Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 49

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Económicamente, el hecho puede resumirse así: París, canasta agujereada, barril sin fondo.

París, esa ciudad modelo, patrón de las capitales bien construidas, y de la que cada pueblo procura tener una copia, metrópoli de lo ideal, augusta patria de la iniciativa, del impulso y del ensayo, centro y mansión de las inteligencias, ciudad nación, colmena del porvenir, admirable mezcla de Babilonia y de Corinto, haría, bajo el punto de vista que acabamos de indicar, encogerse de hombros al último aldeano del Fo Kian.

Imitad á París, y os arruinaréis.

Por lo demás, particularmente en ese despilfarro inmemorial é insensato, el mismo París no hace más que imitar.

Esas sorprendentes inepcias no son nuevas; la necedad en el presente caso viene de muy lejos.

Los antiguos obraban como los modernos.

«Las cloacas de Roma, dice Liebig, han absorbido todo el bienestar del labrador romano». Cuando la campiña de Roma fué arruinada por el albañal de la ciudad, Roma agotó los recursos de Italia en su cloaca; ejecutando lo propio con Sicilia, Cerdeña y África.

El albañal de Roma se ha tragado al mundo.

Aquella cloaca ofrecía sus tragaderas á la ciudad y al universo: _Urbi et orbi_.

Ciudad eterna, albañal insondable.

En estas como en otras cosas, Roma da el ejemplo. Ejemplo que sigue París con toda la tontería propia de las ciudades ingeniosas.

Para las necesidades de la operación de que hemos hablado, París tiene debajo de sí otro París: un París de alcantarillas, con sus calles, encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y circulación, que es fango, faltando únicamente la forma humana.

Porque no debe adularse á nadie, ni siquiera á un gran pueblo.

Donde hay de todo, se encuentra la ignominia junto á la sublimidad; y si París contiene á Atenas, la ciudad de las luces; á Tiro, la ciudad del poder; á Esparta, la ciudad de las virtudes; á Nínive, la ciudad prodigiosa, contiene igualmente á Lutecia, la ciudad del cieno.

Por otra parte, ahí está impreso también el sello de su poder, y la titánica sentina de París realiza, en medio de sus movimientos, ese ideal extraño realizado en la humanidad por algunos hombres, tales como Maquiavelo, Bacon y Mirabeau: la grandiosidad de lo abyecto.

El suelo subterráneo de París, si la vista pudiera penetrar su superficie, presentaría el aspecto de una madrépora colosal.

La esponja no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra, de seis leguas de circuito, donde descansa la antigua gran ciudad.

Sin hablar de las catacumbas, que son una cueva aparte; sin hablar del inexplicable cruzamiento de las cañerías del gas; sin contar el vasto sistema de tubos que distribuyen el agua á las fuentes públicas, las cloacas forman por sí solas, en ambas orillas del Sena, una prodigiosa red tenebrosa; laberinto cuyo hilo es su misma pendiente.

Allí aparece, entre la húmeda niebla, el ratón, que parece el producto del parto de París.

II =Historia antigua del alcantarillado=

Imaginémonos á París levantado como una tapadera; la red subterránea de las alcantarillas, mirada á vista de pájaro, dibujará en las dos orillas una especie de tallo grueso, injerto en el río. En la orilla derecha, la cloaca de circunvalación será como el tronco de ese tallo, los conductos secundarios serán las ramas y los callejones sin salida las ramitas extremas.

Esta figura es sumaria y no del todo exacta; pues el ángulo recto, que es el ángulo general de este género de ramificaciones subterráneas, es rarísimo en la vegetación.

Podremos formarnos una idea más aproximada de ese extraño plano geométrico, figurándonos ver en el suelo, sobre un fondo de tinieblas, algún caprichoso alfabeto oriental, embrollado como un acertijo, cuyas letras disformes estuviesen unidas unas á otras, en una mezcolanza aparente y como á la ventura, ya por sus ángulos, ya por sus extremos.

