Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 6

Chapter 63,959 wordsPublic domain

Después se acercó á la ventana. Continuaba cayendo nieve, rayando de blanco el plomizo fondo del cielo.

--¡Qué tiempo tan perro!--exclamó.

Y abrochándose luego el gabán:

--Tiene el pelo muy largo, añadió... Es igual; ha hecho endiabladamente bien en dejármelo el tunante del viejo. Sin esto no habría podido salir yo, y todo se lo hubiera llevado la trampa. ¡Qué casualidades tan raras!

Y encasquetándose la gorra hasta los ojos, salió.

Apenas había tenido tiempo de dar algunos pasos fuera, cuando la puerta se volvió á abrir, y su perfil fiero é inteligente reapareció por la abertura.

--Se me olvidaba,--dijo.--Ten preparado un brasero encendido.

Y arrojó sobre el delantal de su mujer la moneda de cinco francos que le había dejado el «filántropo».

--¿Un brasero de carbón?--preguntó la mujer.

--Sí.

--¿Cuánto carbón?

--Una arroba.

--Costará treinta sueldos. Con el resto traeré que comer.

--¡Diablo! no.

--¿Por qué?

--No vayas á gastar el total de los cien sueldos.

--¿Por qué?

--Porque por mi parte tendré que comprar algo.

--¿Qué?

--Algo.

--¿Cuánto necesitarás?

--¿Dónde hay por aquí un quinquillero?

--En la calle Mouffetard.

--¡Ah! Sí, en la esquina de la calle; recuerdo la tienda.

--Pero dime ¿cuánto te hace falta para lo que has de comprar?

--Cincuenta sueldos; tres francos.

--Quedará bien poco para la comida.

--Hoy no se trata de comer, hay algo más importante que hacer.

--Basta, hijo mío.

Con este cariño de su mujer, Jondrette cerró la puerta, y esta vez Mario oyó alejarse sus pasos por el corredor del casucho y bajar rápidamente la escalera.

La una daba en aquel instante en San Medardo.

XII =Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster=

Por soñador que fuese Mario, ya hemos dicho que era una naturaleza firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento solitario, desarrollando en él la simpatía y la compasión, habían disminuido tal vez la facultad de irritarse; pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Tenía la benevolencia de un bracmán y la severidad de un juez; se apiadaba de un sapo, pero aplastaba las víboras. Ahora bien; su mirada había penetrado en un agujero de víboras; era aquél un nido de monstruos que tenía á la vista.

--¡Es preciso aplastar á esos miserables!--dijo.

Ninguno de los enigmas que esperaba ver disiparse se había aclarado: al contrario, casi todos se habían obscurecido aún más tal vez. Nada más sabía sobre la hermosa joven del Luxemburgo, ni sobre el hombre á quien llamaba el señor Leblanc, sino que Jondrette los conocía. Al través de las tenebrosas palabras que había oído, sólo entreveía una cosa clara, y era que se preparaba una emboscada obscura, pero terrible; que los dos corrían un peligro, la joven probablemente, y el padre de seguro; que era menester salvarlos; que era preciso burlar las espantosas combinaciones de los Jondrette y romper la tela de aquellas arañas.

Observó un momento á la mujer de Jondrette. Había sacado de un rincón un hornillo viejo de palastro y andaba revolviendo en una espuerta de hierro viejo.

Bajóse de la cómoda lo más suavemente que pudo, procurando no hacer el menor ruido.

Entre su miedo por lo que se preparaba, y el horror que los Jondrette le habían causado, sentía una especie de alegría con la idea de que le sería dado prestar un gran servicio á la que amaba.

¿Pero qué hacer? ¿Advertir á las personas amenazadas? ¿Dónde encontrarlas? No sabía su domicilio. Habían reaparecido un instante á sus ojos, y vuéltose á hundir después en las inmensas profundidades de París. ¿Esperar al señor Leblanc á la puerta por la noche, á las seis, en el momento en que llegase, y prevenirle del lazo?

Pero Jondrette y su gente le verían espiar; el sitio estaba desierto: serían más fuertes que él; no les faltarían medios de cogerle ó de alejarle, y aquél á quien Mario pretendía salvar quedaría perdido. Acababa de dar la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis. Mario tenía cinco horas de que disponer.

No había que hacer más que una cosa.

