Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 51

Chapter 513,956 wordsPublic domain

Si Juan Valjean hubiese tenido alguna noción de todo lo que acabamos de indicar, habría advertido pronto, con sólo tocar la pared, que no estaba en la galería subterránea de la calle de San Dionisio. En lugar de la piedra sillar vieja, en lugar de la arquitectura antigua, altiva y regia hasta en el albañal, con fondo y asiento de granito, y mezcla de cal grasa que costaba á razón de ochocientos francos la toesa, hubiera sentido al tacto la baratura contemporánea, el recurso económico, la piedra asperón revestida de cal hidráulica sobre capa de hormigón, que cuesta á doscientos francos el metro, la mampostería plebeya denominada _de pequeño material_; pero no sabía nada de todo esto para poder regirse.

Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, sin ver ni saber nada, á la ventura, es decir, en manos de la Providencia.

Gradualmente, digámoslo también, cierto horror se apoderaba de él. La sombra que envolvía su espíritu. Caminaba en medio de un enigma. Aquel acueducto de la cloaca es formidable; crúzanse sus galerías vertiginosamente. Es muy lúgubre verse sumido en aquel París de tinieblas.

Juan Valjean estaba obligado á encontrar y casi á inventar su camino sin verle.

En aquel lugar desconocido, podía ser, cada paso que daba, el último de su vida.

¿Cómo salir de allí? ¿Hallaría por dónde? Y en ese caso, ¿llegaría á tiempo? Aquella colosal esponja subterránea con alvéolos de piedra, ¿se dejaría penetrar y horadar? ¿Tropezaría con algún nudo inesperado de obscuridad? ¿Iría á parar á lo enmarañado é insuperable? ¿Morirían allí, Mario de hemorragia, y él de hambre? ¿Acabarían de extraviarse ambos, quedando reducidos á esqueletos en un rincón de aquella noche?

Lo ignoraba. Á ninguna de esas preguntas que él se hacía, sabía qué contestar.

El intestino de París es un precipicio. Estaba, como el profeta, en el vientre de un monstruo.

De repente se sintió sorprendido. Cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el agua del arroyo le daba en los talones y no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba entonces. ¿Por qué? ¿Iba, pues, á llegar inesperadamente al Sena?

El peligro era grande; pero podía ser mayor el que resultaría retrocediendo. Siguió pues adelante.

No se dirigía al Sena. La albardilla que forma el suelo de París en la ribera derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y otra en la Gran Cloaca. La cima de esta albardilla, que determina la división de las aguas, traza una línea muy caprichosa.

El punto culminante, sitio en que se dividen los desagües, está en la alcantarilla de Sainte-Avoye, más allá de la calle de Michel le Comte; en la alcantarilla del Louvre, cerca de los boulevares, y en la alcantarilla Montmartre, junto á los Mercados. Á ese punto culminante había llegado Juan Valjean. Dirigíase á la cloaca de circunvalación; y estaba pues en buen camino, pero ignorándolo.

Cada vez que encontraba un ramal, buscaba á tientas los ángulos, y si la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor donde estaba, seguía sin hacer caso juzgando, con razón, que toda senda más estrecha le llevaría á un callejón sin salida, lo que equivaldría á alejarle del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Así logró evitar el cuádruple lazo que le tendían en la obscuridad los cuatro laberintos mencionados.

Poco después supo que se separaba del París petrificado por el motín, donde las barricadas, habían suprimido la circulación, y que iba por debajo del París vivo y normal. De pronto sintió sobre su cabeza como el ruido del trueno, lejano, pero continuado. Era el rodar de los carruajes.

Según sus cálculos, hacía media hora poco más ó menos que caminaba, y no había pensado aún en descansar, contentándose con cambiar la mano que sostenía á Mario. La obscuridad era más profunda que nunca; pero esta obscuridad le tranquilizaba.

De pronto vió su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro, que teñía vagamente el pavimento á sus pies y la bóveda sobre su cabeza, y que resbalaba á derecha é izquierda, por las dos viscosas paredes del corredor. Volvióse, estupefacto.

Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar á una distancia que le pareció inmensa, resplandecía rayando la tenebrosa espesura, una especie de astro horrible que parecía mirarle.

Era la sombría estrella de la policía, que aparecía en el albañal.

Detrás de aquella estrella se movían confusamente ocho ó diez formas negras, derechas, perceptibles y espantosas.