Las sentinas y cloacas representaban un gran papel en la Edad media, en el Bajo Imperio y en el antiguo Oriente. La peste nacía en ellos, y los déspotas morían allí. Las multitudes miraban, casi con temor religioso, aquellos lechos de podredumbre, cunas monstruosas de la muerte. El foso de los Gusanos de Benarés no era menos vertiginoso que el Foso de los Leones de Babilonia.

Teglatfalasar, según los libros rabínicos, juraba por la sentina de Nínive.

De la cloaca de Münster hacía salir Juan de Leiden su falsa luna, y del pozo cloaca de Kekhscheb, su menecmo oriental, Mokanna, el profeta encubierto del Korasan, hacía salir su falso sol.

La historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas. Las gemonias eran las crónicas de Roma. La de París ha sido una antigüedad formidable, tan pronto asilo, como sepulcro.

El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas persiguen ó han perseguido, se ha escondido en ese subterráneo: los apaleadores del siglo XIV, los capeadores del XV, los hugonotes del XVI, los iluminados de Morin en el XVI, los fuelleros del XVIII.

Hace cien años salía de allí la puñalada nocturna, y allí se deslizaba el ratero para salvarse del peligro. El bosque tenía la caverna y París la alcantarilla.

El truán, ese pícaro galo, aceptaba la alcantarilla como sucursal del Patio de los Milagros, y por la noche, ruin y feroz, entraba en el vomitorio de Maubuée como en una alcoba.

Era natural que los que tenían por lugar de faena cotidiana el callejón sin salida de Vide Gousset (limpia bolsillos) ó la calle de Coupe Gorge (corta cabezas), tuviesen por domicilio nocturno el puentecillo de Camino Verde ó la huronera de Hurepoix. De ahí surge un enjambre de recuerdos.

Fantasmas de todas clases frecuentan esos largos corredores solitarios; en todas partes la podredumbre y el miasma, acá y allá un respiradero, donde Villon, de adentro, habla con Rabelais, de afuera.

La cloaca del antiguo París es el punto de reunión de todos los aniquilamientos y de todos los ensayos. La economía política ve en él un _detritus_, y la filosofía social un residuo.

La cloaca es la conciencia de la población. Todo converge en ella y se confronta.

Existen en ese lugar lívido, tinieblas, pero no secretos. Cada cosa tiene allí su verdadera forma, ó al menos su forma definitiva.

El montón de inmundicias puede alegar en su favor que no es mentiroso. La ingenuidad se ha refugiado allí.

En él se encuentra la máscara de Basilio; pero enseñando el cartón y los alambres, lo de dentro como lo de fuera, realzado todo por el cieno de la honra. La nariz postiza de Scapin se encuentra allí cercana.

Todas las trampas de la civilización, cuando ya no sirven, caen en ese foso de verdad, á donde va á parar el inmenso desagüe social. Se sumergen en él, pero se ponen de manifiesto al mismo tiempo. Esa mezcla es una confesión. Allí no hay ya falsas apariencias; no hay afeite ni disfraz posibles; la basura arroja su camisa; desnudez absoluta, disipación de ilusiones; nada parece más que lo que es, con la siniestra manifestación de lo que acaba.

Realidad y desaparición.

Allí un pedazo de botella confiesa los excesos de la embriaguez; el asa de una cesta cuenta la domesticidad; el corazón de manzana que ha tenido opiniones literarias, vuelve á ser corazón de manzana; la efigie del ochavo se cubre francamente de verdín; el salivazo de Caifás se encuentra con el vómito de Falstaff; el reluciente luis de oro que sale del garito choca con el clavo mohoso del que cuelga el cabo de cuerda del suicidio; un feto lívido rueda por allí envuelto con las lentejuelas que bailaron en la Ópera el último martes de Carnaval; una toga que ha juzgado á los hombres, se revuelca junto á un harapo que fué basquiña de una cortesana.

Aquello pasa de fraternidad, es un tuteamiento inmenso. Todo lo que antes se acicalaba, anda embrutecido. Se ha arrancado el último velo. La cloaca viene á ser un cínico. Todo lo dice.

Esta sinceridad de la inmundicia nos agrada porque alivia al alma.

