Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 55
Sin ser, ni aun en último grado, lo que se llamaba volteriano ó filósofo, ó incrédulo y respetuoso, al contrario, instintivamente con la Iglesia establecida considerábala tan sólo como un fragmento augusto del edificio social; para él no había más dogma que el orden, y esto le bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó á desempeñar su cargo, cifró en la policía casi toda religión. Empleamos aquí las palabras sin la menor ironía y en su acepción más seria--siendo espía como se es sacerdote. Tenía un superior, llamado Gisquet; apenas había pensado hasta entonces en la existencia de otro superior llamado Dios.
Ese nuevo jefe, Dios, lo sentía dentro de sí inesperadamente, y esto le mortificaba.
Aquella presencia inesperada le desorientaba; no sabía qué hacer de aquel superior; él, que no ignoraba que el subordinado está obligado á doblar siempre la cabeza, no debiendo ni desobedecer, ni censurar, ni discutir, y que respecto á un superior que asombra demasiado, el inferior no tiene otro remedio que presentar la dimisión.
Pero ¿cómo hacerlo para presentar la dimisión á Dios?
Fuese como fuere, y esta idea reaparecía siempre, el hecho predominante para él era que acababa de cometer una infracción espantosa. Había cerrado los ojos ante un criminal reincidente; había dado libertad á un presidiario; había robado á las leyes un hombre que le pertenecía. Nada menos que eso había hecho, y no se daba cuenta de sí mismo. No estaba seguro de su persona. Ni siquiera concebía las razones de su modo de obrar, lo cual le producía vértigo.
Hasta entonces, había vivido con la fe ciega que engendra la probidad tenebrosa. Abandonándole aquella fe, le faltaba esta probidad. Todo cuando había creído se desvanecía. Las verdades que él no quería oir, le asediaban inexorablemente.
Era preciso ser otro hombre para lo sucesivo.
Sufría los extraños dolores de una conciencia á la que se le hubiese hecho bruscamente la operación de la catarata. Veía lo que le repugnaba ver. Sentíase vacío, inútil, dislocado de su pasada vida, destituido, disuelto. Había muerto en él la autoridad. No tenía ya pues el corazón de ser.
¡Terrible situación! Estar conmovido.
¡Ser de granito y dudar! ¡Ser la estatua del Castigo fundida por completo en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se parece al corazón! ¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser hielo y derretirse! Ser la tenaza y trocarse en mano! ¡Sentir de súbito que los dedos se abren para soltar la presa! ¡Espantosa acción!
¡El hombre proyectil sin saber ya el camino y retrocediendo!
¡Verse obligado á confesarse á sí mismo que la infalibilidad no es infalible, que puede haber error en el dogma, que no está dicho todo porque el código haya hablado, que la sociedad no es perfecta, que la autoridad está complicada con la vacilación, que son posibles las conmociones en lo inmutable, que los jueces son hombres, que la ley puede engañarse, que los tribunales pueden equivocarse! ¡Ver una reja en el inmenso cristal azul del firmamento!
Lo que molestaba á Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el descarrilamiento del alma, el aplastamiento de una probidad lanzada irresistiblemente en línea recta que se estrella contra Dios.
¡Es cierto que no deja de ser extraño que el fogonero del orden, que el maquinista de la autoridad, montado sobre el ciego caballo férreo de la rígida vía, pudiese verse desmontado por un rayo de luz; que lo inconmutable, que lo directo, lo correcto, lo geométrico, lo pasivo, lo perfecto pudiera doblegarse; que hubiera para la locomotora una vía flexible!
¿Comprendía Javert á Dios, siempre interior en el hombre, conciencia verdaderamente refractaria á la falsa conciencia; prohibición para la chispa de apagarse; orden para el rayo de acordarse del sol; inducción para el alma de reconocer la verdad absoluta puesta en confrontación con el absoluto ficticio; la humanidad imperdible; el corazón humano inadmisible; este fenómeno espléndido, el más bello quizá de nuestros prodigios interiores, Javert lo comprendía? ¿Lo penetraba? ¿Se daba cuenta de él?
