Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 60
Debe haber resplandores sobre tales moradas. El goce que encierran debe escaparse á través de las piedras de los muros, convertido en claridad, é irradiar vagamente en las tinieblas. Es imposible que esta fiesta sagrada y fatal no eleve un rayo celeste al infinito. El amor es el crisol sublime donde se verifica la fusión del hombre y de la mujer; el ser uno, el ser triple, el ser final, la trinidad humana sale de él. Ese nacimiento de dos almas en una ha de ser forzosamente una emoción para la sombra. El amante es sacerdote; la virgen enajenada se asombra. Y algo de ese gozo llega hasta Dios. Donde hay realmente matrimonio, es decir, amor, entra el idealismo.
Un lecho nupcial es un fulgor de aurora en las tinieblas. Si fuese dado á la pupila de carne percibir las visiones terribles y agradables de la vida superior, es probable que veríamos las formas de la noche, los desconocidos alados, los caminantes azules de lo invisible, inclinarse, en multitud de cabezas sombrías, alrededor de la casa luminosa satisfechos, benditos, mostrándose unos á otros, á la virgen esposa dulcemente asombrada, y ostentando el reflejo de la felicidad humana en sus rostros divinos. Si en tan suprema hora, deslumbrados los esposos por el deleite, y creyéndose solos, escuchasen, oirían en su cuarto un aleteo confuso. La dicha perfecta implica la solidaridad de los ángeles. La obscura y reducida alcoba tiene todo el cielo por techo.
Cuando dos bocas, consagradas por el amor, se aproximan para crear, es imposible que sobre aquel beso inefable no se realice un estremecimiento en el misterio inmenso de las estrellas.
Estas felicidades son las verdaderas. No existe el goce fuera de estos goces. El amor es el único éxtasis. Todo lo demás llora.
Amar ó haber amado, esto basta. No pidáis nada luego. No se puede encontrar otra perla en los piélagos tenebrosos de la vida. Amar es el cumplimiento del más alto deber.
III =La inseparable=
¿Qué había sido de Juan Valjean?
Inmediatamente después de haberse reído, cediendo á la graciosa intimación de Cosette, aprovechó Juan Valjean un instante en que nadie le miraba, y salió á la antecámara. Era la misma sala en la que, ocho meses antes, había entrado cubierto de cieno, de sangre y de polvo, trayéndole el nieto al abuelo. El antiguo revestimiento de madera estaba adornado con guirnaldas de hojas y flores; los músicos estaban sentados en el mismo canapé en que había dejado á Mario.
Vasco, vestido de negro, con calzón corto, medias y guantes blancos, estaba colocando coronas de rosas alrededor de los platos que iban á servirse. Juan Valjean le mostró su brazo en cabestrillo, y se marchó después de encargarle explicase el motivo de su ausencia.
Las ventanas del comedor daban á la calle. Juan Valjean permaneció de pie algunos minutos, inmóvil entre la obscuridad, bajo aquellas ventanas radiantes. Estaba escuchando. El confuso ruido del banquete llegaba hasta él. Oía la voz alta y magistral del abuelo, los violines, el retintín de los platos y los vasos, las carcajadas y, en medio de todo aquel alegre rumor, distinguía la dulce y regocijada voz de Cosette.
Dejó la calle de las Hijas del Calvario, y se volvió á la calle del Hombre Armado.
Tomó para volverse las calles de San Luis, Culture Sainte Cathérine y Blancs Manteaux, y aunque era el curso más largo, era el mismo que tenía la costumbre de seguir hacía tres meses, evitando así el tropel de transeúntes y los barros de la calle Vieille du Temple, cuando desde la calle del Hombre Armado iba todos los días con Cosette á la calle de las Hijas del Calvario.
Este camino que había recorrido con Cosette excluía para él todo otro itinerario.
Juan Valjean entró en su casa. Encendió su vela y subió.
La habitación estaba vacía. Ni siquiera había en ella la tía Santos. Las pisadas de Juan Valjean producían en los cuartos mayor ruido que ordinariamente. Todos los armarios estaban abiertos. Penetró en el cuarto de Cosette.
