Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 58

Chapter 583,839 wordsPublic domain

Las grandes fiebres producen grandes sueños. Interrogábase, palpábase, sentía el vértigo de todas aquellas realidades desvanecidas.

¿Dónde estaban, pues? ¿Era cierto que todos habían muerto?

Una caída en las tinieblas se lo había llevado todo, excepto á él. Parecíale aquélla una desaparición como detrás de una cortina de teatro. Hay telones en la vida que bajan también.

Al acto siguiente viene Dios.

Y aun él mismo, ¿era él propio por ventura? Él, pobre, era rico; él, abandonado, tenía una familia; él, desesperado, se iba á casar con Cosette.

Le parecía haber cruzado al través de una tumba, entrando en ella negro y saliendo blanco; y que en aquella tumba se habían quedado los demás. En determinados instantes, aquellos seres del pasado, volviendo y presentándosele, formaban corro en torno suyo, y le asombraban, pero se serenaba luego pensando en Cosette: necesitaba esta gran felicidad para desvanecer aquella catástrofe.

El señor Fauchelvent casi tenía también su lugar entre aquellos desvanecibles seres. Costábale trabajo á Mario creer que el Fauchelvent de la barricada fuese el mismo Fauchelvent de carne y hueso, tan gravemente sentado junto á Cosette. El primero era probablemente una de esas pesadillas que iban y venían en sus horas de delirio.

Por lo demás, siendo ambos caracteres inaccesibles, no había posibilidad que se cruzaran preguntas entre Mario y el señor Fauchelvent. Ni que se le ocurriese tal idea. En otra parte hemos indicado ya este característico detalle.

Dos hombres poseedores de un secreto, y que por una especie de convenio tácito no hablan de él, es menos raro de lo que parece.

Solamente una vez Mario intentó la prueba. Sacó á plaza en la conversación la calle de la Chanvrerie, y volviéndose al señor Fauchelvent, le dijo:

--¡Vos conocéis dicha calle perfectamente!

--¿Qué calle?

--La de la Chanvrerie.

--No recuerdo nada acerca del nombre de esa calle,--contestó el señor Fauchelvent con el tono más natural del mundo.

La respuesta, que se refería al nombre de la calle, y no á la calle misma, le pareció á Mario más concluyente de lo que lo era en realidad.

--Decididamente,--pensó él,--he soñado. He tenido una alucinación. Alguien que se le parecería. Este señor Fauchelvent no estaba allí.

VIII =Dos hombres imposibles de encontrar=

El encantamiento, por grande que fuese, no borró en nada otras preocupaciones del espíritu de Mario.

Mientras se iba disponiendo la boda y llegaba la época fijada, se dedicó á hacer difíciles y escrupulosas indagaciones retrospectivas.

Tenía contraídas deudas de gratitud por varios lados, así por parte de su padre, como por sí mismo.

Existía Thénardier, y existía el desconocido que le había llevado á él, Mario, á casa de su abuelo Guillenormand.

Mario quería encontrar á esos dos hombres, pues no se explicaba cómo podría casarse y ser feliz olvidándolos, temiendo que aquellas deudas de reconocimiento no pagadas, enturbiaran la luz de su existencia, tan esplendente á la sazón.

Érale imposible dejar tras de sí semejantes partidas en descubierto; y quería, antes de penetrar alegremente en el porvenir, saldar completamente el pasado.

El que Thénardier fuese un malvado, no borraba el hecho de haber salvado al coronel Pontmercy. Thénardier podía ser un bandido para todo el mundo, excepto para Mario.

Y Mario, ignorando la verdadera escena del campo de Waterloo, no conocía aquella particularidad de que su padre se hallase con respecto á Thénardier en la situación extraña de deberle la vida sin deberle por eso agradecimiento.

Ninguno de los diversos agentes que empleó Mario, consiguió descubrir la pista de Thénardier. Por este lado parecía haberse borrado todo por completo. La esposa Thénardier había muerto en la cárcel mientras se estaba sumariando el proceso.

Sólo Thénardier y su hija Azelma eran los únicos que habían quedado de aquel grupo lamentable; pero sumergidos nuevamente en la sombra.

