Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 5

Chapter 54,017 wordsPublic domain

--Ya lo veis, hermosa señorita,--prosiguió Jondrette;--su puño está ensangrentado. Es un accidente que le ha ocurrido trabajando en una máquina para ganar seis sueldos al día. Quizá habrá necesidad de cortarle el brazo.

--¿De veras?--dijo alarmado el buen anciano.

La chica, tomando estas palabras por lo serio, comenzó á llorar con mayor fuerza.

--¡Ay, sí, mi bienhechor!--respondió el padre.

Hacía algunos instantes que Jondrette contemplaba «al filántropo» de un modo extraño. Mientras continuaba hablando, parecía escudriñar con atención, como si tratase de buscar algo en sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que los recién venidos preguntaban con interés á la niña sobre la herida de la mano, pasó cerca de su mujer, que estaba en la cama con aire abatido y estúpido, diciéndola vivamente por lo bajo:

--¡Fíjate en ese hombre!

Luego, volviéndose hacia el señor Leblanc, prosiguió en sus lamentaciones:

--¡Ya lo veis, señor; tengo por todo vestido una camisa de mujer! ¡Y desgarrada! ¡En el rigor del invierno! No puedo salir de casa, pues carezco de ropa. Si la tuviera, por mala que fuese, iría á ver á la célebre actriz Mars, que me conoce, y me quiere mucho. ¿No vive aún en la calle de la Tourdes Dames? ¿No lo sabéis, señor? Hemos trabajado juntos en provincias. He compartido sus laureles. ¡Celimene vendría á mi socorro, caballero! ¡Elmira daría limosna á Besilario! ¡Pero, nada! ¡Y ni un céntimo en casa! Mi mujer enferma, mi hija peligrosamente herida, y ¡ni un céntimo! Mi mujer padece espasmos, efecto de la edad, complicados con una afección del sistema nervioso. ¡Necesita ciertos cuidados, así también como mi hija! Pero, ¡el médico y la botica! ¿Cómo pagar? ¡Ni un ochavo siquiera! ¡Ante un céntimo me arrodillaría, señor! ¡Á qué se ven reducidas las artes! ¿Y sabéis, hermosa señorita, y vos, mi generoso protector, vos que respiráis la virtud y la bondad, y que perfumáis esa iglesia donde mi pobre hija, al ir á rezar, os ve siempre todos los días...? pues yo educo religiosamente á mis hijas: sabed que yo no he querido que se dedicasen al teatro. ¡Ah, las picaruelas! Que las vea yo torcerse... ¡No gasto bromas yo! ¡Las sermoneo mucho sobre el honor, sobre la moral, sobre la virtud! ¡Ya podéis preguntarles! Es menester que anden derechas. Tienen padre. No son de esas desgraciadas que comienzan por no tener familia y acaban por casarse con el público; que al principio son la señorita Nadie, y después se convierten en la señora de Todo el mundo. ¡Mala peste! ¡Nada de eso en la familia Fabantou! Yo trato de educarlas virtuosamente, y que sean honradas y buenas y que crean en Dios, ¡vive Cristo! Y bien, señor, mi digno señor, ¿sabéis lo que va á pasar mañana? Mañana es el 4 de febrero, el día fatal, el último plazo que me ha concedido el casero; si esta noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su calentura, mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y echados á la calle, al boulevard, sin abrigo, bajo la lluvia, sobre la nieve. Así sucederá, señor. ¡Debo cuatro trimestres, un año! Es decir, sesenta francos.

Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta francos, y no podía deber cuatro, pues no hacía seis meses que Mario había pagado dos.

El señor Leblanc sacó cinco francos del bolsillo, y los echó sobre la mesa.

Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:

--¡Avaro! ¿Qué querrá que haga yo con sus cinco francos? ¡Con eso no me paga siquiera la silla y el vidrio! ¡Puede uno hacer gastos!

Entretanto el señor Leblanc se había quitado un gran gabán obscuro que llevaba sobre su levita azul, y le había echado sobre el respaldo de la silla.

--Señor Fabantou,--dijo,--no traigo aquí más que esos cinco francos; pero voy á llevar á mi hija á casa, y volveré esta noche. ¿No es esta noche que debéis pagar?

La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó vivamente:

--Sí, mi respetable señor. Á las ocho debo estar en casa del propietario.

