Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 27
Una vez, á la luz de la luna, Cosette se bajó á coger algo del suelo, se entreabrió su corpiño y dejó ver el nacimiento de su garganta.
Mario apartó los ojos.
¿Qué pasaba entre aquellos dos seres?
Nada; se adoraban.
Por la noche, cuando estaban allí, el jardín parecía un lugar viviente y sagrado.
Todas las flores se abrían en torno suyo y les enviaban perfumes, y ellos abrían sus almas y las derramaban sobre las flores.
La vegetación ardiente y vigorosa temblaba llena de savia y de alegría en torno de aquellos dos inocentes, y ellos se decían palabras de amor que hacían estremecer los árboles.
¿Y qué palabras eran esas?
Soplos, nada más.
Y aquellos soplos bastaban á turbar y conmover toda aquella naturaleza.
Poder mágico que apenas se podía comprender si se leyesen en un libro todas aquellas conversaciones nacidas para ser arrastradas y disipadas como el humo por el viento bajo las hojas.
Quitad á los murmullos de dos amantes aquella melodía que sale del alma, y que los acompaña como una lira, y lo que queda no es más que sombra.
Y decís: «¡Qué! ¡No es más que eso!».
--¡Sí; niñerías, repeticiones, risas por cualquier cosa, tonterías, bobadas, lo más sublime y profundo que existe; las solas cosas que merecen ser dichas y oídas!
El hombre que no ha dicho ni escuchado nunca semejantes tonterías y pequeñeces, es un imbécil ó un perverso.
Sí, porque eso es la inocencia.
Cosette decía á Mario:
--¿Sabes?...
(Con todo eso y al través de esa celeste virginidad, y sin que les hubiera sido posible al uno ni al otro decir el cómo, se tuteaban).
--¿Sabes? Me llamo Eufrasia.
--¿Eufrasia? No, hija, no; tú te llamas Cosette.
--¡Oh! Cosette es un nombre muy feo que me pusieron cuando era niña. Pero mi verdadero nombre es Eufrasia. ¿No te gusta este nombre?
--Sí... Pero Cosette no es feo.
--¿Te gusta más que Eufrasia?
--Pues... Sí.
--Entonces también á mí me gusta más. Es verdad, es muy bonito. ¡Cosette! Llámame Cosette.
Y la sonrisa con que acompañaba estas palabras hacía de este diálogo un idilio digno de un bosque que estuviera en el cielo.
Otras veces le miraba ella fijamente, exclamando:
--Caballero, sois muy lindo, muy guapo; tenéis talento; no sois tonto en modo alguno; sabéis más que yo; pero os desafío á pronunciar esta palabra: ¡Te amo!
Y Mario, en medio de un placer celestial, creía oir una estrofa entonada por una estrella.
O bien ella le daba un golpecito porque tosía, diciéndole:
--No tosáis, caballero. No quiero que nadie tosa en mi casa sin mi permiso. Es muy feo eso de toser é inquietarme. Quiero que estés bueno; porque si estuvieras malo, sería yo muy desgraciada. ¿Qué quieres que le haga?
Y esto era sencillamente una cosa divina.
Una vez Mario la dijo á Cosette:
--Figúrate que hubo un día en que creí que te llamabas Úrsula.
Y esto les dió que reir toda la noche.
Otra vez, en medio de una de aquellas pláticas, exclamó Mario:
--¡Oh! ¡Un día en el Luxemburgo tuve deseos de acabar de estropear á un inválido!
Pero se detuvo, y no fué más allá. Le habría sido preciso hablar á Cosette de la liga, y esto era imposible.
Existía entre ellos una especie de barrera desconocida, la carne, ante la cual retrocedía con cierto espanto sagrado aquel inmenso é inocente amor.
Mario se figuraba que era aquello vivir con Cosette, y que no había un más allá en el mundo; ir todas las noches á la calle Plumet, separar el complaciente hierro de la verja del presidente, sentarse junto á ella en aquel banco, mirar al través de los árboles las titilaciones del comienzo de la noche, poner en contacto el pliegue de la rodilla de su pantalón con la falda de Cosette, acariciarle la uña del dedo pulgar, tutearse, aspirar la misma flor uno en pos del otro, siempre é indefinidamente.
