Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 2

Chapter 23,817 wordsPublic domain

Las sombras esquivas que vagan por esa mina, medio brutos y medio fantasmas, no se ocupan en el progreso universal; ignoran la idea y la palabra; no se cuidan más que de la voracidad individual. Casi son inconscientes, y hay en su interior una especie de descomposición aterradora. Tienen dos madres, madrastra una y otra: la ignorancia y la miseria. Tienen un guía, la necesidad; y para todas las formas de la satisfacción, el apetito. Son brutalmente voraces, es decir, feroces; no á la manera del tirano, sino á la del tigre. Del sufrimiento pasan esas larvas al crimen; filiación fatal, engendro vertiginoso, lógica de la sombra. Lo que se arrastra en el foso social, no es ya la reclamación ahogada de lo absoluto; es la protesta de la materia. El hombre se convierte en dragón. Tener hambre y sed es el punto de partida; ser Satanás, el punto de llegada. De esa cueva sale Lacenaire.

Acabamos de ver ha poco, en el libro cuarto, uno de los compartimientos de la mina superior, de la gran cavidad política, revolucionaria y filosófica. Allí, como hemos dicho también, todo es noble, puro, digno y honrado. Allí ciertamente puede uno engañarse, y se engaña; pero el error es venerable, porque lleva en sí el heroísmo. El conjunto del trabajo que allí se realiza, tiene un nombre: el Progreso.

Ha llegado el momento de entrever otras profundidades: las profundidades repugnantes.

Existe bajo la sociedad, insistimos en ello, y existirá hasta el día en que sea destruida la ignorancia, la gran caverna del mal.

Esta cueva es la última de todas y la enemiga de todas. Es el odio sin excepciones. Esta cueva no conoce filósofo ninguno; su cuchillo jamás ha cortado una pluma. Su negro no tiene relación ninguna con el negro sublime de la tinta. Nunca los dedos de la noche, que se crispan bajo aquel techo asfixiante, han hojeado un libro ni desplegado un periódico. Babeuf es un explotador para Cartouche; Marat es un aristócrata para Schinderhannes. Esta cueva tiene por fin el hundimiento general.

General, inclusas las cavidades superiores, á las cuales execra. No mina solamente, en su horrible hormiguero, el orden social actual; mina también la filosofía, mina la ciencia, mina el derecho, mina el pensamiento humano, la civilización, la revolución y el progreso. Se llama simplemente robo, prostitución, homicidio y asesinato. Es tinieblas, y quiere el caos. Su bóveda estriba en la ignorancia.

Todas las demás minas, las de arriba, no tienen otro objeto: suprimir á ésta. Á eso tienden por todos sus órganos á la vez, así por el mejoramiento de lo real como por la contemplación de lo absoluto, la filosofía y el progreso. Destruid la cueva Ignorancia, y habréis destruido el topo Crimen.

Condensemos en pocas palabras una parte de lo que acabamos de escribir.

El único peligro social es la sombra.

Humanidad, es identidad. Todos los hombres son del mismo barro. No existe diferencia alguna, al menos aquí bajo, en la predestinación. La misma sombra antes, la misma carne ahora, el mismo polvo después. Pero la ignorancia, mezclada con la pasta humana, la ennegrece.

Esta miserable negrura penetra en el interior del hombre, y se convierte allí en el mal.

III =Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse=

Un cuarteto de bandidos, Claquesous, Gueulemer, Babet y Montparnasse, gobernaron desde 1830 á 1835 el foso de París.

Gueulemer era un Hércules sin clasificar. Tenía por antro la alcantarilla del Arche Marión. Tenía seis pies de estatura, pecho de mármol, piernas de acero, respiración de caverna, torso de coloso, y cráneo de pájaro.

