Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 4
Haciéndose estas reflexiones, que eran lecciones de moral, porque había momentos en que Mario, como todos los corazones verdaderamente honrados, se erigía en su propio mentor y se reprendía más de lo que merecía, contemplaba la pared que le separaba de los Jondrette, y hubiera querido hacer pasar al través de aquel tabique su mirada compasiva, para con ella reanimar á aquellos desgraciados.
La pared estaba formada por una pequeña capa de yeso, sostenida por listones y traviesas, que, como acabamos de decir, dejaba distinguir perfectamente el ruido de las palabras y de las voces. Era preciso ser el soñador Mario para no haberlo notado todavía. No había pegado papel ninguno en la pared, ni por el lado de los Jondrette, ni por el de Mario; manifestábase completamente al descubierto la grosera construcción.
Mario, sin saber casi lo que se hacía, examinaba la pared; algunas veces la meditación examina, observa y escudriña como lo haría el pensamiento. De pronto se levantó; acababa de notar hacia lo alto, frente al techo, un agujero triangular, resultado de tres listones que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la masa que debía llenar aquel hueco, y subiéndose sobre la cómoda, podía ver por aquel agujero el interior del desván de los Jondrette. La conmiseración tiene y debe tener su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. No está prohibido mirar á traición al infortunio para socorrerle.
--Veamos, pues, lo que son esas gentes,--pensó Mario,--y lo que hacen.
Encaramóse en la cómoda, aproximó la vista á la abertura, y miró.
VI =El hombre embrutecido, en su madriguera=
Las ciudades, como los bosques, tienen sus antros, donde se recoge todo lo que ellos encierran de más malo y temible. Solamente que en las ciudades lo que se oculta de tal manera es feroz, inmundo y pequeño, es decir, feo; y en las selvas, lo que se oculta es feroz, salvaje y grande, es decir, bello. Madrigueras por madrigueras, son preferibles las de las fieras á las de los hombres. Las cavernas valen más que los desvanes.
Lo que Mario veía era un desván.
Mario era pobre, y su cuarto carecía de todo; pero así como su pobreza era noble, era limpia su buhardilla.
El tugurio en que se hundía su mirada en aquel momento era abyecto, sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo mueblaje, una silla de paja, una mesa coja, algunos cacharros viejos, y en dos rincones dos miserables é indescriptibles lechos. Por toda luz, una ventanilla de un pie en cuadro con cuatro vidrios, adornada de telas de araña. Por este agujero entraba la luz suficiente para hacer que una cara de hombre pareciese la de un fantasma. Las paredes tenían un aspecto roñoso, y estaban cubiertas de costurones y cicatrices, como un rostro desfigurado por alguna enfermedad horrible. Destilaba á través de ellas cierta humedad legañosa, y se veían dibujos obscenos, groseramente trazados con carbón.
El cuarto que Mario ocupaba estaba embaldosado de ladrillos ya destrozados; pero aquél no estaba ni embaldosado, ni enyesado: se andaba por cima de la primera trabazón de fábrica, ennegrecida por el roce de los pies. Sobre este suelo desigual, donde el polvo parecía como incrustado, y que sólo tenía una virginidad, la de la escoba, se agrupaban caprichosamente constelaciones de calcetines viejos, de zapatillas y andrajos repugnantes. Por lo demás, aquel cuarto tenía una chimenea; así es que su alquiler subía á cuarenta francos anuales. De todo había en aquella chimenea: una estufilla, una marmita, tablas rotas, trapos colgados en clavos, la jaula de un pájaro, ceniza y hasta un poco de lumbre.
Dos miserables tizones humeaban tristemente.
Una cosa aumentaba el horror de aquel desván, y era el ser grande.
Tenía salidas, rincones, cavidades obscuras, camaranchones, bahías y promontorios.
Allí se veían horribles rincones insondables, donde parecía que debían encastillarse las arañas gordas como puños, correderas largas como el pie, y quién sabe si tal vez algunos seres humanos monstruosos.
