Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 52
Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo y restañó la sangre que corría; luego, inclinándose sobre Mario, que continuaba sin conocimiento y casi sin respiración, le miró con cierto inexplicable odio.
Al desabrochar el vestido de Mario encontró en su bolsillo dos cosas; el pan que estaba allí olvidado desde la víspera, y su cartera. Comió el pan, y abrió la cartera. En la primera página vió las cuatro líneas escritas por Mario. Decían, como ya sabemos:
«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo, señor Guillenormand, calle de las hijas del Calvario, número 6, en el Marais».
Juan Valjean leyó á la luz del respiradero estas cuatro líneas, y permaneció un momento absorto en sí mismo, repitiendo á media voz: calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Guillenormand, y volvió á colocar la cartera en el bolsillo de Mario.
Había comido, y se sentía reanimado.
Cargóse otra vez á cuestas el cuerpo de Mario, apoyó cuidadosamente la cabeza en su hombro derecho, y continuó descendiendo por la alcantarilla.
La Gran Cloaca encaminada al lecho inferior del valle de Menilmontant, tiene cerca de dos leguas de largo y está embaldosada en la mayor parte del trayecto.
La luz de la denominación de las calles de París con que mostramos al lector el recorrido subterráneo de Juan Valjean, éste no la tenía. Ni sabía la zona de la ciudad que atravesaba ni la distancia que había andado. Solamente por la mayor palidez de los rayos de luz que de cuando en cuando encontraba, iba entendiendo que el sol se retiraba del empedrado y que el día no tardaría en declinar; y luego que siendo el ruido de los carruajes cada vez menos perceptible, llegando á cesar casi, dedujo que no estaba ya debajo del París central, y que se iba acercando á algún lugar solitario próximo á los boulevares exteriores ó á los últimos muelles.
Donde hay menos casas y menos calles, tiene la cloaca menos respiraderos. La obscuridad crecía pues alrededor de Juan Valjean; sin embargo no dejó de seguir adelante tanteando en la sombra.
Esta sombra trocóse inesperadamente en terrible.
V =La arena, como la mujer, tiene cierta finura pérfida=
Sintió luego que penetraba en el agua, y que tenía debajo de los pies, no baldosas, sino cieno.
Acontece á veces, en ciertas costas de Bretaña ó de Escocia, que un hombre, viajero ó pescador, caminando con la marea baja por el arenal, á cierta distancia de la orilla advierte de improviso que desde hace rato anda difícilmente.
La playa resulta bajo sus pies como resinosa; péganse á ella las suelas del calzado; no parece aquello arena, sino liga. La arena no presenta señales de humedad, y sin embargo, cada paso, en cuanto se ha levantado el pie, deja un hueco que se llena de agua. No obstante, la vista no ha notado cambio alguno. La inmensa playa aparece tranquila; el arenal conserva el mismo aspecto; nada distingue el suelo sólido del suelo no sólido; la alegre nubecilla de pulgones de mar continúa saltando tumultuosamente sobre los pies del caminante. El hombre sigue su marcha siempre hacia delante pisando con fuerza y logrando acercarse á la costa. No está inquieto. ¿Por qué ha de estarlo? Sólo siente como si la pesadez de sus pies se aumentare á cada uno de sus pasos.
De repente se hunde; se hunde dos ó tres pulgadas.
Es de seguro que no va por el buen camino. Se detiene para orientarse.
Mira á sus pies; los pies han desaparecido bajo la arena; los saca y procura retroceder. Vuelve atrás, y se hunde más aún. La arena le llega á los tobillos. Con un esfuerzo se arranca de allí y se dirige á la izquierda; la arena le llega á media pierna. Con otro esfuerzo se dirige á la derecha; la arena le alcanza las corvas.
Entonces conoce con indecible terror que se encuentra en un arenal movedizo, centro espantoso donde no puede caminar el hombre ni andar el pez. Si lleva alguna carga la arroja, como el buque cuando le acosa la tormenta. Pero ya no es tiempo; la arena le cubre las rodillas.
