel violento encuentro entre Jondrette y el señor Leblanc, brotaría alguna luz que aclarase todo lo que él tenía interés en conocer.

XIX =Preocuparse de los fondos oscuros=

Apenas sentado el señor Leblanc, volvió la vista hacia los lechos que estaban vacíos.

--¿Cómo está la pobre niña herida?--preguntó.

--Mal,--respondió Jondrette con una sonrisa desconsolada y agradecida;--muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha acompañado al hospital de la Bourbe para que la curen. Pronto la veréis, pues van á volver enseguida.

--La señora Fabantou me parece algo mejorada,--replicó el señor Leblanc, fijando la vista en el extraño arreo de la mujer, que de pie, entre él y la puerta, como si guardase ya la salida, le miraba en actitud amenazadora y casi de combate.

--Está muriéndose, señor,--dijo Jondrette;--pero ¡qué queréis, señor! ¡Tiene tantos bríos! ¡Qué mujer! Esto no es mujer, es un toro.

La mujer, halagada por el cumplimiento, exclamó con un arrumaco de monstruo acariciado:

--¡Ah, Jondrette! ¡Tú siempre has sido bueno para mí!

--¡Jondrette!--exclamó Leblanc.--¡Yo creía que os llamabais Fabantou!

--Fabantou, alias Jondrette,--replicó vivamente el marido.--Es un apodo de artista.

Y dirigiendo á su mujer un encogimiento de hombros que el señor Leblanc no vió, prosiguió en tono enfático y cariñoso:

--¡Ah! Siempre hemos hecho buenas migas mi mujer y yo. ¿Qué nos quedaría, si no nos quedase el cariño? ¡Somos tan desgraciados, mi respetable señor! ¡Hay brazos, pero no trabajo! ¡Hay voluntad, pero falta obra! ¡No sé cómo el Gobierno arregla esto; pero, ¡palabra de honor, caballero! yo no soy jacobino ni realista, yo no le quiero mal; pero, si yo fuera ministro, juro por lo más sagrado que esto habría de marchar de otra manera. Por ejemplo, yo he querido poner á mis hijas á hacer cajas de cartón. Me diréis: «¡Cómo! ¿Un oficio?» ¡Sí, señor! ¡Un simple oficio, un medio de ganar el pan de cada día! ¡Qué caída, mi bienhechor! ¡Qué degradación, cuando uno ha sido lo que yo! ¡Ay! ¡Nada nos queda del tiempo de nuestra prosperidad! Nada más que una cosa, un cuadro que aprecio en mucho, pero del cual me desharía, sin embargo, porque es preciso vivir. Sí, señor, ¡es preciso vivir!

Mientras Jondrette hablaba con una especie de desorden aparente, que en nada debilitaba la expresión reflexiva y sagaz de su fisonomía, Mario alzó los ojos y vió en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre; pero tan calladamente, que no se habían oído sonar los goznes de la puerta. Aquel hombre vestía una almilla de punto morado, vieja, usada, manchada, con jirones en todos los pliegues; un ancho pantalón de pana, babuchas en los pies, sin camisa, el cuello desnudo, los brazos desnudos y pintarrajeados, y la cara tiznada de negro. Se había sentado en silencio y con los brazos cruzados, sobre la cama más próxima; y como estaba detrás de la mujer de Jondrette, sólo se le distinguía confusamente.

Esa especie de instinto magnético que advierte á la mirada, hizo que el señor Leblanc se volviese casi al mismo tiempo que Mario, no pudiendo evitar un movimiento de sorpresa, que no se le escapó á Jondrette.

--¡Ah, ya; comprendo!--exclamó Jondrette abrochándose con cierto aire de complacencia.--¿Miráis vuestro sobretodo? ¡Oh! ¡Me sienta muy bien! ¡Perfectamente!

--¿Quién es ese hombre?--preguntó el señor Leblanc.

--¿Ése?--dijo Jondrette,--es un vecino. No hagáis caso.

El tal vecino tenía un aspecto singular. Sin embargo, en el arrabal de San Marcelo abundaban las fábricas de productos químicos; y muchos de sus obreros podían tener la cara negra. Todo en la persona del señor Leblanc respiraba una confianza cándida é intrépida.