Creíase ver en él al Hércules Farnesio vestido con pantalón de cutí y chaqueta de veludillo. Formado de esta manera escultural, Gueulemer hubiera podido domar monstruos; sin embargo, le pareció mejor y más corto ser uno de ellos. Frente baja, sienes anchas, menos de cuarenta años y ya la pata de gallo, el pelo áspero y corto, las mejillas de cepillo y barba de jabalí: tal era el hombre. Sus músculos solicitaban el trabajo; su estupidez lo rechazaba. Era una gran fuerza perezosa. Era asesino por negligencia. Se le suponía criollo. Probablemente había estado algo en contacto con el mariscal Brune, pues que en 1815 había sido mozo de cuerda en Avignon. Después de esto, se hizo bandido.

La diafanidad de Babet contrastaba con las carnes de Gueulemer.

Babet era flaco y sabio. Era transparente, pero impenetrable. Veíase la luz al través de sus huesos, pero no en su pupila. Decía ser químico. Había sido bufón en casa de Bobêche, y payaso en casa de Bobino. Había sido cómico en San Mihiel. Era hombre intencionado, muy hablador, que subrayaba las sonrisas, y entrecomaba los gestos. Su industria consistía en vender al aire libre bustos de yeso y retratos del jefe del Estado. Además era sacamuelas. Había exhibido fenómenos en las ferias, y poseído una barraca con trompeta, y un cartel que decía:

«Babet, artista sacamuelas, miembro de varias academias; hace experimentos físicos en metales y metaloides, saca los dientes y extirpa los raigones desahuciados por sus colegas. Precio: una muela, un franco cincuenta sueldos; dos muelas, dos francos; tres muelas, dos francos cincuenta. Aprovechar la ocasión». (Este «aprovechar la ocasión» significaba: Haceos arrancar todas las muelas posibles). Había sido casado y tenido mujer é hijos; pero no sabía que había sido de la primera ni de los últimos. Los había perdido como se pierde un pañuelo. Rarísima excepción en el obscuro mundo á que pertenecía: Babet leía los periódicos. Un día, al tiempo en que vivía con él su familia en su barraca ambulante, leyó en el _Mensajero_, que una mujer había dado á luz un niño suficientemente viable, el cual tenía hocico de ternera, y exclamó: _¡Qué fortuna! ¡No será mi mujer la que tenga el ingenio de darme un hijo por el estilo!_

Después lo abandonó todo para «hacer algo en París». Dicho suyo.

¿Quién era Claquesous? Era la noche. Esperaba para presentarse á que el cielo se cubriera de negro. Por la noche salía de un agujero, adonde volvía á entrar antes que fuese de día. ¿Dónde estaba su agujero? Nadie lo sabía.

Siempre en la más completa obscuridad; nunca hablaba á sus cómplices sino vuelto de espaldas.

¿Se llamaba Claquesous? No. Él solía decir: «Yo me llamo Nadie».

En cuanto aparecía una luz, se ponía una careta. Era ventrílocuo. Babet decía: _Claquesous es un nocturno á dos voces_. Claquesous era un ser vago, errante, terrible. No había seguridad de que tuviese nombre, pues que Claquesous era apodo; no era seguro que tuviese voz, pues su vientre hablaba por lo regular más que su boca; no era seguro que tuviese rostro, pues nadie había visto más que su máscara. Desaparecía como un fantasma, y aparecía como de bajo tierra.

Montparnasse era un ser lúgubre; era casi un niño. Tenía menos de veinte años, linda cara, labios parecidos á las cerezas, hermoso cabello negro, y la claridad de la primavera en los ojos; tenía todos los vicios, y aspiraba á todos los crímenes. La digestión de lo malo le daba apetito para devorar lo peor. Era el pilluelo convertido en ladrón, y el ladrón convertido en bandido. Era lindo, afeminado, gracioso, robusto, blando, feroz. Llevaba el ala del sombrero levantada hacia la izquierda para dejar bien al descubierto el mechón de pelo rizado, conforme á la moda de 1829. Vivía de robar violentamente. Su levita tenía el mejor corte, pero estaba siempre raída: Era Montparnasse una especie de figurín entregado á la miseria, y cometiendo homicidios. La causa de todos los atentados de este adolescente era el deseo de ir bien vestido. La primera griseta que le había dicho: «Eres guapo», había derramado la mancha de las tinieblas en su corazón, haciendo un Caín de aquel Abel. Viéndose lindo quiso ser elegante. Ahora bien; la primera elegancia es la ociosidad; y la ociosidad del pobre es el crimen. Pocos ladrones eran tan temidos como Montparnasse. Á los diez y ocho años había ya dejado tras sí algunos cadáveres. Más de un transeúnte con los brazos extendidos, yacía á la sombra de este miserable, hundida la cara en un charco de sangre.