No, evidentemente.
Pero bajo la presión de ese incomprensible sin contestación, sentía entreabrírsele el cráneo.
No era menor el individuo transfigurado, que la víctima de aquel prodigio; y sucumbía exasperado.
En todo ello no veía más que una inmensa dificultad de ser. Parecíale que en adelante su respiración sería un tormento continuado.
Javert no había visto nunca de lo desconocido sino lo inferior.
Hasta entonces, cuanto había habido por encima de él había sido para su mirada una superficie lisa, igual, límpida; nada ignorado, ni nuevo; nada que no fuese definido, coordinado, encadenado, preciso, exacto, circunscrito, limitado, firme, todo previsto; la autoridad era una cosa llana; ningún tropiezo en ella, ningún vértigo en su presencia. Javert no había sentido nunca nada desconocido sobre su cabeza. Lo irregular, lo inesperado, la abertura desordenada en el caos, el desliz posible en un precipicio; todo ello era propio de las regiones inferiores, de los rebeldes, de los malos, de los miserables. Á la sazón Javert retrocedía bruscamente espantado de aquella aparición inaudita: un abismo en lo alto.
¡Cómo, pues! ¡Aquel desarreglo de arriba abajo, cómo estaba todo desconcertado en absoluto!
¿De qué fiar entonces? ¡Todo aquello de que se está convencido puede hundirse!
¡Cómo! ¡Y era un miserable magnánimo quien podía encontrar la parte vulnerable de la coraza de la sociedad! ¡Y un honrado servidor de la ley podía verse cogido entre dos crímenes, el crimen de dejar escapar á un hombre, y el crimen de prenderle! ¡No era, pues, cierto todo en la consigna dada por el Estado al funcionario! ¡Podía haber callejones sin salida en el deber!
¡Cómo pues! ¡Todo eso era realmente efectivo! ¿Era cierto que un antiguo criminal, doblegado bajo el peso de las condenas, pudiera enderezarse y acabar por tener razón? ¿Era esto creíble?
¿Existían casos, pues, en que la ley debía retirarse ante el crimen transfigurado, balbuceando disculpas?
--¡Sí, era ello verdad! ¡Javert lo veía, y Javert lo tocaba! Y no sólo no podía negarlo, sino que tomaba en ello parte. Eran las realidades como era abominable que los hechos positivos pudiesen llegar á semejante deformidad. Á cumplir los hechos con su deber, se hubieran limitado á ser las pruebas de la ley; los hechos, es Dios quien los envía. ¿Iría pues entonces la anarquía á descender de lo alto?
Así... y en el acrecentamiento de la angustia, y en la ilusión óptica de la consternación, borrábase todo lo que hubiese podido restringir y corregir su impresión, resumiéndose ya en lo sucesivo á sus ojos la sociedad, el género humano, y el universo entero en un simple y terrible contorno; así la penalidad, la cosa juzgada, la fuerza debida á la legislación, las sentencias de los tribunales soberanos, la magistratura, el gobierno, la prevención y la represión, la sabiduría oficial, la infalibilidad legal, el principio de autoridad, todos los dogmas sobre que reposa la seguridad política y civil, la soberanía, la justicia, la lógica que emana del código, el absoluto social, la verdad pública, todo eso se convertía en escombros, desbarajuste y caos; y aún él, Javert, el vigilante del orden, la incorruptibilidad al servicio de la policía, el perro providencial de la sociedad, quedaba vencido y anonadado... y sobre toda aquella ruina un hombre en pie, con el gorro verde en la cabeza y la aureola en la frente.
He aquí el trastorno que había alcanzado; he aquí la visión espantosa que embargaba su alma.
¿Era aquello soportable? No.
¡Estado violento, sí lo hubo! Sólo había dos maneras de salir de él. Era la una, irse resueltamente á Juan Valjean y devolver al calabozo el hombre del presidio, la otra...
