Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 3
«Os escribe, señora, una desgraciada madre de familia con seis hijos, el menor de los cuales sólo tiene ocho meses. Yo, enferma desde mi último parto, abandonada de por mi marido desde hace cinco meses, no teniendo ningún recurso en el mundo, en la más horrorosa indigencia.
«Esperando en la señora condesa, tiene el honor de ser, señora, con profundo respeto,
F. DE BALIZARD».
Mario pasó á la tercera carta, que era, como las precedentes, una petición. Decía así:
«_Señor Pabourgeot, elector, comerciante en gorras al por mayor, calle San Dionisio, esquina á la de los Hierros_:
«Me tomo la libertad de dirigiros esta carta para rogaros me concedáis el favor precioso de vuestras simpatías, y de interesaros por un literato que ha presentado un drama al Teatro Francés.
«El argumento es histórico, y la acción pasa en Auvernia, en tiempo del Imperio; creo que el estilo es natural, lacónico y puede tener algún mérito. Contiene algunos versos cantables en cuatro escenas distintas. Lo cómico, lo serio y lo imprevisto se mezclan en él con la variedad de los caracteres, y con un tinte de romanticismo esparcido ligeramente en toda la intriga, que marcha misteriosamente, caminando de peripecia en peripecia á un estrepitoso desenlace lleno de efectos.
«Mi fin principal es satisfacer el deseo que anima progresivamente al hombre de nuestro siglo, es decir, á la moda; esa caprichosa y extraña veleta que cambia casi á cada viento nuevo.
«Á pesar de estas cualidades, tengo mis temores de que la envidia y el egoísmo de los autores privilegiados consiga mi exclusión del teatro, porque no ignoro las amarguras que se hacen beber á los autores noveles.
«Señor Pabourgeot, vuestra justa reputación, como protector ilustrado de los que se dedican á las letras, me anima á mandaros mi hija, que os expondrá nuestra situación indigente, sin pan, sin lumbre, en esta estación de invierno. Deciros que os ruego admitáis la dedicatoria que deseo haceros de mi drama y de todos los que haga, es probaros cuánto ambiciono la honra de colocarme bajo vuestra égida, y engalanar mis escritos con vuestro nombre. Si os dignáis honrarme con la más modesta ofrenda, me ocuparé pronto en hacer una loa en verso para pagaros mi tributo de reconocimiento. Esta loa, que trataré de hacer tan perfecta como me sea posible, os la enviaré antes de insertarse al principio del drama y de recitarse en la escena.
«Al señor y señora de Pabourgeot, mis homenajes más respetuosos,
«GENFLOT, literato.
«P. S. Aunque no sean más que cuarenta sueldos.
«Perdonad que os envíe mi hija, y que no me presente yo mismo; pero tristes razones de tocador no me permiten ¡ay de mí! salir de casa...».
Mario abrió por fin la cuarta carta. El sobre era éste: _Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_. Contenía las siguientes líneas:
«Hombre bienhechor:
«Si os dignáis acompañar á mi hija, veréis una calamidad miserable, y os enseñaré mis certificados.
«Á la vista de estos documentos, vuestra alma generosa se conmoverá con un sentimiento de sensible benevolencia, porque los verdaderos filósofos experimentan siempre vivas emociones.
«Convenid, hombre compasivo, en que es preciso experimentar la necesidad más cruel, y que es dolorosísimo para alcanzar algún consuelo atestiguarlo con la autoridad, como si uno no fuese libre para padecer ó para morir de inanición, esperando que sea socorrida nuestra miseria. El destino es harto fatal para unos, y demasiado pródigo para otros.
«Espero vuestra visita ó vuestro socorro, si os dignáis darle, y os ruego que recibáis los sentimientos respetuosos con que se honra de ser, hombre verdaderamente magnánimo, vuestro muy humilde y muy obediente servidor,
«P. FABANTOU, artista dramático».