Entre tanto, las nubes pasaban sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el viento arrastra más sueños de hombre que nubes del cielo.
Aquel casto amor, casi salvaje, no rechazaba absolutamente la galantería, no.
«Hacer cumplimientos» á quién se ama, es el primer modo de hacer caricias; es una prueba de audacia.
El cumplimiento obsequioso es como un beso al través del velo.
El deleite envuelve en él su germen, ocultándose.
Los requiebros de Mario, saturados de quimeras, eran, por así decirlo, celestiales.
Los pájaros, cuando vuelan por lo alto, al lado de los ángeles, oyen forzosamente palabras como ésas. En ellas se mezclaba, sin embargo, la vida, la humanidad, toda la cantidad de positivo de que Mario era capaz.
Es lo que se dice en la gruta, preludio de lo que ha de decirse en la alcoba; una efusión lírica, la estrofa y el soneto mezclados, las caballerescas hipérboles del arrullo; todos los refinamientos de la adoración colocados en un ramillete y exhalando un suave perfume celestial, un inefable susurro de corazón á corazón.
--¡Oh!--murmuraba Mario:--¡Qué hermosa eres! No me atrevo á mirarte. Por eso te contemplo. Eres una gracia. No sé lo que tengo. El bajo de tu vestido, cuando asomas la punta del pie, me trastorna. ¡Qué resplandor desprendes cuando se entreabre tu pensamiento! Siempre hablas con asombroso juicio. Hay instantes en que me parece que eres un sueño. Habla; yo te escucho, yo te admiro. ¡Oh! ¡Qué raro y que encantador es todo esto! Estoy verdaderamente loco. Sois adorable, señorita. Estudio tus pies con el microscopio, y tu alma con el telescopio.
Y Cosette respondía:
--Te amo un poco más, por el tiempo que ha transcurrido, desde esta mañana.
Preguntas y respuestas iban como podían en este diálogo, cayendo siempre de acuerdo sobre el amor, como los dominguillos de saúco sobre el clavo.
Cosette era la sencillez, la ingenuidad, la trasparencia, la blancura, el candor, la luz.
Podía decirse de ella que era diáfana.
Causaba á todo el que la veía una sensación como el abril y la aurora; aparecía el rocío en sus ojos.
Cosette era la condensación del resplandor boreal en forma de mujer.
Era, por cierto, muy sencillo que Mario, adorándola, la admirase.
Pero la verdad es que aquella colegiala, tierna flor del convento, hablaba con penetración exquisita, y decía á cada momento toda clase de palabras propias y delicadas.
Lo que en otra hubiera sido cháchara, era en ella conversación; no se engañaba en ningún asunto, y sabía siempre apreciar lo justo.
La mujer siente y habla con el tierno instinto del corazón, que es infalible.
Nadie puede decir cosas tiernas y profundas á la vez como una mujer.
Dulzura y profundidad; he ahí la mujer, he ahí el cielo.
En aquella felicidad plena asomaban á cada instante lágrimas en sus ojos.
Un insectillo aplastado, una pluma caída de un nido, una rama de árbol desgajada, los enternecía, y aquellos éxtasis, dulcemente impregnados de melancolía, parecía que sólo pedían una lágrima.
El síntoma más grande del amor es un enternecimiento que llega á veces á lo insoportable.
Y después de esto, porque tales contradicciones son el juego de los relámpagos en amor, se reían de buena gana y con expansiva libertad, y tan familiarmente, que parecían algunas veces un par de niños.
Sin embargo, aún ignorándolo los mismos corazones ebrios de castidad, se encuentran siempre en la inolvidable naturaleza.
Allí está con su objeto sublime y brutal; y cualquiera que sea la inocencia de las almas, se siente, en la conversación íntima más púdica, el adorable y misterioso matiz que separa á dos amantes de dos amigos.
Se idolatraban.
Lo permanente y lo inmutable subsisten siempre.
Los amantes se aman, se sonríen, se ríen, se hacen muecas tan imperceptibles para los demás como expresivas para ellos, con la punta de los labios; entrelazan los dedos de las manos, se tutean, sin que todo ello se oponga para nada á la eternidad.