II =Explicación=

Durante el 6 de junio dispúsose una batida en las alcantarillas. Temíase que los vencidos se refugiasen en ellas; el prefecto Gisquet se encargó de registrar el París oculto, mientras el general Bugeaud barría el París público; doble operación que exigía una doble estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y abajo por la policía.

Tres grupos de agentes y de poceros exploraron la vialidad subterránea de París; la primera por la orilla derecha; la segunda por la izquierda, y la tercera por el centro, ó sea la _Cité_. Los agentes iban armados de carabinas, rompe cabezas, espadas y puñales.

Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Juan Valjean era la linterna de la ronda de la orilla derecha.

Aquella ronda acababa de visitar la galería curva y los tres callejones sin salida que están debajo de la calle del Cuadrante. Mientras la ronda registraba estos callejones, Juan Valjean había tropezado con la entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo principal, no penetró en ella, y siguió adelante.

Los agentes de policía, al dejar la galería del Cuadrante, habían creído oir ruido de pisadas en la dirección de la cloaca de circunvalación. Eran, en efecto, las pisadas de Juan Valjean.

El sargento que mandaba la ronda levantó la linterna, y la ronda se puso á mirar, en medio de la bruma, hacia el lado de donde venía el ruido.

Fué éste para Juan Valjean un minuto inexplicable.

Afortunadamente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía mal á él. La linterna era la luz y él era la sombra. Hallábase muy lejos y confundido en el fondo obscuro del subterráneo. Arrimóse á la pared y se detuvo.

Por lo demás, Juan Valjean no tenía cabal idea de lo que se movía detrás de él. El insomnio, la falta de alimento y las emociones, le habían hecho también visionario.

Veía un resplandor, y junto á aquel resplandor, larvas. ¿Qué significaba aquello? No lo comprendía.

Paróse Juan Valjean, y cesó el ruido.

Los de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. Consultaron entre ellos.

Había á la sazón en aquel punto de la alcantarilla de Montmartre una especie de encrucijada, llamada de _servicio_, que se suprimió después á causa de la laguna interior que formaban allí las aguas pluviales en las grandes tormentas. La ronda pudo agruparse en el lugar de aquella encrucijada. Juan Valjean vió aquel corro de larvas cuyas cabezas de sabueso se juntaban pareciendo cuchichear.

El resultado de la conferencia celebrada por los perros guardianes, fué que se habían engañado, que no había habido ruido, que no había allí nadie, que era inútil internarse en la cloaca de circunvalación, que sería perder el tiempo; pero que convendría darse prisa en ir hacia San Merry, pues si había algo que hacer y algún _bonigote_ que rastrear, era por aquella parte.

De vez en cuando los partidos echan suelas nuevas á sus antiguas injurias. En 1832 la palabra _bonigote_ era el punto de enlace entre la palabra _jacobino_ y ya olvidada, y la palabra _demagogo_, casi inusitada á la sazón, y que tan excelente servicio ha prestado después.

El jefe dió la orden de torcer á la izquierda, dirigiéndose á la vertiente del Sena. Si les hubiese ocurrido dividirse en dos grupos y marchar en dirección opuesta, Juan Valjean habría caído en sus manos. Esto estuvo en un hilo.

Es posible que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de un combate, y suponiendo á los insurrectos en gran número, prohibiesen á la ronda el fraccionarse.

Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando tras de ellos á Juan Valjean. De todo aquel movimiento, Valjean no percibió nada, salvo el eclipse de la linterna, que dió la vuelta repentinamente.

Antes de continuar la marcha, el jefe de la ronda, para descargo sin duda de la conciencia de policía, descargó su carabina en dirección al sitio que ocupaba Juan Valjean. La detonación rodó de eco en eco bajo la cripta, como el borborismo de aquel intestino titánico.

Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo fué á agitar el agua á pocos pasos de Juan Valjean, advirtiéndole de que la bala había dado en la bóveda sobre su cabeza.

Pisadas lentas y á compás resonaron un buen espacio sobre las baldosas, desvaneciéndose á medida que se aumentaba la distancia; después aquel grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció, desapareciendo enseguida. Volvió á ser el silencio profundo, la obscuridad, completa; la ceguedad y la sordera volvieron á posesionarse de las tinieblas, y Juan Valjean, no osando aún moverse, permaneció bastante tiempo apoyado contra la pared, atento al oído y dilatada la pupila, mirando disiparse aquella patrulla de fantasmas.