Una de las tarimas que servían de lecho estaba cerca de la puerta, y la otra junto á la ventana. Ambas camas tocaban por uno de sus extremos á la chimenea, viniendo frente á Mario. En un ángulo, próximo á la abertura por donde miraba Mario, colgaba de la pared, en un cuadro de madera negra, una estampa iluminada con un gran letrero abajo, que decía: EL SUEÑO. Representaba una mujer dormida y un niño dormido, éste en el regazo de la madre; un águila en una nube con una corona en el pico, y la mujer apartando la corona de la cabeza del niño, por supuesto, sin despertarse; en el fondo, Napoleón en una gloria, apoyándose en una columna de azul obscuro, con un capitel amarillo, adornado con esta inscripción:
MARENGO AUSTERLITZ JENA WAGRAMM ELOT
Por debajo de este cuadro había colocado en el suelo, apoyando en plano inclinado contra la pared, una especie de tablero de madera más largo que ancho. Tenía esto el aire de un cuadro vuelto del revés, de un bastidor probablemente pintarrajeado por el lado opuesto lado, de algún marco descolgado de la pared y olvidado allí, esperando que lo volvieran á colgar.
Cerca de la mesa, sobre la cual distinguía Mario pluma, tinta y papel, estaba sentado un hombre de sesenta años aproximadamente, pequeño, flaco, lívido, huraño, de aire sagaz, cruel é inquieto; un bribón redomado.
Si Lavater hubiera examinado aquel rostro, habría hallado en él al buitre mezclado con el fiscal, al ave de rapiña y el curial agregándose mutuamente su propia fealdad, y completándose el uno con el otro, el hombre de curia haciendo innoble al ave de rapiña, el ave de rapiña haciendo horrible al curial.
Aquel hombre tenía una larga barba gris. Estaba vestido con una camisa de mujer, que dejaba ver su pecho velludo y sus brazos desnudos, erizados de pelos grises. Bajo la camisa se veía un pantalón lleno de barro hasta las corvas y unas botas agujereadas, por las cuales asomaban los dedos de los pies.
Tenía una pipa en la boca, y fumaba. En aquella vivienda ya no había pan, pero había tabaco todavía.
Escribía, probablemente alguna carta como las que Mario había leído.
En un ángulo de la mesa se divisaba un tomo viejo, rojizo, descabalado, y cuyo tamaño, que era el antiguo dozavo de los gabinetes de lectura, revelaba ser una novela. En la cubierta campeaba este título, impreso en grandes letras: DIOS, EL REY, EL HONOR Y LAS DAMAS, POR DUCRAY DUMINIL. 1814.
Mientras iba escribiendo, el hombre hablaba en voz alta, y Mario le oyó estas palabras:
--¡Decir que ni en la muerte hay igualdad! ¡Véase si no el cementerio del Padre Lachaise! Los grandes, los que son ricos, están en lo alto, en la alameda de las acacias, que está empedrada. Se puede llegar allí en carruaje. Á los pequeños, á la gente pobre, ¡vamos! todos los infelices, los ponen abajo, donde hay barro hasta las rodillas, en las charcas, en la humedad. ¡Los meten allí para que se descompongan más presto! No se puede ir á verlos sin hundirse en la tierra...
Detúvose aquí, pegó un puñetazo sobre la mesa, y añadió rechinando los dientes:
--¡Oh! ¡Me comería el mundo!
Una mujer gruesa, que lo mismo podía tener cuarenta años que ciento, estaba acurrucada cerca de la chimenea sobre sus talones desnudos.
Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un refajo de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de tela muy grosera ocultaba la mitad del refajo. Aunque aquella mujer estaba doblada y recogida en sí misma, se conocía que era de elevada estatura. Parecía una especie de gigante al lado de su marido. Tenía ásperos cabellos rubios entre rojos y canos, que removía de cuando en cuando con sus enormes y relucientes manos de aplastadas uñas.
Á su lado estaba, en el suelo, abierto por completo, un tomo del tamaño del otro, y probablemente de la misma novela.
En una de las camas, Mario entreveía una especie de chica larguirucha, sentada, casi desnuda, con los pies colgando, pareciendo por su aire, que ni escuchaba, ni veía, ni vivía.