Rizado, perfumado, ajustado el talle, con caderas de mujer y busto de oficial prusiano, objeto de murmullo de admiración de las muchachas del boulevard, sabiamente anudada la corbata, con una cachiporra en el bolsillo y una flor en el ojal; tal era este petimetre del sepulcro.

IV =Composición de la cuadrilla=

Estos cuatro bandidos formaban por sí solos una especie de Proteo, que serpenteando entre la policía, y procurando librarse de las miradas indiscretas del jefe Vidocq, «bajo las diversas apariencias del árbol, llama ó fuente», prestándose unos á otros sus nombres y sus guaridas, ocultándose en su propia sombra, siendo cajas de secreto y asilos unos de otros; deshaciéndose de sus personalidades como se quita uno la nariz postiza en un baile de máscaras; simplificándose á veces hasta el punto de no ser más que uno; multiplicándose otras hasta el extremo de que el mismo Coco Lacour los tomaba por una turba.

Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres; eran una especie de ladrón misterioso de cuatro cabezas, trabajando mucho sobre París; componían el pólipo monstruoso del mal, habitando la cripta de la sociedad.

Gracias á sus ramificaciones y á la red subyacente de sus relaciones, Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse, tenían la empresa general de las acechanzas del departamento del Sena. Los inventores de ideas en este género, los hombres de imaginación tenebrosa se dirigían á ellos para la ejecución. Se daba á estos cuatro bribones el argumento, y ellos se encargaban de la representación. Trabajaban en el mismo escenario. Siempre se hallaban en situación de proporcionar un personal adecuado y conveniente para todos los atentados que necesitasen ayuda, y fuesen suficientemente lucrativos. Cuando un crimen tenía necesidad de brazos se subarrendaban cómplices. Tenían una compañía de actores de tinieblas á disposición de todas las tragedias de caverna.

Reuníanse generalmente al caer la noche, hora de su despertar, en los alrededores de la Salpetrière, y allí conferenciaban. Tenían ante sí doce horas negras y las distribuían.

_Patrón Minette_, tal era el nombre que en la circulación subterránea se daba á la asociación de aquellos cuatro hombres. En el antiguo lenguaje popular fantástico, que va borrándose diariamente, _Patrón Minette_, en francés, significa la madrugada, lo mismo que _entre perro y lobo_ significa el anochecer. Este apelativo, Patrón Minette, procedía probablemente de la hora en que concluían su trabajo, pues que el alba es la hora en que se desvanecen los fantasmas y se separan los bandidos. Bajo esa razón social, pues, eran conocidos aquellos cuatro hombres. Cuando el presidente del tribunal de los jurados visitó á Lacenaire en la cárcel, le habló de una fechoría que éste negaba: ¿Quién ha hecho esto? le preguntó; Lacenaire dió esta respuesta enigmática para el magistrado, pero clara para la policía: Tal vez haya sido Patrón-Minette.

Á veces se adivina toda una obra dramática con sólo la enunciación de los personajes; lo mismo casi se puede apreciar una banda por la lista de los bandidos. Véase, puesto que esos nombres sobrenadan en las memorias especiales, á qué apelativos respondían los principales afiliados de Patrón Minette.

Panchaud (a) Primaveral, (a) Bigornia.

Brujón, (había toda una dinastía de Brujones de la cual no renunciamos á decir algo).

Boulatruelle, el caminero que ya conocemos.

Laveuve (La viuda).

Finisterre.

Homero-Hogu, negro.

Mardisior (Malanoche).

Dépêche (Estafeta).

Fauntleroy (a) la Ramilletera.

Glorieux, presidiario cumplido.

Barrecarrosse (Tentecoches) (a) Dupont (señor Delpuente).

La explanada del Sur.

Poussagrive (Lanzatordos).

