Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 53

Chapter 533,926 wordsPublic domain

Se consideraron un momento en la penumbra, y como si trataran de medirse. Thénardier fué el primero en romper el silencio.

--¿Cómo te las vas á componer para salir?

Juan Valjean no respondió.

Thénardier continuó:

--Es imposible forzar la puerta, y es preciso, sin embargo, que salgas de aquí.

--Ciertamente,--dijo Juan Valjean.

--Pues bien; parte para entrambos.

--¿Qué quieres decir?

Tú has matado á ese hombre; bien. Pero yo tengo la llave.

Thénardier indicaba con el dedo á Mario, y prosiguió:

--No te conozco, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada.

Juan Valjean empezó á comprender. Thénardier le tomaba por un asesino.

Thénardier repuso:

--Oye, buen amigo, no habrás matado á ese hombre sin mirar lo que llevaba en los bolsillos. Dame la mitad, y te abro la puerta, proporcionándote cómo deshacerte del muerto.

Dejando asomar entonces una enorme llave por debajo de su blusa hecha jirones, añadió:

--¿Quieres ver cómo se porta la llave del campo? Pues míralo.

Juan Valjean «se quedó tonto», según el dicho de Corneille, hasta el punto de dudar de la realidad de lo que veía.

Era la Providencia con formas horribles; era el ángel bueno que surgía de la tierra en la persona de Thénardier.

Thénardier metió la mano en un gran bolsillo que llevaba oculto bajo la blusa, sacó una cuerda y la alargó á Juan Valjean, diciéndole:

--Toma, te doy además la cuerda que te hace falta.

--¿Y para qué esta cuerda?

--Necesitas también una piedra; pero afuera la hallarás. Junto á la reja las hay de sobra en un montón.

--¿Y para qué la piedra?

--Imbécil, puesto que vas á arrojar el cadáver al río, si no le atas una piedra al cuello, va á flotar sobre el agua.

Juan Valjean tomó maquinalmente la cuerda. No hay quién no tenga de estas aceptaciones maquinales.

Thénardier hizo castañetear sus dedos, como si le hubiese asaltado de repente una idea.

--Pero, camarada, ¿cómo has podido salir del lodazal? Yo no me he atrevido con él. ¡Puf! ¡Y cómo hueles!

Después de una pausa añadió:

--Te estoy haciendo preguntas, y haces tú muy bien en no contestarme. Es un ensayo para cuando comparezcas ante el juez, que es por cierto un cuarto de hora bien poco gracioso. Además de que, quien calla no dice nada. ¡Bah! Porque no vea tu cara ni conozca tu nombre, no te figures que ignoro lo que eres y lo que quieres. Lo sé. Le has estropeado un lado á ese mozo, y ahora desearías ocultarle en algún sitio. Te hace falta el río, que es el gran escóndelo todo. Voy á sacarte del apuro. Me gusta ayudar á la gente lista.

Al mismo tiempo de aprobar el silencio de Juan Valjean, trataba visiblemente de hacer que hablase. Empujóle en el hombro, para poder examinarle de perfil; y sin salir del tono bajo en que se mantenía en su voz, díjole:

--Ahora que me acuerdo; eres un tonto. ¿Por qué no arrojaste á ese hombre en el lodazal?

Juan Valjean guardó silencio.

Thénardier, alzando hasta la nuez de la garganta el harapo que le servía de corbata, gesto que completa el aire de importancia de un hombre de peso, continuó:

--Bien puede ser que obrases cuerdamente, porque mañana los trabajadores, al venir á tapar el hueco, habrían tropezado con el cadáver, y de hilo en hilo, hebra por hebra, quizá se hubiera llegado hasta ti. Alguien ha entrado en la alcantarilla... ¿Quién? ¿Por dónde ha salido?... ¿Le han visto salir?...

La policía es muy ingeniosa. La alcantarilla es traidora y denuncia. Semejante hallazgo es una rareza, y llama la atención; pocas gentes se valen de la cloaca para sus negocios, mientras que el río es de todos. El río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre en las redes de Saint Cloud. ¡Y bien! ¿Qué importa? Un cuerpo muerto medio deshecho. ¡Vaya en gracia! ¿Quién le mató? París. Ni siquiera se da parte á la justicia. Has hecho muy bien.