Javert dejó el parapeto, é irguiendo esta vez la cabeza, dirigióse con paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las esquinas de la plaza del Châtelet.
Al llegar, distinguió dentro, al través de los cristales, á un gendarme, y entró. Con la sola manera de empujar la puerta de un cuerpo de guardia, los hombres de policía se conocen entre sí. Javert dijo su nombre, mostró su tarjeta al gendarme, y se sentó junto á la mesa, sobre la cual ardía una vela. Había en la mesa una pluma, un tintero de plomo y papel para los casos de sumaria eventual y escribir los partes de las rondas nocturnas.
Aquella mesa, con su correspondiente silla de paja, además es una institución; existe en todos los puestos de policía, invariablemente adornada con un platillo de boj lleno de serrín, y una caja de cartón con obleas encarnadas. Es el primer escalón del sitio oficial. Allí empieza la literatura del Estado.
Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso á escribir. He aquí lo que escribió:
ALGUNAS OBSERVACIONES EN BIEN DEL SERVICIO
«En primer lugar: suplico al señor prefecto que pase la vista por estas líneas.
«Segundo: los detenidos que vienen del interrogatorio se quitan los zapatos y permanecen descalzos sobre el embaldosado mientras se les registra. Muchos tosen cuando se los vuelve al encierro. Esto ocasiona gastos de enfermería.
«Tercero: la _acechamiento_ es una cosa buena, pero con agentes de relevo de distancia en distancia, pues convendría que, en casos importantes, dos agentes al menos no se perdiesen de vista, en razón á que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le vigile y haga sus veces.
«Cuarto: no se comprende por qué motivo el reglamento especial de cárcel de las Magdalenas prohíbe al preso que tenga una silla, aún pagándola.
«Quinto: en la cantina de las Magdalenas no hay más que dos barrotes, y esto permite á la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.
«Sexto: los detenidos, llamados ladrones, que llaman á los otros al locutorio, exigen dos sueldos de cada preso por gritar su nombre distintamente. Esto es un robo.
«Séptimo: por el hilo ordinario se retienen diez sueldos al preso en el taller de los tejedores; lo cual es un abuso del contratista, pues no por eso el lienzo vale menos.
«Octavo: no está muy bien que los que van á visitar la fuerza, tengan que atravesar por el patio de los monicacos para ir al locutorio de Santa María Egipcíaca.
«Noveno: es cierto que diariamente se oye á los gendarmes referir en el patio de la prefectura los interrogatorios hechos por los jueces á los detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, repetir lo que ha oído en el gabinete de instrucción es una falta grave.
«Décimo: la señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy aseada; pero es muy malo que esté al cuidado de una mujer el ventanillo del calabozo de incomunicados. Esto no es digno de la Conserjería de una gran civilización».
Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y estilo correcto, no omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al pie de la última línea firmó:
JAVERT, inspector de primera clase.
«En el cuerpo de guardia de la plaza del Châtelet, 7 junio de 1832, á eso de la una de la madrugada».
Secó la tinta fresca sobre el papel, doblólo en forma de carta, le puso una oblea, y escribió encima: _Nota para la Administración_. Dejóle sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La vidriera enrejada se cerró tras él.
Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Châtelet, llegó al muelle, y fué á situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había abandonado hacía un cuarto de hora; los codos, como antes, sobre el parapeto, en actitud idéntica.
Parecía no haberse movido.
Reinaba completa obscuridad. Era el momento sepulcral que sigue á la media noche. Espesas nubes cubrían las estrellas. El cielo tenía un aspecto siniestro.
No se veía una sola luz en las casas de la Cité; no pasaba un alma; cuanto alcanzaba la vista entre las sombras de calles y muelles estaba desierto; Nuestra Señora y las torres del palacio de Justicia parecían siluetas de la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los perfiles sombríos de los puentes iban desapareciendo uno tras otro en las tinieblas. El río había engrosado con las lluvias.
El lugar en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará, situado sobre la corriente rápida del Sena, perpendicular á la formidable espiral de remolinos que se desata y vuelve á anudar como un tornillo sin fin.