Era, sin duda, la hermana menor de la que había estado en su cuarto. Parecía tener de once á doce años. Pero, examinándola con atención, se veía que tenía muy bien catorce. Era la muchacha que la víspera por la noche iba diciendo en la alameda: «Les he chasqueado, chasqueado, chasqueado».
Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada largo tiempo, y crece luego casi de repente. La indigencia es la que produce estas tristes plantas humanas. Semejantes criaturas no tienen infancia ni adolescencia. Á los quince años aparentan doce; á los diez y seis, veinte. Hoy niña, mañana mujer. Diríase que traspasan de un brinco la vida para concluir más pronto.
En aquel momento, aquel ser tenía el aire de niña.
Nada revelaba en aquella habitación la presencia de ningún trabajo; ni bastidor, ni rueca, ni instrumento de labor. En un rincón había algunos objetos de hierro de aspecto dudoso. Era aquello la triste y sombría pereza que sigue á la desesperación, y precede á la agonía.
Mario contempló por algún tiempo aquel interior fúnebre, más espantoso que el interior de una tumba, porque allí se sentía remover el alma humana, y palpitar la vida.
El desván, la cueva ó la fosa, donde ciertos indigentes se arrastran en lo más bajo del edificio social, no llega á ser del todo sepulcro, es su antesala; pero como esos ricos que adornan con sus mayores magnificencias la entrada de sus palacios, parece que la muerte que está al lado ostenta sus más grandes miserias en ese vestíbulo.
El hombre se había callado, la mujer no hablaba, la muchacha parecía que ni respiraba.
Oíase el roce de la pluma sobre el papel.
El hombre masculló sin dejar de escribir:
--¡Canalla, canalla; todo es canalla!
Este variante al epifonema de Salomón, arrancó un suspiro á la mujer, que le dijo:
--Cálmate, amiguito, cálmate. No te pongas malo, querido. Eres demasiado bueno escribiendo á todas esas gentes, esposo mío.
Con la miseria los cuerpos se contraen y estrechan mutuamente, como con el frío; pero los corazones se alejan. Aquella mujer, según todas las apariencias, había amado á aquel hombre con toda la cantidad de amor que hubiere en ella; pero probablemente, con las reconvenciones cotidianas y recíprocas de una espantosa miseria que pesaba sobre todo el grupo, aquel cariño se había extinguido. No había ya en ella para su marido más que las cenizas de una afección. Sin embargo, los apelativos cariñosos, como sucede frecuentemente, habían sobrevivido.
Le llamaba _querido_, _amiguito_, _esposo mío_, etc., con la boca, pero el corazón permanecía mudo.
El hombre se había puesto á escribir nuevamente.
VII =Estrategia y táctica=
Mario con el corazón oprimido, iba á bajarse de la especie de observatorio que se había improvisado, cuando cierto ruido llamó su atención obligándole á permanecer en su puesto.
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el umbral.
Llevaba gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, que la había salpicado hasta sus amoratados tobillos, é iba cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Mario no le había visto una hora antes; pero que habría probablemente dejado á la puerta para inspirarle más lástima, recogiéndola luego al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque iba muy fatigada, y luego gritó con expresión de alegre triunfo:
--¡Viene!
El padre volvió los ojos, la madre la cabeza, y la hermanita no se movió.
--¿Quién?--preguntó el padre.
--El señor.
--¿El filántropo?
--Sí.
--¿De la iglesia de Santiago?
--Sí.
--¿El viejo?
--Sí.
--¿Y va á venir?
--Viene siguiéndome.
--¿Estás segura?
--Segurísima.
--¿Con que de veras viene?
--En un coche de alquiler.
--¡En coche! ¿Es Rotschild?
El padre se levantó.
--¿Pero estás segura? Si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? ¿Le has dado al menos bien las señas? ¿Le has dicho bien claro: la última puerta al fondo del corredor, á la derecha? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Le has encontrado entonces en la iglesia? ¿Ha leído mi carta? ¿Qué es lo que te ha dicho?