--Vendré á las seis, y os traeré los sesenta francos.

--¡Oh, mi bienhechor!--exclamó Jondrette casi delirante.

Y añadió por lo bajo:--¡Mírale bien, mujer!

El señor Leblanc había cogido el brazo de su linda hija, y se volvió hacia la puerta.

--Hasta la noche, amigos míos,--dijo.

--¿Á las seis?--preguntó Jondrette.

--Á las seis en punto.

En aquel momento la hija mayor se fijó en el sobretoto que estaba sobre la silla.

--Señor,--dijo,--olvidáis vuestro gabán.

Al oir esto Jondrette, lanzó á su hija una mirada furibunda, acompañada de un encogimiento de hombros formidable.

El señor Leblanc se volvió, y contestó sonriendo:

--No lo olvido, lo dejo.

--¡Oh, mi protector,--dijo Jondrette,--mi augusto bienhechor! Me deshago en llanto. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.

--Si salís,--dijo el señor Leblanc,--poneos ese abrigo. En realidad hace mucho frío.

Jondrette no se lo hizo repetir segunda vez. Embutióse precipitadamente en el gabán.

Y loa tres salieron del desván, Jondrette precediendo á los dos visitantes.

X =Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora=

Mario no había perdido nada de toda aquella escena, y sin embargo, nada había visto en realidad. Sus ojos habían estado constantemente fijos en la joven; su corazón se había, por así decirlo, apoderado de ella, envolviéndola toda por completo, desde que puso los pies en el desván. Durante todo el tiempo que ella estuvo allí, Mario había vivido esa vida del éxtasis, que suspende las percepciones materiales y precipita toda el alma sobre un solo punto. Contemplaba, no á aquella joven, sino aquella luz que llevaba una manteleta de raso y un sombrero de terciopelo. Si la estrella Sirio hubiera entrado en el desván no le habría deslumbrado más.

Mientras la joven abría el paquete, desplegaba las prendas y las mantas, interrogando á la madre enferma con bondad y á la muchacha herida con enternecimiento, Mario espiaba todos sus movimientos y procuraba oir sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza, su talle, su andar; lo que no conocía era su voz. Había creído oir algunas de sus palabras cierto día en el Luxemburgo; pero no estaba absolutamente cierto de ello. Hubiera dado diez años de su vida por oirla, por poder llevar en su alma un poco de aquella música. Pero todo se perdía en las declamaciones lastimeras y en las jeremiadas de Jondrette; lo cual irritaba verdaderamente á Mario, aún en medio de su éxtasis. No apartaba de ella los ojos. No podía imaginarse que fuera realmente aquella criatura divina la que veía en medio de seres tan inmundos en aquel monstruoso tugurio. Parecíale ver un colibrí entre sapos.

Cuando salió la joven, él ya no tuvo más que un pensamiento: seguir sus huellas, no dejarla hasta saber dónde vivía; no volverla á perder, después de haberla hallado tan milagrosamente. Saltó de la cómoda y cogió su sombrero. Al poner la mano en el picaporte, cuando iba ya á salir, detúvole una reflexión. El corredor era largo, la escalera estrecha y empinada, Jondrette muy hablador, el señor Leblanc no habría aún subido en su coche; y si volviéndose en el corredor, en la escalera ó en el portal, le veía en aquella casa, evidentemente se alarmaría y hallaría medio de escapar de nuevo, y otra vez se habría acabado todo. ¿Qué hacer? ¿Esperar un poco? Pero mientras esperaba, el carruaje podría marchar. Mario estaba perplejo. Por fin se arriesgó, y salió de su cuarto. No había ya nadie en el corredor. Corrió á la escalera; tampoco en la escalera había nadie. Bajó á escape, y llegó al boulevard, á tiempo de ver un coche de alquiler dar la vuelta á la esquina de la calle del Petit-Banquier, y entrar en París.

Mario se precipitó en aquella dirección. Al llegar al ángulo del boulevard, volvió á ver el coche, que bajaba rápidamente por la calle Mouffetard. El carruaje estaba ya muy lejos, y no había medio de alcanzarle. ¿Qué hacer? ¿Correr detrás de él? Imposible. Además, desde el carruaje podrían observar que un individuo corría á todo escape para alcanzarle, y el padre le conocería. En aquel momento, ¡casualidad inaudita y maravillosa! vió Mario un cabriolé de alquiler que pasaba vacío por el boulevard. No había sino un partido que tomar; subir en el cabriolé y seguir al coche. Esto era seguro indudablemente.

