Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 50
Así fué como á principios de este siglo la sociedad vieja limpió su fondo interior, engalanando su albañal. Siempre fué ello un limpión.
Tortuoso, agrietado, desempedrado, cuarteado, lleno de baches, atravesado por recodos extraños, subiendo y bajando sin lógica, fétido, salvaje, feroz, sumido en la obscuridad, con cicatrices en sus baldosas y cuchilladas en sus muros, espantoso; tal era, visto retrospectivamente, el antiguo alcantarillado de París.
Ramificaciones en todos sentidos, cruzamientos de zanjas, empalmes, patas de ganso, estrellas, como en las zapas, recodos, callejones sin salida, bóvedas salitradas, sumideros infectos, rezumos herpéticos en los techos, tinieblas; nada igualaba al horror de aquella antigua cripta exutoria, aparato digestivo de Babilonia, antro, foso, abismo trepado de calles, topera titánica donde el espíritu cree ver vagar, á través de la sombra, entre inmundicias que fueron esplendores, el enorme topo ciego de lo pasado.
Esto, lo repetimos, era el alcantarillado de otros tiempos.
V =Progreso actual=
Hoy día el alcantarillado es regular, limpio, frío, directo y suficiente. Realiza casi el ideal de lo que se entiende en Inglaterra por la palabra «respetable». No se aparta de las reglas, tiene el color parduzco, está tirado á cordel, é íbamos á decir que... de veinticinco alfileres.
Parécese á un proveedor convertido en consejero de Estado.
Se ve casi claro. El fango se porta decentemente.
Á primera vista se le podría confundir con uno de aquellos corredores subterráneos tan comunes en lo antiguo y tan útiles para las fugas de monarcas y príncipes, en aquellos buenos tiempos «en que el pueblo amaba á sus reyes».
El albañal actual es un hermoso albañal; reina en él el estilo puro; el clásico alejandrino rectilíneo que, expulsado de la poesía, parece haberse refugiado en la arquitectura; se diría que quiere mezclarse en todas las piedras de esa larga bóveda tenebrosa y blanquizca; cada desagüe es una arcada; la construcción de la calle de Rívoli forma escuela hasta para una cloaca.
Por lo demás, en ninguna parte está más en su lugar la línea geométrica que en la vía estercolaria de una gran ciudad. Allí todo debe subordinarse al camino más corto.
La alcantarilla ha tomado hoy cierto aspecto oficial. La misma policía en sus informes, cuando tiene que hablar de ella, no le falta al respeto. Las palabras que la caracterizan en el lenguaje administrativo son dignas y elevadas. Lo que antes se llamaba tripa, se llama hoy galería; lo que antes llevaba el nombre de agujero, hoy lleva el de atabe. Si llegaba el caso no conocería el mismo Villon su antigua morada.
Esa red de cuevas sigue teniendo, por supuesto, su inmemorial población de roedores, más bullidora que nunca; de vez en cuando una rata vieja asoma la cabeza por la ventana de la alcantarilla, y examina á los parisienses; pero aún esa polilla se domestica, encontrándose satisfecha de su palacio subterráneo. No le queda nada á la cloaca de su primitiva ferocidad. La lluvia, que ensuciaba el albañal del pasado, lava el del presente.
Sin embargo, no hay que fiar en él demasiado. Los miasmas lo habitan todavía. Es más bien hipócrita que irreprochable.
Por más que se empeñe la prefectura de policía y la junta de Sanidad, á pesar de todos los procedimientos empleados, exhala siempre cierto olorcillo vago y sospechoso como Tartuffe después de la confesión.
Convengamos, no obstante, en que, como la limpieza es un homenaje que el albañal tributa á la civilización, y como, bajo este punto de vista, la conciencia de Tartuffe es un progreso sobre el establo de Augias, ello es cierto que el alcantarillado de París ha mejorado.
Es más que progreso; es una trasmutación.
