Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 56
Excepción hecha de los que habían sido cogidos en el sitio del combate, los consejos de guerra no se atrevieron á molestar á nadie. Dejóse, pues, tranquilo á Mario.
El señor Guillenormand atravesó primero todas las angustias para experimentar luego todos los éxtasis. Costó mucho impedirle que pasase las noches enteras junto al herido. Hizo que le llevaran su colosal sillón al lado de la cama de Mario, y exigió que su hija emplease el mejor lienzo de la casa en hacer compresas y vendas. La señorita Guillenormand, obrando como persona prudente y mayor, halló medio de economizar la batista, dejando al propio tiempo al abuelo en la creencia de que le obedecía. El señor Guillenormand no permitía que le explicasen que se sacan mejores hilas del lienzo grueso que de la batista, y del usado que del nuevo. Asistía á todas las curas que el pudor vedaba presenciar á la señorita soltera.
Cuando se cortaban con las tijeras las carnes muertas, él exclamaba: ¡ay! ¡ay! Nada tan conmovedor como verle alargar al herido, con su trémula mano senil, una tisana. Abrumaba al médico á preguntas, sin advertir que siempre le repetía las mismas.
El día en que le anunció el doctor que Mario estaba fuera de peligro, el buen hombre se volvió medio loco. Dió tres luises de propina al portero.
Por la noche, al entrar en su cuarto, bailó una gavota castañeteando con los dedos índice y pulgar, y cantando esta canción:
Juana nació bretona, Que es nido de pastoras; Yo adoro su jubón; Bribón.
En ella amor se anida. Pues clava con su vista De su aljaba los frutos, Astutos.
Yo la canto, y yo quiero Más que á Diana, ¡salero! Sus dos melocotones, Bretones.
Arrodillóse luego sobre una silla, y Vasco, que le observaba por la rendija de la puerta, tuvo por cierto que estaba rezando.
Hasta entonces no había creído mucho en Dios.
Á cada nueva fase de mejoría que iba notando, aumentaba el abuelo sus extravagancias. Hacía un sinfín de acciones maquinales, llenas de alegría; subía y bajaba las escaleras sin saber por qué. Una vecina, no mal parecida por cierto, se quedó asombrada al recibir una mañana un gran ramo de flores. Era el señor Guillenormand quien se lo enviaba, y fué ello causa de una escena de celos con el marido. El señor Guillenormand intentaba coger y sentar á Nicolasita sobre sus rodillas.
Llamaba á Mario el señor barón, y gritaba á veces: ¡Viva la república!
Á cada instante preguntaba al médico:
--¿Verdad que ya no hay peligro?
Miraba á Mario con ojos de abuela. Mirábale comer como alelado. No se cuidaba ni se atendía para nada á sí mismo. Mario era el dueño de la casa; en el colmo de su alegría había abdicado, resultando ser el nieto de su nieto.
En medio de aquella alegría era el más venerable de los niños. Por temor de fatigar ó de importunar al convaleciente, se colocaba detrás de él para prodigarle sus sonrisas. Estaba contento, gozoso, fuera de sí; había rejuvenecido. Sus cabellos blancos realzaban con suave majestad el alegre resplandor que brotaba de su rostro.
Cuando la gracia se mezcla con las arrugas, es adorable; hay siempre cierta aurora en las expansiones de la vejez.
En cuanto á Mario, mientras se dejaba curar y velar, no tenía más que una idea fija: Cosette.
Desde que se calmó la fiebre y el delirio, no volvió á pronunciar este nombre; parecía que no pensaba ya en él, y precisamente estaba silencioso porque tenía allí su alma.
No sabía lo que había sido de Cosette; todos los sucesos de la calle de la Chanvrerie vagaban como una nube en su memoria; sombras casi imperceptibles flotaban en su espíritu, Eponina, Gravroche, Mabeuf, los Thénardier, todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de la barricada; la extraña aparición del señor Fauchelvent en aquella sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad; no comprendía nada de su propia vida; no sabía cómo ni por quién había sido salvado, y nadie en su derredor lo sabía tampoco.