No había sábanas en la cama. La almohada de cutí, sin funda y sin guarniciones, estaba colocada sobre los cobertores doblados al pie de los colchones, cuya tela se veía, y donde ya nadie había de acostarse. Los pequeños objetos femeninos pertenecientes á Cosette habían desaparecido, quedando únicamente los muebles grandes y las cuatro paredes. La cama de la tía Santos estaba igualmente desaparejada. Una sola cama hecha, parecía esperar á alguien: era la de Juan Valjean.
Juan Valjean miró las paredes; cerró algunas puertas de los armarios, pasando del uno al otro cuarto.
Luego entró en el suyo, dejando la vela sobre una mesa.
Había sacado el brazo del cabestrillo, y se servía de la mano derecha como si nada tuviese en ella.
Acercóse á su cama; y sus ojos, fuese por casualidad, fuese de intento, se fijaron en _la inseparable_, que había dado celos á Cosette; en la maleta de que no se separaba jamás. El 4 de junio, al llegar á la calle del Hombre Armado, la había colocado en un velador junto á su cabecera. Dirigióse al velador con cierta excitación, sacó una llavecita del bolsillo y abrió la maleta.
Fué sacando de ella poco á poco los vestidos con que diez años antes había dejado Cosette á Montfermeil; primero el vestido negro, después el pañolito negro, enseguida los zapatos fuertes de niña que casi habrían podido servir todavía á Cosette, tan breve era su pie; el jubón de bombasí tupido, el refajo de punto, el delantal con bolsillos y las medias de lana. Estas últimas, donde se veía señalada aún la forma de una pierna infantil, eran poco más largas que la mano de Juan Valjean. Todo aquello era negro, y era él quien había llevado á Montfermeil aquellos vestidos para Cosette.
Á medida que los sacaba de la maleta, los iba dejando sobre la cama. Pensaba y recordaba. Era en invierno, en un mes de diciembre harto frío, ella tiritaba medio desnuda, apenas cubierta de harapos, con sus pobres y amoratados piececitos metidos en unos malos zuecos. Él, Juan Valjean, le había hecho dejar aquellos andrajos y ponerse aquel traje de luto. La madre debió regocijarse en su tumba al ver á su hija enlutada por ella, y sobre todo, al verla vestida y abrigada. Recordaba aquel bosque de Montfermeil, que había atravesado en compañía de Cosette: recordaba la crudeza del tiempo que hacía, los árboles sin hojas, las ramas sin pájaros, el cielo sin sol. Así y todo, aquello había sido un embeleso. Ordenó cuidadosamente las ropitas sobre la cama, el pañuelo junto á la saya, las medias cerca de los zapatos, y el jubón junto al zagalejo, contemplándolas una tras otra, y diciendo para sí: «Así era ella; llevaba su gran muñeca en brazos, había guardado su luis de oro en el bolsillo de este delantal, se reía, é íbamos los dos asidos de la mano; no contaba en el mundo más que conmigo...».
Aquí, su venerable cabeza blanca cayó sobre el lecho; su corazón, constantemente estoico, estalló abismando, por así decirlo, su faz en los vestidos de Cosette, y si alguien hubiese pasado á la sazón por la escalera, habría podido oir perfectamente su horroroso llanto.
IV =Immortale jecur=
La antigua y formidable lucha, de la que hemos visto ya diferentes fases, vuelve á empezar.
Jacob no luchó con el ángel más que una noche. ¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto á Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas, cuerpo á cuerpo con su conciencia, y luchando perdidamente contra ella!
¡Lucha inaudita! ¡En ciertos momentos el pie se desliza; en otros se hunde el suelo!
¡Cuántas veces aquella conciencia, precipitándose furiosa hacia el bien, le había estrechado y abrumado! ¡Cuántas veces la verdad le había puesto la inexorable rodilla sobre el pecho! ¡Cuántas veces, derribado á fuerza de luz, le había pedido perdón! ¡Cuántas veces esa luz implacable, encendida en él y sobre él por el obispo, le había deslumbrado violentamente cuando más deseaba cegar!
¡Cuántas veces, en lo más crudo de la pelea, se había vuelto á enderezar, asido de la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado entre el polvo, tan pronto derribando á los pies su propia conciencia, tan pronto derribado por ella! Cuántas veces, después de un equívoco, después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había oído á su conciencia irritada gritarle al oído: «¡Zancadilla! ¡Miserable!». ¡Cuántas veces su pensamiento refractario había agonizado convulsivamente bajo la evidencia del deber!