Cuanto mayor era la locuacidad de Thénardier, más mudo se iba quedando Juan Valjean.

Thénardier le sacudió de nuevo sobre el hombro.

--Terminemos nuestro asunto. Partamos. Has visto mi llave; muéstrame tu dinero.

Thénardier aparecía huraño, fosco, mirado siniestramente algo amenazador; pero el tono era pacífico.

Notábase una cosa extraña. Los modales de Thénardier no tenían nada de sencillos. Estaba como violento. Aunque sin afectar misterio, hablaba bajo, y de vez en cuando ponía el dedo en la boca murmurando: ¡chist!

No era fácil adivinar la causa.

Allí no había nadie más que ellos dos solos, y Juan Valjean supuso que habían otros bandidos ocultos en algún rincón no lejano, y que Thénardier no tenía intención de partir con ellos.

--Acabemos,--repitió Thénardier.--¿Cuánto tenía ese mozo en la faltriquera?

Juan Valjean metió la mano en la suya.

Recuérdese que su costumbre era llevar siempre dinero consigo. Así se lo exigía la vida de azares imprevistos á que se veía condenado.

Esta vez, sin embargo, le cogió casi completamente desprevenido. Al ponerse la noche anterior el uniforme de guardia nacional, se había olvidado, abrumado como estaba de pensamientos lúgubres, de llevar la cartera. Sólo tenía algunas monedas en el bolsillo del chaleco. Volvióle del revés, empapado como estaba de fango, y vació en el solado de la banqueta un luis de oro, dos monedas de cinco francos y diez ó doce sueldos.

Thénardier alargó el labio inferior, y torció el cuello en ademán significativo.

--Le has matado por bien poco,--dijo.

Y se puso á tentar con toda familiaridad los bolsillos de Juan Valjean y los bolsillos de Mario.

Atento Juan Valjean principalmente á que no le diese la luz en el rostro se dejó registrar.

Al propio tiempo de andar Thénardier en el bolsillo de Mario, con la destreza de un escamoteador, halló medio de arrancar, sin que Juan Valjean lo notase, un jirón, y ocultarle debajo de su blusa, calculando, sin duda, que podría servirle algún día para conocer al hombre asesinado y al asesino.

En cuanto á dinero, no encontró nada más que los treinta francos.

--Es verdad,--dijo,--uno con otro no tienen más que eso.

Y olvidando su palabra de _parte para dos_, lo tomó todo.

Vaciló algo al llegar á los sueldos; pero después de reflexionar, los confió también, murmurando:

--¡No importa! Sería despacharles muy barato.

Enseguida sacó otra vez la llave.

--Ahora, amigo mío, es menester que te vayas. Aquí es como en la feria, se paga á la salida. Ya has pagado; sal.

Y se echó á reir.

Al proporcionar así á un desconocido el auxilio de aquella llave, y al abrir á otro que él aquella reja, ¿le guiaba la intención pura y desinteresada de salvar á un asesino? Seános permitido dudarlo.

Thénardier ayudó á Juan Valjean á cargar de nuevo con Mario, y luego se dirigió de puntillas á la reja, haciendo señas á Valjean que le siguiese. Miró hacia fuera, púsose el dedo en la boca, y permaneció algunos segundos como observando.

Satisfecha al parecer su curiosidad, metió la llave en la cerradura. El pestillo se deslizó y la puerta giró entre sus goznes sin producir chirrido ni otro ruido alguno. La operación se hizo muy lentamente.

Era evidente que la reja y los goznes, untados con aceite, se abrían más á menudo de lo que podía suponerse. Era ésta una suavidad siniestra, en la que se adivinaban idas y venidas furtivas, entradas y salidas silenciosas de hombres nocturnos, y los pasos de lobo del crimen.

La alcantarilla estaba indudablemente en relaciones de complicidad con alguna banda misteriosa. Aquella reja taciturna era una encubridora.

Thénardier entreabrió la puerta lo suficiente para que saliese Juan Valjean, volvió á cerrar, dió dos vueltas á la llave en la cerradura, y se sumergió otra vez en la obscuridad, sin hacer más ruido que un soplo.