Lo único que pudieron decirle fué, que le habían traído de noche en un carruaje de alquiler á la calle de las Hijas del Calvario. Pasado, presente, porvenir, todo no era en él más que las nebulosidades de una idea vaga; pero en medio de aquella bruma había un punto inmóvil, una línea clara y precisa, una cosa de granito, una resolución, una voluntad: encontrar á Cosette. Para él la idea de la vida no era distinta de la idea de Cosette; había decretado en el fondo de su corazón que no aceptaría lo uno sin lo otro; y estaba inquebrantablemente decidido á exigir de quien quiera que quisiese, obligarle á continuar viviendo, fuese su abuelo, la suerte ó el infierno, la restitución de su perdido Edén.
Mas no se hacía ilusiones respecto de los obstáculos.
Debemos apuntar aquí un detalle: no se dejaba ganar ni enternecer por todas las solicitudes y ternezas de su abuelo. Tampoco estaba, por otra parte, en el secreto de todas ellas, y luego en sus divagaciones de convaleciente, calenturientas todavía quizá, desconfiaba de aquellas dulzuras como de una cosa extraña y nueva, cuyo objeto fuese sojuzgarle. Manteníase frío. El abuelo le prodigaba inútilmente sus áridas sonrisas de anciano.
Decíase Mario para sí que, no hablando y dejándose llevar, todo iría buenamente; pero que, tratándose de Cosette, encontraría quizá otro semblante, y aparecería entonces desenmascarada la verdadera expresión del abuelo.
Y el choque tendría que ser violento; recrudescencia de las cuestiones de familia, comparación de posiciones, todos los sarcasmos y todas las objeciones á la vez; Fauchelvent, _Cortaelviento_, la fortuna, la pobreza, la miseria, la piedra al cuello, el porvenir. Resistencia violenta y, conclusión: Negativa.
Mario se prevenía de antemano.
Y después, á medida que iba recobrando vida, reaparecían sus antiguos agravios, abríanse de nuevo las envejecidas llagas de su memoria, pensaba en el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el abuelo, imaginando así que ninguna bondad positiva podía esperar de quien había sido tan injusto y tan duro para con su padre. Y con la salud renacía en él cierta aspereza contra su abuelo. El buen viejo la resistía dulcemente.
El señor Guillenormand observaba también, aunque nada decía, que Mario, desde su vuelta á casa y de haber recobrado el conocimiento, no le había dicho una sola vez padre mío. No le decía tampoco señor, es cierto, pero hallaba medio de no decir lo uno ni lo otro, con el giro que daba á las frases.
Se aproximaba evidentemente una crisis.
Como sucede casi siempre en tales casos, Mario, á fin de probar sus fuerzas, intentó una escaramuza antes de empeñar la batalla. Esto se llama tantear el terreno.
Cierta mañana en que el señor Guillenormand, á propósito de un periódico que le vino á mano, habló ligeramente de la Convención, y lanzó un epifonema realista contra Dantón, Saint Just y Robespierre.
--Los hombres del '93 eran gigantes,--dijo Mario con severidad. El viejo se calló, y no volvió á chistar en todo el día.
Mario, que tenía presente siempre el espíritu inflexible del abuelo de sus primeros años, vió en aquel silencio, una profunda concentración de cólera; auguró una lucha encarnizada, y aumentó en lo más recóndito de su pensamiento los preparativos de combate.
Resolvió que en caso negativo, se arrancaría los aparatos, dislocaría de nuevo su clavícula, descubriría las heridas que aún estaban abiertas, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones. Obtener á Cosette ó morir.
Esperaba el momento favorable con la paciencia muda de los enfermos. Este momento vino.
III =Mario ataca=
Un día el señor Guillenormand, mientras que su hija ponía en orden los frascos y las tazas sobre el mármol de la cómoda, inclinándose sobre Mario, le dijo con la mayor ternura:
--¿Sabes, hijo mío, que yo en tu lugar preferiría ahora la carne al pescado? Un lenguado frito es muy bueno al principio de la convalecencia; pero después, al irse á levantar el enfermo, no hay como una buena chuleta.
Mario, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se incorporó en el lecho, apoyó las manos en la ropa de la cama, miró á su abuelo de frente, y con aire y acento terrible, dijo:
--Esto me pone en el caso de deciros una cosa.
--¿Cuál?
--Que quiero casarme.
--Lo había previsto,--dijo el abuelo soltando una carcajada.
--¿Cómo previsto?