Cuando se ha vivido teniendo que soportar en la tierra el espectáculo de esa grande importancia que se atribuyen la razón de Estado, el juramento, la ciencia política, la justicia humana, la probidad profesional, las austeridades de situación, las togas incorruptibles, no deja de ser un consuelo el entrar en una cloaca y verlo entre el fango que le corresponde.

Es, al mismo tiempo, una enseñanza.

Ya lo hemos dicho; la historia pasa por la cloaca.

Las matanzas como la de San Bartolomé, van filtrando gota á gota entre los adoquines. Los grandes asesinatos públicos, las matanzas políticas y religiosas atraviesan ese subterráneo de la civilización, y arrojan sus cadáveres en él. Para el pensador, todos los asesinos históricos están allí, en la horrible penumbra, de rodillas, con un pedazo de sudario por delantal, lavando lúgubremente con la esponja las manchas de sus crímenes.

Luis XI está allí en compañía de Tristán, Francisco I con Duprat, Carlos IX con su madre, Richelieu con Luis XIII; allí está Louvois, allí está Letellier, allí Hebert y Maillard, escarbando las piedras por si consiguen que desaparezca la huella de sus hechos.

Bajo las bóvedas se oye la escoba de esos espectros. Respírase en ellas la enorme fetidez de las catástrofes sociales. Vense en sus ángulos reflejos rojizos. Corre allí el agua terrible, donde se han lavado las sangrientas manos.

El observador social debe penetrar en estos sombríos parajes, puesto que forman parte de su laboratorio. La filosofía es el microscopio del pensamiento.

Todo quiere huir de ella, pero no se le escapa nada. Inútil es tergiversar. ¿Qué lado de sí mismo es el que se manifiesta cuando se tergiversa? El de la vergüenza. La filosofía persigue con su proba mirada al mal, y no le permite que se desvanezca en la nada. En el eclipse de las cosas que desaparecen, en el apocamiento de las cosas que se extinguen, lo reconoce todo. Adivina la púrpura por el andrajo, y la mujer por el harapo. Con la cloaca reedifica la ciudad, y con el cieno rehace las costumbres.

Por los tiestos deduce el ánfora ó el cántaro.

Conoce por la marca de la uña en el pergamino la diferencia entre la judería de la Judengasse y la judería del Ghetto. En lo que resta encuentra lo que ha sido; el bien, el mal, lo falso, lo verdadero, la mancha de sangre del palacio, el borrón de tinta en la caverna, la gota de sebo del lupanar, las pruebas sufridas, las tentaciones conseguidas, las orgías vomitadas, el pliegue de los caracteres al doblegarse, la huella de la prostitución en las almas que la grosería ha hecho posibles, y en la túnica de los faquines de Roma la marca de los codazos de Mesalina.

III =Bruneseau=

El alcantarillado de París, en la Edad Media, era legendario. En el siglo XVI, Enrique II intentó un reconocimiento que fracasó. No hace cien años, según testimonio de Mercier, la cloaca quedó abandonada á sí misma, llegando á suceder lo que suceder debía buenamente.

El antiguo París estaba entregado á las disputas, á las indecisiones y á los ensayos. Fué durante mucho tiempo bastante torpe. Después vino el 89 á mostrar cómo adquieren ingenio las ciudades. Pero antiguamente, la capital tenía poquísima cabeza; no sabía realizar sus asuntos ni moral ni materialmente, y lo mismo ignoraba cómo había de barrer las inmundicias, que cómo debía de extirpar los abusos. Todo era obstáculo; todo dudas. Por ejemplo, la alcantarilla era refractaria á todo itinerario. No se orientaba uno mejor en el muladar que se entendía en la ciudad; por encima lo ininteligible, por debajo lo intrincado, confusión de lenguas arriba y abajo, confusión en los subterráneos; Babel sobre Dédalo.

Á veces se le ocurría á la cloaca de París desbordarse, como si aquel desconocido Nilo montase de repente en cólera. Había la infamia de las inundaciones de cloacas.

Muchas veces aquel estómago de la civilización digería mal; la cloaca refluía al paladar de la ciudad, y París tenía el resabor de su fango.