Parecía andar con las patas aterciopeladas del tigre.

Poco después, aquella providencia de tan mala traza, había desaparecido en lo invisible.

Juan Valjean se encontraba fuera.

IX =Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende=

Dejó deslizar á Mario por el ribazo.

¡Estaban fuera!

Los miasmas, la obscuridad y el horror quedaban detrás de ellos; inundábalos á la sazón el aire libre, puro, lleno de vida, impregnado de alegría y respirable. Rodeábales el silencio; pero era el apacible silencio del sol oculto de bajo el azulado horizonte. El crepúsculo iba desapareciendo, porque venía á toda prisa la noche libertadora y amiga de cuantos necesitan de un manto de sombra para salir de sus angustias.

El cielo se ofrecía por todas partes como un consuelo inmenso.

El río llegaba hasta los pies de Juan Valjean como el blanco susurro de un beso. Oíase el diálogo aéreo de los nidos que se daban las buenas noches en los olmos de los Campos Elíseos. Algunas estrellas, salpicando débilmente el pálido azul del zenit, y visibles sólo á la meditación, formaban aquí y allá en la inmensidad breves é imperceptibles resplandores. La noche desplegaba sobre la cabeza de Juan Valjean todas las dulzuras del infinito.

Era la hora indecisa y delicada, que no dice nunca sí ni no. Había ya bastante obscuridad para poder eclipsarse á cierta distancia, y bastante luz aún para conocer de cerca.

Por espacio de algunos segundos se sintió Juan Valjean vencido irresistiblemente por aquel conjunto de serenidad augusta y halagüeña. Existen indudablemente minutos de olvido en que el sufrimiento cesa de oprimir al miserable; en que todo se abisma en la idea; en que la paz, cual si fuese la noche, envuelve al pensador, y bajo el crepúsculo que irradia, y á imitación del cielo que se ilumina, el alma se llena de estrellas.

Juan Valjean no pudo dejar de contemplar la sombra inmensa y vaga, que por encima de él se extendía; y pensativo, tomaba entre el majestuoso silencio del eterno cielo un tinte de éxtasis y de oración. Después, vivamente, como si el sentimiento del deber le asaltase, se inclinó hacia Mario, y cogiendo agua en el hueco de la mano, le roció suavemente el rostro con algunas gotas. Los párpados de Mario no se movieron; sin embargo, su boca entreabierta respiraba.

Juan Valjean iba á introducir de nuevo la mano en el río, cuando de improviso sintió esa especie de embarazo que se siente al tener detrás de nosotros alguien á quien no vemos.

En otra parte hemos indicado ya esa impresión conocida por todo el mundo.

Se volvió.

Como hacía poco, había también, en efecto, alguien detrás de él.

Era un hombre de elevada estatura, y como envuelto en un levitón largo, y cruzado de brazos, llevando en la mano derecha un rompecabezas del que se veía el puño de plomo. Estaba de pie, á poca distancia del grupo que formaban Juan Valjean y Mario.

[Ilustración: --Inspector Javert--dijo Juan Valjean--, os pertenezco]

Con el auxilio de las sombras venía á ser una especie de aparición. Un hombre sencillo se hubiera asustado á causa del crepúsculo, y un hombre reflexivo á causa de su rompecabezas.

Juan Valjean reconoció á Javert.

El lector habrá adivinado, sin duda, que el perseguidor de Thénardier no era otro que Javert.

Javert, después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió á la prefectura de policía, dió cuenta verbalmente de todo al prefecto en persona, y continuó luego su servicio, que implicaba, según aquella nota que se le encontró, cierta inspección del ribazo de la orilla derecha en los Campos Elíseos, la cual hacía tiempo que llamaba la atención de la policía.

Allí había aparecido Thénardier y le había seguido. Ya se sabe lo demás.

Compréndese también que aquella reja tan obsequiosamente abierta á Juan Valjean, era una habilidad de Thénardier. Thénardier sentía siempre allí á Javert; el hombre espiado tiene un olfato que no le engaña. Era preciso arrojar algo que roer á aquel sabueso.

Un asesino, ¡qué buen hallazgo! No convenía desperdiciar tanta fortuna.