El abismo del desconocimiento social había vuelto á cerrarse silenciosamente sobre aquellos seres, sin que se viese siquiera á la superficie aquel estremecimiento, aquel temblor, aquellos apagados círculos concéntricos que anuncian que algo ha caído al fondo, y que puede echarse la sonda.

Muerta la Thénardier, sobreseído en la parte de Boulatruelle, desaparecido Claquesous y fugados de la cárcel los principales acusados, el proceso de la emboscada del caserón de Cuervo, había casi abortado. El caso resultaba, pues, bastante obscuro. El tribunal había tenido que contentarse con los dos subalternos Panchaud (a) Primaveral y Demi Liard (a) Millonario, que fueron sentenciados contradictoriamente á diez años de presidio. Á sus cómplices evadidos y contumaces se los había condenado á cadena perpetua.

Thénardier, jefe y promovedor, había sido sentenciado también, pero á muerte, en rebeldía; y esta sentencia era lo único que quedaba de Thénardier, arrojando sobre aquel nombre sepultado su resplandor siniestro como una vela junto á un ataúd.

Por lo demás, sumido Thénardier en las últimas profundidades por el temor de que le volvieran á prender con motivo del referido fallo, aumentaba la tenebrosa nube que ya le envolvía.

En cuanto al otro, en cuanto al hombre ignorado que había salvado á Mario, las pesquisas dieron por el pronto algún resultado; pero no dieron luego mayor luz.

Consiguióse encontrar el coche de alquiler que había transportado á Mario á la calle de las Hijas del Calvario en la noche del 6 de junio.

Declaró el cochero que el 6 de junio, obedeciendo las órdenes de un agente de policía, se había «estacionado» desde las tres de la tarde hasta el anochecer en el muelle de los Campos Elíseos, junto al desagüe de la Gran Cloaca. Que á eso de las nueve de la noche se había abierto la reja de la alcantarilla que da sobre el ribazo del río; que había salido un hombre llevando á cuestas á otro hombre, que parecía muerto; que el agente que estaba en observación en dicho punto, había puesto preso al vivo y recogido al muerto; que, por orden del agente, él, cochero, había admitido á _toda aquella gente_ en su coche; que primero habían ido á la calle de las Hijas del Calvario; que allí habían depositado al hombre muerto; que el hombre muerto era el señor Mario, y que él, el cochero, le conocía muy bien, aunque _esta vez_ estuviese vivo; que enseguida habían vuelto á subir á su coche, y él había arreado los caballos; que á pocos pasos de la puerta de los Archivos le habían gritado que parara; que allí, en la calle, le habían pagado y despedido, y el agente se había llevado al otro individuo; que él no sabía nada más, y que la noche era muy obscura.

Mario, ya lo hemos dicho, de nada se acordaba; únicamente, conservaba cierta idea vaga de que le había cogido por detrás una mano vigorosa en el momento de caer de espaldas en la barricada; después, todo se había desvanecido.

No habiendo recobrado el conocimiento sino después en casa de su abuelo Guillenormand.

Perdíase en conjeturas.

No podía dudar de su propia identidad. ¿Cómo conciliar entonces que, habiendo caído en la calle de la Chanvrerie, le hubiese recogido un agente de policía en el ribazo del Sena, junto al puente de los Inválidos?

Alguien le había llevado desde el barrio de los mercados hasta los Campos Elíseos. ¿Y cómo? Por la alcantarilla. ¡Servicio inaudito!

¡Alguien! Pero, ¿quién?

Éste era el hombre que buscaba Mario.

Pero de este hombre, que era su salvador, nada, ni una huella, ni el menor indicio.

Aunque obligado Mario, por otra parte, á guardar gran reserva, extendió sus investigaciones hasta la prefectura de policía. Y allí tampoco arrojaron mayor luz los informes que dieron.

La prefectura sabía menos que el cochero del carruaje de alquiler. Allí no se tenía noticia de ningún arresto verificado el 6 de junio en la reja de la Gran Cloaca; no se había recibido parte ninguno de agente alguno referente al hecho que en la prefectura, se consideraba como una fábula.