Mario hizo seña al cochero de que parara, y le gritó:

--¡Por horas!

Mario iba sin corbata, y llevaba puesto el traje viejo de trabajar, al cual le faltaban algunos botones, y su camisa estaba rasgada á lo largo de uno de los pliegues de la pechera.

El cochero se detuvo, guiñó el ojo, y extendió hacia Mario su mano izquierda, frotando suavemente el índice con el pulgar.

--¿Qué?--preguntó Mario.

--Paga anticipada,--respondió el cochero.

Mario se acordó que no llevaba consigo más que diez y seis sueldos.

--¿Cuánto?--preguntó.

--Cuarenta sueldos.

--Á la vuelta pagaré.

El cochero por toda contestación silbó algunas notas de la canción de la Palisse y aplicó un latigazo al caballo.

Mario vió alejarse al cabriolé, con aire consternado. Por veinte y cuatro sueldos que le faltaban, perdía su alegría, su felicidad, su amor, y ¡volvía á caer en las tinieblas! Había visto y quedaba nuevamente ciego. Pensó amargamente, y preciso es decirlo, con profundo pesar, en los cinco francos que aquella misma mañana había dado á aquella miserable muchacha.

Si hubiera tenido sus cinco francos, estaba salvado; renacía, salía del limbo y de las sombras; salía del aislamiento, del esplín, de la viudez; reanudaba el negro hilo de su destino á aquel hermoso hilo de oro que ante sus ojos acababa de flotar y romperse otra vez. Entró de nuevo desesperado en la casucha.

Habría podido pensar que el señor Leblanc había prometido volver por la noche; y que sólo de él dependía arreglárselas mejor entonces para seguirle; pero en su contemplación apenas se había enterado de nada.

En el momento de subir la escalera, divisó al otro lado del boulevard junto á la desierta pared de la calle de la Barrera de los Gobelinos, á Jondrette envuelto en el sobretodo del «filántropo», el cual estaba hablando con uno de esos hombres de figura poco tranquilizadora, á quienes se ha convenido en llamar _vagos de las afueras_; gentes de aspecto dudoso, de monólogos sospechosos, que tienen aire de malos pensamientos, y que duermen comúnmente, de día, lo que hace suponer que trabajan de noche.

Aquellos dos hombres, hablando inmóviles bajo la nieve que caía á grandes copos, formaban un grupo, que á un agente de policía le habría de seguro llamado la atención, pero que Mario apenas lo notó.

Sin embargo, por dolorosa que fuese su preocupación, no pudo menos de decirse que aquel vago de las afueras con quien hablaba Jondrette se parecía á un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, que Courfeyrac le había enseñado una vez, y que pasaba en el barrio por un paseante nocturno asaz peligroso. Ya hemos visto en el libro precedente el nombre de este hombre. El tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, figuró posteriormente en muchas causas criminales, y llegó á ser un célebre bribón. Entonces no era todavía más que un bribón famoso; y hoy día existe en estado de tradición entre los bandidos y ladrones. Á fines del último reinado formaba escuela. Y por la tarde, al anochecer, á la hora en que se forman grupos y se habla en voz baja, se hacía mención de él en la Fuerza, en el Foso de los leones. En dicha cárcel, precisamente en el sitio por donde pasaba bajo el camino de ronda la alcantarilla, que sirvió para la inaudita fuga á mitad del día de treinta presos en 1843, se podía leer, encima de los ladrillos de la atarjea, su nombre, PANCHAUD, audazmente grabado por él en la pared en una de sus tentativas de evasión.

En 1832 la policía le vigilaba; pero aún no había debutado seriamente.

XI =Ofertas de servicio de la miseria al dolor=

Mario subió la escalera de la buhardilla á paso lento; cuando iba á entrar en su celda, vió detrás de él á la hija mayor de Jondrette, que le seguía. Aquella muchacha resultaba odiosa á sus ojos; ella era quien tenía sus cinco francos, y era ya demasiado tarde para reclamárselos; el cabriolé no estaba ya allí, y el coche del señor Leblanc pasaba ya muy lejos. Además, no se los iba á devolver. En cuanto á preguntarle por la casa de los que hacía poco habían estado allí, era inútil, pues evidentemente no lo sabía, toda vez que la carta firmada Fabantou iba dirigida _al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_.