Thénardier, haciendo salir en su lugar á Juan Valjean, proporcionaba una presa á la policía, que así desistiría de perseguirle, y le olvidaría ante un asunto de mayor urgencia; recompensaba á Javert de su espera, lo que lisonjea siempre á un espía; ganaba treinta francos, y se prometía entre tanto un fácil escape para él, mediante aquella diversión.

Juan Valjean había pasado de un escollo á otro.

Aquellos dos encuentros seguidos, cayendo de Thénardier á Javert, eran en verdad duros.

Javert no conoció á Juan Valjean, quien como hemos dicho, no se parecía á sí mismo.

Sin separar los brazos, aseguró mejor el rompecabezas en su puño con movimiento imperceptible, y dijo con acento seco y tranquilo:

--¿Quién sois?

--Yo.

--¿Quién es... yo?

--Juan Valjean.

Javert se puso el rompecabezas entre los dientes, dobló las corvas, inclinó el cuerpo, apretó sobre los hombros de Juan Valjean sus dos robustas manos que se encajaron allí como dos tornillos, examinóle, y le reconoció.

Casi se tocaban sus rostros.

La mirada de Javert era terrible.

Juan Valjean permanecía inerte bajo la presión de Javert, como un león que tolerase la garra de un lince.

--Inspector Javert,--le dijo,--os pertenezco. Además desde esta mañana me juzgo vuestro prisionero. No os he dado las señas de mi casa para tratar luego de evadirme. Apoderaos de mi persona. Sólo os pido una cosa.

Javert parecía no oir; tenía clavadas sus pupilas en Juan Valjean.

Su barba fruncida empujaba los labios hacia la nariz, prueba de meditación feroz. Por último, soltó á Juan Valjean, irguióse de repente, cogió de nuevo su rompecabezas, y como en sueños, murmuró más bien que pronunció esta pregunta:

--¿Qué hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre?

Continuaba sin tutear á Juan Valjean.

Juan Valjean contestó, y el sonido de su voz pareció despertar á Javert.

--De él quería precisamente hablaros. Disponed de mí como os plazca; pero antes ayudadme á llevarle á su casa. No os pido otra cosa.

El rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien parecía creerle capaz de alguna concesión. Sin embargo, no dijo que no.

Inclinóse de nuevo, sacó del bolsillo un pañuelo, que humedeció en el agua, y limpió la frente ensangrentada de Mario.

--Este hombre estaba en la barricada,--dijo á media voz y como hablando consigo mismo.--Es el que designaban con el nombre de Mario.

Conocíase en esto al espía por excelencia, que lo había observado, oído, entendido y recogido todo, creyendo morir; que espiaba hasta en la agonía, y que, con el pie en la primera grada del sepulcro, había tomado notas.

Cogió la mano da Mario y buscó el pulso.

--Es un herido,--dijo Juan Valjean.

--Es un muerto,--contestó Javert.

Juan Valjean respondió.

--Todavía no.

--¿Le habéis traído entonces aquí desde la barricada?--observó Javert.

Necesitábase que su preocupación fuese mucha para no insistir en aquella salvación sospechosa al través de la cloaca, ni advertir siquiera el silencio de Juan Valjean después de su pregunta.

Juan Valjean, por su parte, parecía no tener más que un solo pensamiento, y prosiguió:

--Vive en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, en casa de su abuelo... No recuerdo el nombre.

Juan Valjean registró en la levita de Mario, sacó la cartera, la abrió en la página donde Mario había escrito con lápiz, y se la mostró á Javert.

Había aún en el espacio, bastante claridad flotante para que se pudiera leer; además de que los ojos de Javert poseían la fosforescencia felina de las aves nocturnas.

Y descifrando las pocas líneas escritas por Mario, dijo entre dientes: «Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6».

Y luego gritó: ¡Cochero!

Recuérdese el carruaje de plaza que estaba esperando por si acaso.

Javert se guardó la cartera de Mario.

Un momento después, el carruaje, bajando por la rampa del abrevadero, estaba en el ribazo.

Mario fué colocado en el asiento del interior, y Javert y Juan Valjean ocuparon el delantero.

Cerrada ya la portezuela, alejóse el coche rápidamente, subiendo por los muelles en dirección á la Bastilla.