Llama, agita el sombrero ó el pañuelo; la arena sube y sube más.
Si está la playa desierta, si la tierra se halla demasiado distante, si el banco de arena con su mala fama aleja á los transeúntes, si no hay héroes en los alrededores, no tiene remedio, queda condenado al hundimiento.
Vese condenado vivo á ese espantoso enterramiento, largo, infalible, implacable, imposible de retardar ni de apresurar, que dura algunas horas, que no acaba; que le coge de pie, libre, en completa salud, y tira de él hacia abajo; que á cada esfuerzo que hace, á cada grito que lanza, le atrae un poco más; que parece castigar su resistencia aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra, dejándole tiempo bastante para ir viendo el horizonte, los árboles, la verde campiña, el humo de las aldeas en la llanura, las velas de los buques en el mar, los pájaros que vuelan y que cantan el sol y el cielo.
Este deslizamiento es el sepulcro convertido en marea, que va subiendo desde el fondo de la tierra hacia un ser vivo. Cada minuto es un enterramiento inexorable.
El desventurado trata de sentarse, de echarse, de arrastrarse, y estos variados movimientos contribuyen á enterrarle más y más.
Se incorpora y se hunde; se siente engullir. Grita, implora, retuerce los brazos ansiosamente, se desespera...
La arena le llega al vientre; poco después al pecho, y luego no es ya más que un busto.
Levanta las manos, lanza gemidos de terror, clava las uñas en el suelo como para asirse de aquella ceniza, se apoya en los codos, queriendo librarse de aquel estuche resbaladizo, llora y suspira frenéticamente; la arena continúa subiendo.
La arena le llega hasta los hombros, le alcanza al pescuezo; ya no se ve más que una cabeza. La boca grita, la arena la llena: viene el silencio.
Aún miran los ojos, la arena los ciega; llegó la noche.
Después la frente va decreciendo; una mota de cabello se estremece sobre la arena; sale una mano, escarba la superficie del suelo, se agita y desaparece. Siniestro desvanecimiento de un hombre.
Á veces el jinete se hunde con el caballo, ó el carretero con su vehículo, todo zozobra bajo la arena.
Es el naufragio fuera de las aguas; es la tierra ahogando al hombre.
La tierra penetrada por el océano se convierte en trampa. Ofrécese á la vista como una llanura, y se abre como la ola. El abismo tiene estas traiciones.
Esa fúnebre aventura, siempre posible en tal ó cual playa del mar, éralo también, hace treinta años, en las alcantarillas de París.
Antes de los importantes trabajos comenzados en 1833, el desagüe subterráneo de París estaba expuesto á hundimientos repentinos.
Infiltrábase el agua en ciertos terrenos subyacentes particularmente deleznables; el fondo, fuese ya embaldosado, como en las alcantarillas antiguas, ó de cal hidráulica sobre hormigón como en las galerías modernas, careciendo de punto de apoyo, cedía; y en un piso de esta clase ceder es rajarse, es hundirse.
El solado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se abría boca de un abismo de cieno, tenía en el lenguaje técnico el nombre de _hundidero_.
¿Qué viene á ser un hundidero? Es la arena movediza de las orillas del mar, que se encuentra de repente debajo de la tierra; es el arenal del monte de San Miguel en una alcantarilla.
El suelo humedecido está como en fusión; todas sus moléculas se hallan suspendidas en un medio blando, que ni es tierra ni es agua. La profundidad suele ser muy grande, y nada hay más terrible que semejante encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, á causa de la inmersión; si domina la tierra, la muerte es lenta, verificándose por hundimiento.
Figurémonos el horror de semejante muerte.
Si es espantoso desaparecer en la arena del mar, ¿qué ha de ser la desaparición en la cloaca?