Dos amantes se ocultan en la noche, en el crepúsculo, en lo invisible, como los pájaros, como las rosas; se fascinan uno á otro en la sombra con sus corazones, que ponen en sus ojos; murmuran, cuchichean, y al mismo tiempo el grandioso movimiento de los astros sigue llenando el infinito.
II =El aturdimiento de la felicidad completa=
Existían vagamente agobiados de felicidad.
No habían notado que el cólera diezmaba á París precisamente en aquel mismo mes.
Se habían hecho todas las confianzas posibles; pero no habían pasado más allá de sus nombres.
Mario había dicho á Cosette que se llamaba Mario Pontmercy, que era abogado, que vivía de escribir para los libreros, que su padre era coronel y había sido un héroe, y que estaba disgustado con su abuelo, que era muy rico.
Le había indicado también que era barón; pero esto no había producido el menor efecto en Cosette.
¿Mario, barón? No lo comprendía; no sabía lo que esta palabra quería decir. Para ella, Mario era Mario.
Cosette, por su parte, le había dicho que se había educado en el convento del Petit Picpus, que su madre había muerto como la de él, que su padre se llamaba Fauchelevent, que era muy bueno, que daba muchas limosnas, que era, á pesar de ello, pobre, y que se privaba de todo, no privándola á ella de nada.
Y ¡cosa rara! en la especie de sinfonía en que vivía Mario, desde que visitaba á Cosette, lo pasado, aún lo más reciente, se había hecho para él tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba le satisfacía por completo.
No se le ocurrió siquiera hablarle de la aventura nocturna del caserón de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular huida de su padre.
Mario había olvidado enseguida todo aquello; no sabía por la noche ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía para cualquier otro pensamiento; sólo se daba cuenta de su existencia durante las horas en que veía á Cosette. Y entonces, como estaba en el cielo, era natural que olvidase la tierra.
Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites inmateriales.
Que es así como viven esos sonámbulos que se llaman enamorados.
¡Ah! ¿Quién no ha pasado por algo parecido? ¿Por qué llega una hora en que se ha de abandonar ese cielo? ¿Por qué continua luego la vida?
El amor reemplaza casi al pensamiento; es una completa abstracción de todo lo demás.
¡Idle á pedir lógica á la pasión!
No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, como no hay ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste.
Para Cosette y Mario no existía nada más que Mario y Cosette.
El universo en su derredor estaba como caído en un abismo.
Vivían en un minuto de oro.
No miraban adelante ni atrás; Mario apenas pensaba en que Cosette tuviese padre. En su cerebro había algo semejante á un deslumbramiento que todo lo borra.
¿De qué hablaban aquellos amantes?
Ya lo hemos dicho: de las flores, de las golondrinas, del sol poniente, de la salida de la luna, de todas las cosas importantes; se lo decían todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada.
Pero el padre, las realidades, aquel desván, aquellos bandidos, aquella aventura, ¿qué les importaba?
¿Estaban seguros de que había existido aquel sueño?
Eran dos, se adoraban, no había más que esto; todo lo demás no existía.
Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros es inherente á la llegada al paraíso.
¿Acaso se ha visto á los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo? ¿Se ha sufrido? Ya no se sabe; todo eso lo cubre una nube de rosa.
Así vivían, pues, aquellos dos seres, á grande altura, con toda la inverosimilitud que hay en la naturaleza; ni en el nadir, ni en el zenit, entre el hombre y el serafín; entre el fango y el éter; en la nube; apenas carne y hueso; alma y éxtasis de pies á cabeza; demasiado sublimes para andar por la tierra, pero con bastante humanidad aún para desaparecer en lo azul, en suspensión, como átomos que esperan el precipitado; en apariencia fuera del destino; ignorando la miseria del ayer y del hoy como del mañana; maravillados, pasmados, flotantes, aligerados por momentos para la desaparición en lo infinito; casi dispuestos á emprender el vuelo eterno.
Dormían despiertos en aquel arrullo. ¡Oh letargo espléndido de la realidad llena de idealismo!
Algunas veces, por más que Cosette fuese tan bella, cerraba Mario los ojos en su presencia. Con los ojos cerrados es como se ve el alma.
Mario y Cosette no se preguntaban adónde aquello podía conducirles.