--¡Ta, ta, ta!--dijo la muchacha.--¡Y cómo corres, buen hombre! Oye: entré en la iglesia; estaba en el sitio de costumbre; le hice una reverencia; le di tu carta; la leyó, y me dijo: «¿Dónde vivís, hija mía?». Y le contesté: «Yo os acompañaré, caballero». Y me dijo: «No, dadme las señas; mi hija tiene que hacer algunas compras; tomaré un carruaje, y llegaré á vuestra casa al mismo tiempo que vos». Le di, pues, las señas. Cuando le dije la casa, pareció sorprenderse y vaciló un instante; pero luego añadió: «Es igual, iré». Concluida la misa, le vi salir de la iglesia con su hija y subir los dos en un coche. Le especifiqué bien, la última puerta, al extremo del corredor, á la derecha.
--¿Y quién te asegura que vendrá?
--Que acabo de ver el coche, que llegaba ya por la calle del Petit-Banquier. Por eso he venido corriendo.
--¿Cómo sabes que es el mismo coche?
--Porque había mirado el número. ¡Vaya!
--¿Qué número era?
--440.
--Bien; eres una chica de talento.
La muchacha miró alternativamente á su padre, y señalando su sucio y grosero calzado, añadió:
--Una chica de talento, es posible; pero digo que no me volveré á poner estos zapatos, que no los quiero; primero por la salud, y luego por la limpieza. No hay nada más feo ni más incómodo que unas suelas que gruñan haciendo gri, gri, gri, todo el camino. Prefiero ir descalza.
--Tienes razón,--contestó el padre en tono bastante dulce que contrastaba con la rudeza de la joven;--pero entonces no te dejarían entrar en las iglesias; es preciso que los pobres tengan zapatos. No se puede ir con los pies desnudos á la casa de Dios,--añadió amargamente.
Luego, volviendo al objeto que le preocupaba, repuso:
--Pero, ¿estás segura, segura de que viene?
--Viene pisándome los talones,--replicó ella.
El hombre se enderezó, apareciendo su rostro como iluminado.
--Mujer,--gritó,--ya lo oyes. Ahí tienes al filántropo. Apaga la lumbre.
La madre, estupefacta, no se movió.
El padre, con la agilidad de un saltimbanquis, agarró un puchero desportillado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones.
Luego, dirigiéndose á su hija mayor, añadió:
--¡Tú! Rompe las pajas de la silla.
Su hija no comprendió.
Cogió él la silla, y de un talonazo le quitó, ó mejor dicho, hundió el asiento.
Pasó su pierna por el agujero que acababa de abrir. Al retirarle, preguntó á la muchacha:
--¿Hace frío?
--Muchísimo. Está nevando.
Volvióse el padre hacia la hija menor, que estaba echada sobre un harapiento jergón, cerca de la ventana, gritándole con voz tonante:
--¡Pronto! ¡Fuera de la cama, haragana! ¡Nunca servirás para nada! ¡Rompe un vidrio!
La criatura saltó de la cama espantada y tiritando.
--¡Rompe un vidrio!--repitió.
La chica se quedó sin saber lo que le pasaba.
--¿No me oyes?--repuso el padre.--Te digo que rompas un vidrio.
La chica, con una especie de obediencia pavorosa, se alzó de puntillas, y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió cayendo con estrépito.
--¡Bien!--dijo el padre.
Estaba grave y brusco. Su mirada recorría rápidamente todos los rincones del desván.
Hubiérase dicho que era un general haciendo los últimos preparativos en el momento que va á empezar la batalla.
La madre, que aún no había dicho una palabra, se levantó, y preguntó con voz lenta, sorda, cuyas palabras parecían salir como cuajadas:
--Querido, ¿que es lo que vas á hacer?
--Échate en la cama,--respondió el marido.
La entonación no admitía réplica. La madre obedeció y se dejó caer pesadamente sobre uno de los jergones.
Mientras tanto, oíanse sollozos en un rincón.
--¿Qué es eso?--preguntó el padre.
La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido enseñó su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido, habiendo ido á colocarse junto á la cama de su madre, lloraba allí en silencio.
Tocóle ahora el turno á la madre de levantarse y gritar.
