Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 54

Chapter 543,887 wordsPublic domain

Pasado el primer horror, iluminó su espíritu cierta filosofía de la situación, que se revelaba en esta exclamación: ¡Esto había de acabar así!...

Pero no completó el pensamiento con la frase: _¡Ya lo había dicho yo!_ tan usada en casos semejantes.

Por orden del facultativo, se había habilitado un catre de tijera junto al canapé.

El médico examinó á Mario, y después de cerciorarse de que continuaban los latidos del pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna herida profunda, y de que la sangre de los labios provenía de las fosas nasales, le hizo tender en el catre, sin almohada, con la cabeza á nivel del cuerpo, y aún algo más baja, desnudo todo el busto, á fin de facilitar la respiración.

La señorita Guillenormand viendo que iban á desnudar á Mario, se retiró; yéndose á rezar el rosario en su cuarto.

El cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala, amortiguada al dar sobre la cartera, se había desviado, y corriéndose por la costillas, había abierto una grieta de horrible aspecto, pero sin profundidad, y por consiguiente sin peligro.

El prolongado paseo subterráneo había acabado de dislocar la clavícula rota, y esto presentaba serias complicaciones.

Tenía los brazos acuchillados, pero ningún tajo desfiguraba su rostro.

Sin embargo, la cabeza estaba cubierta de heridas.

¿Debían ser peligrosas aquellas heridas? ¿Deteníanse en la superficie? ¿Llegaban al cráneo? No se podía decir aún. Era un síntoma grave que hubiesen producido el desmayo, y no siempre se despierta de los desmayos de esta clase. La hemorragia, además, había debilitado al herido.

De la cintura abajo habíale protegido la barricada.

Vasco y Nicolasita se ocupaban en rasgar trapos y preparar vendas. Nicolasa las cosía, y Vasco las arrollaba. Faltaban hilas, pero el médico había restañado provisionalmente la sangre de las heridas con bolitas de algodón en rama.

Sobre una mesa, al lado de la cama, había tres bujías encendidas, con el estuche de cirugía abierto.

El médico lavó el rostro y los cabellos de Mario con agua fría. En un instante quedó teñido de rojo un cubo lleno.

El portero alumbraba.

El médico parecía meditar tristemente.

De cuando en cuando hacía signos negativos con la cabeza, como respondiendo á alguna pregunta interior. Acostumbran á ser de mal agüero para el enfermo estos misteriosos diálogos del médico consigo mismo.

En el momento en que el médico limpiaba el rostro y tocaba apenas con el dedo los párpados siempre cerrados de Mario, abrióse la puerta del fondo, apareciendo en el umbral una figura alta y pálida.

Era el abuelo.

El motín hacía dos días que traía muy inquieto, indignado y preocupado al señor Guillenormand. No había podido dormir durante la noche anterior, y durante el día había estado calenturiento. Se había acostado al anochecer, recomendando que se echasen todos los cerrojos en la casa, y abrumado de fatiga estaba dormitando.

Los ancianos tienen el sueño ligero; el cuarto del señor Guillenormand estaba contiguo á la sala; así fué que á pesar de todas las precauciones que se tomaron, el ruido le despertó.

Sorprendido de ver luz á través de las rendijas de la puerta, saltó de la cama dirigiéndose á tientas á la sala.

Estaba en el umbral, con la mano apoyada á la puerta á media abrir, la cabeza temblorosa y un poco inclinada hacia adelante, el cuerpo envuelto en una bata de noche, blanca, estirada y sin pliegues como un sudario: atónito. Parecía un fantasma mirando en una tumba.

Vió el catre y sobre el colchón aquel joven ensangrentado blanco como la cera, con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios descoloridos, desnudo hasta la cintura, lleno de heridas rojas é inmóvil, vivamente alumbrado.