III =El hombre filado=

Es preciso hacer á la policía de aquel tiempo la justicia de que, aún en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era á sus ojos un pretexto para soltar la rienda á los malhechores, y descuidar la sociedad por la razón de que el gobierno estaba en peligro. El servicio ordinario se desempeñaba correctamente á través del servicio extraordinario, y sin resentirse en lo más mínimo.

En medio de un incalculable suceso político comenzado, y bajo la presión de una revolución posible, sin dejarse distraer por la insurrección ni por la barricada, el agente seguía imperturbable la pista al ladrón.

Algo parecido á esto ocurrió en la tarde del 6 de junio á orillas del Sena, en el ribazo de la derecha, un poco más allá del puente de los Inválidos.

Hoy ya no hay allí ribazo. El aspecto de aquellos lugares ha cambiado por completo.

En el ribazo, dos hombres, separados uno de otro por cierta distancia, parecían observarse, evitándose mutuamente. Á medida que el que iba delante procuraba alejarse, ponía el que iba detrás empeño en acercársele.

Era como una partida de ajedrez que se jugase de lejos y en silencio.

Ni uno ni otro parecían llevar prisa; los dos caminaban despacio como si cada cual temiese, por apresuramiento, hacer que su compañero avivase el paso.

Hubiérase dicho ser un apetito andando tras una presa, sin aparentar intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba en guardia.

Observábanse las proporciones debidas entre la garduña hostigada y el perro hostigador. El que trataba de escapar tenía mala traza y una figura raquítica, y el que quería echarle mano, era de elevada estatura y rudo aspecto, dando á entender que su choque había de ser contundente.

El primero, sintiéndose más débil, evitaba al segundo; pero hacíalo de manera harto furiosa; los que hubieran podido examinarlo de cerca habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y toda la amenaza que cabe en el miedo.

El ribazo era solitario; no pasaba un alma, ni siquiera se veía al barquero ó al descargador de leña en las barcazas amarradas acá y allá.

No podían distinguirse bien aquellos dos hombres sino desde el muelle de enfrente, y así vistos, el que iba delante hubiera aparecido como un ser erizado, andrajoso, torcido é inquieto, y tiritando bajo una blusa harapienta; y el otro, como un personaje clásico y oficial, con la levita de la autoridad abrochada hasta la barba.

El lector reconocerá quizás á estos dos hombres viéndoles más cerca.

¿Qué objeto se proponía el último?

Probablemente suministrar al primero ropa de más abrigo.

Cuando un hombre vestido por el Estado persigue á otro hombre harapiento, es con el objeto de convertirle también en hombre vestido por el Estado. La cuestión estriba tan sólo en el color. El traje azul se considera glorioso; el encarnado denigrante.

Hay una púrpura que procede de abajo.

Era probablemente algún disgusto, y algo de esta púrpura lo que el primero deseaba evitar.

Si el otro le permitía ir delante y no se apoderaba de él aún, era, según las apariencias, con la esperanza de ver cómo se dirigía á alguna cita significativa, ó á algún grupo que fuese buena presa.

Esta operación delicada se llama «acechamiento».

Lo que hace probable esta conjetura, es que el hombre de la levita abrochada, divisando desde el ribazo un coche de alquiler que iba vacío hizo alguna indicación al cochero.

Éste la comprendió; y conociendo evidentemente con quién se las había, cambió de dirección, y empezó á seguir poco á poco desde lo alto del muelle á aquellos dos hombres.

De esto no se enteró el personaje de mala traza y harapiento que iba delante.

El coche pasaba junto á los árboles de los Campos Elíseos, y por encima del parapeto se veía pasar el busto del cochero con la fusta en la mano.

En una de las instrucciones secretas de la policía á los agentes, se lee este artículo: «Tener siempre dispuestos un carruaje de plaza por si fuese necesario».

Maniobrando cada cual por su parte con estrategia irreprochable, acercábanse aquellos dos individuos á una rampa del muelle que descendía hasta el ribazo, la que permitía entonces á los cocheros que venían de Passy llevar á beber al río á sus caballos. Dicha rampa se ha suprimido después, por exigirlo así la simetría. Los caballos se mueren de sed, pero la vista goza.

Era verosímil que el hombre de blusa subiese por la rampa, á fin de intentar la evasión por los Campos Elíseos, sitio lleno de árboles; pero en cambio muy frecuentado por agentes de policía, y en el cual podía el otro encontrar fácilmente quien le ayudara.

Este punto del muelle dista muy poco de la casa traída de Moret á París en 1824 por el coronel Brack, y denominada casa de Francisco I. Allí cerca había un cuerpo de guardia.