En lugar del aire libre, de la luz del día, del brillante horizonte, del ruido de esas nubes que esparcen la vida, de esos barcos que se ven de lejos, de la esperanza bajo todas las formas; de los transeúntes probables, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de todo eso, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, un interior de fosa abierta, la muerte en el fango bajo una tapadera, la asfixia lenta por las emanaciones de la podredumbre, una caja de piedra donde esta asfixia abre su garra en el cieno y nos coge por la garganta; la fetidez mezclada al estertor; el légano en vez de la arena; el hidrógeno sulfurado en vez del huracán; la basura en vez del océano.
¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de agitarse, de agonizar teniendo esa enorme ciudad, que nada sabe, sobre nuestra cabeza!
¡No cabe explicación posible del horror de semejante muerte!
La muerte encuentra á veces la compensación de sus atrocidades en cierta indignidad terrible. Se puede ser grande en la hoguera y en el naufragio; es posible una actitud sublime, así en medio de las llamas, como entre las olas. Cabe transfiguración en el abismarse. Aquí no. Aquí la muerte es sucia. Humillante espirar. Las supremas visiones flotantes son abyectas. El lodo es sinónimo de vergüenza. Es raquítico, infame y feo.
Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, pase; pero morir en la fosa del pocero, como Escoubleau es horrible.
Debatirse en el cieno es asqueroso. Al par que se agoniza, se chapotea.
Hay tinieblas bastantes para que sea aquello el infierno, y fango de sobra para que no sea más que un lodazal; de suerte que aquel moribundo no sabe si va á convertirse en espectro ó en sapo. Siempre es el sepulcro siniestro, pero en este caso resulta disforme.
La profundidad de los hundideros variaba, como también su longitud y densidad, en razón de la mejor ó peor calidad del terreno. Ora tenía tres ó cuatro pies de profundidad, ora ocho ó diez, ora no se encontraba el fondo. Unas veces el fango era casi sólido, otras casi líquido.
En el hundidero de Lunière, un hombre hubiera tardado un día en desaparecer, mientras que hubiera sido absorbido en cinco minutos en el lodazal de Phelippeaux.
El fango sostiene más ó menos, según es más ó menos denso.
Un niño se salva donde un hombre se pierde.
La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. El pocero que sentía ceder el suelo bajo sus pies, arrojaba el saco con las herramientas del oficio, ó la banasta ó el cubo.
Los hundideros provenían de diferentes causas: congelamiento del suelo; algún derrumbamiento á una profundidad fuera del alcance del hombre; los violentos chaparrones del verano; la lluvia incesante del invierno; las lloviznas menudas y continuadas.
Á veces el peso de las casas vecinas en un terreno margoso ó arenoso hacía inclinar las bóvedas de las galerías subterráneas; ó sucedía que el embaldosado estallaba y se abría bajo aquel empuje terrible. De este modo, el asiento del Panteón destruyó, hace un siglo, parte de las cuevas de la montaña de Santa Genoveva.
Cuando se hundía una alcantarilla bajo la presión de las casas, el desorden, en ciertas ocasiones, se manifestaba arriba, en la calle, por una especie de grietas, como dientes de sierra, entre los adoquines, que formaban una línea serpentina en toda la longitud de bóveda hundida, y entonces, como el daño era visible, podía aplicársele pronto remedio. Acontecía también con frecuencia que el destrozo interior no se revelaba por ninguna grieta exterior. En ese caso, ¡pobres poceros! Entrando sin precaución en la alcantarilla hundida, estaban expuestos á abismarse. Los antiguos registros hacen mención de varios poceros sepultados por esta causa, y hasta citan los nombres de las víctimas; entre otros, el de uno que se perdió en el hundimiento debajo del ramal de la calle Careme-Prénant, llamado Blas Pontrain, hermano de Nicolás Pontrain, el último sepulturero del cementerio conocido por el Osario de los Inocentes, en 1785, época en que este cementerio desapareció.
Algo parecido le sucedió al joven y elegante vizconde de Escoubleau, de quien ya hemos hablado, que fué uno de los héroes del sitio de Lérida, donde se dió el asalto con medias de seda y una vanguardia de músicos tocando violines. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su prima, la duquesa de Sourdis, pereció ahogado por un hundimiento del albañal de Beautreillis, donde se había refugiado huyendo del duque.