Después de haber leído estas cuatro cartas, no se encontró Mario mucho más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía su dirección.
Y luego, parecían provenir de cuatro individuos diferentes: el capitán Álvarez, la mujer de Balizard, el poeta Genflot, y el artista dramático Fabantou; pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma mano.
¿Qué se podía deducir de ello sino que procedían todas de la misma persona?
Por otra parte, y esto hacía más verosímil esta sospecha, las cuatro tenían el mismo papel grueso y amarillento, las cuatro olían igualmente á tabaco; y aun cuando se había tratado evidentemente de variar el estilo, las mismas faltas de ortografía se repetían con tranquilidad profunda, y el literato Genflot no las cometía menores que el capitán español.
Esforzarse en adivinar este pequeño misterio, era trabajo inútil. Si no hubiese sido un hallazgo, habría parecido una burla, y Mario estaba demasiado triste para recibir bien una broma de la casualidad y para prestarse al juego que parecía quería entablar con él el empedrado de la calle. Creía que estaba jugando á la gallina ciega entre las cuatro cartas que se burlaban de él.
Nada indicaba, por otro lado, que estas cartas perteneciesen á las muchachas que Mario se había encontrado en el boulevard. Además, eran evidentemente papelotes sin valor alguno.
Mario las volvió á meter otra vez en su cubierta, las tiró á un rincón, y se acostó.
Á eso de las siete de la mañana del día siguiente, cuando acababa de levantarse y desayunarse é iba á ponerse á trabajar, oyó llamar suavemente á la puerta.
Como nada tenía, nunca quitaba la llave de la cerradura, sino muy raras veces, cuando estaba ocupado en algún trabajo que corría prisa. Aun cuando salía, se dejaba la llave siempre en la puerta.--Mirad que os robarán,--le decía la tía Bougón.--¿Qué?--preguntaba Mario.
Sin embargo, es lo cierto que le robaron un día un par de botas viejas, con gran satisfacción de la previsora tía Bougón.
Oyóse un segundo golpe tan suave como el primero.
--Adelante,--dijo Mario.
Abrióse la puerta.
--¿Qué se os ofrece, señora Bougón?--dijo Mario sin levantar los ojos de los libros y manuscritos que tenía encima de la mesa.
Una voz, que no era la de la tía Bougón, respondió:
--Perdonad, caballero...
Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el aguardiente.
Mario volvió inmediatamente la cabeza, y vió á una joven.
IV =Una rosa en la miseria=
Una muchacha estaba en pie en el hueco que dejaba la puerta entreabierta. La claraboya del desván por donde entraba la luz venía precisamente enfrente de la puerta, é iluminaba aquel rostro con un resplandor vago. Era una criatura pálida, miserable y descarnada; no llevaba más que una mala camisa y una peor saya sobre su temblorosa y helada desnudez. Llevaba por cinturón un bramante; otro le servía para sujetar el pelo; los hombros puntiagudos, saliéndose de la camisa; una palidez rubia y linfática, clavículas terrosas, manos amoratadas, boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos; ojos mates, atrevidos y bajos, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince; uno de esos seres que son á la vez débiles y horribles, y que estremecen á quien no hacen llorar.
Mario se había levantado, y contemplaba con cierto estupor á aquel ser, casi semejante á las formas de la visión que atraviesa la fantasía en los sueños.
Lo que era sobre todo doloroso, es que aquella muchacha no había venido al mundo para ser fea. En su primera infancia debió haber sido bonita. La gracia de la edad luchaba todavía contra la horrible y prematura vejez de la disolución y de la pobreza. Un resto de hermosura moría en aquel rostro de diez y seis años, como ese pálido sol que se apaga entre tenebrosas nubes durante el alba de un día de invierno.
Aquella cara no era del todo desconocida á Mario. Creía recordar haberla visto en alguna parte.
--¿Qué queréis, joven?--le preguntó.
La muchacha contestó con su voz de presidiario borracho:
--Traigo una carta para vos, señor Mario.