Atribuíase la invención de aquella fábula al cochero. Para alcanzar una propina, son los cocheros capaces de todo, hasta de tener imaginación.

El hecho, sin embargo, era cierto, y Mario no podía dudar de él, á menos de dudar de su propia personalidad, como hemos dicho.

Todo resultaba inexplicable en tan extraño enigma.

¡Aquel hombre! Aquel hombre misterioso que el cochero había visto salir de la reja del Gran Albañal llevando á cuestas á Mario desmayado y que el agente de policía en observación había arrestado en flagrante delito de salvar á un insurrecto, ¿qué se había hecho? Y el mismo agente, ¿qué se había hecho también?

¿Por qué había guardado silencio aquel agente? ¿Había logrado evadirse aquel individuo? ¿había sobornado al agente?

¿Por qué, pues, ese hombre no daba señal ninguna de vida á Mario, que se lo debía todo? Su desinterés no era menos prodigioso que su abnegación. ¿Por qué el tal hombre no reaparecía? Quién sabe si era superior á la recompensa; pero nadie lo es al agradecimiento.

¿Había muerto? ¿Qué hombre era aquél? ¿Qué figura la suya? Nadie podía decirlo.

El cochero respondía: La noche era muy negra. Vasco y Nicolasita, aturdidos, no habían reparado sino en el señorito, todo lleno de sangre.

El portero, cuya luz había alumbrado la trágica llegada de Mario, era el único que se había fijado en el hombre en cuestión, y las señas que daba eran éstas:

--«Era un hombre horrible».

Con la esperanza de sacar partido para sus investigaciones, Mario hizo guardar el traje ensangrentado que llevaba puesto cuando le condujeron á casa de su abuelo.

Al examinar la levita, notóse que estaba desgarrada de una manera extraña en uno de los faldones. Faltábale un jirón.

Hablando Mario una noche delante de Cosette y Juan Valjean de aquella singular aventura, de los informes sin cuento que había tomado y de la inutilidad de sus esfuerzos, impacientóle el rostro frío de Fauchelvent, y exclamó con una viveza que casi tenía la vibración de la cólera:

--Sí, ese hombre, quien quiera que sea, fué sublime. ¿Sabéis, señor mío, lo que hizo? Intervino como el arcángel. ¡Fuéle preciso arrojarse en medio del combate, arrebatarme, abrir la alcantarilla, arrastrarme por ella, llevarme! ¡Fuéle preciso andar más de legua y media por horrorosas galerías subterráneas, encorvado, doblado, en las tinieblas, en la cloaca; más de legua y media, señor mío, con un cadáver á cuestas! ¿Y con qué objeto? Con el único objeto de salvar aquel cadáver. Y aquel cadáver era yo. Sin duda dijo él para sí: «¡Quizá hay todavía un soplo de vida; voy á arriesgar mi existencia por ese miserable resquicio!». ¡Y arriesgó su existencia, no una, sino veinte veces! Cada paso era un peligro; y la prueba está en que al salir de la alcantarilla, le prendieron.

«¿Sabéis, señor mío, que aquel hombre hizo todo esto? Sin la esperanza de recompensa alguna. ¿Qué era yo? Un insurrecto. ¿Qué era yo? Un vencido.

«¡Oh! Si los seiscientos mil francos de Cosette fueran míos...».

--Vuestros son,--interrumpió Juan Valjean.

--Pues bien,--respondió Mario;--yo los daría por encontrar á ese hombre.

Juan Valjean guardó silencio.

LIBRO SEXTO NOCHE CLARA

I =El 16 de febrero de 1833=

La noche del 16 al 17 de febrero de 1833, fué una noche bendita. Estuvo sobre sus sombras el cielo abierto. Fué la noche de bodas de Mario y Cosette.

El día había sido delicioso.

No había sido la fiesta transparente imaginada por el abuelo; esto es, una magia con grupos de querubines y de cupidos sobre la cabeza de los novios, un casamiento digno do figurar en la decoración de un techo; pero había sido un día apacible y risueño.