El abuelo sintió de los pies á la cabeza todo el estremecimiento de que son capaces unos miembros casi osificados: sus ojos, cuya córnea estaba casi amarilla por causa de su avanzada edad, se velaron con una especie de reflejo vidrioso, toda su cara tomó en un instante los ángulos terrosos de una calavera; sus brazos cayeron colgando como si se les hubiera roto el resorte que los sustentaba, y su estupor se adivinaba por la separación de los dedos de sus trémulas manos; sus rodillas formaron un ángulo hacia adelante, dejando entrever por la abertura de la bata sus pobres piernas desnudas y erizadas de blanco vello; mientras exclamó balbuceando:

--¡Mario!

--Señor,--dijo Vasco,--acaban de traer al señorito. Ha estado en la barricada, y...

--¡Está muerto!--gritó el anciano con voz terrible.--¡Ah, tunante!

Entonces una especie de transfiguración sepulcral irguió como un muchacho á aquel centenario.

--Señor mío,--dijo,--vos sois el médico; empezad por decirme francamente. Está muerto, ¿verdad?

El médico, en el colmo de la ansiedad, guardó silencio.

El señor Gruillenormand retorció sus manos, prorrumpiendo en una espantosa carcajada.

--¡Está muerto! ¡Está muerto!. ¡Se ha hecho matar en las barricadas... por odio á mí! ¡Ha sido en contra mía que ha hecho esto! ¡Ah! ¡Bebedor de sangre! ¡Es así como vuelves á casa! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Está muerto!

Y dirigiéndose á la ventana, la abrió de par en par como si se ahogase; y de pie, ante las sombras de la noche, se puso á hablar con ellas:

--¡Traspasado, acuchillado, degollado, exterminado, desmenuzado, hecho pedazos! ¡Sabía que yo le esperaba, que había hecho arreglar su cuarto, y colgar á la cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía que no tenía más que volver, y que no he cesado de llamarle en tantos años; y que todas las noches me sentaba al hogar con las manos en las rodillas, no sabiendo qué hacer, y que por él me había vuelto loco!

«¡Tú sabías esto; tú sabías perfectamente que con sólo entrar y decir: «Soy yo», ibas á ser el amo de casa, y yo te hubiera obedecido, y hubieras dispuesto á tu sabor del bobalicón de tu abuelo! Lo sabías, y has dicho: «¡No; es un realista, y no iré!». ¡Y te has ido á las barricadas, y te has hecho matar por perversidad! ¡Por vengarte de lo que te dije á propósito del señor duque de Berry! ¡Es una conducta infame! ¡Y luego acostaos y dormid tranquilos! Para encontrármelo muerto. ¡Vaya un despertar!».

El médico, que empezaba á alarmarse por los dos, dejó un momento á Mario, y yendo á la ventana, cogió al Señor Guillenormand del brazo. Volvióse el abuelo, le miró con ojos que parecían agrandarse y brotar sangre, y díjole con calma:

--Señor mío, os lo agradezco mucho, pero estoy tranquilo; soy un hombre que ha visto la muerte de Luis XVI, y sabe sobrellevar las desgracias. Lo terrible para mí es pensar que vuestros periódicos tienen la culpa de todo. Tendréis escritorzuelos, habladores, abogados, oradores, tribunos; discusiones, progresos, luces, derechos del hombre, libertad de imprenta, y todo cuanto queráis, pero os traerán así á casa los hijos. ¡Ah, Mario! ¡Esto es abominable! ¡Asesinado! ¡Muerto antes que yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, pícaro!

«Doctor. Creo que vivís en este barrio. Sí, os conozco perfectamente. Desde mi ventana os veo pasar en vuestro cabriolé. Debo decíroslo. Haríais mal en creer que estoy irritado. No es posible irritarse contra un muerto. Sería una barbaridad. Es un niño á quien he criado. Yo era ya viejo, cuando él era todavía chiquitín. Jugaba en las Tullerías con una pala pequeñita y un carrito, y para que los inspectores no gruñesen, iba yo tapando con mi bastón los agujeros que él hacía con su pala en la arena. Un día gritó: «¡Abajo Luis XVIII» y se fué. No es mía la culpa.