Mario entró en su cuarto, y empujó la puerta tras de sí.

No acababa de cerrarse, y volviéndose vió una mano que mantenía la puerta entreabierta.

--¿Qué hay?--preguntó.--¿Quién está ahí?

Era la hija de Jondrette.

--¿Sois vos?--repuso Mario con dureza.--¡Otra vez!--¿Qué me queréis?

Ella parecía pensativa y no le miraba. No tenía la misma seguridad de aquella mañana. No había entrado, y se mantenía en la sombra del corredor, donde Mario la veía por entre la puerta entreabierta.

--¿Contestáis, ó no?--prorrumpió Mario.--¿Qué es lo que me queréis?

Levantó ella su vista apagada, en la que parecía encenderse vagamente cierta claridad, y le dijo:

--Señor Mario, parece que estáis triste. ¿Qué es lo que os pasa?

--¡Á mí!--dijo Mario.

--Sí, á vos.

--Nada.

--¡Sí!

--No.

--Yo os digo que sí.

--¡Dejadme en paz!

Mario empujó nuevamente la puerta, pero ella continuó reteniéndola.

--Mirad,--dijo ella,--eso no está bien. Aun cuando no seáis rico, habéis sido bueno para conmigo esta mañana; sedlo ahora también. Ya que me habéis dado para comer, decidme lo que os pasa. Que tenéis alguna pena, eso es bien claro. Yo no quisiera veros apesadumbrado. ¿Qué hay que hacer para aliviárosla? ¿Puedo yo servir de algo? Disponed de mí. No os pregunto vuestros secretos; no necesito que me los digáis; pero, en fin, puedo seros útil. Bien puedo ayudaros, pues ayudo á mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir á las casas, preguntar de puerta en puerta, encontrar una dirección, seguir á alguno, yo sirvo para eso. Pues bien; confiadme lo que tenéis; yo iré á hablar á las personas; algunas veces con que alguien hable á las personas, basta para que se sepan las cosas y todo se arregla. Servíos de mí.

Una idea cruzó por la imaginación de Mario. ¿Quién desdeña una rama cualquiera cuando se siente caer?

Acercóse á la muchacha.

--Oye... le dijo.

Ella le interrumpió con un transporte de alegría en los ojos.

--¡Sí, sí, tuteadme! Prefiero eso.

--Pues bien,--repuso él;--¿tú has traído aquí á ese caballero anciano con su hija?

--Sí.

--¿Sabes dónde viven?

--No.

--Averígualo.

La mirada de la niña Jondrette, de triste se había vuelto alegre, y de alegre se tornó sombría.

--¿Es eso lo que queréis?--preguntó ella.

--Sí.

--¿Los conocéis acaso?

--No.

--Es decir,--replicó ella con viveza,--no la conocéis, pero queréis conocerla.

Aquellos _los_ convertidos en _la_, tenían cierto no sé qué significativo y amargo.

--En fin; ¿puedes averiguarlo?--dijo Mario.

--Tendréis la dirección de la hermosa señorita.

Había en las palabras «hermosa señorita» un tonillo que molestó á Mario, el cual replicó:

--¡En fin, no importa! La dirección del padre y de la hija. La dirección, ¿comprendes?

La muchacha le miró fijamente.

--¿Qué es lo que me vais á dar por ello?

--Todo lo que quieras.

--¿Todo lo que yo quiera?

--Sí.

--Tendréis la dirección.

Bajó la cabeza; y luego, con un movimiento resuelto, tiró de la puerta, que se cerró.

Mario volvió á quedar solo.

Dejóse caer sobre una silla, la cabeza y los codos apoyados en la cama, abismado en pensamientos que no podía retener, y como poseído de un vértigo. Todo lo que había pasado aquella mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle, un rayo de esperanza brillando en su inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro.

De pronto le sacaron violentamente de sus meditaciones.

Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciando estas palabras, que para él tenían el más extraño interés:

--Te digo que estoy seguro de ello, y que le he conocido.