Púsose su frac presentable, atóse un pañuelo al cuello, cogió el sombrero y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre musgo con los pies descalzos.

Entretanto la mujer de Jondrette continuaba revolviendo en su hierro viejo.

Ya fuera de la casa, siguió hasta la calle del Petit-Banquier.

Al estar como á la mitad de esta calle, junto á una tapia muy baja, que se podía saltar en ciertos puntos, la cual daba á un terreno erial, caminaba lentamente y pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus pasos. De repente oyó voces que hablaban muy cerca de él. Volvió la cabeza; la calle estaba desierta; no se veía á nadie siendo la hora más clara del día, y sin embargo, se oían distintamente dos voces.

Ocurriósele mirar por encima de la pared que iba siguiendo.

Había allí en efecto, dos hombres arrimados á la tapia, sentados en la nieve, y hablando por lo bajo.

Aquellas dos figuras le eran desconocidas; el uno era un hombre barbudo con blusa, y el otro un hombre cabelludo y harapiento.

El barbudo llevaba un gorro griego, el otro la cabeza descubierta y nieve en los cabellos.

Alargando la cabeza por encima de ellos, Mario podía oir.

El cabelludo empujaba al otro con el codo, diciéndole:

--Con Patrón-Minette la cosa no puede fallar.

--¿Lo crees así?--dijo el barbudo.

Y el cabelludo replicó:

--Siempre dará para cada uno un lote de quinientos bultos, y lo peor que pueda suceder: ¡cinco años, seis, diez á lo más!

El otro contestó con cierta vacilación, y tiritando bajo su gorro griego:

--Eso es cosa segura, y no hay que andar pensando en tales cosas.

--Te digo que el negocio no puede fallar,--repuso el cabelludo;--se cogerá todo el alijo por completo.

Luego se pusieron á hablar de un melodrama que habían visto la víspera en el teatro de la Gaité.

Mario prosiguió su camino.

Parecíale que las palabras obscuras de aquellos hombres, tan extrañamente ocultos detrás de la pared y acurrucados sobre la nieve, no dejaban tal vez de tener alguna relación con los abominables proyectos de Jondrette. Éste debía ser el _negocio_.

Dirigióse hacia el arrabal de San Marcelo, y preguntó en la primera tienda qué encontró, dónde podía encontrar un comisario de policía.

Indicáronle el número 14 de la calle Pontoise.

Mario se dirigió allá.

Al pasar por delante de una panadería, compró un panecillo de dos sueldos y se lo comió, previendo que no comería más aquel día.

Mientras iba andando, hizo justicia á la Providencia. Pensó que si no hubiese dado por la mañana aquellos cinco francos á la hija de Jondrette, hubiera seguido el coche del señor Leblanc, y por consiguiente lo habría ignorado todo; nada se habría opuesto á la celada de los Jondrette, y el señor Leblanc estaba perdido, é indudablemente su hija con él.

XIV =Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado=

Al llegar al número 14 de la calle de Pontoise, subió al piso principal, y preguntó por el comisario de policía.

--El señor comisario de policía no está,--contestó uno de los ordenanzas de oficina;--pero hay un inspector que le sustituye. ¿Queréis hablarle? ¿Es cosa urgente?

--Sí,--dijo Mario.

El ordenanza le introdujo en el despacho del comisario. Un hombre de elevada estatura estaba allí en pie, detrás de un enrejado, apoyado en una estufa, levantándose con ambas manos los faldones de un gran carric de tres esclavinas.

Su cara era cuadrada, la boca pequeña y firme, espesas patillas entrecanas muy cerdosas, y una mirada capaz de distinguir hasta el fondo de los bolsillos. Hubiérase podido decir de su mirada, no que penetraba, sino que registraba.

Aquel hombre tenía el aire no menos feroz y temible que Jondrette; muchas veces causa tanto miedo el encuentro de un perro de presa como el de un lobo.

--¿Qué se ofrece?--dijo á Mario, sin añadir caballero.

--Ver al señor comisario de policía.

--Está ausente; yo le sustituyo.

--Es para un asunto muy reservado.

--Entonces, hablad.

--Y muy urgente.

--Entonces, hablad pronto.

