Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 59

Chapter 593,969 wordsPublic domain

Como de tantas torpezas amontonadas resulte un total de alegría; como escalonando la ignominia sobre el oprobio, se engolosine al pueblo; como el espionaje, sirviendo de cariátida á la prostitución, divierta á la chusma; como la muchedumbre se recree viendo pasar sobre las cuatro ruedas de un carruaje á ese monstruoso montón viviente, de oropel andrajoso, mitad basura y mitad resplandor, el cual canta y ladra, á la vez que palmotee al contemplar esa gloria formada de todas las vergüenzas; y pensar que no hay fiesta para las multitudes si la policía no saca á pasear por media de ellas mismas, ésas, á modo de hidras de la alegría con veinte cabezas.

Es ello muy triste. Pero ¿qué remedio? Esos carros de fango, adornados de cintas y flores, son insultados y amnistiados por la risa pública. La risa de todos es cómplice de la degradación universal. Ciertas fiestas malsanas desagregan al pueblo y le convierten en populacho; y el populacho, como los tiranos, necesita bufones. El rey tiene á Roquelaure, y el pueblo á Payaso.

París es la gran ciudad loca, siempre que deja de ser la gran ciudad sublime. El carnaval forma parte en él de la política. París, confesémoslo, se deja divertir de buen grado, aunque sea con la infamia. No pide á sus señores, cuando los tiene, sino una cosa: que le den el cieno pintarrajado. Roma tenía igual humor. Amaba á Nerón; Nerón era un histrión titánico.

La casualidad hizo, como dijimos antes, que uno de esos disformes grupos de mujeres y hombres enmascarados, acoplado en una ancha calesa, se detuviese á la izquierda del boulevard, mientras la comitiva nupcial se paraba á la derecha. De una á otra parte del boulevard, el carruaje de las máscaras alcanzó á ver frente á frente al de la novia.

--¡Toma!--dijo una máscara,--es una boda.

--Una boda fingida,--observó otro.--Nosotros somos la verdadera.

Y demasiado lejos para poder interpelar á los novios, temerosos por otra parte de llamar sobre sí la atención de los municipales, las dos máscaras dirigieron la vista á otra parte.

Toda la carretada de mascarones tuvo á poco que habérselas con la multitud, que empezó á chiflarla, manera de acariciar de la muchedumbre; y los dos máscaras que acababan de hablar, entablaron junto con sus compañeros una lucha de denuestos contra el gentío, en la que se agotaron todos los proyectiles del repertorio de plazuela para responder á las enormes bocanadas del pueblo; entablándose entre las máscaras y la chusma un terrible tiroteo de metáforas.

Entretanto, otras dos máscaras del mismo carruaje, un español de narices descomunales, semblante de viejo arrugado y enormes bigotes negros, y una rabanera flaca y muy joven, con careta de terciopelo, habíanse fijado en los novios, y durante aquella granizada de insultos, tuvieron su diálogo en voz baja.

Este diálogo era sofocado por el tumulto.

Como la lluvia había mojado al carruaje, y además el viento de febrero nada tiene de apacible, la rabanera descotada que hablaba con el español, al par que iba riéndose, tiritaba y tosía.

He aquí el diálogo:

--Dime.

--¿Qué, daron[8]?

--¿Ves aquel viejo?

--¿Qué viejo?

--Aquél que va en el primer roulotte[9] de la boda, á este nuestro lado.

--¿El que lleva el brazo recogido en un pañuelo negro?

--Sí.

--¿Y qué?

--Estoy seguro de conocerle.

--¡Ah!

--Que me cercenen el colabro, y que no en mi vioc vousaille, tonorge mi mezig, si no colombo yo aquel pantino[10].

--¡Hoy sí que París tiene parisienses!

--¿Puedes agacharte y ver la novia?

--No.

--¿Y al novio?

--En ese carruaje no va ningún novio.

--¡Pues no!

--Al menos que sea el otro viejo.

--Procura ver á la novia; agáchate más.

--No puedo.

--Lo mismo da. Estoy seguro de conocer á ese viejo que se duele de la pata.

--¿Y qué más tienes conociéndole?

--¡Quién sabe! ¡Á veces...

--Para nada me cuido yo de viejos.

--¡Le conozco!

--Conócele cuanto quieras.

--¿Cómo diablos asiste á la boda?

--También asistimos nosotros.

--¿De dónde vienen?

