Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 46

Chapter 463,882 wordsPublic domain

En cuanto se perdieron de vista, el mayor se tendió inmediatamente boca abajo en el borde circular del estanque, y aferrándose á él con la mano izquierda, inclinado sobre el agua, casi expuesto á caer, extendió con la mano derecha su varita hacia el bollo.

Los cisnes, viendo el enemigo, se dieron prisa; y al apresurarse, produjeron un efecto de pecho favorable al niño pescador. El agua refluyó delante de ellos, y una de esas suaves ondulaciones concéntricas empujó tranquilamente el bollo hacia la varita del chico.

Al mismo tiempo que llegaban los cisnes tocó la varita al bollo; el muchacho dió un golpe vivo, lo atrajo hacia sí, asustó á los cisnes, lo cogió, y se levantó.

El bollo estaba mojado, pero los niños tenían hambre y sed.

El mayor lo dividió en dos partes, una grande y otra pequeña; tomó la pequeña para sí, dió la grande á su hermanito, y le dijo:

--_Carga con este taco tu fusil._

XVII =Mortuus pater, filium moriturum expectat=

Mario se había lanzado fuera de la barricada, seguido de Combeferre; pero ya era tarde.

Gavroche estaba muerto.

Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Mario del chico.

¡Ay! Iba pensando que lo que el padre de Gavroche había hecho por su padre, él lo hacía por el hijo; sólo que Thénardier había cargado con su padre aún vivo, y él llevaba muerto al pobre niño.

Cuando Mario entró en el reducto con Gavroche en brazos, tenía, como el pilluelo, el rostro inundado de sangre.

En el instante de bajarse para coger á Gavroche, una bala le había pasado rozando el cráneo sin que él lo advirtiese.

Courfeyrac se quitó la corbata y vendó la frente de Mario.

Púsose á Gavroche en la misma mesa que á Mabeuf, y sobre ambos cuerpos se tendió el pañuelo negro, suficiente á cubrir el anciano y el niño.

Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto que había traído.

Esto proporcionaba á cada hombre quince tiros más.

Juan Valjean seguía en el propio sitio, sin moverse. Cuando Combeferre le presentó sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.

--¡Qué excéntrico tan raro!--dijo en voz baja Combeferre á Enjolrás.--Halla medio de no batirse en esta barricada.

--Lo que no le impide defenderla,--contestó Enjolrás.

--El heroísmo tiene sus hombres originales,--repuso Combeferre.

Y Courfeyrac, que había oído, añadió:

--Es un género distinto del de Mabeuf.

Es curioso notar, que el fuego que se hacía contra la barricada apenas turbaba los ánimos en el interior.

Los que no han atravesado jamás el torbellino que constituye esta clase de guerras, no pueden imaginar los singulares momentos de tranquilidad que se mezclan á sus convulsiones. Se va y viene, se habla, se dicen chistes, se pasa el tiempo.

Una persona á quien conocemos oyó decir á un combatiente, en medio de la metralla:

--Estamos aquí como en un almuerzo de amigos.

El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy tranquilo en el interior. Todas las peripecias y todas las fases habían sido ó iban á ser agotadas.

La posición, de crítica que era, habíase convertido en amenazadora, é iba probablemente á volverse desesperada.

Á medida que la situación se obscurecía, la luz heroica teñía más y más de púrpura la barricada.

Enjolrás la dominaba gravemente con la actitud de un joven espartano, consagrando su espada desnuda al sombrío genio de Epidotas.

Combeferre, con el mandil atado á la cintura, curaba á los heridos.

Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la pólvora del frasco que Gavroche encontró en el morral del cabo; y Bossuet le decía á Feuilly:

--Vamos pronto á tomar la _diligencia_ para otro planeta.

Courfeyrac, sentado en los adoquines que se había reservado junto á Enjolrás, disponía y arreglaba todo un arsenal, su bastón de estoque, su fusil, dos pistolas de arzón y un aro de puño, todo con el cuidado de una joven que pone en orden sus avíos de tocador.

Juan Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.