Entre la antigua cloaca y el alcantarillado actual, media una revolución. ¿Quién hizo esa revolución?
El hombre á quien tiene olvidado todo el mundo, y que hemos nombrado ya, Bruneseau.
VI =Progreso futuro=
La abertura del alcantarillado de París no ha sido una obra insignificante. Los últimos diez siglos han estado trabajando sin poder terminarla, como tampoco han podido acabar á París. La cloaca sigue como por repercusión el desarrollo de París. Es, en la tierra, una especie de pólipo tenebroso de mil arterias, que crece debajo, al par que crece encima la gran ciudad. Siempre que la ciudad abre una nueva vía, el albañal alarga el brazo.
La vieja monarquía no había construido sino veintitrés mil trescientos metros de alcantarilla; á ese término había llegado París el 1.º de enero de 1806.
Partiendo de esa época, de la que volveremos á ocuparnos luego, la obra ha sido conveniente y enérgicamente reformada y continuada. Napoleón construyó (los guarismos son siempre curiosos) cuatro mil ochocientos cuatro metros; Luis XVIII, cinco mil setecientos nueve; Carlos X, diez mil ochocientos treinta y seis; Luis Felipe, ochenta y nueve mil veinte; la república de 1848, veintitrés mil trescientos ochenta y uno; el régimen actual, setenta mil quinientos; total, hasta la fecha, doscientos veintiséis mil seiscientos diez metros; sesenta leguas de alcantarillado. Entrañas enormes de París; ramificación obscura y siempre activa; construcción ignorada é inmensa.
Como se ve, pues, el laberinto subterráneo de París, es hoy más que décuplo de lo que era al empezar el siglo. No es fácil figurarse la perseverancia y los esfuerzos que han sido necesarios para conducir esa cloaca al punto de perfección relativa en que hoy se encuentra.
Con gran dificultad había el antiguo prebostazgo monárquico, y en los diez últimos años del siglo XVIII el corregimiento revolucionario, conseguido abrir las cinco únicas, aunque no insignificantes, leguas de albañal que existían antes de 1806. Toda clase de obstáculos embarazaban esa operación; los unos, propios de la naturaleza del terreno, los otros, inherentes á las preocupaciones mismas de la laboriosa población de París.
Encuéntrase París edificado sobre un terreno extraordinariamente rebelde á la piqueta, á la sonda, á toda operación humana. Nada más difícil que perforar y penetrar esa formación geológica á la cual se superpone la maravillosa formación histórica llamada París. En cuanto la mano de obra, bajo una forma cualquiera, se empeña y aventura con esa capa de aluviones; parece que crean las resistencias subterráneas.
Son todo ello arcillas líquidas, manantiales vivos, rocas duras, légamos blandos y profundos que la ciencia especial llama mostazas. El pico adelanta difícilmente en las capas calcáreas, que alternan con hilos de greda muy sutiles y sedimentos esquistosos á manera de hojas incrustadas de conchas de ostras, contemporáneas de los océanos preadamitas.
Á veces, un arroyo hace reventar de improviso la bóveda principiada, é inunda á los trabajadores, ó alguna irrupción de marga se abre paso lanzándose con la furia de una catarata, y rompe como frágil vidrio las más fuertes vigas de sostenimiento.
Recientemente, en la Villette, cuando fué preciso, sin interrumpir la corriente ni variar el cauce, hacer pasar la cloaca colectora por debajo del canal de San Martín, se abrió una grieta en el fondo del canal, cayendo de repente el agua en la excavación subterránea, sin que bastasen las bombas á detener la inundación.
Hubo que apelar á un buzo, el cual, con no poco trabajo logró tapar al fin la grieta que estaba en la embocadura del gran estanque.
Por otro lado, junto al Sena, y también bastante lejos del río, como por ejemplo en Belleville, en la Gran Vía, como en el pasaje Lunière, existen arenas sin fondo, donde un hombre puede hundirse y desaparecer á ojos vistos.