--¡Ya lo ves! ¡Las brutalidades que tú haces! Al romper el vidrio se ha cortado la mano.
--¡Tanto mejor!--dijo el marido.--Lo había previsto.
--¿Cómo tanto mejor?--replicó la mujer.
--¡Calma!--replicó el padre.--Suprimo la libertad de imprenta.
Y desgarrando la camisa de mujer que llevaba puesta, arrancó de ella una tira de tela, con la cual envolvió apresuradamente el puño ensangrentado de la chiquilla.
Hecho lo cual, fijó su mirada satisfecha en su desgarrada camisa.
--¡Y la camisa igualmente!--dijo.--Todo tiene el carácter que corresponde.
El viento helado silbaba al pasar por el vidrio roto entrando en el cuarto. La bruma exterior penetraba en él, y se dilataba como algodón en rama, vagamente desmenuzado por dedos invisibles. Al través del vidrio roto se veía caer la nieve. El frío prometido la víspera por el sol de la Candelaria había llegado, en efecto. El padre paseó una mirada á su alrededor para asegurarse de que nada había olvidado.
Cogió una paleta vieja, y echó con ella ceniza sobre los tizones mojados hasta ocultarlos completamente.
Luego, enderezándose y arrimándose á la chimenea:
--Ahora,--dijo,--ya podemos recibir al filántropo.
VIII =El rayo de luz en la caverna=
La hija mayor se acercó, y puso su mano sobre la de su padre.
--Toca que fría estoy,--le dijo.
--¡Bah!--respondió el padre.--Más lo estoy yo.
La madre gritó impetuosamente:
--¡Tú lo tienes siempre todo mejor que los otros! ¡Hasta lo malo!
--¡Échate!--dijo el hombre.
La mujer, viendo la especie de mirada que se le dirigía, se calló.
Hubo en el desván un momento de silencio. La hija mayor arrancaba con aire indiferente el barro de los extremos de su manta; la pequeña continuaba sollozando; la madre le había cogido la cabeza entre las manos y la cubría de besos, diciéndole por lo bajo:
--¡Tesoro mío! No llores, te lo pido yo; eso no será nada. Mira que se va á enfadar tu padre.
--No,--gritó el padre;--al contrario, llora, llora; esto va muy bien.
Después, volviéndose á la mayor, añadió:
--¡Ya, pero ese hombre no llega! ¡Si no viniese! ¡hubiera apagado la lumbre, desfondado mi silla, desgarrado mi camisa y roto el vidrio para nada.
--¡Y herido á la niña!--murmuró la madre.
--¿Sabéis,--repuso el padre,--que hace un frío de perros en este desván del diablo? ¡Si ese hombre no viniera! ¡Oh, cómo se hace esperar! Él dirá: «Me esperarán: ¡allí están para eso!». ¡Oh, cuánto les aborrezco! ¡Con qué júbilo, con qué alegría, con qué entusiasmo, con qué satisfacción ahogaría á todos esos ricos! ¡Esos ricos, esos supuestos hombres caritativos, que se hacen los benditos, que van á misa, que andan con la clerigalla; sermoncico aquí, sermoncico allá; los beatos que vienen á humillarnos y á traernos «ropa», como ellos dicen, trapos que no valen cuatro sueldos, y pan! ¡No es eso lo que yo quiero, atajo de canallas, sino dinero! ¡Ah, dinero, nunca! Porque dicen que iríamos á beberlo, y que somos unos borrachos y unos holgazanes. ¿Y ellos? ¿Qué es lo que son y lo que fueron en su tiempo? ¡Ladrones! Si no, no se hubieran enriquecido. ¡Oh! ¡Debiera cogerse á la sociedad entre las cuatro puntas de una manta, y arrojarlo todo al aire! Todo se rompería, es posible; pero al menos nadie tendría nada, y eso habríamos ganado. Pero, ¿qué es lo que hace el mastín de tu benéfico señor? ¿Vendrá? ¡Tal vez el animal habrá olvidado las señas! Apostemos á que ese bestia de viejo...
En este instante dieron un ligero golpe á la puerta; el hombre se precipitó hacia ella y la abrió exclamando con profundos saludos y sonrisas de adoración:
--Entrad, señor; dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como vuestra encantadora hija.