Un obrero se sujetaba á la cabeza con una cuerda un gran sombrero de paja de la tía Hucheloup, _por miedo á los rayos del sol_, decía.

Los jóvenes de la Cogurda de Aix departían alegremente unos con otros, como si tuviesen prisa de hablar en su dialecto por última vez.

Joly, que había descolgado el espejo de la tía Hucheloup, estaba examinando en él su lengua.

Varios combatientes, habiendo encontrado mendrugos de pan, casi mohosos, en un cajón, se los estaban comiendo ávidamente.

Mario estaba inquieto, pensando en lo que su padre iba á decirle.

XVIII =El buitre convertido en presa=

Insistamos en un hecho psicológico natural en las barricadas. No debe omitirse nada de lo que caracteriza esta guerra sorprendente de las calles.

Sea cual fuere la extraña tranquilidad interior de que acabamos de hablar, la barricada, para los que están dentro, continúa siendo como una visión.

Hay algo de apocalíptico en la guerra civil; todas las brumas de lo desconocido se mezclan á sus terribles resplandores; las revoluciones son esfinges, y todo el que ha estado en una barricada cree haber tenido un sueño.

Lo que se siente en tales sitios, como ya hemos indicado á propósito de Mario, y veremos luego las consecuencias, es más, y es menos que la vida. Ya fuera de la barricada, no se sabe lo que en la barricada se ha presenciado.

Ha estado uno terrible, y lo ignora. Ha estado uno circuido de ideas que combatían, que tenían rostros humanos, y la cabeza del patriarca se ha iluminado con la luz del porvenir.

Había allí cadáveres tendidos, y fantasmas en pie. Las horas eran colosales, y parecían horas eternas.

Se ha vivido en la muerte. Se han visto pasar sombras.

¿Qué era aquello? Había allí manos ensangrentadas; un ruido espantoso, y al mismo tiempo un horrible silencio; bocas abiertas que gritaban, y otras bocas abiertas que no decían nada; se estaba en medio del humo, de la noche quizás.

Créese haber tocado el siniestro borde de las profundidades desconocidas, y se mira uno á las uñas, donde aparecen unas como manchas encarnadas. Hase olvidado todo.

Volvamos á la calle de la Chanvrerie.

De repente, entre dos descargas, se oyó el toque lejano de la hora que sonaba.

--Son las doce,--dijo Combeferre.

Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolrás, poniéndose de pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:

--Súbanse adoquines á la casa, y colóquense en el reborde de la ventana y de la buhardilla. La mitad de la gente á los fusiles, y la otra mitad á las piedras. No hay un minuto que perder.

Una partida de zapadores bomberos, con el hacha al hombro, acababa de aparecer, en orden de batalla, al extremo de la calle.

Aquella tenía que ser la cabeza de una columna. ¿Y de cuál? De la de ataque indudablemente.

Los zapadores-bomberos, encargados de demoler la barricada, deben preceder siempre á los soldados que han de escalarla.

No cabía duda de que llegaba ya el instante, denominado por Clermont Tonnerre, en 1822, «el collerazo».

La orden de Enjolrás fué ejecutada con la correcta exactitud propia de los buques y de las barricadas, los dos únicos sitios de combate de los cuales es imposible la evasión.

En menos de un minuto, las dos terceras partes de los adoquines, que Enjolrás había hecho amontonar en la puerta de Corinto, fueron subidos al primer piso y al desván; y antes de que transcurriese otro minuto, aquellos adoquines, colocados artísticamente uno sobre otro, tapiaban hasta la mitad de su altura la ventana del uno y los tragaluces del otro.

Feuilly, principal constructor, tuvo cuidado de dejar algunos claros para los cañones de los fusiles.

Aquella especie de parapeto en las ventanas pudo formarse con tanta mayor facilidad, cuanto que la metralla había cesado.

Las dos piezas tiraban ahora con bala al centro del reducto, á fin de abrir un agujero, y, si era posible una brecha para el asalto.

Cuando los adoquines destinados á la defensa estuvieron en su sitio, Enjolrás mandó llevar al primer piso las botellas que había colocado debajo de la mesa donde estaba Mabeuf.