--¿Yo qué sé?

--Oye.

-¿Qué?

--Debieras hacer una cosa.

--¿Cuál?

--Bajar de nuestro carruaje y _filar_[11] la boda.

--¿Para qué?

--Para saber adónde van y de quién se trata. Despacha; date prisa en bajar, _fée_[12] mía, tú que eres joven.

Pero yo no puedo dejar el carruaje.

--¿Por qué?

--Estoy alquilada.

--¡Por vida de!...

--Cobro mi jornal de rabanera de la prefectura.

--Es verdad.

--Si dejo el coche, el primer inspector que me vea me detendrá. Ya lo sabes.

--Sí, lo sé.

--Hoy estoy alquilada á Pharos[13].

--Sin embargo, este viejo me amuela.

--¡Sí! ¿Te amuelan los viejos? Y esto que no eres una muchacha.

--Está en el primer carruaje.

--¿Y qué?

--En la roulotte de la novia.

--¿Y luego?

--Luego ha de ser el padre.

--¿Y eso qué me importa?

--Te digo que es el padre.

--Oye.

--¿Qué?

--Yo no puedo salir sino enmascarado. Aquí estoy de escondidas, nadie sabe quién soy. Pero mañana ya no habrá máscaras; es miércoles de ceniza; y corro el riesgo de caer[14]. Es preciso que me vuelva á mi escondite. Pero tú eres libre.

--No mucho.

--Más que yo, siempre.

--Bien. ¿Y luego qué?

--Que procures saber dónde va la boda.

--¿Adónde va?

--Sí.

--Yo lo sé.

--¿Adónde va, pues?

--Al Cuadrante Azul.

--Entonces no es por este lado.

--¡Pues bien! á la Rapée.

--Ó á otra parte.

--Como que es libre. Las bodas son libres.

--No basta. Te digo que es preciso procures averiguar qué boda es ésa, qué papel juega en ella este viejo, y dónde viven los novios.

--¡Pues no es ello cosa de cada día! Es un milagro eso de encontrar ocho días después á una boda que ha circulado por París el martes de Carnaval. ¡Un alfiler en un pajar! ¿Es esto posible?

--No importa; sin embargo, hay que intentarlo. ¿Entiendes, Azelma?

Las dos filas continuaron de nuevo por ambos lados del boulevard su movimiento en sentido inverso, y el carruaje de los mascarones perdió de vista el coche de la novia.

II =Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo=

¿Á quién le es dado realizar sus sueños? Debe haber para ellos sin duda elecciones en el cielo; nosotros, sin saberlo, somos los candidatos, y los ángeles votan. Cosette y Mario fueron elegidos.

Cosette en la alcaldía y en la iglesia estuvo radiante y encantadora. La tía Santos, ayudada de Nicolasita, la había aderezado.

Sobre una falda de tafetán blanco llevaba puesta la de guipur de Binche, realzando su belleza un velo de punto de Inglaterra, un collar de perlas finas, una corona de azahares; todo esto era blanco, y entre esta blancura Cosette irradiaba. Era la delicadeza del candor dilatándose y transfigurándose á la luz. Podía decirse que era una virgen dispuesta á convertirse en diosa.

Los hermosos cabellos de Mario estaban lustrosos y perfumados; entreveíanse acá y allá bajo el espesor de los rizos, algunas líneas pálidas; eran las cicatrices de la barricada.

El abuelo, soberbio, con la cabeza erguida, magnífico, amalgamando más que nunca en su traje y en sus maneras toda la elegancia del tiempo de Barras, conducía á Cosette. Reemplazaba á Juan Valjean, quien por llevar el brazo en cabestrillo, no podía dar la mano á la novia.

Venía luego Juan Valjean, vestido de negro y sonriendo.

--Señor Fauchelvent,--decía el abuelo,--éste es un gran día. Voto por el fin de las aflicciones y pesadumbres. En lo sucesivo, no debe haber tristeza en parte alguna. ¡Pardiez! decreto que reine la alegría. El mal no tiene derecho de existir. Es una vergüenza á la verdad para el azul del cielo que haya hombres desgraciados. El mal no proviene del hombre que, en el fondo, es bueno. Todas las miserias humanas radican en el infierno, dicho por otro nombre las Tullerías del diablo. ¡Vaya! ¡También me permito soltar hoy frases demagógicas! Lo que es yo, no tengo ya opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es decir, felices; con esto me contento.