Con gran sorpresa de su observador, el hombre _filado_ no tomó por la rampa del abrevadero, sino que continuó avanzando por el ribazo á lo largo del muelle.

Evidentemente su posición iba resultando crítica.

¿Qué iba á hacer, salvo no arrojarse al Sena?

Ya no había forma de volver á subir al muelle; ni rampa, ni escalera; y estaban ya próximos al sitio marcado por el ángulo del río hacia el puente de Jena, donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en una débil lengua perdiéndose en el agua.

Allí iba inevitablemente á encontrarse bloqueado entre el muro perpendicular á la derecha, el río á la izquierda y enfrente, y la autoridad á la espalda.

Es cierto que el término del ribazo estaba oculto á la vista por un montón de escombros de seis á siete pies de altura, producto de no se sabe qué demolición. Pero ¿esperaba aquel hombre poderse esconder con provecho en un sitio donde no había para descubrirle, más que dar la vuelta? El recurso hubiera sido pueril. Él no soñaba de seguro en ello; la inocencia de los ladrones no llega á tal extremo.

Aquel montón de ruinas formaba al borde del agua una especie de eminencia que se extendía como un promontorio hasta la pared del muelle.

El hombre perseguido llegó á la pequeña colina y la dobló, dejando entonces de ser visto por el otro.

Este último aprovechó el momento en que ni veía ni le veían, y dejando disimulos aparte, se puso á caminar con rapidez. En breves instantes llegó junto á los escombros, dió la vuelta al montón, y quedóse estupefacto.

El hombre á quien perseguía no estaba allí.

Eclipse total del hombre de la blusa.

El ribazo apenas tenía, desde el montón de escombros, unos treinta pasos más; sumergíase allí en el agua que batía la pared del muelle.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que le viese su perseguidor. ¿Qué se había hecho, pues?

El hombre del levitón abrochado caminó hasta la punta del ribazo, y permaneció allí un instante pensativo, con los puños convulsos, y registrándolo todo con los ojos.

De improviso se dió un golpe en la frente, pues acababa de percibir, en el sitio donde terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro ancha y baja, arqueada, provista de una enorme cerradura y de tres sólidos goznes. Aquella reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río lo mismo que al ribazo. Por debajo pasaba un arroyo negruzco que iba á desaguar en el Sena.

Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y obscuro. El hombre se cruzó de brazos y miró la reja con el aire de quien se echa algo en cara.

Como no bastaba mirar trató de empujarla; sacudió fuertemente la reja, pero ésta resistió el empuje.

Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido alguno; cosa rara, tratándose de una reja tan pesada; de todos modos no había duda de que la habían vuelto á cerrar. Esto indicaba que aquél para quien había girado sobre los goznes tenía, no una ganzúa, sino una llave.

Pronto asaltó esta evidencia al espíritu del hombre que se esforzaba en violentar la reja, pues prorumpió indignado en el siguiente epifonema:

--¡Esto sí que es grave! ¡Una llave del gobierno!

Luego, calmándose de súbito, expresó todo un mundo interior de ideas con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente:

--¡Ta... ta... ta... ta!

Dicho esto, esperando, no se sabe si ver salir al de la blusa, ó entrar otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la rabia paciente de un perro de muestra.

Por su parte, el carruaje de plaza, que seguía todas sus evoluciones, se paró junto al parapeto.

El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni dos minutos, ató el húmedo saco de avena al hocico de sus caballos, ese saco tan conocido de los parisienses á quienes los gobiernos, sea dicho entre paréntesis, suelen ponérselo algunas veces.

Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza antes de alejarse, fijándose un instante en aquellos dos detalles inmóviles del paisaje: hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.

IV =También lleva su cruz=

Juan Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no se detuvo más.

Era una marcha que se hacía más dificultosa á cada paso. El nivel de aquellas bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y seis pulgadas, habiendo sido calculada para la estatura de un hombre. Juan Valjean se veía pues obligado á doblarse, por temor de que Mario diese contra la bóveda. Á cada instante tenía que bajarse, volviendo á enderezarse luego, é iba sin cesar tentando la pared.

La humedad de las piedras y la viscosidad del piso eran malos puntos de apoyo, así para la mano, como para el pie.

Tropezaba en el fiemo de la ciudad.

Los intermitentes reflejos de los respiraderos no aparecían sino á larguísimos intervalos, y tan débiles, que el sol en su mayor fuerza semejaba la claridad de la luna.