Estas semejanzas de la alcantarilla con el remordimiento eran buenas, en cuanto eran otros tantos avisos; pero se recibían mal, pues la ciudad se indignaba de que su cieno manifestara tanta audacia, y no se avenía con aquella aparición de la basura. Era pues arrojarla lo mejor.

La inundación de 1802 es uno de los actuales recuerdos de los parisienses octogenarios.

El fango se derramó por la plaza de las Victorias, donde se halla la estatua de Luis XIV; entró en la calle de San Honorato por las dos bocas de los Campos Elíseos, en la calle de San Florentino por la cloaca del mismo nombre, en la calle de Pierre-à-Paisson por el de la Sonnerie, en la calle de Popincourt por el del Chemin Vert, en la calle de la Roquette por el de la calle de Lappe; cubrió las losas de la calle de los Campos Elíseos hasta la altura de treinta y cinco centímetros, y al mediodía, funcionando por el vomitorio del Sena en sentido inverso, penetró en la calle de Mazarino, en la de Echaudé y en la de Marais, donde se detuvo á una distancia de ciento nueve metros, precisamente á pocos pasos de la casa que había habitado Racine, respetando, del siglo XVII, al poeta mejor que al rey.

Llegó al máximo de profundidad en la calle de San Pedro, donde se elevó tres pies por sobre las baldosas de la esclusa, y al máximo de extensión en la calle de San Sabino, donde se ostentó en una longitud de doscientos treinta y ocho metros.

Á principios del siglo actual, la alcantarilla de París era todavía un lugar misterioso. El cieno no puede gozar nunca de buena reputación; pero aquí la mala faena llegaba hasta el terror. París sabía confusamente que tenía debajo de sí un terrible subterráneo.

Hablábase de él como de aquel charco monstruoso de Tebas, donde pululaban escoloprendas de quince pies de largo, el cual hubiera podido servir de baño á Behemoth.

Las grandes botas de los poceros no se aventuraban nunca más allá de ciertos puntos conocidos. Estaba aún muy reciente el tiempo que los carros de inmundicia (de lo alto de las cuales Sainte Foix fraternizaba con el marqués de Crequi), se vaciaban sencillamente en la alcantarilla.

En cuanto á la limpieza, confiábase este cuidado á los chaparrones, que antes amontonaban que barrían.

Roma, al menos, concedía alguna poesía á su cloaca, dándole el nombre de Gemonias; pero París insultaba á la suya, llamándola el agujero fétido.

La ciencia y la superstición marchaban de acuerdo respecto al horror. El agujero fétido no repugnaba menos á la higiene que á la leyenda.

El monje regañón había aparecido bajo la bóveda hedionda de la alcantarilla de Mouffetard; los cadáveres de los Marmousets habían sido arrojados en la cloaca de la Barillerie; Fagon atribuyó la terrible fiebre maligna de 1685 á la gran hendidura de la alcantarilla del Marais, que permaneció descubierta hasta 1833 en la calle de San Luis, casi á la muestra del Galante Mensajero. La boca de la alcantarilla de la calle de la Mortellerie era célebre por las pestes que de allí salían; con su reja de hierro, cuyas puntas se asemejaban á una hilera de dientes; venía á ser aquella fatal calle unas fauces de dragón lanzando el infierno sobre los hombres.

La imaginación popular daba realce al sombrío desagüe parisiense con cierta horrible mezcla de infinito.

La cloaca carecía de fondo. Era como el abismo del Ática. La idea de explorar aquellas regiones pestíferas no se le ocurría á la policía.

Atreverse con lo desconocido, echar la sonda entre aquellas tinieblas, ó marchar en descubrimiento de aquel sumidero, ¿quién había de ser el atrevido?

Era espantoso. Presentóse, sin embargo, alguien. La cloaca tuvo pues su Cristóbal Colón.

Un día de 1805, en una de esas raras apariciones que el emperador hacía en París, el ministro de lo Interior, un Decrés ó un Cretet cualquiera, asistió á la audiencia matinal del señor.