Llamaba á Mario por su nombre; él no podía dudar que era á él á quien se dirigía; pero ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?
Sin aguardar que le dijese que pasara adelante, se entró ella en la habitación. Entró resueltamente, mirando con cierta especie de seguridad, que oprimía el corazón, todo el cuarto y la deshecha cama. Iba descalza. Grandes jirones en su vestido dejaban ver sus prolongadas piernas y flacas rodillas.
Estaba tiritando.
Tenía efectivamente en la mano una carta, que presentó á Mario.
[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la joven con voz de presidiario borracho]
Mario, al abrir esta carta, observó que la oblea grande y enorme estaba húmeda todavía. El mensaje no podía venir, por lo tanto, de muy lejos. Leyó:
«Mi amable y joven vecino:
«He sabido vuestras bondades para conmigo, que pagaste mi alquiler hace seis meses. Yo os bendigo, joven.
«Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan, hace dos días, cuatro personas y mi esposa enferma.
«Si mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la generosidad del vuestro que se humanizará á la vista de este espectáculo, y que le dominará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún ligero socorro.
[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la joven con voz de presidiario borracho]
«Soy con la distinguida consideración que se debe á los bienhechores de la humanidad,
«JONDRETTE.
«P. D. Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Mario».
Esta carta, en medio de la aventura nocturna que ocupaba la imaginación de Mario desde la noche anterior, era como una luz en una cueva. Todo quedó bruscamente aclarado.
Aquella carta venía de donde habían salido las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel y el mismo olor á tabaco.
Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas, y un solo firmante. El capitán español don Álvarez, la desgraciada señora de Balizard, el poeta dramático Genflot, el viejo cómico Fabantou, se llamaban todos cuatro Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamase Jondrette en realidad.
Hacía ya mucho tiempo que Mario vivía en la casucha; pero como ya hemos dicho, eran poquísimas y muy raras las ocasiones que había tenido de ver, ó más bien de entrever á su ínfima vecindad. Tenía la imaginación en otra parte, y donde está la imaginación está la mirada. Más de una vez había debido cruzarse con los Jondrette en el corredor ó en la escalera, pero no eran para él más que sombras; tan poco había reparado en ellos, que la víspera por la noche había tropezado en el boulevard, sin conocerlas, con las hijas de Jondrette, pues evidentemente eran ellas; y por cierto que, con gran trabajo, la que acababa de entrar en su cuarto había despertado en él, á través del disgusto y de la piedad, un vago recuerdo de haberla visto en otra parte.
Á la sazón lo estaba viendo claramente todo. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad de las personas benéficas cuyas direcciones se proporcionaba; y que escribía bajo nombres supuestos á personas á quienes juzgaba ricas y caritativas, cartas que sus hijas llevaban de su cuenta y riesgo; porque aquel padre había llegado al extremo de aventurar á sus hijas; jugaba una partida con el destino, y sus hijas eran la apuesta. Mario comprendía que probablemente, á juzgar por su fuga de la víspera, por su precipitación, por su terror y por la jerga de sus palabras, aquellas desgraciadas desempeñaban además ciertos trabajos sombríos, y que de todo ello habían resultado en medio de la sociedad humana, tal como está montada, dos miserables seres, que no eran niñas doncellas, ni mujeres, sino esta especie de monstruos impuros é inocentes producidos por la miseria.
Tristes criaturas sin nombre, sin edad, sin sexo, para quienes no es ya posible el bien ni el mal; y que al salir de la infancia no poseen ya nada en este mundo, ni libertad, ni virtud, ni responsabilidad; almas abiertas ayer, marchitas hoy; semejantes á esas flores caídas en medio de la calle, manchadas por toda clase de lodo, mientras esperan la llegada de una rueda que las aplaste.