Aquel hombre, sereno y brusco, era á la vez temible y tranquilizador; inspiraba miedo y confianza. Mario le refirió la aventura: que una persona, á quien no conocía más que de vista, debía ser atraída por la noche á una emboscada. Que habitando en el cuarto inmediato á la madriguera, él, Mario Pontmercy, abogado, había oído todo el complot á través de la pared. Que el malvado que había ideado el plan era un hombre llamado Jondrette. Que tendría cómplices, probablemente entre los vagos de las afueras, y entre otros un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero. Que las hijas de Jondrette estarían en acecho. Que no había medio alguno de prevenir á la persona amenazada, toda vez que ni aun se sabía su nombre. Y por último, que todo esto debía verificarse á las seis de la tarde, en el punto más desierto de la alameda del Hospital en la casa número 50-52.

Al oir este número el inspector levantó la cabeza, y dijo fríamente:

--¿Es pues en el cuarto del extremo del corredor?

--Precisamente,--dijo Mario, y añadió:--¿Por ventura conocéis la casa?

El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:

--Puede.

Y continuó entre dientes, hablando, más que con Mario, con su corbata:

--Algo de Patrón-Minette debe haber en ello.

Este nombre llamó la atención de Mario.

--¡Patrón-Minette!--dijo.--Efectivamente, he oído pronunciar este nombre.

Y refirió al inspector el diálogo del hombre cabelludo con el hombre barbudo, sobre la nieve, detrás de la tapia baja de la calle del Petit-Banquier.

El inspector murmuró:

--El cabelludo debe ser Brujón, y el barbudo debe ser Medio Ochavo, alias Dos Millones.

Y habiendo bajado nuevamente los ojos, meditaba.

--En cuanto al tío Fulano, ya casi le veo ¡Vaya en gracia! ¡Pues no he ido á quemarme el carric! ¡Siempre llenan demasiado de fuego estas malditas estufas!... Número 50-52, antigua casa de Cuervo.

Luego fijó la vista en Mario.

--¿No habéis visto más que á ese barbudo y á ese cabelludo?

--Y á Panchaud.

--¿Y no habéis visto también rondar por allí á cierto petimetrillo endiablado?

--No.

--¿Ni á un mocetón macizo, que se parece al elefante del Jardín Botánico?

--No.

--¿Ni á un mala facha, que tiene todo el aire de un antiguo cola roja?

--Tampoco.

--En cuanto al cuarto, nadie le ve, ni sus mismos ayudantes, dependientes ó empleados. No es, pues, extraño que no le hayáis visto.

--No. Pero ¿qué vienen á ser todos esos individuos?--preguntó vivamente Mario.

El inspector respondió:

--Además que tampoco es ésa su hora.

Volvió á guardar silencio; luego continuó:

--50-52. Conozco esa casucha. Imposible que nos ocultemos en su interior sin que lo noten los artistas, y entonces saldrían del paso con dejar para otro día la función. ¡Son tan modestos, que les incomoda el público!

--¡Nada de eso! ¡Nada de eso! Quiero oirles cantar y hacerlos bailar.

Terminado este monólogo, se volvió hacia Mario, y le preguntó, mirándole fijamente:

--¿Tendríais miedo?

--¿De qué?--dijo el joven.

--De esos hombres.

--Ni más ni menos que de vos,--replicó rudamente Mario, que comenzó á notar que el polizonte no le había llamado aún caballero.

El inspector miró á Mario con mayor fijeza todavía, y replicó con cierta solemnidad sentenciosa:

--Habláis como un hombre valiente y como un hombre honrado. El valor no teme al crimen, ni la honradez teme á la autoridad.

Mario le interrumpió:

--¡Bueno! Pero ¿qué pensáis hacer?

El inspector se limitó á contestarle:

--Los inquilinos de esa casa tendrán su llavín para entrar en ella por la noche. ¿Vos debéis tener uno?

--Sí,--dijo Mario.

--¿Le lleváis ahí?

--Sí.

--Dádmelo,--dijo el inspector.

Mario sacó su llavín del bolsillo, se lo dió al inspector, y añadió:

--Si queréis creerme, haríais bien en ir acompañado.