«Era sonrosado y rubio. Su madre ha muerto. ¿No habéis reparado que todos los niños son rubios? ¿En qué consiste eso? Es hijo de uno de esos pícaros del Loire; pero los hijos son inocentes de los crímenes de sus padres.

«Recuerdo que cuando era así de pequeño... ¡Cuánto le costaba pronunciar la _d_! En la dulzura del acento se le hubiera creído un pájaro. Un día, delante del Hércules Farnesio, se formó un corro por admirarle; ¡tan hermoso era! Su cabeza se parecía á las que se ven en los cuadros de ángeles. Yo ahuecaba la voz y le metía miedo con el bastón; pero él sabía muy bien qué era ello.

«Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo refunfuñaba, pero su presencia me hacía el efecto del sol. No hay defensa contra estos mocosos. En cuanto le cogen á uno, ya no le vuelven á soltar. La verdad es que no había nada tan cariñoso y cándido como ese niño.

«¡Vénganme á mí ahora hablando de los Lafayette, de los Benjamín Constant y de los Estirasuelas de Corcelles, que me lo asesinan! Esto no puede quedar así».

Acercóse á Mario, que seguía lívido é inmóvil, y á cuyo lado había vuelto otra vez el médico, y empezó de nuevo á retorcer los brazos.

Los blancos labios del anciano se agitaban como maquinalmente, y de ellos salían como soplos estertóreos, palabras casi ininteligibles que se oían apenas:

--¡Ah desalmado! ¡Ah clubista! ¡Ah malvado! ¡Ah setembrista!

Reproches en voz baja de un agonizante á un cadáver.

Poco á poco y siendo como es indispensable que estallen las erupciones interiores, el encadenamiento de las palabras se restableció; pero parecía faltarle ya al abuelo la fuerza necesaria al pronunciarlas; su voz estaba tan sorda y apagada como si viniese del otro lado de un abismo.

--¡Me es ello igual, puesto que también voy á morir! ¡Y cuando pienso que no hay en París una mujer que no se hubiera alegrado de labrar la felicidad de ese miserable! ¡Un salvaje que en vez de divertirse y de disfrutar de la vida, ha ido á combatir, y se ha dejado ametrallar como un tonto! ¿Y por quién? ¿Por qué? ¡Por la república! ¡En vez de ir á bailar á la Chaumière, como deben hacer los jóvenes! ¡De qué le ha servido tener veinte años! ¡La república, lindo perifollo de necedades!

«¡Pobres madres, dad, dad buenos mozos al mundo! En fin, está muerto. Habrá dos entierros en la casa.

«¡Te has dejado adornar de ese modo por los bellos ojos del general Lamarque! ¿Qué favores te había dispensado ese general Lamarque? ¡Un matachín! ¡Un charlatán! ¡Dejarse matar por un difunto! ¡Hay para volverse loco! ¿Puede esto explicarse? ¡Y sin volver la vista, sin mirar si en el mundo quedaba alguno detrás de él! ¡Ay! ¡Ahora los pobres viejos habrán de morirse solos! ¡Revienta ahí en ese rincón, búho!

«Pues bien; á la verdad, más vale así, ya me lo esperaba; esto me va á matar sin remedio. Soy demasiado viejo; tengo cien años, tengo mil años; hace mucho tiempo que tengo el derecho de morir. Con este golpe se acabó todo. Todo concluyó: ¡qué felicidad! ¿Á qué viene hacerle ahora respirar ese amoníaco y todas estas drogas? ¡Trabajo inútil, torpe de médico! Idos, está muerto, bien muerto. Lo digo yo, que entiendo de eso; yo, que también estoy muerto. No ha hecho nunca él las cosas á medias. ¡Sí; los tiempos que corremos son infames, infames, y he aquí lo que pienso de vosotros todos, de vuestras ideas, sistemas, maestros, oráculos y doctores, como de vuestros escritorzuelos, de vuestros míseros filósofos y de todas las revoluciones que espantan desde hace sesenta años á esas nubes de cuervos de las Tullerías!