¿De quién hablaba Jondrette? ¿Á quién había conocido? ¿Al señor Leblanc, al padre de «su Úrsula»? ¿Acaso Jondrette le conocía? ¿Iba Mario á tener de aquel modo brusco é inesperado todas las noticias, sin las cuales su vida era obscura aún para él mismo? ¿Iba á saber, por fin, á quién amaba? ¿Quién era aquella joven, y quién su padre? ¿Estaba á punto de iluminarse la espesa sombra que les cubría? ¿Iba á romperse el velo? ¡Oh cielos!

Saltó, mejor que subió sobre la cómoda, y volvió á su puesto arrimado al agujero del tabique.

Volvió, pues, á observar el interior de la pocilga de Jondrette.

XII =Empleo de la moneda de cinco francos del señor Leblanc=

Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuese la mujer y las hijas, que habían sacado del paquete y se habían puesto medias y camisetas de lana. Dos mantas nuevas estaban tendidas sobre ambas camas.

Jondrette acababa evidentemente de entrar. Estaba agitado todavía como una especie de sobrealiento producido por el cansancio. Sus hijas estaban sentadas en el suelo cerca de la chimenea, la mayor curándole la mano á la menor. Su mujer estaba como acurrucada en la cama inmediata á la chimenea, como asombrada.

Jondrette paseaba de una á otra parte del desván, á largos pasos, y sus ojos miraban de una manera extraordinaria.

La mujer, que parecía tímida y como herida de estupor ante su marido, se atrevió á preguntarle:

--Pero ¿de veras? ¿Estás seguro?

--¡Seguro! ¡Hace ya ocho años! ¡Pero le conozco! ¡Oh, sí, le conozco! ¡Le conocí enseguida! ¡Cómo! ¿No te ha saltado á la vista?

--No.

--Y sin embargo, te dije que fijaras la atención. Pero es su estatura, su cara, apenas más viejo; hay gentes que no envejecen nunca; no sé cómo lo hacen; es su mismo eco de voz. Mejor vestido; es la única diferencia. ¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya te tengo!

Se paró, y dijo á sus hijas:

--¡Vosotras, idos de aquí!... Es raro que no te haya saltado á la vista.

Las muchachas se levantaron para obedecer.

La madre balbuceó:

--¿Con su mano mala?

--El aire le será bueno,--dijo Jondrette.--Idos.

Evidentemente aquel hombre era de ésos á quien no se replica. Las dos muchachas salieron.

En el momento que iban á atravesar el umbral de la puerta, el padre detuvo á la mayor por el brazo, y dijo con un acento particular:

--Estaréis aquí las dos á las cinco en punto; las dos. Os necesito.

Mario redobló su atención.

Jondrette, solo ya con su mujer, se puso á pasear nuevamente por el cuarto, dando dos ó tres vueltas en silencio. Después ocupó algunos minutos en hacer entrar y salir por la cintura del pantalón el faldón de la camisa de mujer que llevaba puesta.

De pronto volvióse hacia su mujer, se cruzó de brazos, y exclamó:

--¿Quieres que te diga una cosa? La señorita...

--¿Y bien, qué?--repitió la mujer.--¿La señorita?...

Mario no podía dudar; era de ella de quien se hablaba. Escuchaba con ardiente ansiedad. Toda su vida estaba en sus oídos.

Pero Jondrette se había inclinado y hablado por lo bajo á su mujer.

Luego se levantó, y terminó levantando la voz:

--¡Es ella!

--¿Ésa?--dijo la mujer.

--Ésa,--contestó el marido.

No hay palabra que pueda expresar lo que quería decir aquel ésa de la madre. Estaban unidos á un tiempo la sorpresa, la rabia, el odio y la cólera, mezclándose y combinándose en monstruosa entonación.

Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido le había dicho al oído, para que aquella mujer gorda y adormecida despertase de súbito, y de repugnante se volviera espantosa.

--¡Imposible!--exclamó.--Cuando pienso que mis hijas van descalzas, y que no tienen un mal vestido que ponerse. ¡Cómo se entiende! ¡Una manteleta de raso, sombrero de terciopelo, borceguíes y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una señora! ¡No, te engañas! En primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es fea; ¡de veras, no es fea! ¡No puede ser ella!