Oíase en Carrousel el ruido de los sables de todos aquellos soldados extraordinarios de la gran república y del grande imperio; agolpábanse los héroes á la puerta de Napoleón; hombres del Rin, del Escalda, del Adige y del Nilo; compañeros de Joubert, de Desaix, de Marceau, de Hoche y de Kléber; areóstatas de Fleurus; granaderos de Maguncia, pontoneros de Génova, húsares á quienes habían mirado las pirámides, artilleros á quienes habían salpicado las balas de Junot, coraceros de los que tomaron por asalto la escuadra fondeada en el Zuyderzée; unos habían seguido á Bonaparte por sobre el puente de Lodi, otros habían acompañado á Murat en la trinchera de Mantua, otros se habían adelantado á Lannes en el barranco de Montebello.

Todo el ejército de entonces se hallaba allí en el patio de las Tullerías, representado por compañías ó pelotones, y custodiando á Napoleón en su reposo.

Era la época brillante en que el grande ejército tenía tras sí á Marengo, y delante á Austerlitz.

--Señor, dijo el ministro de lo Interior á Napoleón, he visto ayer al hombre más intrépido del imperio.

--¿Quién es ese hombre?--preguntó bruscamente el emperador.--¿Qué es lo que ha hecho?

--Quiere hacer una cosa, señor.

--¿Cuál?

--Registrar las alcantarillas de París.

Ese hombre existía y se llamaba Bruneseau.

IV =Detalles ignorados=

Verificóse el registro. Fué una gran campaña; una batalla nocturna contra la peste y la asfixia. Fué al propio tiempo un viaje de descubrimientos. Uno de los sobrevivientes de aquella exploración, obrero inteligente, muy joven entonces, refería aún, hace algunos años, los curiosos detalles que Bruneseau creyó deber omitir en su informe al prefecto de policía, como indignos del estilo administrativo.

Los procedimientos desinfectantes eran todavía en aquella época harto rudimentarios.

Apenas Bruneseau hubo salvado las primeras articulaciones de la red subterránea, cuando ocho de los veinte trabajadores se negaron á seguir adelante.

La operación era complicada; el registro importaba la limpieza; era preciso, pues, á un mismo tiempo ir midiendo y limpiando. Señalar las entradas de agua, contar las rejas y las bocas, señalar los empalmes, indicar las corrientes en los puntos de partida, reconocer las circunscripciones respectivas de varios depósitos, sondar los pequeños albañales injertos en su cloaca principal, medir la altura de cada pasillo y el ancho así del arranque de las bóvedas, como á flor de rasante; determinar, en fin, el orden de nivelación, en la recta de cada entrada de agua, ya en el piso de la alcantarilla, ya en el de la calle. Adelantábase difícilmente, y más de una vez las escalas de descenso se sumergieron dentro tres pies de fango. Las linternas agonizaban entre los miasmas. De cuando en cuando había que retirar algún pocero desmayado.

Tropezábase en varios puntos con un precipicio; y era que el suelo se había hundido y que el embaldosado se había venido abajo transformándose el albañal en pozo sin fondo. No se hallaba el punto firme, y hubo hombres desaparecidos bruscamente costando mucho trabajo volverles á sacar. Por disposición de Fourcroy, se iban encendiendo de trecho en trecho en los lugares suficientemente saneados, grandes cubos llenos de estopa empapada en resina. La pared, de vez en cuando, estaba cubierta de excrecencias disformes que podríamos llamar tumores, pues hasta las piedras parecían enfermas en aquel centro irrespirable.

Bruneseau procedió en su exploración de arriba abajo. En el punto divisorio de las dos cañerías del Grand Hurleur, consiguió leer en una piedra saliente esta fecha: 1550.

Era el límite donde se había detenido Filiberto Délorme, encargado por Enrique II de visitar la sentina de París. Aquella piedra era el sello del siglo XVI en la alcantarilla.

Bruneseau descubrió la mano del siglo XVII en el conducto del Ponceau y en la calle Vieille du Temple, cuyas bóvedas se habían construido entre 1600 y 1650; y la mano del siglo XVIII en la sección al Oeste del canal colector, encajonado y abovedado en 1740. Más reciente la obra de 1740, estaba más agrietada y decrépita que la de la cloaca de circunvalación, que databa de 1412, época en que el arroyo de agua viva de Menilmontant fué elevado á la dignidad de gran alcantarilla de París, ascenso análogo al de un aldeano cualquiera que fuese nombrado primer ayuda de cámara del rey; algo parecido á Gros Jean convertido en Level. Creyóse reconocer acá y allá, particularmente bajo el Palacio de Justicia, alvéolos de antiguos calabozos practicados en la misma alcantarilla. Horribles _in pace_. De uno de aquellos alvéolos colgaba una argolla de hierro.

Se tapiaron todos. Entre las cosas que se hallaron, las había rarísimas; por ejemplo, el esqueleto de un orangután que desapareció del jardín botánico en 1800, desaparición probablemente relacionada con la famosa é incontestable aparición del diablo en la calle de los Bernardinos, en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo acabó por ahogarse en la alcantarilla.

Debajo del largo corredor cimbrado que conduce al Arche-Marión, dejó admirados á los inteligentes una cesta de trapero, muy bien conservada. En todas partes el cieno que los poceros habían ido á remover con tal intrepidez, abundaba en objetos preciosos, en alhajas de oro y plata, en pedrería y moneda.

Un gigante que hubiese hecho pasar por un tamiz aquella cloaca, habría acumulado las riquezas de los siglos.

En el punto de partida de los dos empalmes de la calle del Temple y de la calle de Sanite Avoye, se recogió una medalla singular hugonota de bronce, que tenía en una cara un cerdo con birrete de cardenal, y en la otra un lobo con la tiara en la cabeza.

El hallazgo más sorprendente fué á la entrada de la Gran Cloaca.

Habíase cerrado aquella entrada en otros tiempos con una reja, de la que sólo quedaban los goznes.

De uno de los goznes pendía una especie de harapo informe y sucio que sin duda, detenido allí al caer, flotaba en la sombra, y acababa de desmenuzarse. Bruneseau acercó la linterna y lo examinó. Era de batista finísima, y se distinguía en una de las puntas, menos consumida que lo demás, una corona heráldica, con estas siete letras bordadas encima: LAVBESP. La corona era una corona de marqués, y las siete letras significaban _Laubespine_.

Reconocióse que se tenía á la vista un pedazo de la mortaja de Marat.

Cuando joven, había corrido Marat sus aventuras amorosas, sobre todo cuando formaba parte de la casa del Conde de Artois como veterinario. De aquellos amores con una dama principal, históricamente comprobados, le había quedado aquella sábana. Residuo ó recuerdo.

Á su muerte, como era la única tela fina que había en su casa, se le amortajó con ella. Unas viejas envolvieron para la tumba al trágico Amigo del pueblo en aquel lienzo, testigo un día, de voluptuosidades. Bruneseau siguió adelante. Dejóse el harapo donde estaba, sin acabarlo de destruir siquiera.

¿Fué desprecio ó respeto?

Marat merecía ambas cosas.

Además, el destino estaba bien impreso en él, para que se vacilara en tocarlo. Por otra parte, deben dejarse las cosas del sepulcro en el sitio que eligen.

En suma, era una extraña reliquia. Una marquesa había dormido en ella; Marat la había consumido, y pasando por el Panteón, había ido á servir de pasto á las ratas de la cloaca.

Aquel andrajo de alcoba, cuyos pliegues hubiera dibujado alegremente Watteau en otro tiempo, había terminado por ser digno de la mirada del Dante.

La visita total del pudridero subterráneo de París, duró siete años, desde 1805 á 1812.

De paso, Bruneseau designaba, dirigía y llevaba á cabo trabajos considerables; en 1808 bajaba el enlosado del Ponceau, y creando en todas partes nuevas líneas, adelantaba la alcantarilla en 1809, por debajo de la calle de San Dionisio hasta la fuente de los Inocentes; en 1810, por debajo de la calle de Froidmanteau y de la Salpetrière; en 1811 por debajo de las calles Neuve des Petits Pères, Mail, Echarpe, de la plaza Real; y en 1812, por debajo de la calle de la Paz y Chaussée d'Antin. Al mismo tiempo hacía desinfectar y sanear toda la red.

Desde el segundo año, unióse á Bruneseau su yerno Nargaud.