Y repuso:

--Perdonad: ¿qué me estabais diciendo, señor Fabantou?

--Os decía, mi venerable protector,--contestó Jondrette, apoyando los codos sobre la mesa, y fijando en Leblanc tiernas miradas, bastante parecidas á las de la serpiente boa,--os decía que tenía un cuadro de venta.

Oyóse en la puerta un ligero ruido. Acababa de entrar otro hombre, que fué á sentarse también en la cama detrás de la mujer de Jondrette.

Tenía como el primero los brazos desnudos y la cara ennegrecida con tinta ú ollín.

Aun cuando aquel hombre, más bien que entrado, se había deslizado en el cuarto, no pudo impedir que le viese el señor Leblanc.

--No tengáis cuidado,--dijo Jondrette;--son gentes de la casa.--Decía, pues, que me quedaba un cuadro precioso... Ahí está, señor; vedlo.

Levantóse, se dirigió á la pared contra la cual estaba arrimado el bastidor de que hemos hablado, y le volvió, manteniéndole apoyado en la pared misma. Era, en efecto, algo que se parecía á un cuadro, iluminado un poco por la luz de la vela. Mario no podía distinguir nada, porque Jondrette se había colocado entre el cuadro y él; solamente divisaba un embadurnamiento grosero con una especie de personaje principal, iluminado con esa crudeza chillona de los lienzos de ferias y de las pinturas de biombo.

--¿Qué es eso?--preguntó el señor Leblanc.

Jondrette exclamó:

--¡Una obra maestra! ¡Un cuadro de gran mérito, mi bienhechor! Lo estimo tanto como á mis hijos. ¡Despierta en mí recuerdos! Pero ya os lo he dicho, y no me desdigo de ello; soy tan desgraciado que me desharía de él.

Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al examinar el cuadro el señor Leblanc, volvió la vista hasta el fondo de la estancia.

Había ya allí cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie cerca de la puerta; los cuatro con los brazos desnudos, inmóviles, y el rostro tiznado de negro. Uno de ellos, que estaba sentado en la cama, se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; hubiérase dicho que dormía.

Era viejo; sus cabellos blancos sobre su cara negra eran horribles; los otros dos parecían jóvenes; el uno era barbudo, y cabelludo el otro. Ninguno tenía zapatos; los que no llevaban babuchas tenían los pies desnudos.

Jondrette observó que la mirada del señor Leblanc se fijaba en aquellos hombres.

--Son amigos,--dijo,--son de la vecindad. Están tiznados, porque trabajan en carbón, _son fumistas_. No os ocupéis de ellos, mi bienhechor, compradme mi cuadro. Tened lástima de mi miseria. No os lo venderé caro. Á vuestro entender, ¿cuánto vale?

--Pero,--dijo el señor Leblanc, mirando á Jondrette entre ambos ojos, y como hombre que se pone en guardia:--eso no pasa de ser una muestra de taberna, y valdrá solamente unos tres francos.

Jondrette replicó con amabilidad:

--¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.

El señor Leblanc se puso en pie, apoyó la espalda en la pared, y paseó rápidamente su mirada por el cuarto.

Tenía á Jondrette á su izquierda, del lado de la ventana, y la mujer y los cuatro hombres á su derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro hombres no pestañeaban, y ni aún parecían verle.

Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Leblanc podía imaginarse que la miseria había vuelto loco á aquel hombre.

--Si no me compráis mi cuadro, mi querido bienhechor,--decía Jondrette,--no tengo recurso ninguno, ni me queda otro medio que tirarme al río. ¡Cuando pienso que he querido que mis hijas aprendan á hacer cajas de cartón, entrefinas, de aguinaldo! Pues bien: hace falta una mesa con una tableta en el fondo para que no se caigan los tarros al suelo; es preciso una hornilla hecha expresamente para el caso, un cacillo con tres divisiones para los diferentes grados de fuerza que debe tener la cola, según que se emplea para madera, papel ó tela; una cuchilla para cortar el cartón, un molde para dar forma á las piezas, un martillo para clavar los aceros, pinceles, demonios, ¡qué sé yo! ¡Y todo esto para ganar cuatro sueldos al día y trabajar catorce horas! ¡Y cada caja pasa trece veces por la mano de la obrera! ¡Y mojar el papel! ¡Y no manchar nada! ¡Y tener la cola caliente! ¡Los diablos! Digo... ¡Y ocho cuartos por día! ¡Cómo queréis que se viva!