La moda de los casamientos no era en 1833 lo que es hoy. Aún no había tomado Francia de Inglaterra esa exquisita delicadeza de llevarse á la mujer, de huir al salir de la iglesia, de ocultarse avergonzados con su dicha, y de combinar las maneras del banquero quebrado con las delicias del cantar de los cantares.

No se había comprendido todavía cuánta castidad y decencia hay en traquetear el paraíso en silla de posta, en entremezclar su misterio con los chasquidos del látigo, en tomar para lecho nupcial un catre de posada, y en dejar tras de sí, en la vulgar alcoba, á tanto por noche, el más sagrado de los recuerdos de la vida, confundido con la plática del mayoral de diligencias y la moza de la posada.

En la segunda mitad del siglo XIX en que estamos, no bastan ya el alcalde con su banda, el sacerdote con su casulla, la ley y Dios; se necesita para complemento el postillón de Longjumeau con chaqueta azul de vueltas encarnadas y botones de cascabel, chapa al brazo, calzón de cuero verde, galones falsos, sombrero charolado, pelo abultado y empolvado de blanco, látigo enorme, botas de montar, y sus correspondientes imprecaciones á los caballos normandos de cola anudada.

Francia, es verdad, no lleva aún la elegancia hasta arrojar, como la nobleza inglesa, sobre la silla de posta de los novios una granizada de chinelas rotas y zapatos viejos, en memoria de Churchill, luego Marlborough ó Malbruck, quién se vió atacado el día de su boda por las iras de una tía suya, ataque al que debió su fortuna.

Las chinelas y zapatos no forman todavía parte de nuestras fiestas nupciales; pero paciencia; á medida que se extienda el buen gusto, ya se llegará á ello.

En 1833, como quien dice hace cien años, no se verificaba aún el casamiento al trote.

Creíase aún en aquella época, ¡cosa rara! que el casamiento es una fiesta íntima y social; que un banquete patriarcal no perjudica á una solemnidad doméstica; que la alegría, aun siendo excesiva, con tal de no traspasar los límites del decoro, no daña á la felicidad y que, por último, es bueno y aún venerable contemplar la fusión de dos destinos, de la cual ha de salir una familia, comenzando en la casa, y que el interior doméstico tenga en adelante por testigo á la cámara nupcial.

Teníase, pues, el impudor de casarse en casa.

La boda de Mario y Cosette, siguiendo esa moda, hoy ya caducada, se efectuó en casa del señor Guillenormand.

Á pesar de lo natural y trillado del negocio matrimonial, las amonestaciones, el arreglo de papeles, la alcaldía y la iglesia, ofrecen siempre alguna complicación. No pudo estar todo listo antes del 16 de febrero.

Ahora bien; por el puro placer de ser exactos diremos, que el 16 de febrero era martes de Carnaval, lo cual dió lugar á vacilaciones y escrúpulos, particularmente por parte de la señorita Guillenormand.

--¡Martes de Carnaval!--exclamó el abuelo.--Tanto mejor. Hay un refrán que dice:

Boda de martes lardero Produce siempre hijos buenos

«¡Celébrese pues, y sea el 16, si es que tú, Mario, no quieres que se aplace».

--No por cierto,--respondió el enamorado.

--Casémonos,--exclamó el abuelo.

El casamiento se celebró el 16, á pesar de la alegría pública. Estaba lloviendo; pero en el cielo siempre queda un rinconcito azul al servicio de la felicidad, que los amantes ven, aún cuando el resto de la creación quede bajo paraguas.

Juan Valjean había entregado el día anterior á Mario, en presencia del señor Guillenormand, los quinientos ochenta y cuatro mil francos.

Verificándose el casamiento bajo el régimen de la comunidad de bienes, el contrato de boda fué muy sencillo.

La tía Santos no era en adelante necesaria á Juan Valjean, por cuya razón Cosette se quedó con ella, elevándola al grado de doncella suya.

En cuanto á Juan Valjean, había en la casa del señor Guillenormand un bonito cuarto, expresamente amueblado para él, y Cosette le dijo con tan irresistible acento: «Padre, yo os lo ruego», que le había hecho casi prometer que iría á habitarlo.