Sin embargo, mientras Mario fijaba en ella una mirada de asombro doloroso, la muchacha iba y venía por el cuarto con cierta audacia de espectro. Andaba y se movía sin cuidarse para nada de su desnudez. Á veces su camisa rota y desgarrada se le caía casi hasta la cintura. Movía las sillas, desarreglaba los objetos de tocador colocados sobre la cómoda, tocaba los vestidos de Mario, y andaba buscando lo que había por los rincones.
--¡Calla!--exclamó.--¡Tenéis un espejo!
Y como si estuviese sola tarareaba coplas de vaudeville, estribillos ligeros y picarescos, que su voz gutural y ronca volvía lúgubres.
Bajo aquel desenfado asomaba á veces cierto encogimiento, cierta inquietud y humillación. El descaro es una vergüenza.
Nada más triste que verla ir de un lado para otro, ó por mejor decir, revolotear por el cuarto con los movimientos de un pájaro que se asusta de la luz ó que tiene una ala rota. Comprendíase que con otras condiciones de educación y de fortuna, el aire alegre y libre de aquella muchacha habría podido resultar más dulce y simpática. Nunca entre los animales la criatura nacida para ser paloma se trueca en garduña. Esto no se ve más que entre los hombres.
Mario meditaba, y la dejaba hacer.
Acercóse á la mesa.
--¡Ah!--exclamó.--¡Libros!
Y un rayo de luz cruzó sus vidriosos ojos.
Volvió á hablar, y en su acento manifestó el placer de poder envanecerse de algo, placer al cual no hay criatura que sea insensible:
--Yo también sé leer.
Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante soltura:
«...El general Bauduin recibió la orden de apoderarse, con los cinco batallones de su brigada, del castillo de Hougomont, situado en medio de la llanura de Waterloo...».
Aquí se interrumpió diciendo:
--¡Ah! Waterloo. Yo sé algo de eso. Se trata de una batalla de otros tiempos. Mi padre estuvo en ella. Mi padre ha servido en el ejército. ¡Ah! Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Fué contra los ingleses. ¡Waterloo!
Dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:
--¡Y también sé escribir!
Mojó la pluma en el tintero, y se volvió hacia Mario:
--¿Queréis verlo?--¡Yaya!--Voy á escribir una palabra para que veáis.
Y antes de que Mario hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: _Los corchetes están ahí_.
Luego, arrojando la pluma, añadió:
--No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación. No siempre hemos sido lo que somos. No estábamos criadas para...
Aquí se paró; fijó su apagada pupila en Mario, y soltó la carcajada, diciendo con cierta entonación que contenía todas las angustias ahogadas por todos los cinismos:
--¡Bah!
Y se puso á cantar esta letra de un aire alegre:
Tengo gana, padre, Y no hay pan ni sopa; Tengo frío, madre, Y no tengo ropa. ¡Tirita Lolita! ¡Solloza La moza!
Apenas hubo acabado la canción, exclamó:
--¿Vais alguna vez al teatro, señor Mario? Yo sí, voy. Tengo un hermanito que es amigo de los artistas, y algunas veces me da billetes. Pero no me gustan los bancos de galería. Se está allí incómodo, no se está bien. Hay á veces mucha gente, y otras veces hay gente que huele mal.
Luego contempló á Mario un momento, y tomando un aire particular dijo:
--¿Sabéis, señor Mario, que sois un guapo mozo?
Y al mismo tiempo se les ocurrió á ambos la misma idea, que hizo que ella sonriera y él se ruborizase.
Acercósele ella, y le puso una mano sobre el hombro, diciendo:
--Vos no habéis reparado en mí; pero yo os conozco, señor Mario. Os suelo encontrar en la escalera, y os veo entrar algunas veces en casa de un tal Mabeuf, que vive hacia el barrio de Austerlitz, cuando paseo por allí. ¡Qué bien os sienta el pelo rizado!
Su voz procuraba ser dulce, pero no conseguía ser más que voz de bajo. Una parte de sus palabras se perdía en el trayecto de la laringe á los labios, como sobre un teclado donde faltan notas.