La señora duquesa, cuando le dieron cuenta de esta muerte, pidió su frasco, y se olvidó de llorar á fuerza de respirar sales.
En casos semejantes, no hay amor que queme; la cloaca lo apaga.
Hero se niega á lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa las narices delante de Píramo, exclamando: ¡Puf!
VI =El hundidero=
Juan Valjean se encontró ante un hundidero.
Esta especie de hundimientos eran entonces muy frecuentes en el subsuelo de los Campos Elíseos, que se sometía con dificultad á los trabajos hidráulicos, y conservaba poco las construcciones subterráneas, por su excesiva fluidez. Esta fluidez deja atrás la inconsistencia misma de las pérfidas arenas del barrio de San Jorge, que han necesitado un afirmado de hormigón, y de las capas gredosas infectadas de gas del barrio de los Mártires, tan líquidas, que no ha podido practicarse el paso por debajo de la galería de los Mártires, sino por medio de un tubo de hierro colado.
Cuando en 1836 se demolió en el arrabal de San Honorato, para volverla á construir, la antigua alcantarilla de piedra, donde ahora encontramos á Juan Valjean, la arena movediza que constituye el subsuelo de los Campos Elíseos hasta el Sena, fué un obstáculo tal, que hizo durar la obra cerca de seis meses, con gran escándalo de los ribereños, sobre todo de los ribereños de palacios y carrozas.
Los trabajos, sobre ser difíciles, fueron peligrosos, si bien es verdad que hubo cuatro meses y medio de lluvia y tres crecidas del Sena.
El hundidero que encontró Juan Valjean provenía del chaparrón de la víspera.
El empedrado, mal sostenido por la arena subyacente, había flaqueado, produciendo un estancamiento de agua.
Siguióse la filtración y luego el derrumbamiento.
El solado desunido se había sumergido en el cieno. ¿Hasta qué extensión? se ignoraba.
En aquel punto la obscuridad era más espesa que en las demás partes. Era un agujero de lodo en una caverna de noche.
Juan Valjean sintió que el embaldosado desaparecía bajo sus pies, y penetró en el fango. Agua en la superficie, légamo en el fondo.
Era preciso pasar, pues que retroceder era imposible.
Mario estaba expirante, y Juan Valjean extenuado ya y sin aliento.
Por otra parte, ¿adónde había de ir?
Juan Valjean siguió adelante; creyendo sobre todo que era el hundidero poco profundo.
Pero á medida que avanzaba, sus pies se iban hundiendo. Pronto el cieno le llegó á media pierna, y el agua sobre las rodillas. Caminaba, no obstante, sosteniendo con los brazos levantados á Mario, lo más que podía, sobre el agua.
El cieno le pasaba ya de las corvas y el agua de la cintura. Imposible volver atrás. Hundíase á cada paso más, y aquel fango, bastante denso para el peso de un hombre, no podía sostener el de dos. Trabajo les hubiera costado á Mario y á Juan Valjean salir de allí andando separados.
Juan Valjean continuó avanzando con aquel moribundo, que quizá era ya un muerto.
El agua le llegaba á los sobacos. Conocía que iba á zozobrar, y apenas podía moverse en la profundidad de cieno en que se hallaba. La densidad, que era el sostén, era al propio tiempo el obstáculo.
Tenía levantado siempre á Mario sobre el agua, y con esfuerzos inauditos seguía adelante; pero no sin sumergirse más, hasta no quedarle visibles sino la cabeza y los brazos levantando á Mario.
En las antiguas pinturas del diluvio se ve á una madre haciendo otro tanto con su hijo.
Hundióse aún más, y para poder respirar, volvía la cara hacia atrás.
Quien le hubiese visto en aquella obscuridad, habría creído ver una máscara flotante en la sombra.