--Sí, previsto. Tendrás tu novia.
Mario, estupefacto y abrumado de admiración, temblaba con todos sus miembros.
El señor Guillenormand continuó:
--Sí, la tendrás; tendrás á tu linda y tierna niña. Todos los días viene bajo la forma de un respetable anciano á preguntar por ti. Desde que estás herido, se pasa el tiempo llorando y haciendo hilas. Me he informado. Vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¡Ya estamos en ello! La quieres ¿no es eso? pues bien; la tendrás. Esto te admira. Habías formado tu pequeño complot, y te habías dicho: Voy á decírselo así, crudamente á mi abuelo, á esa momia de la Regencia y del Directorio, á ese antiguo pisaverde, á ese Dorante convertido en Geronte. También ha tenido él sus ligerezas, y sus amoríos, y sus modistillas, y sus Cosettes. También él ha tenido sus arrullos y tendido sus alas y picoteado el pan de sus abriles; preciso será que se acuerde. Vamos á verlo. Batalla. ¡Ah! ¡Así coges al saltón de los cuernos! Vaya en gracia. Te ofrezco una chuleta y me respondes que quieres casarte. ¡Ésta sí que es transformación! Habrás contado con que habría pelotera. No sabiendo que era yo un viejo cobarde.
«¿Qué dices á ello? Te contraría. No esperabas encontrar al abuelo más tonto que tú, y te hallas con que resulta inútil el discurso que ibas á endilgarme. ¿No es verdad, señor abogado, que hay para desesperarse? Pues bien; desesperarse y barajar. Hago pues lo que quieres, y todo es culpa tuya, imbécil. Óyeme.
«Me he informado, pues yo también soy un tanto cazurro, y sé que es hermosa y muy prudente; lo del lancero no resultó verdad; ha hecho un montón de hilas; es un estuche; te adora; y si te hubieras muerto, habríamos sido tres; su ataúd habría acompañado al mío.
«Se me ocurrió la idea desde que te vi mejor de colocártela á la cabecera sin más ni más; pero solamente en las novelas se introduce así de rondón á las muchachas lindas en las alcobas de los simpáticos heridos que les interesan. Esto ya no se hace. ¿Qué hubiera dicho tu tía?
«Casi siempre estabas medio desnudo, señorito. Pregúntale á Nicolasita, que no se ha separado de ti un momento, si era posible que una mujer se acercase á tu cama. Y luego, ¿qué hubiera dicho el médico? Una joven bonita no es el mejor remedio contra la fiebre.
«Por fin ¿á qué hablar más de ello? Es negocio concluido; es cosa hecha; ya está dicho; tómala. Ésta es mi ferocidad. He visto que ya no me querías, y he dicho para mí: ¿Qué haría yo para que me quisiera ese tunante? Tengo á mano su Cosette y voy á dársela; preciso será que me ame un poco ó me diga por qué.
«¡Ah! ¡Pensabas que el viejo iba á gritar como un energúmeno, á levantar su bastón contra esa aurora! Nada de eso. Venga Cosette, y venga el amor enhorabuena. No deseo otra cosa. Señorito, tomaos la molestia de casaros. ¡Y sé feliz, hijo de mi alma!».
Dicho esto el anciano, rompió á llorar.
Cogió la cabeza de Mario, la estrechó contra su corazón, y el viejo y el joven lloraron juntos.
El llanto es una de las manifestaciones de suprema dicha.
--¡Padre mío!--exclamó Mario.
--¡Ah! ¡Conque me amas!--dijo el anciano.
Hubo un momento inefable. Ambos se ahogaban y no podían hablar.
Por fin, tartamudeó el abuelo:
--¡Vamos! Ya desembuchó; ya me ha llamado padre.
Mario desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo suavemente:
--Pero, padre mío, ahora que estoy mejor, me parece que podría verla.
--También lo tenía previsto. La verás mañana.
--¡Padre mío!
--¿Qué?
--¿Por qué no hoy?
--Pues bien, hoy. ¡Vaya por hoy! Me has llamado tres veces «padre mío», y bien vale ello que la veas. Voy á ocuparme. Te la traerán. Lo tenía previsto, créeme. Esto ha sido ya puesto en verso. Es el desenlace de la elegía del _Joven enfermo_ de Andrés Chenier, á quien degollaron los malva... los gigantes del '93.