Cuando al terminar las ceremonias, después de haber pronunciado delante del alcalde y del sacerdote todos los sí necesarios, después de haber firmado en los registros de la municipalidad y de la sacristía, después de haber cambiado los respectivos anillos, después de haber estado de rodillas codo con codo bajo el yugo de moaré blanco, entre nubes de incienso, llegaron asidos de la mano, admirados y envidiados de todos, Mario de negro, y Cosette de blanco, precedidos del pertiguero con charreteras de coronel, sonando con su alabarda en las baldosas, en medio de dos hileras de maravillados concurrentes; llegaron, decimos, al pórtico de la iglesia, abiertas las puertas de par en par, dispuestos á subir al coche, ya todo terminado; Cosette no alcanzaba todavía á creerlo. Fijábase en Mario, en el gentío y en el cielo; parecía como temerosa de despertar. Su atónito é inquieto semblante resultaba aún más embelesador.

Para la vuelta, entraron juntos en el mismo carruaje, sentándose Mario al lado de Cosette, y enfrente el señor Guillenormand y Juan Valjean. La señorita Guillenormand retiróse á ocupar el segundo carruaje. «Hijos míos,--les decía el abuelo,--heteos hechos ya el señor barón y la señora baronesa, con treinta mil libras de renta». Cosette, arrimándose cuanto pudo á Mario, acarició su oído con este cuchicheo angelical: «¡Es verdad pues! ¡Me llamo _Mario_; soy tu señora!».

Aquellos dos seres irradiaban. Hallábanse en el momento supremo irrevocable, en el deslumbrante punto de intersección de toda la juventud y de toda la alegría. Realizábanse los versos de Juan Provaire. No sumaban cuarenta años entre los dos.

Representaban la sublimidad del matrimonio; aquellas dos criaturas eran dos lirios.

No se miraban uno á otro; se contemplaban. Cosette entreveía á Mario en una gloria, y Mario entreveía á Cosette en un altar. Y sobre aquel altar y en aquella gloria, mezclándose ambas apoteosis, en el fondo, y sin saber cómo, detrás de una nube para Cosette y en un fulgor para Mario, estaba lo ideal, lo verdadero, el cumplimiento del ósculo y del sueño, el tálamo nupcial.

Todos los tormentos pasados se trocaban para ellos en embriaguez. Parecíales que los pesares, los insomnios, las lágrimas, las angustias, los terrores y la desesperación, transformados en caricias y rayos de luz, hacían aún más deliciosa la hora de delicias que se aproximaba, y que las tristezas se habían vuelto tan serviciales, que servían el tocado á la alegría.

¡La desdicha servía de aureola á su felicidad! ¡La prolongada agonía de su amor remataba en una ascensión!

El encanto mismo inundaba aquellas dos almas, nuncio de voluptuosidad en Mario y de pudor en Cosette. Decíanse por lo bajo: «Iremos á ver juntos nuestro jardín de la calle Plumet». Los pliegues del traje de Cosette caían sobre Mario.

Semejante día es una mezcla inefable de divagaciones y certidumbres. Al lado de la posesión se forman suposiciones. Se tiene todavía delante de sí bastante tiempo para adivinar.

¡Encierra este día la inefable emoción de que al medio día se piense en la media noche! Las delicias de aquellos dos corazones rebosaban sobre la multitud, comunicando alegría á los transeúntes.

En la calle de San Antonio, delante de San Pablo, se paraba la gente para ver á través de los cristales del coche, temblar los azahares sobre la cabeza de Cosette. Entraron luego en la calle de las Hijas del Calvario.

Mario, sin separarse de Cosette, subió con aire de triunfo y radiante la misma escalera por donde le habían subido moribundo. Los pobres, agolpados delante de la puerta y repartiéndose las limosnas, los bendecían. En todas partes había flores. La casa no estaba menos perfumada que la iglesia; después del incienso, las rosas. Creían oir voces en el infinito; tenían á Dios en el corazón; el destino se les presentaba como una techumbre de estrellas; sobre su cabeza divisaban la luz del sol naciente. De repente sonó el reloj.

Mario se fijó en el gracioso brazo desnudo y algo rosado de Cosette que se entreveía vagamente al través de los encajes del vestido; Cosette, advirtiendo la mirada de Mario, ruborizóse hasta el blanco de los ojos.