Divisaba vagamente por encima de él la cabeza colgante y el rostro lívido de Mario. Hizo un esfuerzo desesperado y adelantó un pie. El pie tropezó en una cosa sólida; era un punto de apoyo. Ya era tiempo.
Afirmóse é irguióse con cierta furia en aquel punto de apoyo, lo cual le produjo el efecto del primer peldaño de una escalera para subir nuevamente á la vida.
Aquel punto de apoyo que halló en el fango en el momento supremo, era el principio de la otra vertiente del solado, que había cedido sin romperse, encorvándose debajo del agua como una tabla de una sola pieza.
Los embaldosados bien construidos son abovedados y presentan esta clase de resistencia. Aquel fragmento del solado, en parte sumergido, pero sólido, era una verdadera rampa; y una vez alcanzada, se estaba á salvo.
Juan Valjean subió por aquel plano inclinado, y pronto estuvo al otro lado del hundidero.
Al salir del agua tropezó en una piedra, y cayó de rodillas. Parecióle muy justo, y permaneció allí algún tiempo, con el alma abismada hablando á Dios.
Levantóse tiritando, helado, infecto, doblándose bajo el peso del moribundo que llevaba, chorreando cieno, y con el alma inundada por una luz extraña.
VII =Á veces se encalla donde se cree desembarcar=
Emprendió su camino otra vez aún.
Por lo demás, si bien no dejó la vida en el hundidero, parecía haber dejado las fuerzas. Habíale aniquilado aquel supremo esfuerzo; y era tal su fatiga, que á cada tres ó cuatro pasos tenía que recobrar aliento y apoyarse en la pared.
Tuvo una vez necesidad de sentarse en el andén para cambiar de posición á Mario, y creyó no volver á levantarse.
Pero si el vigor había muerto en él, no así la energía, y se levantó.
Caminó desesperadamente, casi de prisa; anduvo de este modo unos cien pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar apenas, cuando, de súbito, tropezó en la pared.
Había llegado á uno de los ángulos de la alcantarilla con la cabeza baja, y de ahí el choque. Abrió los ojos, y en la extremidad del subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió la luz. No era esta vez la claridad terrible, sino una claridad purísima. Era la luz del día.
Juan Valjean veía la salida.
El alma de un condenado que en medio de las llamas divisase de repente la salida del infierno, experimentaría lo que experimentó Juan Valjean. Volaría desatinadamente con sus quemadas alas hacia la radiante puerta.
Juan Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Mario; recobró sus piernas de acero, y se puso á correr mejor que á caminar. Á medida que se aproximaba distinguía mejor la salida.
Era un arco abovedado, más bajo que la bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería, que iba estrechándose al par que la bóveda bajaba. El túnel terminaba en forma de embudo; término vicioso, imitado de los calabozos de las cárceles, lógico en un penal, ilógico en una cloaca, y por esto tal vez se ha corregido.
Juan Valjean llegó á la salida.
Allí se detuvo.
Era, en efecto, una salida, pero no se podía salir.
Estaba cerrado el arco con una fuerte reja, y la reja que, al parecer, giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujetada al dintel de piedra por una gruesa cerradura, rojiza de orín, que parecía un enorme ladrillo. Veíase el ojo de la llave, y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura era de doble vuelta, de la forma de las de las Bastillas, tan en uso en el París antiguo.
Al otro lado de la raja, el aire libre, el río, el día, el ribazo muy estrecho, pero suficiente para marcharse; los muelles lejanos, París, ese gran abismo donde es tan fácil esconderse; el vasto horizonte, la libertad. Á la derecha, río abajo, se distinguía el puente de Jena, y á la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos. El sitio hubiera sido á propósito para esperar la noche y evadirse. Era uno de los puntos más solitarios de París; el ribazo que da frente al Gros Caillou.
Las moscas entraban y salían al través de los barrotes de la verja.
Serían como las ocho y media de la tarde. El día iba desapareciendo.
Juan Valjean colocó á Mario junto á la pared, en la parte seca del embaldosado; después se dirigió á la reja, y cogió con sus dos manos crispadas los barrotes.