Resistencia á Dios. Sudores fúnebres. ¡Cuántas heridas secretas, que solamente él sentía manar!
¡Cuántos desgarros en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había levantado nuevamente ensangrentado, quebrantado, lacio, iluminado, desesperado el corazón y serena el alma! ¡Sintiéndose vencedor siendo vencido! Y después de haberle dislocado, atenaceado y deshecho su propia conciencia, de pie, formidable, luminosa, tranquila, le decía: «Ya puedes ir en paz».
Pero ¡Ay! ¡Qué paz tan lúgubre al salir de tan sombría lucha!
No obstante, aquella noche, comprendía Juan Valjean que empeñaba su postrer combate.
Una sola cuestión se le presentaba dolorosa.
Las predestinaciones no son siempre directas; no se desarrollan en línea recta ante el predestinado; tienen sus callejones sin salida, sus laberintos, sus travesías obscuras y sus encrucijadas alarmantes en su multitud de vías. Juan Valjean había hecho alto en lo más peligroso de todas aquellas encrucijadas.
Había llegado al supremo empalme del bien y del mal. Tenía esta tenebrosa intersección á la vista. Como le había sucedido en otras peripecias dolorosas, dos caminos se abrían delante de él: uno tentador, otro horroroso. ¿Cuál de ambos elegir?
El que aterraba, le era aconsejado por el misterioso dedo indicador que todos percibimos cuando fijamos la vista en la sombra.
Juan Valjean tenía que escoger una vez más entre el puerto terrible y la sonriente emboscada.
¿Es, pues, verdad que el alma puede curar y no la suerte? ¡Terrible cosa, un destino irremediable!
He aquí la cuestión que se presentaba:
¿De qué manera iba á portarse Juan Valjean con relación á la felicidad de Cosette y Mario? Él era quien había querido, quien había hecho aquella felicidad, por más que le destrozase las entrañas; y á la sazón, contemplándola, podía sentir la especie de satisfacción que sentiría un armero al reconocer la marca de su fábrica en un cuchillo, al arrancarlo humeante de su pecho herido.
Cosette tenía á Mario, Mario poseía á Cosette. Todo lo tenían, incluso la riqueza, y esto era obra suya.
Pero una vez formada, una vez existente aquella dicha, ¿qué le correspondía hacer á Juan Valjean? ¿Imponerse á ella y tratarla como si le perteneciera?
Sin duda, Cosette era ya de otro; pero ¿retendría Juan Valjean de Cosette todo lo que podía retener de ella? ¿Continuaría siendo la especie de padre, entrevisto, pero respetado, que había venido siendo hasta entonces? ¿Se introduciría tranquilamente en casa de Cosette? ¿Uniría, sin decir una palabra, su pasado á aquel porvenir? ¿Presentaríase, como asistido de su derecho, é iría á sentarse, envuelto en sombras, sobre aquel hogar luminoso? ¿Cogería, sonriendo, la mano de aquellos inocentes entre sus manos trágicas? ¿Posaría sus pies en la apacible chimenea del salón de Guillenormand, aquellos pies que arrastraban tras sí la infamante sombra de la ley? ¿Participaría él de la suerte reservada á Cosette y á Mario? ¿Aumentaría la obscuridad sobre su propia frente y las nubes sobre la de ellos? ¿Colocaría en tercer lugar, entre aquellas dos felicidades su propia catástrofe? ¿Persistiría en su silencio? En una palabra; ¿sería él, junto á aquellos dos seres dichosos, el siniestro nudo del destino?
Es preciso estar acostumbrado á los golpes de la fatalidad para atreverse á alzar los ojos cuando aparecen ciertas cuestiones en toda su horrible desnudez. El bien ó el mal se hallan detrás de este severo interrogante.--¿Qué vas á hacer?--pregunta la esfinge.
Juan Valjean poseía el hábito de la prueba, y miró fijamente á la esfinge.
Examinó el despiadado problema bajo todas sus fases.
Cosette, aquella existencia alegre, era la tabla de salvación de aquel náufrago. ¿Qué hacer? ¿Asirse á ella fuertemente ó abandonarla?
Si se asía, escapaba al desastre, tornaba á ver el sol, dejaba escurrir el agua amarga de sus vestidos y sus cabellos; se había salvado: vivía.