Creyó el señor Guillenormand notar un ligero fruncimiento de cejas en Mario, quien, á decir verdad, ya no le escuchaba, transportado como estaba en amoroso éxtasis, y pensando mucho más en Cosette que en 1793.
El abuelo, temblando de haber citado tan fuera de propósito á Andrés Chenier, repuso precipitadamente:
--Degollaron, no es la palabra. El hecho es que los grandes genios revolucionarios, que no eran malvados, esto es incontestable, que eran héroes, ¡pardiez! conocían que Andrés Chenier les molestaba un poco, y le hicieron guilloti... Es decir, que aquellos grandes hombres, el 7 de Termidor, por el bien público, suplicaron á Andrés Chenier que tuviese la bondad de ir...
El señor Guillenormand, enredado en su propia frase, no pudo continuar. No acertando pues á concluir ni á retractar la frase, aprovechó un momento en que su hija arreglaba la almohada de Mario, y trastornado con tan vivas emociones, salió fuera del cuarto tan aprisa como se lo permitieron sus años, cerró tras de sí la puerta, encendido el rostro, sofocado, echando espumarajos, desencajados los ojos, y hallándose de manos á boca con el buen Vasco, que estaba limpiando las botas en la antecámara, le cogió del cuello, y le gritó furioso á la cara:
--¡Por todos los diablos del infierno! ¡Sí, sí, aquellos bandidos le asesinaron!
--¿Á quién, señor?
--¡Á Andrés Chenier!
--Sí, señor,--dijo Vasco asustado.
IV =La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo=
Cosette y Mario volvieron á verse.
Renunciamos á describir la entrevista. Hay cosas de las que no se debe intentar la pintura; el sol es una de ellas.
Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasita, estaba reunida en el cuarto de Mario cuando entró Cosette.
Apareció en el umbral; hubiérase dicho que la circundaba una aureola.
Precisamente en aquel instante iba á sonarse el anciano, y se quedó parado, cogida la nariz en el pañuelo, y mirando por encima á Cosette.
--¡Adorable!--exclamó.
Después se sonó estrepitosamente.
Cosette estaba embriagada de gozo, embelesada, asustada, en el cielo. Estaba todo lo asombrada que se puede estar en la dicha. Balbuceaba, ya pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Mario, y sin atreverse. Avergonzábase de amar delante de tanta gente. No se tiene jamás compasión á los amantes dichosos; se está junto á ellos cuando más desearían verse solos. ¡Qué necesidad tenían de la gente!
Con Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, grave, y risueño á la vez, si bien resultaba aquella sonrisa vaga y dolorosa. Era el señor Fauchelvent; esto es, Juan Valjean.
_Vestido muy decentemente_, como había dicho el portero, luciendo un traje negro y nuevo, y con corbata blanca.
El portero estaba muy lejos de reconocer en aquel anciano burgués, en aquel notario probable, al horrible conductor de cadáveres que apareció á sus ojos la noche del 7 de junio, harapiento, enlodado, asqueroso, enmascarado de sangre y cieno, sosteniendo en brazos á Mario sin sentidos; y sin embargo, su olfato de portero estaba excitado. Cuando el señor Fauchelvent llegó con Cosette, no pudo menos de decir por lo bajo á su mujer:
--No sé por qué, pero cada día se me antoja que he visto otra vez esta cara.
El señor Fauchelvent, en el cuarto de Mario, permaneció como aparte y junto á la puerta.
Llevaba bajo el brazo un paquete, muy parecido á un tomo en octavo, envuelto en papel. Esta cubierta de papel era verduzca, y parecía mohosa.
--¿Llevará siempre ese buen señor libros bajo el brazo?--preguntó por lo bajo á Nicolasita la señorita Guillenormand, poco amiga de libros.
--¡Y qué!--respondió en el mismo tono el señor Guillenormand, que la había oído.--Será algún sabio. Además, ¿qué tiene eso de particular? ¿Es culpa suya? El señor Boulard, á quien conocí, no salía nunca sin su libraco contra el pecho. Y saludando, dijo en alta voz:
--Señor Tranchelvent...
El abuelo Guillenormand no lo hizo adrede, pues la poca atención á los nombres propios era en él un rasgo aristocrático.