Un hombre de edad avanzada y una joven, aparecieron en la puerta del desván.
Mario no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no está al alcance de ninguna lengua humana.
Era ella.
Quienquiera que haya amado, sabe cuántas irradiaciones esplendorosas contienen las pocas letras de esta palabra: Ella.
Ella era efectivamente. Mario apenas la distinguía á través del luminoso vapor que se había esparcido súbitamente por sus ojos. Era aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante seis meses: era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, aquel hermoso rostro desvanecido, que al marcharse le había dejado sumido en las tinieblas. La visión se había eclipsado y reaparecía.
¡Reaparecía entre aquella obscuridad, en aquel desván, en aquella deforme madriguera, en aquel horror!
Mario se estremecía perdidamente. ¡Cómo! ¡Era ella! Las palpitaciones de su corazón le turbaban la vista. Sentíase próximo á deshacerse en llanto. ¡Cómo! ¡La volvía á ver, después de haberla buscado tanto tiempo! Parecíale que había perdido su alma, y que acababa de encontrarla.
Seguía siendo la misma, pero algo más pálida; formaba el marco de su delicado rostro un sombrero de terciopelo violeta, y ocultaba su talle una manteleta de raso negro. Bajo su larga falda se entreveía su pequeño pie, aprisionado en una botita de seda.
Iba, como siempre, acompañada del señor Leblanc.
Dió algunos pasos hacia dentro de la habitación, dejando un gran paquete sobre la mesa.
La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, mirando con ojos tristes aquel sombrero de terciopelo, aquel abrigo de seda y aquel gracioso semblante irradiando felicidad.
IX =Jondrette casi llora=
Hasta tal punto estaba obscuro aquel chiribitil, que las personas que venían de fuera sentían al entrar lo mismo que si penetrasen en una bodega. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación, distinguiendo apenas formas vagas en torno suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván, acostumbrados á aquel crepúsculo.
El señor Leblanc se aproximó con su mirada bondadosa y triste, y dijo á Jondrette padre:
--Señor, en ese paquete encontrareis algunas prendas nuevas, medias y cobertores de lana.
--Nuestro angelical bienhechor nos abruma,--dijo Jondrette inclinándose hasta el suelo.
Luego, acercándose al oído de su hija mayor, mientras que los dos visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió por lo bajo y rápidamente:
--¡Ves! ¿Lo que te decía? Trapos, pero no dinero. ¡Todos son lo mismo. Á propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este torpe?
--Fabantou,--respondió la hija.
--¡El artista dramático, bueno!
Á tiempo se había acordado Jondrette, porque en aquel instante el señor Leblanc se volvía hacia él, y le decía con ese aire de quien busca un nombre:
--Veo que sois muy digno de lástima, señor...
--Fabantou,--respondió vivamente Jondrette.
--Señor Fabantou, sí, eso es. Ya recuerdo.
--Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.
Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del «filántropo», y exclamó con ese sonido de voz que participa á la vez de la charla del titiritero en las ferias, y de la humildad del mendigo en las carreteras. ¡Discípulo de Talma! ¡Señor, he sido discípulo de Talma! La fortuna me ha sonreído en otros tiempos. ¡Ah! Ahora le ha llegado su turno á la desgracia. ¡Ya lo veis, mi bienhechor, ni pan, ni fuego! Mis pobres hijas no tienen un ascua á que arrimarse. ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi esposa en la cama enferma!
--¡Pobre mujer!--dijo el señor Leblanc.
--¡Mi hija herida!--añadió Jondrette.
La muchacha, distraída con la llegada de los dos visitantes, estaba contemplando á «la señorita», y había dejado de llorar.
--¡Llora, chilla!--le dijo por lo bajo Jondrette.
Y al mismo tiempo la pellizcó en la mano herida. Todo esto con una verdadera ligereza de escamoteador.
La chica puso el grito en el cielo.
La adorable joven, que Mario llamaba en su corazón «su Úrsula», se le acercó vivamente.
--¡Pobre muchacha!--exclamó.