--¿Quién, entonces, beberá esto?--preguntó Bossuet.

--Ellos,--contestó Enjolrás.

Se tapió enseguida la ventana del piso bajo, y se aprontaron los travesaños de hierro que servían para cerrar de noche por dentro la puerta del bodegón.

La fortaleza estaba completa. La barricada era el baluarte y era la taberna el torrejón.

Con los adoquines que quedaron se cerró la cortadura.

Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados á economizar las municiones, y los sitiadores lo saben, estos combinan su plan con una especie de regodeo irritante, exponiéndose antes de tiempo al fuego, más aún en apariencia que en realidad, y permitiéndose todas las comodidades.

Los preparativos de ataque se hacen siempre con cierta lentitud metódica; después viene el rayo.

Esta lentitud permitió á Enjolrás revisarlo y perfeccionarlo todo. Conocía que, ya que semejantes hombres iban á morir, su muerte debía ser una obra maestra.

Dijo á Mario:

--Somos los dos jefes. Voy adentro á dar algunas órdenes; quédate fuera tú, y observa.

Apostóse Mario de vigía en la cúspide de la barricada.

Enjolrás mandó clavar la puerta de la cocina, que, como recordará el lector servía de hospital.

--Que no alcancen las salpicaduras á los heridos,--dijo.

Dió las últimas instrucciones en la sala baja con voz breve, pero profundamente tranquila; Feuilly escuchaba y respondía en nombre de todos:

--Que haya hachas dispuestas en el primer piso para cortar la escalera. ¿Las hay?

--Sí,--dijo Feuilly.

--¿Cuántas?

--Dos hachas y un machete.

--Está bien. Somos veintisiete hombres aptos para el combate. ¿Cuántos fusiles hay?

--Treinta y cuatro.

--Sobran ocho. Que estén á la mano esos ocho fusiles, cargados como los demás. En el cinto los sables y las pistolas. Veinte hombres en la barricada. Seis, emboscados en la buhardilla y en la ventana del primer piso para hacer fuego contra los sitiadores por las troneras de los adoquines. Que no quede aquí ni un solo trabajador inútil. Luego, cuando el tambor toque á atacar, que los veinte de abajo se precipiten á la barricada. Los que primero lleguen se colocarán mejor.

Dadas estas órdenes, se volvió á Javert, y le dijo:

--No me olvido de ti.

Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:

--El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos á ese espía.

--¿Aquí mismo?--preguntó una voz.

--No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se puede atravesar la pequeña barricada de la callejuela de Mondetour. Sólo tiene cuatro pies de alta. El hombre está bien amarrado. Se le conducirá y ejecutará allí. En aquel momento había uno de los presentes más impasible que Enjolrás; era Javert.

Presentóse Juan Valjean.

Estaba confundido en el grupo de los insurrectos.

Salió y dijo á Enjolrás:

--¿Sois vos el jefe?

--Sí.

--Me habéis dado las gracias hace poco.

--En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores; Mario Pontmercy y vos.

--¿Creéis que merezco recompensa?

--Sin duda.

--Pues bien; pido una.

--¿Cuál?

--La de permitirme levantar la tapa de los sesos á ese hombre.

Javert alzó la cabeza, vió á Juan Valjean, hizo un movimiento imperceptible, y dijo:

--Es muy justo.

Enjolrás había vuelto á cargar de nuevo la carabina, y miró alrededor.

--¿No hay quién reclame?

Y dirigiéndose á Juan Valjean, le dijo:

--Tomad el polizonte.

Juan Valjean tomó, en efecto, posesión de Javert, sentándose al extremo de la mesa.

Cogió la pistola, un débil ruido seco anunció que acababa de montarla.

Casi al mismo instante se oyó el toque de una corneta.

--¡Alerta!--gritó Mario desde lo alto de la barricada.

Javert se puso á reir con aquella risa sorda que le era propia, y mirando fijamente á los insurrectos, les dijo:

--No gozáis de mucha más salud que yo.

--¡Todo el mundo afuera!--gritó Enjolrás.