Agréguese á todo esto la asfixia por los miasmas y al quedar enterrado por hundimientos y desprendimientos repentinos. Agréguese igualmente el tifus, de que los trabajadores se impregnan lentamente.
En nuestros días, después de haber abierto la galería de Clichy, con banqueta para recibir una cañería matriz de agua del Ourcq, trabajo ejecutado en zanja, á diez metros de profundidad; después de haber, á pesar de los derrumbamientos, y con ayuda de las excavaciones frecuentemente pútridas, y de los acodalamientos, abovedado el arroyo de la Bièvre desde el boulevard del Hospital hasta el Sena; después de haber, con el fin de librar á París de las aguas torrenciales de Montmartre, y dar salida á ese lago fluvial de nueve hectáreas que se corrompía junto á la puerta de los Mártires; después de haber, decimos, construido la línea de alcantarillado desde la puerta blanca al camino de Aubervilliers, en cuatro meses, trabajando día y noche, á la profundidad de once metros; después de haber, cosa no vista hasta entonces, hecho subterráneamente un albañal en la calle de Barre du Bec, sin zanja á seis metros debajo del suelo, murió el constructor Monnot.
Después de haber abovedado tres mil metros de alcantarilla en todos los puntos de la ciudad, desde la calle Traversière Saint Antoine á la calle de de Lourcine; después de haber, por medio del empalme de la Arbalète, evitado las inundaciones pluviales en la encrucijada Censier-Mouffetard; después de haber construido la alcantarilla de San Jorge sobre cimientos de rocas y hormigón en arenas movedizas; después de haber dirigido el temible descenso de empalme del ramal de Nuestra Señora de Nazareth, el ingeniero Duleau murió también.
Y sin embargo, no existen boletines para esos actos de valor mucho más útiles que la brutal carnicería de los campos de batalla.
Las alcantarillas de París, en 1832, distaban mucho de ser lo que son hoy día. Bruneseau había dado el impulso; pero se necesitaba el cólera para determinar la vasta construcción que después se ha llevado á efecto.
Sorprende oir decir, por ejemplo, que, en 1821, parte de la cloaca de circunvalación llamada el Gran Canal, como en Venecia, se corrompía aún al aire libre, en la calle de Gourdes.
En 1823, fué cuando la ciudad de París encontró en sus bolsillos los doscientos sesenta y seis mil ochenta francos y seis sueldos necesarios para cubrir semejante inmundicia. Los tres pozos absorbentes del Combat, de la Cunette y de Saint Mandé, con sus desagües, aparatos, desatranques y ramales depuratorios, no datan de antes de 1836.
La vialidad intestinal de París ha sido hecha de nuevo, y como ya lo hemos dicho, se ha más que decuplicado en un cuarto de siglo.
Hace treinta años, durante la época de la insurrección del 5 y 6 de junio, existía aún, en muchos parajes, el alcantarillado antiguo. Gran número de calles abovedadas hoy día, eran entonces zanjas abiertas.
Veíase frecuentemente en el punto adonde iban á parar las vertientes de una calle ó de una encrucijada, grandes rejas cuadradas y provistas de gruesos barrotes, cuyo hierro lucía bruñido por los pasos de la multitud, peligrosas y resbaladizas para las caballerías de los carruajes.
El lenguaje oficial de puentes y caminos daba á esas pendientes y á esas rejas el nombre expresivo de quebraderos.
En 1832, en una infinidad de calles, como las de la Estrella, San Luis, el Temple, Vieja del Temple, Nuestra Señora de Nazareth, Folie Mericourt, muelle de las Flores, calle del Petit Musc, Normandía, Pont aux-Biches, Marais, San Martín, Nuestra Señora de las Victorias, Faubourg-Monmartre, Grange Batelière, en los Campos Elíseos, calle Jacob y Tournon, la antigua cloaca gótica mostraba aún solamente sus golas.