Carmagnolet (Carmañoleto).

Kruideniers (a) Bizarro.

Mangedentelle (Tragaencaje).

Les-pieds-en-l'air (Volatinero).

Demi liand (Medio ochavo) (a) Millonario.

Etc., etc.

Omitimos otros, y no de los peores. Estos nombres tienen rostros. No expresan solamente seres, sino especies. Cada uno de estos nombres corresponde á una variedad de esos deformes hongos de las capas inferiores de la civilización.

Aquellos seres, poco pródigos de sus caras, no eran de ésos que se ven pasar por la calle.

De día, cansados de las noches terribles que pasaban, se iban á dormir, ya á los hornos de yeso, ya á las canteras abandonadas de Montmartre ó de Montrouge, y á veces á las alcantarillas. Se enterraban.

¿Qué ha sido de esos hombres? Existen siempre; siempre han existido. Horacio habla de ellos: _Ambubaiarum collegia_, _pharmacopolæ_, _mendici_, _mimæ_; y mientras sea la sociedad lo que es, serán ellos lo que son. Bajo el obscuro techo de su cueva renacen continuamente de las filtraciones sociales. Reaparecen como espectros, siempre idénticos; solamente que no llevan los mismos nombres, ni se cubren con las mismas pieles.

Extirpados los individuos, subsiste la tribu.

Tienen siempre las mismas facultades. Del truhán al vago, la raza se mantiene pura. Adivinan el dinero en los bolsillos, y huelen los relojes en los chalecos. El oro y la plata tienen para ellos olor. Hay burgueses sencillos de quienes puede decirse que están predestinados á ser robados. Estos hombres siguen pacientemente á esos burgueses. Al paso de un extranjero ó de un provinciano se estremecen como arañas.

Estos hombres, cuando hacia la media noche en algún boulevard desierto se les descubre ó se los ve, son espantosos. No parecen hombres, sino formas hechas de bruma viviente. Diríase que generalmente constituyen cuerpo con las tinieblas, que no se distinguen de éstas, que no tienen más alma que la sombra, y que sólo momentáneamente, y para vivir por espacio de algunos minutos con una vida monstruosa, se han desprendido de la noche.

¿Qué es menester para desvanecer esas larvas? Luz, luz á torrentes.

No hay murciélago que resista el alba.

Iluminad la sociedad en su parte baja.

LIBRO OCTAVO EL MAL POBRE

I =Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra=

Pasóse el verano y después el otoño, y llegó el invierno. Ni el señor Leblanc ni la joven habían vuelto á poner los pies en el Luxemburgo. Mario no tenía más que un pensamiento, volver á ver aquel dulce y adorable rostro; buscábale sin cesar; buscábale en todas partes, pero no lo encontraba nunca. No era ya Mario el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente y firme, el audaz provocador del destino, el cerebro amontonaba porvenir sobre porvenir, con la imaginación llena de planes, de proyectos, de vanidades, de ideas y de voluntades: era un perro perdido. Cayó en una negra tristeza; todo había concluido. El trabajo le repugnaba, el paseo le cansaba, la soledad le aburría; la vasta naturaleza, tan llena para él en otro tiempo de formas, de irradiaciones, de voces, de consejos, de perspectivas, de horizontes y de enseñanzas, se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Se le figuraba que todo había desaparecido.

Continuaba pensando, porque no podía hacer otra cosa; pero ya no se complacía en sus pensamientos; y á todo lo que estos le proponían en voz baja, respondía él en la sombra: ¿Con qué objeto?

Hacíase á sí mismo frecuentes reproches. ¿Por qué la he seguido? ¡Yo era tan feliz con solo verla! Me miraba; ¿y no era esto ya una dicha inmensa? Parecía que me amaba. ¿No era esto todo? ¿Y qué es lo que he querido tener? No hay nada después de eso. He cometido un absurdo. Ahí está mi error etc., etc. Courfeyrac, á quien nada confiaba, porque así era su carácter, pero que adivinaba algo en todo, por ser éste también su carácter, había empezado felicitándole por su amor, pero asombrándose por otra parte. Viendo después á Mario sumergido en aquella melancolía, había concluido por decirle:--Veo que has sido simplemente un animal. Anda, vente al baile de la Chaumière.