El sacudimiento fué frenético, la conmoción nula. La reja no se movió. Juan Valjean fué probando los barrotes uno después de otro, por ver si podía arrancar el menos sólido, y convertirle en palanca para levantar la puerta ó para romper la cerradura. Ninguno cedió.
Los dientes del tigre dentro de sus alvéolos no tienen mayor solidez. Ni palanca, ni fuerza alguna para aquel obstáculo invencible. No había medio de abrir la puerta.
¿Debía, pues acabar todo allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar?
Para retroceder, y desandar el horrible camino recorrido, no se sentía con fuerzas suficientes. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel lodazal de donde había salido por milagro? Y después del lodazal, ¿no estaba allí la ronda de policía de la cual no era fácil escaparse dos veces?
¿Dónde ir, pues? ¿Qué dirección tomar?
Seguir la pendiente, no era alcanzar el fin. Aunque se encontrase otra salida, ¿no había de estar también cerrada con reja ó tapón?
Todas las salidas se hallaban indudablemente cerradas como aquélla. La casualidad había hecho desencajar la reja por donde había entrado; pero era evidente que todas las demás bocas de la alcantarilla estarían cerradas.
Sólo había logrado evadirse, para caer en un gran calabozo.
Todo había acabado. Cuanto había hecho Juan Valjean resultaba inútil.
La fatiga produciendo el aborto.
Estaban ambos cogidos en las sombrías é inmensas redes de la muerte, y Juan Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las tinieblas, á la espantosa araña.
Volvióse de espaldas á la reja, se dejó caer en el suelo junto á Mario, que continuaba inmóvil, y hundió la cabeza entre ambas rodillas. No había salida. Era la última gota del cáliz de la angustia.
¿En qué pensaba durante aquel profundo abatimiento?
Ni en él, ni en Mario. Pensaba en Cosette.
VIII =El jirón de la levita=
En medio de aquel anonadamiento, sintió una mano en el hombro y una voz que hablando por lo bajo decía:
--Parte para dos.
¿Quién podía ser entre aquellas sombras?
Nada se parece tanto al sueño como la desesperación, y Juan Valjean creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era aquello posible? Levantó los ojos.
Había un hombre delante de él.
Este hombre vestía blusa é iba descalzo; llevaba los zapatos en la mano izquierda; sin duda se los había quitado para llegar hasta Juan Valjean sin ser oído.
Juan Valjean no vaciló un momento. Á pesar de cogerle tan de improviso, conoció al hombre. Era Thénardier.
Aunque despertando, digámoslo así, sobresaltado, Juan Valjean, acostumbrado á vivir alerta y práctico en los golpes imprevistos que conviene parar pronto, recobró enseguida toda su presencia de ánimo. Además, la situación no podía empeorar, pues hay desastres que no pueden acrecentarse, y ni el mismo Thénardier era capaz de ennegrecer aquella tenebrosa noche.
Hubo un momento de tregua.
Thénardier, levantando la mano derecha á la altura de la frente en forma de pantalla, frunció las cejas y achicó los ojos, lo cual acompañado de una contracción de labios, caracterizaba la atención sagaz de un hombre que quiere reconocer á otro. No lo consiguió sin embargo.
Como antes hemos dicho, Juan Valjean se volvía de espaldas á la luz, y estaba además tan desfigurado é iba tan lleno de fango y de sangre, que ni aún en medio de la luz del día le hubiera reconocido nadie.
Al contrario, Thénardier, que, alumbrado el rostro por la luz de la reja, lívida, es verdad, pero clara en su lividez, saltó, como dice la enérgica metáfora vulgar, desde luego á los ojos de Juan Valjean. Esta desigualdad de situación bastaba para dar alguna ventaja á Juan Valjean en el misterioso duelo que iba á empeñarse. El encuentro se realizaba entre Juan Valjean disfrazado y Thénardier sin máscara.
Juan Valjean advirtió inmediatamente que Thénardier no le conocía.