Lo demás era niebla, miasma, obscuridad, negrura.

Juan Valjean tenía hambre y sed; sed sobre todo; pero como en el mar, había allí mucha agua de la que no se podía beber. Su fuerza, prodigiosa, como ya sabemos, y muy poco debilitada por la edad, gracias á una vida casta y sobria, empezaba, sin embargo, á abandonarle. Sobreveníale la fatiga, y á medida que perdía vigor aumentábase el peso de la carga. Mario, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos inertes.

Juan Valjean le sostenía de manera que el pecho no se le oprimiese del todo ó que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía deslizársele las ratas rápidamente por entre las piernas. Una se asustó hasta el extremo de querer morderle.

De cuando en cuando llegaban hasta él ráfagas de aire fresco procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le reanimaban.

Podrían ser como las tres de la tarde cuando entró en la cloaca de circunvalación.

Al principio le sorprendió aquel ensanchamiento repentino. Encontróse de súbito en una galería, cuyas paredes no alcanzaba tocar con los brazos abiertos, y bajo una bóveda mucho más alta que él.

La Gran Cloaca tiene efectivamente ocho pies de ancho por siete de alto.

En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con la Gran Cloaca, otras dos galerías subterráneas, la de la calle de Provence y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías, cualquiera menos sagaz hubiera vacilado. Juan Valjean eligió la más ancha; es decir, la alcantarilla de circunvalación.

Pero renovábase la duda entre subir ó bajar. Calculó que la situación era apurada, y que necesitaba á todo trance llegar al Sena, ó lo que era lo mismo, bajar. Torció, pues, á la izquierda.

Acertó pues atinadamente; porque hubiera sido un error imaginar que la alcantarilla de circunvalación tuviese dos salidas, una hacia Bercy y otra hacia Passy. Como lo indica su nombre, es la que circuye subterráneamente á París del lado de la orilla derecha.

La Gran Cloaca, que no es sino el antiguo arroyo Menilmontant, va á parar, subiendo á un callejón sin salida, esto es, al primitivo punto de partida, á su origen, al pie del cerrillo Menilmontant.

No se comunica directamente con el ramal que recoge las aguas de París en el barrio de Popincourt, y que desemboca en el Sena por la alcantarilla Amelot, por encima de la antigua isla de Louviers.

Este ramal, que completa el albañal colector, se halla separado de él, bajo la misma calle de Menilmontant, por un paredón que indica el punto en que se dividen las aguas río abajo y río arriba.

Si Juan Valjean hubiese optado por subir, habría llegado, después de mil esfuerzos, aniquilado de fatiga, espirando en las tinieblas, á una pared; y habría estado perdido sin remedio.

En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de Filles-du Calvaire, á condición de no titubear en la pata de ganso subterránea de la encrucijada Boucherat; tomando por el corredor de San Luis, después á la izquierda, por el ramal de San Gil, y torciendo luego á la derecha, procurando evitar la galería de San Sebastián, hubiera podido llegar á la alcantarilla Amelot, y desde allí, no extraviándose en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir al Sena junto al Arsenal. Pero para esto era indispensable conocer á fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora de las alcantarillas. Debemos, no obstante, repetirlo, él ignoraba la disposición de aquel horrible alcantarillado por donde caminaba; y si se le hubiese preguntado dónde se hallaba, habría respondido: en la noche.

Su instinto le servía perfectamente. Bajar era realmente la única salvación posible.

Dejó á la derecha los dos pasillos que se ramifican en figura de grifo bajo la calle Laffitte y la de San Jorge, y el largo corredor bifurcado de la Chaussée d'Antin.

No mucho más allá de un afluente, que era, al parecer, el ramal de la Magdalena, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva. Juan Valjean, con la suavidad de movimientos que pondría un hermano tratándose de un hermano herido, dejó á Mario sobre el andén de la alcantarilla. El rostro ensangrentado de Mario apareció á la blanca luz del respiradero como en el fondo de una tumba.

Tenía los ojos cerrados, los cabellos pegados á las sienes como pinceles secos empapados de rojo, las manos caídas y muertas, los miembros fríos, la sangre coagulada al borde de los labios.

Se había formado un gran cuajarón de sangre pegado al lazo de la corbata; la camisa penetraba en las heridas, y el paño del traje rozaba por las aberturas en la carne viva.

Juan Valjean, separando con la punta de los dedos la ropa, le puso la mano en el pecho, y vió que aún latía el corazón.