Hablando así, Jondrette no miraba al señor Leblanc que le observaba. La mirada del señor Leblanc estaba fija en Jondrette, y la de Jondrette en la puerta.

La atención anhelante de Mario iba de uno á otro. El señor Leblanc parecía preguntarse: ¿es un idiota? Jondrette repitió dos ó tres veces con toda clase de inflexiones variadas de género llorón y suplicante: ¡No tengo más remedio que tirarme al río! ¡El otro día bajé ya tres escalones para hacerlo, por el lado del puente de Austerlitz!

De pronto su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; aquel hombrecillo se enderezó y apareció espantoso; dió un paso hacia el señor Leblanc, y le gritó con voz tonante:

--¡No se trata de nada de esto! ¿Me conocéis?

XX =La emboscada=

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente, y dejaba ver tres hombres con blusas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de papel negro. El primero era flaco, y llevaba un largo garrote herrado; el segundo, que era una especie de coloso, llevaba cogido por el medio del mango y el mazo hacia abajo un mallete de los destinados á matar bueyes. El tercero, fornido de hombros, menos flaco que el primero y menos macizo que el segundo, empuñaba una enorme llave, robada quizá de la puerta de alguna cárcel.

Parece que Jondrette esperaba la llegada de aquellos hombres.

Empeñóse un diálogo rápido entre él y el hombre del garrote: el flaco.

--¿Está todo pronto?--preguntó Jondrette.

--Sí,--contestó el flaco.

--¿Dónde está Montparnasse?

--El primer galán se ha parado á hablar con tu hija.

--¿Con cuál?

--Con la mayor.

--¿Hay abajo un carruaje?

--Sí.

--¿Está enganchada la carraca?

--Enganchada está.

--¿Con dos buenos caballos?

--Excelentes.

--¿Espera donde he dicho que esperase?

--Sí.

--Bien,--dijo Jondrette.

El señor Leblanc estaba muy pálido. Miraba todo lo de aquella madriguera en torno suyo, como hombre que comprende donde ha caído, y su cabeza alternativamente dirigida hacia todas las cabezas de los que le rodeaban, se movía sobre su cuello con lentitud cautelosa y asombrada, pero sin que hubiese en su ademán nada que se pareciese al miedo. Habíase formado con la mesa un improvisado atrincheramiento; y aquel hombre que momentos antes sólo tenía el aspecto de un buen anciano, se había convertido súbitamente en una especie de atleta, y apoyaba su puño robusto sobre el respaldo de la silla con un gesto temible y sorprendente.

Aquel anciano, tan firme y tan valiente ante semejante peligro, parecía ser de esas naturalezas que son valerosas, de igual manera que son buenas, fácil y sencillamente. El padre de la mujer á quien amamos no es nunca un extraño para nosotros. Mario se sintió orgulloso de aquel desconocido.

Tres de los hombres de quienes Jondrette había dicho ser fumistas, habían cogido de entre el montón de hierro, el uno unas grandes tijeras, el otro la barra de una romana, y el tercero un martillo, y se habían colocado delante de la puerta sin decir una palabra. El viejo se había quedado sobre la cama, y solamente había abierto los ojos. La mujer de Jondrette se había sentado junto á él.

Mario pensó que antes de pocos segundos sería llegado el momento de intervenir, y levantó su mano derecha hacia el techo en dirección del corredor, pronto á soltar el pistoletazo.

Luego que Jondrette terminó su coloquio con el hombre del garrote, volvióse de nuevo hacia el señor Leblanc, y repitió su pregunta, acompañándola con esa risa apagada, contenida y terrible, que le era peculiar--¿Con que no me reconocéis?

El señor Leblanc le miró á la cara, y respondió:

--No.