El inspector dirigió á Mario la misma mirada que hubiera dirigido Voltaire á un académico de provincia, que le hubiese dado un consonante. Sumergió con un solo movimiento sus dos manos, que eran enormes, en los dos inmensos bolsillos de su carric, y sacando de ellos dos pistolas pequeñas de acero de las llamadas cachorrillos, se las presentó á Mario, diciéndole vivamente y con tono breve:

--Tomad esto. Volveos á vuestra casa, y ocultaos en vuestro cuarto de modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas. Observaréis por el agujero que hay en la pared, como me habéis dicho. Esa gente irá. Dejadla obrar un tanto; y cuando juzguéis la cosa á punto, y que es tiempo de pararla, soltad un pistoletazo; no muy pronto. Lo demás corre de mi cuenta. Un tiro al aire, al techo, no importa adónde. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad á que haya dado principio la ejecución; vos sois abogado, y sabéis lo que esto quiere decir.

Mario tomó las pistolas y las metió en el bolsillo interior de su frac.

--Esto abulta mucho y se ve,--dijo el inspector.--Mejor es que os las guardéis en los bolsillos del pantalón.

Mario ocultó las pistolas en los bolsillos del pantalón.

--Ahora,--prosiguió el inspector,--no hay que perder un minuto. ¿Qué hora es? Las dos y media ¿No habéis dicho á las siete?

--Á las seis,--dijo Mario.

--Tengo tiempo,--respondió el inspector;--pero sólo el tiempo preciso. No olvidéis nada de cuanto os he dicho. ¡Pun! ¡Un pistoletazo!

--Descuidad,--respondió Mario.

Y al poner Mario la mano en el pestillo de la puerta para salir, el inspector le gritó:

--Á propósito; si de aquí á entonces tuviereis necesidad de mí, venid ó mandadme recado. Preguntad por el inspector Javert.

XV =Jondrette hace sus compras=

Algunos momentos después, á eso de las tres, Courfeyrac pasaba por casualidad por la calle de Mouffetard en compañía de Bossuet.

La nieve redoblaba llenando el espacio. Bossuet estaba diciéndole á Courfeyrac:

--Al ver caer tantos copos de nieve, diríase que en el cielo hay peste de mariposas blancas.--De pronto Bossuet divisó á Mario, que subía la calle hacia el portillo con un aire particular.

--Mira,--dijo Bossuet,--ahí va Mario.

--Ya le he visto,--dijo Courfeyrac.

--No le hablemos.

--¿Por qué?

--Anda preocupado.

--¿Por qué?

--¿No le ves la cara?

--¿Qué cara?

--La de cualquiera que va siguiendo á alguien.

--Es verdad,--dijo Bossuet.

--Mira qué ojos,--observó Courfeyrac.

--¿Pero á quién diablos andará siguiendo?

--¡Á algún pimpollo hermoso y florido! Está enamorado.

--Pero,--reparó Bossuet,--es que por aquí no veo ni pimpollos, ni flores, ni nada que sepa á mimos en toda la calle. No se ve una mujer.

Courfeyrac miró y exclamó:

--Sigue á un hombre.

Un hombre, en efecto, cubierto con una gorra, y cuya barba gris se distinguía, aun cuando no se le veía más que la espalda, caminaba á unos veinte pasos delante de Mario.

Aquel hombre vestía un sobretodo nuevo, demasiado holgado para él y con un asqueroso pantalón destrozado y ennegrecido por el barro.

Bossuet soltó la carcajada.

--¿Qué especie de hombre es ése?

--¿Ése?--replicó Courfeyrac.--Será algún poeta. Los poetas suelen llevar generalmente pantalones de vendedor de pieles de conejo, y gabán de par de Francia.

--Veamos á dónde va Mario,--dijo Bossuet;--veamos dónde va ese hombre. Sigámoslos, ¿eh?

--Bossuet,--exclamó Courfeyrac.--Águila de Meaux, sois un bruto prodigioso. ¡Seguir á un hombre que sigue á otro hombre!

Y retrocedieron.

Mario, en efecto, había visto pasar á Jondrette por la calle Mouffetard, y le espiaba.

Jondrette caminaba delante de él sin sospechar que se le vigilase.