--Señor Tranchelvent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor barón Mario de Pontmercy, la mano de esta señorita.
«El señor Tranchelvent» se inclinó.
--Negocio concluido,--exclamó el abuelo.
Y volviéndose á Mario y Cosette, con ambos brazos extendidos en actitud de bendecirlos, gritó:
--Permiso para adoraros.
No dieron ellos lugar á que se repitiese la autorización. Y empezó el gorjeo.
Hablábanse en voz baja, Mario recostado en su ancho sillón, Cosette de pie junto á él.
--¡Dios mío!--murmuraba Cosette.--¡Os vuelvo á ver! ¡Eres tú! ¡Sois vos! ¡Haber ido á batirse de aquel modo! ¿Y por qué? Es horrible. Durante cuatro meses no he vivido. ¡Oh! ¡Qué maldad haber tomado parte en esta lucha! ¿Qué os había hecho yo? Os perdono; pero no volváis á ello jamás. Ahora mismo, cuando han ido á decirnos que viniéramos, volví á creer que me moría; pero era de gozo. ¡Estaba tan triste! No me detuve en vestirme, y así, debo pareceros horrible. ¿Qué dirán vuestros parientes si reparan en mi pañoleta toda arrugada? ¡Pero habla! Dejas que hable yo sola. Seguimos viviendo en la calle del Hombre Armado.
«¡Parece que la herida del hombro era terrible! Me han asegurado que cabía el puño dentro. Además, parece que os han cortado la carne con tijeras. Esto es horroroso. He llorado hasta agotarse el raudal de mis ojos.
«¡Es bien extraño que se pueda sufrir tanto!
«¡Qué aspecto tan bondadoso tiene vuestro abuelo! No os molestéis ni os apoyéis en el codo, vais á haceros daño. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Acabóse, pues, la desgracia!
«Soy una tonta. Quería deciros cosas que ya no recuerdo. ¿Me amáis como antes?
«Vivimos en la calle del Hombre Armado. Allí no hay jardín.
«He estado haciendo hilas todo este tiempo. ¡Aquí tenéis; señor mío; la culpa es vuestra, se me ha encallecido el dedo!».
--¡Ángel mío!--exclamó Mario.
_Ángel_ es la sola palabra de la lengua que no se gasta nunca. Ninguna otra podría resistir al obstinado empleo que hacen de ella los enamorados.
Después, como había gente delante, cesaron de hablar, contentándose con estrecharse suavemente la mano.
El señor Guillenormand se volvió á los que estaban en el cuarto, y les gritó:
--Vamos, señores, hablar alto, hacer ruido, formar aparte. ¡Qué diablo! Bullicio, bullicio, que estos muchachos puedan charlar á su gusto.
Y acercándose á Mario y Cosette les dijo por lo bajo:
--Tuteaos. No os hagáis violencia.
La señorita Guillenormand asistía con estupor á esa irrupción de claridad en su interior de vieja solterona; pero este estupor no tenía nada de agresivo; no era por ningún concepto la mirada escandalizada y envidiosa de una lechuza á dos tortolillas; era buenamente el ojo atónito de una pobre inocente de cincuenta y siete años; era la vida sin vida contemplando este triunfo del amor.
--Ya te lo tenía yo dicho,--exclamaba su padre,--no podía dejar de suceder esto.
Permaneció un instante silencioso, y añadió luego:
--Contempla la dicha de los demás.
Volviéndose enseguida hacia Cosette, exclamó:
--¡Bellísima, encantadora! Es una magnífica pintura de Greuze. ¿Y vas tú solo á poseer semejante tesoro, polizonte? ¡Ah, pícaro! De buena te libras conmigo. Si tuviera yo quince años menos, nos disputaríamos su mano á estocadas.
«¡Vaya! estoy enamorado de vos, damisela. Es muy sencillo, pues... ¡Está en su derecho! ¡Ah qué lindas, qué alegres bodas vamos á tener! Nuestra parroquia es San Dionisio del Santísimo Sacramento; pero obtendré una dispensa para que os caséis en San Pablo, que es mejor iglesia. La construyeron los jesuitas. Es más graciosa. Está mirando á la fuente del cardenal de Birague. La obra maestra de la arquitectura de los jesuitas está en Namur; se llama Saint Loup. Será preciso ir á verla después de casados. Vale la pena de hacer el viaje.