Los insurrectos se lanzaron en tropel, y al salir recibieron en la espalda (permítasenos la frase) estas palabras de Javert:

--¡Hasta luego!

XIX =Venganza de Juan Valjean=

En cuanto Juan Valjean se quedó sólo con Javert, desató la cuerda que sujetaba al prisionero por la mitad del cuerpo, y cuyo nudo estaba debajo de la mesa. Enseguida le hizo seña de que se levantase.

Javert obedeció, con aquella indefinible sonrisa en que se condensa la supremacía de la autoridad encadenada.

Juan Valjean tomó á Javert de la gamarra, como se tomaría á una acémila del diestro y conduciéndole en pos de sí, salió del figón con lentitud, porque Javert, trabado de piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.

Juan Valjean llevaba en la mano la pistola.

Atravesaron de este modo el trapecio interior de la barricada.

Los insurrectos, atentos todos al inevitable ataque, estaban de espaldas.

Solamente Mario, ladeado en la extremidad izquierda del parapeto, los vió pasar. Aquel grupo del paciente y el verdugo se iluminó con la luz sepulcral que había en su alma.

Juan Valjean, no sin algún trabajo, hizo escalar á Javert, atado y todo, sin soltarle un instante, la pequeña trinchera de la callejuela de Mondetour.

Cuando hubieron pasado este parapeto, se encontraron solos en la calle.

Nadie los veía.

El ángulo que formaban las casas los ocultaba á los ojos de los insurrectos.

Á pocos pasos de allí formaban un terrible montón los cadáveres retirados de la barricada.

En aquel hacinamiento de muertos se distinguía un rostro lívido, una cabellera suelta, una mano agujereada, y un seno de mujer medio desnudo: era Eponina.

Javert se fijó, de soslayo, en aquel cuerpo, y dijo á media voz, profundamente tranquilo:

--Paréceme que conozco á esa muchacha.

Después se volvió hacia Juan Valjean.

Juan Valjean se puso la pistola bajo el brazo, y fijó en Javert una mirada que no necesitaba palabras para decir:

--Javert, soy yo.

Javert respondió:

--Desquítate.

Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.

--¡Un flamenco!--exclamó Javert.--Tienes razón. Esto te cuadra más.

Juan Valjean cortó la gamarra que Javert tenía al cuello, luego cortó las cuerdas de las muñecas, y por último, bajándose, hizo lo mismo con la cuerda de los pies. Después, poniéndose otra vez derecho, díjole con fría serenidad:

--Estáis libre.

Javert no era hombre que se asombrase fácilmente. Sin embargo, á pesar de ser tan dueño de sí mismo, no pudo evitar cierta emoción. Se quedó admirado é inmóvil.

Juan Valjean prosiguió:

--No creo que salgáis de aquí. No obstante, si por casualidad salieseis, vivo con el nombre de Fauchelevent en la calle del Hombre Armado, número 7.

Javert sintió una especie de fruncimiento de tigre, que le hizo entreabrir un lado de la boca, y murmuró entre dientes:

--Guárdate.

--Idos,--dijo Juan Valjean.

--Javert repuso:

--¿Has dicho Fauchelevent, calle del Hombre Armado?

--Número 7.

Javert repitió á media voz:

--Número 7.

Abrochóse su levitón, tomó cierta actitud militar, dió media vuelta, cruzó los brazos, apoyando la barba en una de las manos, y echó á andar tomando la dirección de los Mercados. Juan Valjean le seguía con la vista.

Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y dijo á Juan Valjean:

--Me habéis fastidiado. Prefiero que me matéis.

Javert, sin advertirlo, no tuteaba ya á Juan Valjean.

--Idos,--repitió Juan Valjean.

Javert se fué alejando poco á poco. Un momento después doblaba la esquina de la calle de Predicadores.

Cuando Javert hubo desaparecido, Juan Valjean descargó su pistola al aire.

Después, entrando de nuevo en la barricada, dijo:

--Ya está.

Entretanto he aquí lo que había pasado.

Mario, más ocupado en lo de afuera que en lo de adentro, no se había fijado hasta entonces en el espía amarrado en el fondo obscuro de la sala baja.