Javert inclinó la cabeza y miró.
Todo estaba negro. Nada se distinguía. Oíase el ruido de las oleadas pero no se veía el río. De cuando en cuando aparecía en aquella profundidad vertiginosa una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud que tiene el agua de coger la luz, no se sabe dónde, en medio de la noche más completa, y convertirla en culebra.
La claridad no tardaba en disiparse, y todo volvía á quedar confuso y negro. La inmensidad parecía estar allí abierta.
Abajo, no era aquello agua, sino abismo.
La pared del muelle, abrupta, confusa, mezclada de vapor y ocultándose enseguida, producía el efecto de una muralla: lo infinito. No se veía nada, pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor insípido de la piedra mojada. Subía de aquel abismo un hálito salvaje. La crecida del río, que se adivinaba mejor que se veía, el trágico susurrar de la corriente, la lóbrega grandiosidad de los arcos del puente, la caída imaginable en aquel vacío tenebroso, toda aquella sombra estaba impregnada de horror.
Javert permaneció inmóvil algunos minutos, mirando aquel abismo de tinieblas. Contemplaba lo invisible con una fijeza parecida á la atención.
Zumbaba el agua.
De pronto se quitó el sombrero, dejándolo sobre el reborde del parapeto.
Luego después una figura alta y negra, que desde lejos cualquier viandante trasnochador hubiera podido tomar por un fantasma, apareció enhiesta sobre el parapeto, se inclinó hacia el Sena, volvió á erguirse de nuevo y cayó inmediatamente en las tinieblas. Oyóse un chapoteo sordo, pero sólo la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de aquella forma obscura, desaparecida bajo el agua.
LIBRO QUINTO ABUELO Y NIETO
I =Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc=
Algún tiempo después de los acontecimientos que venimos narrando, el tío Boulatruelle tuvo una viva emoción.
El tío Boulatruelle, aquel peón caminero de Montfermeil que hemos ya entrevisto en las partes tenebrosas de este libro.
Boulatruelle, como se recordará tal vez, era hombre que se ocupaba en cosas turbias y distintas. Desmenuzaba las piedras y desvalijaba á los viajeros en la carretera...
Pontonero y ladrón, soñaba sin cesar con tesoros escondidos en el bosque de Montfermeil. Esperaba en que el día menos pensado encontraría dinero enterrado al pie de algún árbol, y mientras esperaba, buscábalo en el bolsillo de los transeúntes.
Por de pronto, sin embargo, era prudente. Acababa de librarse de una buena, pues, como ya dijimos, le cogieron en el desván de Jondrette con los demás bandidos. Utilidad de un vicio: su borrachera le había salvado. No se pudo averiguar si estaba allí en clase de robado ó de ladrón; de donde resultó la providencia de sobreseimiento fundado en su notorio estado de embriaguez en aquella terrible noche, y se le devolvió su libertad.
Volvió pues á tomar la clave del bosque y á ocupar el camino de Gagny y Lagny, bajo la vigilancia judicial, á seguir engravando por cuenta del Estado, cabizbajo, meditabundo, disgustado del robo que estuvo á pique de perderle, y cada vez con mayor cariño al vino, que acababa de ser su salvador.
En cuanto á la viva emoción que experimentó al poco tiempo de haber vuelto bajo el techo de césped de su choza de peón caminero, hela aquí:
Una madrugada, cuando Boulatruelle se dirigía, como de costumbre, á su trabajo, y quizá al sitio desde donde acechaba, divisó entre las ramas á un hombre que estaba de espaldas hacia él, pero cuya traza, y por lo que pudo colegir desde lejos y á la luz del crepúsculo, no le era del todo desconocida.
Boulatruelle, aunque borracho, tenía clara y excelente memoria, arma defensiva indispensable á todo el que se pone en lucha con el orden legal.
--¿Dónde diablos he visto yo algo parecido á ese hombre?--preguntóse á sí mismo.