«Señorita, soy completamente de vuestro modo de pensar; quiero que se casen las muchachas, pues para eso han nacido. No me gustan las santas Catalinas vírgenes. Quedarse solteras es meritorio, pero frío. La Biblia dice: Multiplicaos. Para salvar al pueblo se necesita á Juana de Arco, la doncella; mas para que no se acabe la especie, se necesitan madres. Casaos, pues, hermosas. ¿De qué sirve permanecer solteras? Yo sé bien que hay para ellas una capilla aparte en la iglesia, y que se acogen á la hermandad de la Virgen; pero, caramba, un lindo marido, mozo de provecho, y al cabo de un año un monín rollizo y rubio, que mame como un ganapán y que tenga buenas roscas de carne en los muslos y que coja á manos llenas el pecho de la madre con sus deditos sonrosados, riendo como la aurora, vale esto mucho más, á mi ver, que llevar á vísperas un cirio, y cantar: _Turris eburnea_».
El abuelo hizo una pirueta sobre sus talones de noventa años, y prosiguió en su charla, como resorte en movimiento:
¿Con que, por fin, dejándote de vaguedades falsas Resulta verdadero, Alcipo, que te casas?
--Á propósito.
--¿Qué, padre mío?
--¿No tenías un amigo íntimo?
--Sí, Courfeyrac.
--¿Qué se ha hecho de él?
--Ha muerto.
--Más vale así.
Sentóse junto á ellos, hizo sentar también á Cosette, y cogió sus cuatro manos entre las suyas arrugadas por la edad, diciendo:
--Delicadilla es la niña. ¡Es una obra maestra esta Cossette! Es tan linda muchacha como gran señora. Lástima que se quede en baronesa, pues su nacimiento es de marquesa. ¡Y qué pestañas tiene!
«Hijos míos, fijad bien en vuestras cabezuelas que estáis ahora en lo cierto. Amaos como bobos. El amor es la barbaridad de los hombres y el espíritu de Dios. Adoraos. Sólo que,--y dijo esto poniéndose triste de repente.--¡Qué lástima! Ahora pienso en ello. Más de la mitad de mi renta es vitalicia. Mientras yo viva, todo irá bien; pero después de mi muerte, de aquí á veinte años, ¡ah, pobrecillos! no tendréis un cuarto. Esas bonitas y blancas manos, señora baronesa, dispensarán al diablo el favor de tirarle de la cola».
Oyóse aquí una voz grave y tranquila, que dijo:
--La señorita Eufrasia Fauchelvent tiene seiscientos mil francos.
Era la voz de Juan Valjean.
No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de que estuviese allí, y él permanecía de pie é inmóvil detrás de aquellos seres felices.
--¿Quién es la señorita Eufrasia en cuestión?--preguntó el abuelo, asustado.
--Yo,--respondió Cosette.
--¡Seiscientos mil francos!--repuso el señor Guillenormand.
--Menos catorce ó quince mil á corta diferencia,--dijo Juan Valjean.
Y dejó sobre la mesa el paquete que el señor Guillenormand había tomado por un libro.
Juan Valjean abrió por sí mismo el paquete; era un legajo de billetes de banca. Hojeáronlos y contáronlos. Había quinientos billetes de mil francos, y ciento sesenta y ocho de quinientos. Total: quinientos ochenta y cuatro mil francos.
--¡He aquí un buen libro!--dijo el señor Guillenormand.
--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--murmuró la tía.
--Esto allana muchas cosas, ¿no es verdad señorita Guillenormand mayor?--dijo el abuelo.--¡Ese diablo de Mario ha ido á desenterrar en la región de los sueños una griseta millonaria! ¡Fiad luego en los amoríos de muchachos! Los estudiantes encuentran estudiantes de seiscientos mil francos. Mejor trabaja Cherubin que Rotschild.
--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--repetía á media voz el señor Guillenormand. ¡Quinientos ochenta y cuatro mil! Vale tanto como decir seiscientos mil. ¡Vaya!
En cuanto á Mario y Cosette, se estaban mirando el uno al otro durante este tiempo, sin fijarse apenas en aquel detalle.
V =Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un notario=