Cuando le vió á la luz del día, atravesando la barricada camino de la muerte, le conoció.

Un recuerdo súbito penetró en su alma. Acordóse del inspector de la calle de Pontoise y de las dos pistolas que le había entregado, las que le sirvieron en aquella misma barricada; y no sólo se acordó de la fisonomía, sino también del nombre.

Sin embargo, era un recuerdo nebuloso y confuso, como todas sus ideas.

No fué una afirmación, sino una pregunta que se hizo á sí mismo.

--¿No es ese el inspector de policía que me dijo llamarse Javert?

Quizá era tiempo todavía de intervenir en favor de aquel hombre; pero, ante todo, había que cerciorarse de si era en realidad Javert.

Mario interpeló á Enjolrás, que acababa de colocarse al otro extremo de la barricada:

--¡Enjolrás!

--¿Qué?

--¿Cómo se llama ese hombre?

--¿Quién?

--El agente de policía. ¿Sabes su nombre?

--Sin duda; él mismo nos lo ha dicho.

--¿Cómo se llama?

--Javert.

Mario se levantó.

En aquel instante se oyó el pistoletazo.

Juan Valjean volvió á aparecer, diciendo:--«Ya está».

Un frío interior atravesó el corazón de Mario.

XX =Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan=

La agonía de la barricada iba á empezar.

Todo contribuía á aumentar la trágica majestad de aquel momento supremo; mil misteriosos fracasos en el aire, el soplo de las masas armadas puestas en movimiento en calles que no se veían, el galope intermitente de los caballos, el pesado rodar de las piezas de artillería en marcha, las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose en el laberinto de París, el humo dorado de la batalla subiéndose á los tejados, gritos lejanos, vagos, terribles, relámpagos amenazadores en todas partes, la campana de San Merry, que parecía entonces sollozar, la dulzura de la estación, el esplendor del cielo lleno de sol y de nubes, la belleza del día y el espantoso silencio de las casas.

Porque, desde la víspera, era el silencio ciertamente terrible; las dos hileras de casas de la calle de la Chanvrerie se habían convertido en murallas, murallas espantosas, con las puertas cerradas, y cerradas también ventanas y postigos.

En aquellos tiempos, tan diferentes de los actuales, cuando había llegado la hora en que el pueblo quería derrocar una situación demasiado larga, ó acabar con una carta otorgada, ó con un país legal; cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera; cuando la ciudad consentía en la sublevación de sus adoquines; cuando la insurrección hacía sonreír á la burguesía cuchicheándole al oído el santo y seña, entonces el habitante, penetrado, digámoslo así, de motín, auxiliaba al combatiente, y la casa fraternizaba con la fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.

Cuando la situación no había aún madurado; cuando la insurrección no era consentida decididamente; cuando la masa rechazaba el movimiento, ¡ay de los combatientes! la ciudad se convertía en desierto alrededor de los sublevados, las almas se helaban, los asilos se cerraban, y la calle se cambiaba en desfiladero para ayudar al ejército á tomar la barricada.

No se hace andar á un pueblo por sorpresa más aprisa de lo que él quiere. ¡Desgraciado del que quiera violentarle!

Un pueblo no se deja manejar. Entonces abandona la insurrección á sus propias fuerzas, y mira á los insurrectos como apestados, y la casa es una escarpadura, la puerta un rechazo, la fachada un muro. Muro que ve, oye y se hace el sordo. Pudiera entreabrirse y salvarle.

Pero no. Aquel muro es un juez. Mira y condena.

¡Qué sombrío aspecto el de las casas cerradas! Parecen muertas y viven. La vida, que se encuentra allí como en suspenso, persevera.

Nadie ha salido de allí hace veinticuatro horas; pero tampoco falta nadie.

En el interior de aquella roca se va, se viene, se acuesta la gente y se levanta; se vive en familia, se bebe, se come, y se tiene miedo; ¡cosa terrible! El miedo disculpa aquella terrible inhospitalidad, y el susto que con él se mezcla es una circunstancia atenuante.