Dejó la calle de Mouffetard, y Mario le vió entrar en una de las más horribles covachas de la calle Gracieuse, donde estuvo como un cuarto de hora, y luego volvió á la calle Mouffetard, parándose en casa de un quinquillero que había en aquella época en la esquina de la calle de Pièrre-Lombard, y algunos minutos después le vió Mario salir de la tienda, llevando en la mano un gran escoplo, con mango de madera blanca, que ocultó bajo el gabán. Á la altura de la calle del Petit-Gentilly volvió á la izquierda, dirigiéndose rápidamente á la calle del Petit-Banquier. El día iba cayendo; la nieve, que había cesado por unos momentos, volvía á comenzar. Mario se ocultó detrás de la esquina misma de la calle del Petit Banquier, que estaba como siempre desierta, y no siguió á Jondrette. Hizo bien, porque en cuanto llegó á la tapia baja, donde Mario había oído al hombre cabelludo y al hombre barbudo, Jondrette se volvió, se aseguró de que nadie le seguía ni le veía; luego saltó la tapia y desapareció.

El terreno baldío que cercaba aquella tapia comunicaba con el corral de un antiguo alquilador de carruajes, de bastante mala fama, que había quebrado, y que tenía aún bajo los cobertizos algunas berlinas viejas.

Mario creyó que sería prudente aprovechar la ausencia de Jondrette para entrar en la casa; además, la hora se venía encima. Todas las tardes la tía Bougón, al marchar para ir á fregar la vajilla en algunas casas, acostumbraba á echar la llave á la puerta principal de la casucha, la cual al anochecer quedaba irremisiblemente cerrada. Mario había dado su llavín al inspector de policía; era, pues, importante que se apresurase.

La noche había llegado, y casi cerrado por completo; no había ya en el horizonte ni en la inmensidad más que un punto iluminado por el sol: era la luna. Ésta se levantaba rojiza por detrás de la cúpula baja de la Salpetrière.

Mario llegó á grandes pasos al número 50-52. La puerta estaba todavía abierta á su llegada. Subió la escalera de puntillas, y se deslizó á lo largo de la pared del corredor hasta su cuarto. Recuérdese que aquel corredor tenía á ambos lados varios tabucos, que por el momento estaban todos vacíos y por alquilar. La tía Bougón dejaba por lo regular sus puertas abiertas. Al pasar por delante de una de aquellas puertas, Mario creyó divisar en una de las celdas deshabitadas cuatro cabezas de hombre inmóviles, blanqueadas vagamente por un rayo de luz crepuscular que penetraba por una claraboya. Mario no trató de ver, no queriendo ser visto, y apresuró su cauteloso paso. Consiguió entrar en su cuarto sin ser visto y sin ruido. Había llegado á tiempo. Á los pocos momentos oyóse á la tía Bougón que se iba, y la puerta de la casa que se cerraba.

XVI =Donde volverá á encontrarse la canción sobre música inglesa de moda en 1832=

Mario se sentó sobre la cama. Podían ser las cinco y media; media hora solamente le separaba de lo que iba á suceder. Sentía latir sus arterias tan claramente como se oye el movimiento de un reloj en la obscuridad. Pensaba en la doble marcha que se efectuaba en aquel momento en las tinieblas: el crimen avanzando de un lado, la justicia viniendo del otro. No tenía miedo; pero no podía pensar sin cierto sobresalto en lo que iba á pasar.

Como todo aquél á quien repentinamente asalta una aventura sorprendente, todo lo de aquel día le causaba el efecto de un sueño, y para no creerse juguete de una pesadilla, necesitaba sentir en sus bolsillos el frío de los dos cachorrillos de acero.

Ya no nevaba; la luna, cada vez más clara, se desprendía de las nubes, y su luz, mezclada con el reflejo blanquecino de la nieve que había caído, daba á la habitación un aspecto crepuscular.

En el tugurio de los Jondrette había luz. Mario veía brillar el agujero del tabique, con una claridad rojiza que le parecía sangrienta.

Era evidente que aquella claridad no podía ser producida por una vela. Además, en casa de los Jondrette no se notaba el menor movimiento. Nadie se movía, nadie hablaba, no se oía una mosca; el silencio era glacial y profundo, y sin aquella luz se hubiera podido creer que se estaba al lado de un sepulcro.

Mario se quitó suavemente las botas y las metió debajo de su cama.

Transcurrieron algunos minutos. Mario oyó la puerta de la calle girar sobre sus goznes; unas pisadas pesadas y rápidas subieron la escalera y recorrieron el corredor; levantóse ruidosamente el pestillo de la puerta; era Jondrette que entraba.

Oyéronse enseguida muchas voces. Toda la familia estaba en el desván. Solamente que en ausencia del dueño se callaban todos, como se callan los lobeznos en ausencia del lobo.

--Soy yo,--dijo él.