--Te digo que es ella. Ya verás.

Á aquella afirmación tan absoluta, alzó la mujer su ancho, rojo y rubio semblante, y miró al techo con una expresión deforme. En aquel momento le pareció á Mario más terrible aún que su marido. Era una marrana con la mirada de un tigre.

--¡Cómo!--replicó enseguida.--Esa horrible linda señorita que miraba á mis hijas con aire de lástima, ¿sería aquella miserable holgazana? ¡Oh! ¡Quisiera reventarla á zapatazos!

Saltó de la cama, y permaneció un instante en pie, despeinada, con las ventanas de la nariz dilatadas, entreabierta la boca, crispados los puños y echados hacia atrás. Luego se volvió á dejar caer sobre el lecho.

El hombre iba y venía sin fijar la atención en su hembra.

Después de unos instantes de silencio, se aproximó y detuvo delante de ella con los brazos cruzados, como lo había hecho poco antes.

--¿Y quieres que te diga otra cosa?

--¿Qué?--preguntó ella.

Jondrette respondió en voz baja y breve:

--Que tengo hecha mi fortuna.

La mujer le miró con esa mirada que quiere decir: «¡Si estará loco el que habla!».

Él continuó:

--¡Truenos y rayos! Hace ya mucho tiempo, me parece, que soy feligrés de la parroquia «muérete de hambre si tienes fuego, muérete de frío si tienes pan». ¡Ya he sufrido bastante miseria; mi carga y la de los demás! ¡Ya esto no me divierte; ya basta de comedias y de equívocos, vive Dios! ¡No más farsas, Padre Eterno! ¡Quiero que mi hambre coma y que mi sed beba! ¡Tragar, dormir, y no hacer nada! ¡Quiero que llegue mi vez antes de reventar! ¡Vaya! ¡Quiero ser un poco millonario!

Dió la vuelta al cuarto y añadió:

--Como los demás.

--¿Qué quieres decir?--preguntó la mujer.

Sacudió él la cabeza, guiñó los ojos, y levantó la voz como un charlatán de plazuela que va á hacer una demostración:

--¿Lo que quiero decir? ¡Oye!

--¡Chist!--murmuró la mujer.--¡No tan alto, si son asuntos que no conviene que los oigan!

--¡Bah! ¿Quién nos ha de oir? ¿El vecino? Acabo de verle salir hace poco; y además es un gran simplón, que ni oye ni entiende; y luego, como te digo, le he visto salir.

Sin embargo, por una especie de instinto, Jondrette bajó la voz, pero no lo bastante para evitar que sus palabras llegasen á oídos de Mario. Una circunstancia favorable, y que había permitido á Mario no perder nada de esta conversación, es que la nieve que había caído, amortiguaba el ruido de los carruajes en el boulevard.

Mario oyó lo siguiente:

--Escúchame. El creso está cogido, ó como si lo estuviera; es cosa hecha; todo está arreglado. He visto algunos amigos. Él vendrá á las seis. Traerá sesenta francos. ¡Canalla! ¡Has visto cómo le he embaucado con los sesenta francos, con el casero, con el 4 de febrero, que no hace siquiera un trimestre! ¡Qué torpe! Vendrá, pues, á las seis. Á esa hora el vecino se habrá ido á comer; la tía Bougón estará fregando en la ciudad; no habrá nadie en toda esta casa. El vecino no vuelve nunca hasta las once; las chicas estarán de escucha; tú nos ayudarás. Él se ejecutará sin remedio.

--¿Y si no se ejecuta?--preguntó la mujer.

Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:

--Nosotros le ejecutaremos.

Y se echó á reir.

Era la primera vez que Mario le veía reir. Aquella risa era fría y dulce, y hacía estremecer.

Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea, y sacó de él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la manga.

--Entretanto,--dijo,--voy á salir. Tengo aún que ver á algunos, de los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible. Es un buen golpe el que vamos á dar. Guarda la casa.

Y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, permaneció un momento pensativo; luego exclamó:

--¿Sabes que ha sido una suerte el que no me haya conocido? Si me hubiera reconocido, no volvería. ¡Se nos escapaba! Mi barba es la que nos ha salvado. ¡Mi perilla romántica! ¡Mi linda perilla romántica!

Y se echó á reir otra vez.