No eran éstas sino enormes aberturas de piedra, rodeadas á veces de guarda ruedas descaradamente monumentales.
París, en 1806, no tenía casi mayor número de alcantarillas que el comprobado en mayo de 1663; cinco mil trescientas veintiocho toesas. Después de Bruneseau, en 1.º de enero de 1832, tenía cuarenta mil tres cientos metros.
De 1806 á 1831 se habían construido anualmente por término medio setecientos cincuenta metros.
En los años posteriores ha correspondido á cada año de ocho á diez mil metros de galería, todo de mampostería, revestido de cal hidráulica sobre base de hormigón. Á doscientos francos el metro, las sesenta leguas de alcantarilla del París actual representan cuarenta y ocho millones.
Además del progreso económico que al principio hemos indicado, asócianse graves problemas de higiene pública á esta inmensa cuestión: el alcantarillado de París.
París está entre dos capas: una de agua y otra de aire. La capa de agua, extendida á una profundidad bastante grande, pero que ha sido ya sondada por dos perforos, proviene de las vetas de asperón verde, situadas entre la creta y el calcáreo jurásico.
Todas esas vetas pueden representarse por un disco cuyo radio mida veinticinco leguas; en él se rezuman multitud de ríos y arroyuelos; de manera que en un vaso de agua del pozo de Grenelle se bebe el Sena, el Marne, el Yonna, el Oise, el Aisne, el Cher, el Vienne y el Loira.
La capa de agua es saludable; viene primero del cielo y luego de la tierra.
La capa de aire es malsana; viene del albañal. Todos los miasmas de la cloaca se mezclan á la respiración de la ciudad; de ahí el mal aliento.
El aire respirado junto á un estercolero, está probado: es, científicamente, más puro que el aire que se respira en París.
En un tiempo dado, con la ayuda del progreso, perfeccionándose después los mecanismos y difundiéndose la claridad científica, se empleará la capa de agua en purificar la capa de aire; es decir, en lavar las alcantarillas.
Sabido es lo que entendemos por lavar las alcantarillas, esto es, restituir el fango á la tierra, el estiércol al suelo y el abono á los campos. Resultará de este solo hecho puesto en práctica, para toda la comunidad social, disminución de miseria y aumento de salud.
Hoy por hoy, la irradiación de las enfermedades de París se extiende á cincuenta leguas en derredor del Louvre, tomado este edificio como centro de ese círculo pestilencial.
Pudiera decirse que, desde hace diez siglos, es la cloaca la enfermedad de París. El albañal es el vicio que la ciudad tiene en la sangre. El instinto popular no se ha engañado nunca. El oficio de pocero era en otro tiempo casi tan peligroso y repugnante al pueblo, como el de matarife carnicero, por tanto tiempo reputado horrible y cedido al verdugo.
Necesitábase pagarlo muy bien para que un albañil se decidiese á bajar aquellas minas fétidas; el pocero vacilaba siempre al colocar su escalera; y era proverbial el dicho: _bajar á la alcantarilla es bajar á la fosa_. Distintas leyendas de todas clases, como hemos dicho, llenaban de espanto aquel tragadero colosal; temible sentina que á la huella de las revoluciones del globo, como de las revoluciones del hombre, une los vestigios de todos los cataclismos, desde las conchas del diluvio hasta el harapo de Marat.
LIBRO TERCERO CIENO Y ALMA
I =La cloaca y sus sorpresas=
Era en el alcantarillado de París donde se encontraba Juan Valjean.
Otra de las semejanzas de París con el mar. El buzo puede desaparecer en él como en el océano.
La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Juan Valjean había salido de ella, y en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo preciso de levantar una tapa y volverla á dejar caer, había pasado de la luz á las tinieblas, del medio día á la media noche, del estrépito al silencio, del torbellino de los truenos al estancamiento de la tumba; y por una peripecia más prodigiosa aún que la de la calle de Polonceau, del extremo del peligro á la seguridad más absoluta.