No alcanzaban á ver un más allá.
Es una extraña pretensión de los hombres la de querer que el amor conduzca á alguna parte.
III =Principio de sombra=
Juan Valjean, por su parte, nada sospechaba.
Cosette, algo menos soñadora que Mario, estaba alegre, y esto le bastaba á Juan Valjean para ser feliz.
Los pensamientos de Cosette, sus tiernas ilusiones, la imagen de Mario que llenaba su alma, no perjudicaban en nada la pureza incomparable de su hermosa frente casta y risueña.
Estaba en la edad en que las vírgenes llevan su amor como los ángeles su azucena.
Estaba, pues, tranquilo Juan Valjean.
Y luego, cuando dos amantes se entienden, todo va perfectamente bien; y un tercero cualquiera que pudiera turbar su amor, queda envuelto en una perfecta obscuridad con sólo algunas precauciones, siempre las mismas para todos los enamorados.
Así es que Cosette nunca hacía objeciones á Juan Valjean. ¿Quería pasear? Sí, papaíto. ¿Quería quedarse? Muy bien. ¿Quería pasar la noche al lado de Cosette? Perfectamente; siempre ella tan contenta.
Como Juan Valjean se retiraba ordinariamente á las diez de la noche, no iba en tales noches Mario al jardín hasta después de la hora indicada, cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta ventana de la escalinata.
No hay que decir que durante el día no parecía Mario por allí.
Juan Valjean no se acordaba ya ni de la existencia de tal hombre.
Sólo una vez, una mañana, le dijo á Cosette:
--¡Calle! ¡Cómo tienes la espalda de yeso!
La noche anterior, Mario, en un momento de transporte, había estrechado á Cosette contra la pared.
La vieja Santos, que se acostaba muy temprano, no pensaba más que en dormir después de concluido su trabajo, y lo ignoraba todo como Juan Valjean.
Mario no ponía nunca los pies en la casa.
Cuando estaba con Cosette, se ocultaba en un ángulo cerca de la escalinata para que no le viesen ni oyesen desde la calle.
Sentábanse allí, contentándose muchas veces con apretarse las manos veinte veces por minuto, mirando las ramas de los árboles.
Durante aquellos instantes, aunque hubiera caído un rayo á treinta pasos de ellos, no lo habrían notado; de tal modo la fantasía del uno se absorbía y sumergía profundamente en la del otro.
¡Purezas límpidas! ¡Horas diáfanas, casi todas iguales!
Esta clase de amor es una colección de hojas de lirio y plumas de paloma.
Todo lo ancho del jardín los separaba de la calle.
Cada vez que Mario entraba y salía, ajustaba cuidadosamente la barra de la verja, de modo que no se advertía el menor desperfecto.
Se iba generalmente á media noche, volviéndose á casa de Courfeyrac. Courfeyrac decía á Bahorel:
--¿Lo creerás? Mario se retira ahora de madrugada.
Bahorel respondía:
¿Qué quieres? No es nuevo ni aun raro el que se encierre un petardo en un seminarista.
Algunas veces Courfeyrac se cruzaba de brazos, y poniéndose serio, le decía á Mario:
--¡Andáis descaminado, joven!
Courfeyrac, hombre práctico, no veía con buenos ojos ese reflejo de un paraíso invisible en Mario; estaba poco acostumbrado á las pasiones inéditas; se impacientaba, y hacía frecuentes reflexiones á Mario para que volviese á lo real.
Una mañana le dirigió esta pregunta:
--Querido, se me antoja que te has instalado en la luna, reino del delirio, provincia de las ilusiones, capital de la pompa de jabón. Vamos, sé bueno y franco: ¿quién es ella?
Pero no había medio de «hacer hablar» á Mario. Antes le hubieran arrancado las uñas que una de las tres sílabas sagradas que componían este nombre inefable: _Cosette_.
El amor verdadero es luminoso como la aurora, y silencioso como la tumba.
Courfeyrac había notado únicamente en Mario que tenía una taciturnidad radiante.
En aquel alegre mes de mayo, Mario y Cosette conocieron estas inmensas felicidades:
Querellarse tratándose de vos, sólo para tutearse luego más á gusto.