Algunos días antes del fijado para el casamiento, ocurrió á Juan Valjean un accidente. Habíase lastimado el dedo pulgar de la mano derecha, y sin ser cosa grave, como no consintió que nadie se ocupara de ello, ni le curase, ni viese su mal, ni aun Cosette siquiera, tuvo que envolverse la mano con un lienzo, y llevar el brazo suspendido de un pañuelo.

Fuéle, pues, imposible firmar; pero lo hizo en su lugar el señor Guillenormand, como tutor sustituto de Cosette.

No conduciremos al lector ni á la alcaldía ni á la iglesia. No se sigue hasta allí á dos enamorados, y la costumbre es volver la espalda al drama desde que se le ve el ramo en el ojal al novio. Nos limitaremos, pues, á tomar nota de un incidente que, sin advertirlo la comitiva, acaeció en el tránsito de la calle de las Hijas del Calvario á la iglesia de San Pablo.

Estábase reparando á la sazón el empedrado de la extremidad norte de la calle de San Luis, la que se hallaba interceptada á partir de la calle del Parque Real; así fué que los coches de la boda no pudieron ir directamente hasta San Pablo.

Hubo que cambiar de itinerario; era lo más sencillo torcer por el boulevard.

Uno de los convidados hizo la observación de que, siendo martes de Carnaval, habría allí grande acumulación de carruajes.

--¿Por qué?--preguntó el señor Guillenormand.

--Por las máscaras.

--Perfectamente,--dijo el abuelo.--Vamos por ese lado. Estos chicos se casan; van á entrar en lo serio de la vida, y bueno es que se preparen viendo algo de máscaras.

Siguióse el camino del boulevard. En la primera de las berlinas de boda iban Cosette y la señorita Guillenormand, con el señor Guillenormand y Juan Valjean. En la segunda iba Mario, separado todavía de la novia, según costumbre. La comitiva nupcial, al salir de la calle de las Hijas del Calvario, tuvo que entrar en fila en la larga procesión de carruajes que formaban la cadena sin fin de la Magdalena á la Bastilla, y de la Bastilla á la Magdalena.

Las máscaras abundaban en el boulevard, y á pesar de que llovía por intervalos, no se amilanaban los payasos, arlequines y pierrots. Gracias al buen humor del invierno de 1833, París se había disfrazado de Venecia. Hoy no se ven ya martes de Carnaval por el estilo. Como todo lo existente no es sino un carnaval continuado, no hay ya carnavales.

Las alamedas rebozaban de gente y las ventanas de curiosos. Veíanse cubiertas de espectadores las azoteas que coronan los peristilos de los teatros. Además de las máscaras, se veía el desfile, tan propio del martes de carnaval como de Longchamp, de vehículos de todas clases, berlinas, carrozas, calesas, cabriolés, marchando en orden, rigurosamente pegados unos en otros por los reglamentos de policía, y como encajados en los carriles de un camino de hierro. Los que ocupan tales vehículos son á la vez actores y espectadores. Algunos municipales cuidaban de mantener en la parte baja de los boulevares las dos interminables filas paralelas, que se movían en sentido contrario, y vigilaban para que nada perturbase la doble corriente de aquellos dos arroyos de carruajes, subiendo y bajando, uno hacia la Chaussée d'Antin, otro hacia el arrabal de San Antonio.

Los carruajes blasonados de los pares de Francia y embajadores, caminaban por el centro de la calzada, yendo y viniendo libremente. Igual privilegio disfrutaban ciertas comparsas magníficas, en particular la del Buey Gordo.

En medio de aquella alegría parisiense, Inglaterra hacía chasquear su látigo; la silla de posta de lord Seymour, hostigada por cierto sobrenombre populachero, pasaba metiendo mucho ruido.

En la doble fila, á lo largo de la cual galopaban los municipales de á caballo como perros mastines, había muchas modestas berlinas de familia, atestadas de tías y abuelas, mostrando á las portezuelas graciosos grupos de niños disfrazados, pierrots de siete años y pierrotillas de seis, encantadoras criaturas que sentían ya cómo formaban oficialmente parte de la alegría pública, penetrados de la dignidad de su arlequinada con la gravedad de verdaderos funcionarios.