¿Iba á soltar su presa?
Entonces, el abismo.
Aconsejábase así dolorosamente con su pensamiento, ó mejor dicho, combatía furioso, dentro de sí mismo, tan pronto contra su voluntad, como contra su convicción.
Fué una dicha para Juan Valjean el haber podido llorar. Esto quizá le iluminó. Al principio, sin embargo, tomó la tempestad un aspecto horrible, desencadenándose con más violencia que la que le impulsó en otra época hacia Arrás. El pasado reaparecía ante él; comparaba y lloraba. Una vez abierta la esclusa de las lágrimas, retorcióse aquel desesperado.
Sentíase detenido.
¡Ay! En el pugilato decisivo entre el egoísmo y el deber, cuando se retrocede paso á paso ante el ideal inconmutable, extraviado, encariñado, exasperado, teniendo que ceder, disputando el terreno, esperando una huida posible, buscando una salida; ¡qué brusca y siniestra resistencia la del pie de una muralla detrás de nuestro pie!
¡Sentir que la sombra sagrada es un obstáculo!
¡Lo invisible inexorable, qué obsesión!
La conciencia no desiste jamás. Toma tu partido, Bruto; toma tu partido, Catón. No tiene fondo, Dios. Se arroja á ese pozo el trabajo de toda la vida; se arroja la fortuna, la riqueza, los triunfos, la libertad ó la patria; se arroja el bienestar, el reposo, la alegría. ¡Es poco, es poco aún! ¡Vaciad el vaso! ¡Inclinad la urna! ¡Es poco también! Es preciso arrojar también el corazón.
En alguna parte de la espesa bruma de los antiguos infiernos ha de haber un tonel parecido á ese pozo.
¿No es perdonable á la verdad rehuirlo? ¿Puede lo inagotable reclamar su derecho? Las cadenas sin fin ¿no son acaso incompatibles con la fuerza humana? ¿Quién vituperaría á Sísifo y á Juan Valjean porque gritasen: ¡basta!?
La obediencia de la materia está limitada por el roce: y ¿no ha de haber un límite á la obediencia del alma? Si el movimiento continuo es imposible, ¿por qué ha de exigirse la continua abnegación?
El primer paso no es nada; el último es el difícil.
¿Qué era el proceso Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y sus consecuencias? ¿Qué valía lo de volver á presidio, comparado con volver á la nada?
¡Cuán sombrío es el primer escalón del descenso! ¡Cuán negro es el segundo!
¿Y cómo no volver entonces la cabeza?
El martirio es una sublimación; sublimación corrosiva. Es una tortura que santifica. Puede consentirse en él la primera hora, estar sentado en el trono de hierro candente, tener ceñida la corona de hierro candente, aceptar el globo de hierro candente, empuñar el cetro de hierro candente; pero falta todavía vestir el manto de llamas; ¿y no llega un momento en que la carne miserable se rebela, y entonces abdica el suplicio?
Por último, Juan Valjean entró en la calma del abatimiento.
Pesó, meditó y calculó las alternativas de la misteriosa balanza de luz y sombra.
Imponer su presidio á aquellas dos hermosas criaturas, ó consumar él mismo su irremediable sumersión.
De una parte el sacrificio de Cosette, de la otra el suyo propio.
¿Qué solución adoptó?
¿Qué determinación? ¿Cuál fué en su interior su contestación definitiva al incorruptivo interrogatorio de la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió á abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió cerrar y condenar? Entre todas aquellas quebradas insondables que le rodeaban, ¿cuál elegía? ¿Qué extremo aceptó? ¿Á cuál de aquellos abismos se inclinó?
Su vertiginosa divagación duró toda la noche.
Continuó allí hasta asomar el día, en la misma actitud, doblado sobre aquel lecho, prosternado bajo la enormidad del destino; ¡ay! aplastado quizá, con los puños crispados, los brazos extendidos en ángulo recto, como un crucifijo desclavado y arrojado de cara al suelo. Doce horas de una larga noche de invierno, helado, sin levantar la cabeza ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su pensamiento rodaba por el suelo y subía á las nubes; como la hidra unas veces, como el águila otras.