Hablar largamente y con los más minuciosos detalles de personas que no les importaban nada absolutamente; nueva prueba de que en esa ópera seductora que se llama el amor, el libreto es casi nada.
Para Mario, oir á Cosette hablar de telas.
Para Cosette, oir á Mario hablar de política.
Escuchar, juntas las rodillas, el ruido de los coches que pasaban por la calle de Babilonia.
Contemplar el mismo planeta en el cielo, ó el mismo gusano de luz en la hierba.
Callarse ambos á un tiempo; placer mayor aún que conversar.
Etc., etc.
Entretanto, se aproximaban algunas complicaciones.
Una noche que Mario iba por el boulevard de los Inválidos, con la cabeza baja según su costumbre, al volver la esquina de la calle de Plumet, oyó que le decían al lado:
--Buenas noches, señor Mario.
Alzó la cabeza y reconoció á Eponina.
Esto le causó un efecto singular.
Ni una sola vez había vuelto á acordarse de aquella muchacha desde el día en que le había llevado á la calle Plumet; no la había vuelto á ver, y se había borrado por completo de su memoria.
Tenía motivos para estarle agradecido, y le debía su felicidad presente; sin embargo, le disgustó encontrarla.
Es un error creer que la pasión, cuando es pura y feliz, conduce al hombre á un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos dicho, á un estado de olvido.
En tal situación el hombre se olvida de ser malo; pero olvida también el ser bueno.
El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales é importunos se desvanecen.
En cualquier otro tiempo, Mario habría sido de otro modo distinto para Eponina.
Absorbido por Cosette, ni aún se había explicado claramente que aquella Eponina se llamaba Eponina Thénardier, que llevaba un nombre escrito en el testamento de su padre, el mismo nombre por que se hubiera sacrificado generosamente algunos meses antes.
Presentamos á Mario tal como era; hasta el nombre de su padre desaparecía un poco bajo los esplendores de su amor.
Respondió, pues, con cierto embarazo:
--¡Ah! ¿Sois vos, Eponina?
--¿Por qué me tratáis de vos? ¿Os he hecho algo?
--No,--respondió él.
Es verdad que nada sentía contra ella; todo lo contrario. Pero conocía que no podía hacer otra cosa; llamando de tú á Cosette, debía tratar de vos á Eponina.
Como Mario se callase, díjole ella:
--Decid, pues...
Y se detuvo. Parecía que le faltaban palabras á aquella criatura, en otro tiempo tan poco aprensiva y tan atrevida.
Trató de sonreír y no pudo. Volvió á decir:
--¿Y bien?
Luego se calló nuevamente y bajó los ojos.
--Buenas noches, señor Mario,--dijo luego, de repente; y se fué.
IV =Cab: rueda en inglés y ladra en germanía=
El día siguiente, que era el 3 de junio de 1832, fecha que debemos consignar á causa de los sucesos graves que estaban suspendidos en el horizonte de París en estado de nubes cargadas, Mario, al caer la noche, seguía el mismo camino que la víspera, con los mismos alegres pensamientos en el corazón, cuando vió entre los árboles del boulevard á Eponina, que se dirigía hacia él.
Dos días seguidos de encontrarse era demasiado.
Se volvió rápidamente, salió del boulevard, cambió de camino y se fué á la calle Plumet por la calle de Monsieur.
Eponina le siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca hasta entonces, pues se había contentado con verle pasar por el boulevard sin tratar de pararle.
Sólo la víspera le había hablado.
Eponina le siguió, pues, sin que él lo supiese; le vió separar el hierro de la verja y penetrar en el jardín.
--¡Calle!--dijo.--¡Entra en la casa!
Se acercó á la verja, tentó los hierros uno después de otro, y dió fácilmente con el que Mario había separado.
Entonces murmuró á media voz, con lúgubre acento:
--¡Nada de eso, Lisette!
Sentóse en el estribo de la verja, y al lado del hierro, como si le estuviese guardando.
Aquel punto era precisamente el extremo de la verja que tocaba á la casa próxima, formándose allí un ángulo obscuro, en el que Eponina se ocultó completamente.
Así permaneció más de una hora sin moverse y sin respirar, entregada á sus imaginaciones.