Habían sido convidados muchos antiguos amigos de la familia Guillenormand, y todos se apresuraban en derredor de Cosette, llamándola á porfía señora baronesa.

El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido de Chartres, donde se hallaba de guarnición, para asistir á la boda de su primo Pontmercy. Cosette no le conoció.

Y él por su parte, acostumbrado á parecer lindo á todas las mujeres, no se acordaba más de Cosette que de otra cualquiera.

--¡Qué bien hice en no creer aquel cuento del oficial de lanceros!--decía para sí Guillenormand.

Cosette no había demostrado nunca más cariño á Juan Valjean, estando así al nivel del viejo Guillenormand; mientras éste expresaba su alegría por medio de aforismos y máximas, ella exhalaba el amor y la bondad como un perfume. La dicha quiere dichoso á todo el mundo.

Para hablar á Juan Valjean, hallaba inflexiones de voz del tiempo de su niñez, y le acariciaba con su sonrisa.

Habíase dispuesto el banquete en el comedor.

Un alumbrado esplendente como el sol, es el sazonamiento indispensable de las grandes alegrías. Los dichosos no aceptan la bruma ni la obscuridad; no consienten en estar entre sombras. Noche, sí; tinieblas, no. Á falta de sol es menester crear uno.

El comedor estaba hecho un ascua de alegría. Colgaba en el centro, por encima de la mesa blanca y resplandeciente, una araña de Venecia de almendras chatas y con toda clase de matices de color; azules, violados, rojos y verdes, destacándose en medio de las bujías. Alrededor de la araña, candelabros; en la pared, cornucopias con grupos de tres y cinco velas. Espejos, cristalería, vajilla, porcelana, loza, servicio, orfebrería, plata, todos los ramos, con tal profusión, que donde no había una luz había una flor.

En la antecámara, una flauta, dos violines y un violoncello, ejecutaban á la sordina cuartetos de Haydn.

Juan Valjean se había sentado en una silla del salón detrás de la puerta, cuya hoja casi le ocultaba. Algunos momentos antes de sentarse á la mesa, Cosette, como por una corazonada, fué á hacerle una gran reverencia, extendiendo con ambas manos la falda de su vestido de novia, y preguntóle con picaresca mirada:

--¿Estáis contento, padre?

--Sí,--dijo Juan Valjean,--estoy contento.

--Bien; reíos entonces.

Juan Valjean sonrió.

Poco después anunciaba Vasco que estaba servida la sopa.

Los convidados, precedidos del señor Guillenormand, quien daba el brazo á Cosette, entraron en el comedor, y se fueron colocando, según el orden establecido, alrededor de la mesa.

Figuraban en ella dos grandes sillones colocados á derecha é izquierda de la novia, el primero para Guillenormand y el segundo para Juan Valjean. Sentóse Guillenormand, pero el otro sillón quedó vacío.

Buscóse con la vista al señor Fauchelvent.

No estaba allí.

Guillenormand preguntó á Vasco:

--¿Sabes dónde está el señor Fauchelvent?

--Señor,--respondió Vasco,--precisamente acaba de salir, encargándome de deciros, que molestado un poco por su mano enferma, lo cual le impedía sentarse á la mesa con el señor barón y la señora baronesa, rogaba se le dispensase, que vendría mañana á primera hora.

Aquel sillón vacío enfrió un poco la efusión del banquete nupcial: pero ausente Fauchelvent, allí estaba Guillenormand, y el abuelo brillaba por dos. Dijo que Fauchelvent hacía bien en acostarse temprano, si la mano le molestaba, y que aquello no era sino «pupa». Esta declaración bastó. Por otra parte, ¿qué es un punto obscuro en medio de una inundación de alegría? Cosette y Mario se encontraban en uno de esos momentos egoístas y bienaventurados en que todas las facultades se encuentran en la percepción de la felicidad. Y luego, al señor Guillenormand se le ocurrió una buena idea: «¡Pardiez! Ya que está vacío ese sillón pasa tú, Mario. Tu tía, aunque tenga derechos sobre ti, te lo permitirá. Ese sillón es para ti. Es de ley y de gracia. Fortunato junto á Fortunata».

Aplauso general de toda la mesa.

Mario ocupó junto á Cosette el sitio destinado á Juan Valjean; y las cosas se arreglaron de manera que Cosette, triste al principio por ausencia de Juan Valjean, acabó por ponerse contenta. Desde el momento que era Mario quien le reemplazaba, Cosette no hubiera echado de menos á Dios mismo.