Pero la única respuesta que se le ocurrió fué, que se parecía á alguien, cuya figura medio confusa guardaba en su memoria.
Por lo demás, Boulatruelle, prescindiendo de la identidad que no le fué posible fijar, hizo comparaciones y echó cálculos. Aquel hombre no era del país, y acababa de llegar á pie indudablemente; pues ningún carruaje público pasaba á tales horas por Montfermeil. Había andado toda la noche. ¿De dónde venía? La distancia no debía ser muy grande, pues no llevaba lío ni morral.
De París, sin duda.
¿Por qué estaba en aquel bosque y á tales horas? ¿Á qué había ido allí? Boulatruelle pensó en el tesoro. Á fuerza de atormentar su memoria, recordó vagamente haber tenido ya, algunos años antes, otro encuentro parecido con un hombre que se le figuró podría muy bien ser aquel mismo.
Mientras meditaba, había bajado la cabeza, como cediendo á la presión del pensamiento; lo cual, aunque natural, fué poco hábil. Cuando volvió á levantarla ya no vió nada.
El hombre había desaparecido en el bosque entre las vaguedades del crepúsculo.
--¡Diantre!--dijo Boulatruelle;--yo he de dar con él. Yo descubriré la parroquia de ese parroquiano. Yo sabré á qué viene aquí ese paseante de Patrón Minette. Nadie tiene secretos en mi bosque que yo no averigüe.
Tomó su pico que era muy puntiagudo.
--He aquí,--murmuraba,--con qué desentrañar la tierra y á ese hombre.
Y como quien ata un cabo á otro cabo, arreglando el paso lo mejor que pudo al itinerario del desconocido, se puso en marcha á través de la enramada.
Cuando hubo dado un centenar de pasos, ayudóle el día, que empezaba á clarear. Pisadas impresas acá y allá en la arena, yerbas aplastadas, matorrales tronchados, retoños doblados entre el ramaje y que volvían á enderezarse con la graciosa lentitud de una linda muchacha que levanta sus brazos desperezándose, le indicaron una especie de pista. Siguióla, pero la perdió luego. Entretanto se pasaba el tiempo. Internóse en el bosque, y llegó á una especie de eminencia.
Un cazador madrugador que cruzaba á lo lejos de un lado á otro, silbando el aire de Guillery, le inspiró la idea de encaramarse en un árbol. Aunque viejo, era ágil. Había allí una corpulenta haya, digna de Títiro y de Boulatruelle. Subióse á ella lo más alto que pudo.
La idea era buena. Al explorar aquel sitio por el lado en que es el bosque más intrincado y agreste, Boulatruelle vió de repente al hombre.
Apenas le distinguió, cuando volvió á perderle de vista.
El hombre entró, ó mejor, se deslizó en un claro bastante lejano, oculto por grandes árboles, pero que Boulatruelle conocía muy bien por haber notado allí, cerca de un elevado montón de piedras de asperón un castaño enfermo, vendado con una plancha de zinc clavada sobre la corteza. Aquel claro es el que llamaban en otro tiempo el soto de Blarú. El montón de piedras, destinado no se sabe á qué, estaba allí hacía treinta años, y allí continúa sin duda todavía. No hay longevidad como la de un montón de piedras, á no ser la de una empalizada de tablas, sobre todo si es provisional. ¡Qué mayor razón para durar!
Boulatruelle, con la rapidez que da la alegría, se dejó caer en vez de bajar del árbol. Había encontrado la guarida, y ya sólo se trataba de apoderarse de la fiera. El famoso tesoro de sus sueños estaba allí sin duda.
No era muy fácil llegar al soto. Por los senderos trillados, llenos de revueltas incómodas, se necesitaba algo más de un cuarto de hora. En línea recta, por la espesura, allí sumamente compacta, espinosa y agreste, había que emplear una media hora larga.
Boulatruelle cometió la torpeza de no comprenderlo. Creyó en la línea recta; ilusión de óptica respetable, pero que pierde á muchos hombres. La espesura, erizada y todo, le pareció el mejor camino.