Mario se había retirado suavemente.
--Señorita,--dijo con su fría gravedad,--tengo un paquete que creo os pertenece. Permitidme que os lo devuelva.
Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.
Palmoteó ella de contenta, exclamando:
--¡Lo habíamos buscado por todas partes!
Después cogió vivamente el paquete, y lo desenvolvió, diciendo:
--¡Dios de Dios! ¡Pues apenas hemos buscado mi hermana y yo! ¿Sois vos quien os lo habéis encontrado? ¿En el boulevard, verdad? Se nos cayó cuando íbamos corriendo. La tonta de mi hermana es la que cometió tal torpeza. Al volver á casa nos hallamos sin él. Como no queríamos que nos pegasen, porque esto es inútil, dijimos que habíamos llevado las cartas, y que nos habían dicho:--¡No hay de qué!--¡Pobres cartas, aquí están! ¿Y en qué habéis conocido que eran mías? ¡Ah! Sí, en la letra. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? ¡No se veía nada, nada! Yo le pregunté á mi hermana: «¿Es algún caballero?», y ella me respondió:--«Sí, creo que es un señor».
Mientras hablaba había desplegado la súplica dirigida al señor benéfico de la iglesia de «Santiago de Haut-Pas».
--¡Calla!--dijo.--Ésta es para ese viejo que va á misa. Y ésta es la hora. Voy á llevársela. Tal vez nos dará algo con que desayunarnos.
Después se echó á reir, añadiendo:
--¿Sabéis de qué nos servirá el almuerzo de hoy, si es que almorzamos? Nos servirá para almuerzo de anteayer, para la comida de anteayer, para el almuerzo de ayer y para la comida de ayer. Y todo esto de una vez, hoy por la mañana. ¡Pardiez! Si no estáis contentos, reventad, perros.
Esto hizo recordar á Mario lo que aquella desgraciada había ido á buscar á su casa.
Registró su chaleco, y no encontró nada.
La joven continuaba, y parecía hablar como si ignorase que Mario estuviese allí.
--Á veces salgo por la noche. Otras no vuelvo á casa. Antes de vivir aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Mi hermanita lloraba. ¡Qué triste es el agua! Cuando pensaba en ahogarme, decía. «No, está muy fría». Salgo sola cuando quiero, y duermo á veces en los fosos. Por la noche, cuando voy por el boulevard, veo los árboles como horcas, veo las casas negras y abultadas como las torres de Notredame, me figuro que las paredes blancas son el río, y me digo: «¡Toma, ahí está el agua!». Las estrellas me parecen candilejas de iluminación; diríase que arrojan humo, y que el viento las apaga. Me siento aturdida, como si tuviera junto al oído caballos resoplando; aunque sea de noche, me parece oir organillos y telares, y que sé yo qué más. Creo que me tiran piedras, huyo sin saberlo; todo da vueltas, todo, todo. Cuando se está en ayunas, ¡qué cosas tan raras!
Y miraba á Mario con aire espantado.
Á fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había acabado Mario por reunir cinco francos y diez y seis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía. «Mi comida de hoy, pensó, hela aquí. Mañana Dios dirá». Y guardándose los diez y seis sueldos, dió los cinco francos á la muchacha.
Ésta tomó la moneda.
--¡Bueno!--exclamó.--¡Ya salió el sol!
Y como si el sol hubiera tenido la propiedad de fundir en su cerebro torrentes de jerga, prosiguió:
--¡Cinco francos! ¡brillante! ¡Un monarca! Sois un chabó de punta. Béseos los calcos. ¡Viva el rumbo! ¡Ríndoos mi palpitante! ¡Dos días de bureo! Llenaremos la coba; jamaremos de lo lindo con manró de lo blanco y peñascaró. ¡Viva el jaleo!
Recogió su camisa sobre sus hombros, hizo un profundo saludo á Mario, después una seña familiar con la mano, y se dirigió á la puerta diciendo:
--Buenos días, caballero. Lo mismo da. Voy á buscar á mi viejo.