Y puso ella su lindo pie, calzado de raso blanco, sobre el pie de Mario.

Ocupado ya el sillón, no se echó ya de menos al señor Fauchelvent; y cinco minutos después, la risa y el júbilo reinaban de un extremo á otro de la mesa con toda la animación del olvido.

Á los postres, el señor Guillenormand, de pie con una copa de vino champaña en la mano, á medio llenar para que el temblor de sus noventa y dos años no la hiciera desbordar, brindó por los novios.

--No os librareis por cierto de dos sermones,--exclamó.--Por la mañana habéis tenido el del cura; vais á tener esta noche el del abuelo. Atended, pues: voy á daros un consejo: Adoraos. Yo no amontono giros y circunloquios, voy derecho al blanco: ¡Sed felices! No hay en la creación otros sabios que los tortolitos. Los filósofos dicen: «Moderad vuestra alegría». Pero yo digo: «Dad rienda suelta á la alegría. Sed apasionados como diablos; sed incansables». Los filósofos desbarran. Yo quisiera hacerles tragar de nuevo toda su filosofía.

«¿Pueden sobrar por ventura nunca en la vida los perfumes, los capullos de rosa entreabiertos, los ruiseñores cantando, las hojas verdes ni las auroras? ¿Puede estar nunca de más el amor? ¿Puede ser jamás excesivo el amor mutuo? ¡Cuidado, Estela, que eres demasiado linda! ¡Alerta, Nemoroso, que eres demasiado bello! ¡Disparates! ¿Es nunca demasiado embelesarse, demasiado halagarse, excesivo quererse? ¿Pueden ser nunca jamás desmedidas las dichas ni la vida?

«Moderar la alegría. ¡Mucho que sí! ¡Abajo los filósofos! La sabiduría es el júbilo. Regocijaos; regocijémonos todos. ¿Somos dichosos porque somos buenos, ó somos buenos porque somos dichosos? ¿El famoso diamante _Sancy_ (cienseis) se llama así por haber pertenecido á Harley de _Sancy_, ó porque pesa ciento seis quilates? No lo sé; abundan en la vida estos problemas; pero lo que importa es poseer el Sancy y la felicidad. Seamos dichosos, sin escudriñar.

«Obedezcamos ciegamente al sol. ¿Qué es el sol? Es el amor; y quien dice amor, dice mujer. ¡Ay! ¡ay! he aquí una potencia absoluta, la mujer. Preguntadle á ese demagogo de Mario si no es esclavo de esa tiranuela de Cosette. ¡Y de buena gana, cobardón! ¡La mujer! No hay ningún Robespierre que la resista. La mujer reina. Ya no soy realista de otra realeza. ¿Qué es Adán? El reino de Eva. Para Eva no hay 89.

«Hubo el cetro real coronado de una flor de lis, el cetro imperial coronado de un globo, el cetro de Carlo-Magno que era de hierro, el cetro de Luis el Grande que era de oro; torciólos la Revolución entre su pulgar y su índice como pajuelas; todo acabó, todo se quebró y rodó por el suelo: ya no hay cetros; pero ¡sublevaos contra ese pañolito bordado que huele á pachulí! Me gustaría verlo. Probad. ¿Por qué es tan sólido? Porque es un trapo.

«¡Ah! ¡Sois el siglo XIX! ¿Y qué? Nosotros éramos del siglo XVIII, ¡tan bárbaros como vosotros! No creáis haber cambiado mucho el universo, porque vuestro galanteador se llame el cólera morbo, y vuestro verdugo se llame la cachucha; en el fondo siempre habrá que amar á las mujeres. Os desafío á que salgáis de aquí. Esos diablillos son nuestros ángeles. Sí; el amor, la mujer y el beso; éste es el círculo de que os desafío á salir. Por mi parte, de buena gana volvería á entrar en él. ¿Quién de vosotros ha visto elevarse en el infinito, apaciguándolo todo á sus pies, contemplando las ondas como una mujer, á la estrella Venus, á la gran coqueta del abismo, la Celimena del océano? ¡El océano! ¡Terrible Alcestes! Pues bien; en vano se alborota; aparece Venus, y hace que sonría. La fiera salvaje se somete. Así somos todos. Cólera, tempestad, rayos, espuma, todo sube hasta el techo. Entra una mujer en escena, es una estrella que se eleva; ¡á tierra todo el mundo! Mario se batía hace seis meses, y hoy se casa. Perfectamente. Sí, Mario, sí; Cosette; tenéis razón. Sed osados el uno para el otro; haceos el amor, haced que estallemos de rabia los que no podemos imitaros; idolatraos. Tomad en vuestros picos todas las briznas de felicidad que hay en la tierra, y arreglaos un nido para toda la vida. ¡Pardiez! ¡que amar y ser amado, no es ningún milagro cuando se es joven! No os figuréis haberlo inventado vosotros. También yo he soñado, también yo he divagado, también yo he suspirado, también yo he tenido límpida el alma.