Caída violenta en una cueva; desaparición en los calabozos perdidos de París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se veía la muerte, por una especie de sepulcro, donde debía encontrar la vida, fué un instante extraordinario.
Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando estupefacto.
Habíase abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación, cogiéndole, digámoslo así, á traición la bondad celeste. ¡Adorables emboscadas de la Providencia!
Solamente que el herido no se movía, y Juan Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo en aquella fosa, era un vivo ó un muerto.
Su primera sensación fué la de que estaba ciego. Repentinamente no vió nada más. Parecióle también que en un minuto se había vuelto sordo. Nada oía.
El frenético huracán de matanza que se desencadenaba á algunos pasos de allí no llegaba hasta él; ya lo hemos dicho, gracias al espesor de la tierra que le separaba de la escena, si no apagado y confuso como un rumor en una profundidad.
Conoció únicamente que pisaba sobre terreno sólido; ¿pero era esto suficiente?
Extendió un brazo, luego otro, tocando ambas paredes, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba mojada.
Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar algún agujero, algún sumidero, algún precipicio, cerciorándose de que el embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era el lugar en que se hallaba.
Pasados algunos instantes no estaba ya ciego. Un poco de luz descendía del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado á aquella cueva. Empezó á distinguir algo.
El pasillo donde se había soterrado (ninguna otra palabra expresa mejor la situación), estaba cerrado con pared á su espalda. Era uno de aquellos callejones sin salida que el lenguaje especial llama empalmes.
Tenía delante de sí otra pared, pared de tinieblas. La claridad del respiradero concluía á diez ó doce pasos del punto en que se encontraba Juan Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida á algunos metros de la húmeda pared de la alcantarilla.
Más allá eran las tinieblas compactas; parecía horrible penetrar en ellas, y la entrada tenía visos de inmersión. Sin embargo, podía penetrar en aquella pared de bruma, y hasta era necesario darse prisa á ello.
Juan Valjean calculó que aquella reja que él había visto debajo de los adoquines, era posible que la viesen los soldados. Todo pendía de la casualidad, pues nada podía evitar que los soldados bajasen también al pozo y lo registrasen.
No había momento que perder.
Recogió á Mario del suelo, se lo echó á cuestas y emprendió la marcha, penetrando resueltamente por aquella obscuridad.
La verdad es que estaban menos á salvo de lo que Juan Valjean creía. Aguardábanles peligros de otro género, y no tal vez menores.
Después del torbellino fulgurante de la lucha, la caverna de los miasmas y de las emboscadas; después del caos, la cloaca. Juan Valjean había caído de uno en otro círculo del infierno.
Cuando hubo andado cincuenta pasos, le fué preciso detenerse. Se le ofreció una duda. El pasillo iba á parar á otro ramal con el que tropezaba trasversalmente. Allí se le presentaban dos caminos. ¿Cuál debía elegir? ¿El de la derecha ó el de la izquierda? ¿Cómo orientarse en aquel obscuro laberinto?
Este laberinto, como ya lo hemos hecho notar, tenía un hilo, la pendiente; siguiéndola se iba al río.
Juan Valjean lo comprendió, desde luego.
Pensó que estaba probablemente en la alcantarilla del Mercado; que si tomaba á la izquierda y seguía la pendiente, llegaría antes de un cuarto de hora á alguna boca junto al Sena, entre el puente del Change y el puente Nuevo; es decir, que aparecería en medio del día en el punto más concurrido de París; quizá también iría á parar á algún recodo de encrucijada.
Estupor de los transeúntes al ver surgir del suelo bajo sus pies á dos hombres ensangrentados; llegada inmediata de los gendarmes; alarma del cuerpo de guardia más próximo, y prisión segura antes de haber sacado el cuerpo.
Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la obscuridad, y encomendarse á la Providencia para la salida.
Subió la pendiente, y tomó á la derecha.
Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió á caer ante sus ojos, y volvió á quedar ciego de nuevo. Continuó, sin embargo, avanzando, tan rápidamente como le fué posible.
Los dos brazos de Mario rodeaban el cuello de Juan Valjean, y sus pies colgaban por detrás; Juan Valjean sostenía los brazos con una mano, y con la otra iba tentando la pared.
La mejilla de Mario tocaba, y se pegaba á la suya con la sangre. Sentía correr por encima de él y penetrar sus vestidos una corriente tibia que procedía de Mario. Sin embargo, la sensación de calor húmedo en la oreja próxima á la boca del herido, indicaba que éste respiraba, y de consiguiente que vivía.
El pasillo por donde caminaba Juan Valjean era menos estrecho que el primero. Era el andar bastante penoso. La lluvia del día anterior no se había desaguado aún, y formaba un pequeño torrente en el centro de la cuneta, de suerte que era preciso arrimarse á la pared para no meter los pies en el agua.
Así iba andando Juan Valjean por entre las tinieblas. Parecíase á los seres nocturnos que marchan á tientas en lo invisible, perdidos subterráneamente entre las venas de la sombra.
No obstante, poco á poco, fuese que otros respiraderos lejanos enviasen alguna luz flotante á aquella opaca bruma, fuese que sus ojos se acostumbrasen á la obscuridad, comenzó otra vez á entrever confusamente, ya la pared á que iba arrimado, ya la bóveda por debajo de la cual caminaba.
La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata con la desgracia, y acaba por encontrar á Dios.
Era difícil dirigir el rumbo.
El trazado de las alcantarillas refleja, digámoslo así, el de las calles superpuestas.
Había en el París de aquella época mil doscientas calles. Imagínese debajo de él esa selva de tenebrosas ramas que se denomina alcantarillado.
El total de las alcantarillas existente á la sazón, y colocadas punta con punta, hubiera medido una longitud de once leguas. Hemos dicho antes que la red actual, gracias á la actividad especial de los últimos treinta años, no cuenta menos de sesenta leguas.
Juan Valjean principió por engañarse. Creyó estar debajo de la calle de San Dionisio, y no era así desgraciadamente.
Hay debajo de esa calle una alcantarilla vieja de piedra, que pertenece á los tiempos de Luis XIII, y va en derechura á la cloaca colectora, llamada Gran Cloaca, con un solo codo á la derecha, á la altura del antiguo Patio de los Milagros, y un solo ramal, la alcantarilla de San Martín, cuyos brazos se cortan en forma de cruz. Pero el ramal de la Petite Truanderie, cuya entrada estaba próxima al figón de Corinto, no ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle de San Dionisio; va á parar á la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado Juan Valjean.
Abundaban allí las probabilidades de extraviarse. La alcantarilla Montmartre es una de las intrincadas de la antigua red.
Afortunadamente Juan Valjean había dejado detrás de sí la alcantarilla del Mercado, cuyo plano geométrico figura una multitud de masteleros de juanete entretejidos; pero tenía delante de sí más de un tropiezo embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en efecto) que aparecían en la obscuridad como interrogantes.
Primero; á su izquierda, la vasta alcantarilla Platrière, especie de enredijo chino, que conduce y embrolla su caos de T y de Z por debajo de la casa de correos y de la rotonda de alhóndiga hasta el Sena, donde termina en Y.
Segundo; á su derecha, el corredor en línea curva de la calle del Cuadrante, con sus tres dientes, que son otros tantos callejones sin salida.
Tercero; á su izquierda, el empalme de Mail, complicado, casi desde la entrada, por una especie de horquilla, yendo á parar de zigzags á la gran cripta exutoria del Louvre, abierta y ramificada en todos sentidos.
Por último, á su derecha, el pasillo sin salida de la calle de Jeuneurs, sin contar otros pequeños rincones aquí y acullá antes de llegar á la alcantarilla de circunvalación; era la única capaz de conducirle á alguna salida bastante lejana para poder suponerla segura.