Al verle alguien en aquella actitud sin movimiento, le habría creído muerto; pero estremecíase de pronto convulsivamente, y su boca, pegada á los vestidos de Cosette, los besaba. Entonces se le veía revivir.
Pero ¿quién podía verlo, puesto que Juan Valjean estaba solo y no había allí nadie?
Quien está en las tinieblas.
NOTAS:
[8] _Daron_, padre.
[9] _Roulotte_, carruaje.
[10] Que me corten el cuello y que no pueda yo decir en mi vida tú ni vou, si no conozco yo al tal parisién.
[11] _Filar_, seguir.
[12] _Fée_, hija.
[13] _Pharos_, al gobierno.
[14] _Caer_, ser preso.
LIBRO SÉPTIMO LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ
I =El séptimo círculo y el octavo cielo=
Los días siguientes á los de boda son solitarios. Se respeta el recogimiento de la felicidad, y un poco también el sueño retardado. La barahúnda de las visitas y las felicitaciones no vuelve hasta más tarde. El 17 de febrero, poco después del medio día, estaba Vasco, con su paño y plumero bajo el brazo, ocupado en «arreglar la antecámara», cuando oyó un ligero golpe en la puerta.
No había tirado de la campanilla, lo cual es una discreción propia de semejante día. Abrió Vasco, y vió al señor Fauchelvent.
Introdújole en el salón, revuelto todo aún de arriba á bajo, ofrecía éste todo el aspecto del campo de batalla de las alegrías de la víspera.
¡Diantre!--observó Vasco.--Nos hemos despertado tarde caballero.
--¿Está levantado el señor?--preguntó Juan Valjean.
--¿Cómo seguís del brazo?--preguntó Vasco á su vez.
--Mejor. ¿Se ha levantado el amo?
--¿Cuál? ¿El antiguo ó el nuevo?
--El señor de Pontmercy.
--¿El señor barón?--prorrumpió Vasco como empinándose.
Los títulos sirven principalmente para los criados. Parece que les toca algo, les alcanza lo que un filósofo llamaría las salpicaduras del título, y esto les lisonjea. Mario, digámoslo de paso, republicano militante, habiéndolo probado, era barón á pesar suyo. Habíase verificado en la familia una pequeña revolución acerca de este título; Guillenormand era entonces quien abogaba por él, y Mario quien le desechaba; pero el coronel Pontmercy había escrito: _Mi hijo llevará mi título_, y Mario obedecía. Y luego Cosette, en quien empezaba á despuntar la mujer, estaba satisfecha de ser baronesa.
--¿El señor barón?--repitió Vasco.--Voy á ver. Le diré que está aquí el señor Fauchelvent.
--No. No le digáis que soy yo. Decidle que hay quien desea hablarle en particular, mas sin decir el nombre.
--¡Ah!--exclamó Vasco.
--Quiero darle una sorpresa.
--¡Ah!--repuso el criado, dirigiéndose á sí mismo el segundo ¡ah! como explicación del primero. Y salió. Juan Valjean se quedó solo.
Acabamos de decir que el salón estaba en desorden. Parecía que, aplicando el oído, hubiera podido oirse aún el vago rumor de la boda. Veíanse por el suelo flores de todas clases, desprendidas de las guirnaldas y de los peinados. Las bujías, apuradas hasta el cabo, añadían á los cristales de las arañas estalactitas de cera. Ningún mueble estaba en su lugar. En los rincones, tres ó cuatro sillas, aproximadas unas á otras y formando círculo, parecían como continuar una plática comenzada. El conjunto era risueño. Los restos de una fiesta encierran siempre cierta gracia. El gozo había reinado allí. En aquellas sillas desarregladas, en medio de aquellas flores ya marchitas, bajo aquellas luces apagadas, se había pensado en la dicha. El sol sucedía á los candelabros y sus rayos penetraban alegremente en la sala.
Transcurrieron algunos minutos. Juan Valjean seguía inmóvil en el sitio donde le había dejado Vasco. Estaba muy pálido. Veíanse sus ojos tan hundidos bajo las órbitas á causa del insomnio, que casi desaparecían. Las arrugas de su levita negra patentizaban que había pasado la noche sin quitársela, teniendo llenos los codos de esa pelusa blanca que deja en el paño roce del lienzo. Juan Valjean miraba á sus pies la ventana dibujada en el pavimento por el sol.