Dejaron los muelles y entraron en las calles. El cochero, silueta negra desde el pescante, arreaba á sus escuálidos caballos. Silencio glacial dentro del carruaje. Mario, inmóvil, con el torso del cuerpo apoyado en uno de los ángulos, la cabeza caída sobre el pecho, los brazos colgando y las piernas tiesas, parecía no aguardar otra cosa que el ataúd.

Hubiérase dicho que Juan Valjean estaba hecho de sombra y Javert de piedra; y en aquel tenebroso carruaje, cuya parte interior, cada vez que pasaba por delante de un farol, se teñía de cierta luz pálida como un relámpago intermitente, la casualidad había reunido, y como colocado frente á frente y como confrontándolas, las tres inmovilidades trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua.

X =La vuelta del hijo pródigo de su vida=

Á cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de entre los cabellos de Mario.

Era ya cerrada la noche cuando llegaron al número 6 de la calle de las Hijas del Calvario.

Javert fué el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella era la casa que buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la puerta cochera, que figuraba, según la antigua moda, un macho cabrío y un sátiro frente á frente, y dió un gran golpe.

Entreabrióse apenas la puerta, y Javert la empujó.

El portero apareció á medias, bostezando, entre dormido y despierto, con una vela en la mano.

Todos dormían en la casa.

En el Marais se acuestan las gentes muy temprano, sobre todo los días de motín. Este bueno y antiguo barrio, amilanado por la revolución, se refugia en el sueño, así como los niños, cuando oyen que viene el coco, se cubren la cabeza con el cobertor de la cama.

Entretanto Juan Valjean y el cochero sacaron á Mario del carruaje, sosteniéndolo el primero por los sobacos y el segundo por las corvas.

Al verificar esta operación, Juan Valjean introdujo la mano bajo los destrozados vestidos de Mario, tentó el pecho, y se convenció de que el corazón latía aún, y hasta que latía menos débilmente, como si el movimiento del coche, hubiera determinado en él cierta renovación de vida.

Javert interpeló al portero con ese tono natural del que manda ante el portero de un faccioso.

--¿Vive aquí alguien que se llama Guillenormand?

--Aquí vive. ¿Qué se os ofrece?

--Le traemos su nieto.

--¡Su nieto!--exclamó atónito el portero.

--Muerto.

Juan Valjean, que venía detrás de Javert, harapiento y sucio, y á quien el portero miraba con cierto horror, le indicó que no, con la cabeza.

El portero no pareció comprender las palabras de Javert, ni la seña de Juan Valjean.

Javert continuó:

--Fué á la barricada, y ahí le tenéis.

--¡Á la barricada!--exclamó el portero.

--Se ha hecho matar. Id á buscar á su abuelo.

El portero no se movía.

--¡Vais ó no!--repuso Javert.

Y añadió:

--Mañana habrá aquí entierro.

Para Javert los incidentes naturales del servicio público estaban clasificados por categorías, lo cual es el comienzo de la previsión y de la vigilancia; y cada eventualidad tenía su compartimiento; los hechos posibles llegado el caso, en cantidades variables, clasificando así los sucesos de la calle en ruido, motín, carnaval, entierro.

El portero se limitó á despertar á Vasco; Vasco despertó á Nicolasita; Nicolasita despertó á la señorita Guillenormand, la tía de Mario.

En cuanto al abuelo, dejósele dormir, calculando que sabría harto pronto aquella desgracia.

Subieron á Mario al primer piso, sin que nadie se enterase de ello en el resto de la casa, y se le acomodó en un antiguo canapé de la antecámara del señor Guillenormand.

Mientras iba Vasco á por un médico, y Nicolasa abría los armarios de la ropa blanca, Juan Valjean le tocaba en el hombro.

Comprendió, y bajó la escalera seguido del inspector de policía.

El portero los vió partir como los había visto llegar, entre cierta somnolencia de espanto.

Entraron de nuevo en el carruaje, y el cochero ocupó su asiento.

--Inspector Javert, dijo Juan Valjean, concededme aún otra cosa.

--¿Cuál?--preguntó duramente Javert.

--Dejadme que entre un momento en mi casa. Después haced de mí lo que queráis.

