Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 48
Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto, hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el espacio.
Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.
Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la cabeza del muerto.
Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á protegerles.
Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.
Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto, apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:
--No hay más que una puerta abierta. Ésta.
Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón, les dió tiempo para que pasasen por detrás.
Todos se precipitaron dentro.
Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos bayonetazos se le dirigían, y entró el último.
Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los insurrectos cerrar la puerta.
Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio, dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que se había asido á ella.
Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse desvanecer y cayó.
En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:
--Soy prisionero y me fusilarán.
Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón, tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.
Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los fusiles y los zapadores con sus hachas.
Empezaba el sitio de la taberna.
Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.
La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin cabeza.
Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles; uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.
Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:
--Vendámonos caros.
Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf y Gavroche.
Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba hacia el suelo. Era la del anciano.
Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día antes besado la frente.
Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.
Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la taberna luchó como una casa de Zaragoza.
Tales resistencias son feroces.
Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para poder matar.
Cuando Suchet dice:
--Capitulad...
Responde Palafox:
--Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.
Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores, exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética demencia del exterminio.
Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo combatiente.
La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.
Eran los últimos cartuchos.
Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran botellas de agua fuerte.
Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El sitiado ¡ay! se sirve de todo.
El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.
La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que dirigirse de abajo arriba, era mortífera.
El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.
El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba casi la noche sobre aquel combate.
Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á semejante extremo.
No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.
No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.
Los demonios atacan, y resistían los espectros.
Era la monstruosidad del heroísmo.
XXIII =Orestes en ayunas y Pilades borracho=
En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso principal.
No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.
Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.
Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos, retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva, erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano, inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.
Oyóse un grito:
--Es el jefe. Él es quien mató al artillero. Ya que se ha colocado aquí, está perfectamente. Que se quede. Fusilémosle aquí mismo.
--Fusiladme,--dijo Enjolrás.
Y arrojando el trozo de carabina, y cruzando los brazos, presentó el pecho. La audacia del que debe morir, conmueve siempre á los hombres.
En cuanto cruzó los brazos Enjolrás desafiando á la muerte, cesó en la sala el ruido atronador, convirtiéndose de repente aquel caos en una especie de solemnidad sepulcral.
Parecía que la amenazadora majestad de Enjolrás, desarmado é inmóvil, pesaba sobre el tumulto, y que, con la sola autoridad de su tranquila mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, soberbio, ensangrentado, bello é indiferente como si fuera invulnerable, obligase á aquella siniestra turba á matarle respetuosamente.
Su belleza, realzada en aquel momento por la altivez, aparecía radiante; y como si no pudiera alcanzarle el cansancio, como no le habían alcanzado las balas durante aquellas horribles veinticuatro horas que acababan de transcurrir, aparecía fresco y sonrosado.
Quién sabe si se referiría á Enjolrás el testigo que dijo después ante el consejo de guerra:
--Había un insurrecto á quien oí llamar Apolo.
Uno de los guardias nacionales que le apuntaba, bajó el cañón del fusil, diciendo:
--Paréceme que voy á fusilar una flor.
Doce hombres se formaron en pelotón en el ángulo opuesto á Enjolrás, montando sus fusiles en silencio.
Después gritó un sargento:
--¡Apunten!
Intervino un oficial.
--Esperad,--dijo.
Y dirigiéndose á Enjolrás:
--¿Queréis que se os vendan los ojos?
--No.
--¿Sois vos, en efecto, quien mató al sargento de artillería?
--Sí.
Hacía poco que se había despertado Grantaire.
Grantaire, como recordará el lector, dormía desde la víspera en la sala alta del figón, sentado en una silla y recostada la parte superior del cuerpo sobre una mesa.
Realizaba, en toda su energía, la antigua metáfora: borracho muerto.
El horrible filtro alcohólico de ajenjo le había aletargado. La mesa que tenía delante era pequeña, y no sirviendo pues para la barricada, se la dejaron.
Seguía en la misma postura, doblado el cuerpo y apoyada la cabeza en el brazo, cercado de vasos, copas y botellas.
Dormía con el sueño profundo del oso atontado, ó de la sanguijuela harta.
Ni el fuego de los fusiles, ni el del cañón, ni la metralla que penetraba por la ventana en la sala donde estaba, ni la prodigiosa baraúnda del asalto le despertaron. Sólo, de vez en cuando, respondía al cañón con un ronquido.
Parecía estar esperando á que una bala le ahorrase el trabajo de abrir los ojos nuevamente.
En torno de él yacían algunos cadáveres, y á primera vista, no se le distinguía de los que dormían el profundo sueño de la muerte.
El ruido no despierta á un borracho, pero sí le desvela á veces el silencio.
Es una observación que se ha hecho más de una vez.
La caída de todos alrededor de Grantaire, aumentaba su letargo como un arrullo; pero la especie de alto que hizo el tumulto delante de Enjolrás, fué una sacudida para aquel pesado sueño.
Es el efecto de un carruaje á galope que se detenga inesperadamente.
Los que duermen dentro del coche, despiertan entonces.
Grantaire levantó la cabeza sobresaltado, extendió los brazos, se frotó los ojos, miró, bostezó y comprendió.
La embriaguez que termina se parece á una cortina que se descorre.
Vese en conjunto y de una sola vez cuanto se ocultaba detrás.
Todo acude de repente á la memoria, y el borracho, que no sabe nada de lo que ha pasado durante veinticuatro horas, no ha acabado aún de abrir los párpados cuando ya está enterado de todo.
Las ideas le vuelven con súbita lucidez; la opacidad de la embriaguez, especie de vapor que obscurecía el cerebro, se disipa y da lugar á la clara y despejada percepción de la realidad.
Retirado como estaba Grantaire en un rincón, y al abrigo de la mesa de billar, los soldados, que no apartaban la vista de Enjolrás, no habían reparado en él; y ya el sargento se preparaba á repetir la orden ¡apunten! cuando oyó de improviso gritar con voz robusta:
--¡Viva la república! Aquí estoy yo.
Grantaire se había levantado.
El inmenso resplandor del combate á que él no había asistido, apareció en la brillante mirada del borracho transfigurado.
Repitiendo ¡viva la república! atravesó la sala con paso firme, y fué á colocarse delante de los fusiles, en pie, junto á Enjolrás.
--Matad á dos de un golpe,--dijo.
Y volviéndose á Enjolrás, añadió con tierno acento:
--¿Me lo permites?
Enjolrás le estrechó la mano sonriendo.
No había acabado aún de sonreír cuando sonó la detonación.
Enjolrás, atravesado por ocho tiros, quedó arrimado contra la pared, como si las balas le hubiesen clavado allí. No hizo más que inclinar la cabeza.
Grantaire cayó á sus pies como herido de un rayo.
Poco después, los soldados desalojaban á los últimos insurrectos que se habían refugiado en lo alto de la casa.
Tirábase dentro del desván desde las vigas cruzadas. Se peleaba por entre la misma armazón del tejado.
Arrojábanse cuerpos por las ventanas, algunos de ellos vivos todavía. Dos cazadores que intentaban levantar el ómnibus hecho pedazos, fueron víctimas de dos tiros de carabina disparados de la buhardilla. Un hombre de blusa, á quien precipitaron desde aquella altura, atravesado el vientre de un bayonetazo, se revolcaba en el suelo agonizando. Un soldado y un insurrecto se deslizaron juntos por la pendiente del tejado, sin querer soltarse, cayendo asidos en feroz abrazo. En la cueva se luchaba igualmente. Gritos, tiros, espantosos extertores y silencio luego.
Se había tomado la barricada.
Los soldados empezaron entonces el registro de las casas vecinas y la persecución de los fugitivos.
XXIV =Prisionero=
Mario era prisionero en efecto; prisionero de Juan Valjean.
La mano que le había asido por detrás en el momento de caer, y cuya presión había sentido al desmayarse, era la de Juan Valjean.
Juan Valjean no había tomado otra parte en el combate que la de exponer la vida. Sin él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera pensado en los heridos. Gracias á él, presente como una providencia en todas partes durante la matanza, los que caían eran levantados, llevados á la sala baja, y curados.
En los intervalos, reparaba la barricada.
Pero nada que pudiera parecer un golpe, un ataque, ni siquiera un rasgo personal, salió de sus manos. Callaba y socorría.
Por lo demás, apenas tenía algunas rozaduras. Las balas le habían respetado. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al encaminarse á aquella tumba, el éxito no le había favorecido. Pero dudamos de que hubiese pensado en el acto irreligioso del suicidio.
Juan Valjean, en medio de la densa niebla del combate, no aparentaba ver á Mario, siendo así que no le perdía de vista un solo instante.
Cuando un balazo derribó á Mario, Juan Valjean saltó con la agilidad del tigre, se abalanzó sobre él como sobre una presa, y se lo llevó.
El torbellino del ataque estaba en aquel instante tan violentamente concentrado sobre Enjolrás y la puerta del bodegón, que nadie vió á Juan Valjean, llevando en sus brazos á Mario desmayado, atravesar el desempedrado pavimento de la barricada, y desaparecer detrás del ángulo de la casa de Corinto.
El lector recordará ese ángulo, que formaba una especie de cabo en la calle, y protegía de las balas, de la metralla, y hasta de las miradas, algunos pies cuadrados de terreno.
Hay á veces, en los incendios, una habitación que no arde, y en los mares más alborotados, detrás de un promontorio, ó al final de una serie de escollos, un rincón tranquilo.
En aquella especie de repliegue del trapecio interior de la barricada había agonizado Eponina.
Allí se detuvo Juan Valjean, dejó á Mario en el suelo, se apoyó en la pared, y miró en derredor.
La situación era espantosa.
Por de momento, y quizá durante de dos ó tres minutos, aquel lienzo de pared era un abrigo; pero ¿cómo salir y librarse de la matanza?
Recordaba la angustia que había experimentado ocho años antes, en la calle de Polonceau, y de qué manera había conseguido salir del apuro; pero si entonces era difícil, era imposible á la sazón.
Tenía delante aquella casa sorda é implacable de seis pisos, que no parecía habitada más que por el hombre muerto del ventanillo; á la derecha estaba la barricada bastante baja que cerraba la Petite Truanderie; y aunque no ofrecía gran dificultad salvar este obstáculo, distinguíase por encima del parapeto una hilera de puntas de bayoneta. Era la tropa de línea acechando al otro lado de la barricada.
No cabía duda de que atravesar el parapeto equivalía á ir á buscar una descarga cerrada, y que toda cabeza que se atreviera á aparecer en lo alto de la pared de adoquines, serviría de blanco á una descarga de sesenta tiros. Á la izquierda tenía el campo de batalla. Detrás del ángulo de la pared estaba la muerte.
¿Qué hacer?
Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí.
Y era preciso decidirse enseguida, hallar un recurso, tomar una resolución. Á dos pasos de aquel sitio se peleaba, y por fortuna se encarnizaban todos contra un punto único, contra la puerta del figón; pero si se le ocurría á un soldado, á uno solo, dar la vuelta á la casa, ó atacarla por el flanco, todo habría concluido.
Juan Valjean miró la casa de enfrente, luego la barricada de la derecha, y por último el suelo, con la violencia del apuro supremo, extraviado, y como si hubiese querido abrir con los ojos un agujero.
Á fuerza de mirar, bosquejóse y llegó á adquirir forma ante él una cosa vagamente perceptible en aquella agonía, como si la vista tuviera poder para hacer brotar el objeto deseado. Vió á los pocos pasos, y al pie del pequeño parapeto, con tanto rigor custodiado y vigilado exteriormente, bajo un hundimiento de adoquines, que ocultaba en parte, una reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso. Aquella reja, compuesta de barrotes trasversales, tenía unos dos pies cuadrados. El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba como desencajada. Al través de los barrotes se entreveía una abertura obscura, parecida al cañón de una chimenea ó al brocal de una cisterna. Abalanzóse Juan Valjean.
Su antigua experiencia de las evasiones le iluminó el cerebro como un rayo de luz.
Apartar los adoquines, levantar la reja, cargarse á Mario á cuestas, inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga, sirviéndose de los codos y de las rodillas, á aquella especie de pozo, afortunadamente poco profundo; volver á dejar caer la pesada trampa de hierro, que los adoquines derrumbándose cubrieron de nuevo; asentar el pie en una superficie embaldosada á tres metros del suelo, todo esto fué ejecutado como lo que se hace en el delirio, con la fuerza de un gigante y la rapidez del águila: apenas necesitó unos cuantos minutos.
Encontróse Juan Valjean, con Mario siempre desmayado, en una especie de corredor largo y subterráneo.
Entre la más profunda paz y el silencio más absoluto de la noche.
La impresión que había experimentado otra vez al caer de la calle al convento renació en él, con la diferencia de que á la sazón no llevaba consigo á Cosette sino á Mario.
Apenas oía sobre de su cabeza cierto vago murmullo; era el formidable tumulto de la taberna.
LIBRO SEGUNDO EL INTESTINO DE LEVIATÁN
I =La tierra empobrecida por el mar=
París arroja al agua anualmente veinticinco millones de francos. Y sea esto dicho sin metáfora. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con qué fin? Con ninguno. ¿Con qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué? Para nada. ¿Por medio de qué órgano? De su intestino. ¿Y cuál es su intestino? Su cloaca.
Veinticinco millones; tal es el más moderado de los guarismos aproximativos que arrojan cálculos de la ciencia especial.
La ciencia, después de haber andado á tientas durante mucho tiempo, sabe hoy que el más fecundo y eficaz de los abonos es el humano. Los chinos, digámoslo para vergüenza nuestra, lo sabían antes que nosotros.
Ningún labrador chino, y es Eckeberg quien lo dice, vuelve de la ciudad sin llevar en los dos extremos de su bambú dos cubos llenos de lo que nosotros llamamos inmundicias. Gracias al abono humano, la tierra está en China tan joven como en tiempos de Abraham.
El trigo chino da hasta ciento veinte granos por uno.
No hay guano comparable á los residuos de una capital.
Una gran ciudad es el mejor de los estercoleros.
Emplear la ciudad en abonar el campo, sería asegurar un éxito infalible.
Si nuestro oro es estiércol, en cambio nuestro estiércol es oro.
¿Qué se hace de ese oro estiércol? Se le arroja al abismo.
Envíanse á fuerza de gastos convoyes de buques para recoger en el polo austral el excremento de los petrelius y de los pingüinos, y se arroja al mar el incalculable elemento de opulencia que se tiene á mano.
Todo el abono del hombre y del animal que el mundo pierde, devuelto á la tierra en vez de echarlo al mar, bastaría para alimentar al mundo.
Esos montones de inmundicias en las esquinas y guarda cantones, esos carros de inmundicias que se zangolotean por la noche en las calles, esos horribles toneles de muladar, esos fétidos arroyos de fango subterráneo que el empedrado oculta, ¿sabéis lo que es?
Es la pradera florida, la yerba verde, el serpol, el tomillo, la salvia; es la caza, el ganado, el mugido de satisfacción de los bueyes por la tarde; es heno oloroso, trigo dorado, pan en vuestra mesa, sangre caliente en vuestras venas; es salud, alegría, vida.
Así lo quiere esa misteriosa creación, que es la trasformación en la tierra y la transfiguración en el cielo.
Devolved todo eso al gran crisol, y saldrá de él vuestra abundancia.
La nutrición de los campos produce el alimento de los hombres.
Sois dueños de perder esa riqueza y de creerme además ridículo.
Será la obra superior de vuestra ignorancia.
La estadística ha calculado que Francia solamente vierte todos los años en el Atlántico, por la boca de sus ríos, quinientos millones de francos.
Con estos quinientos millones, notadlo bien, se cubriría la cuarta parte de los gastos del presupuesto; y sin embargo, es tal la habilidad del hombre, que prefiere desprenderse de ellos echándolos al agua.
La misma substancia del pueblo se la lleva aquí gota á gota, y allí á oleadas, el miserable vomitar de nuestras alcantarillas en los ríos, y el gigantesco desagüe de nuestros ríos en el océano.
Cada hipo de nuestras cloacas nos cuesta mil francos. Lo cual da dos resultados exactísimos: la tierra empobrecida y el agua apestada.
El hombre saliendo del surco y la enfermedad saliendo del río.
Es sabido hoy, á no dudarlo, que el Támesis envenena á Londres.
En cuanto á París, ha sido preciso en estos últimos tiempos hacer que la mayor parte de las cloacas desemboquen río abajo por el último puente.
Un doble aparato tubular, provisto de válvulas y esclusas de escape, aspirante y repelente, un sistema de drenaje elemental, sencillo como el pulmón del hombre, y que funciona ya en varios pueblos de Inglaterra, bastaría para traer á nuestras ciudades el agua pura de los campos, y llevar á nuestros campos el agua rica de las ciudades, y con ese facilísimo vaivén, sencillo á todos usos, aprovecharíamos los quinientos millones que se tiran. Pero se piensa en otras cosas.
El procedimiento actual hace daño, queriendo hacer bien.
La intención es buena, el resultado triste.
Créese purificar la ciudad, y se apesta á los habitantes.
Una alcantarilla es un error.
Cuando en todas partes el drenaje, con su doble función restituyendo lo que toma, haya reemplazado la alcantarilla, simple lavado empobrecedor, entonces, combinándose esto con los datos de una nueva economía social, el producto de la tierra será décuplo, y el problema de la miseria se atenuará considerablemente.
Añádase la supresión de los parasitismos, y quedará completamente resuelto el problema.
Entretanto, la riqueza pública se va al río, y sigue la merma.
La merma, sí; tal es la palabra. La Europa se arruina por consunción.
Hemos dicho lo que pierde Francia. Ahora bien; conteniendo París la vigésima quinta parte de la población francesa total, y siendo el guano de París el más rico de todos, no se llega todavía al guarismo verdadero evaluando en veinticinco millones de francos la parte que corresponde á la capital en los quinientos que Francia desecha anualmente.
Esos veinticinco millones, empleados en socorros y comodidades, doblarían el esplendor de París. La ciudad los consume en cloacas.
Así puede decirse que la gran prodigalidad de París, sus maravillosos festejos, sus locuras de Beaujon, sus orgías, su oro derramado á manos llenas, su fausto, su lujo, su magnificencia, son sus cloacas.
De esta suerte es como, en la ceguedad de una mal entendida economía política, se anega y deja arrastrar por la corriente, perdiéndose en los abismos el bienestar de todos. Convendría que hubiese redes como las de Saint Cloud para la riqueza pública.