Algunas veces se han visto ejemplos de ello; el miedo se convierte en pasión; el susto puede cambiarse en furia, como la prudencia en cólera. De ahí aquella frase tan profunda: _¡Esos rabiosos de moderados!_

Hay resplandores de espanto supremo, de donde sale como un humo lúgubre, la cólera.

¿Qué quieren estas gentes?...

No están nunca contentos. Comprometen á los hombres pacíficos...

¡Como si no tuviésemos ya revoluciones de sobra!...

¿Qué han venido á hacer aquí?...

Que busquen medio de salvarse: y si no lo encuentran, tanto peor para ellos; suya es la culpa...

Les está bien...

Nada de eso nos atañe...

Pues, ¿y nuestra pobre calle? ¡Cómo nos la han acribillado á balazos!...

Son un hato de perdidos...

Sobre todo, que no se les abra la puerta...

Y la casa entonces toma el aspecto de una tumba.

El insurrecto agoniza delante de aquella puerta; ve llegar la metralla y los sables desnudos; si grita, sabe que le oyen, pero sabe también que no han de ir á abrirle.

Hay allí paredes que podrían protegerle; hay hombres que podrían salvarle; y tienen aquellas paredes oídos de carne, y los hombres aquellos entrañas de piedra.

¿Á quién acusar?

Á nadie y á todo el mundo.

Á los tiempos incompletos en que vivimos.

Así es que la utopía se transforma siempre de su cuenta y riesgo en insurrección, pasando de protesta filosófica á protesta armada; de Minerva á Palas.

La utopía, que se impacienta y se vuelve motín, sabe lo que la espera; lo común es que se anticipe demasiado.

Entonces se resigna y acepta estoicamente, en lugar del triunfo, la catástrofe.

Sirve sin quejarse, y hasta disculpa á los que reniegan de ella; su magnanimidad es consentir en el abandono.

Es indomable contra el obstáculo, é indulgente con la ingratitud.

¿Pero es, en efecto, ingratitud?

Sí, bajo el punto de vista humano.

No, bajo el punto de vista individual.

El progreso es el modo de ser del hombre.

La vida general de la especie humana se llama Progreso; el paso colectivo de la especie humana se llama igualmente Progreso.

El progreso camina; hace el gran viaje humano y terrenal hacia lo celestial y lo divino; tiene sus paradas, durante las cuales reúne el rebaño cuando se queda atrás; tiene sus estaciones en que medita, ante alguna tierra de Canaán espléndida, descubriendo de improviso su horizonte; tiene sus noches en que duerme; y una de las más dolorosas ansiedades del pensador es ver sombras en el alma humana, y tocar, en medio de las tinieblas, sin poder despertarle, al progreso dormido.

_Dios está muerto tal vez_, decía un día al que escribe estas líneas, Gerardo de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la interrupción del movimiento por la muerte del Ser.

El que desespera se equivoca.

El progreso se despierta infaliblemente: y en suma, pudiera decirse que marcha, dormido y todo, por lo que crece. Cuando se le ve nuevamente de pie, se le encuentra más alto.

Estar siempre apacible no depende del progreso, ni más ni menos que del río. No elevéis ninguna barrera; no arrojéis ninguna roca, que el obstáculo hace espumar al agua y hervir la humanidad.

De ahí los disturbios; pero después de los disturbios se conoce el camino andado.

Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya establecido; hasta que reinen la armonía y unión, el progreso tendrá por etapa las revoluciones.

¿Qué es el progreso entonces? Acabamos de decirlo: la vida permanente de los pueblos.

Ahora bien; algunas veces sucede que la vida momentánea de los individuos resiste á la vida eterna del género humano.

Confesémoslo sin amargura; el individuo tiene su interés distinto, y puede, sin prevaricación, estipular en favor de ese interés y defenderlo. Tiene el presente, posee su parte excusable de egoísmo; la vida momentánea tiene su derecho, y no está obligada á sacrificarse eternamente por el porvenir.

La generación, á la que toca actualmente dar la vuelta al mundo, no se halla constituida en el deber de abreviar su viaje por otras generaciones que, bien considerado todo, son iguales á ella, y cuyo turno llegará más tarde.