Al ruido que hizo la puerta, levantó los ojos.
Entró Mario con la cabeza erguida, la boca risueña, el rostro como inundado de luz, la frente dilatada, la mirada triunfante. Tampoco había dormido.
--¡Sois vos, padre!--exclamó viendo á Juan Valjean.--¡Y ese imbécil de Vasco, con su aire misterioso! Pero venís muy temprano. No son más que las doce y media, Cosette está durmiendo.
La palabra padre, dicha á Fauchelvent por Mario, significaba: felicidad suprema. Ya hemos indicado que siempre había existido entre ambos tibieza y embarazo, hielo que romper ó derretir. Mario se hallaba en ese punto de embriaguez en que las escabrosidades se aplanan, en que el hielo se disuelve, siendo Fauchelvent para él, como para Cosette, el padre.
Y continuó: la palabra se desbordaba en él con esa superabundancia propio de los divinos paroxismos de la alegría.
--¡Cuán satisfecho estoy de veros! ¡si supierais cuánto os echamos ayer de menos! Buenos días, padre. ¿Cómo va esa mano? Mejor ya, ¿verdad?
Y satisfecho de la buena contestación que se daba á sí mismo, prosiguió:
--Ambos hemos hablado mucho de vos. ¡Cosette os quiere tanto! Supongo que no vais á olvidar que tenéis aquí vuestro cuarto. Basta ya de la calle del Hombre Armado. No queremos que penséis en ella más. ¿Cómo pudisteis ir á habitar una calle como aquélla, malsana, ruinosa y fea, cerrada por un lado, fría, y en la que apenas se puede entrar? Vendréis á instalaros aquí, desde hoy mismo, ó Cosette se enfadará. Está dispuesta á llevarnos á todos á su gusto. Os lo prevengo. Ya habéis visto vuestro cuarto, está junto al nuestro y da á los jardines. Se ha arreglado algo que le faltaba á la cerradura, la cama está pronta; no falta sino que entréis en ella. Cosette ha mandado colocar junto á la cama una butaca antigua, forrada de terciopelo de Utrech, á la que ha dicho: Tiéndele los brazos. Cada primavera anida un ruiseñor en el grupo de acacias que hay delante de las ventanas. Allí estará dentro de dos meses. Tendréis vuestro nido á la derecha, y el nuestro á la izquierda. Por la noche cantará el ruiseñor, y de día os hablará Cosette. El cuarto tiene sol de Mediodía. Cosette arreglará en él vuestros libros, el viaje del capitán Cook, el otro de Vancouver y demás objetos vuestros.
«Creo que hay una maletita que apreciáis en mucho, á la cual he destinado un rinconcito de honor. Habéis conquistado á mi abuelo; parece que congeniáis. Viviremos todos juntos. ¿Sabéis jugar al whist? Colmaréis los deseos de mi abuelo, si lo jugáis. Vos mismo acompañaréis á paseo á Cosette los días en que tenga yo vista, la llevaréis del brazo como en otro tiempo, ya sabéis, en el Luxemburgo. Estamos absolutamente decididos á ser felices, y vos participaréis de nuestra felicidad. ¿Lo entendéis, padre? Por supuesto, hoy almorzaréis con nosotros.
--Señor--dijo Juan Valjean,--tengo que deciros una cosa. Soy un antiguo presidiario.
El límite de los sonidos agudos perceptibles puede traspasar perfectamente el alcance del espíritu como de la materia. Estas palabras: _Soy un antiguo presidiario_, al salir de los labios de Fauchelvent y al entrar en el oído de Mario, iban más allá de lo posible. Mario no entendió. Parecióle que acababan de decirle algo, pero no supo qué. Quedóse con la boca abierta.
Entonces advirtió que el hombre que le hablaba estaba espantoso. En su feliz enajenamiento no había notado hasta aquel instante aquella terrible palidez.
Juan Valjean desató el pañuelo negro que sostenía su brazo, quitóse el envoltorio de la mano, descubrió el dedo pulgar, y mostrándosele á Mario:
--No tengo nada en la mano,--dijo.
Mario contempló el dedo.
--Ni he tenido jamás nada,--repuso Juan Valjean.
No se veía, en efecto, señal ni herida alguna.
Juan Valjean prosiguió: