Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 47
Yo existo, murmura ese alguien que se llama Todo. Soy joven y estoy enamorado; soy viejo y quiero descansar; soy padre de familia, trabajo, prospero, emprendo buenos negocios, poseo casas de alquiler; tengo créditos del Estado, soy feliz; tengo mujer é hijos, amo todo esto, deseo vivir, dejadme tranquilo.
De ahí, en ciertas horas, esa profunda frialdad hacia la magnánima vanguardia del género humano.
La utopía, por otra parte, convengamos en ello, sale de su irradiación apelando á las armas.
Siendo la verdad de mañana, toma prestada su regla de conducta á la batalla y la mentira de ayer. Siendo el porvenir, se agita como el pasado. Siendo la idea pura, se convierte en vía de hecho.
Complica su heroísmo con una violencia, de que debe responder en justicia; violencia de lance y de expediente, contraria á los principios, y por la que es fatalmente castigada.
La utopía-insurrección combate con el antiguo código militar en la mano; fusila á los espías, ejecuta á los traidores, suprime seres vivientes, y los arroja en las tinieblas desconocidas.
Se sirve de la muerte: ¡cosa grave!
Parece que la utopía ha perdido la fe en la irradiación, que es su fuerza irresistible é incorruptible.
Descarga la espada; y como no hay espada simple, pues todas tienen dos filos, quien hiere con el uno se hiere con el otro.
Hecha esta salvedad, y hecha severamente, nos es imposible dejar de admirar, triunfen ó no, á los gloriosos combatientes del porvenir, á los confesores de la utopía.
Aun cuando aborte su acción, son venerables; y quizá es su majestad mayor siendo vencidos.
La victoria, en el sentido del progreso, merece el aplauso de los pueblos; pero una derrota heroica merece su tierna simpatía.
La una es magnífica, la otra sublime.
Nosotros, que preferimos el martirio al triunfo, creemos á Juan Brown más grande que Washington, y á Pisacana más grande que Garibaldi.
Es necesario que alguien esté por los vencidos.
El mundo es injusto con esos grandes ensayadores del porvenir, cuando abortan.
Acúsase á los revolucionarios de sembrar el espanto.
Toda barricada parece un atentado.
Se acriminan sus teorías, se recela de su objeto, se teme su segunda intención, se denuncia su conciencia.
Se les echa en cara que elevan, construyen y acumulan contra el hecho social reinante un montón de miserias, dolores, iniquidades, agravios y desesperaciones, y que arrancan de las hondonadas pedruscos de tinieblas para parapetarse y combatir.
Se les grita: «¡Desempedráis el infierno!». Á lo que podrían ellos contestar: «Por esto es que nuestra barricada está hecha de buenas intenciones».
Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.
En suma, convengamos en que cuando se ven las huellas se piensa en el oso, y es esa una buena voluntad de que la sociedad preocupa.
Pero de la sociedad depende salvarse así misma; y nosotros apelamos á su natural buena voluntad.
Ningún remedio violento es necesario.
Estudiar buenamente el mal, hacerle constar y luego curarle. Esto es á lo que la invitamos.
Quien quiera que sean, aún caídos, sobre todo caídos, son augustos los hombres, que, en todos los puntos del universo, fija la vista en Francia, luchan por la grande obra con la inflexible lógica del ideal.
Dan su vida pura y simplemente por el progreso; cumplen la voluntad de la Providencia verificando un acto religioso. Al llegar la hora señalada con tanto desinterés como un actor á quien le toca entrar en escena, obedeciendo al director divino, bajan á la tumba.
Y esa lucha sin esperanza y esa desaparición estoica, la aceptan para conducir á sus espléndidas y supremas consecuencias universales el majestuoso movimiento humano, irresistiblemente comenzado el 14 de julio de 1789; semejantes soldados son sacerdotes.
La Revolución francesa es un gesto de Dios.
Por lo demás... y conviene añadir esta distinción á las ya indicadas en otro capítulo, existen las insurrecciones aceptadas que se llaman revoluciones, y las insurrecciones rechazadas que se llaman motines.
Una insurrección que estalla, es una idea que expone su examen ante el pueblo.
Si el pueblo deja caer la bola negra, la idea es un fruto seco, la insurrección es un acaloramiento.
Armarse en guerra á cada intimación, y siempre que la utopía lo desea, no es propio de los pueblos. Las naciones no tienen á todas horas el temperamento de los héroes y de los mártires.
Son positivas. Á priori, la insurrección les repugna, primero, porque frecuentemente su resultado es una catástrofe; y en segundo lugar, porque siempre su punto de partida es una abstracción.
Porqué, y esto es lo hermoso, los que se sacrifican lo hacen siempre por el ideal, por el ideal sólo.
Una insurrección es un entusiasmo. El entusiasmo puede montar en cólera, de ahí el acudir á las armas.
Pero toda insurrección que apunta á un gobierno ó á un régimen, no se dirige solamente á ese gobierno ó á ese régimen; apunta más alto.
Así, por ejemplo, insistamos en ello; lo que combatían los jefes de la insurrección de 1832, y en particular los jóvenes entusiastas de la calle de la Chanvrerie, no era precisamente á Luis Felipe.
La mayor parte, cuando hablaban con toda franqueza, hacían justicia á las cualidades de aquel rey, mediador entre la monarquía y la revolución. Ninguno le odiaba.
Pero atacaban la rama segunda del derecho divino en Luis Felipe, como habían atacado la rama primogénita en Carlos X; y lo que querían derrocar, derrocando el trono en Francia, era, ya lo hemos dicho anteriormente, la usurpación del hombre por el hombre, y del privilegio sobre el derecho en todo el universo.
París sin rey, da por repercusión el mundo sin déspotas.
Así era como ellos raciocinaban.
Su objeto, lejano sin duda, vago quizá, y retrocediendo ante el esfuerzo era, no obstante, grande.
Y así es en efecto. Sacrifícase uno por esos fantasmas que, para los sacrificados, son ilusiones casi siempre; pero ilusiones á las que, en conclusión, se mezcla toda la certidumbre humana.
El insurrecto poetiza y dora la insurrección. Lánzase en esos trágicos acontecimientos embriagándose en lo que va á hacer. ¿Quién sabe? Tal vez triunfe...
Son el menor número; tienen contra sí todo un ejército; pero defienden el derecho, la ley natural, la soberanía del individuo sobre sí mismo, que no es posible abdicar; la justicia, la verdad; y si llega el caso, mueren como los trescientos espartanos.
No se piensa en don Quijote, sino en Leónidas.
Y siguen adelante; y una vez comprometidos, ya no retroceden.
Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria inaudita, la revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.
Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen frustrados; ya hemos dicho el por qué.
La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.
Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el estómago paraliza el corazón.
La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.
Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.
Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.
Esto prueba su espíritu de artista.
Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la belleza otra cosa que la cima de la verdad.
Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la belleza es ver la luz.
Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo lo propio con Francia.
¡Divinos pueblos, exploradores! _Vitæ lampada tradunt._
¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.
Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles. Corinto, sí; Sibaris, no.
El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser _dilettante_, ni _virtuose_, pero es indispensable ser artista.
En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.
El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia. Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.
Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.
El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es importantísima.
El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por vehículo: Alejandro montando el elefante.
Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son impropias para dirigir la civilización.
La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que anda y la voluntad que va.
La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo, rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las naciones misioneras.
Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas de civilización.
Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.
Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.
Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.
Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que andan cuando ella desea estarse quieta.
Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes, las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri, ó de una Carolina del Sur.
¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.
Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho de eclipsarse.
No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.
Alba y resurrección son sinónimos.
La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.
Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada, ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el sacrificio.
El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.
Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.
No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el descenso.
La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.
La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.
Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe bien.
Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».
Una palabra antes de volver á la lucha.
Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal.
El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de epilepsias trágicas.
Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil. Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama, cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: _El Progreso_.
¡El Progreso!
Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar claramente la luz.
El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias, las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día, del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.
Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.
La hidra al principio, el ángel al final.
XXI =Los héroes=
De súbito el tambor llamó á la carga.
El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como serpientes.
Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado, el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el reducto.
Entonces la furia era habilidad.
Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas y los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.
El muro resistió.
Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado ostentó una cabellera de relámpagos.
El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife, para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.
La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso tiroteo de fusilería.
Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de cohetes voladores que se denomina ramillete.
Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal, con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.
La barricada estaba debajo.
Por ambas partes había igual denuedo.
El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.
Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.
La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.
La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca la intrepidez en frenesí.
Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se cubrió de cadáveres.
La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á Mario.
Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro al pie de su almena sin haberle visto siquiera.
Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del reducto.
No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay hombre más terrible en la pelea que el pensador.
Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.
Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.
Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la protegiera.
--¿Qué has hecho del sombrero?--le preguntó Bossuet.
Courfeyrac respondió:
--Han acabado por llevársemelo á cañonazos.
Ó bien decían otras cosas más elevadas.
--¡Cómo comprender,--exclamaba amargamente Feuilly,--á esos hombres (y citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que nos abandonan!
Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:
--Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las estrellas, de lejos.
El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que parecía haber nevado.
Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose en la pendiente.
Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada, era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía resistir á una legión.
No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba la barricada, como el husillo á la prensa.
Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.
Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.
Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y escalado el reducto, pero nunca tomado.
Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.
No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras de la lucha.
Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil versos con una batalla.
Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.
Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos, á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra sesenta.
La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.
La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.
Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente Joly y Combeferre.
Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de mirar al cielo, y espirar.
Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas, particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto con un pañuelo rojo.
Enjolrás era el único que se mantenía ileso.
Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.
Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».
En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende apedreando al caballero con las torres que va arrancando.
Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma, enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.
Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura, regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una convicción ó por lealtad.
Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo. Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte, rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el inmenso Ayax, rival de los dioses.
XXII =Palmo á palmo=
Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos taludes, uno dentro y otro fuera.
El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.
Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje; y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre el humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.
El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió atropelladamente.
Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.
Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase atrancada y como tapiada de arriba abajo.