«¡Y ya que has sido implacable haciéndote matar como lo has hecho, tampoco tendré yo siquiera el pesar de tu muerte! ¿Lo entiendes, asesino?».

En aquel momento abrió Mario lentamente los párpados, y su mirada, velada aún por el asombro letárgico, se fijó en el señor Guillenormand.

--¡Mario!--exclamó el anciano.--¡Mario! ¡Hijo mío! ¡Hijo de mi alma! ¡Hijo amado! ¡Abres los ojos, me miras, estás vivo! ¡Gracias, hijo mío, gracias!

Y cayó desmayado.

LIBRO CUARTO

I =Javert desviado=

Javert se había alejado á paso lento de la calle del Hombre Armado.

Caminaba con la cabeza baja por primera vez en su vida, y también por primera vez en su vida con las manos cruzadas atrás.

Hasta aquel día Javert no había tomado de las dos actitudes de Napoleón, otra que la que denota resolución, los brazos cruzados sobre el pecho; la que expresa incertidumbre, esto es, la de las manos detrás, le era desconocida. Habíase verificado en él un gran cambio; toda su personalidad, lenta y sombría aparecía impresa de ansiedad.

Internóse por calles silenciosas.

Sin embargo, seguía una dirección.

Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los Olmos, le costeó, dejó tras de sí la Grève, y se detuvo á cierta distancia del cuerpo de guardia de Châtelet, en el ángulo del puente de Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont au Change por un lado, y los muelles de la Megisserie y de las Flores por el otro, forma una especie de lago cuadrado atravesado por una corriente.

Este punto del Sena, desagrada mucho á los marineros.

Nada tan peligroso como aquella corriente, irritada en aquella época por las estacas del molino del puente, hoy demolido.

Los dos puentes, tan próximos uno á otro, aumentan el peligro, y el agua se precipita de una manera formidable debajo de los arcos. Rueda allí formando ondas horribles; acumúlase, amontónase, forcejea contra los pilares como queriendo arrancarlos con gruesas cuerdas líquidas.

Los hombres que allí caen no reaparecen más; allí los más diestros nadadores se ahogan.

Javert apoyó los dos codos en el parapeto, la barba en ambas manos, y mientras sus uñas se crispaban maquinalmente en sus pobladas patillas, púsose á meditar.

En el fondo de su alma acababa de pasar una novedad, una revolución, una catástrofe, y debía examinarse.

Javert sufría horriblemente.

Hacía algunas horas que había cesado de ser sencillo. Estaba turbado; aquel cerebro, tan límpido en su ceguera, había perdido su trasparencia; una nube empañaba aquel cristal. Javert sentía en su conciencia dividirse el deber, y no podía disimulárselo.

Cuando encontró tan inesperadamente á Juan Valjean en el ribazo del Sena, sintió en su interior algo del lobo que se apodera de nuevo de su presa, y del perro que vuelve á hallar á su amo.

Veía entre sí dos sendas, igualmente rectas; pero eran dos, y esto le aterraba, que en toda su vida no había conocido jamás sino una sola línea derecha. Y para colmo de angustias, aquellas dos sendas eran opuestas. La una de aquellas dos rectas excluía la otra.

¿Cuál sería la verdadera?

Su situación era inexplicable.

Deber la vida á un malhechor; aceptar y reembolsar esta deuda; ser, á pesar de sí mismo, nivelado á un perseguido por la justicia, y pagarle un servicio con otro servicio; dejar que le dijese: «Vete», y decirle á su vez: «Se libre»; sacrificar á causas personales el deber, esta obligación general, y sentir en aquellas causas personales algo de general también, y tal vez superior; traicionar á la sociedad por ser fiel á su conciencia y realizarse semejantes absurdos, acumulándose sobre su persona, le aterraba en verdad.

Una cosa le había admirado, y era que Juan Valjean le hubiese perdonado; y otra cosa le petrificaba y era, que él, Javert, hubiese perdonado á Juan Valjean.

¿Dónde estaba él entonces? Buscábase, y no acertaba á dar consigo.