Javert permaneció silencioso algunos instantes, con la barba hundida en el alto cuello de su levitón; luego bajando el vidrio delantero, dijo:

--Cochero, calle del Hombre-Armado, número 7.

XI =Sacudimiento de lo absoluto=

No volvieron á despegar los labios en todo el trayecto.

¿Qué es lo que quería Juan Valjean? Acabar lo que había principiado, advertir á Cosette, decirle dónde estaba Mario, darle quizá alguna otra indicación útil, tomar, si podía, ciertas disposiciones supremas. En cuanto á él, en cuanto á lo que le concernía personalmente, era asunto concluido; habíale cogido Javert, y no se resistía. Cualquier otro, en semejante situación, hubiera pensado tal vez vagamente en la cuerda de Thénardier y en los barrotes del primer calabozo donde entrase; pero desde lo que le sucedió con el obispo, había en Juan Valjean, tratándose de un atentado, aún siendo contra sí mismo, insistamos en repetirlo, una profunda vacilación religiosa.

El suicidio, esa misteriosa vía de hecho en lo desconocido, que puede contener hasta cierto punto la muerte del alma, resultaba imposible en Juan Valjean.

Á la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; era demasiado estrecha para que pudieran entrar en ella los carruajes. Javert y Juan Valjean se apearon.

El cochero observó humildemente al «señor inspector» que el terciopelo de Utrecht de su carruaje estaba manchado de sangre del hombre asesinado, y de barro del asesino. Esto era lo que había comprendido. Añadiendo que se le debía indemnizar.

Y sacando al mismo tiempo su libreta, suplicó al señor inspector tuviese la bondad de escribirle en ella «un breve testimonio que le _asegurase_...».

Javert rechazó la libreta que le alargaba el cochero y le dijo:

--¿Cuánto te debo, incluso el tiempo de la parada y la carrera?

--Hay que contar siete horas y cuarto, respondió el cochero; el terciopelo estaba nuevo. Ochenta francos señor inspector.

Javert sacó del bolsillo cuatro luises de oro, y despidió el carruaje.

Juan Valjean supuso que la intención de Javert era conducirle á pie al cuerpo de guardia de Blanes-Manteaux, ó al de los Archivos, que estaban allí cerca.

Penetraron en la calle, que como de costumbre, estaba desierta. Javert seguía á Juan Valjean.

Llegaron al número 7. Juan Valjean llamó á la puerta y ésta se abrió.

--Está bien,--dijo Javert;--subid.

Y añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar así:

--¡Aquí os aguardo!

Juan Valjean miró á Javert. Aquella manera de obrar desdecía de la costumbre del inspector de policía; pero resuelto como se mostraba Juan Valjean á entregarse y acabar de una vez, no debía sorprenderle mucho que Javert tuviese en aquel caso cierta altiva confianza, la confianza del gato que concede al ratón una libertad de la longitud de su garra. Empujó la puerta, entró en la casa, diciendo al portero que estaba acostado, y que desde su cama había tirado del cordón de la puerta:

--Soy yo.

Y subió la escalera.

Al llegar al primer piso se paró un momento.

Todas las vías dolorosas tienen sus estaciones.

La ventana del descansillo, que era de guillotina, estaba abierta. Como en muchas casas antiguas, la escalera tenía vistas á la calle. El farol público, colocado precisamente enfrente de la casa, daba alguna claridad á los escalones, lo que equivalía á un ahorro de alumbrado.

Juan Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por la ventana, inclinóse y pudo ver toda la calle, que es corta y que resultaba alumbrada por el farol de un extremo á otro. Juan Valjean tuvo un aturdimiento de estupor; ya no había nadie.

Javert se había ido.

XII =El abuelo=

Vasco y el portero habían transportado á la sala á Mario, que seguía tendido é inmóvil, en el canapé donde se le había dejado al llegar.

El médico, á quien habían ido á llamar, estaba allí.

La señorita Guillenormand se había levantado yendo y viniendo, asustada, juntando las manos, é incapaz de hacer otra cosa que exclamar:

--¡Es posible, Dios mío!

Añadiendo de cuando en cuando: ¡Todo va á llenársenos de sangre!