De cuando en cuando sobrevenía un obstáculo en la procesión de los vehículos, deteniéndose una ú otra de las dos filas laterales, hasta que desaparecía el tropiezo. Un solo carruaje atrancado bastaba á paralizar toda la línea. Luego se ponían otra vez en marcha.

Los coches de la boda estaban en la fila que iba hacia la Bastilla, por la parte derecha del boulevard. Á la altura de la calle de Pont aux Choux hubo una parada. Casi al mismo tiempo, en la parte opuesta, la otra fila en dirección á la Magdalena se detuvo también. Había allí entonces en aquella fila un carruaje lleno de máscaras.

Estos carruajes, ó mejor dicho, estas carretadas de máscaras, son harto conocidas de los parisienses. Si llegasen á faltar en un martes de Carnaval, ó en el día de Piñata, se despertaría la malicia, y diríase: _Algo hay escondido. Probablemente va á cambiar el ministerio._

Atascamiento de Casandras, de Arlequines, de Colombinas, cabeceando á los vaivenes del carro por encima de la gente de á pie, todos igualmente grotescos, desde el turco hasta el salvaje. Hércules sosteniendo marquesas y verduleras que obligarían á Rabelais á taparse los oídos, como las Bacantes hacían bajar los ojos á Aristófanes; pelucas de hilaza, trajes de punto imitando carne de color de rosa sucio, sombreros con cintajos y verduras, anteojos, tricornios de Janot, encasquetados en cabezas sin seso, gritos á la gente de á pie, brazos en jarras, posturas atrevidas, hombros desnudos, rostros embadurnados, impudeces deslenguadas; es decir, un caos de desvergüenzas paseado por un cochero cubierto de flores manoseadas; ésta es la institución del Carnaval.

Grecia necesitaba la carreta de Tespis y Francia necesita el carruaje de alquiler de Vadé.

Todo puede parodiarse, incluso la parodia. La saturnal, esa gesticulación de la belleza antigua, va aumentándose progresivamente hasta llegar al martes de Carnaval; y la bacante, en otro tiempo coronada de pámpanos, inundada de sol, mostrando un seno de mármol en una semidesnudez divina, hoy día, apoltronada bajo los harapos húmedos del Norte, ha acabado por convertirse en repugnante mojiganga.

La tradición de los carros de máscaras se remonta á los tiempos más antiguos de la monarquía. En las cuentas de Luis XI se asignan al baylío del palacio «veinte sueldos torneses para tres coches enmascarados callejeros». En nuestros días, esas comparsas bulliciosas de criaturas se dejan conducir en alguna antigua calesa, sobre cuyo imperial se agrupan, cuando no abruman con su tumultuoso hacinamiento, algún landó oficial descubierto. Veinte ocupan un carruaje para seis. Encarámanse en el pescante, en las bigoteras, en los resortes de la cubierta, en la lanza; hasta llegan á horcajar en los faroles. Están de pie, sentados, con las piernas cruzadas ó colgando. Las mujeres ocupan las rodillas de los hombres. Desde lejos, se ven por encima del innumerable hormiguero de cabezas, estas pirámides de furiosos; formadas sobre carrozas, montañas de alegría en medio de aquella barahúnda.

Collé, Panard y Piron han salido de ellas enriquecidos de germanía, y ellos son los que escupen desde su cúspide sobre el pueblo todo el catecismo de la desvergüenza.

Aquel carruaje desmesurado, al parecer, por su cargamento, tiene cierto aire de conquista. Bullicio adelante, batahola detrás. En él se vocifera, se grita, se aúlla, se salta, se patalea en el colmo de la dicha; ruge la alegría, resplandece el sarcasmo, se esparce la jovialidad como una púrpura; dos rocines tiran de esta apoteosis de la farsa: es el carro triunfal de la Risa.

Risa harto cínica para ser franca; risa, en efecto sospechosa. Esta risa tiene una misión; la de probar á los parisienses la verdad del carnaval.

Tales carruajes impúdicos, en los que se adivina cierto cúmulo de tinieblas, hacen meditar al filósofo. Hay algo allí del gobierno. Tócase con el dedo cierta afinidad misteriosa entre los hombres públicos y las mujeres públicas.