¿Qué había de hacer? Entregar á Juan Valjean, era mal hecho; pero mal hecho también era dejarle libre.

En el primer caso, el representante de la autoridad caía más bajo que el presidiario; en el segundo, el presidiario se sobreponía á la ley y la pisoteaba. En ambos casos, era el deshonor para Javert.

En cualquier partido que tomara había caída.

El destino tiene extremados precipicios sobre lo imposible, más allá, de los cuales la vida no es más que un abismo.

Javert se encontraba en el borde de uno de estos precipicios.

Angustiábale tener que pensar. La misma violencia de todas aquellas emociones contradictorias le obligaba á ello. ¡Pensar! Cosa inusitada para él y singularmente dolorosa.

Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, y le irritaba sentirla en sí.

El pensar sobre cualquier asunto ajeno al estrecho círculo de sus funciones, hubiera sido para él, en todos casos, siempre inútil y fatigoso; pero tratándose de lo de aquel día que acababa de transcurrir, resultaba un tormento. Sin embargo, había que examinar la conciencia después de tales sacudimientos, y darse cuenta de sí mismo y á sí mismo.

Estremecíale lo que acababa de hacer, él, Javert, decidiendo contra todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social y judicial, contra el código entero, poner en libertad á un hombre, porque así le había convenido, sustituyendo sus negocios particulares á los negocios públicos. ¿No era esto incalificable?

Cada vez que fijaba su mente en aquella acción sin nombre, temblaba de pies á cabeza.

¿Qué resolución debería tomar?

Un solo recurso le quedaba; volver enseguida á la calle del Hombre-Armado, y apoderarse de Juan Valjean. Era evidente que no debía hacer otra cosa. Y no podía.

Algo le cerraba el camino por aquel lado.

¿Algo? ¿qué? ¿Hay algo en el mundo después de los tribunales, de las sentencias ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Javert estaba trastornado. ¡Sagrado un presidiario! ¡Un presidiario no debía ser preso por la justicia! ¡Y esto por culpa de Javert!

¿No era horrible que Javert y Juan Valjean, el hombre nacido para castigar, y el hombre nacido para sufrir, ambos á dos dependientes de la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse á ella?

¿Cómo? ¡Habían de ocurrir semejantes atrocidades y sin que nadie fuera castigado! ¡Juan Valjean, más fuerte que todo el orden social, se vería libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno!

Poco á poco aquella meditación tomaba un aspecto terrible.

Hubiera podido dirigir también á su conciencia algún cargo con motivo del insurrecto conducido á la calle de las Hijas del Calvario, pero no pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor.

Además, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte termina la persecución legal.

Juan Valjean: ése era el peso que abrumaba su espíritu.

Juan Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La generosidad de Valjean para con él le tenía agobiado.

Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentira y locuras, y que á la sazón le parecían realidades.

El señor Magdalena reaparecía detrás de Juan Valjean, superponiéndose ambas figuras sin formar más que una, que era venerable. Javert sentía penetrar en su alma algo horrible; la admiración hacia un presidiario. Pero ¿es concebible el respeto á un presidiario? Esta obra le horrorizaba, y sin embargo no podía sustraerse á ella.

Por esfuerzos que hiciera se veía obligado á confesar en su fuero interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.

Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente; recompensando el mal con el bien; dando contra el odio el perdón; prefiriendo la piedad á la venganza; conformándose con perderse á sí mismo antes que perder á su enemigo; salvando al que le había maltratado, arrodillado en lo más elevado de la virtud, más cerca del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia tenía que confesar Javert.

Aquello no podía seguir así.

Es verdad que él no se había rendido de buen grado á aquel monstruo, á aquel ángel infame, á aquel héroe horrible, que le causaba tanta indignación como asombro. Veinte veces había sentido tentaciones de arrojarse sobre Juan Valjean, cogerle y devorarle, esto es, prenderle.

¿Había, en efecto, nada más sencillo?