«El amor es un niño de seis mil años. El amor tiene derecho á una gran barba blanca. Matusalén es un niño al lado de Cupido. Hace sesenta siglos que el hombre y la mujer salen, amándose, de todos sus apuros. El diablo, como maligno, se ha puesto á aborrecer al hombre; y el hombre, que es más maligno aún, se ha puesto á amar á la mujer; de lo cual ha resultado ser mayor el bien que ha conseguido, que el mal que le ha hecho el diablo. Esta fineza fué encontrada ya en el Paraíso terrenal. La invención, amigos míos, es vieja, y sin embargo conserva toda su novedad. Aprovechaos. Sed Dafne y Cloé, mientras llega el tiempo de que seáis Filemón y Baucis. Portaos de manera que, cuando estéis juntos, nada os falte, y que Cosette sea el sol para Mario, y Mario el universo para Cosette. Cosette, que la sonrisa de tu marido sea el buen tiempo; Mario, que las lágrimas de tu mujer sean la lluvia, y que no llueva jamás en vuestro hogar. Habéis robado á la lotería el buen número, el amor en el sacramento; tenéis el premio gordo, guardadlo bajo llave, no lo derrochéis; adoraos, y no os cuidéis de lo demás.

«Creedme. El sano juicio os habla por mi boca, y el sano juicio no puede mentir. Sed religiosamente el uno para el otro. Cada cual tiene su manera de adorar á Dios. ¡Diantre! ¡El mejor modo de adorar á Dios, es amar á la mujer! ¡Yo te amo! Tal es mi catecismo. Todo el que ama, quien quiera que sea, es ortodoxo.

«El juramento de Enrique IV coloca la santidad entre la francachela y la embriaguez. ¡Por la pechuga de San Gris! Mi religión no tiene nada que ver con tal juramento. Se olvida la mujer, y esto me asombra tratándose con un jurador como Enrique IV. Amigos míos, ¡viva la mujer! Soy viejo, según se dice, pero es admirable como me siento dispuesto á ser joven. Quisiera ir á oir las zampoñas de los bosques. Me embelesa ver á los muchachos que aciertan á ser lindos y dichosos. Me casaría de buena gana si encontrase con quien; es imposible imaginar que Dios nos haya criado para otra cosa: idolatrar, arrullar, galantear, ser palomo, ser gallo, picotear á los enamorados desde la mañana hasta la noche, mirarse en su mujercita, erguirse, triunfar, hinchar la papada: he aquí el objeto de la vida. Así pensábamos nosotros en hacerlo cuando éramos jóvenes. ¡Ah, virtud pintada! ¡y qué preciosas mujeres había entonces! ¡Qué caras! ¡Qué pimpollos! Allí sí que era yo devastador.

«Amaos, pues. Para no amarse, yo no sé de qué serviría la primavera; por mi parte, rogaría á Dios que encerrase las maravillas que nos pone de manifiesto, que nos privase de ellas, que volviese á su caja las flores, las aves y las mujeres guapas.

«Hijos míos, recibid la bendición de este buen viejo».

La noche se pasó rápida, gozosa y alegremente. El soberano buen humor del abuelo dió tono á la fiesta, y todos trataron de corresponder á aquella cordialidad casi centenaria. Se bailó un poco, se rió mucho; fué una boda inocente. Hubieran podido convidar á ella al viejo bonachón. Y en verdad que estaba allí representado en la persona del señor Guillenormand.

Hubo bullicio y luego silencio.

Desaparecieron los novios.

Poco después de las doce, la casa del señor Guillenormand se trocó en templo.

Aquí nos detenemos. En el umbral de las noches de boda hay un ángel en pie, sonriendo, con el dedo sobre los labios.

El alma se anega en la contemplación ante ese santuario, donde se celebra el amor.