Viendo, al pasar, sobre la cómoda una corteza de pan seco casi enmohecida con el polvo, lanzóse sobre ella y la mordió, murmurando:
--¡Caramba, si está duro! casi me va á romper los dientes.
Y se fué enseguida.
V =El ojo de la Providencia=
Mario hacía cinco años que vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero entonces advirtió que no había conocido aún la verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de ver. Era aquella larva que acababa de pasar ante sus ojos. Y en efecto, quien no ha visto más que la miseria del hombre, no ha visto nada. Es menester ver la miseria de la mujer. Y quien no ha visto más que la miseria de la mujer, no ha visto tampoco nada. Es menester ver la miseria de los niños.
Cuando el hombre ha llegado al último extremo, llega también á los últimos recursos. ¡Desgraciados de los seres sin defensa que le rodean! El trabajo, el salario, el pan, el fuego, el valor, la buena voluntad, todo le falta á la vez. La luz del día parece apagarse en el exterior, y la luz moral se apaga en el interior; en esta sombra, el hombre encuentra la debilidad de la mujer y la debilidad del niño, y las doblega ambas violentamente á la ignominia.
Entonces todos los horrores son posibles. La desesperación está cercada de frágiles barreras que lindan con el vicio ó con el crimen.
La salud, la juventud, el honor, las santas y esquivas delicadezas de la carne, nueva todavía; el corazón, la virginidad, el pudor, esa epidermis del alma, son siniestramente manoseados por ese tacto incierto que busca recursos, y que encuentra el oprobio y se acomoda. Padres, madres, hijos, hermanos, hermanas, hijas, se adhieren y se agregan, casi como una formación mineral, en esa brumosa promiscuidad de sexos, de parentescos, de edades, de infamias y de inocencias. Se agrupan, pegados los unos á los otros, en una especie de cavidad maldita. Allí se contemplan tristemente. ¡Oh, desgraciados! ¡Qué pálidos están! ¡Qué frío tienen! ¡Parece que se encuentran en un planeta mucho más lejano, que el nuestro, del sol!
Aquella muchacha fué para Mario una especie de mensajera de las tinieblas.
Le reveló todo un lado espantoso de la noche.
Mario se reprochó casi por los sueños de delirio y pasión que le habían impedido hasta aquel día dirigir una mirada á sus vecinos. Haberles pagado su alquiler había sido un impulso maquinal; todo el mundo podía sentir aquel impulso de pura lástima sin conciencia del bien; pero Mario debía haber hecho algo más. ¡Cómo! Le separaba solamente un tabique de aquellos seres abandonados, que vivían á tientas en medio de la noche, fuera del resto de los vivientes; codeábase con ellos; era en cierto modo el último eslabón del género humano que ellos tocaban; los había oído vivir, ó más bien suspirar al lado suyo, ¡y no había fijado su atención en ellos! Todos los días, á cada instante, al través de la pared los oía andar, ir, venir, hablar, ¡sin parar mientes! Cuando en sus palabras había gemidos ¡que tampoco escuchaba! Su pensamiento estaba en otra parte, soñando, ocupado en visiones imposibles, en amores al aire, en locuras; y sin embargo, criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos del pueblo agonizaban á su lado, ¡agonizaban inútilmente! Él tenía parte en su desgracia y la agravaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino, un vecino menos entregado á quimeras y más atento, un hombre cualquiera pero caritativo, evidentemente su indigencia hubiera sido notada, sus señales de angustia hubieran sido vistas, y haría ya largo tiempo tal vez que estarían recogidos y salvados.
Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, hasta muy odiosos; ¡pero son tan raros los que han caído y no se han degradado! Por otra parte, hay un punto en que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra, palabra fatal: _los miserables_; ¿de quién es la culpa? Y luego, ¿no es cuando la caída es más profunda, que la caridad debe ser mayor?