Gritar delante del primer cuerpo de guardia; «¡un presidiario escapado!»; llamar á los gendarmes y decirles: «¡Ahí tenéis este hombre!»; marcharse enseguida, dejar allí á aquel condenado, ignorar lo que siguiese, y no volverse á ocupar más de ello. Ese hombre debía ser para siempre el prisionero de la ley; la ley debía hacer de él lo que quisiera. ¿Hay algo más justo?

Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución, prender á aquel hombre, y entonces, como ahora, habíale sido imposible; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba convulsivamente sobre Juan Valjean por cogerle del cuello, aquella mano, como si tirase de ella una fuerza enorme, había vuelto á caer, y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le gritaba: «Está bien. Entrega á tu salvador; haz traer enseguida la jofaina de Poncio Pilatos, y lávate las garras».

Después se examinaba á sí mismo, y junto á Juan Valjean ennoblecido, contemplaba degradado á Javert.

¡Un presidiario era su bienhechor!

Pero, ¿por qué le había permitido á aquel hombre perdonarle la vida?

En aquella barricada tenía el derecho de morir, y hubiera debido hacer uso de este derecho. Hubiera debido llamar á los otros insurrectos en auxilio suyo contra Juan Valjean, hacer que por fuerza le fusilasen; esto era preferible.

Su angustia suprema era la desaparición de la certidumbre. Se sentía desencajado. El código no era ya más que algo descompuesto en su mano. Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida.

Efectuábase en él una revelación de sentimientos enteramente distinta de la afirmación legal, su regulador único hasta entonces. Continuar en su honradez antigua no era ya bastante.

Un orden completo de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era aquello para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto, el sacrificio, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas por la piedad á la austeridad, la acepción de personas, nada de sentencias definitivas, nada de condenas, la posibilidad de una lágrima en los ojos de la ley, una justicia ignorada según Dios, dirigida en sentido contrario según los hombres.

Creía estar viendo en las tinieblas la imponente aparición de un sol moral desconocido, que le producía á la vez horror y deslumbramiento. Búho obligado á las miradas del águila.

Decíase á sí mismo que había excepciones, que la autoridad podía desconcertarse, que la regla podía resultar incompleta ante un hecho, que no cabía todo en el texto del código, que lo imprevisto se hacía obedecer, que la virtud de un penado podía tender un lazo á la virtud de un funcionario, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino tenía emboscadas como aquélla y calculaba en su desesperación que, ni él mismo, estaba al abrigo de una sorpresa.

Veíase obligado á reconocer que existía la bondad. Aquel presidiario había sido bueno; y él mismo, ¡oh rareza! iba siendo bueno también. Es decir, se estaba depravando.

Se creía cobarde, y se horrorizaba de sí mismo.

El ideal para Javert no era ser humano, grande ó sublime, sino ser irreprensible. Entonces él estaba pues faltando.

¿Cómo había podido llegar á tanto? ¿Cómo había pasado todo aquello? No hubiera sabido contestarse á sí mismo.

Oprimía su cabeza con ambas manos; pero por más que hacía, no acertaba á explicárselo.

Había tenido siempre, á no dudarlo, la intención de poner á Juan Valjean en poder de la ley, de que era cautivo, y de la cual él, Javert, era esclavo.

Ni por un momento mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido la idea de dejarle ir. Había abierto la mano en cierto modo, á pesar de su voluntad, y se le había escapado. Toda clase de interrogantes estaban titilando ante sus ojos. Dirigíase preguntas, dábase respuestas, y aquellas respuestas le aterraban. Preguntábase: ¿qué ha hecho ese presidiario, ese desesperado, á quien he perseguido sin cesar, que me ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por rencor como por seguridad propia, dejándome la vida, perdonándome? ¿Ha cumplido su deber? No. Algo más. Y yo dejándole á mi vez libre, ¿qué he hecho? ¿Mi deber? No. Algo más.

¿Existe algo entonces superior al deber?

Al llegar aquí se asustaba; desafinábase su balanza; uno de los platillos caía en el abismo, el otro se elevaba á los cielos, y Javert se espantaba tanto por el que subía como por el que bajaba.