--Tomemos por la calle de Rívoli de los lobos,--se dijo.
Boulatruelle, acostumbrado á caminar siempre de través, cometió entonces la falta de ir derecho.
Internóse resueltamente entre las malezas.
Tuvo que habérselas con acebos, ortigas, espinos, agavanzos, cardos y zarzas muy irascibles, y salió lleno de arañazos.
Al pie del barranco encontró una charca que le fué preciso atravesar.
Llegó por fin, después de cuarenta minutos, al soto de Blarú, sudando, mojado, jadeante, arañado y feroz.
No había nadie.
Boulatruelle corrió al montón de piedras. El montón estaba en su sitio; nadie se lo había llevado.
En cuanto al hombre, ni la sombra. Habíase desvanecido en la selva.
Se había evadido, ¿por dónde? ¿hacia qué lado? ¿en qué espesura? No había medio de adivinarlo.
Lo más doloroso era que detrás del montón de piedras, al pie del árbol de la plancha de cinc, se notaba la tierra recientemente removida, y había un azadón olvidado ó abandonado, y un pequeño hoyo.
Este hoyo estaba vacío.
--¡Ladrón!--gritó Boulatruelle, enseñándole los puños al horizonte.
II =Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica=
Mario estuvo largo tiempo entre la muerte y la vida. Durante algunas semanas tuvo fiebre acompañada de delirios y síntomas cerebrales de bastante gravedad, causados más bien por la conmoción de las heridas de la cabeza, que por las heridas mismas.
Repetía el nombre de Cosette durante noches enteras en medio de la locuacidad lúgubre de la fiebre, y con la sombría obstinación del agonizante. La extensión de ciertas lesiones era un peligro serio, pues la supuración de las llagas podía fácilmente reabsorberse, y matar por consiguiente al enfermo bajo ciertas influencias atmosféricas, á cada cambio de tiempo, al menor huracán, el médico se inquietaba sobremanera.
--Sobre todo que el herido no experimente la menor emoción,--decía á cada paso.
Las curas eran complicadas y difíciles, pues en aquella época no se conocía todavía el modo de fijar los aparatos y vendajes por medio del esparadrapo.
Nicolasita gastó en hilas una sábana «del tamaño de un cielo-raso», decía ella. No sin poco trabajo se pudo conseguir atajar la gangrena con lociones de cloro y el nitrato de plata.
Mientras duró el peligro, el señor Guillenormand, desatinado y sin moverse de la cabecera del lecho de su nieto estuvo, como Mario, entre la vida y la muerte.
Diariamente y muchas veces de mañana y tarde, un caballero de pelo blanco y muy bien puesto, (tales eran las señas que daba el portero), iba á preguntar por el enfermo, y dejaba para las curas un gran paquete de hilas.
Por último, el 7 de septiembre, á los cuatro meses, día por día, contados desde la fatal noche en que le habían traído moribundo á casa de su abuelo, declaró el médico que respondía del enfermo. Empezaba la convalecencia.
No obstante, tuvo Mario que permanecer aún más de dos meses tendido en un sillón á causa de los accidentes producidos por la fractura de la clavícula. Queda siempre, como quedó entonces, una llaga última que no quiere cerrarse, y que eterniza la cura y los vendajes con grande aburrimiento del paciente.
En cambio, aquella larga enfermedad, y la no menos larga convalecencia, le libraron de las pesquisas judiciales.
No hay cólera en Francia, aún siendo pública, que á los seis meses no se extinga. En el estado actual de la sociedad, todos tienen su parte de culpa en los motines, y por lo mismo todos sienten la necesidad de cerrar los ojos. El oficio de acusador resulta entonces más odioso que nunca.
Añadamos también que el incalificable edicto de Gisquet, mandando á los médicos que denunciasen á los heridos, indignó de tal modo á la opinión pública y no sólo al público, sino al mismo rey en primer lugar, que los heridos se encontraron cubiertos y protegidos por aquella indignación.