Una vez, confiando en un hermoso sol de septiembre, Mario se había dejado llevar al baile de Sceaux por Courfeyrac, Bossuet y Grantaire, creyendo, ¡qué ilusión! que tal vez la encontraría allí. Como era de esperar, no encontró á quien buscaba. Y sin embargo, aquí se encuentran todas las mujeres perdidas, murmuraba Grantaire para sí. Mario dejó á sus amigos en el baile, y se volvió á pie, solo, postrado, febril, con los ojos turbados y tristes, fijos en la noche, aturdido por el ruido y el polvo levantado por los alegres carruajes llenos de bulliciosos cantantes que volvían de la fiesta, y pasaban á su lado, mientras él, desalentado, aspiraba para refrescar la cabeza, el acre olor de los nogales del camino.

Dedicóse entonces á vivir más y más solitario, abatido, entregado solo á su angustia interior, dando vueltas en torno de su dolor como el lobo en la trampa, buscando en todas partes el ser ausente, embrutecido de amor.

Otra vez tuvo un encuentro que le produjo un efecto singular. Se había tropezado en las callejuelas próximas al boulevard de los Inválidos, con un hombre vestido como un obrero que llevaba encasquetada una gorra de gran visera, dejando salir algunos mechones de cabellos blanquísimos. Mario fué sorprendido por la belleza de aquellos cabellos blancos, y examinó á aquel hombre que andaba á paso lento, y como absorto en alguna meditación dolorosa; y ¡cosa extraña! creyó reconocer en él al señor Leblanc; eran sus mismos cabellos, su mismo perfil, en toda la parte que dejaba la gorra al descubierto; y el mismo aspecto, solamente más triste. Pero, ¿por qué aquel traje de obrero? ¿Qué quería aquello decir? ¿Qué significaba semejante disfraz? Mario se quedó absorto. Cuando volvió en sí, su primer movimiento fué seguir á aquel hombre; ¿quién sabe si había dado con el rastro de lo que buscaba? En todo caso, era preciso ver al hombre más de cerca y aclarar aquel enigma. Pero esta idea se le ocurrió ya demasiado tarde; el hombre había desaparecido.

Sin duda se había metido por alguna de las calles laterales, y no pudo alcanzarle. Este encuentro le preocupó algunos días, hasta que se desvaneció.

Después de todo, se decía, no pasará de ser una semejanza.

II =Hallazgo=

Mario no había dejado de vivir en la casucha de Cuervo, donde no hacía caso de nadie.

En aquella época no había ya en dicha casa otros vecinos que él y aquellos Jondrette por quienes había pagado una vez el alquiler, sin haber nunca hablado al padre, á la madre ni á las hijas. Los demás inquilinos se habían mudado, habían muerto ó habían sido echados por malos pagadores.

Un día de aquel invierno había aparecido el sol poco después del medio día; pero era el dos de febrero, es decir, el día de la Candelaria, en que el traicionero sol, precursor de un frío de seis semanas, inspiró á Mateo Laensberg estos dos versos, que se han hecho justamente clásicos:

Que brille el sol ó que llueva, se vuelve el oso á la cueva.

Mario acababa de salir de la suya; caía la noche. Era la hora de ir á comer, porque había tenido necesidad de volver á comer como antes. ¡Oh debilidad de las pasiones ideales!

Acababa de pasar el umbral de su puerta, que estaba barriendo la tía Bougón, mientras murmuraba este memorable monólogo:

--¿Qué es lo que está ahora barato? Todo está caro. No hay nada barato sino las penas. ¡Esto sí que se da de balde! ¡penas del mundo!

Mario subía lentamente por el boulevard hacia la barrera en dirección á la calle de Santiago. Iba pensativo y cabizbajo.