Hacia las diez de la noche, una de las dos ó tres personas que pasaban por la calle Plumet, un viejo que se había retardado y pasaba muy de prisa por aquel sitio desierto y de malísima fama, costeando el averjado, al llegar al ángulo de la verja con el jardín, oyó una voz sorda y amenazadora, que decía:
--¡Ya no me admiro de que venga todas las noches!
El transeúnte miró en derredor, no vió á nadie, no se atrevió á mirar á aquel rincón obscuro, tuvo miedo y redobló el paso.
Aquel transeúnte hizo bien en marcharse corriendo, porque pocos momentos después, seis hombres, que iban separados y á corta distancia uno de otro á lo largo de la pared, y que habrían podido confundirse con una patrulla de policía, entraron en la calle Plumet.
El primero que llegó á la verja del jardín se detuvo y esperó á los demás; un segundo después estaban reunidos todos.
Aquellos hombres se pusieron á hablar en voz baja y en germanías.
--Aquí es,--dijo uno de ellos.
--¿Hay algún _cab_ (perro) en el jardín?--preguntó otro.
--No lo sé. Pero por si acaso, he traído una morcilla, que le haremos tragar.
--¿Has traído la pasta para romper los vidrios sin hacer ruido?
--Sí.
--La verja es muy vieja,--dijo el quinto, que tenía voz de ventrílocuo.
--Tanto mejor,--dijo el segundo que había hablado.--Así no sonará al forzarla, ni nos costará mucho trabajo entrar.
El sexto, que no había abierto aún la boca, se puso á examinar la verja, como había hecho Eponina una hora antes, empuñando sucesivamente cada una de las barras, y moviéndolas con precaución. Así llegó al hierro que Mario solía separar.
Cuando iba á cogerle, una mano que salió bruscamente de la sombra le agarró el brazo; al mismo tiempo se sintió rechazado por medio del pecho, y oyó una voz que le decía sin gritar:
--Hay un _cab_ (perro).
Y vió á una joven pálida delante de sí.
El hombre sintió esa conmoción que produce siempre lo inesperado.
Quedóse terriblemente atónito; nada hay tan formidable como las fieras inquietas; su aspecto atemorizado es temible. Retrocedió y murmuró:
--¿Quién es esa tunantuela?
--Vuestra hija.
En efecto, era Eponina que hablaba á Thénardier.
Á la aparición de Eponina, los otros cinco, es decir, Claquesous, Gueulemer, Babet, Montparnasse y Brujón, se habían acercado sin ruido, sin precipitación, sin decir una palabra, con la siniestra prontitud propia de estos hombres nocturnos.
Veíanseles algunos útiles repugnantes en la mano. Goulemer tenía una de esas pinzas cortas á las que los vagos llaman tenaza.
--¡Ah! ¿Qué haces ahí? ¿Qué nos quieres? ¿Estás loca?--exclamó Thénardier, gritando todo lo que se puede gritar en voz baja.--¿Quieres acaso impedirnos de trabajar?
Eponina se echó á reir, y saltó á su cuello.
--Estoy aquí, padre mío, porque estoy aquí. ¿No me es permitido sentarme ahora sobre las piedras? Vos sois el que no debe estar aquí. ¿Á qué venís, si esto es un bizcocho? Ya se lo dije á la Magnon. No hay nada que hacer aquí. Pero, abrazadme, padre mío. ¡Cuánto tiempo hace que no os he visto! ¿Estáis ya fuera? ¡Libre!
Thénardier trató de librarse de los brazos de Eponina, y murmuró:
--Está bien. Ya me has abrazado. Sí, estoy fuera. No estoy dentro. Ahora vete.
Pero Eponina no dejaba de acariciarle.
--Papaíto, ¿cómo lo habéis hecho? Mucha habilidad habéis de tener por haber salido de allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre? Dadme noticias de mamá.
Thénardier respondió:
--Está buena; no sé; déjame; dígote que te vayas.
--No quiero irme ahora,--dijo Eponina con un melindre de niño enfadado.--¿Me rechazáis después de cuatro meses que no os he visto, y cuando apenas he tenido tiempo de abrazaros?
Y volvió á echar los brazos al cuello de su padre, á pesar de la resistencia de éste.