--Buenas noches, papaíto,--chillaron las hijas.

--¿Y bien?--dijo la madre.

--Todo va perfectamente,--respondió Jondrette;--pero tengo un frío de perros en los pies. ¡Bueno! Eso es, te has vestido. Será preciso que puedas inspirar confianza.

--Estoy preparada para salir.

--¿No se te olvidará nada de lo que te he dicho? ¿Lo harás todo bien?

--Descuida.

--Es que...--dijo Jondrette. Y no acabó la frase.

Mario le oyó dejar algo pesado sobre la mesa; probablemente el escoplo que había comprado.

--¡Ah!--exclamó Jondrette.--¿Se ha comido aquí?

--Sí,--respondió la madre,--he traído tres grandes patatas y sal. He aprovechado el fuego, ya que le había, para asarlas.

--Bueno,--replicó Jondrette.--Mañana os llevaré á comer conmigo. Habrá pato y sus accesorios. Comeréis á lo Carlos X. ¡Todo va bien!

Después añadió, bajando la voz:

--La ratonera está abierta. Los gatos están ahí.

Bajó todavía más la voz, y dijo:

--Pon esto en el fuego.

Mario oyó el ruido del carbón removido con una tenaza ú otro instrumento de hierro, y Jondrette continuó:

--¿Has dado sebo á los goznes de la puerta para que no metan ruido?

--Sí,--respondió la madre.

--¿Qué hora es?

--Las seis van á dar, porque la media hace ya rato que dió en San Medardo.

--¡Diablo!--exclamó Jondrette.--Es menester que las chicas vayan á ponerse en acecho.--Venid aquí vosotras y escuchad.

Hubo un cuchicheo.

Volvió á levantar Jondrette la voz:

--¿Ha marchado la tía Bougón?

--Sí,--dijo la madre.

--¿Estás segura de que no hay nadie en el cuarto del vecino?

--No ha vuelto en todo el día, y ya sabes que ésta es su hora de comer.

--¿Estás segura?

--Segurísima.

--Es igual,--replicó Jondrette;--pero no estará de más entrar en el cuarto y ver si está.--Y volvióse á su hija mayor:

--Chica,--dijo,--coge la luz y míralo.

Mario se dejó caer sobre sus manos y sus rodillas escurriéndose silenciosamente debajo de su cama.

Apenas se había escondido, cuando divisó la luz á través de las junturas de la puerta.

--Papá,--gritó una voz,--ha salido.

Mario conoció la voz de la hija mayor.

--¿Has entrado?--preguntó el padre.

--No,--respondió la hija;--pero cuando la llave está en la puerta es señal de que ha salido.

El padre gritó:

--Entra, no obstante.

La puerta se abrió, y Mario vió entrar á la muchacha con una vela en la mano. Estaba como por la mañana, solamente algo más espantosa por efecto de aquella luz.

Marchó directamente hacia la cama. Mario pasó un inexplicable momento de ansiedad; pero cerca de la cama había un espejo colgado en la pared, y allí era adonde se dirigía ella. Empinóse sobre las puntas de los pies, y se miró en él.

Oyóse un ruido como de remover hierro viejo en la habitación inmediata.

Ella se alisó el pelo con la palma de la mano, y dirigió al espejo varias sonrisas, cantando entretanto por lo bajo con voz ronca y sepulcral:

Duraron mis amores, entera una semana, Pero ¡ay! ¡que de la dicha son los instantes breves! ¡Que adorarse ocho días es no adorarse nada! ¡Y el tiempo de quererse debiera durar siempre! ¡Debiera durar siempre! ¡debiera durar siempre!

Entretanto Mario estaba temblando. Parecíale imposible que ella no oyese su respiración.

La muchacha se dirigió á la ventana y miró al exterior, hablando en voz alta, con aquel aire medio alocado que le era propio:

--¡Qué feo es París cuando se pone camisa blanca!--dijo.

Volvióse otra vez á mirarse al espejó haciendo nuevas muecas, y contemplándose sucesivamente de frente, de espalda y por todos lados.

--¡Y bien!--gritó el padre.--¿Qué es lo que haces?

--Estoy mirando debajo de la cama y de los muebles,--respondió, y continuó alisándose el pelo;--no hay nadie.

--¡Ea!--aulló el-padre.--Pronto aquí, y no perdamos tiempo.