De repente recibió un empujón entre la bruma; volvióse, y vió dos muchachas andrajosas, alta y delgada la una, y la otra algo más baja, que pasaban rápidamente desalentadas, asustadas y en ademán de huir. Iban en dirección contraria; no le habían visto, y le habían topado al pasar. Mario distinguió entre el crepúsculo sus figuras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus cabellos esparcidos, sus horribles gorras, sus sayas andrajosas y sus pies descalzos. La mayor decía en voz baja:

--Los corchetes han venido; por poco me pinzan.

La otra respondió:

--Yo los vi; pero les he chasqueado, chasqueado, chasqueado.

Mario comprendió, al través de esta conversación siniestra, que los gendarmes ó los agentes de policía habían tratado de prender á estas dos muchachas, y ellas se habían escapado.

Metiéronse por entre los árboles del boulevard, á espaldas de él, dibujando por algún tiempo entre la obscuridad una sombra blanquecina que se iba desvaneciendo.

Mario se detuvo un momento.

Iba ya á continuar su camino, cuando vió en el suelo á sus pies un paquetito; se bajó y lo cogió. Era una especie de envoltorio, y parecía contener papeles.

--¡Bueno,--dijo;--se les habrá caído á esas infelices!

Volvió atrás, llamó, pero no las encontró. Creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el bolsillo y se fué á comer.

Siguiendo su camino, vió en un lado de la calle Mouffetard un ataúd de niño, cubierto con un paño negro, colocado sobre tres sillas y alumbrado por una vela. Las dos muchachas que había visto en el crepúsculo reaparecieron en su imaginación.

--¡Pobres madres!--pensó.--Hay todavía una cosa más triste que ver morir á los hijos, y es verlos entregados á mala vida.

Después, estas sombras que distraían su tristeza, abandonaron su pensamiento y cayó en sus habituales meditaciones. Volvió á pensar en aquellos seis meses de amor y de felicidad que había pasado al aire libre y en plena luz, bajo los hermosos árboles del Luxemburgo.

--¡Qué sombría se ha hecho mi existencia!--decía.--Las muchachas se me aparecen siempre. Pero antes eran ángeles, y ahora son abismos.

III =Cuatro personajes=

Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en el bolsillo de la levita el paquete que había recogido en el boulevard. Ya no se acordaba. Creyó que sería útil abrirle, ya porque tal vez el paquete podía contener las señas del domicilio de aquellas muchachas, si en realidad les pertenecía; ó en otro caso, los indicios necesarios para restituirselo á la persona que lo había perdido.

Abrió el paquete.

No estaba pegado, y contenía cuatro cartas igualmente abiertas.

Todas tenían dirección.

Las cuatro despedían un olor de tabaco que apestaba.

La primera iba dirigida:

_Á la señora marquesa de Grucheray, plaza frontera á la Cámara de Diputados. núm_...

Mario se dijo que encontraría probablemente en ella las indicaciones que buscaba, y que además, no estando cerrada la carta, parecíale que podía ser leída sin inconveniente.

Estaba concebida en estos términos:

«Señora marquesa:

«La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente la sociedad. Abrid paso á vuestros sentimientos cristianos, y dirigid una mirada de compasión á este desgraciado español, víctima de la lealtad y fidelidad á la causa sagrada de la legitimidad, que ha sellado con su sangre; la cual ha consagrado su fortuna, todo por defender esta causa, y hoy se encuentra en la mayor pobreza. No duda que vuestra honorable persona le concederá un socorro para conservar una existencia extremadamente penosa para un militar de educación y de honor, cubierto de heridas; cuenta de antemano con la humanidad que os anima, y con el interés que la señora marquesa tiene por una nación tan desdichada. Su súplica no será vana, y su agradecimiento conservará vuestro encantador recuerdo.

«Tengo el honor de ofrecer mis sentimientos respetuosos, y ser, señora,

«DON ÁLVAREZ, capitán español de caballería, realista refugiado en Francia, de camino para su patria, y carece de recursos para proseguir su viaje».

No se incluía dirección alguna al pie de la firma.

Mario esperó encontrar las señas en la segunda carta, cuyo sobre decía:

_Á la señora condesa de Montvernet, calle Cassette, núm. 9_.

He aquí lo que en ella leyó Mario:

«Señora condesa: